Sónnica la cortesana: Novela

Part 11

Chapter 113,925 wordsPublic domain

Marchaban al frente ancianos venerables de luenga barba vestidos de blanco, con mantos de amplios pliegues, la nevada cabellera coronada de verde y llevando en las manos ramas de olivo. Después los ciudadanos más arrogantes, armados de lanza y escudo, con la visera del casco griego caída sobre los ojos y mostrando con orgullo la recia musculatura de sus brazos y piernas. Seguían los adolescentes más hermosos de la ciudad, coronados de flores, cantando himnos en loor de la diosa; coros de niños desnudos, danzando con infantil gracia, cogidos de las manos, formando una cadena de complicadas combinaciones. Luego desfilaban las doncellas, las hijas de los ricos, cubiertas solamente con una túnica de purísimo lino, que marcaba sus encantos primaverales. Llevaban en las manos como ofrendas, ligeros canastillos de junco cubiertos por velos que ocultaban los instrumentos para el sacrificio á la diosa, y con ellos las tortas de trigo nuevo que habían de depositarse en su altar y los manojos de rubias espigas. Para que se marcase claramente la dignidad de las ricas vírgenes, marchaban detrás de ellas las esclavas sosteniendo la silla de tijera incrustada de marfil y el quitasol de tela rayada con gruesas borlas multicolores al extremo de las varillas.

Un grupo de esclavas escogidas por su hermosura, al frente de las cuales marchaba Ranto, llevaban sobre sus cabezas grandes ánforas con agua y miel para las libaciones en honor de la diosa. Tras ellas desfilaban todos los músicos y cantores de la ciudad coronados de rosas y con amplias vestiduras blancas. Pulsaban la lira, tañían las flautas, y unos griegos de la alfarería de Sónnica que habían sido rapsodas errantes en su país, cantaban fragmentos de la guerra de Troya ante la muchedumbre bárbara que apenas si les entendía, pero admiraba la cadencia armoniosa de los versos de Homero.

La gente se empujó, avanzando sus cabezas para ver mejor á los _salios_, los devotos danzarines de Marte que avanzaban desnudos, armados de espada y escudo. Dos esclavos llevaban pendientes de un palo atravesado sobre sus hombros una fila de broqueles de bronce, que otro golpeaba con un mazo, y á sus broncos sones, los _salios_ danzaban fingiendo atacarse, golpeaban con su espada el escudo del contrario, lanzando gritos feroces, y ejecutaban pantomimas para recordar los principales pasajes de la vida de la diosa.

Tras este estrépito que ponía en conmoción las calles, haciendo rugir de entusiasmo al populacho enardecido por los golpes, seguía un grupo de niñas sosteniendo un velo finísimo, en el cual habían bordado las principales griegas de la ciudad el combate de Minerva con los Titanes. Era la ofrenda que había de quedar en el nuevo templo de la diosa como eterno recuerdo de las fiestas.

Cerrando la procesión, avanzaba el escuadrón sagrado, los ciudadanos más ricos, montando briosos caballos, que con sus movimientos obligaban á la muchedumbre á pegarse á las paredes. Presentaban arrogantes figuras haciendo encabritar sus corceles, sin más guía que el freno, montándolos en pelo, oprimiendo sus hijares con las rodillas. Los jinetes más viejos, cubríanse con grandes sombreros á la moda ateniense: los jóvenes usaban el casco alado de Mercurio ó llevaban la cabeza descubierta, sujetos los cortos rizos con una cinta de color de fuego. Alorco ostentaba su corona de vencedor, y Acteón, que marchaba á su lado en uno de los corceles del celtíbero, sonreía á la muchedumbre, que le contemplaba con cierto respeto, como si fuese el esposo de Sónnica y dispusiera de sus enormes riquezas. Los jinetes miraban con cierto orgullo la espada que, ceñida á sus riñones, golpeaba los flancos del caballo, y abarcaban de una ojeada la alta Acrópolis y la ciudad extendida á sus pies, como expresando la confianza en su fuerza y la tranquilidad en que podía vivir Sagunto, segura de ser guardada.

