Part 17
Mientras pugnaba con el duro arco, que parecía rebelarse contra él, silbaban en torno de su cabeza los proyectiles del enemigo. Viéndose impotente, envejecido en un instante por el dolor, contemplando abajo el destrozado cadáver de su hijo y sin poder vengarle, lanzó un gemido, y reuniendo todas las fuerzas de su voluntad, se lanzó fuera de la muralla, cayendo sobre los restos de Eroción. Su cabeza chocó con sordo ruido en las piedras, salió de ella un hilo de sangre, y padre é hijo formaron un grupo inmóvil á corta distancia de los asaltantes, que seguían empujando el ariete y socavando la base de la muralla.
Duró casi todo el día la desigual lucha. Los saguntinos que guardaban esta parte del muro, no lograban evitar los avances del enemigo. Sentían el sordo choque de los picos, la muralla parecía bambolearse bajo sus pies y nada podían hacer para impedir los progresos del sitiador.
Lentamente iban retirándose los defensores. Acteón, triste por la trágica muerte de su compatriota y convencido de que era inútil permanecer allí, les aconsejaba la retirada al interior de la ciudad. Retrocedió con algunos de los suyos, y á los pocos momentos, un torreón carcomido en su base por el ariete, se bamboleó, cayendo al fin al suelo con gran estrépito de escombros, que llenaron de polvo el espacio. Tras él se abatieron dos torreones más y un gran lienzo de muralla, sepultando entre los escombros á los defensores más tenaces, que quisieron permanecer en su puesto hasta el último momento.
Una exclamación formidable, un alarido de salvaje alegría, contestó desde afuera á la caída de los muros. Al través de la abierta brecha vióse desde las calles de la ciudad la campiña desolada y un extremo del campamento. Brillaban las armas en el denso ambiente, enrojecido por el polvo de los escombros; veíase avanzar obscuras masas y resonaba el bramido de los cuernos.
--¡El asalto!... ¡Los cartagineses que entran!...
Y de todos los puntos de la ciudad acudían gentes armadas. Las estrechas calles vecinas á la muralla vomitaban grupos y más grupos que llegaban vociferantes, blandiendo espadas y hachas, con el aspecto resuelto del que ha decidido morir. Escalando los escombros fueron á colocarse de pie en la brecha; y este espacio abierto, ancha herida que rasgaba el cinturón de piedra de la ciudad, quedó cubierto por una muchedumbre abigarrada que blandía sus armas formando una masa sólida é inquebrantable.
Acteón estaba en la primera fila. Cerca de él vió al prudente Alco, que había cambiado su báculo por la espada, y muchos de aquellos tranquilos comerciantes, cuyas caras astutas parecían ennoblecidas por la heroica resolución de morir antes que dejar paso á los enemigos.
Cuando éstos llegaron al asalto tuvieron que chocar con la ciudad entera. De nada les servían la torre de asedio, los arietes y catapultas; la lucha era cuerpo á cuerpo, y los mismos sitiados no empleaban ya la _falárica_, sino la espada y el hacha.
Hanníbal, á pie, guiaba las falanges, que avanzaban con las picas bajas ó la espada en alto. Peleaba como un soldado, ansioso por acabar aquel sitio que retardaba sus planes; comprendiendo que estaba en el momento decisivo y un esfuerzo supremo podía hacerle dueño de la ciudad. Con palabras entrecortadas hablaba á los soldados en los distintos idiomas de sus tribus, recordando las grandes riquezas de la ciudad, la hermosura de las griegas, el considerable número de esclavos que había dentro de los muros; y los baleares acometían con la cabeza baja, avanzando sus picas de madera con la punta endurecida por el fuego; los celtíberos rugían sus cantos de guerra, golpeándose el pecho como un sonoro tambor y descargando las cortantes espadas de dos filos; y los númidas y mauritanos, descendidos de sus caballos, iban de un lado á otro astutos y recelosos, arrojando sobre los sitiados los dardos de su cinturón, oculto bajo los blancos velos.
