Part 12
Interrogó con la mirada á la muchedumbre, y los guerreros contestaron golpeando sus escudos, lanzando los mismos alaridos con que se excitaban al entrar en el combate.
--Ya eres nuestro rey --continuó el anciano--. Serás el padre y el guardián de tu pueblo. Para cumplir tu misión, apodérate de la herencia de tu padre... ¡Bajad el escudo!
Dos jóvenes treparon á lo alto de la pira, y levantando la cabeza de Endovellico, bajaron el escudo con la imagen del dios, entregándolo á Alorco.
--Con este escudo --dijo el anciano-- cubrirás á tu pueblo de los golpes del enemigo... ¡Venga la espada!
Bajaron los jóvenes la espada, arrancándola de las yertas manos del jefe.
--Cíñetela, Alorco --continuó el hechicero--. Con ella nos defenderás y caerá como un rayo allí donde te marquen los tuyos. ¡Avanza, joven rey!
Guiado por el viejo, llegó Alorco hasta los troncos, sobre los cuales descansaba su padre. El joven volvía el rostro para no ver el cadáver, temiendo un enternecimiento que le hiciese derramar lágrimas ante la tribu.
--¡Jura por Neton, por Autubel, por Nabí, por Caulece, por todos los dioses de nuestra tribu y de todas las tribus que pueblan esta tierra y odian á los extranjeros que un día llegaron por el mar para robarnos nuestras riquezas! ¡Jura ser fiel á tu pueblo y obedecer siempre lo que te aconsejen los guerreros de la tribu!... ¡Júralo por el cuerpo de tu padre que pronto no será más que cenizas!...
Alorco lo juró, y los guerreros golpearon otra vez sus escudos, lanzando exclamaciones de alegría.
El viejo, con un vigor extraordinario, se encaramó sobre los troncos, buscando bajo la coraza del cadáver.
--Toma, Alorco --dijo al descender, entregando al nuevo jefe una cadenilla de cobre de la que pendía un disco del mismo metal--. Ésta es la mejor herencia de tu padre: la _salvación_ que le seguía á todas partes. No hay un guerrero en la Celtiberia que no lleve consigo su veneno para morir, antes que ser esclavo del vencedor. Yo compuse éste para tu padre. Pasé toda una luna extrayéndolo del apio silvestre, y una de sus gotas mata como el rayo. Si algún día caes vencido, bebe y muere antes que los tuyos contemplen á su jefe con la mano cortada y sirviendo de esclavo á los enemigos.
Alorco pasó la cabeza por la cadenilla, ocultando en el pecho la herencia de su padre. Después volvió al lado de Acteón, bajo las encinas donde se agrupaban los ancianos.
Los adolescentes de la tribu que estaban haciendo su aprendizaje guerrero en la pradera, corrieron con antorchas encendidas en torno de la pira. Las teas lamieron los troncos resinosos, y pronto el humo y las llamas comenzaron á envolver el cadáver.
Los guerreros de la tribu más famosos por su valor y sus fuerzas, avanzaron haciendo caracolear sus caballos en torno de la hoguera.
Agitando las lanzas, proclamaban con roncos gritos las hazañas del difunto jefe, uniéndose la masa de la tribu á sus aclamaciones. Relataban los innumerables combates de los que había salido vencedor; las audaces expediciones en las que sorprendía al enemigo descuidado durante la noche, quemando sus viviendas y formando interminables cuerdas de cautivos; los rebaños apresados, que casi no cabían en los territorios de la tribu; sus fuerzas colosales; la prontitud con que dominaba el potro más salvaje, y la prudencia que demostraba en todos sus consejos.
--¡Cubrió de manos de enemigos las puertas de nuestras casas! --gritaba un guerrero, pasando al galope como un fantasma entre el humo de la hoguera.
Y la multitud gritaba con una entonación de lamento:
--¡Endovellico!... ¡Endovellico!...
--¡Le temían todas las tribus, y su nombre era respetado como el de un dios!...
La multitud volvía á repetir varias veces el nombre del jefe como si llorase.
--¡Con su puño de roca abatía un toro en mitad de su carrera, y hacía volar la cabeza del enemigo con un golpe de su espada!
