Sónnica la cortesana: Novela

Part 16

Chapter 163,847 wordsPublic domain

Lo que después pasó fué rápido, instantáneo; apenas si Hanníbal pudo verlo entre el polvo de la carga, con la vaguedad apresurada de un ensueño.

La amazona, con la lanza baja, se dirigió al galope contra el sacerdote de Hércules, que en el reflujo de aquel combate desordenado, cuerpo á cuerpo, había quedado solo en un gran espacio de terreno.

--¡Ohóoo!... --gritaba la amazona, excitando el caballo con su exclamación de guerra.

Y doblando las piernas contra los hijares de la bestia, elevábase sobre sus lomos para herir mejor al gigante.

El caballo, asustado al ver la espantosa cabeza de león sobre la testa del coloso, se encabritó relinchando, y en el mismo momento cayó sobre sus ojos la enorme maza, produciendo igual chasquido que si se quebrara una robusta ánfora.

Rodó el caballo sobre las patas traseras con la cabeza rota, manando sangre por los ojos, y la amazona, despedida de sus lomos, cayó de rodillas á algunos pasos de distancia, cubriéndose con el escudo. Si podía resistir un momento se salvaba. Hanníbal, olvidado de los suyos que se agitaban en la confusión del combate, corría en su auxilio. Del campamento salían grandes grupos de jinetes para apoyar á las audaces amazonas, y la masa de los sitiados retrocedía en desorden hacia la ciudad.

Púsose en pie Asbyte y avanzó un paso, levantando la lanza para herir al gigante; pero en el mismo momento, la enorme maza, blandida con dos manos, cayó sobre ella como un muro que se desploma. Resonó quejumbrosamente el escudo de bronce al quebrarse, cayó en pedazos el casco de oro, y Asbyte se dobló en el suelo con la túnica cubierta de sangre, como una ave blanca que plegase sus alas.

Therón, á pesar de su ferocidad, quedó inmóvil, apoyado en su maza, sin ver lo que pasaba á su alrededor, como arrepentido del horrible destrozo que su fuerza había causado en aquella mujer hermosa.

--¡Á mí, Therón! ¡Defiéndete, carnicero de Hércules!... Mátame si puedes: soy Hanníbal.

Volvióse el sacerdote y vió un guerrero que, cubierto el rostro con el escudo y la espada de punta, avanzaba con agilidad asombrosa, trazando círculos en torno de él, como un tigre que ataca á un elefante y busca con su movilidad hacer presa en un punto flaco. Había terminado la batalla: los saguntinos se replegaban sobre la ciudad. Los jinetes sitiadores cargaban cerca de las murallas, dejando solos á los dos combatientes en aquella parte del campo. Algunos soldados se aproximaban con lentitud para detenerse á alguna distancia, intimidados por el terror supersticioso que inspiraba el gigante.

Therón no se inmutó al verse solo. ¡Hanníbal! ¡Era Hanníbal aquel guerrero que iba á luchar con él completamente solo!... ¡Este encuentro singular, á la vista de toda la ciudad asomada á las murallas, parecía preparado por su dios! ¡Iba á librar á Sagunto de su principal enemigo!... Hércules le proporcionaba esta gloria; y sonriendo satisfecho, levantó la maza, marchando en línea recta contra el africano.

Éste le eludía retrocediendo, saltando de lado con agilidad felina, evitando el encuentro, hasta que al fin, cansado el sacerdote y deseando acabar antes que llegaran nuevos combatientes, se afirmó sobre sus piernas de coloso y arrojó la maza contra Hanníbal. El enorme tronco rasgó el aire, al mismo tiempo que Hanníbal, viéndolo venir sobre él, saltaba de lado. Todavía alcanzó su escudo, produciendo con el choque un estrépito atronador, y fué á caer lejos, levantando una nube de polvo. El africano, con la violencia del golpe dobló las rodillas, pero se repuso, y arrojando su escudo roto corrió con la espada levantada contra Therón.

