Part 2
--Salud, hijo de Atenas --decía para halagarle con el nombre de la ciudad más famosa de la Grecia--. Pasa adelante; estarás entre los tuyos, pues también mis ascendientes vinieron de allá. Mira la muestra de mi taberna, «_Á Palas Athenea_». Aquí encontrarás el vino de Laurona, tan excelente como los de la Ática: si quieres probar la cerveza celtíbera, también la tengo, y hasta si lo deseas, puedo servirte cierto frasco de vino de Samos, tan auténtico como la diosa de Atenas que adorna mi mostrador.
El griego contestó con una sonrisa y un movimiento negativo, casi al mismo tiempo que el tabernero locuaz se introducía en su tugurio, levantando el tapiz para dejar paso á un grupo de marineros.
Á los pocos pasos volvió á detenerse, atraído por un silbido tenue que parecía llamarle desde el fondo de una cabaña. Una vieja arrebujada en un manto negro, le hacía señas desde la puerta. En el interior, á la luz de una lámpara de barro colgada de una cadenilla, veíanse varias mujeres en cuclillas sobre esteras, en la actitud de bestias resignadas, sin otra vida que la sonrisa inmóvil que hacía brillar sus dientes.
--Voy de prisa, buena madre --dijo el extranjero riendo.
--Detente, hijo de Zeus --contestó la vieja en idioma heleno, desfigurado por la dureza de su acento y el silbido de su respiración entre las encías desdentadas--. Al momento conocí que eres griego. Todos los de tu país sois alegres y hermosos: tú pareces Apolo, buscando á sus celestes hermanas. Entra; aquí las encontrarás...
Y acercándose al extranjero para cogerle la orla de la clámide, enumeraba todos los encantos de sus pupilas iberas, baleares ó africanas; unas majestuosas y grandes como Juno, otras pequeñas y graciosas como las hetarias de Alejandría y Grecia; y al ver que el parroquiano se desasía y continuaba su camino, la vieja levantaba la voz, creyendo no haber acertado su gusto, y hablaba de jóvenes blancos y de luenga cabellera, hermosos como los muchachuelos sirios que se disputaban los elegantes de Atenas.
El griego había salido del tortuoso callejón, y todavía escuchaba la voz de la vieja, que parecía embriagarse impúdicamente con sus infames pregones. Estaba en el campo, al principio del camino de la ciudad. Tenía á su derecha la colina del templo, y al pie de ella, delante de la escalinata, vió una casa más grande que las otras, una hostería con la puerta y las ventanas iluminadas con lámparas de barro rojo.
Dentro, sentados en los poyos, veíanse marineros de todos los países, pidiendo de comer en lenguas distintas. Soldados romanos con su coselete de escamas de bronce, la corta espada pendiente del hombro, y á sus pies el casco, rematado por una cimera de rojas crines en forma de cepillo; remeros de Marsella casi desnudos, con el cuchillo medio oculto entre los pliegues del trapo anudado á sus riñones; marineros fenicios y cartagineses con ancho pantalón, alto gorro en forma de mitra y pesados pendientes de plata; negros de Alejandría, atléticos y de torpes movimientos, enseñando al sonreir sus agudos dientes, que hacían pensar en espantosas escenas de antropofagia; celtíberos é iberos, de sombrío traje y enmarañada cabellera, mirando recelosos á todos lados y llevando instintivamente la mano á la ancha cuchilla; algunos hombres rojos de las Galias, con luengos mostachos y las encendidas crines anudadas y caídas sobre el cogote; gente, en fin, llevada y traída por los azares de la guerra y del mar, de un punto á otro del mundo conocido; un día guerreros victoriosos y al otro esclavos; tan pronto marineros como piratas; sin ley ni nacionalidad; sin otro respeto que el miedo al jefe de la nave, pronto á ordenar los azotes y la cruz; sin más religión que la de la espada y los músculos; llevando en las heridas que cubrían sus cuerpos, en las largas cicatrices que surcaban sus músculos, en las orejas cortadas cubiertas por las sucias greñas, un pasado misterioso de horrores.
