Part 15
--Me recibiste como si fuese una divinidad, como si Astaroth, que alumbra nuestras noches, hubiese descendido del cielo para darte su protección. Olvidaste á mis guerreros para verme sólo á mí, y despreciando por el momento tus ambiciones, pasamos las noches tendidos en la terraza de la ciudadela, y las estrellas fueron testigos de nuestros interminables abrazos. Pero ¡ay! aquella felicidad fué como esas rosas de Egipto que sólo duran un día en los búcaros de las ricas de Cartago. Pronto volvió á tí el orgullo de la dominación, el afán del caudillo. Admirabas, más que mi belleza, la apostura de mis númidas, cuando por las tardes, fuera de los muros, asombraban á tus viejos guerreros, arrojando dardos, de rodillas sobre sus caballos, que corrían levantando el polvo con el vientre. Salimos á pelear con los Olcades, los Vaceos, todas esas tribus iberas que ayer te combatían y hoy te siguen: guerreé tras de tí como un soldado y me consideraba feliz cuando en las largas marchas, imitando á nuestros caballos que juntaban amorosamente sus cabezas, te inclinabas hacia mí, chocando tu casco con el mío para besarme... Después ni esto. ¿Qué soy yo? Un guerrero más en tu campamento; un amigo digno de gratitud que te trajo su auxilio al verte abandonado de Cartago, sin otra fuerza que un puñado de veteranos y algunos elefantes. En los combates, si me ves en peligro, vuelas á defenderme; pero después, en el campamento, en las marchas, algunas palabras de amistad, una fría sonrisa como á cualquiera de tus capitanes. Tu corazón se ha cerrado para mí. ¿Es que ya no soy Asbyte, la que conociste en Cartago-Nova? ¿No me amas al verme afeada y endurecida por la guerra? Dímelo, y volveré á ser mujer, me llenaré de joyas, abandonaré mis amazonas para rodearme de esclavas griegas; me cubriré de ungüentos que devuelvan á mi piel su primitiva frescura, y te seguiré en tus marchas, tendida en una litera con cortinas de púrpura.
--No --se apresuró á decir Hanníbal con entusiasmo--. Te amo tal como eres. La amada de Hanníbal sólo puede ser una amazona como tú, que has hecho rodar bajo tu corcel muchos guerreros.
--¡Entonces!... ¿por qué me huyes? ¿por qué me abandonas, olvidando las dulzuras de nuestro primer encuentro? Mira ese ruiseñor que hace poco querías matar: en medio de un campamento, frente á una ciudad sitiada, canta y canta llamando á su hembra, sin importarle los horrores de la guerra, sin percibir el hedor de sangre que sale de los campos. Seamos como él: hagamos la guerra, pero amándonos, y paseemos al través de las batallas nuestros cuerpos fundidos por el amor.
--No, Asbyte --dijo el africano con acento sombrío--. Esa felicidad es imposible: te amo, pero no podemos comprendernos. Tú te quejas de que sólo veo en tí una amazona cuando eres una mujer: tú en cambio sólo ves en mí un hombre, y yo soy más que un hombre. No soy el semidiós que tú imaginas; soy algo más: una formidable máquina de guerra, sin corazón ni misericordia, creada para aplastar á los hombres y los pueblos que se opongan á su paso.
Y Hanníbal decía esto con convicción, golpeándose el duro pecho, irguiendo su figura con sombría majestad al afirmar su potencia destructora.
--Te amaría si fuese un hombre capaz de perder mi tiempo en tales dulzuras. ¿Pero cuándo has visto que el águila pase toda su vida en el nido acariciando á la hembra, sin sentir el anhelo de remontarse para caer sobre el enemigo? Los que tienen garras no pueden acariciar, y yo nací para hacer presa del mundo ó que el mundo me aplaste... ¡Amar! ¡Dulce ocupación, lo reconozco! En mi pasada existencia, llena de sangre y de luchas, el único oasis de felicidad fueron aquellos días de Cartago-Nova, en los cuales creí que la propia Thanit, con toda su belleza de diosa, se dignaba descender hasta mis brazos. Pero aquello se acabó: Hanníbal tiene otros amores que le atraen y le dominan; ama su espada, ama todo lo que posee el enemigo, y no puede dormir con tranquilidad pensando en Roma, á la que ansía estrujar entre sus brazos... ¡Cuán lejos está!...