El sacerdote de Hércules, al verse desarmado, tuvo un momento de debilidad, sintió miedo, creyóse en presencia de un ser superior contra el que nada podían sus fuerzas, y volviendo la espalda á Hanníbal, huyó hacia Sagunto. Desde las murallas le llamaban á gritos viéndole en peligro. Algunos armaban los arcos para detener con sus flechas á Hanníbal; pero no osaban disparar por miedo á herir á Therón. Respiraban angustiosamente los saguntinos al ver huir á su Hércules, perseguido por aquel guerrero que le acosaba cerrándole el paso para que no llegase á la ciudad.

El gigante pesado y musculoso corría difícilmente por el campo cubierto de cadáveres y despojos del combate. Tropezó en un escudo, sus rodillas se doblaron, y volvió á levantarse; pero esta vez completamente desnudo. La piel de león había caído de sus hombros, quedando entre los despojos de la batalla.

Su perseguidor le alcanzaba. Sintió en sus espaldas el frío del hierro hundiéndose entre los músculos, y no queriendo morir perseguido como un esclavo á la vista de toda la ciudad, volvióse rápidamente, extendiendo sus brazos como columnas para ahogar entre ellos al enemigo.

Pero Hanníbal, antes de que cayeran en torno de él aquellas dos moles magullándolo, hundió su espada varias veces en el costado del coloso, y Therón se desplomó, llevándose las manos á las heridas para contemplar su sangre, de un rojo obscuro.

Miró sin cólera á Hanníbal, con una expresión infantil de dolor, y luego fijó sus ojos turbios por la muerte en la alta Acrópolis, sobre cuyas techumbres se reflejaba el sol.

--¡Padre Hércules! --murmuró con amargura--. ¿Por qué abandonas á los tuyos?...

Su cabeza enorme, al caer en el suelo, levantó una nube de polvo. Hanníbal se inclinó sobre ella, y con su espada comenzó á cortar el robusto cuello, teniendo que dar muchos golpes para partir la maraña de tendones como cuerdas y de músculos resistentes, en los que el hierro parecía embotarse.

Una nube de flechas comenzó á clavarse en el suelo en torno de Hanníbal.

El caudillo se despojó del casco, dejando suelta la cabellera de gruesos rizos; agarró la cabeza de Therón por su ensangrentada melena, y poniendo un pie con ademán de vencedor sobre el cuerpo del sacerdote, la enseñó á los que ocupaban las murallas.

Estaba magnífico con la espada en la diestra, avanzando el otro brazo, que sostenía la cabeza del gigante. Relampagueaban de orgullo y fría cólera sobre la obscura tez sus ojos, brillantes como los discos de metal que pendían de sus orejas.

Los sitiados le reconocieron, y un grito de sorpresa y de rabia corrió á lo largo de la muralla.

--¡Hanníbal!... ¡Es Hanníbal!

Aún permaneció inmóvil algunos instantes, como la estatua de la victoria, desafiando con soberbia á los enemigos, sin hacer caso de la nube de proyectiles que zumbaba en torno de él, hasta que de pronto soltó la cabeza de Therón y cayó de rodillas, abandonando su espada.

Mopso el arquero acababa de atravesarle una pierna de un flechazo.

Todos vieron desde las murallas cómo en un arranque de dolorosa rabia se arrancaba el mástil de la flecha, haciéndolo añicos y arrojándolo lejos. Luego ya no vieron más. Una gran parte del ejército sitiador corrió á él para cubrirlo, y sus honderos y arqueros comenzaron á disparar contra la muralla.

Acteón, fatigado por la salida reciente, contemplaba oculto tras una almena lo que ocurría en torno de Hanníbal, sin prestar atención á los proyectiles de los honderos que, enfurecidos por la herida del caudillo, enviaban una tempestad de piedras contra los muros.

Vió cómo se alejaba Hanníbal, sostenido por dos capitanes cartagineses de dorada coraza y custodiado por una muchedumbre.

De repente el caudillo repelió á los que le sostenían, y cojeando dolorosamente anduvo hacia un bulto blanco y ensangrentado que se destacaba sobre la tierra roja, como un harapo informe. Se inclinó sobre él, y los númidas que le rodeaban vieron llorar al terrible Hanníbal por primera y última vez, uniendo su boca á la destrozada cabeza de la amazona Asbyte, besando aquel rostro amado, en torno de cuyas facciones aplastadas y sangrientas, comenzaba á revolotear un enjambre de fúnebres moscas.