Todo en vano. La brecha era una angosta garganta. El ejército cartaginés, á pesar de la superioridad numérica, tenía que estrechar su frente para batirse en tan reducido espacio, y, equilibradas las fuerzas, los saguntinos eran los que llevaban la mejor parte, rechazando á los sitiadores tantas veces como intentaban subir la pendiente de escombros. Hundíanse las espadas en las carnes, produciendo las atroces heridas de las guerras de la antigüedad; rasgábanse los pechos al brutal impulso de las picas; agarrábanse los combatientes, enredando sus brazos como sarmientos, trabándose las piernas, haciendo crujir sus pechos jadeantes como fuelles, y rodaban por el suelo mordiéndose el rostro. Al levantarse algunas veces el vencedor, ostentaba con orgullo entre los dientes, una piltrafa sangrienta.
Subían las tropas de Hanníbal como un huracán la pendiente de la brecha, y á su choque conmovíase la masa de defensores: pero ninguno retrocedía; había que morir, firmes en el puesto, teniendo á las espaldas una compacta multitud que obligaba á ser valiente, no dejando espacio para huir.
Así duró el combate algunas horas. Los cadáveres, amontonándose entre los sitiados y los asaltantes, dificultaban el avance de éstos. Comenzaba á ponerse el sol, y Hanníbal se sentía fatigado por la tenaz resistencia, contra la que se estrellaban todos sus esfuerzos. Confiando aún en su buena suerte, hizo sonar las trompas para un último asalto; pero en el mismo instante ocurrió una cosa inaudita, que desconcertó al caudillo, sembrando la confusión en sus tropas.
Acteón no supo realmente de dónde partió la voz. Tal vez fué una alucinación de la fe; la invención de algún entusiasta cansado de permanecer á la defensiva.
--¡Los romanos! --gritó una voz--. ¡Nuestros aliados que llegan!...
La noticia se esparció con la credulidad que da el peligro. Corría de unos á otros la versión de que los vigías de la torre de Hércules acababan de ver una flota navegando hacia el puerto, y nadie preguntaba quién había traído á la brecha la agradable nueva. Todos la aceptaban, añadiéndola por propia cuenta nuevos detalles; y brillaban los ojos de alegría, se coloreaban los rostros, y hasta los heridos que se arrastraban por entre los escombros levantaban los brazos gritando:
--¡Los romanos! ¡Ya vienen los romanos!
De repente, sin orden alguna, por común instinto, como si los empujase una fuerza invisible, se arrojaron fuera de la brecha, escombros abajo, cayendo como una avalancha sobre los sitiadores que se agrupaban para dar el último asalto.
Lo inesperado del choque, la fuerza de la sorpresa, aquel grito: «¡Los romanos! ¡los romanos!», que lanzaban con tanta convicción los saguntinos, sembraron la dispersión en las tribus bárbaras de Hanníbal. Se defendieron; pero toda la ciudad caía sobre ellos; hasta las mujeres y los muchachos combatían como en la mañana que murió Therón; y los soldados de Hanníbal, esparcidos en pequeños grupos, sin ver ni oir á sus jefes, emprendieron la fuga hacia el campamento.
Hanníbal corría, gritando de furor, enloquecido, al ver que los sitiados repelían por segunda vez sus tropas. Tanta era la ceguedad de su cólera, que se introdujo entre los enemigos, y varias veces se vió próximo á caer bajo sus golpes.
Comenzaba á anochecer. Los combatientes saguntinos llegaban ya á las inmediaciones del campamento, mientras la gente menuda de la ciudad se esparcía por el campo, rematando á los heridos é intentando incendiar las máquinas de asedio. Las hubieran destruído todas á no ser por Marbahal, el lugarteniente de Hanníbal, que salió del campamento con algunas cohortes de jinetes. Los sitiados, no pudiendo resistir á la caballería en campo raso, fueron retirándose lentamente. Al cerrar la noche ocupaban de nuevo la brecha, comentando á gritos aquella victoria, que templaba su desaliento por la ausencia de los romanos.