La muchedumbre, enardecida por el brillante desfile, aclamaba á Sónnica. Ésta, rodeada de esclavas, asomábase á la terraza del gran edificio que poseía en el barrio de los comerciantes para almacenar las mercancías. Ella era la organizadora, la que costeaba el velo á Minerva; la que había trasladado á Sagunto la hermosa fiesta de Atenas. Esparcíase en el ambiente el humo oloroso de los braserillos; caía de las ventanas una lluvia de rosas sobre las doncellas; brillaban las armas, y en los momentos que callaba el gentío, destacábanse á lo lejos los sones de las liras y las flautas, acompañando con suave melodía las voces de los cantores de Homero.

Los rudos celtíberos llegados para presenciar la fiesta, callaban asombrados por el desfile que les deslumbraba con el brillo de las armas y las joyas y la confusión multicolor de los trajes. Los naturales de Sagunto felicitaban á sus conciudadanos los griegos, admirando el esplendor de la fiesta.

Y no terminaba el regocijo con el brillante desfile. Por la tarde sería la diversión del populacho; la fiesta de los pobres. Se realizaría á lo largo de las murallas la carrera del hacha encendida; correrían con la antorcha inflamada en recuerdo de Prometeo, los marineros, los alfareros, los labradores, toda la gente libre y miserable del puerto y el campo. El que consiguiera dar la vuelta á la ciudad con la hacha inflamada, sería el vencedor; los que la dejasen apagar ó caminasen despacio para defender la luz, sufrirían los silbidos y los golpes de la muchedumbre. Hasta los ricos hablaban con entusiasmo de esta fiesta popular, que producía gran regocijo.

Cerca de la Acrópolis, cuando toda la procesión estaba ya dentro de sus murallas, Alorco vió entre el gentío un celtíbero montado en un caballo sudoroso, el cual le hacía señas para que se aproximara.

Alorco, saliendo del escuadrón, trotó hacia él.

--¿Qué quieres? --preguntó en el áspero lenguaje de su país.

--Soy de tu tribu, y tu padre es mi jefe. Acabo de llegar á Sagunto marchando tres días para decirte: --Alorco, tu padre va á morir y te llama. Los ancianos de la tribu me han ordenado que no vuelva sin tí.

Acteón había seguido á su amigo, saliendo de entre los jinetes del escuadrón sagrado, y presenciaba el diálogo sin comprender una palabra, aunque adivinaba algo desagradable en el pálido rostro del celtíbero.

--¿Malas noticias? --preguntó á Alorco.

--Mi padre se muere y me llama.

--¿Y qué piensas hacer?...

--Partir inmediatamente. Los míos reclaman mi presencia.

Emprendieron los dos jinetes el descenso á la ciudad, seguidos por el mensajero celtíbero.

Acteón sentíase atraído por la emoción de su camarada. Al mismo tiempo despertábase en él la curiosidad de viajero, tantas veces excitada por los relatos del celtíbero.

--¿Quieres que te acompañe, Alorco?

El joven agradeció con una mirada la proposición. Después se negó á aceptarla, alegando la prisa que tenía de partir. El griego querría despedirse de Sónnica. Tal vez la causaría un disgusto con la separación, y él deseaba emprender el viaje inmediatamente.

--Suprimamos la despedida --dijo el griego con su alegre ligereza--. Sónnica se resignará cuando la haga saber por un esclavo que me ausento por algunos días. ¿Quieres salir inmediatamente? Sea: partiremos juntos. Te acompaño. Siento curiosidad por ver de cerca ese país con sus costumbres bárbaras y sus habitantes valerosos y duros, de los cuales tantas proezas me han relatado.

Atravesaron la ciudad: las calles estaban desiertas. Toda la población había subido á la Acrópolis. Acteón se detuvo un instante en los almacenes de Sónnica para noticiar el viaje á sus esclavos, y siguió después á su amigo, saliendo ambos de la ciudad.

Alorco estaba alojado en una de las posadas del suburbio, enorme edificio con profundas cuadras y anchos patios, donde sonaban continuamente las diversas lenguas del interior de la península, enronquecidas y encolerizadas por el regateo de mercancías y bestias. Cinco hombres de la tribu acompañaban al joven celtíbero durante su permanencia en Sagunto, cuidando los caballos y sirviéndole como domésticos libres.

