Sónnica la cortesana: Novela

Part 19

Chapter 193,917 wordsPublic domain

El griego devoró su pan, paseando por el Foro. Aguardaba la hora de reunión del Senado, y para emplear su tiempo, subió á la cumbre del Palatino, el terreno sagrado donde estaba la cuna de Roma. Allí vió el antro lupercal, en cuyo fondo fueron amamantados por la loba, Rómulo y Remo. En la entrada de la angosta cueva extendía sus añosas ramas, desnudas por el invierno, la higuera Rumeal, árbol famoso á cuya sombra habían jugueteado los dos gemelos, fundadores de la ciudad. Junto al árbol, sobre un pedestal de granito, elevábase la loba, de bronce obscuro y lustroso, obra de un artista etrusco, con las espantables fauces entreabiertas y el vientre erizado por una doble fila de ubres, á las cuales se agarraban, arrastrándose, dos niños desnudos.

Acteón contempló desde esta altura la inmensa ciudad, como un oleaje de tejados entre las siete colinas, invadiendo las alturas y esparciéndose por las profundas depresiones del terreno. Casi al lado del Palatino levantábase el Capitolio, la gran fortaleza de Roma, sobre las desnudas fragosidades de la roca Tarpeya; y el griego pasó de una altura á otra, para ver de cerca el templo de Júpiter Capitolino, más célebre por su fama que por su hermosura.

Dejó á sus espaldas el rudo templo de Marte, que ocupaba el lugar más alto del Palatino, y siguiendo una vereda entre abruptas rocas, pasó al Capitolio. Encontró en su camino á los sacerdotes de Júpiter, que caminaban con hierática rigidez, como si estuvieran ofreciendo siempre sacrificios á su dios. Vió las vestales arrebujadas en sus amplios velos blancos, andando con paso varonil. Algunos _milites_ subían al templo de Marte, con el ancho pecho forrado de fajas superpuestas de cobre, los desnudos muslos cubiertos por tiras de lana que pendían del talle, una mano apoyada en el pomo de su corta espada y hablando con entusiasmo de la próxima campaña de Illiria, sin acordarse de la situación de sus aliados de Iberia.

Acteón entró en el sagrado recinto del Capitolio, cercado de obscuras murallas. Era el antiguo monte _Tarpeyus_, con sus dos cumbres unidas por una extensa meseta. La parte más alta, que era la septentrional, estaba ocupada por el _Arx_, ó sea la ciudadela de Roma; en la meridional estaba el templo de Júpiter Capitolino, rodeado de robustas columnas.

El griego entró en la ciudadela, famosa por su resistencia cuando la invasión de los galos. Al borde de una balsa, ante los templos que se aglomeraban en el fuerte recinto, vió las aves sagradas; los gansos que, con sus graznidos en medio del silencio de la noche, habían librado á Roma de la sorpresa de los invasores. Después atravesó toda la meseta baja que parecía dividir en dos partes la colina, y se aproximó al gran Fano de Roma.

Una escalinata de cien gradas conducía al templo, construído en tiempos del último Tarquino en honor de las tres divinidades de Roma, Júpiter, Juno y Minerva. Constaba el edificio de tres _cellæ_ ó santuarios paralelos con las tres puertas abiertas bajo el mismo frontón. El de en medio era el de Júpiter, y los de los lados pertenecían á las dos diosas. Una triple fila de columnas sostenían el frontón, en cuyos ángulos se encabritaban algunos caballos de piedra de grosera labor. Dos filas de columnas corrían por los lados del templo, formando un pórtico, á cuya sombra paseaban los romanos más viejos hablando de los asuntos de la ciudad.

El templo había sido construído por artistas llamados de la Etruria; y bajo las columnas veíanse estatuas traídas de las expediciones á Sicilia y de las diversas guerras sostenidas por Roma. Aquel pueblo rudo era incapaz de crear artistas, pero tenía soldados para proporcionarse el arte por medio de la guerra y la rapiña.

El ateniense entró en el santuario de en medio, perteneciente á Júpiter, y vió la imagen del dios en barro cocido, con una lanza dorada en la diestra. Ante él humeaba continuamente el altar de los sacrificios. Al salir del templo, miró el _gnomon_ ó reloj de sol, que en aquella altura marcaba la hora á toda Roma.

