Sónnica la cortesana: Novela

Part 14

Chapter 143,838 wordsPublic domain

Un coro de imprecaciones y una fila de puños amenazantes contestaron al filósofo.

--¡Parásito! ¡Esclavo de la miseria! --gritaban--. Eres peor que esas _lobas_ que se prostituyen á los bárbaros.

Eufobias, cuya insolencia crecía al compás de la indignación, quiso contestar; pero se detuvo viendo que una masa obscura le tapaba la luz del sol. El gigantesco Therón estaba ante él, mirándole con el mismo desprecio que uno de aquellos elefantes que los sitiadores tenían junto al río. Levantó su mano izquierda, débilmente, como si fuese á alejar un insecto de un papirotazo; apenas si rozó la cara insolente del filósofo, y éste cayó por la escalera de la muralla con la cabeza ensangrentada, silencioso, sin una queja, rebotando de peldaño en peldaño, como hombre convencido de que el dolor no es más que una apariencia, y acostumbrado á tales caricias.

En el mismo momento una nube de puntos negros silbó sobre las murallas como una bandada de pájaros. Volaron tejas, saltaron yesones de las almenas, y cayeron con la cabeza rota algunos de los que estaban en el muro. De entre las almenas salieron como contestación impetuosa, las piedras y las flechas.

Comenzaba la defensa de la ciudad.

VI

Asbyte

Hanníbal se agitaba entre las mantas de colores de su lecho, sin poder conciliar el sueño.

Los gallos habían anunciado la media noche, rasgando con su grito el silencio del campamento, y el caudillo permanecía desvelado, cerrando los ojos sin poder dormir. Le tenía en vela el canto de un ruiseñor posado en un gran árbol, de cuyo ramaje pendía su tienda.

Una lámpara de barro iluminaba la aglomeración de objetos en torno de su lecho. Centelleaban en el suelo corazas, grebas y cascos cubiertos por pedazos de ricas telas robadas en las quintas saguntinas. Los muebles griegos, las ánforas de tocador de sutil cincelado, los tapices con escenas mitológicas, revolvíanse confundidos con los látigos de piel de buey sin curtir, los escudos de cuero de hipopótamo y los harapos de Hanníbal, tan amante del brillo de sus armas, como descuidado y sucio en sus ropas. Los vasos griegos de rica labor estaban destinados á los más bajos usos. Una crátera de alabastro cubierta por un escudo servía de asiento; un gran vaso de arcilla roja, decorado por un artista griego con las aventuras de Aquiles, lo empleaba el africano con desprecio para sus desahogos más íntimos; pedazos de estatuas y columnas destrozadas por el furor de la invasión se hundían en el suelo, ofreciendo asiento á los capitanes de Hanníbal cuando celebraban consejo en la tienda del caudillo. Era el botín, amontonado y magullado por la fiebre del robo. De él, sólo una pequeña parte había llegado hasta el jefe, que sentía un absoluto desprecio por la belleza artística cuando no estaba impresa en metales preciosos. Se reía de los dioses de aquella tierra lo mismo que de los de su país y del mundo entero, y escupía sobre los mármoles de las divinidades que llenaban el campamento como si fuesen pedazos de piedra, buenos únicamente para enviarlos con la catapulta contra los enemigos.

Á impulsos de la excitación nerviosa, que no le dejaba dormir, se incorporó en el lecho, y la luz de la lámpara dió de lleno en su rostro. Ya no era el pastor celtíbero, greñudo y feroz que Acteón había encontrado en el puerto de Sagunto. Libre del disfraz, se mostraba tal cual era: un joven de estatura regular, de miembros proporcionados y fuertes, sin alardes de exagerada musculatura, pero revelando en su cuerpo el temple del acero, una vitalidad capaz en momentos supremos de los más inauditos esfuerzos. Tenía la tez ligeramente bronceada, y su cabellera, de cortos y gruesos rizos, formaba á modo de un turbante negro y lustroso en torno de su cabeza, cubriéndole por completo la frente y dejando al descubierto los lóbulos de las orejas, de los que pendían grandes discos de bronce. La barba era espesa y rizosa; la nariz recta, pero poco saliente, y sus ojos, grandes é imperiosos, miraban siempre de lado, con una expresión de profunda astucia y de inabordable recogimiento. El cuello, musculoso, se torcía habitualmente, inclinando la cabeza á la derecha, como si quisiera percibir mejor el sonido de cuanto le rodeaba.

