Part 4
Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas.
Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego. En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro, con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los patricios de Sagunto retirados de los negocios.
Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras. Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.
Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de los vasos griegos.
La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.
--Eres griego, ¿verdad?...
Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero, griego y latín.
--Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?
--Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos para juguetear con las cabras.
Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción hacia el extranjero, continuó hablando.
--Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida, por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.
Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á presenciar tales rigores.
--En invierno --continuó-- voy con mi padre á la montaña, y aguardo con impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.
--¿Y cómo has aprendido algo de griego?
--Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con las esclavas que la sirven. Además...
Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.
--Además --continuó animosamente--, también lo habla mi amigo Eroción, el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es de Sónnica.
Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.
Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces, unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto, descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones, estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.
Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol, antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del Cerámico á los tranquilos ciudadanos.
--Éste es Eroción --dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su amigo--. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.
El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al desconocido.
--Eres de Atenas, ¿verdad? --dijo con admiración--. No puedes negarlo. Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope. Salud, hijo de Palas.
--¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?
--No --se apresuró á decir con altivez el muchacho--. La esclava es Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso, griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho. Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...
Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió con tristeza:
--¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la vela para Grecia!...
Después añadió con energía:
--Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al _gubernator_ de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que tributáis allá los mismos honores que á los dioses.
Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de sus manos.
--¿Y tú á qué vienes aquí? --preguntó á Acteón.
--Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.
--Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis, cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la ciudad.
De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.
El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada vez retardaban más el paso.
--Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas partes. Ya nos veremos en la ciudad.
--Que los dioses te protejan, extranjero --contestó Ranto--. Si algo necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.
--Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has visto.
Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna, soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.
En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.
Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis, las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por enormes piedras labradas.
Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se arruinaban en los negocios.
En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos, con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses, egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas; joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban como un manto real sus plumajes multicolores.
Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto, tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo, los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de hacer justicia en los días de mercado.
En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo, adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana; los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante; los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y riquezas.
Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.
Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los miembros desnudos de los esclavos ó el _sagum_ celtíbero de lana negra, prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio, semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.
Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que entrar en lucha con todos ellos.
El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras; parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que la república necesitaba hombres más fuertes.
Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza; su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios, debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos, suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición. En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto. Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las misericordias para el vencido era la esclavitud.
Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas, cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder, y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón. Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.
Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo, las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.
Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario romano. Fué una visión rápida; su _sagum_ negro se perdió entre los grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.
Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.
El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos indígenas.