--¡Endovellico!... ¡Endovellico!...
Y así continuaban las exequias del jefe. La hoguera elevaba rectas las llamas, ensuciando con su denso humo el azul del cielo, y los heraldos, incansables en pregonar las hazañas de su jefe, pasaban y repasaban como negros demonios coronados de chispas, haciendo saltar sus corceles sobre los leños inflamados. Vínose abajo la pira, envolviendo los restos de Endovellico entre cenizas y tizones, y sobre el rescoldo de la hoguera comenzó el combate en honor del difunto.
Avanzaban los guerreros á caballo con las riendas sueltas, el escudo ante el pecho, la espada en alto, y combatían como si fuesen irreconciliables enemigos. Los mejores camaradas, los hermanos de armas, se asestaban tremendos golpes, con el entusiasmo de un pueblo que convertía la lucha en la principal diversión. Había que hacer correr la sangre para glorificar con más pompa la memoria del difunto; caían los caballos al choque del encuentro, y los jinetes continuaban la lucha á pie, trabándose cuerpo á cuerpo, haciendo retemblar los escudos con el choque de los golpes. Cuando se hubieron retirado algunos guerreros cubiertos de sangre, y el combate tomó un carácter de batalla general, en la que intervenían las mujeres y los niños enardecidos por el espectáculo, Alorco hizo sonar las trompas dando la señal de retirada, y se arrojó entre los combatientes para separar á los más tenaces.
Terminaban las exequias. Los esclavos de la tribu arrojaron los restos de la hoguera en una zanja, y la muchedumbre, viendo acabada la fiesta, levantó por última vez el cuerno lleno de cerveza para beber en honor del nuevo rey, retirándose luego á sus aldeas.
Los principales guerreros se dirigieron á la mansión del jefe para celebrar consejo.
El ateniense caminaba al lado de Alorco, manifestándole el asombro que le habían causado las costumbres bárbaras y belicosas de los celtíberos. Como no podía entender su lenguaje, los guerreros le vieron sin alarma sentarse en la sala del consejo cerca del nuevo jefe.
El hechicero hablaba á Alorco largamente, entre el respetuoso silencio de los guerreros. Acteón comprendió que daba cuenta de cosas extraordinarias ocurridas en la tribu pocos días antes de la llegada del nuevo rey. Tal vez algún llamamiento de las tribus amigas, alguna expedición fructuosa proyectada por los más audaces.
Vió obscurecerse ligeramente el rostro de Alorco, como si le hablasen de algo penoso que pugnaba con sus afectos. Los guerreros le miraban fijamente, mostrando en sus ojos la conformidad y el entusiasmo con las palabras del viejo. Alorco se repuso, siguió escuchando con serenidad al hechicero, y cuando éste terminó, tras una larga pausa, dijo algunas palabras é hizo con la cabeza una señal de asentimiento.
Aquella gente ruda acogió con gritos de entusiasmo la conformidad de su jefe y salió en tropel de la casa, como si la faltase tiempo para llevar la noticia al exterior.
Cuando quedaron solos el griego y el celtíbero, éste dijo con tristeza:
--Acteón, mañana parto con los míos. Comienzo á ser jefe de la tribu. Tengo que llevarla al combate.
--¿Puedo acompañarte?
--No. Ignoro dónde vamos. Mi padre tenía un poderoso aliado que no puedo nombrarte, y ese aliado me llama sin decir para qué. Toda la tribu muestra un gran entusiasmo por esta expedición.
Alorco añadió tras una larga pausa:
--Puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras. Mis hermanas te obedecerán como si fueses el mismo Alorco.
--No: partiendo tú nada me resta que hacer aquí. En un día he visto bastante para conocer á los celtíberos. Regresaré á Sagunto.
--¡Feliz tú que puedes volver á la vida griega, á los banquetes de Sónnica, á la dulce paz de aquellos mercaderes!... Que no se turbe nunca y que yo pueda regresar allá como amigo.
Callaron los dos un buen rato, como si gravitasen sobre su pensamiento negras ideas.
--Volverás de esa expedición cargado de riquezas --dijo el griego-- y vendrás á disiparlas alegremente en Sagunto.