Ya era tiempo de bajar al _Senaculum_, antiguo edificio al pie de la colina Tarpeya, entre el Capitolio y el Foro, que muchos años después se convirtió en templo de la Concordia. Al llegar á las gradas que daban acceso á él, encontró Acteón á los dos legados enviados por Sagunto antes de comenzar el sitio; dos viejos agricultores que por primera vez habían abandonado sus casas, y se mostraban abrumados por los largos meses de permanencia en Roma, con sus visitas que no terminaban nunca, y las entrevistas y súplicas sin resultado. Aturdidos los dos saguntinos, impotentes ante una ciudad que nunca respondía definitivamente á sus palabras, seguían como autómatas al desenvuelto griego, que entraba en todas partes como en casa propia, y hablaba distintos idiomas, cual si el mundo entero fuese su patria.

Iban llegando los senadores. Unos venían de sus negocios de la ciudad, y se presentaban vistiendo la toga blanca con franja de púrpura, seguidos de sus clientes, que volvían la vista á todos lados como para atraer la atención pública sobre su majestuoso protector. Otros llegaban del campo, detenían su carro ante las gradas del _Senaculum_, y entregando las riendas á los esclavos subían al templo con la toga arrollada sobre el brazo, vistiendo el corto sayo de lana burda de los agricultores y esparciendo en torno de ellos el hedor de sus establos y cosechas. Eran hombres maduros, que mostraban en la dureza de los recios músculos los esfuerzos de su vida, en continua lucha con la tierra y los enemigos: ancianos de luenga barba y rostro apergaminado que, trémulos por la vejez, revelaban aún en la mirada la seguridad que tenían en sus perdidas fuerzas. La muchedumbre del Foro, corriéndose hacia las gradas del _Senaculum_, les contemplaba con admiración y respeto. Eran los padres de la República: la cabeza de Roma.

Los legados de Sagunto subieron la escalinata del templo. Bajo las columnas que sostenían el frontón, amontonábanse un sinnúmero de despojos de las últimas guerras, depositados por los vencedores al desfilar en el Foro, entre la multitud que les saludaba agitando ramas de laurel. Acteón vió escudos atravesados por el hierro, espadas enmohecidas por la sangre, carros de guerra con el timón roto y las doradas ruedas sucias del barro de las batallas. Eran los despojos de la guerra de los Samnitas. Más allá, alineados á lo largo del muro, una fila de espantosos enanos de madera teñidos de rojo y azul, arrancados de las proas de las naves cartaginesas después de la gran victoria de las islas Egatas: las barras de hierro que cerraban las puertas de muchas ciudades conquistadas por los romanos; los estandartes de oro con fantásticos animales que guiaban á las tropas de Pirro; los enormes colmillos de los elefantes que este descendiente de Aquiles había hecho marchar contra las legiones de Roma; los cascos con cuernos ó alas de águila de los ligurios; los dardos de las tribus de los Alpes; y al lado de la puerta, como un trofeo de honor, la armadura del glorioso Camilo, paseada por la ciudad en triunfo después que el gran romano arrojó á los galos del Capitolio. Á lo largo de los muros, como extraño adorno, pendía un extenso harapo negruzco y apergaminado. Era la piel de la gran serpiente que durante un día entero había hecho retroceder á todo el ejército de Atilio Régulo, cuando éste, en su expedición al África, marchaba á la conquista de Cartago. El horrible monstruo, insensible á las flechas, devoró muchos soldados, hasta que cayó aplastado bajo una lluvia de piedras, enviando Régulo á Roma la piel del reptil como testimonio de la aventura.

Los enviados de Sagunto esperaron un buen rato, hasta que un centurión les hizo entrar en el _Senaculum_.

El griego, al pasear su mirada por el hemiciclo, quedó turbado ante la majestad de aquella asamblea. Recordaba la entrada de los galos en Roma; el asombro de los bárbaros ante aquellos ancianos, firmes en sus sillas de mármol, envueltos como fantasmas en los nítidos velos que sólo dejaban al descubierto la barba de plata, y empuñando el cetro de marfil con la majestad divina que parecía brillar en sus ojos inmóviles. Sólo los bárbaros, ebrios de sangre, podían osar el exterminio de una ancianidad tan imponente.