Al saber que iban á partir, estos hijos de las montañas gritaron de entusiasmo. Languidecían de inacción en aquel país rico y feraz, cuyas costumbres detestaban, y á toda prisa realizaron los preparativos para la marcha.

Caía el sol cuando emprendieron el viaje. Alorco y Acteón marchaban al frente con el manto en la cabeza, un peto de lienzo almohadillado para defender el pecho, á usanza celtíbera, y la espada ancha y corta, junto con el escudo de cuero colgando de la cintura. Los cinco servidores y el mensajero cerraban la marcha armados de largas lanzas, custodiando dos mulas que llevaban las ropas de Alorco y los víveres para el viaje.

Aquella tarde aún marcharon por caminos. Estaban en el agro saguntino, y pasaban entre campos cultivados y feraces, hermosas quintas y compactos pueblecillos que se apretaban en torno de la torre que les servía de defensa. Al cerrar la noche acamparon junto á una aldea miserable de las montañas. Allí acababa la dominación de Sagunto: más allá estaban las tribus casi siempre en guerra con la gente de la costa.

Á la mañana siguiente, el griego vió el paisaje totalmente cambiado. Se perdieron á su espalda el mar y el verde llano, y sólo vió montes y más montes, unos cubiertos de grandes pinares, otros rojos, con promontorios de piedra azulada y espesos matorrales que al estremecerse con los pasos de la caravana, vomitaban nubes de pájaros asustados, y liebres que, locas de terror, pasaban por entre los pies de los caballos.

Los caminos no eran obra de los hombres. Marchaban las bestias trabajosamente por el rastro que otros viajeros habían dejado; rodeaban muchas veces las moles de piedra caídas de las cumbres y se hundían otras en riachuelos que les cortaban el paso. Faldeaban las montañas; subían á las cumbres entre los graznidos de las águilas que se espeluznaban de cólera al ver invadida la silenciosa región, en la que muy de tarde en tarde entraban los hombres; descendían á los barrancos, profundas grietas en las que reinaba una penumbra sepulcral y donde aleteaban los cuervos, atraídos por el cadáver de alguna res abandonada.

Veían á lo lejos en un pequeño valle ó al lado de un riachuelo un grupo de cabañas de paredes de barro y techo de bálago agujereado para dar luz á la habitación y salida al humo. Las mujeres, huesosas y cubiertas de pieles, rodeadas de niños desnudos, salían de sus cubiles para ver de lejos la caravana, con huraña expresión de alarma, como si el paso de unos desconocidos sólo pudiera traer desgracias. Otras más jóvenes, con las piernas al descubierto y ceñido el delantal de harapos á los riñones, segaban el mísero trigo, que apenas si se levantaba como una película dorada sobre la tierra blanquecina y pobre. Muchachas fuertes y feas, de miembros varoniles, bajaban de los montes con grandes haces de ramas en las espaldas, mientras los hombres, á la sombra de los nogales y los robles, trenzaban nervios de toro para construir escudos, ó se amaestraban en arrojar dardos y manejar la lanza, cayéndoles sobre los rostros tostados y barbudos la alborotada cabellera.

Jinetes en pequeños caballos de largo y sucio pelo aparecían en los sitios más altos del camino algunos guerreros de equívoco aspecto, mezcla de pastores y bandidos, con armadura de cuero y larga lanza. Examinaban un instante la comitiva, y después de apreciar su fuerza, convencidos de que era difícil atacarla, volvían al paso hacia sus ganados, que pastaban en las profundas quebraduras de los montes cubiertos de matorrales. Los infinitos rebaños de corderos y toros, acostumbrados á la soledad salvaje, huían huraños al escuchar el paso de la caravana. Por entre los romeros y tomillos de las laderas subían como pardas hormigas las bandas de codornices buscando su pasto, y al sonido de los cascos de los caballos volaban, pasando como un silbido sobre las cabezas de los viajeros.

