Part 21
--No creas á ese monstruo --dijo Lacaro con repugnancia--. Es tan bárbaro como un celtíbero. Todos los días come; pero debían crucificarle en medio del Foro para que sirviera de escarmiento. Le han visto rondar por la noche cerca de las murallas con una turba de esclavos en busca de los cuerpos agonizantes.
El griego se separó con repugnancia del parásito.
--No lo creas, Acteón --dijo Eufobias--. Envidian mi parquedad de mendigo, así como en otro tiempo la insultaban. El hambre es mi antigua compañera y me respeta.
Se alejaron todos del parásito, y Acteón siguió á Sónnica á su casa. La hermosa griega vivía casi sola. Muchos de sus servidores habían muerto en las murallas; otros habían perecido en las calles, víctimas de la peste. Algunos esclavos, no pudiendo resistir el tormento del hambre, se fugaban al campo sitiador. Dos esclavas viejas gemían en un rincón, entre el amontonamiento de ricos cofres y lujosos muebles. Los grandes almacenes del piso bajo estaban vacíos. Una banda de chicuelos se había establecido allí y pasaban las horas inmóviles y al acecho, esperando que de los rincones saliese alguna rata, para caer sobre ella, como una bestia de inestimable valor.
--¿Y Ranto? --preguntó el griego á su amada.
--Pobrecilla; la veo de tarde en tarde. No quiere vivir aquí: se escapa cuando la hago traer para tenerla segura. Ha perdido la razón desde que vió el cadáver de su amante. Vaga día y noche por las murallas. Se presenta en los sitios de mayor combate, pasando insensible por entre los dardos, como si no los viera. Por la noche se oyen de lejos las canciones que entona llamando á Eroción, y muchas veces se presenta coronada con una guirnalda de flores de las que crecen en las murallas y pregunta por el hijo de Mopso, como si éste se ocultase entre los defensores. El populacho cree que está en comunicación con los dioses y la mira con respeto, preguntándola cual va á ser la suerte de Sagunto.
Pasaron la noche los dos amantes entre el amontonamiento de riquezas del almacén, tendidos sobre unos tapices, estrechándose amorosamente, insensibles á todo cuanto les rodeaba, como si estuvieran aún en la rica quinta del agro, al final de uno de aquellos banquetes que escandalizaban á los viejos saguntinos.
Transcurrieron algunos días. La ciudad había vuelto á caer en el marasmo, y tenaz en su resolución, seguía defendiéndose con el estómago desfallecido por el hambre. Los sitiadores no extremaban sus ataques. Hanníbal adivinaba sin duda el estado de la ciudad, y deseoso de evitar á sus tropas el derramamiento de sangre, dejaba que transcurriese el tiempo y mantenía el apretado cerco, esperando que el hambre y la peste completasen su triunfo.
Aumentaba la mortalidad en las calles. Ya no había quien recogiese los muertos; la hoguera que los consumía en lo alto de la Acrópolis se había apagado. Los cadáveres abandonados á las puertas de las casas, se cubrían de asquerosos insectos, hasta que las aves de rapiña bajaban audazmente por la noche al centro de la ciudad, disputando tenazmente su presa á los perros vagabundos de retorcida lengua y ojos de ascuas, convertidos en bestias feroces por el hambre.
Gentes hediondas, de aspecto salvaje, poseídas de la demencia de la extenuación, se arrastraban cautelosamente por las callejuelas, armadas con palos, piedras y dardos. Iban de caza así que cerraba la noche. Eufobias los guiaba, dándoles consejos con majestuoso énfasis, como si fuese un gran capitán dirigiendo á su ejército. Cuando conseguían matar un cuervo ó un perro salvaje, lo llevaban al Foro, chamuscándolo en una hoguera, y se disputaban á golpes los hediondos pedazos, mientras los ciudadanos ricos se alejaban desfallecidos, pero sintiendo náuseas ante tales horrores.
Comenzaba la primavera. Era una primavera triste que se manifestaba á los sitiados en las florecillas que surgían de las cabelleras de hierba de los torreones y los tejados de las casas. Había acabado el invierno y, sin embargo, hacía frío en Sagunto; un frío de tumba que sentían los sitiados hasta en los huesos. Brillaba el sol, y la ciudad parecía obscurecida por una bruma fétida que daba á las casas y á los seres un tinte plomizo.