Eran más de doscientos. Entre ellos quedaban espacios libres, los asientos de los senadores que no habían podido asistir; y sobre el blanco graderío extendíanse las blancas togas como una nevada nueva sobre un suelo ya helado. Tras ellos elevábase una fila de columnas en semicírculo, sosteniendo la cúpula, por la que se filtraba una claridad crepuscular que parecía favorecer la meditación y el recogimiento. Una balaustrada baja de piedra, cerraba el hemiciclo, y al otro lado de ella se agolpaban los ciudadanos importantes que no tenían la investidura de senador. En el centro, la barrera estaba cortada por un pedestal cuadrado, sosteniendo la loba de bronce con los gemelos agarrados á sus pechos, y en la base, en grandes letras, el lema de la suprema autoridad de Roma: S. P. Q. R. Un trípode sostenía un braserillo ante el pedestal, y sobre los tizones ondeaba una nube azul de incienso.

Los tres legados se sentaron en sillas de mármol, junto á la imagen de la loba, ante la triple fila de hombres blancos é inmóviles.

Algunos apoyaban la barba en la mano, como para oir mejor.

Podían hablar: el Senado les escuchaba. Y Acteón, impulsado por las miradas suplicantes de sus dos compañeros, se levantó. En su ánimo no duraban mucho las impresiones; se había amortiguado ya la emoción que le produjo en el primer instante la majestad de la Asamblea.

Habló con lentitud, preocupado como buen griego, de no incurrir en faltas de estilo al expresarse en aquella lengua ruda, y procurando dar á sus palabras la emoción que quería infundir á los representantes de Roma. Describió la desesperada resistencia de Sagunto y su confianza en los auxilios de la República; aquella fe ciega que la había hecho arrojarse fuera de las murallas y vencer al enemigo al solo anuncio de que se presentaba en el horizonte la flota romana. Cuando él salió de la ciudad aún tenían víveres para subsistir y alientos para defenderse. Pero iba transcurrido mucho tiempo desde entonces: cerca de dos meses. El mensajero había tenido que hacer su camino al través de aventuras y peligros, unas veces por mar, aprovechando los itinerarios de las naves comerciales, otras á pie por las costas; y en aquel momento la situación de la ciudad debía ser desesperada. Caería Sagunto si no acudían en su socorro: ¡y qué responsabilidad para Roma si abandonaba á su protegida después de atraerse ésta la cólera de Hanníbal por querer ser romana! ¡Cómo habrían de fiarse los demás pueblos de la amistad de Roma conociendo el triste fin de Sagunto!...

Calló el griego, y el silencio penoso en que quedó el Senado revelaba la profunda impresión de sus palabras.

Entonces, Lentulus, un viejo senador, se levantó para hablar. En medio del silencio, su aguda voz de anciano habló del origen de Sagunto, que si era griega por los mercaderes de Zazintho, que en ella establecieron sus factorías, era también italiana por los rótulos de Ardea que en remotos tiempos habían ido allá á fundar una colonia. Además, Sagunto era la amiga de Roma. Para serle más fiel había decapitado á algunos de sus ciudadanos que trabajaban por Cartago... ¿Qué audacia era la de aquel jovenzuelo, hijo de Hamílcar, que olvidando los tratados de Roma con Hasdrúbal osaba levantar la espada sobre una ciudad amiga de los romanos? Si Roma miraba con indiferencia este atentado, el cachorro de Hamílcar crecería en audacia, pues la juventud no tiene freno cuando ve que el éxito corona sus imprudencias. Además, la gran ciudad no podía tolerar tal atrevimiento. Fuera, en la puerta del _Senaculum_, estaban los gloriosos despojos de las guerras como demostración de que el que se levantaba contra Roma caía vencido á sus pies. Había que ser inexorables con el enemigo y fieles con el aliado: había que llevar la guerra á Iberia para destruir al audaz que desafiaba á Roma.