Vestía un simple sayo deshilachado y sucio como el de cualquier celtíbero de los que roncaban en las tiendan inmediatas, y únicamente, cual signo de poder, brillaban en sus muñecas dos anchos brazaletes de oro, dando fuerza con su opresión á los tendones y músculos del brazo.

Más de un mes estaba ante los muros de Sagunto sin conseguir ventaja alguna. Aquella misma tarde la había pasado guiando sus máquinas de guerra sin resultado, y esta falta de éxito era lo que en la soledad excitaba sus nervios, no dejándole dormir. Hijo mimado de la victoria, había vencido á campo raso las tribus más salvajes de la Iberia; había llevado sus elefantes por las cumbres de los montes más altos, atravesando ríos, rompiendo bosques, viendo la muchedumbre antes belicosa prosternarse ante él como si fuese un dios; y por primera vez en su vida tropezaba con un enemigo tenaz que al abrigo de sus muros se burlaba de él y no le dejaba avanzar un paso.

La ciudad de comerciantes y labradores, que había estudiado de cerca, contemplando con desprecio su opulenta molicie, amenazaba acabar con su buena suerte; y el caudillo, viéndola inquebrantable y pensando en sus enemigos de Cartago, en la cólera de Roma y en que el tiempo transcurría sin conseguir ningún avance, experimentaba cierta ansiedad.

Había escogido bien el punto vulnerable de Sagunto. Sus máquinas de guerra estaban colocadas ante la parte baja de la ciudad, que avanzaba sus murallas en el valle, sobre un terreno llano y descubierto que permitía la aproximación de los arietes. Pero apenas se adelantaban los centenares de hombres desnudos que tiraban de las pesadas máquinas, caía sobre ellos tal lluvia de flechas, que habían de huir los que no quedaban clavados en el suelo.

Algunas veces, al abrigo de los manteletes que avanzaban sobre ruedas y por cuyas saeteras disparaban los arqueros cartagineses, conseguían llegar los arietes al pie del muro. Pero por lo mismo que aquel lado de la ciudad resultaba el más expuesto á un ataque, las murallas, que en la parte alta de Sagunto eran de tapial, tenían allí una robusta base de rocas, y en vano las cabezas de carnero de bronce con que remataban los arietes topaban y topaban, movidas por centenares de brazos. Una lluvia de flechas y piedras caía sobre los sitiadores, rompiendo los escudos con que se cubrían: una gran torre dominaba todo el terreno de los asaltantes, sembrando entre ellos á mansalva la muerte; y no contentos con esto los sitiados, muchas veces, arrastrados por su coraje, lanzábanse fuera de los muros, acuchillando á los cartagineses.

Cada salida de estas costaba grandes pérdidas al ejército de Hanníbal. Los africanos comenzaban á hablar con temor supersticioso de un gigante desnudo, cubierto con una piel de león y esgrimiendo un tronco, que salía al frente de los saguntinos y á cada golpe abría un ancho surco en los asaltantes. Los etíopes veían en él una divinidad terrible y sanguinaria como las que adoraban en sus oasis; los celtíberos aseguraban que era Hércules, descendido del Olimpo para ayudar á su ciudad.

Hanníbal le reconoció de lejos en los combates. Era Therón, el sacerdote que había visto una mañana en la Acrópolis, admirando su vigor extraordinario. Pero á pesar de conocer su origen humano no podía evitar el terror de las tropas apenas veían sobresalir sobre los cascos aquella cabeza de león invulnerable, que parecía torcer el curso de las flechas y las piedras.