Acteón, al dirigirse una mañana á la parte más alta del monte, donde continuaba el combate, encontró en el Foro al prudente Alco. El buen ciudadano revelaba en su aspecto tristeza y desaliento.
--Ateniense --le dijo con expresión misteriosa--. Estoy resuelto á que esto acabe. La ciudad no puede resistir más. Bastante ha esperado el auxilio de los romanos. Que caiga Sagunto y se avergüence Roma de su infidelidad con los aliados. Hoy mismo iré al campamento de Hanníbal á pedirle la paz.
--¿Lo has pensado bien? --exclamó el griego--; ¿no temes la indignación de tu pueblo al verte en tratos con el enemigo?
--Amo mucho á mi ciudad y no puedo presenciar impasible su sacrificio, su agonía interminable. Pocos lo saben; pero á tí te lo digo, Acteón, porque eres discreto. Estamos mucho peor que el pueblo se imagina. Ya no queda un pedazo de carne para los que defienden las murallas; esta mañana, de las cisternas apenas si se ha podido sacar barro. No tenemos agua. Unos cuantos días más de resistencia, y tendremos que comernos los cadáveres como esas turbas de desalmados que se alimentan por la noche. Tendremos que matar á los pequeñuelos para apagar nuestra sed con su sangre.
Calló Alco un momento, y se pasó la mano por la frente con un gesto de pena, como si quisiera arrojar lejos de él terribles recuerdos.
--Nadie mejor que los Ancianos --continuó-- conocemos lo que ocurre en la ciudad. Los dioses deben temblar de horror contemplando lo que hace Sagunto al verse abandonada por ellos. Oye y olvida, Acteón, --dijo en voz muy baja y con acento de espanto--. Ayer, dos mujeres enloquecidas por el hambre, echaron suertes para escoger cuál de sus pequeños habían de devorar. Los Ancianos hemos cerrado ojos y oídos; no hemos querido ver ni escuchar, comprendiendo que el castigo sólo serviría para difundir más tales horrores. Los ciudadanos que pelean en las murallas, tragan el cuero de sus armas para engañar el hambre. La carne se despega de sus huesos, enflaquecen y caen como heridos por el rayo invisible de los dioses. Llevamos cerca de ocho meses de resistencia; dos terceras partes de la ciudad ya no existen. Hemos hecho bastante ante el cielo y ante los hombres para demostrar cómo cumple Sagunto sus juramentos.
El griego bajaba la cabeza, convencido de las razones de Alco.
--Además --continuó éste-- el ánimo de la ciudad decae: se extingue la fe. Los presagios son todos en contra nuestra. Hay gentes que durante la noche han visto globos de fuego elevarse de la Acrópolis y huir hacia el mar, hundiéndose en las aguas como esas estrellas veloces que cortan con una raya de luz el azul del cielo. La muchedumbre cree que son los Penates de la ciudad que, adivinando la próxima ruina de Sagunto, la abandonan para ir á establecerse al otro lado del mar de donde vinieron. Anoche, los que velan arriba, en el templo de Hércules, vieron salir por debajo de la tumba de Zazintho una serpiente que silbaba como si estuviese herida. Era azul con estrellas de oro: la serpiente que mordió á Zazintho y fué causa de la fundación de la ciudad en torno de la tumba del héroe. Pasó entre las piernas de los asombrados guardianes, huyó monte abajo y se alejó por la llanura con dirección al mar. También ese nos abandona; el reptil sagrado que era como el dios tutelar de Sagunto.
--Tal vez no sea verdad --dijo el griego--. Alucinaciones de la gente atormentada por el hambre.
--Puede que así sea; pero acércate á las mujeres y las verás llorar, á pesar de su miseria, lamentando la fuga de la serpiente de Zazintho. Creen á la ciudad sin defensa, y muchos hombres se sentirán hoy más débiles en las murallas al conocer la extraña desaparición. La fe es lo que sostiene á los pueblos.
Permanecieron silenciosos los dos hombres un buen rato.
--Ve --dijo al fin el griego--. Habla con Hanníbal y que los dioses le inspiren la clemencia.
