Sónnica la cortesana: Novela

Part 6

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¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña _loba_ al lado de la vieja, huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre, dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios, aconsejándolas que riesen á la menor palabra.

La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces causaban la muerte.

Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana. Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento, atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba una corona de rosas ajadas.

Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de mano en mano, hasta perderse en lo infinito.

Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas _lobas_, se llevó las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba el último verso de una oda.

Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión, deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.

Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de repente brilla sobre la frente de un poderoso.

Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una emoción religiosa.

Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante. En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.

Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus fuerzas.

Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina, y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.

La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa y cerrada como un gineceo.

La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de los Trípodes, para contemplar á _la viuda del poeta_, como la llamaban con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo, levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.

Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana. Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que ofrecían _estateras_ de oro ó varias _minas_ por entrar en la casa, se consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos _talentos_ --lo que gastaba al año cualquier república de Grecia-- y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su _clepsydra_, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj de arena.

Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.

Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos. Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez, sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los griegos mostraba una admiración infantil.

Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante, educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban. Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez, enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo maternal, acompañándose con la lira.

Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos, en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de partir.

Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país. Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio, y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su presencia.

La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona cortesía de los atenienses. Llamábale _hermanito_, y esta palabra, que las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría jamás visto por los otros amigos.

No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.

Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas vacilaciones exponerla su pensamiento.

No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho, de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las del Ática.

Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos de ateniense?...

Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de púrpura para un viaje triunfal.

La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas, escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.

Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su larga permanencia entre bárbaros.

En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa. Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer, que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban de su pasado de cortesana dilapidadora.

Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de plumas de una esclava.

Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor, navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto, la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de ella.

Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad, huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada, que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la sobriedad ibérica.

Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron hasta el alba; hizo venir del Ática famosas _aulétridas_ que con las flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia, telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.

Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior. El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados, chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les acompañaban en el baño.

--Tú, ateniense --continuó el filósofo-- debes presentarte á Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo --continuó sonriendo burlonamente--; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la arrogancia de un rey de la _Iliada_, en la frente algo de la majestad de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.

Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.

--Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche --dijo el griego.

--¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con el mismo derecho que un perro de la casa.

El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.

--Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para beber. Hasta la noche, extranjero.

Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con bondadosa sonrisa.

Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto, sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían socorrido las mujeres desde que desembarcó.

Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos, emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y torres del agro saguntino.

Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.

De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose tras la columnata del Foro.

--Es que ha visto á su padre --dijo Ranto con tranquilidad--. Por allí llega Mopso: baja de la Acrópolis.

Acteón salió al encuentro del arquero.

--Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar, que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí... Toma: esto es el adelanto que te hace la República.

Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al banquete de Sónnica.