Además, los sitiados contaban con el auxilio de las _faláricas_. ¡Bien se conocía que entre los comerciantes y rústicos agricultores figuraban hombres expertos en la guerra, que habían corrido muchos países! El recuerdo de Acteón, el aventurero griego, compañero de su infancia, surgía en la memoria de Hanníbal. Él sería seguramente el inventor de la _falárica_, un dardo arrojadizo, rodeado de estopa empapada en pez. Partía la flecha ardiendo como un reguero de fuego, con su hierro largo, capaz de atravesar el escudo y la coraza; y aunque el terrible dardo no penetrase en la armadura, sus llamas se pegaban á las ropas; los combatientes arrojaban las armas para librarse del fuego y quedaban de este modo expuestos á los golpes del enemigo. Los mismos que habían peleado con las tribus más invencibles y bárbaras de Iberia, huían, arrojando el escudo ante aquellas colas de fuego que venían silbando y esparciendo chispas desde los muros de Sagunto.

Así transcurría el tiempo, sin que los sitiadores avanzasen; y Hanníbal se sentía dominado por cruel impaciencia. ¡Fuego de Baal! Él, encadenado á aquellos muros que no podía hacer suyos; y mientras tanto, la facción de Hanón conspirando en Cartago, preparando la ruina de los Barcas si no conseguía apoderarse de Sagunto, y proyectando tal vez su entrega á Roma cuando ésta reclamase viendo violados los tratados.

Su despecho le hizo arrojarse de nuevo en la cama, buscando el sueño con el ansia de quien desea olvidar. Apagó la luz de la lámpara, pero en la obscuridad siguió con los ojos abiertos. La azulada luz de la luna se filtraba por una rendija de la cúpula de la tienda, cayendo sobre las corazas que en la obscuridad brillaban como peces plateados. Fuera seguía cantando el ruiseñor.

Hanníbal se encolerizó: le desvelaba el maldito pájaro. Él era capaz de dormir entre el estrépito de los combates. Acostumbrado desde niño al campamento, le arrullaban las ásperas trompas de guerra: las roncas canciones de los mercenarios y el relincho de los caballos, no lograban despertarle. Pero el canto dulce de aquel pájaro, su trino incesante, le molestaba como el zumbido de un abejorro.

Saltó del lecho, buscó á tientas un arco entre el revoltijo de armas, telas y muebles, y salió de la tienda. La frescura de la noche le calmó un tanto.

Brillaba la luna en un ambiente puro, sin una nubecilla. El viento era tibio, á pesar de que terminaba el otoño; parpadeaban las estrellas; al trino del ruiseñor, contestaban otros y otros esparcidos en los árboles del inmenso valle. El campamento descansaba. Extinguíanse las hogueras, cerca de las cuales dormían los soldados en horrible promiscuidad con las mujeres y los niños del ejército, envueltos en harapos ó en pedazos de ricas telas; y los caballos, amarrados al suelo por estacas, alineaban en correctas filas sus soñolientas cabezas. En el fondo, la ciudad sitiada permanecía obscura y silenciosa como si durmiese. El débil resplandor que se escapaba por algunas saeteras de sus muros, producía el efecto de unas pupilas ligeramente entreabiertas que vigilaban fingiendo dormir.

Hanníbal saltó por encima de los soldados escogidos, que dormían ante la puerta de la tienda. Se incorporaban al sentir su paso, y reconociendo al caudillo, volvían á unir su cabeza á la tierra y continuaban roncando. Eran veteranos de las guerras de Hamílcar, que miraban con veneración casi religiosa al _leoncillo_ de su antiguo capitán.

Armó el arco al dar la vuelta á la tienda para disparar contra el pájaro oculto en el ramaje; pero se detuvo asombrado viendo junto al tronco del árbol una figura blanca que brillaba envuelta por la luz de luna.

Era una mujer; una amazona. Centelleaban en su cabeza y su pecho el casco de oro y la coraza de escamas; descendía á lo largo de las piernas, marcando su contorno, la túnica de blanco lino, y los brazos fuertes y desnudos, se apoyaban en la lanza con el regatón clavado en el suelo. Sus ojos negros estaban fijos en la tienda de Hanníbal con extraña persistencia, sin parpadear, como si soñase despierta, y el viento de la noche agitaba levemente la cabellera que descendía por sus espaldas. Detrás de ella veíase un caballo negro, de pelo brillante, piernas nerviosas y ojos inyectados de sangre, sin silla ni freno, sueltas las crines y bajando la cabeza para lamer el borde de la túnica de la amazona y sus desnudos pies, como un perrillo que la siguiera á todas partes.