--¿Por qué no vienes conmigo? Tú que tanto has viajado y posees la elocuencia de la convicción podrías ayudarme.
--Hanníbal me conoce. He despreciado su amistad y me odia. Ve y salva á la ciudad... Mi suerte está echada. Ese africano no retrocede en su cólera. Perdonará á todos menos á mí. Yo moriré antes que verme esclavo ó agonizante en una cruz.
X
La última noche
Era más de media tarde cuando Acteón, que estaba entre los defensores de la parte alta de la ciudad, vió aproximarse á Ranto por una callejuela inmediata á la muralla.
No había encontrado á la pastorcilla desde su regreso á Sagunto, y al verla reconoció en ella los estragos causados por las penalidades del sitio y el dolor que quebrantaba su razón.
Caminaba absorta, con la cabeza baja, y en su enmarañada cabellera asomaban algunas florecillas mustias, que soltaban á cada paso los pétalos muertos. La túnica desgarrada y sucia dejaba ver su cuerpo enflaquecido, que aún conservaba la esbeltez y frescura admiradas por el griego. El pecho se había desarrollado un tanto, como si el dolor madurase sus globos que apuntaban antes como capullos; los ojos, dilatados por la demencia, parecían llenar todo su rostro, esparciendo en torno de él una luz misteriosa, una aureola de fiebre.
Avanzaba lentamente: varias veces levantó la cabeza mirando á los hombres que estaban en lo alto de la muralla, y al fin, deteniéndose al pie de la escala de piedra, murmuró con voz suplicante que parecía un vagido:
--¡Eroción! ¡Eroción!...
Á pesar de que tras los manteletes de los sitiadores se notaba algún movimiento, como si éstos intentasen un nuevo ataque contra la ciudad, el griego descendió de la muralla con el deseo de ver de cerca á la joven.
--Ranto... pastorcilla, ¿me conoces?
La hablaba con tono cariñoso, cogiéndola las manos; pero ella se agitó, intentando desasirse, como si despertase sobresaltada. Después de este esfuerzo cayó en una absoluta postración, y fijando sus ojos enormes y asustados en el griego, exclamó:
--¡Tú!... ¡Eres tú!
--¿Me conoces?
--Sí: eres el ateniense; eres mi señor: el amado de Sónnica la rica... Dí, ¿dónde está Eroción?
El griego no supo qué contestar; pero Ranto siguió hablando sin esperar la respuesta.
--Me dijeron que había muerto; hasta yo misma creí verle tendido al pie de las murallas; pero no era verdad; fué un mal sueño. El muerto era su padre, Mopso, el arquero. Desde entonces que huye de mí, como si quisiera llorar á solas la muerte de su padre. De día se oculta. Le veo de lejos, sobre la muralla, entre los combatientes, y cuando subo en su busca, encuentro hombres armados y Eroción desaparece. Sólo me es fiel por la noche: entonces me busca, viene á mí. Apenas me agazapo al pie del muro y apoyo mi cabeza en las rodillas, le veo venir, buscándome en la obscuridad, arrogante y amoroso, con el carcax sobre la cadera y el arco cruzado en las espaldas. Por él huyen los perros feroces que se arrastran en la sombra y me husmean la cara, mirándome con ojos como brasas. Viene á mí... se sienta á mi lado; sonríe, pero siempre está mudo. Le hablo y me contesta su sonrisa; nunca su boca. Busco su hombro, como en otros tiempos, para descansar mi cabeza, y huye, desaparece como si lo tragasen las sombras. ¿Qué es esto, buen griego?... Si le ves, pregúntale por qué se oculta; dile que no huya... Él te quiere tanto, ¡tanto!... ¡Me ha hablado tantas veces con entusiasmo de tí y de tu país!...
Calló un momento, como si estas palabras hubiesen despertado en su memoria todo un pasado de recuerdos. Los agrupaba, los reunía con un esfuerzo penoso que se reflejaba en su rostro, y lentamente surgía en su memoria la imagen de aquellos días felices, anteriores al sitio, cuando ella y Eroción correteaban por el valle y tenían por casa todos los bosquecillos del agro saguntino.