Acteón, con algunos saguntinos de los que más se distinguían en los combates, se ocupaba de fortificar la ciudad. Hablaba á los viejos del Senado de lo difícil que era defender largamente aquella abertura. Era imposible repetir muchas veces el prodigio de aquella tarde. Y á la luz de las antorchas, pasó la muchedumbre toda la noche trabajando dentro de la brecha, abatiendo tejados y derribando muros.
Los comerciantes y los esclavos, las ricas ciudadanas y las mujeres de los arrabales, todos confundidos, empuñaban picos, rodaban piedras y acarreaban espuertas de barro. Hasta los Ancianos del Senado tomaban parte en este trabajo titánico, que duró toda la noche y gran parte del día siguiente.
Eufobias el filósofo, que permanecía inactivo ante los insultos de los que trabajaban, evocaba irónicamente el recuerdo de los primitivos fundadores de la ciudad, cíclopes que manejaban piedras como montañas y habían hecho arriba la base de la Acrópolis.
En la tarde del día siguiente, cuando cesaban los trabajos, comenzó á moverse el ejército sitiador. Marchó en masa al asalto, silencioso, sombrío, adivinándose en él la resolución de apoderarse al primer empuje de aquella brecha que el día anterior había sido su vergüenza.
Atravesaron las nubes de flechas y piedras que los sitiados les arrojaban, y corriendo las primeras cohortes, subieron por los escombros, luchando con los saguntinos más audaces, que todavía les disputaban la brecha. Tras un breve combate, los sitiadores quedaron dueños de la entrada de la ciudad, y prorrumpieron en exclamaciones de triunfo.
Hanníbal marchaba al frente de sus soldados animosamente; pero al llegar á la cresta de la brecha, retrocedió un paso con expresión de disgusto.
Frente á él, extendíase un vasto espacio de casas arrasadas, y más allá de los montones de escombros, elevábase un segundo muro monstruoso, construído de prisa, como si un enorme escobazo hubiese colocado á la entrada de la ciudad todos los despojos de su interior. Grandes sillares, masas de mampostería, columnas rotas, apilábanse con la misma regularidad que los bloques de una muralla, y los intersticios estaban cubiertos de barro todavía fresco. Este muro, levantado á toda prisa por el supremo esfuerzo de la ciudad entera, era más alto que el anterior, y formando una curva, se unía con las dos cortinas de las antiguas murallas que aún estaban en pie.
Hanníbal palideció de rabia al ver que todos sus esfuerzos sólo servían para hacerle dueño de un pedazo de suelo de la ciudad, cubierto de ruinas, y que por arte prodigioso, los muros que él derribaba volvían á levantarse más allá, en una sola noche. Sagunto destruiría sus casas para fortificarse con nuevos recintos, cortándole el paso. Tendría que conquistar el terreno palmo á palmo, calle por calle, y le costaría meses y años ir estrechándola, primero en torno del Foro, después en lo alto de la Acrópolis, antes de conseguir que se rindiera.
En la cima de la nueva muralla mostrábanse los saguntinos tan resueltos como el día anterior, y sus arcos y hondas detuvieron el empuje de los asaltantes, que acabaron por retroceder, quedando al abrigo de los escombros de la brecha.
Hanníbal, fuera del recinto de la ciudad, reflexionaba contemplando las alturas de la Acrópolis. Adivinaba la posibilidad de perder todo su ejército lentamente si seguía atacando Sagunto por la parte llana y débil, donde los sitiados defendían tenazmente el terreno. Y llamando á Marbahal y á su hermano Magón, les habló de la necesidad de tomar un punto de la altura; de asaltar una parte de la inmensa Acrópolis, para desde allí hostilizar á la ciudad, obligándola á rendirse.
Transcurrieron algunos días sin que se reanudaran las hostilidades por la parte del río. Las máquinas de guerra se habían trasladado al pie del monte, y enviaban sus pesados proyectiles contra los muros más extremos de la Acrópolis. Estos eran viejos y no habían sido reparados, por fiar los saguntinos en lo inexpugnable de la altura.