--¡Que sea así! --murmuró Alorco--. Pero presiento que nunca volveremos á vernos, Acteón. Si nos vemos será para maldecir á los dioses, prefiriendo no habernos visto. Parto sin saber dónde voy y tal vez marcho contra mí mismo.
No dijeron más: temían explicarse sus pensamientos.
El griego y el celtíbero se abrazaron estrechamente. Después, como suprema despedida, se besaron en los ojos, signo de fraternal amistad.
V
La invasión
La hermosa Sónnica creía haber perdido para siempre á Acteón. Su repentina partida la consideraba como un capricho del veleidoso ateniense, eterno viajero impulsado por la fiebre de ver nuevos países. ¡Sólo los dioses podían saber dónde iría aquel pájaro errante, después de su visita á la Celtiberia! Tal vez se quedase con Alorco; tal vez guerreara con aquellos bárbaros, y éstos, subyugados por su cultura y su astucia, acabaran formándole un reino.
Creía Sónnica que el ateniense no volvería más; que su corta primavera de amor había sido semejante á la fugitiva felicidad de las mujeres que tuvieron relaciones con los dioses al bajar éstos al mundo. Ella, tan insensible y burlona para los afectos, pasaba los días llorando en su lecho ó recorría por la noche como una sombra el vasto jardín, deteniéndose en la gruta donde el griego había hecho caer por primera vez el cinturón de su túnica. Los esclavos asombrábanse del humor desigual y cruel de su ama, que tan pronto gemía cual una niña, como enardecida por súbita crueldad, ordenaba castigos para todos. Y de repente, una mañana, se presentaba el griego ante la quinta sobre un caballo polvoriento y sudoroso, despedía á los bárbaros de feroz catadura que venían escoltándole, corría con los brazos abiertos hacia la trémula Sónnica, y todo el inmenso dominio parecía resucitar: la señora sonreía, el jardín se mostraba más hermoso, en la terraza brillaban con mayor esplendor los plumajes de las aves raras, sonaban más alegres las flautas de las aulétridas, y á los esclavos, libres ya de castigos, les parecía más dulce el aire y más puro el cielo.
La quinta de Sónnica recobró su alegre vida, como si la dueña hubiese resucitado. Por la noche hubo banquete en el gran triclinio; llegaron invitados los jóvenes elegantes amigos de Sónnica, y hasta Eufobias el filósofo encontró su sitio en la mesa, sin tener que luchar antes con el palo de los esclavos.
Sónnica sonreía abrazada á Acteón, y escuchaba sus palabras como una música dulce. Los convidados le hacían relatar su viaje á la Celtiberia, admirando las costumbres de las tribus sobre las que reinaba Alorco. El parásito Eufobias no ocultaba su satisfacción por tener un amigo tan poderoso, y hablaba de ir allá por algún tiempo para vivir cómodamente, sin tener que mendigar el pan á los mercaderes de Sagunto. Volvió para el ateniense la primavera de amor. Pasaba los días en la quinta á los pies de Sónnica, viendo cómo hilaba en la rueca lanas de vivos colores, ó cómo se acicalaba el cuerpo, ayudada por sus esclavas. Á la caída de la tarde paseaban por el jardín, y les sorprendía la noche en la gruta, estrechamente abrazados, oyendo como una melodía dulce y monótona el canto del surtidor cayendo en la taza de alabastro.
Algunas mañanas, Acteón iba á la ciudad para pasear por los pórticos del Foro, escuchando á los noticieros con la curiosidad de un griego habituado á las murmuraciones del Ágora. Notábase una agitación extraordinaria en la gran plaza saguntina. Los desocupados hablaban de guerras; los ciudadanos más belicosos recordaban sus hazañas en la última expedición contra los turdetanos exagerándolas, y los tranquilos comerciantes abandonaban sus mesas para inquirir noticias, acogiendo con gestos de desaliento la posibilidad de una lucha próxima. Acteón, al llegar á Sagunto por las mañanas, veía en lo alto de los muros centenares de esclavos que reparaban las almenas desmoronadas por el tiempo y cubrían las grietas que muchos años de paz habían abierto en los fuertes tapiales.
