Part 22
--La prueba de que he venido por interés vuestro --continuó Alorco como si no oyera estos gritos-- está en que mientras habéis podido resistir con vuestras propias fuerzas ó esperar un socorro de los romanos no me he presentado á aconsejaros la sumisión. Pero vuestras murallas no pueden defenderos más; todos los días perecen de hambre centenares de saguntinos; los romanos no vendrán, están muy lejos y ocupados en otras guerras; en vez de enviaros legiones os envían legados; y por esto yo, viendo que Alco titubeaba en volver, arrostro vuestra indignación para traeros una paz que no es ventajosa, pero resulta necesaria.
--¡Las condiciones! ¡Las condiciones! --gritó la muchedumbre con un formidable aullido que hizo temblar al Foro.
--Pensad --dijo Alorco-- que lo que quiera concederos el vencedor es un regalo que os hace, pues hoy es dueño de todo lo vuestro: vidas y haciendas.
Esta verdad terrible, cayendo sobre la muchedumbre, produjo el silencio.
--Sagunto, que está en gran parte destruída y cuyos extremos ocupan ya sus tropas, os la toma como castigo; pero permitirá que construyáis una nueva ciudad en el punto que Hanníbal os designe. Todas las riquezas que guardéis, tanto en el tesoro público como en vuestras casas, serán entregadas al vencedor. Hanníbal respetará vuestras vidas, las de vuestras esposas é hijos, pero tendréis que salir para el lugar que os designe sin armas y con sólo dos trajes. Comprendo que las condiciones son crueles; pero la desgracia os obliga á soportarlas. Peor es morir y que vuestras familias caigan como botín de guerra en manos de la soldadesca triunfante.
Terminó de hablar Alorco, y, sin embargo, continuó el silencio en el Foro; un silencio profundo, amenazante, igual á la plomiza calma que precede á una tempestad.
--No; saguntinos, no --gritó una voz de mujer.
Acteón reconoció á Sónnica en esta voz.
--No, no --contestó la muchedumbre, como un eco atronador.
Se agitaban, corrían de un lado á otro, se empujaban los grupos poseídos de furia, como si quisieran despedazarse, desahogando la rabia que les producían las condiciones del vencedor.
Sónnica había desaparecido; pero Acteón la vió volver al Foro, seguida de un cordón de gente; esclavos, mujeres, soldados, llevando todos sobre sus hombros los ricos muebles de la quinta, amontonados en el almacén; las arquillas de joyas, los suntuosos tapices, los lingotes de plata y las cajas de polvo de oro. La muchedumbre contemplaba este desfile de riquezas, sin adivinar el propósito de Sónnica.
--No, no --repetía la griega, como si hablase con ella misma.
Estaba fuera de sí por las proposiciones del vencedor. Se veía saliendo de la ciudad, sin más fortuna que una túnica puesta y otra sobre el brazo, teniendo que mendigar por los caminos ó trabajar en los campos como una esclava, perseguida por aquella soldadesca feroz, de diversas razas.
--No, no --repetía enérgicamente, abriéndose paso entre la muchedumbre, para llegar á la hoguera en el centro del Foro.
Estaba magnífica, con la rubia cabellera alborotada por la agitación, la túnica rota por los empellones del gentío, los ojos relampagueantes, con la expresión de una Furia, que encontraba amarga voluptuosidad en la destrucción. ¿Para qué las riquezas? ¿Para qué vivir? Y en su desesperada energía, mezclábase por mucho la amargura que una hora antes había paladeado ante el cadáver de su esclava.
Ella dió la señal, arrojando en la hoguera una imagen de Venus, de jaspe y plata, que llevaba en sus brazos, y que desapareció entre las llamas como si fuera un pedrusco. Los que la seguían, gente toda miserable y hambrienta, la imitaron con intenso goce. La destrucción de tantas riquezas, les hacía rugir de placer y dar saltos de alegría, á ellos, tan pobres, que habían pasado su existencia en las escaseces de la esclavitud. Caían en las llamas los cofrecillos de marfil, de cedro y de ébano, y al chocar con los leños, se abrían, derramando los tesoros de su vientre; collares de perlas, guirnaldas de topacios y esmeraldas, arracadas de diamantes, toda la gama de las piedras preciosas, que centelleaban un instante entre los tizones como maravillosas salamandras. Después caían los tapices, los velos bordados de plata, las túnicas con doradas flores, las sandalias de oro, las sillas con garras de león, los lechos con clavijas de metal, los peines de marfil, los espejos, las lámparas, las liras, los frascos de perfumes, las mesillas de ricos mármoles incrustados; todas las magnificencias de Sónnica la rica. Y la muchedumbre miserable entusiasmada por esta destrucción, aplaudía con rugidos, al ver la hoguera que crecía y crecía con tanto combustible, hasta elevar las llamas á considerable altura, arrojando chispas y cenizas sobre los tejados de las casas.