Acteón admiraba las rudas costumbres de aquellas gentes. Las cabañas eran de adobes rojos ó de pedruscos unidos con barro: los techos de ramas; y las mujeres, más feas y animosas que los hombres, realizaban los trabajos fatigosos. Sólo los niños trabajaban, imitando con esto á sus madres. Los adolescentes empuñaban la lanza, y bajo la dirección de los ancianos aprendían á combatir, tan pronto á pie como á caballo; domaban los potros, saltando al suelo y volviendo á montar en mitad de la carrera y se amaestraban en permanecer de rodillas sobre sus lomos, inmóviles y con los brazos libres para esgrimir la espada y el escudo.

En algunas aldeas los recibían con la hospitalidad tradicional y aún extremaban más sus agasajos al reconocer á Alorco, el heredero de Endovellico, temido jefe de las tribus de Baraeco, que apacentaban desde hacía siglos sus rebaños en las riberas del Jalón. Les cedían al llegar la noche sus mejores lechos de correas, cubiertos de mullida hierba seca; atravesaban en el asador un becerro, haciéndolo voltear sobre una enorme hoguera en honor de la caravana, y durante la marcha les detenían las mujeres á la entrada de sus chozas, ofreciéndoles en groseras vasijas de barro la amarga cerveza fabricada en los valles y el pan de harina de bellotas.

Alorco explicaba al ateniense las costumbres de su raza. Cosechaban la bellota, su principal alimento y la exponían al sol hasta que estuviera bien seca: la mondaban, la molían y almacenaban la provisión de harina para seis meses. Este pan, la caza y la leche de sus reses, constituían los principales alimentos. En algunas épocas la peste les había dejado sin rebaños; los campos no daban cosechas, el hambre diezmaba las tribus y los más fuertes habían devorado á los débiles para subsistir. Esto, recordaba Alorco haberlo oído á los ancianos de su tribu, como ocurrido en remotos tiempos, cuando Neton, Autubel, Nabí y otras divinidades del país, irritadas contra su pueblo, habían enviado sobre él tan tremendos castigos.

El joven celtíbero continuaba el relato de las costumbres. Algunas mujeres de las que con tanto vigor trabajaban en los campos tal vez habían parido el día anterior. Apenas salida á luz la criatura, la sumergían en el río más cercano, para que con esta prueba, que causaba á muchas la muerte, creciese vigorosa é insensible al frío; y mientras la madre saltaba de la cama y continuaba sus trabajos, el esposo ocupaba su sitio en el lecho, acostándose con el recién nacido. La mujer, todavía convaleciente, cuidaba á los dos, rodeando de atenciones al fuerte marido, como para agradecerle el fruto que la había dado.

Varias veces encontró la caravana en su marcha al borde de las veredas, lechos de hierbas sobre los cuales mostrábanse algunos hombres rígidos y quejumbrosos. Las moscas zumbaban en torno de sus cabezas como una nube; una ánfora de agua estaba al alcance de su mano. Algún niño en cuclillas junto al lecho espantaba los insectos con una rama. Eran enfermos que los parientes exponían, según antigua costumbre, al borde de los caminos, para implorar la clemencia de las divinidades exhibiendo su miseria, y para que los viandantes al pasar aconsejaran un remedio, transmitiéndose así las recetas de lejanos países.

Los hombres fuertes bañábanse en orines de caballo para endurecer los músculos. Su único lujo eran las armas, y admiraban como joyas inestimables las espadas de bronce traídas del Norte de la península y las de acero fabricadas por los de Bílbilis y templadas en las arenas de su famoso río. Las corazas flexibles, formadas por varias telas de lino superpuestas, ó las de cuero, adornadas con clavos, eran armas defensivas de las que no se despojaba el celtíbero ni aun en el lecho. Dormían con el _sagum_ puesto, las grebas de metal en las piernas y las armas al alcance de la mano, prontos á pelear así que la más leve alarma turbaba su sueño.