Sonreía á Acteón, mirándolo cariñosamente, y le recordaba sus diversos encuentros: la primera entrevista en el camino de la Sierpe, cuando acababa él de desembarcar, pobre y desconocido. Después, el gesto de paternal protección con que les saludaba al encontrarlos en los campos, subiendo á los cerezos, disputándose entre risas el rojo fruto con los labios, y aquella sorpresa bajo las frondosas higueras, cuando ella, totalmente desnuda, servía de modelo al joven escultor. ¿Se acordaba? ¿No había olvidado el griego aquellos días de paz y felicidad?
Acteón los tenía presentes en su memoria. Duraba aún en él la impresión causada por la desnudez de la pastorcilla, y en aquel mismo momento sus ojos sondeaban los rasguños de la vieja túnica, buscando con deleite de artista los contornos del cuerpo algo enflaquecido, pero fresco y juvenil, con los tonos calientes de su piel color de ámbar.
Pero Ranto, después de evocar estos recuerdos, volvía á su desvarío. ¿Dónde estaba Eroción? ¿Le había visto? ¿Estaba arriba entre los defensores? Y el griego tornaba á contenerla, cogiéndola las manos, para evitar que subiese al muro.
Arriba, los defensores gritaban, disparando sus arcos, arrojando dardos y piedras. Había comenzado el ataque de los sitiadores. Pasaban por encima de las almenas, como obscuros pájaros, los proyectiles de fuera, y el muro se conmovía con sordos choques, como si los africanos lo atacasen con sus arietes y picos, para abrir brecha.
Acteón, que desde su regreso á Sagunto era el alma de la defensa, necesitaba subir al muro.
--Márchate, Ranto --decía apresuradamente--. Aquí van á matarte... Vuelve á casa de Sónnica... Yo te llevaré á Eroción... Pero huye, ocúltate. Mira como caen los dardos cerca de nosotros.
Y la empujaba rudamente, acabando por arrojarla lejos de la escalera, con impulso brutal, que la hizo doblar las rodillas.
El griego subió apresuradamente, oyendo sin inmutarse los mortales silbidos que rasgaban el aire cerca de su cabeza. Antes de que llegase á las almenas, sonó á sus espaldas un débil gemido, un grito dulce, que recordó á Acteón el balido de los cervatillos al recibir un saetazo en las cacerías. Al volverse, vió en mitad de la escalera á Ranto, que se doblaba hacia atrás para caer, con el pecho cubierto de sangre y clavada en él, una larga vara con cola de plumas, todavía temblorosa por los estremecimientos de la velocidad.
Había querido seguirle á lo alto de la muralla, y en la escalera la alcanzó una flecha de los sitiadores.
--¡Ranto!... ¡Pobrecita!...
El griego, obedeciendo al impulso de un dolor que él mismo no podía explicarse, pero que resultaba más fuerte que su voluntad, olvidó la defensa del muro, el ataque de los enemigos, todo, para correr hacia la joven, que se desplomaba con el suave desmayo de un ave herida.
Sosteniéndola con sus fuertes brazos, la bajó para tenderla al pie de la escalera. Ranto suspiraba, movía la cabeza como queriendo alejar el dolor que se apoderaba de ella.
El griego la sostenía por los hombros, llamándola con voz cariñosa:
--Ranto... Ranto...
En sus ojos, agrandados por el dolor, parecía condensarse la luz. Su mirada era ahora humana; perdía por momentos la vaguedad de la demencia. Parecía haber recobrado la razón á impulsos del dolor, como si en este supremo momento de lucidez, viera de un golpe todo el pasado.
--No mueras, Ranto --murmuraba el griego, sin darse cuenta de lo que decía--. Aguarda: te arrancaré ese hierro; te llevaré al Foro sobre mis espaldas para que te curen.
Pero la joven movía tristemente la cabeza. No: quería morir; quería reunirse con Eroción, cerca de los dioses, entre las nubes de rosa y oro, por donde paseaba la madre del Amor, seguida de los que en la tierra se amaron mucho. Había vagado como una sombra por entre los horrores de la ciudad sitiada, creyendo que Eroción vivía, buscándolo por todas partes, y Eroción había muerto; lo recordaba bien ahora: ella misma había contemplado su cadáver. Muerto él, ¿para qué quería vivir?