La amazona hizo un gesto de desesperación ante el apasionamiento con que el caudillo hablaba de sus ambiciones.
--Podías quejarte --continuó Hanníbal-- si vieses que mi pensamiento estaba ocupado por la imagen de otra mujer. ¿Á quién he amado sino á tí? Para atraerme á estos bárbaros que me siguen, para ligarles por el parentesco á mis empresas, hice mi esposa á la hija de un reyezuelo ibero. Y bien, ¿dónde está? ¿me sigue acaso como tú? Permanece en Cartago-Nova, hilando sus lanas de colores, y apenas si me acuerdo de ella, pues ni por un momento me conmovieron sus gracias de virgen bárbara. Yo sólo te amo á tí. Hanníbal sólo pudo caer trémulo de pasión entre unos brazos como los tuyos, endurecidos por el manejo de la lanza. Pero sé digna de él: no pienses como las otras mujeres: no busques nuevos enternecimientos: únete á mí para que los dos pensemos en poseer y odiar; en hacer el mundo nuestro.
Y como exaltado por sus propias palabras, el africano, con los ojos brillantes, se aproximó á Asbyte, acariciándola los brazos, mientras la soplaba junto al rostro sus palabras de entusiasmo.
--Yo quiero ser el señor del mundo: quiero que sobre la tierra sólo exista Cartago, porque Cartago es mi patria. Si hubiese nacido romano sería Roma la señora. Quiero con mi nombre borrar el recuerdo de Alejandro el Macedonio; ser más grande que él, conquistar mayores territorios, y sueño empresas menos fáciles que dominar los pueblos asiáticos, ablandados por la molicie del sol y las riquezas. Roma es dura, es más fuerte que nuestra república de mercaderes, roída por la avaricia y los placeres; sus manos están endurecidas por la esteva y la lanza... ¡pues contra Roma voy!... ¡Alejandro! ¡Cuán débil es su gloria! Es fácil marchar á la conquista del mundo cuando se es hijo de Filipo, que deja por herencia un ejército aguerrido en cien victorias; cuando se tiene un reino obediente á la espalda y hasta en la niñez se goza la suerte de recibir las lecciones de Aristóteles. Lo difícil es ser Hanníbal, viéndose abandonado de la patria, sin otros recursos que los que yo puedo buscarme; teniendo que hacer frente al mismo tiempo á la furia de los enemigos y á la traición y las intrigas de los compatriotas; criado lejos de mi padre, entre mercaderes astutos que, conservándome como en rehenes, querían evitarse futuros peligros, torciendo mis instintos belicosos; sin otra cultura que un poco de griego que me enseñó Sosilón el espartano. Y á pesar de esto, Hanníbal riñe con la fatalidad y la vence. Si Alejandro admira por sus conquistas en el país del sol, algún día se asombrará el mundo viéndome dominar á la naturaleza, después de aplastar á los hombres, atravesando las más altas nieves y cambiando de sitio montañas enteras para seguir mi camino. Mírame bien, Asbyte, y te convencerás de que es tan inútil querer despertar en mi corazón sentimientos humanos como ablandar el pecho del enorme Moloch de bronce que tenemos en Cartago. Hace un momento, en la soledad de mi tienda, me sentía débil y desconfiado; pero hablando contigo renace mi fuerza. Mírame bien: estás en presencia del que no teme á los hombres ni á los dioses.
--¡Los dioses! --exclamó con cierto temor Asbyte--. ¿No temes que te castiguen?...
Una carcajada ruidosa, sarcástica, de inmenso desprecio, contestó á la amazona.
--¡Los dioses! --gritó Hanníbal--. Vivo entre guerreros de todos los pueblos. Cada uno adora sus dioses, y conozco tantos, ¡tantos! que no creo en ninguno y me burlo de todos ellos. En Cartago adoraba á Moloch; aquí me has visto muchas veces dedicar sacrificios á las divinidades iberas, para atraerme á los pueblos. Si algún día entro como vencedor en esa ciudad donde vive continuamente mi pensamiento, el populacho me aclamará, viéndome subir al Capitolio para dar gracias á sus dioses... Yo sólo creo en la fuerza y la astucia; sólo tengo un dios tutelar, la guerra, que agiganta los hombres dándoles la omnipotencia de la divinidad. Si al ser señor de toda la tierra no encontrara con quien reñir, moriría, creyendo que el mundo estaba vacío.