Comían de pie junto al mostrador, tras el cual se alineaban las ánforas con sus tapones de frescas hojas; otros, sentados en los bancos de mampostería á lo largo de las paredes, sostenían sobre sus rodillas el plato de barro. Los más se habían tendido sobre el vientre en el suelo, como fieras que se reparten la presa, y avanzaban sobre los grandes platos sus garras vellosas, crujiéndoles las mandíbulas entre palabra y palabra. Aún no se derramaba el vino ni habían pedido la presencia de mujeres. Comían y bebían con apetito de ogros, atormentados por la escasez de las largas travesías y extenuados moralmente por la brutal disciplina de las naves.
Viéndose amontonados en un estrecho espacio, apestados por el humo de las lámparas y los vapores de los platos, sentían la necesidad de comunicarse; y entre bocado y bocado, cada cual hablaba á su vecino sin reparar en la diferencia de idioma, acabando por entenderse todos en una lengua compuesta de más gestos que palabras. Un cartaginés relataba á un griego su último viaje á las islas del Mar Grande, más allá de las columnas de Hércules, por un mar gris y cubierto de nieblas, hasta llegar á unas abruptas costas, sólo conocidas por los pilotos de su país, donde se encontraba el estaño. Más allá, un negro, con grotesca mímica, contaba á dos celtíberos una excursión á lo largo del mar Rojo, hasta llegar á misteriosas playas, desiertas de día, pero cubiertas de noche por movibles fuegos y habitadas por hombres velludos y ágiles como monos, cuyas pieles, rellenas de paja, se llevaban á los templos de Egipto para ofrecerlas á los dioses. Los soldados romanos más viejos, contaban su gran victoria de las islas Egatas, que arrojó á los cartagineses de Sicilia, terminando la guerra; y no les importaba, en su insolencia de vencedores, la presencia de los humillados cartagineses que los escuchaban. Los pastores iberos, mezclados entre los navegantes, querían aminorar el efecto de las aventuras marítimas y hablaban de los caballos de la tribu y de sus prodigios de rapidez, mientras algún griego pequeño, vivaracho y mordaz, para anonadar á los bárbaros y demostrar la superioridad de su raza, rompía á declamar fragmentos de alguna oda aprendida en el puerto de Pireo ó entonaba una melopea lenta y dulce que se perdía entre el rumor de las conversaciones, el crujido de mandíbulas y el choque de los platos.
Pedían más luz: cada vez se hacía más densa la atmósfera humosa de la hostería, y las llamas de las lámparas se marcaban apenas como gotas de sangre sobre las paredes negras de hollín. De la inmediata cocina llegaba un vaho de salsas picantes y leña humosa, que hacía llorar y toser á muchos parroquianos. Algunos estaban ebrios á poco de comenzar la comida, y pedían coronas de flores á los esclavos para adornarse como en los banquetes de los ricos. Otros aplaudían con rugidos al ver cómo se iluminaba el antro con el resplandor sangriento de las teas que encendía el dueño. Los esclavos agitábanse tras el mostrador de piedra, volcando las grandes ánforas, y corrían á la cocina para salir inmediatamente rojos de asfixia, sosteniendo los grandes platos. Esparcíase el vino por el suelo al volcarse una crátera, y de vez en cuando, al asomar en las ventanas las pintadas caras de algunas rameras --_lobas_ del puerto que esperaban el momento de hacer irrupción en la hostería--, los marineros las saludaban con grandes risotadas, imitando el aullido de la bestia cuyo nombre las servía de apodo, y arrojábanlas parte de su comida, que se disputaban ellas entre arañazos y chillidos.