--Vivirás para mí --gritó Acteón, exasperado por el dolor, sin ver lo que le rodeaba, sin oir los gritos de los defensores en el inmediato muro y los pasos que sonaban á su espalda en una callejuela cercana--. Ranto, pastorcilla, escúchame. Ahora comprendo por qué deseaba verte; por qué tu recuerdo me asaltaba á veces allá en Roma, siempre que pensaba en Sagunto. Vive y serás para Acteón la última primavera de su existencia. Te amo, Ranto. Eres mi afecto postrero; la flor que se abre en el invierno de mi vida. Te amo, Ranto: te amo desde el día en que te ví desnuda como una diosa. Vive y seré tu Eroción.
La joven, pálida ya, con el rostro empañado por la sombra de la muerte, sonrió murmurando:
--Acteón... buen griego... gracias, gracias.
Y su cabeza resbaló entre las manos de Acteón, cayendo pesadamente en el suelo. El ateniense estuvo inmóvil mucho rato, contemplando con estúpida fijeza el cuerpo de la joven. El silencio que se hizo de pronto en la muralla, pareció despertarle del doloroso sopor. Los sitiadores habían suspendido su ataque. El griego se incorporó; pero volvió á arrodillarse para besar varias veces la boca todavía caliente de la pastorcilla y sus ojos inmóviles, desmesuradamente abiertos, en los cuales reflejábanse como en una agua muerta los rojos resplandores de la puesta del sol.
Al levantarse vió frente á él á Sónnica inmóvil, rígida, mirándole con ojos fríos é irónicos.
--¡Sónnica!... ¡Tú!
--He venido para decirte que corras al Foro. Un mensajero del campo enemigo se ha presentado en las puertas de la ciudad pidiendo hablar á los Ancianos. El pueblo está convocado en el Foro.
Á pesar de la importancia de la noticia, Acteón no se conmovió. Le preocupaba la fría rigidez de Sónnica.
--¿Desde cuándo estás aquí?
--Llegué á tiempo para ver como te despedías para siempre de mi esclava.
Calló un instante, pero como impulsada por un sentimiento superior á su voluntad, avanzó hacia él con los ojos centelleantes y las manos extendidas.
--La amabas, ¿verdad? --dijo con amargura.
--Sí --contestó el griego con voz tenue, como avergonzado de su confesión--. Conozco ahora que la amaba... pero también te amo á tí.
Permanecieron inmóviles largo rato, con la vista fija en aquel cadáver que les separaba. Era como un muro frío levantándose entre los dos, apartándolos para siempre.
Acteón sentíase avergonzado por el dolor que sus palabras causaban á aquella mujer que tanto le había amado. Sónnica parecía absorta por su inmensa decepción y contemplaba fríamente, con ojos de Némesis implacable, el cadáver de la esclava.
--Aléjate, Acteón --dijo la griega--. Te esperan en el Foro. Los Ancianos reclaman tu presencia para que sirvas de intérprete al mensajero de Hanníbal.
El ateniense dió algunos pasos, pero se detuvo, implorando dulcemente misericordia para el cadáver.
--Va á quedar abandonada... Pronto cerrará la noche, y los perros hambrientos... los desalmados que buscan los cadáveres...
Sentía escalofríos al pensar que aquel cuerpo hermoso que le había hecho estremecer de admiración, llegase á ser devorado por las bestias.
Sónnica le contestó con un gesto. Podía alejarse: ella permanecería allí. Y Acteón, dominado por la fría altivez de su amante, partió corriendo hacia el Foro.
Al llegar á la plaza comenzaba á anochecer. Ardía en el centro la gran fogata, que se encendía todas las noches para combatir el frío mortal de la ciudad en plena primavera.
Los Ancianos sacaban sus sillas de marfil al pie de las gradas del templo para esperar ante la muchedumbre al mensajero de Hanníbal. La noticia había circulado por toda la ciudad, y la gente se agolpaba en el Foro, ansiosa de escuchar las proposiciones del sitiador. Nuevos grupos desembocaban á cada momento por todas las callejuelas afluyentes á la gran plaza, donde se concentraba la agonizante vida de la ciudad.
Acteón fué á colocarse junto á los Ancianos. Extendió su vista y no vió á Alco. Estaba aún en el campo sitiador, y la llegada de aquel emisario debía ser consecuencia de su entrevista con Hanníbal.