--¡Hanníbal quiere riquezas! --gritaba Sónnica, con voz ronca que parecía un aullido--. Venid, arrojad aquí todo lo vuestro: que el africano se lo dispute al fuego.
Pero no necesitaba extremar sus voces para que la imitasen. Muchos de los Ancianos, que habían huído en el primer instante de confusión, volvían al Foro llevando un cofrecillo bajo su blanco manto y lo arrojaban en la hoguera. Eran las riquezas que habían tomado en sus casas.
Sobre las cabezas de la multitud rodaban muebles y telas de brazo en brazo, hasta caer en el inmenso brasero, que cada vez elevaba más altas sus llamas, coronadas por un humo blanco y luminoso.
Era un holocausto en honor de los dioses mudos y sordos que estaban en la Acrópolis. Las casas parecían vaciarse para arrojar todos sus adornos y riquezas en la hoguera. Los hombres cumplían silenciosos y sombríos su anhelo de destrucción; pero las mujeres parecían locas, y desgreñadas, rugientes, con los ojos saltando de las órbitas, danzaban en torno de la inmensa hoguera, atraídas por las llamas, rozándolas con sus vestiduras, ebrias por el fuego, arañándose el rostro sin darse cuenta de lo que hacían y rugiendo maldiciones con su boca espumeante de rabia.
Una de ellas, como enloquecida por la ronda infernal, no pudiendo resistir la atracción del fuego, dió un salto, cayendo entre las llamas. Ardieron instantáneamente las ropas y el cabello, y flameó durante algunos instantes como una antorcha, desplomándose sobre los tizones. Otra mujer arrojó en el brasero, como si fuese una pelota, el niño que llevaba agarrado á su flácido pecho, y después saltó ella en medio de la fogata, cual si arrepentida del crimen, quisiera seguir á su hijo.
El fuego se había comunicado á las techumbres de madera de las casas del Foro. Una guirnalda de llamas comenzaba á rodear la plaza. El humo y el calor asfixiaban á la muchedumbre, y en esta atmósfera densa y negruzca, los muebles parecían andar solos camino de la hoguera, arrastrándose por encima de la muchedumbre.
Lacaro y sus elegantes amigos hablaban de morir. Aquellos seres afeminados discutían con una tranquilidad sublime el modo de caer. No querían seguir á Sónnica, que acababa de armarse con una espada y un escudo para salir contra el campamento sitiador y morir matando. Les repugnaba luchar con un soldado rudo y casi salvaje, percibir su hedor de fiera y caer con el pintado rostro partido de un golpe, cubiertos de sangre y revolcándose en el fango, como una res degollada. No les placía tampoco darse de puñaladas: era un medio gastado por los héroes. Morir en el brasero les parecía mejor; les recordaba el sacrificio de las reinas asiáticas, pereciendo en una hoguera de maderas perfumadas. ¡Lástima que aquella fogata oliese tan mal! Pero el momento no era de refinamientos, y echándose el manto sobre los ojos, uno tras otro, los jóvenes elegantes, empujando con el brazo depilado y perfumado á sus pequeños esclavos, entraron en la hoguera con tranquilo paso, como si estuvieran en aquellos días de paz en que paseaban por el Foro, satisfechos del escándalo que producían sus adornos femeniles.
Sónnica recogíase la túnica en torno del talle, dejando al descubierto la adorable blancura de sus piernas para correr con más desembarazo.
--Vamos á morir, Eufobias --dijo al filósofo, que contemplaba absorto este espectáculo de destrucción.