Mopso el arquero le tenía al corriente de las deliberaciones de los Ancianos. Hanníbal les había enviado un emisario con la orden de devolver á los turdetanos los territorios conquistados y el botín de la última expedición. El africano amenazaba con una altivez insufrible, y la república saguntina le había contestado con desprecio, negándose á escuchar sus órdenes. Sagunto sólo podía obedecer á su fuerte aliada Roma, y segura de su protección, miraba con indiferencia las amenazas del cartaginés. Sin embargo, como la guerra parecía inevitable y todos temían la juventud y el carácter audaz de Hanníbal, dos senadores se habían embarcado algunos días antes en el puerto de Sagunto, haciendo vela hacia las costas de Italia para relatar lo ocurrido, solicitando la protección del Senado romano.
En el Foro circulaban confusamente estas noticias, y la muchedumbre se burlaba de Hanníbal como de un joven arrebatado que necesitaba una lección. Podía venir contra Sagunto cuando quisiera. Los cartagineses eran los derrotados de Sicilia, los que tuvieron que abandonar las costas de la Gran Grecia, expulsados por los romanos, poniendo con la derrota su propia ciudad al borde de la ruina. Si habían logrado después victorias en Iberia era contra tribus bárbaras que desconocían el arte de la guerra y eran víctimas de sus astucias. Al atacar á Sagunto encontrarían un enemigo digno de ellos, y Roma, la poderosa aliada, caería á sus espaldas exterminándolos.
Estas reflexiones enardecían la ciudad. Llegaban noticias de que Hanníbal había salido de campaña y se aproximaba lentamente; y con tales novedades un aire de guerra parecía pasar sobre Sagunto, inflamando el ánimo de los más prudentes. Los tranquilos mercaderes, con la sorda cólera del hombre pacífico que ve en peligro sus bienes, limpiaban viejas armas en las puertas de sus tiendas ó bajaban á las riberas del río para ejercitarse en su manejo, confundidos con la juventud, que desde la salida del sol hacía caracolear sus caballos y esgrimía la lanza ó disparaba el arco bajo la dirección de Mopso.
Acteón comenzó á pasar los días fuera de la quinta, desoyendo los ruegos de Sónnica, que quería verle siempre junto á ella. El Senado le había dado el mando de los _peltastas_, la infantería ligera; y al frente de algunos centenares de jóvenes descalzos y sin otra arma defensiva que una coraza de lana y un escudo de junco, corría por las riberas del río, enseñándoles á lanzar los dardos sin detenerse en la carrera, á herir al enemigo pasando por su lado rápidamente, sin darle tiempo á que respondiese con otro golpe.
Cuando terminado el ejercicio los jóvenes sudorosos se lanzaban en el río para fortalecerse con la natación, el griego regresaba lentamente á la quinta, deteniéndose en los lugares más risueños del agro.
Una tarde el ateniense encontró á Eroción el alfarero al pie de un enorme cerezo, mirando las ramas más altas, de las que caía una lluvia de rojos frutos á impulsos de una mano invisible. Desde el día en que le sorprendió Acteón trabajando ante la desnuda pastorcilla no había vuelto á verle.
El adolescente acogió al griego con una sonrisa.
--¿Ya no trabajas? --preguntó Acteón con paternal bondad--. ¿Terminaste tu obra?
El muchacho contestó con un gesto de indiferencia:
--¡Mi obra!... No te burles, griego. Nada tengo que hacer...
--¿Y Ranto?
--Está en lo alto de ese árbol, cogiendo para mí las mejores cerezas. Trepa como una cabra y no quiere que la acompañe. Teme que me haga daño.
Se agitaron las ramas del cerezo, y ágil como una ardilla descendió la pastora con las piernas descubiertas, llevando en su recogida falda de piel un montón de cerezas. Ella y su amante las comían riendo, con los labios teñidos de rojo, y se adornaban el cabello ó las colgaban á pares de sus orejas, formando frescas y vistosas arracadas.
Acteón sonreía contemplando aquella juventud fuerte y hermosa que se buscaba y confundía como si viviese en un desierto, sin preocuparse del estado de la ciudad.
--¿Pero qué hiciste de tu obra? --preguntó.
Eroción y Ranto rieron al recordar el pasado trabajo.
--La aplasté --dijo el muchacho--. Hice añicos el barro y me propongo no tocar otro que el de la alfarería... cuando me decida á volver á ella.