Los platos eran todos excitantes, propios para acompañar con un sorbo cada bocado. Los griegos comían caracoles nadando en salsa de azafrán; las sardinas frescas del golfo aparecían en rueda sobre los platos, festoneadas de hojas de laurel; las coronas de pájaros se servían cubiertas de salsa verde; los pastores iberos se contentaban con peces secos y queso duro; los romanos y galos devoraban grandes trozos de cordero chorreando sangre; presentábanse las anguilas de los lagos del puerto con adornos de huevos cocidos; y todos estos platos y otros más, iban cargados de sal, de pimienta, de hierbas de olor acre, á las cuales atribuían las más extrañas cualidades. Todos sentían la necesidad de gastar su dinero, de hartarse y rodar ebrios por el suelo, consolándose así de la dura vida de privaciones que les esperaba en los barcos. Los romanos que partían al día siguiente, habían cobrado las pagas atrasadas y querían dejar sus _sextercios_ en el puerto de Sagunto; los cartagineses hablaban con orgullo de su República, la más rica del mundo, y los demás marineros elogiaban á sus patrones, siempre generosos cuando tocaban en aquel puerto, de excelentes negocios. El hostelero iba arrojando sin cesar en el fondo de una ánfora vacía monedas de todas clases, lo mismo de Zazintho, con la proa de nave y la Victoria volando sobre ella, como de Cartago, con el caballo legendario y los espantosos dioses kabiros ó de Alejandría, con el elegante perfil de los Ptolomeos.
Los más burdos remeros sentían caprichos de potentado, la comezón de imitar durante una noche á los ricos para consolarse en los días de hambre con este recuerdo, y pedían ostras de Lucrino, que algunas naves traían en ánforas con agua de mar para los grandes comerciantes de Sagunto, ó el _oxigarum_, que los patricios de Roma pagaban á considerable precio; tripas de pescado salado preparadas con vinagre y especias que despertaban el apetito. El vino negro de Laurona y el de color de rosa del agro saguntino, parecían despreciables á los que tenían dinero. Despreciaban igualmente el de Marsella, hablando de la pez y el yeso con que lo preparaban, y pedían vinos de la Campania, Falerno, Massica ó Cecubo, que, á pesar de su precio, bebían en _cimbas_, vasos de barro saguntino en forma de barca, que contenían gran cantidad de líquido. Y junto con los platos calientes y la variedad de bebidas, desde la cerveza celtíbera á los vinos extranjeros, aquellos hombres devoraban grandes cantidades de verduras y frutas, hambrientos, por las largas permanencias en el mar, de los productos de los campos. Se arrojaban sobre los platos cubiertos de hongos, comían á puñados los rábanos aderezados con vinagre, los puerros, las acelgas y los ajos, y los montones de frescas lechugas de las huertas del agro desaparecían, dejando cubierto el suelo de hojas verdes y sucias de tierra.
El griego contemplaba este espectáculo desde la puerta, confundido con unos cuantos marineros que no encontraban sitio en la hostería. Á la vista del rudo banquete, el extranjero recordaba que no había comido desde por la mañana, cuando el encargado de los remeros de la nave de Polyantho le dió un pedazo de pan. La novedad del desembarco en una tierra desconocida, había hecho callar su estómago, acostumbrado á las privaciones; pero ahora, á la vista de tantos manjares, sentía el zarpazo del hambre, é instintivamente avanzaba un pie dentro de la hostería, retirándolo inmediatamente. ¿Para qué entrar? La bolsa que colgaba sobre su vientre contenía _papirus_ atestiguando sus hechos pasados; tabletas para anotaciones que ayudasen su memoria: hasta guardaba en ella las pinzas de depilar y un peine, todos los menudos objetos de que no se despojaba un buen griego, amante del cuidado personal; pero por más que buscase en ella, no encontraría un óbolo. En la nave le habían admitido gratuítamente al verle vagabundo en los muelles de Cartago-Nova, porque el piloto respetaba á los griegos de la Ática; se veía solo y hambriento en un país desconocido, y si entraba en la hostería queriendo comer sin presentar dinero, le tratarían como un esclavo, arrojándole á palos.
Atormentado por el vaho de las viandas y las salsas, prefirió huir, arrancándose á aquel suplicio de Tántalo; y al retroceder tropezó con un hombre alto, sin más traje que un _sagum_ obscuro y unas sandalias con las correas cruzadas hasta las rodillas. Parecía un pastor celtíbero; pero el griego, al tropezarse con él y cruzar una rápida mirada, sintió la impresión de que no veía por primera vez aquellos ojos imperiosos, que hacían pensar en los del águila posada á los pies de Zeus.