Además, el número de defensores no bastaba para atender al extenso recinto de Sagunto, mientras el sitiador disponía de una inmensa muchedumbre armada que podía lanzarse sobre varios puntos á la vez.
Una noche, Acteón encontró en el Foro á Sónnica que le buscaba, seguida de Alco el Prudente.
--Los Ancianos necesitan de tí --dijo con tristeza la hermosa griega--. He aquí Alco, que desea hablarte.
--Escucha, ateniense --dijo con gravedad el saguntino--. Los días pasan y no llega de Roma el necesario socorro. ¿Es que nuestros legados no pudieron llegar al territorio de la nación aliada, y el Senado de la gran República ignora nuestra situación? ¿Es que en Roma se imaginan que Hanníbal, arrepentido de su audacia, ha levantado el sitio?... Necesitamos saber qué es lo que nuestra aliada piensa de nosotros; queremos que el Senado de Roma conozca detalladamente lo que hace Sagunto; y los Ancianos, por indicación mía, han pensado en tí.
--¿En mí?... ¿Y qué quieren? --preguntó Acteón con extrañeza, mirando á la triste Sónnica.
--Quieren que esta misma noche partas para Roma. Aquí tienes oro: toma estas tablillas que servirán para que el Senado te reconozca como mensajero de Sagunto. No te enviamos á una fiesta. La salida es difícil, y más difícil aún encontrar en estas costas infestadas de enemigos, quien te lleve hasta Roma. Debes partir esta noche; ahora mismo si es posible, descolgándote de las murallas de la Acrópolis por la parte opuesta del monte, donde apenas hay enemigos. Mañana, tal vez sea tarde. Huye y vuelve pronto con el auxilio ansiado.
Acteón tomó el oro y las tablillas que le ofrecía Alco, pero no sin excusarse, comprendiendo la gravedad de la misión.
--Nadie mejor que tú puede hacer esto --dijo el saguntino--. Por eso he pensado en tí. Has pasado tu vida corriendo el mundo; hablas muchas lenguas y no te faltan astucia y valor... ¿Conoces Roma?
--No: el padre de mi padre hizo la guerra contra ella, á las órdenes de Pirro.
--Ve, pues, ahora á ella como amigo, como aliado, y quieran los dioses que algún día bendigamos el momento en que llegaste á Sagunto.
Acteón no parecía resuelto á partir. Le pesaba como una vergüenza abandonar la ciudad en aquel trance supremo, dejar á Sónnica dentro de una población sitiada.
--Yo soy un extranjero, Alco --dijo con sencillez--. Ningún vínculo de sangre me une á vuestra suerte. ¿No temes que huya para siempre dejándoos abandonados?
--No, ateniense: te conozco y por esto he respondido de tu fidelidad ante los Ancianos. Sónnica también ha jurado que volverás si no se apoderan de tí los enemigos.
El griego miró á su amada como preguntándola si debía partir, y ella bajó la cabeza, resignada ante el sacrificio. Acteón, después de esto se mostró resuelto.
--Salud, Alco. Dí á los Ancianos que el ateniense Acteón será crucificado en el campo de Hanníbal ó comparecerá ante el Senado de Roma repitiendo vuestras quejas.
Besó á Sónnica en los ojos varias veces, y la hermosa griega, conteniendo sus lágrimas, quiso seguirle con Alco hasta lo alto de la Acrópolis, para verle algunos momentos más.
Marcharon los tres en la obscuridad, por las explanadas de la ciudad antigua, á lo largo de los muros de la Acrópolis. Habían apagado su antorcha para no llamar la atención de los sitiadores y caminaban guiados por la difusa luz de las estrellas, que parecían brillar con más intensidad, como aguzadas por el frío de aquella noche, que era de las primeras de invierno.
Alco buscaba un lugar de la muralla que le habían indicado los Ancianos más conocedores de la Acrópolis. Cuando llegaron á él, el saguntino encontró á tientas el extremo de una gruesa soga atada á una almena y lo arrojó en el espacio.
