Part 7
Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias. Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro, de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas, encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al del contrario.
--Yo estoy al servicio de Sagunto --decía el libio--. Estos mercaderes pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos.
Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta, emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.
--Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora.
Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la ciudad.
Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros, la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras preciosas.
Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que Ranto le hablaba sin obtener contestación.
--Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de Sónnica.
--Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que consume la ciudad son de aquí.
Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero cuando ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo contestó en el interior un ladrido de perros y el extraño chillido de ocultas aves, el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara de hacer un descubrimiento.
--Ya sé quien es --dijo como si surgiera de un sueño.
--¿Quién? --preguntó asombrada la joven.
--Nadie --contestó con la frialdad del que teme haber dicho demasiado.
Pero en su interior, estaba satisfecho del descubrimiento. Recordando las palabras del mercenario libio en la taberna, había resurgido en su memoria la figura de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente, se había hecho la luz en su pensamiento.
Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.
El pastor era Hanníbal.
III
Las danzarinas de Gades
Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta.
La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez, siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus sonrosados pies.
La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro, acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas.
Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura, acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave, semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.
El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla; había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún, hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma, contenta de la vida.
--¡Odacis!... ¡Odacis!
Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus cabellos.
Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para entrar en el baño.
Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su dorso.
Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo, al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de espaldas de nácar con la cabellera flotante.
--¿Quién ha venido, Odacis? --preguntó tendiéndose en el fondo de la bañera.
--Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho las ha alojado junto á las cocinas.
--¿Y quién más?...
--Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba de salir del baño.
Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué, asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba á la tierra en busca del amor humano.
En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas.
Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos, mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso.
Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en el tocado de su señora, las _tractatrices_ encargadas del masaje de su cuerpo.
Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición, erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.
Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado, en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos, el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el vello puso algo de _dropax_, pasta depilatoria compuesta de vinagre y tierra de Chipre.
Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su _toilette_, que la afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa.
Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente, enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las beldades desnudas.
La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, imitando las ondulantes llamas de una antorcha.
Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.
Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas.
Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios, trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.
Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el _kohol_ que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega, tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.
El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo egipcio extraído de los residuos del cocodrilo.
Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que, como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes.
Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana, cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la _fascia_, el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo.
--¿Qué traje, señora? --preguntó Odacis--. ¿Quieres la túnica de flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de _kalasiris_, transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?...
Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las esclavas.
Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado --dos años antes del terremoto que le arruinó-- el célebre coloso de Rhodas; conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría; estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de Atenas.
Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la columnata que daba entrada á la quinta. Primero el _prothyrum_ con su zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de colmillos.
Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del _prothyrum_, algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio, el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de gruesa cabeza.
En el centro del atrio abríase el _impluvium_, balsa rectangular de mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol sostenidas por leones alados bordeaban el _impluvium_; y junto á éste alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de surtidor de agua.
Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido en el mar.
Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava favorita, y ésta le había hecho pasar al _peristylium_, un segundo patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones; y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido; Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.
Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la biblioteca, situada en el fondo del peristilo.
Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la _Iliada_. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con forro interior de lana.
Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del _umbilicus_, cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos. Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades; y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte, creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura.
Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica, vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del vestido.
--Bienvenido seas, ateniense --dijo con una entonación estudiada y armoniosa--. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa. El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.
Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de Sónnica la rica.