La amazona bajaba la cabeza con expresión triste.
--Comprendo que nunca serás mío, Hanníbal. Amas la guerra sobre todas las cosas y serás fiel á ella mientras vivas. Eres una ave de presa; te basta el amor momentáneo de la esclava, te sacia la mujer llorosa y herida que cae en poder de tus soldados al entrar al asalto por la brecha. Nunca comprenderás el amor con sus dulzuras.
Hanníbal se encogió de hombros con desprecio.
--Amo la victoria, el éxito. El laurel que los héroes griegos se ceñían en el triunfo tiene para mí un perfume más penetrante que las rosas de los poetas. Cesa, Asbyte, en tus lamentos: sé guerrera y olvida que eres mujer; te amaré más, serás mi hermano de armas. ¿Á qué pensar en aquellas noches de amor, cuando estaba yo caído en la desgracia y carecía de soldados, ahora que toda Iberia viene á mí y comienzo á ver realizados mis ensueños de dominación? Contempla ese campamento donde se hablan infinitas lenguas y cada uno viste diverso traje. Las tribus llegan como los riachuelos que engrosan el torrente. Cada día se presentan nuevos guerreros. ¿Cuántos son?... Nadie lo sabe. Marbahal decía ayer que eran ciento veinte mil; yo creo que pronto serán ciento ochenta mil. Les arrastra la ciega confianza en Hanníbal; presienten que conmigo se marcha á la victoria; tal vez sus dioses les han dicho que esto no es más que el principio de una serie de hazañas que asombrarán al mundo. Admírate, Asbyte. Esas gentes han pasado su vida guerreando entre sí; se odiaban, y sin embargo, la espada de Hanníbal es un cayado, que les guía como un rebaño común. ¿Y quieres, después de este prodigio, que pierda mi tiempo amándote, que permanezca en mi tienda tendido á tus pies, con la cabeza sobre tus rodillas, oyéndote cantar las soñolientas canciones del oasis?... No, ¡rayo de Baal! La ciudad está enfrente de nosotros, burlándose del ejército más grande que jamás se reunió en los campos de Iberia, y es preciso acabar. Es preciso que la tienda de lienzo aplaste á la torre de piedra. Afila bien tu lanza, hija de Hiarbas; prepara tu fiel caballo, amada mía. Sopla en torno de mí ese aliento misterioso que siempre percibo en vísperas de la victoria. Hoy mismo entraremos en Sagunto.
Y miraba á lo lejos como si sintiera impaciencia, aguardando la llegada del día. Brillaba la luna con menos intensidad; oscurecíase el cielo tomando su azul un tono más denso, y por la parte del mar marcábase una ancha faja de claridad violácea.
--Pronto amanecerá --continuó el africano--; esta noche, Asbyte, dormirás en el lecho de marfil de alguna rica griega, y tendrás á tus pies los ancianos de la ciudad para que te sirvan como esclavos.
--No, Hanníbal. No terminará para mí el día que ahora empieza. Veo aún la sombra de Hiarbas, tal como se me apareció antes del primer canto del gallo. ¡Moriré, Hanníbal!
--¡Morir!... ¿Y eres tú quien lo crees? Para que el enemigo llegue hasta tí, es preciso que pase sobre Hanníbal. Eres mi hermano de armas. Yo estaré á tu lado.
--Aun así moriré. Mi padre no puede engañarme.
--¿Tienes miedo?... ¿Tiemblas, hija del garamanta?... ¡Al fin, mujer! Quédate en tu tienda: no te aproximes á los muros. Iré á buscarte, cuando llegue el momento de que entres en la ciudad como señora.
Asbyte irguió su gallarda figura cual si acabase de recibir un latigazo. Sus grandes ojos brillaban con cólera.