La partida se verificaba en el más absoluto secreto. Los mismos Ancianos que habían acordado el viaje del mensajero y preparado su fuga, se ocultaban para no presenciarla. Sónnica se abrazó sollozando al cuello de Acteón.
--Parte pronto, ateniense --dijo el saguntino con impaciencia--. Esta primera hora de la noche es la mejor; aún circulan por el campo grupos de soldados antes de entregarse al sueño. Ahora pasarás sin que te reconozcan: más tarde, en el silencio de la noche, te sorprenderían los centinelas.
Acteón se libró de los brazos de Sónnica, y echando el cuerpo fuera de los muros, agarró la cuerda en la obscuridad.
--Ten confianza en nuestros dioses --dijo Alco como última recomendación--. Aunque parezca que nos abandonan, siempre velan por Sagunto. Hace poco, un esclavo fugitivo del campamento, ha revelado ante los Ancianos que los Vaceos y los Calpenses, hartos de sufrir las rapiñas de los destacamentos que Hanníbal envía para adquirir víveres, se han sublevado contra él, degollando á sus emisarios. Parece que Hanníbal, con una parte de su ejército, habrá de abandonar el sitio para ir á castigarles. Tendremos enfrente menos enemigos; y si tú vuelves con las legiones de Roma, Sagunto será para los cartagineses lo que las islas Egatas fueron para ellos en Sicilia... ¡Ay! ¡Cuánto mejor es la paz!
Con esta melancólica exclamación se despidió Alco del griego, mientras éste descendía por la cuerda silenciosamente. Al poco rato sus pies tropezaron con una de las peñas en las que descansaba el muro. Soltó la cuerda y comenzó á deslizarse á tientas, agarrándose en su descenso, que parecía una caída, á los míseros olivos que se retorcían en aquellas alturas como si se quejasen de la opresión de los peñascos.
Á los pies del griego, en la negra soledad de la llanura, brillaban algunas hogueras. Eran tal vez guardias avanzadas del campamento que vigilaban aquella parte de la montaña; merodeadores de los que seguían al ejército, establecidos allí, lejos de las miradas de Hanníbal.
Acteón llegó al llano y comenzó á caminar sigilosamente, agachado, á lo largo de un ribazo de piedras, deteniéndose muchas veces para escuchar, conteniendo la respiración. Creía que le seguían; que alguien caminaba tras él cautelosamente. Veía cerca una gran hoguera, y destacándose sobre su humo rojo, algunas siluetas de hombres y mujeres.
Cuando se erguía explorando los obscuros campos para dar un rodeo que le alejase de la hoguera, sintió que le cogían por los hombros, y una voz ronca murmuró en su oído entre estúpidas risotadas:
--Ya te tengo... En vano te ocultas.
Acteón se desasió de aquellas manos, y tirando del ancho cuchillo que llevaba en el cinto, dió un salto, quedando frente al desconocido en actitud de defensa. Era una mujer. El griego veía á la difusa luz de las estrellas su actitud de indecisión y sorpresa.
--¿No eres Gerión el hondero? --murmuró, tendiendo sus manos al ateniense.
Se miraron casi tocándose en la obscuridad, y el griego reconoció en aquella mujer á la infeliz _loba_ que le había alimentado la primera noche de su llegada á Sagunto. Ella parecía aún más sorprendida que el ateniense por el encuentro.
--¿Eres tú, Acteón?... Parece que los dioses me ponen en tu camino, á pesar de que me desprecias... Huyes de la ciudad, ¿verdad? Te habrás cansado de Sónnica la rica; no quieres perecer como todos esos mercaderes que Hanníbal el invencible pasará á cuchillo. Haces bien. Huye; aléjate.
Y miraba con zozobra la cercana fogata, como si temiese la aproximación de los soldados que se calentaban en torno de ella, riendo y bebiendo con un grupo de _lobas_ del puerto.
La mísera cortesana, ahogando su voz, relataba al griego por qué se hallaba allí. Era la amante de Gerión, un hondero balear. Éste había abandonado á sus compañeros un momento antes, huyendo de ella para no entregarla el dinero de la última soldada, y buscándolo, había tropezado con Acteón. Podía volver; podían aproximarse los compañeros, atraídos por las voces: allí estaban mal... ¿Qué pensaba hacer?