Había cogido el talle de la pastorcilla y descansaba su cabeza en uno de sus hombros, frotándose contra su cuello con suavidad amorosa de felino.
--¿Para qué trabajar? --añadió--. He pasado muchos días arrodillado ante el barro maldito, luchando por que tomase las formas de este cuerpo. Pero es inútil. El barro es barro y no puede ser carne. Cuando se tiene al alcance de la mano la suave piel de mi Ranto, es una necedad desesperarse para que la tierra amasada tome la tersura de su vida. No quiero soñar más, ateniense. Me contento con lo que poseo.
Y con un impudor sublime acariciaba á su amiga en presencia de Acteón.
--Un día --continuó el muchacho-- ví claro y comprendí la verdad. Ranto estaba desnuda ante mí. Ofuscado por mi ambición, sólo había visto en ella al modelo, pero aquel día ví la mujer. ¿Á qué buscar la gloria cuando tenía ante mí la felicidad?... Aunque lograse hacer una gran estatua, ¿qué conseguiría con ello? Que la gente dijese después de muerto yo: --Esto lo hizo Eroción el saguntino. Y yo no podría oirlo, luego de pasar mi vida sufriendo y trabajando... No; vivamos y gocemos. Aquel día rompí de una patada la estatua y abracé á Ranto, rodando por el suelo. Amarse es mejor que perder el tiempo con monigotes de barro. ¿Verdad, Ranto?
Y volvían á acariciarse, sin importarles la presencia del griego. Éste adivinaba la gran transformación de aquella pareja en la desenvoltura del adolescente y el fuego que brillaba en los ojos de la pastora. El ardor amoroso parecía haber ensanchado los contornos de su cuerpo, dando á sus miembros una voluptuosa gracia, un abandono dulce, que no tenía antes.
--Olvidé el arte y somos dichosos --continuó el muchacho--. Hubiera sido una locura huir á Grecia, dejando aquí este tesoro que no conocía. Pasamos el tiempo vagando por los campos; tenemos en los bosquecillos rincones misteriosos con cortinas de hojas, escondrijos perfumados y obscuros que nos envidiaría Sónnica la rica; y cuando sentimos hambre ordeñamos las cabras de Ranto, vaciamos una colmena y subimos á los árboles en busca de fruta. Ésta es la gran época: toda la campiña está llena de cerezas.
Se detuvo, creyendo haber dicho demasiado. Tal vez Ranto le reprendió con un ligero movimiento por hablar tanto. Después, añadió con tono suplicante:
--Tú eres bueno, ateniense. Ranto y yo te miramos como un hermano mayor desde que te vimos en el camino de la Sierpe. No digas nada á mi padre ni á Sónnica. Deja que seamos dichosos en esta vida, digna de dioses.
Acteón sentía cierta envidia ante la felicidad de aquellos jóvenes exentos de cuidados, que se amaban en medio del campo, bajo los árboles, como animales sanos y hermosos que sólo creían en el amor.
--Sagunto va á ser sitiada. Tenemos guerra. ¿No lo sabéis?
--Lo ignoramos --dijo Eroción con un gesto de desprecio--. Á mí solo me interesa Ranto.
--¿Y tu ciudad?... ¿No te preocupa su suerte?
--Me preocupan más los besos de mi pastora. Mientras haya amor, sol y frutas, ¿qué me importa lo demás del mundo?
--¿No crees en tu país, desgraciado?
--Por ahora sólo creo en las cerezas y en esta boca roja y fresca como ellas.
Se separaron, y Acteón guardó algún tiempo el recuerdo del encuentro. El alegre descuido de la amorosa pareja le inspiraba envidia.
Pasaron los meses del verano. Las vides del agro maduraban sus racimos, los labriegos se entusiasmaban contemplando la próxima cosecha oculta bajo los pámpanos, y de vez en cuando, como un trompetazo lúgubre, llegaban noticias de Hanníbal, de sus victorias sobre las tribus del interior que se negaban á reconocerle y de las imperiosas exigencias que mostraba sobre Sagunto.