VII

Las murallas de Sagunto

La herida de Hanníbal proporcionó á la ciudad algunos días de calma. Los sitiadores permanecían en su campamento, inactivos, mirando Sagunto desde lejos. Salían los honderos por las mañanas para ejercitar sus brazos disparando contra la muralla; pero aparte de esto y de los flechazos con que les contestaban desde la ciudad, no se cruzaban otras hostilidades entre sitiados y sitiadores.

Los pelotones de caballería recorrían el agro forrajeando, y la turba inmensa de tribus feroces acababa su obra de destrucción, saqueando las villas y casas de campo. Se aclaraban los grupos de árboles: cada día derribaban nuevos troncos para llevar leña al campamento, y en los espacios descubiertos ya no se veían tejados y torres. Sólo ruinas humeantes y ennegrecidas aparecían aquí y allá, sobre los abandonados campos. Un mosaico á flor de tierra era muchas veces el único vestigio de una quinta elegante, arrasada hasta los cimientos por los invasores.

Los sitiados veían engrosar rápidamente el ejército de Hanníbal. Todos los días llegaban nuevas tribus. Parecía que la Iberia entera, subyugada por el prestigio de Hanníbal, iba á acampar en torno de Sagunto, enardecida por la fama de sus riquezas. Llegaban á pie ó á caballo; sucios, feroces, cubiertos de pieles ó vestidos de esparto, con el escudo de media luna y la espada corta de dos filos, ansiosos de pelear y trayendo consigo vistosos presentes para el africano, cuya gloria les deslumbraba.

Los saguntinos que habían comerciado con las tribus del interior, reconocían desde las murallas á los recién llegados. Venían de muy lejos; los había de ellos que habían marchado más de un mes para llegar á Sagunto; y señalaban á los lusitanos, de figura atlética, de los que se relataban horrorosas ferocidades; á los galaicos, que vivían de la pesca ó de fundir el oro de sus ríos; á los astures, que fabricaban el hierro, y á los vascos sombríos, cuya lengua no podían aprender los otros pueblos. Y mezclados con ellos llegaban nuevas tribus de la Bética, que se habían retrasado en acudir al llamamiento del cartaginés; infantes ágiles de piel aceitunada, con la cabellera esparcida sobre la espalda, vestidos con cortos faldellines blancos y ancha franja de púrpura y empuñando grandes escudos redondos que les servían de sostén para pasar los torrentes. El campamento que se extendía á lo largo del río, acabó esparciéndose por el inmenso valle, formando grupos de tiendas y chozas, hasta perderse de vista. Era una verdadera ciudad, más grande que Sagunto, que avanzaba y avanzaba como si fuera á tragarse sus murallas.

Al día siguiente de la victoriosa salida de los saguntinos notaron éstos gran movimiento en el campo sitiador. Eran las honras fúnebres de la reina de las amazonas. Vieron cómo el cadáver de Asbyte era paseado por las guerreras, llevándolo en alto sobre un escudo: después, en el centro del campamento, se elevó la columna de humo de la enorme pira que consumió sus restos.

Los sitiados adivinaban el estado de ánimo de los enemigos. Hanníbal estaba tendido en su lecho, y el ejército parecía anonadado por el dolor del héroe. Los hechiceros del campamento entraban y salían en la tienda examinando la herida, y buscaban después en los montes cercanos hierbas misteriosas para confeccionar milagrosos emplastos.

En Sagunto los más audaces hablaban de hacer una salida, de aprovechar aquel instante de desaliento para caer sobre los enemigos, poniéndolos en fuga. Pero el campo sitiador estaba bien vigilado; el hermano de Hanníbal, con los principales capitanes, velaba para evitar una sorpresa; el ejército estaba tras los baluartes de tierra del campamento como en una ciudad fuerte, y aprovechaba su inacción para realizar nuevas obras, poniéndose á cubierto de un ataque.

Además, la ciudad no estaba menos desalentada por la muerte del sacerdote de Hércules. No podían explicarse los saguntinos cómo el caudillo africano había dado muerte al gigantesco Therón, á los ojos de todo Sagunto, y los más supersticiosos veían en esto una señal celeste, el aviso de que los dioses tutelares de la ciudad comenzaban á abandonarla.