Y toda la cólera de la ciudad sombría, belicosa y dura, hablaba por la boca de aquel anciano que avanzaba el rígido brazo por encima de las cabezas de sus compañeros, amenazando al invisible enemigo. El vigoroso soldado de las antiguas guerras contra los Samnitas y contra Pirro despertaba en el viejo débil, estremeciendo sus músculos y haciendo llamear sus ojos.

Los dos compañeros de Acteón, que no comprendían la lengua latina, adivinaban, sin embargo, las palabras de Lentulus, y se sentían emocionados por los elogios á la abnegación de su ciudad. Sus ojos se empañaban con las lágrimas, sus manos rasgaban los mantos obscuros en que iban envueltos como lúgubres mensajeros, y arrojándose á tierra con la vehemencia de los antiguos para expresar el dolor, agitábanse convulsos, gritando á los senadores:

--¡Salvadnos! ¡salvadnos!

La desesperación de los dos ancianos y la actitud digna del griego que, ceñudo y silencioso, parecía la personificación de Sagunto esperando el cumplimiento de la promesa, conmovieron al Senado y á la masa que se agolpaba en el balaustre de la loba. Todos se agitaban, cambiando palabras de indignación. Bajo la cúpula del _Senaculum_ resonaba el zumbido del desorden, el eco de mil voces confundidas. Querían declarar la guerra á Cartago inmediatamente, llamar las legiones, reunir las naves, embarcar la expedición en el puerto de Ostia y lanzarla contra el campamento de Hanníbal.

Un senador reclamó silencio para hablar. Era Fabio; uno de los patricios más famosos de Roma, el descendiente de aquellos trescientos héroes de su mismo nombre que habían muerto en un día peleando por Roma en las riberas de Cremera. La prudencia hablaba por su boca; sus consejos eran seguidos siempre como los más sanos: por esto el Senado recobró su calma apenas le vió de pie.

Con reposada palabra, después de lamentar la situación de la ciudad aliada, dijo que no se sabía si era Cartago la que había roto las hostilidades contra Sagunto, ó si Hanníbal por su propia cuenta. Una guerra en Iberia resultaba asunto grave para Roma, ahora que iba á emprender una lucha más próxima con el rebelde Demetrio de Faros. Lo oportuno era enviar una embajada á Hanníbal en su campamento, y si el africano se negaba á levantar el sitio, que pasase á Cartago para preguntar á sus gobernantes si aceptaban la conducta del caudillo y exigir que éste fuera entregado á Roma en castigo de su osadía.

La solución pareció agradar al Senado. Los mismos que antes se mostraban belicosos é intransigentes, inclinaban la cabeza como aprobando las palabras de Fabio. El recuerdo de la insurrección de Illiria, hacía prudentes á los más exaltados. Pensaban en el enemigo que se alzaba casi junto á ellos, al otro lado del Adriático, y que podía intentar con sus flotas dedicadas á la piratería la invasión del territorio latino. Su egoísmo les hacía mirar esta empresa como anterior á todo juramento; y para engañarse, ocultando su propia debilidad, exageraban la importancia de la embajada al campo de Hanníbal, afirmando que el africano levantaría el sitio y pediría perdón á Roma apenas viese aparecer á los legados del Senado.

Acteón acogía este cambio de la asamblea con visibles muestras de impaciencia.

--Conozco mucho á Hanníbal --gritó--. No os obedecerá; hará burla de vosotros. Si no enviáis un ejército, es inútil el viaje de vuestros legados.

Pero los senadores, con el ansia de ocultar la debilidad á que les impulsaba su egoísmo, protestaron ruidosamente de las palabras de Acteón. ¿Quién hablaba de burlarse de la República romana? ¿Quién suponía que Hanníbal había de despreciar á los enviados del Senado?... Podía callar aquel extranjero, que ni siquiera era hijo de la ciudad en cuyo nombre hablaba.

Acteón bajó la cabeza. Luego murmuró dirigiéndose á sus dos viejos compañeros, que no comprendían la resolución del Senado:

--Nuestra ciudad está perdida. Roma teme declarar la guerra á Hanníbal y retrasa el rompimiento. Cuando quieran socorrernos, Sagunto no existirá.