--Te dejo, Hanníbal. Comienza á amanecer. Prepáralo todo para el asalto, y ya me encontrarás cuando tus tropas den la señal. Al saber que voy á morir, sólo quería pedirte un beso, el último... No, no te acerques. Ahora no lo deseo: me haría daño. Si caigo y puedes encontrarme entre los cadáveres, ya sabes cual ha sido mi último pensamiento.
Se alejó apoyada en su lanza, por entre las filas de tiendas, seguida del negro caballo, que husmeaba la huella de sus plantas como bestia apasionada.
Comenzaba el día. Extinguíanse las hogueras, y en torno de las últimas llamas veíanse hombres que se levantaban del suelo estirando sus miembros entumecidos y sacudiendo los pedazos de tela en que estaban envueltos. Relinchaban los caballos tirando de las cuerdas, y los soldados los dejaban en libertad, conduciéndolos al río para abrevarlos y limpiarlos.
Por todos los caminos llegaban al campamento grandes carretas cargadas de víveres y forraje, y con el chirrido de sus ejes confundíanse las canciones de los soldados que, al levantarse alegres, recordaban el lejano país, cantando en la lengua natal.
Era una confusión de voces y de gritos; cada pueblo ocupaba un lugar distinto; se saludaban con aullidos regocijados de una nación á otra. Sobre el campamento, elevábase un vaho de carne desnuda y sudorosa, de guisos raros hirviendo en las marmitas, y resonaban los grandes mazos de los carpinteros componiendo los artefactos de asedio, que á las pocas horas habían de disparar piedras y dardos contra las murallas. Algunos guerreros de flotante manto, jinetes en briosos caballos, corrían entre la ciudad y el campamento mirando las murallas de Sagunto, en cuyas almenas, enrojecidas por los primeros rayos del sol, comenzaban á rebullir los defensores. Hanníbal, á pie, con la cabeza descubierta, contemplaba también la ciudad desde fuera del campamento, sentado en un trozo de muro, último resto de una quinta arrasada por los sitiadores.
Estaba resuelto á dar el asalto tan pronto como su ejército hubiese terminado los preparativos matinales. Quinientos africanos armados con picos se formaban en las afueras del campamento. Iban á acometer aquel punto de la ciudad que avanzaba su muralla en un terreno llano y despejado, que permitía llegar hasta su base sin obstáculo alguno. En otros sitios del campamento se agolpaban los infantes celtíberos con largas escalas para intentar el asalto por distintos lados á la vez. Avanzaban las máquinas de guerra; las catapultas, con el robusto balancín oprimido por tirantes cuerdas, pronto á disparar los pedruscos depositados en la cavidad de su largo brazo; los arietes, que al ser arrastrados, temblaban pendientes de sus cadenas. Las torres de asedio, ligeras, de paredes de juncos entrelazados, marchaban sobre discos macizos, coronadas por los escudos de los sitiadores, que se ocultaban tras ellos para disparar los dardos.
Hanníbal corrió á su tienda, pasando por entre los jinetes, que limpiaban sus caballos y sus armas con lentitud, convencidos de que no habían de tomar parte en el asalto hasta el último momento. El caudillo se armó á la ligera. Vistióse una corta loriga de escamas de bronce, se cubrió con el casco, tomó un escudo, y al salir de la tienda encontró á Marbahal y á su hermano Magón, encargados de las reservas que quedaban en el campamento.
--Llevas las piernas descubiertas --dijo el hermano--. ¿No te las cubres con las grebas?
--No --contestó animoso el caudillo--. Vamos á un asalto, y para trepar por los escombros, hay que tener los pies ligeros. Los dardos me respetarán como siempre.
Al salir del campamento creyó ver entre dos tiendas á la reina de las amazonas, que le seguía con ojos tristes. Pero Asbyte, al cruzar su mirada con la de Hanníbal, se alejó, tornándole la espalda con altivez.
Sonaron las trompas y el campamento pareció moverse, marchando contra la ciudad.
Avanzaban los manteletes, verdaderas murallas de madera, por cuyos intersticios disparaban los arqueros. Al abrigo de estos movibles baluartes, iban adelantando los africanos armados de picos, mientras que por otros lados del valle corrían los celtíberos, llevando al frente sus escalas.