Todos se mostraban con igual firmeza que al principio, resueltos á defenderse; pero había desaparecido la alegría burlona de los primeros días del asedio. Creían husmear la desgracia en torno de ellos y les entristecía el número de enemigos, siempre en aumento. Cada mañana veían crecer el campo sitiador. ¿Cuándo cesarían de llegar los aliados de Hanníbal?

La alegre ciudad griega de los ricos comercios y las pomposas fiestas Panatheas, presentaba el aspecto de las poblaciones sitiadas. La muchedumbre de los campos refugiada en la ciudad, acampaba en calles y plazas, esparciendo un hedor de rebaño enfermo y miserable. En los templos se arrastraban los heridos al pie de las columnas, lanzando gemidos: arriba, en la Acrópolis, humeaba la hoguera día y noche, consumiendo los cadáveres de los que morían en las murallas ó caían en las calles, víctimas de extrañas enfermedades, desarrolladas por el hacinamiento.

Aún abundaban los víveres, pero faltos de frescura; y los ricos, adivinando el porvenir, acaparaban lo que podían, viendo en lontananza los días de escasez. En los barrios pobres mataban los caballos, las bestias de carga, asando sus carnes en las fogatas encendidas en las calles para los fugitivos que carecían de techo.

Lo mismo en las murallas que en la Acrópolis, todos miraban al mar con impaciencia. ¿Cuándo llegarían los auxilios de Roma? ¿Qué hacían los legados enviados por Sagunto á la gran República?...

La impaciencia hacía caer frecuentemente á toda la ciudad en dolorosos engaños. Por las mañanas, los vigías apostados en la Acrópolis sobre la torre de Hércules, daban furiosos golpes en los címbalos de alarma al ver en el horizonte algunas velas. Corría la muchedumbre á la cumbre del monte, siguiendo con mirada ansiosa la marcha de los lienzos blancos ó rojos, sobre la azul superficie del golfo Sucronense. ¡Eran ellos!... ¡los romanos!... ¡las avanzadas de la flota de socorro que navegaban hacia el puerto! Pero tras algunas horas de angustiosa expectativa, llegaba la decepción, al ver que eran naves mercantes de Marsella ó Ampurias que pasaban de largo, ó trirremes enemigas que Hasdrúbal, el hermano de Hanníbal, enviaba desde Cartago-Nova con vituallas para el ejército.

Cada uno de estos desengaños aumentaba la tristeza de los saguntinos. ¡El enemigo siempre creciendo y los aliados sin venir! La ciudad iba á perderse. Únicamente se reanimaba el entusiasmo de los defensores al encontrar en las murallas al viejo Mopso, que por su flechazo certero contra Hanníbal, era el héroe de la ciudad, y al animoso Acteón, que con sus burlas de ateniense, ligero y gracioso ante el peligro, sabía comunicarles nuevos ánimos.

Sónnica también aparecía entre ellos en los sitios de combate. Recorría las murallas cuando silbaban las flechas, y los ciudadanos pobres admirábanse del valor de la opulenta griega, despreciando los golpes del enemigo.

El amor á Acteón y el odio á los sitiadores, la hacían ser audaz. Mostrábase furiosa contra los cartagineses. Desde lo alto de la Acrópolis había visto una tarde cómo salían llamas de la techumbre de su quinta, cómo se derrumbaba la roja torre del palomar, cómo eran abatidos los hermosos bosques que rodeaban su casa, quedando todo convertido en un montón de escombros y troncos carbonizados, y ansiaba vengarse, no de la riqueza perdida, sino de la destrucción del retiro misterioso de sus amores, de la suntuosa vivienda llena de recuerdos. Además, sentíase nerviosa y en insufrible molestia en esta nueva vida, dentro de una ciudad sitiada, teniendo que comer viandas groseras y dormir en una habitación de su almacén, entre las riquezas amontonadas con el desorden de la fuga, confundida casi con sus esclavas y privándose del baño, pues en la ciudad no había más agua que la de las cisternas, y los magistrados la distribuían con gran parsimonia, preveyendo una próxima escasez.