El griego levantó los hombros con indiferencia. Lo que deseaba era acallar el hambre, dormir si le era posible hasta la salida del sol. Y huyendo de aquella barriada miserable, iluminada y ruidosa, buscó un sitio donde descansar, y se encaminó al Fano de Afrodita. El templo, situado en lo alto de la colina, tenía una ancha escalinata de mármol azul, cuyo primer peldaño arrancaba del muelle.
El griego se sentó en la pulida piedra proponiéndose esperar allí la llegada del día. La luna iluminaba toda la parte alta del templo; los ruidos de las casas del puerto llegaban hasta él amortiguados, confundidos y como arrollados al través de la gran calma de la noche, en la que se fundían el lejano murmullo del mar, el estremecimiento rumoroso de los olivares y el monótono canto de las ranas albergadas en las marismas.
Varias veces oyó el griego un grito estridente y lúgubre, semejante al aullido del lobo. De repente, sonó á sus espaldas; su nuca sintió un soplo caliente, y al volverse vió una mujer que se inclinaba hacia él con las manos en las rodillas, sonriendo con una expresión estúpida que desgarraba su boca, dejando al descubierto las encías, en las que se marcaban algunos claros.
--Salud, hermoso extranjero. Te he visto huir del bullicio; debes fastidiarte en la soledad, y vengo en tu busca para que seas feliz. Qué... ¿no puede ser?
El griego la reconoció al momento. Era una _loba_ del puerto, una de aquellas infelices que había visto pulular en los desembarcaderos de todos los pueblos; cortesanas cosmopolitas y miserables, amantes de una noche de hombres de todos colores y razas, sin más voluntad que la de caer de espaldas, con unos cuantos óbolos en la mano, sobre una piedra ó á la sombra de una barca; antiguas hetarias sumidas en el embrutecimiento, esclavas fugitivas buscando la libertad en la prostitución, la suciedad y la embriaguez; hembras que representaban el amor para los hombres crueles del mar; pobres bestias extenuadas de jóvenes por las excesivas caricias, y destinadas cuando viejas á ser tratadas á golpes.
El extranjero miraba aquella mujer todavía joven, y reconocía en ella algunos restos de belleza; pero enflaquecida, los ojos lacrimosos, la boca desfigurada por los dientes rotos. Iba envuelta en una amplia tela que debió ser de bellísimo tejido, pero sucia ya y deshilachada; sus pies estaban descalzos, y la enmarañada cabellera sosteníase con una peineta de cobre, á la que la infeliz había añadido algunas flores silvestres.
--Pierdes el tiempo viniendo aquí --dijo el griego con bondadosa sonrisa--. No tengo ni un óbolo en mi bolsa.
El acento dulce de aquel hombre, pareció intimidar á la pobre cortesana. Era una criatura acostumbrada á los golpes: para ella el hombre representaba el empellón brutal, el placer manifestado con mordiscos; y ante la dulzura del griego, se mostró desconcertada y recelosa, como si presintiera un peligro.
--¿No tienes dinero? --dijo con humildad después de un largo silencio--. No importa, aquí me tienes. Me gustas; soy tu esclava: entre toda esa gente que alborota en la hostería, mis ojos han ido á tí.
Y se inclinaba sobre el griego, acariciando con las endurecidas manos sus cabellos rizados, mientras él la examinaba con ojos de compasión, viendo su pecho deprimido, su regazo combado, en el que parecían haber impreso todos los pueblos la huella de su paso.
El extranjero, hambriento y solo en una tierra desconocida, se sentía atraído por la bondad de aquella infeliz: era la fraternidad de la miseria.
--Si deseas no estar sola, permanece á mi lado: habla lo que quieras, pero no me acaricies. Tengo hambre: nada comí desde el amanecer, y en este momento cambiaría todas las dulzuras de Citerea por la pitanza de cualquier marinero.
La ramera se incorporó á impulsos de la sorpresa.
--¿Hambre tú?... ¿Tú desfalleces de hambre cuando yo te creía alimentado con la ambrosía de Zeus?