--¡Asbyte! --exclamó Hanníbal, sorprendido por la aparición--. ¿Qué haces aquí?

La reina de las amazonas pareció despertar, y al ver al caudillo, fijó en él la mirada húmeda y apasionada de sus grandes ojos.

--No podía dormir --dijo con voz lánguida y cadenciosa--. He pasado la primera parte de la noche soñando cosas horribles. La diosa Thanit no guarda mi reposo, y he visto la sombra de mi padre Hiarbas, anunciándome la próxima muerte.

--¡Morir! --exclamó Hanníbal riendo--. ¿Quién piensa en morir?

--¿Soy acaso inmortal? ¿No combato como cualquiera de tus soldados? Me arrojo con ímpetu sobre los bosques de lanzas; las flechas silban en torno de mí como si arrastrase un manto de invisibles pájaros; desprecio las _faláricas_ con sus cabelleras de fuego... pero algún día moriré: los sueños me lo anuncian.

Asbyte, como si temiera mostrar demasiada melancolía ante Hanníbal, añadió animosamente:

--Venga la muerte cuando quiera. No me asusta como á los mercaderes de Cartago que te odian. Si turbó mi sueño es porque al despertar pensé en tí. No puedo explicarme por qué causa pensé que tú también podías morir; y ante tu muerte, Hanníbal, no me resigno. Tú debes vivir tanto como un dios. Recordé que duermes solo en tu tienda; que para ocultar mejor tus salidas no tienes guardias que velen despiertos tu sueño, y sentí la necesidad de hacer algo por tí, de pasar la noche apoyada en la lanza, cerca de tu lecho, para impedir la traición de un enemigo.

--¡Qué locura! --exclamó riendo el africano.

--Hanníbal --dijo con gravedad la hermosa amazona--; acuérdate de Hasdrúbal, el esposo de tu hermana. Bastó el puñal de un esclavo para acabar con él.

--Hasdrúbal debía morir --dijo el caudillo con la convicción del fatalismo--. Lo quería la suerte de Cartago. Era preciso que Hasdrúbal desapareciese para dejar paso á Hanníbal. Pero Hanníbal no tiene quien le reemplace, y vivirá aun cuando durmiese rodeado de enemigos. Mi sueño es ligero y mi brazo pronto: el que se desliza en la tienda de Hanníbal entra en su tumba.

Asbyte contemplaba con admiración amorosa al joven héroe, que había arrojado el arco, y al hablar de su fuerza elevaba los brazos poderosos. La luna agrandaba su sombra de tal modo que, al mover los brazos, parecía abarcar en ellos el campamento, la ciudad, todo el valle, como un sér sobrenatural.

La amazona se aproximó á él, dejando la lanza sobre el tronco del árbol. Al abandonar su arma, parecía haber depuesto la belicosa fiereza, y avanzaba hacia Hanníbal con dulzura femenil, mirándolo con los mismos ojos tímidos y húmedos de los antílopes que triscan en los oasis de su país.

--Además --murmuró--, he venido porque necesitaba estar cerca de tí. Me causa un placer dulcísimo velar tu sueño; siento la voluptuosidad de un sacrificio grato guardándote sin que tú lo sepas... Nunca puedo hablarte. Te contemplo de día á caballo entre esos cartagineses de armaduras doradas que te rodean; á pie, guiando á los que empujan las máquinas de guerra, ayudándoles muchas veces para excitar su entusiasmo; pero siempre te veo de lejos, como caudillo, como héroe, nunca como hombre. ¿Te acuerdas de aquellos días en la ciudadela de Cartago-Nova, cuando acababa yo de llegar de África con los refuerzos que te hicieron lanzar gritos de entusiasmo?