Esta vida de miserias excitábala, haciendo que se distinguiera por su audacia belicosa. Veía de tarde en tarde á su amante, pues Acteón, alma de la defensa, tan pronto estaba en las murallas dirigiendo á los esclavos que las reparaban, como subía á la Acrópolis con Mopso, para examinar en conjunto la situación del enemigo. Quería aprovechar la tregua proporcionada por la herida de Hanníbal para poner á la ciudad en mejores condiciones de defensa; y mientras tanto Sónnica paseaba por la muralla hablando con los jóvenes, prometiendo ricos premios á los que más se distinguiesen, y excitando á todos á hacer una salida sin ejemplo: la ciudad en masa arrojándose fuera de las murallas, aplastando á los enemigos, barriéndolos hasta arrojarlos en el mar.

Iba á todos lados escoltada por Eroción y Ranto. La vida en un estrecho espacio y la comunidad del peligro, la habían hecho aproximarse á los dos muchachos, y éstos seguían á su señora acogiendo con sonrisas de entusiasmo todas sus palabras, aplaudiendo los propósitos belicosos de la rica.

Ranto ya no era pastora. Una tras otra, habían devorado todas sus cabras en la casa de Sónnica, y sin más ocupación que seguir á su señora, cogida siempre de la mano de Eroción, consideraba el sitio como una felicidad, y su deseo era que no terminase nunca. Hasta el ceñudo Mopso, el padre de su amante, los encontraba juntos sin protestar, y muchas veces sonreía al verles tranquilos y felices, paseando por las murallas sin miedo á los sitiadores.

El peligro había hecho más bondadosa á la gente. Los ricos comerciantes se codeaban con los esclavos al disparar el arco detrás de las almenas; veíase á más de una griega opulenta, rasgar su túnica de lino para vendar las heridas á los rudos mercenarios; y Sónnica la rica, que antes despreciaba á las mujeres de la ciudad, hablaba á las esclavas para que formasen una tropa igual á la de aquellas amazonas que seguían á Hanníbal. Ranto, satisfecha de la nueva situación, ciega de felicidad hasta el punto de no ver las angustias y miserias que sufría la población, tiraba de su amante en los momentos de combate, le arrancaba el arco de las manos, y arrastrándolo fuera de las murallas, escondíanse en el hueco de una escalera, al pie del muro, y se acariciaban con nueva voluptuosidad, pareciéndoles más intenso su placer mezclado con el silbido de las flechas y los gritos y exclamaciones de dolor y rabia que sonaban arriba.

La tregua sólo duró veinte días. En el silencio del campamento, resonaban sin cesar los mazos de los carpinteros, y los sitiados veían elevarse poco á poco una gran torre de madera de varios pisos, mucho más alta que las murallas de la ciudad.

Hanníbal se sentía fuerte y ansiaba reanudar el sitio. Con el deseo de que los enemigos le viesen cuanto antes, abandonó su tienda, á pesar de que aún tenía abierta la herida; y montando á caballo salió del campamento para galopar á lo largo de los muros, seguido por sus capitanes.

Los saguntinos sintiéronse deslumbrados al mirarle. Brillaba como una ascua de fuego sobre su negro caballo; el sol le envolvía en un resplandor que cegaba, como si fuese una divinidad. Llevaba la coraza y el casco que las tribus galaicas le habían traído como presente, fabricados con oro puro de sus ríos. El caudillo amaba más las armaduras de bronce, que había paseado al través de las batallas; pero su cabalgada en torno de Sagunto equivalía á una resurrección, y deseaba que los sitiados le contemplasen deslumbrador y majestuoso como un dios.

Con la reaparición de Hanníbal, comenzó de nuevo el asedio, más fuerte que antes. Los saguntinos comprendieron desde el primer momento que los sitiadores habían aprovechado la tregua para aumentar su poder ofensivo. Avanzaron con grandes esfuerzos la enorme torre de madera que acababan de construir. Tenía varios pisos, en los cuales se colocaban los arqueros, disparando por las saeteras abiertas en los troncos. La plataforma superior dominaba de tal modo la muralla, que su catapulta arrojaba sobre las almenas grandes piedras, sembrando la muerte entre los defensores.