--Quiero llegar á la costa, seguir por ella hasta que encuentre una barca de pescadores que me lleve á Emporión ó á Denia. Tengo dinero para pagarla. Después buscaré una nave que quiera conducirme lejos, muy lejos.
--No volverás, ¿verdad?... Deseo que no vuelvas. ¡Si supieras que algunas veces, mientras los hombres se mataban en las murallas, pensaba en tí!... No te veré más; pero prefiero no verte, antes que perezcas dentro de la ciudad ó seas esclavo de mi amante el hondero... Hanníbal acabará con todos... ¡Ah, ciudad cruel! ¡Y cómo deseo ver caer bajo las tropas de Hanníbal á todas esas ricas, que nos hacían dar de latigazos cuando nos aproximábamos á ellas en el puerto!...
La pobre cortesana, dando la mano al griego, comenzó á guiarle al través de los campos.
--Ven --murmuró--. Yo te conduciré hasta la playa y allí seguirás tu camino, sin más amparo que el de los dioses. Viéndote conmigo, creerán que eres un soldado celtíbero que busca con su amante un lugar para pasar la noche. Ven: te alimenté en la primera noche que llegaste y te salvaré en la última.
Se aproximaban al mar. Pasaron cerca de varias hogueras, siendo saludados por las pullas soeces de los soldados y de las mujerzuelas, que les creían una pareja amorosa en busca de refugio. Algunos grupos armados les dejaron pasar sin el menor recelo.
Oíase cada vez más próximo el rumor de las olas sobre la arena de la playa. Caminaban entre juncos, hundiéndose en el tibio y pegajoso fango de las marismas.
La pobre _loba_ se detuvo.
--Te dejo, Acteón. Si quisieras, te seguiría como una esclava. Pero no querrás: me conozco... nada puedo ser para tí. Te alejas para siempre, pero estoy contenta porque huyes de Sónnica. Antes de partir... ¡bésame, mi dios!... En los ojos, no... En la boca... así.
Y el ateniense, con tierna conmiseración, conmovido por la bondad de aquella mísera criatura, besó sus labios secos y flácidos, que dejaban escapar el insufrible hedor del vino de los honderos baleares.
VIII
Roma
Cuando los primeros rayos del sol enrojecían las murallas del Capitolio, la vida de Roma había comenzado hacía más de una hora.
Los romanos abandonaban el lecho á la luz de las estrellas. Rodaban en la obscuridad por las tortuosas calles los carros de la campiña; desfilaban los esclavos con sus cestos y útiles de labranza, despertados por el canto de los gallos, y cuando apuntaba el día, todas las casas tenían abiertas sus puertas, y los ciudadanos sin ocupación en los campos, marchaban á reunirse en el Foro, centro del tráfico y de los negocios públicos, que comenzaba á adornarse con los primeros templos y conservaba grandes espacios yermos, sobre los cuales se habían de elevar algunos siglos después las magnificencias de la Roma señora del mundo.
Hacía dos días que Acteón estaba en la gran ciudad, alojado en una posada de extramuros establecida por un griego. Aún no se había extinguido en él la admiración que le causaba aquella República severa, viviendo casi en la pobreza; pueblo duro de agricultores y soldados, que llenaba con su fama el mundo y vivía con mayor miseria que cualquier lugarejo de los alrededores de Atenas.
Esperaba Acteón comparecer ante el Senado aquel mismo día. La mayor parte de los Padres de la República, vivían en el campo, en las rústicas villas con paredes de adobes sin cocer y techo de ramaje, vigilando el trabajo de sus esclavos, empuñando el arado como Cincinato y Camilo; y cuando las necesidades del país les llamaban al Senado, llegaban á Roma en su carreta tirada por bueyes, entre cestos de verduras y sacos de grano, y con sus manos encallecidas por el trabajo, vestíanse la toga antes de entrar en el Foro, transfigurados por la majestad que les daba su alta investidura.