Por primera vez, el parásito no mostraba su gesto insolente é irónico. Estaba grave y fruncía el ceño, viendo como morían aquellas gentes de las que tanto se había burlado.
--¡Morir! --dijo--. ¿Es preciso morir? ¿Lo crees tú, Sónnica?
--Sí; el que no quiera ser esclavo, debe morir. Coge una espada y ven conmigo.
--No necesito tanto. Si he de morir, quiero evitarme la fatiga de correr; el trabajo de dar golpes. Moriré tranquilo, con la dulce pereza que embelleció mi vida.
Y lentamente, sin apresurarse, dió algunos pasos y se acostó entre las llamas con la cara cubierta por su manto remendado, lo mismo que se tendía bajo los pórticos del Foro en los días de paz.
En las gradas del templo, los Ancianos se herían el pecho con el puñal. Agonizantes, prestaban su arma al compañero más inmediato, y morían haciendo esfuerzos por mantenerse erguidos en sus sillas. Grupos de mujeres arrebataban maderos encendidos de la gran hoguera y se esparcían como bacantes furiosas por toda Sagunto, quemando las puertas, arrojando tizones sobre los techos de tablas.
De repente en la parte alta de la ciudad, allí donde se concentraban los ataques de los sitiadores, sonó un horrible estrépito, como si media montaña se viniera abajo. Los muros estaban abandonados por los defensores reunidos en el Foro, y una torre que los cartagineses minaban desde algunos días antes, acababa de derrumbarse. Una cohorte del ejército de Hanníbal, viendo libre la entrada de la ciudad, se lanzó dentro de ella, dando aviso al caudillo para que acudiese con todas sus fuerzas.
--¡Á mí! ¡á mí! --gritaba Sónnica con su voz ronca--. Ésta es nuestra última noche. Yo no muero en la hoguera; quiero morir matando... ¡Deseo sangre!
Salió del Foro como una furia, seguida de Acteón, que corría á su lado llamándola, haciendo esfuerzos porque le mirase. Pero la hermosa griega permanecía insensible en su furia, como si llevase al lado un desconocido.
Les siguieron en revuelto tropel todos los que estaban en el Foro; ciudadanos armados, mujeres que esgrimían cuchillos y dardos, adolescentes desnudos, sin otra defensa que una pica. Á la luz de los incendios pasaban como un rebaño enloquecido, centelleando los coseletes de bronce, los cascos de rota cimera, las armas manchadas de sangre y mostrando por los girones de las ropas los músculos enflaquecidos, que parecían danzar en su ancha envoltura de piel, apergaminada y seca por el hambre.
Salieron de Sagunto por la parte baja, marchando al resplandor de la ciudad incendiada contra el campamento de los sitiadores.
Una cohorte de celtíberos que corría hacia Sagunto fué arrollada, deshecha, pateada por esta tromba de desesperados, que corrían con la cabeza baja, hiriendo cuanto encontraban por delante. Pero más allá tropezaron con nuevas tropas que avanzaban advertidas de la salida, y se estrellaron contra la hilera de escudos, no pudiendo soportar una lucha cuerpo á cuerpo.
Los saguntinos, debilitados por el largo sitio, perdidas sus fuerzas por las enfermedades y el hambre, no pudieron resistir el choque. Los celtíberos, con sus espadas de dos filos, herían sin misericordia; y bajo sus golpes caía rápidamente aquella aglomeración de hombres enfermos, de mujeres y niños.
Acteón, luchando con el escudo ante el rostro y la espada en alto contra dos vigorosos soldados, vió como Sónnica recibía una cuchillada en el cráneo y soltaba sus armas, doblándose con una suprema contracción antes de caer.
--¡Acteón! ¡Acteón! --gritó en aquel momento olvidando su odio, sintiendo que con la muerte volvía á ella todo el fuego del antiguo amor.
Cayó de bruces en el suelo. El griego quiso correr hacia ella; pero en el mismo instante le zumbaron los oídos, como si sobre su cráneo se desplomase una inmensa mole; sintió en los costados el frío del hierro perforando sus carnes, y cayó viéndolo todo negro, como si se despeñara por una sima lóbrega y sin fondo á cuyo fin no había de llegar nunca.