Los tres legados saguntinos recibieron la orden de salir. Los senadores iban á designar los dos patricios que marcharían como enviados de Roma.

Al abandonar el _Senaculum_, el más viejo de los senadores se dirigió á Acteón.

--Dí á tus compañeros que se preparen á partir. Mañana al anochecer os embarcaréis con los legados del Senado en el puerto de Ostia.

IX

La ciudad hambrienta

Más de quince días llevaba de viaje la trirreme de los representantes de Roma.

Había remontado las costas del mar Tirreno, cruzando después el mar de Liguria, de costas abruptas, y pasado ante Marsella, la próspera colonia griega, aliada también de Roma. Después, atravesando audazmente el gran golfo, había puesto su proa hacia Emporión y seguido á lo largo las costas de Iberia.

Los legados de Roma eran el patricio Valerio Flaco, uno de los que con palabras de prudencia quería mantener la paz, y Bebio Tamfilo, que gozaba del amor de la plebe romana, á causa del interés con que miraba sus miserias.

Acteón mostrábase impaciente por llegar á Sagunto. Quería hablar á sus amigos, evitar el sacrificio inútil de la ciudad, describirles el estado de ánimo de Roma, para que no persistieran en una defensa inútil. Siete meses llevaba Sagunto de empeñada resistencia. Aún no había comenzado el otoño cuando el ejército de Hanníbal se presentó ante la ciudad; y ahora finalizaba el invierno.

El griego pensaba con tristeza en las gratas ilusiones que había acariciado cuando se dirigía á Roma al través de peligros y aventuras. Creía que su presencia en la gran ciudad, el relato de las penalidades del pueblo aliado y fiel, indignaría á los romanos, levantando en masa las legiones; y volvía sin soldados, en una nave donde todos, fingiendo gran interés por Sagunto, no se conmovían gran cosa por sus desgracias; sin otro auxilio, que las sonoras é imponentes palabras de los legados y la loba de bronce en lo alto de un palo, como emblema de la majestad de la embajada.

¿Qué diría la muchedumbre entusiasta y crédula que peleaba en las murallas, cubriendo la brecha con sus pechos, y que para cobrar nuevos ánimos le bastaba suponer la llegada de los romanos? Cambiando el pensamiento hacia sus afectos, se preguntaba qué habría sido de Sónnica, tan animosa, dejándole partir para que salvase á la ciudad; cómo viviría ella, acostumbrada á la suntuosidad de una existencia muelle y dulce, en medio de las miserias y los horrores de aquel asedio que por su duración debía haber consumido los víveres de la ciudad y la energía de sus defensores.

La nave dejó atrás la embocadura del Ebro, y luchando con vientos contrarios, avistó una mañana la Acrópolis de Sagunto. De la alta torre de Hércules se elevó una gran humareda. Habían reconocido la embarcación, por el velamen á cuadros que usaban los barcos de guerra de Roma.

Estaba el sol en el cenit cuando la nave, con la vela amainada y á impulsos de la triple fila de remos, fué á entrar en el canal que conducía al puerto de Sagunto. Tierra adentro, por encima de los cañaverales que cubrían las marismas, veíanse los mástiles de algunas naves cartaginesas, ancladas en el triple puerto.

Los tripulantes de la nave romana vieron llegar á escape, por la playa, grandes grupos de jinetes. Eran escuadrones de númidas y mauritanos, agitando sus lanzas y dando alaridos como cuando cargaban en las batallas.

Un jinete, con armadura de bronce y la cabeza descubierta, les había gritado para que se detuvieran. Avanzando solo, metió su caballo en el canal, aproximándose á la nave, hasta que las aguas llegaron al vientre de la bestia.

Acteón le reconoció:

--Ése es Hanníbal --dijo á los dos legados que estaban junto á él en la popa de la nave, contemplando con asombro el aparato belicoso con que les recibían antes de echar el ancla en el puerto de Sagunto.

Iban presentándose nuevos escuadrones, como si la noticia de la llegada de la nave hubiese puesto en alarma al campamento, agolpando todas las tropas en el puerto. Tras los grupos de jinetes llegaban á todo correr los fieros celtíberos, los honderos baleares, todos los peones de diversas razas que figuraban en el ejército sitiador.