Un senador le explicó el suceso. Se había presentado ante los muros un enemigo sin armas y tremolando una rama de olivo. Pedía hablar al Senado en nombre de los sitiadores, y la asamblea de los Ancianos creyó necesario reunir á toda la ciudad para que tomase parte en la suprema deliberación.
Habían dado orden de introducir al mensajero, y al poco rato se vió avanzar, rompiendo la aglomeración de la muchedumbre, un grupo armado, en el centro del cual marchaba un hombre con la cabeza descubierta, sin armas y levantando con la diestra una rama, símbolo de paz.
Al pasar junto á la hoguera dió de lleno en su rostro el resplandor rojizo de las llamas, y en el Foro se levantó un clamoreo de indignación. Le habían reconocido.
--¡Alorco!... ¡Es Alorco!
--¡Traidor!
--¡Ingrato!
Muchas manos buscaron la espada para caer sobre él; por encima de las cabezas de la muchedumbre se agitaron algunos brazos empuñando dardos; pero la presencia de los Ancianos y la triste sonrisa del celtíbero calmaron los ánimos. Además, el pueblo sentía la debilidad de la miseria; no tenía fuerzas para la indignación y ansiaba oir pronto al mensajero; conocer la suerte que le reservaba el enemigo.
Avanzó Alorco hasta colocarse frente á los Ancianos, y la gran plaza quedó en un silencio profundo, sólo interrumpido por el chisporroteo de los leños de la hoguera. Todos los ojos estaban fijos en el celtíbero.
--¿Alco el Prudente no está entre vosotros? --comenzó por preguntar.
Todos miraron en torno con sorpresa. Era verdad; hasta entonces no habían notado la ausencia de aquel hombre, que era el primero en todos los actos públicos.
--No le busquéis --continuó el celtíbero--. Alco está en el campamento de Hanníbal. Dolido del estado de la ciudad, comprendiendo que es imposible continuar la defensa por más tiempo, se ha sacrificado por vosotros, y á riesgo de morir llegó hace algunas horas á la tienda de Hanníbal para suplicarle con lágrimas que tuviese compasión de vosotros.
--¿Y por qué no ha venido contigo? --preguntó uno de los Ancianos.
--Sentía miedo y vergüenza de repetiros las palabras de Hanníbal, las condiciones que impone para que se entregue la ciudad.
Se hizo aún mayor el silencio. La muchedumbre adivinaba en el terror del ausente Alco las espantosas exigencias del vencedor, que hacían latir apresuradamente el corazón de todos, antes de conocerlas.
Iban llegando al Foro nuevos grupos de gente. Hasta los defensores de la ciudad abandonaban las murallas, atraídos por el suceso, y estaban allí, en las desembocaduras de las calles, centelleando al resplandor de la hoguera sus cascos de bronce y sus escudos de varias formas, redondos, estrangulados y de media luna. Acteón vió llegar también á Sónnica, que se abrió paso entre el gentío, yendo á colocarse junto al grupo formado por la juventud elegante que la admiraba.
Alorco siguió hablando.
--Ya sabéis quién soy yo. Hace un momento escuché amenazas, ví gestos de muerte al reconocerme. Comprendo la indignación al encontrarme frente á vosotros. Tal vez seré un ingrato; pero pensad que nací en otras tierras y la muerte de mi padre me puso al frente de un pueblo al que tengo que obedecer y seguir en sus alianzas. Nunca he olvidado que fuí el huésped de Sagunto; guardo el recuerdo de vuestra hospitalidad y me intereso por la suerte de este pueblo como si fuese la de mi misma patria. Pensad bien en vuestra situación, saguntinos. El valor tiene sus límites, y por más que os esforcéis, los dioses han decretado la ruina de la valerosa Sagunto. Lo demuestran con su abandono; y vuestro arrojo se estrellará ante su voluntad inmutable.
Las vagas palabras de Alorco aumentaban la incertidumbre del pueblo. Todos temían las condiciones de Hanníbal, por lo mismo que el celtíbero se retrasaba en exponerlas.
--¡Las condiciones!... ¡Dinos las condiciones! --gritaron desde varios puntos del Foro.