Hanníbal multiplicábase, excitado por la tenacidad de los saguntinos, ansiando terminar cuanto antes el sitio.

Era imposible permanecer al descubierto en las murallas. La torre había sido colocada cerca de aquel punto saliente de la ciudad, que Hanníbal consideraba el más flaco. Caían sin cesar dardos y piedras sobre las murallas, y mientras los defensores se refugiaban tras las almenas, no pudiendo sacar el cuerpo, abajo, en la base, trabajaban los arietes al abrigo de la torre, topando contra los muros, deshaciéndolos lentamente; y los africanos, que sobrevivieron á la primera intentona, atacaban ahora con más seguridad los bloques, abriendo poco á poco una brecha.

Los saguntinos, pálidos por el furor y la impotencia, se agitaban en vano para impedir esta destrucción. La torre de asedio, moviéndose en un terreno llano á impulsos de los hombres que se ocultaban tras ella, iba de un sitio á otro sembrando la muerte, y á veces se aproximaba tanto, que los sitiados podían oir las voces de los arqueros que disparaban por sus saeteras. Mientras tanto, continuaba abajo, en la base de los muros, el trabajo lento y obstinado para derribarlos.

Los ciudadanos más entusiastas, bramando de indignación al ver como destruían impunemente sus muros, sacaban el cuerpo para disparar contra los que manejaban el ariete ó los picos; pero apenas quedaban al descubierto, caía sobre ellos un pedrusco ó se desplomaban con el cuerpo atravesado por una flecha. La muralla estaba cubierta de cadáveres. Se arrastraban los heridos, contemplando con mirada turbia el mástil del dardo que les atravesaba el cuerpo.

En vano disparaban los sitiados contra la torre. Las piedras rebotaban sobre sus paredes de troncos con sordo ruido, pero sin causarla quebranto. Aparecía erizada de flechas, moviéndose como un elefante monstruoso, insensible á las heridas, é inútilmente partían contra ella las _faláricas_ rasgando el espacio con su cabellera de humo y chispas, pues no hacían arder las pieles mojadas de que estaba forrada la parte alta de la torre.

Huían los más prudentes de un lugar donde se concentraban los esfuerzos del sitiador y acudían á él los más audaces, sin saber ciertamente cómo repeler al enemigo, pero con la tenaz idea de morir antes de que avanzara un paso.

Mopso, el arquero, era el único que en tan difícil situación causaba daño á los cartagineses. Con el arco tendido avanzaba un instante la cabeza fuera de las almenas y disparaba, consiguiendo introducir sus flechas por las saeteras de la torre, lo que esparcía la muerte entre los soldados que se creían seguros. Eroción estaba á su lado. Al ver á su padre en aquel lugar de peligro, había repelido á Ranto al pie de la escalinata de la muralla, sin hacer caso de sus lágrimas, y empuñando el arco, pretendía imitar á su padre, hostilizando á los de la torre.

Pero menos prudente, con el ardor de la juventud, sacaba casi todo el cuerpo fuera de las almenas, y cuando conseguía introducir una flecha en la torre, reía, completamente al descubierto, insultando á los sitiadores con sus carcajadas de pilluelo audaz.

Una piedra de la catapulta de la torre pasó silbando y chocó con su cabeza, produciendo un chasquido fúnebre. La sangre y las piltrafas salpicaron á los más cercanos, y el muchacho, doblándose como si fuese de trapos, resbaló entre dos almenas, cayendo fuera de las murallas. Las flechas de su carcax se esparcieron en torno del cadáver, con triste vibración de hierro.

--¡Mopso! ¡Mopso! --gritó Acteón, intentando detener al arquero.

Pero el viejo se había lanzado en medio de la muralla, completamente al descubierto, con los ojos vidriosos, trémula la barba gris, imponente de dolor y de furia.

Intentó tender por tres veces su arco para disparar contra la plataforma de la torre donde estaba la catapulta, y por más esfuerzos que hizo, no logró preparar su arma. El dolor, la sorpresa, la desesperación que le producía no poder exterminar de un golpe á todos los enemigos, le arrebataban las fuerzas.