Hanníbal, aun á riesgo de ahogarse, metía su caballo en las aguas del canal para que le oyesen mejor desde la nave y extendió su mano con tal imperio, ordenando que se detuviera, que á los pocos instantes los remos cayeron inmóviles á lo largo del casco.

--¿Quién sois? ¿Qué queréis? --preguntó en griego.

Acteón servía de intérprete entre los romanos y el caudillo cartaginés.

--Son los legados de Roma que vienen á verte en nombre de la República.

--¿Quién eres tú, que me hablas, y cuya voz creo conocer?

Miró largo rato, poniéndose una mano sobre los ojos, y al fin reconoció al griego.

--¿Eres tú, Acteón?... ¡Siempre tú, ateniense inquieto! Te creía dentro de la ciudad, y has logrado salir para traerme sin duda á esos hombres. Pues bien: diles que es tarde; ¿para qué hablar? Un caudillo que sitia á una ciudad, sólo admite embajadores cuando está dentro de ella.

El griego repetía á los romanos las palabras de Hanníbal, traduciendo sus respuestas.

--Escucha, africano --dijo Acteón á Hanníbal--. Los enviados de Roma te recuerdan la amistad que tienen contraída con Sagunto. En nombre del Senado y del pueblo romano, te intiman á que levantes el sitio y respetes á la ciudad.

--Diles que Sagunto me ha ofendido y que ella fué la primera en declarar la guerra sacrificando á mis amigos y negándose á respetar á mis aliados los turdetanos.

--No es verdad, Hanníbal.

--Griego: repite á los romanos lo que te digo.

--Los legados quieren bajar á tierra. Han de hablarte en nombre de Roma.

--Es inútil: no me harán desistir de mi empeño. Además, el sitio dura mucho, las tropas están excitadas y no es lugar seguro para los embajadores de Roma un campamento como el mío, compuesto de gentes feroces de diversos países, que sólo obedecen cuando están en mi presencia. Hace pocas horas hemos sostenido un combate, y aún dura en ellos la excitación.

Volvió al decir esto su cabeza hacia las tropas, y éstas, como si tomasen el movimiento cual una orden ó adivinasen tal vez en los ojos del caudillo sus ocultos designios, comenzaron á agitarse, avanzando hacia el canal como si fueran á marchar á nado contra la nave. Los jinetes tremolaban sus lanzas, tintas aún en la sangre del reciente combate; elevaban sus escudos, en los cuales los africanos más salvajes habían colocado como trofeos las cabelleras de algunos saguntinos muertos en la última salida. Los baleares enseñaban sus dientes con estúpida sonrisa, y sacando del zurrón las balas de arcilla, comenzaron á disparar con la honda contra la nave romana.

--¿Lo veis? --gritaba con satisfacción Hanníbal--. Es imposible que reciba en mi campo á los legados. Es tarde para hablar: sólo resta que Sagunto se entregue como castigo á sus faltas.

Los legados, despreciando los proyectiles de las hondas, se apoyaban en la borda de la nave, y avanzaban el busto cubierto por la toga, con una arrogancia que parecía desafiar á los salvajes guerreros.

La indignación que les causaba verse acogidos con tanto desprecio, hacía palidecer sus mejillas.

--Africano --gritó uno de los legados en latín, sin darse cuenta de que Hanníbal no podía comprenderle--. Ya que no quieres recibir á los enviados de Roma, vamos á Cartago á pedir que nos entreguen tu persona por faltar á los tratados de Hasdrúbal. Roma te castigará cuando seas nuestro prisionero.

--¿Qué dice? ¿Qué dice? --rugió Hanníbal, furioso por aquellas palabras incomprensibles en las que adivinaba una amenaza.

Al explicárselas Acteón, el caudillo lanzó una carcajada de desprecio.

--¡Id, romanos! --gritó-- ¡id allá! Los ricos me odian y su deseo sería aceptar vuestra petición entregándome á los enemigos: pero el pueblo me ama y no hay en Cartago quien se atreva á venir al seno de mi ejército para hacerme prisionero.