Las murallas se cubrieron en un instante de defensores. Por encima de las almenas asomaban brazos nervudos arrojando dardos, culebreaban las hondas disparando piedras, y se combaban los arcos despidiendo agudos silbidos.
Hanníbal, para animar á los asaltantes, marchaba detrás de los quinientos africanos, riendo de los proyectiles de toda clase que chocaban con la madera de los manteletes. Varias noches, arrastrándose, y á riesgo de caer prisionero, había llegado hasta el pie de aquel muro que cubría la parte del valle y era el más fuerte de la ciudad. La base estaba formada de grandes piedras unidas con barro. Convencido el caudillo de que era difícil escalar los muros, quería abrir brecha por los cimientos, derrumbando la rojiza muralla, ante la que se había estrellado su ejército.
Al llegar cerca de ella, los africanos abandonaron el abrigo de los manteletes, arrojándose con furor contra la barrera de enormes piedras. Desnudos, negruzcos, vociferantes, subiendo y bajando sus brazos musculosos, al final de los cuales brillaba el hierro del pico, parecían espíritus infernales enviados por los dioses kabiros de Cartago para la destrucción de la ciudad. Encarnizados y tenaces en su tarea de destrucción, rugían y trabajaban, insensibles á los golpes que venían de arriba.
Los sitiados, enfurecidos por tanta audacia, despreciaban á los honderos baleares y á los arqueros, que desde lejos disparaban sobre las almenas; y sacando el cuerpo fuera, arrojaban á los africanos dardos y pedruscos, que cayendo verticalmente, nunca dejaban de producir víctimas. Rodaban los africanos con la cabeza partida ó las espaldas aplastadas; rompíanse los brazos y las piernas como cañas bajo el peso de los pedruscos, y más de un asaltante quedaba con el vientre clavado al suelo por un dardo que le atravesaba los riñones. Por encima de los cuerpos palpitantes, de las carnes magulladas, de la sangre que se amalgamaba con el barro de los muros, nuevos asaltantes cogían el pico de manos de un moribundo y emprendían contra la muralla la obra de destrucción, golpeándola furiosamente como si fuese un enemigo en pie; confundiéndose los africanos, los celtíberos, los galos, hombres de todos colores y razas, jurando cada cual en su idioma con espumarajos de rabia y sintiendo cernerse la muerte sobre sus espaldas á cada instante, entre el estrépito de aullidos y lamentos, de piedras que caían y de _faláricas_ que incendiaban las ropas y se agarraban á la carne desnuda, haciendo arder á los hombres, que, retorciéndose de dolor, corrían hacia el río como antorchas animadas.
¡Ya se movía un bloque del muro! ¡Ya rodaba fuera de su álveo! Lo más importante era sacar el primero; tras de aquel saldrían los otros. Los asaltantes prorrumpieron en exclamaciones de salvaje alegría; oían la voz de Hanníbal animándolos; pero antes de levantar la cabeza para descansar un momento, un rugido inmenso se elevó entre ellos. Llovía; pero eran gotas ardientes, infernales, que penetraban en los cuerpos como interminables cuchillos. Arriba, entre las almenas, humeaba una hoguera. Era que los comerciantes derretían los grandes lingotes de plata de sus almacenes, enviando el metal fundido como una lluvia de muerte sobre los que osaban destruir los muros de la ciudad.
Los asaltantes retrocedieron rugiendo de rabia, y fueron á refugiarse detrás de los manteletes. Hanníbal levantaba su espada, queriendo con sus golpes hacerles volver al trabajo. Pero en vano se esforzaba hablando de la victoria y de la necesidad de destruir el muro. Sus soldados retrocedían de espaldas, mirando con respeto al caudillo, que parecía invulnerable, pero quejándose del atroz tormento de las quemaduras. Algunos se revolcaban en el suelo, con los labios cubiertos de espuma, pataleando de dolor.
De pronto, pareció que la ciudad estallaba, arrojando lejos de sí á todos sus habitantes. Á lo lejos veíase huir á los celtíberos, arrojando sus escalas. La ciudad salía en masa contra los sitiadores. Las puertas eran pequeñas para dar paso á la muchedumbre armada que se arremolinaba en ellas, extendiéndose después como un torrente que corre encajonado entre montañas y de pronto se esparce en la llanura. Muchos impacientes se descolgaban de las almenas para caer más pronto sobre el enemigo.