Y sus ojos delataban el mismo asombro que si viera á Afrodita, la diosa de blancas desnudeces, guardada arriba en su templo, descender del pedestal de mármol, ofreciéndose con los brazos abiertos, por un óbolo, á los remeros del puerto.
--Espera, espera --dijo con resolución, después de reflexionar largo rato.
El griego vió como corría hacia las chozas, y cuando ya el cansancio y la debilidad comenzaban á cerrar sus ojos, la sintió otra vez junto á él, tocándole en un hombro.
--Toma, mi señor. Me ha costado mucho encontrar esto. La cruel Lais, una vieja horrible como las Parcas, que nos ayuda á vivir en los días difíciles, ha accedido á darme su cena después de hacerme jurar que á la salida del sol le entregaré dos sextercios. Come, amor; come y bebe.
Y colocaba sobre los peldaños un pan moreno en figura de disco, unos peces secos, medio queso saguntino blanco, tierno y rezumando suero, y una jarra de cerveza celtíbera.
El griego se abalanzó á la comida y comenzó á devorar, seguido por la mirada de la _loba_, que se dulcificaba por momentos, tomando una expresión casi maternal.
--Quisiera ser tan rica como Sónnica, una que, según cuentan, comenzó como cualquiera de nosotras, y es dueña de muchas de esas naves, y tiene jardines asombrosos como el Olimpo, y tropas de esclavos, y fábricas de alfarería, y medio agro es de su propiedad. Quisiera ser rica aunque sólo fuese por esta noche, para regalarte con cuanto de bueno hay en el puerto y en la ciudad; para darte un banquete como los de Sónnica, que duran hasta el día, y donde tú, coronado de rosas, bebieses el Samos en copa de oro.
El griego, conmovido por la sencillez y la ingenuidad conque hablaba aquella infeliz, la miró con dulzura.
--No me lo agradezcas: yo soy quien debo darte gracias por la felicidad que me proporciona darte de comer... ¿Qué es esto? No lo sé. Nunca se aproximó á mí hombre alguno sin darme algo. Unos monedas de cobre, otros algún pedazo de tela ó una pátera de vino: los más golpes y mordiscos: todos me han dado algo, y yo sufría y los detestaba. Y tú que llegas pobre y hambriento, que no me buscas, que me rehuyes, que nada me das, ha bastado que estés junto á mí para que discurra por mi cuerpo una felicidad desconocida. Al darte de comer me siento ebria como si saliera de un festín. Dí, griego: ¿eres realmente un hombre ó eres el padre de los dioses que ha venido á honrarme descendiendo á la tierra?
Y exaltada por sus propias palabras, púsose en pie en mitad de la escalinata, y extendiendo sus brazos rígidos hacia el templo bañado por la luna, exclamó:
--¡Afrodita! ¡Mi diosa! Si algún día llego á reunir lo que cuestan dos palomas blancas, las presentaré en tu ara adornadas con flores y cintas de color de fuego, para recuerdo de esta noche.
El griego bebía el amargo líquido de la jarra y la tendió á la cortesana, que buscó en el barro el mismo sitio que habían rozado los labios de su compañero, para poner los suyos.
No tocó la parte de la cena que le presentaba el griego: únicamente siguió bebiendo, lo que parecía darla mayor locuacidad.
--¡Si supieras lo que me ha costado encontrar todo esto!... Las callejuelas están llenas de ebrios, que, revolcándose en el barro y arrastrándose sobre las manos, te rasgan las ropas y te muerden las piernas. El vino corre por fuera de las puertas de las hosterías. En el muelle reñían hace poco. Unos africanos curaban á un compañero, metiéndolo de cabeza en el agua: un celtíbero se la había abierto de un puñetazo. Á Tuga, una muchacha ibera, se divierten cogiéndola por los pies y metiéndola de cabeza en la crátera más grande de la taberna, hasta que la retiran medio ahogada por el vino. Es la diversión de siempre. Á la pobre Albura, una amiga mía, la he visto sentada en el suelo chorreando sangre, sosteniéndose en la palma de la mano un ojo que le había hecho saltar de un puñetazo un egipcio ebrio. ¡Lo de todas las noches! Y, sin embargo, ahora me da miedo: apenas si te conozco y parece que vivo en un mundo nuevo, que me doy cuenta por primera vez de lo que me rodea.