--¡Asbyte! ¡Asbyte! --murmuró Hanníbal, moviendo las manos para rechazarla, como si le molestasen tales recuerdos.

--No te enojes, Hanníbal, óyeme. Necesito hablarte: dame al menos el consuelo de verte de cerca, de decirte lo que siento. Si no, ¿á qué he venido á Iberia uniendo mi suerte á la tuya?

El caudillo miraba en torno, como si le molestase que alguien pudiera escuchar su conversación con la amazona.

--No temas --dijo Asbyte adivinando su pensamiento--. Magón tu hermano duerme lejos de aquí con Marbahal, el capitán predilecto. Mis númidas están en el otro extremo del campamento. Tú te rodeas únicamente de iberos para excitar su fidelidad con tal prueba de confianza, y éstos no entienden el fenicio.

Hanníbal, convencido por la observación de Asbyte, bajó la cabeza y cruzó los brazos, resignándose á escucharla.

--Eres huraño y duro como un dios --suspiró la amazona--. Quien te ama siente para siempre el fuego de Moloch en las entrañas, sin que te dignes apagarlo con una mirada de bondad, con una sonrisa. Eres de bronce; tus ojos miran eternamente á lo alto y no puedes ver á los que se arrastran para llegar hasta tí. Crees haberme hecho feliz porque me llevas de combate en combate, de conquista en conquista, y consideras que mi dicha consiste en tener encallecidas por la lanza mis manos, que antes se adornaban con sortijas; endurecidas por las carrilleras del casco mis mejillas, que en otros tiempos se cubrían con ungüentos costosos, traídos de Egipto por mis caravanas. Soy ruda y feroz como un hombre. Poseyendo allá lejos jardines, en los que vive una primavera eterna, he sufrido hambre y sed á tu lado. No sé ya quién soy; dudo de mi sexo, viendo afeado mi cuerpo por la fatiga: la piel, sobre la que se deslizaban las manos de mis esclavas como si fuese un espejo, es dura como la del cocodrilo. Si no parezco horrible como el tropel de hembras envejecidas que siguen á tus soldados, es porque aún vive en mí la juventud. Y todo esto, ¿por quién? Por tí, que no me miras, que has olvidado nuestro primer encuentro, que sólo ves en Asbyte un buen amigo, un aliado apreciable que llegó hasta tí trayendo un buen golpe de combatientes. ¡Hanníbal! ¡Rayo de Baal! Eres grande como un semidiós, pero no conoces á los seres humanos. Tú sólo ves en mí una amazona, una virgen guerrera como las que cantaron los poetas de Grecia... y yo soy una mujer.

Calló Asbyte algunos momentos, contemplando con tristeza al silencioso Hanníbal.

--Has olvidado sin duda cómo nos conocimos --añadió melancólicamente, después de una larga pausa--. Vivía feliz en mis oasis, hasta que corrí hacia tí, como si emanase de tu persona un hechizo irresistible. Era la hija del garamanta Hiarbas. Cansada de las dulzuras de mi casa, del canto de mis esclavas y de los esplendores que arrojaban á mis pies los mercaderes de las caravanas, iba con Hiarbas á cazar el león en el desierto, y los guerreros asombrábanse viendo cómo temblaban, obedientes y tímidos, los más salvajes potros, al sentirme sobre sus lomos. Era fuerte, era hermosa; apenas salida de la niñez, los caudillos más fieros de la Numidia venían á pedir hospitalidad á mi padre para verme de cerca, y hablaban de sus rebaños y de sus guerreros, proponiendo una alianza á Hiarbas. Y yo, indiferente, fría, con el pensamiento puesto en Cartago, donde había estado una vez acompañando á mi padre para ajustar el tributo con los ricos del Senado. ¡Ah, la ciudad grandiosa, la ciudad inmensa, con sus templos como pueblos y sus dioses gigantes!