* * * * *
El griego despertó. Sobre su pecho pesaba una mole abrumadora como una montaña. No tenía la certeza de si realmente existía. Su cuerpo se negaba á obedecerle. Únicamente con un doloroso esfuerzo, pudo abrir los ojos y recordar confusamente por qué estaba allí.
Lentamente vió que lo que oprimía su pecho era el cadáver de un soldado enorme. Acteón creyó recordar que había hundido su espada en el cuerpo de aquel guerrero en el mismo instante que se sentía caer en la noche densa y misteriosa.
Miró en torno de él. Un resplandor rojizo, como el de una aurora sin fin, hacía centellear en el suelo las armas abandonadas, y marcaba la silueta de los cadáveres amontonados y dispersos, en extrañas posturas, contraídos por las últimas convulsiones.
En el fondo ardía una ciudad. Los edificios negruzcos y deformes, se destacaban sobre la cortina de llamas, que con su resplandor inquieto hacían temblar los muros de la Acrópolis.
Acteón lo recordó todo. Aquella ciudad era Sagunto: se oían los aullidos de los vencedores que corrían las calles, cubiertos de sangre, acabando de incendiar las casas que aún permanecían intactas, rabiosos contra una población que únicamente se entregaba después de consumir sus riquezas; matando en su furia á cuantos seres encontraba al paso, y rematando á los heridos.
Al darse cuenta de todo esto, reconocía que no había muerto; pero iba á morir. Lo presentía en la debilidad inmensa que se apoderaba de él, en el frío mortal que subía á lo largo de su cuerpo; en el pensamiento que se extinguía y no era ya más que una lucecilla débil...
¿Y Sónnica? ¿Dónde encontrar á Sónnica?... Su último deseo era llegar hasta su cadáver, que debía estar próximo. Quería besarla como á su esclava; rendirla este tributo antes de morir. Pero al intentar un supremo esfuerzo, separando su cabeza del suelo, una oleada de líquido caliente y pegajoso le cubrió el rostro. Era la última sangre.
Le pareció ver entonces con la vaguedad de un ensueño que se extingue, una especie de centauro negro, que galopaba sobre los cadáveres, y mirando la iluminada ciudad, reía con infernal gozo.
Pasó junto á él. Los cascos de su caballo se hundieron en el cuerpo del celtíbero tendido sobre su pecho. El griego, agonizante, creyó reconocer el jinete á la luz del incendio.
Era Hanníbal, con la cabeza descubierta, poseído de la furia del triunfo, galopando en un caballo negro como la noche, que parecía contagiado del furor del jinete, y relinchaba, coceando los cadáveres, agitando su cola sobre los restos del combate. Al griego le pareció una furia infernal que venía por su alma.
Vió débilmente, como una imagen borrosa, la cara de Hanníbal animada por una sonrisa de soberbia, de cruel satisfacción; el gesto majestuoso y feroz á la vez de uno de aquellos dioses de Cartago que sólo se mostraban clementes cuando humeaban en su altar los seres humanos sacrificados.
Reía viendo que era suya por fin la ciudad que le había detenido ocho meses ante sus muros. Ya podía desarrollar sus ensueños audaces.
El griego no vió más. Volvió á caer en la eterna noche.
Hanníbal galopó en torno de la ciudad, y al ver que por la parte de la mar se extendía el resplandor cárdeno del amanecer, detuvo su caballo, miró á Oriente, y extendiendo el brazo cual si quisiera prolongarlo por encima de la extensión azul que cerraba el horizonte, gritó amenazante, como si retase á un enemigo invisible antes de caer sobre él:
--¡Roma!... ¡Roma!...
Playa de la Malvarrosa (Valencia). Julio-Septiembre 1901.
ÍNDICE
Págs.
I. EL TEMPLO DE AFRODITA. 5
II. LA CIUDAD. 57
III. LAS DANZARINAS DE GADES. 119
IV. ENTRE GRIEGOS Y CELTÍBEROS. 177
V. LA INVASIÓN. 215
VI. ASBYTE. 247
VII. LAS MURALLAS DE SAGUNTO. 289
VIII. ROMA. 319
IX. LA CIUDAD HAMBRIENTA. 353
X. LA ÚLTIMA NOCHE. 385
End of Project Gutenberg's Sónnica la cortesana, by Vicente Blasco Ibáñez