Y á continuación le relató su historia. La llamaban Bachis y no conocía con certeza su país. Había nacido sin duda en otro puerto, porque recordaba confusamente en los primeros años de su vida un largo viaje en una nave. Su madre debió ser alguna _loba_ de puerto y ella el fruto del encuentro con un marinero. Aquel nombre de Bachis que le habían dado desde pequeña era el de muchas cortesanas famosas de Grecia. Una vieja la compró sin duda al piloto que la trajo á Sagunto, y niña aún, mucho antes de sentirse mujer, conoció el amor, viendo visitada la choza de la vieja por negociantes ancianos del puerto y libertinos de la ciudad que se recomendaban unos á otros aquel cuerpo infantil, débil y pobre, en el que aún no se marcaban los abultamientos del sexo. Al morir su dueña se hizo _loba_ y pasó á poder de los marineros, de los pescadores, de los pastores de la inmediata sierra, de toda la muchedumbre brutal que pululaba en el puerto.
Aún no había cumplido veinte años y estaba envejecida, ajada, exprimida por los excesos y los golpes. La ciudad la veía siempre de lejos. En toda su vida sólo había entrado en ella dos veces. Allí no toleraban á las _lobas_. Consentían su permanencia junto al Fano de Afrodita como garantía para la seguridad de Sagunto, que así tenía alejadas á las gentes de todos los países que llegaban al puerto; pero en la ciudad, los iberos de puras costumbres se indignaban á la vista de las cortesanas, y los griegos corrompidos eran demasiado refinados en sus gustos para sentir misericordia ante aquellas vendedoras de amor que caían como bestias en celo al borde de un camino por un racimo de uvas ó un puñado de nueces.
Y allí, á la sombra del templo de Venus, transcurriría su vida, esperando siempre nuevas naves y hombres nuevos que caían sobre ella, velludos, obscenos y brutales como sátiros, mordidos por las abstinencias del mar, hasta que un día la asesinasen en una riña de marineros ó apareciese muerta de hambre al lado de una barca abandonada.
--Y tú ¿quién eres? --terminó diciendo Bachis--. ¿Cómo te llamas?
--Mi nombre es Acteón: mi patria es Atenas. He corrido mucho mundo: en unas partes he sido soldado, en otras navegante: he peleado, he comerciado y hasta he compuesto versos y hablado con los filósofos de cosas que tú no entenderías. He sido rico muchas veces y ahora tú me das de comer. Ésa es toda mi historia.
Bachis le miraba con ojos de admiración, adivinando al través de sus concisas palabras todo un pasado de aventuras, de terribles peligros y de prodigiosos vaivenes de la fortuna. Recordaba las hazañas de Aquiles y la aventurera vida de Ulises, tantas veces oídas en los versos que declamaban los marineros griegos al sentirse ebrios.
La cortesana, reclinándose en el pecho de Acteón, acariciaba con una mano su cabellera. El griego, agradecido, sonreía fraternalmente á Bachis con la misma frialdad que si fuese una niña.
Dos marineros salieron de entre las chozas y comenzaron á tambalearse en el muelle. Un aullido penetrante que parecía desgarrar el aire, sonó junto á los oídos de Acteón. Su amiga, impulsada por la costumbre, con el instinto del vendedor que adivina de lejos al parroquiano, se había puesto de pie.
--Volveré, mi dueño. Me olvidaba de la terrible Lais. Tengo que darle su dinero antes que salga el sol. Me pegará como otras veces si no cumplo mi promesa. Espérame aquí.
Y repitiendo su aullido feroz, fué en busca de los marineros, que se habían detenido y saludaban con risotadas y palabras obscenas los gritos de la _loba_.
Al verse solo el griego, con el hambre aplacada, experimentó cierto disgusto pensando en su reciente aventura. ¡Acteón el ateniense, el que las hetarias más ricas de la hermosa ciudad se disputaban en el Cerámico, protegido y adorado por una ramera del puerto!... Para no volver á reunirse con ella, huyó de la escalinata, internándose en las callejuelas del puerto.