Y desviando el curso de sus ideas, hablaba con entusiasmo de Cartago, como si al través de los viajes y las aventuras belicosas se conservase fresca en ella la impresión de la gran ciudad. Recordaba las viviendas de los ricos cartagineses, con los muros polícromos rematados por esferas brillantes de metal y de vidrio; los grandes templos de mármol, con sus bosques misteriosos, en los cuales resonaban las liras y los címbalos de los sacerdotes; el templo de Thanit, rodeado de rosales, escondrijos perfumados que servían de albergue á la prostitución sagrada en honor de la diosa; y después el puerto, el inmenso puerto, con todo un pueblo de naves que arrojaban á borbotones en la ciudad las riquezas del mundo entero; el estaño de la Bretaña, el cobre de Italia, la plata de Iberia, el oro de Ofir, el incienso de Saba, el ámbar de los mares del Norte, la púrpura de Tiro, el ébano y el marfil de Etiopía, las especias y perlas de la India y las telas brillantes de los pueblos del Asia misteriosos y sin nombre, que permanecían en el último confín del mundo envueltos en la vaguedad de la leyenda.

Ella adoraba la ciudad, más aún que por sus esplendores, porque en ella estaban los partidarios de los Barcas, los sostenedores de la familia heroica, de cuyas hazañas hablaban por la noche á la luz de la luna los guerreros númidas, y de la que era vástago glorioso aquel Hanníbal todavía niño que hacía sonar su nombre en las guerras de Iberia.

--Los míos amaron siempre á los tuyos --continuó la amazona--. Si mi padre Hiarbas soportó la dominación de Cartago, fué porque al frente de ella estaba Hamílcar, un africano, un númida como nosotros. Yo odio tanto como tú á los mercaderes de Cartago, antiguos fenicios que se amontonaron y reprodujeron como gusanos en el peñón de Arad, para venir después á apoderarse por el mar de nuestro hermoso suelo de África. Odio la nave grabada en muchas de vuestras monedas y templos, porque es el signo de los avarientos que vinieron á explotarnos; y adoro el corcel cartaginés, el caballo númida, como un signo de nuestro pasado.

Después habló del encanto que había ejercido sobre ella desde lejos la gloria de los Barcas. Amó á Hanníbal sin conocerlo, influída por los relatos de hazañas que llegaban hasta ella. Le veía luchando como un leoncillo al lado de su padre, entre las manadas de toros con los cuernos inflamados y de los carros ardiendo que los iberos arrojaban contra el invasor cartaginés; le contemplaba loco de furor ante el cadáver de Hamílcar, y después languideciendo de inacción al lado del hermoso Hasdrúbal, conciliador y pacífico; hasta el momento en que, asesinado éste por el puñal de un galo, aclamaba todo el ejército al joven jefe.

Acababa de morir su padre Hiarbas, y ella era reina de sus tribus cuando supo que Hanníbal, ansioso de gloria y de luchas, estaba aislado en la fortaleza de Cartago-Nova, sin otras tropas que las últimas reliquias del ejército que Hamílcar había llevado á Iberia. Los ricos de Cartago, enemigos de los Barcas, no se atrevían por miedo al populacho á despojar al hijo de Hamílcar de la jefatura que le daban sus soldados; confirmábanla con su silencio, pero le dejaban aislado, sin recurso alguno, entregado á sus propias fuerzas para que los indígenas acabasen con él, ó cuando más consiguiera sostener en las costas de Iberia un pequeño estado, en cuyo seno se extinguiría lentamente la ambición de los Barcas.

--Entonces volé hacia tí --continuó Asbyte--. Deseaba conocer al hombre y salvar al héroe. Entregué una gran parte de mis riquezas á los mercaderes de Cartago para que me prestasen sus naves; inflamé el entusiasmo de los más belicosos de mis tribus para que me siguieran; hasta sus hijas que, imitándome, iban á la caza del león y galopaban todo el día, empuñaron la lanza, sintiéndose arrastradas á mi loca aventura; y una tarde, cuando tal vez llorabas considerando muertas tus ilusiones de gloria, viste desde lo alto de la ciudadela de Cartago-Nova toda una flota que llegaba del África. ¿Te acuerdas?... Dí: ¿te acuerdas de cómo me recibiste?

--Sí, y jamás lo olvidaré --dijo Hanníbal con dulzura--. Aquellos días son mi mejor recuerdo.