Á los tres días de marcha la caravana entró en el territorio de la tribu de Alorco. Separábanse las montañas á ambos lados del Jalón, formando risueños valles cubiertos de altos pastos, por los cuales corrían los rebaños de caballos sin domar, con la melena encrespada y la cola ondeante. Las mujeres salían fuera de sus aldeas á saludar á Alorco, y los hombres, empuñando la lanza, montaban á caballo para unirse á la caravana. En la primera aldea donde se detuvieron, un anciano dijo á Alorco que su padre, el poderoso Endovellico, estaba agonizante, y en otra que encontraron á las pocas horas, supo que el gran jefe había muerto al amanecer.

Todos los guerreros de la tribu, pastores y agricultores, montaban á caballo para seguirle. Cuando llegaron á la aldea donde residía el reyezuelo la escolta era ya un pequeño ejército.

En la puerta de la casa paterna, construcción baja de piedras rojas y techumbre de troncos, vió Alorco á sus hermanas con trajes de flores y la cabeza en un collar de jaula, de cuyos hierros pendían los velos de luto.

Las hermanas de Alorco, lo mismo que las otras mujeres que las acompañaban, esposas de los primeros guerreros de la tribu, ocultaban su dolor por la muerte del jefe y sonreían como si estuvieran en vísperas de una fiesta. La vejez era una desgracia entre los celtíberos, que despreciaban la vida y peleaban por diversión cuando les faltaba la guerra. Morir en el lecho era casi una deshonra, y lo único que turbaba un tanto la satisfacción de la familia de Endovellico, era que un guerrero tan famoso, terror de las vecinas tribus, hubiese muerto con la cabellera blanca, extinguiéndose su vida como una antorcha que se apaga, después de haber hecho galopar su caballo al través de tantos combates, desplomando su espada como un rayo sobre los enemigos.

El traje y el rostro de Acteón atraían las miradas de toda la tribu. Muchos de los celtíberos no habían visto nunca un griego y contemplaban á éste con ojos hostiles, recordando las astucias y hábiles explotaciones que los comerciantes helénicos hacían sufrir á los de su raza cuando descendían hasta Sagunto para vender la plata de las minas.

Alorco tranquilizó á los suyos.

--Es mi hermano --dijo en la lengua del país--. Juntos hemos vivido en Sagunto. Además, no es de esa ciudad. Es de muy lejos, de un país donde los hombres son casi dioses, y ha venido conmigo para conoceros.

Las mujeres miraban á Acteón con asombro al saber el origen casi divino que le atribuía Alorco.

Habían desmontado los de la caravana, entrando en la inmensa cabaña que servía de palacio al jefe. Una vasta habitación ennegrecida por el humo y sin otras luces que unos angostos respiraderos, semejantes á saeteras, servía de punto de reunión y consejo á los guerreros de la tribu. En un extremo, una piedra enorme, sobre la cual ardían los leños, con una gran abertura en el techo que hacía las veces de chimenea. Empotrada en la pared había una lápida, y esculpida en ella groseramente la figura del dios de la tribu estrangulando á dos leones. De los muros colgaban lanzas y escudos, pieles de bestias feroces, retorcidas astaduras y blancos cráneos de animales de caza. Un banco de piedra corría á lo largo de las paredes, y cerca del hogar interrumpíase para dejar espacio á un alto poyo de mampostería cubierto con una piel de oso. Allí se sentaba el jefe.

Los guerreros iban colocándose en el banco conforme entraban.

Un anciano cogió la mano á Alorco, guiándolo hasta el puesto de honor.

--Siéntate ahí, hijo de Endovellico. Tú eres su único sucesor y mereces ser nuestro jefe. Su valor y su prudencia residen en tí.

Los demás guerreros apoyaban con miradas de grave aprobación las palabras del anciano.

--¿Dónde está el cadáver de mi padre? --preguntó Alorco, conmovido por la sencilla ceremonia.

--Desde que descendió el sol está en la pradera donde aprendiste tú á domar los caballos y manejar las armas. Los jóvenes de la tribu le guardan. Mañana cuando salga el sol serán sus exequias, dignas de tan gran jefe. Después tú, como nuevo rey, nos darás consejos sobre los asuntos de la tribu.