En un momento quedó cubierto por los saguntinos que atacaban y los sitiadores que huían, todo el espacio entre las murallas y el campamento. Hanníbal se sintió arrastrado por la fuga de sus soldados. Ardían los manteletes, y una muchedumbre de mujeres y niños empuñando antorchas, rodeaba las torres de asedio, incendiando sus paredes de junco.
Los saguntinos, formados en masas, avanzaban, barriendo á los sitiadores, que huían á la desbandada. Ante su movible frente de picas y brazos levantados con anchas espadas, sólo se veían hombres fugitivos que arrojaban las armas y caían alcanzados por los dardos y las lanzas.
El gigante Therón avanzaba aislado, como si él solo fuese una falange. La piel de león y su enorme estatura atraían las miradas de todos: su maza subía y bajaba, acosando los grupos fugitivos y abriendo en ellos grandes claros.
--¡Es Hércules! --gritaban con terror supersticioso los sitiadores--. ¡El dios de Sagunto que viene contra nosotros!
Y la presencia del gigante aceleraba aún más la dispersión que los golpes de los saguntinos.
Hanníbal intentaba avanzar, hacer frente; pero en vano rugía, blandiendo su espada. Estaba preso en el torrente de la fuga; le empujaban sus propios soldados, ciegos por el contagio del terror; le pisaban los talones ó le golpeaban la espalda con sus cabezas bajas por la velocidad de la carrera, y tenía que hacer grandes esfuerzos para no verse derribado y pisoteado. Un momento más y los sitiados, después de destruir todas las obras de asedio, entraban en el campamento.
El caudillo rugía maldiciones y amenazas contra su hermano y Marbahal, que no acudían con las reservas á sostener el torrente de la derrota. Vió que apresuradamente salían tropas del campamento, pero á pie y sin orden, con la precipitación que produce un suceso inesperado, ajustándose muchos de ellos las correas de sus corazas, confundidos con los de otros pueblos y sin sus jefes, que en vano hacían sonar los cuernos para ordenar las huestes.
Los saguntinos, con el impulso ciego de la victoria, chocaron con este refuerzo y casi lo arrollaron en el primer encuentro. Hanníbal, que había conseguido reunir un grupo de soldados más animosos, hacía frente á los saguntinos.
--¡Á mí! ¡Á mí! --gritaba á los que llegaban del campamento, y en su turbación no sabían dónde acudir.
Pero sus gritos atraían al mismo tiempo á los enemigos. Therón, como si le guiase su dios, se dirigió contra Hanníbal, y pronto su maza comenzó á caer sobre los escudos del grupo cartaginés. Se arrojaba con un coraje frío contra los enemigos, quebrando sus lanzas con un revés de la maza; hiriéndose con las espadas, que parecían embotarse en sus músculos poderosos, y chorreando sangre por debajo de su piel de león, feroz y magnífico, como una divinidad. No levantaba el nudoso tronco sin que cayera un enemigo á sus pies.
Comenzaban á retroceder otra vez los sitiadores ante el empuje de los saguntinos; Hanníbal se veía arrastrado de nuevo por los suyos, aterrados por la furia del gigante que parecía invulnerable, cuando algo inesperado cambió la faz del combate.
Tembló la tierra bajo un desenfrenado galope semejante al tableteo de un trueno, y encorvadas sobre las crines de sus caballos, al aire las cabelleras ondeantes bajo los cascos y arremolinadas las blancas túnicas en torno de las piernas desnudas, cayeron contra los enemigos las amazonas de Asbyte, con la impetuosidad de un huracán. Gritaban tremolando sus lanzas, llamándose unas á otras para cargar sobre los grupos más compactos, y los enemigos retrocedían asombrados ante aquellas mujeres que por primera vez veían de cerca y que tenían á su favor la fuerza de la sorpresa.
Hanníbal, al través de las cabezas de los que le rodeaban, vió pasar como un rayo luminoso á Asbyte, completamente sola. La luz del sol, quebrándose en su casco, la rodeaba de un nimbo de oro. Su instinto de amante la había hecho adivinar dónde estaba Hanníbal cercado de enemigos, y corría allí para darle auxilio.