Sónnica la cortesana: Novela

Part 5

Chapter 53,927 wordsPublic domain

Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte, rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades; las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.

Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis, contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las _spéculas_ de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la Acrópolis en honor de Minerva.

Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al griego.

Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.

--Dime, griego --preguntó con dulzura--. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos traen los celtíberos?...

--No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la República como soldado.

El saguntino hizo un gesto de tristeza.

--Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados! ¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos, africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...

Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza.

--Extranjero --continuó--, me llaman Alco y mis amigos me apellidan el _Prudente_. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.

--Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves; comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis músculos.

--Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo. ¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para adorar la inteligencia y las artes de la paz.

--El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego.

--Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.

Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.

--¿Conoces á Mopso el arquero?...

--Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal espíritu de la guerra.

--Salud, Alco.

--Que los dioses te protejan, ateniense.

Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para abrir el duro arco y disparar las flechas.

Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.

--Hablaré al Senado --dijo al enterarse de sus pretensiones--. Basta mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez?

--He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.

--Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey espartano. ¿Qué es de él?

--Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría. Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de cadáveres.

--Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?

--Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su guerra con los mercenarios que llamaron _implacable_.

--Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los _hoplites_, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los golpes. Serás _peltasta_ con tu venablo y un escudo ligero de los llamados _pelta_; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí grandes hazañas.

Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero saludaba con respeto.

--Son los senadores --dijo-- que se reúnen hoy por ser día de mercado. Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.

Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco. Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas, envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la _Iliada_ reunidos ante Troya.

Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto en que se envolvía.

--Ése es Therón --dijo el arquero--, el gran sacerdote de Hércules; un hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos. Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.

El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su vista á él.

--Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!...

Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los montes semanas enteras.

Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y sarcasmos que levantaba su presencia.

Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos.

Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que su presencia provocaba en el Foro.

--No me digáis que imitan á los griegos --vociferaba ante un corro un viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo sin colocación--. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad. Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la Hélade.

Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del grupo.

--¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen imitar á tu país! --continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto de mendigo--. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo, y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las costumbres rudas y sanas de otros tiempos.

Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta.

--¿Los ves? --gritó el filósofo cada vez más enfurecido--. Son esclavos aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en Sagunto.

Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando gritos de indignación.

--Lo que debías hacer --dijo con desprecio uno de los últimos al retirarse-- es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la mesa de Sónnica.

--¡Y comeré esta noche! --gritó el filósofo con insolencia--. ¿Qué demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!... ¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en vuestras casas, pensando en su banquete!...

--¡Ingrato! ¡Parásito! --dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con desprecio.

--La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría.

Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado, confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida.

El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su brazo.

--Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes distinguir el mérito.

--¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes su vida? --preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.

--¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia larga.

Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.

--En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona. Desde aquí percibo su perfume.

--No tengo ni un óbolo en la bolsa.

El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto, hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego.

--Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos: esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos predilectos.

Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que sabía de la vida de Sónnica.

Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes. En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica. Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros, alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas; pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño, sin poner nunca el pie en tierra firme.

Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de la prostitución ateniense.

La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas, que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros; y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas, contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas.

Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales caprichos é idénticas exigencias.

Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar, ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres, con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y hermosura había admirado desde lejos.

Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud ateniense llamaba _lobas_ por sus gritos. Pasaba al principio días enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus réplicas.

Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche, salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria. Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á un encargado de cobrar el _Pornicontelos_, impuesto establecido por Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que gemían en sus profanadas tumbas.

Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba los rostros á las que estaban en decadencia.