Alorco hizo sentar cerca de él al griego. Las mujeres entraron antorchas, pues por los estrechos tragaluces apenas si el crepúsculo lograba filtrar una claridad pálida y difusa. Las hermanas de Alorco, con la vista baja y ondeando las túnicas floreadas en torno de sus cuerpos de vírgenes fuertes, iban por delante de los guerreros ofreciendo en vasos de cuerno hidromiel y cerveza. Aquellos hombres bebían enormemente, sin perder su gravedad. Hablaban de las hazañas de Endovellico como si éste hubiese muerto muchos años antes y de las grandes empresas á que seguramente les guiaría su sucesor, aludiendo varias veces con palabras misteriosas á un asunto que había de tratarse al día siguiente en el consejo.

Entraron la cena. Los celtíberos no acostumbraban á comer en mesa como las gentes de la costa. Seguían sentados en el banco de piedra. Las mujeres les colocaban al lado un pan de trigo por ser extraordinario el banquete, sustituyendo éste al de harina de bellotas que era de uso habitual. Otras mujeres hacían circular una gran vasija llena de pedazos de carne asada que aún chorreaba sangre, y cada guerrero cogía un trozo con la punta de su cuchillo. Los cuernos llenos de bebida circulaban de mano en mano, y el griego Acteón aceptaba con gracioso ademán cuanto le ofrecían sus vecinos con palabras hospitalarias que no podía comprender.

Al terminar la cena entraron varios adolescentes de la tribu con trompas y flautas, y comenzaron á hacer sonar un aire bizarro que participaba de la alegría de la caza y del furor con que en los combates se cargaba sobre el enemigo. Los convidados enardeciéronse, y muchos de ellos, los más jóvenes, saltando al centro de la habitación, comenzaron á danzar con una agilidad gimnástica. Era el baile con que terminaban los celtíberos todos sus banquetes; un ejercicio violento que ponía á prueba sus músculos y les hacía recobrar su fuerza aún en los momentos de mayor molicie.

Mucho antes de media noche fueron retirándose los guerreros, dejando solos á Alorco y Acteón en aquella pieza inmensa cargada de humo, en la cual crepitaban las antorchas, tiñendo con reflejos de sangre los bárbaros adornos de las paredes. Durmieron en lechos de hierba sin despojarse de sus ropas y con las armas junto á ellos, como dormía toda la tribu, siempre temerosa de algún ataque de los vecinos, atraídos por la riqueza de sus rebaños.

Al amanecer bajaron á la pradera, donde estaba expuesto el cadáver de Endovellico. Toda la tribu se reunía en la llanura, junto al río: los jóvenes á caballo con sus lanzas y cubiertos de todas armas; los viejos sentados á la sombra de las encinas; las mujeres y los niños, cerca de la pira de troncos, sobre la cual estaba tendido el cadáver del jefe.

Endovellico aparecía con su traje de guerra. Sus lacios cabellos escapaban por los bordes del casco de triple cimera; la barba plateada descansaba sobre una loriga de escamas de bronce; los brazos desnudos y musculosos, caían sobre la espada celtíbera de hoja corta, estrangulada en su mitad para ensancharse en la punta, y las piernas estaban cubiertas por las anchas correas de las abarcas. El escudo, en el que aparecía grabado el dios de la tribu luchando con los leones, servía de cojín á su cabeza.

Al llegar los dos jóvenes, se adelantó el mismo anciano que había hablado á Alorco el día anterior. Era el más sabio de la tribu, y había aconsejado muchas veces á Endovellico antes de emprender sus audaces expediciones. En circunstancias extraordinarias abría con el cuchillo sagrado el vientre de los prisioneros para leer el porvenir en las palpitaciones de sus entrañas. Otras veces cortaba las manos á los vencidos para dedicarlas al dios de la tribu, clavándolas en la puerta del jefe para aplacar á la divinidad. El misterio hablaba por su boca, y toda la tribu le contemplaba con admiración y miedo, como capaz de cambiar el curso del sol y de destruir en una noche las cosechas de los enemigos.

--Avanza, hijo de Endovellico --dijo con solemnidad--. Mira tu pueblo, que te elige como el más valiente y el más digno para suceder á tu padre.