Acteón adivinaba la proximidad de la guerra, y ésta, que había constituído siempre su principal medio de existencia, le causaba ahora tristeza. Había cobrado afecto á aquella tierra hermosa como la de Grecia. Su alma, saturada de la dulce paz de los campos fértiles y de la ciudad rica é industriosa, se entristecía al pensar que esta vida iba á paralizarse. Su existencia había transcurrido entre luchas y aventuras; y ahora que, rico y feliz, deseaba la paz en un rincón, donde creía acabar sus días, la guerra, como amante olvidada que se presenta inoportunamente, volvía á él sin llamamiento alguno, empujándolo nuevamente á la crueldad y la destrucción.
Una tarde, al finalizar el verano, pensaba en esto marchando á caballo hacia la ciudad. En los oblicuos rayos del sol brillaban como botones de oro las industriosas abejas, buscando las flores silvestres. Las vendimiadoras cantaban en las viñas, agachadas junto á sus cestos... Acteón vió venir corriendo por la parte de la ciudad un esclavo de los que tenía Sónnica en sus almacenes de Sagunto.
Se detuvo jadeante ante Acteón. Apenas podía hablar por la fatiga, y sus palabras entrecortadas revelaban el espanto. Hanníbal llegaba por la parte de Sétabis... Comenzaban á entrar despavoridas en la ciudad las gentes del campo con sus rebaños. No habían visto al invasor, pero corrían asustadas por el relato de los fugitivos que llegaban de los confines del territorio saguntino. Los cartagineses habían pasado los límites: eran gentes de rostro feroz y extrañas armas, que robaban las aldeas y las entregaban á las llamas. Él corría á avisar á su señora para que se refugiase en la ciudad.
Y emprendió de nuevo su carrera hacia la quinta de Sónnica. El griego dudó un momento, pensó retroceder en busca de su amada, pero acabó por partir al galope hacia la ciudad, y al llegar á ella pasó á escape por fuera de las murallas. Iba en busca del camino de las montañas que ponían en comunicación á Sagunto con los pueblos del interior y bifurcándose llegaba á Sétabis y Denia. Al llegar á él comenzó á encontrar los fugitivos de que hablaba el esclavo.
Llenaban el camino como una inundación. Mugían los rebaños bajo el látigo, desfilando entre los carros; las mujeres corrían llevando en la cabeza grandes fardos, y arrastraban á sus pequeñuelos, cogidos á los pliegues de la túnica; los muchachos arreaban los caballos cargados de muebles y ropas, todo amontonado al azar en la precipitación de la fuga, y las ovejas saltaban á los lados del camino, librándose de las ruedas que rozaban sus vellones, amenazando aplastarlas.
El griego, marchando en dirección opuesta al torrente de fugitivos, partía con su caballo el revuelto oleaje de carros y rebaños, campesinos y esclavos, en el cual se confundían las gentes de diversos pueblos y se perdían los individuos de una misma familia, llamándose desesperadamente al través de las nubes de polvo.
La muchedumbre fugitiva comenzaba á aclararse. Pasaban junto á Acteón los rezagados: pobres viejas que caminaban con paso vacilante, llevando sobre los hombros el corderillo que constituía toda su fortuna; ancianos abrumados por el peso de marmitas y ropas; enfermos que se arrastraban apoyados en el báculo; animales abandonados que vagaban por entre los olivos inmediatos al camino, y de repente, como si husmeasen al lejano dueño, lanzábanse á todo correr al través de los campos; niños sentados en una piedra que lloraban viéndose abandonados de los suyos.
Pronto quedó el camino completamente desierto. Se había perdido á lo lejos la cola de los fugitivos, y Acteón sólo veía ante sí la estrecha lengua de tierra roja serpenteando por las laderas de los montes, sin un ser que con su silueta cortase la monotonía del camino.
El galope de su caballo resonaba como un trueno lejano en el profundo silencio. Parecía que la naturaleza hubiese muerto al sentir la proximidad de la guerra. Hasta los seculares árboles, los retorcidos olivos que tenían siglos de vida, las grandes higueras que se ensanchaban cual cúpulas verdes sobre las pendientes de los montes, permanecían inmóviles, como aterradas por la aproximación de aquel algo que hacía abandonar á los pueblos sus viviendas, corriendo á la ciudad.