Sónnica la cortesana: Novela

Part 10

Chapter 103,840 wordsPublic domain

--Oye bien, Acteón --dijo el africano recobrando su gravedad--; la prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene que morir ó ser mi esclavo.

El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.

--Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene como aliada y la protege.

--¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra orgullosa de su alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy cerca. Muéstrase tranquila porque la protege esa República desde muy lejos, y se ríe de mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro y estoy acampado casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que son mis aliados, como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros decapita á los ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran Hamílcar... ¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte vivir cerca de Hanníbal sin conocerle!...

Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos amenazadores la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas del amanecer.

--Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.

--Que venga --contestó el africano con arrogancia--. Es lo que deseo. Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y trasladarse en masa á las islas del Mar Grande, para vivir tranquilos. Son verdaderos cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni otra aspiración que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías. Los Barcas somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos la grandeza de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos mercaderes no comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar é infundir miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó la vida de mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros recursos que los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los Barcas, á pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago. Mi padre, al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro pueblo y quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro antiguo comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la ambiciosa Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos, cuando más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste el peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza con más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no quiere pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la península, y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y los Barcas tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco importa que en el Senado cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados. Las tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su energía, y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el enemigo que les designemos.

Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra ó apacentando rebaños.

--Cayó Hamílcar --dijo con tristeza-- cuando veía ya realizados sus ensueños; un gran ejército para entrar de nuevo en lucha con Roma y riquezas propias para sostener la guerra sin necesitar el auxilio de los mercaderes africanos. Hasdrúbal, el hermoso marido de mi hermana, perdió ocho años al sucederle. Era un buen gobernante y un tímido caudillo. Tal vez fué Baal, nuestro dios iracundo, quien guió el brazo de su asesino, para que le sucediera otro capaz de exterminar á la eterna enemiga de Cartago... Ése seré yo: óyelo bien, griego. Tú eres el primero que penetra en mi pensamiento. Ha llegado el instante de reñir la última batalla. Pronto sabrá Roma que existe un Hanníbal que la desafía apoderándose de Sagunto.

--Tienes escaso poder para ello, africano. Sagunto es fuerte, y yo que vengo de Cartago-Nova, sólo he visto allí los elefantes, los restos del ejército que trajo tu padre y la caballería númida que han enviado vuestros amigos de África.

--Olvidas á los iberos y celtíberos, á toda la península que se levantará en masa para venir á la toma de Sagunto. El país es pobre y la ciudad está abarrotada de riquezas. La he visto bien. Hay en ella para pagar un ejército años enteros, y hasta de las costas del Mar Grande vendrán las tribus lusitanas, atraídas por la esperanza del botín y ese odio que los rudos naturales profesan á una ciudad opulenta y civilizada, donde viven sus explotadores. No será para Hanníbal gran empresa apoderarse de una república de agricultores y mercaderes.

--¿Y después que seas dueño?...

El africano no contestó, hundiendo la barba en el pecho con una sonrisa enigmática.

--¿Callas, Hanníbal?... Pues después que seas dueño de Sagunto nada habrás adelantado. Roma reclamará contra tí por violar los tratados, y el Senado cartaginés te maldecirá; pondrá tu cabeza á precio, ordenará á tus soldados que no te obedezcan, y morirás crucificado ó vagarás por el mundo como un esclavo fugitivo.

--No, ¡fuego de Baal! --gritó el caudillo con arrogancia--. Cartago no intentará nada contra mí; aceptará la guerra con Roma aun cuando hoy no la quiera. Tengo allá los innumerables partidarios de los Barcas, el populacho que quiere la guerra, porque proporciona envíos de despojos y repartos; toda la gente de los suburbios, cuyo entusiasmo mantengo enviando cuantas riquezas saco de la península, después de pagar las tropas. Hamílcar y Hasdrúbal hicieron lo mismo. Serían capaces de pasar á cuchillo á los ricos, si intentasen algo contra Hanníbal. No he vuelto á Cartago desde que seguí á mi padre á los nueve años; pero el pueblo adora mi nombre. Los del partido de la paz me seguirán á la guerra, si á la guerra los arrastro.

--¿Y cómo vencerás á Roma?...

--No sé --dijo Hanníbal con su misteriosa sonrisa--. Siento un mundo de pensamientos que provocarían la risa de mis amigos si los relatase... Me veo como un titán escalando montañas inmensas, siguiendo caminos de águila, hundiéndome en la nieve, llegando hasta el cielo para caer con más fuerza sobre mi enemigo... No me preguntes más: nada sé. Mi voluntad dice: «quiero» y esto basta... Llegaré.

Calló Hanníbal frunciendo el entrecejo, como si temiese haber dicho demasiado.

Era ya de día. Por el camino pasaban mujeres con cestos en la cabeza. Dos esclavos llevando en hombros una gran ánfora pendiente de un palo, se detuvieron un momento junto á ellos para descansar. El africano acariciaba el cuello de su caballo, como preparándose á partir.

--Por última vez, griego. ¿Vienes?...

Acteón hizo con su cabeza un movimiento negativo.

--Te conozco demasiado para rogarte que olvides haber visto á Hanníbal. Eres astuto: sabes que cuanto aquí hemos dicho se lo tragó el silencio de los campos y á nadie debe repetirse. Sé feliz con tu nuevo amor y vive en paz, ya que habiendo nacido águila para volar, quieres permanecer en un corral. Si alguna vez eres mi enemigo y me combates, no te crucificaré; no serás mi esclavo. Te quiero, aunque no me sigues; no olvido que tú fuiste el primero que me enseñó á arrojar un dardo. ¡Que Baal te guarde, Acteón! Los míos me esperan en el puerto.

Y con el manto flotante, salió al galope entre una nube de polvo, atropellando á los campesinos y esclavos, que se arremolinaban en los bordes del camino para dejarle paso.

IV

Entre griegos y celtíberos

Á nadie habló Acteón de este encuentro. Es más; á los pocos días, casi lo había olvidado. Veía tranquila la ciudad, ocupada en preparar las grandes fiestas Panatheas, segura con la protección de su aliada Roma, y el recuerdo de la entrevista con el africano, tomaba en su memoria la vaguedad de un ensueño.

Tal vez las palabras de Hanníbal no eran más que arrogancias de la juventud. Odiado por los ricos de su país, y sin más auxilios que los que él mismo pudiera procurarse, no iba á acometer la audaz empresa de atacar á una ciudad aliada de Roma, violando con esto los tratados de Cartago.

Además, el griego estaba en un período de dulce embriaguez; siempre entre los brazos de Sónnica ó tendido en su regazo en la frescura del peristilo; escuchando las liras de las esclavas y las flautas de las aulétridas y contemplando las danzas de las de Gades, mientras su amante le ceñía de flores la cabeza ó derramaba sobre él costosos perfumes.

Algunas veces, su inquieto espíritu de viajero y hombre de guerra, avezado al movimiento y á la lucha, se rebelaba ante la molicie. Entonces huía á la ciudad. Allí conversaba con Mopso el arquero, y escuchaba á los murmuradores del Foro, que, sin sospechar el paso de Hanníbal por Sagunto, hablaban de la posibilidad de que el caudillo africano intentase algo contra ellos, y se reían de su poder, fiando en la fortaleza de sus muros y más aún en la protección de Roma, que repetiría en las costas de Iberia sus triunfos de Sicilia sobre los cartagineses.

Acteón contrajo gran amistad con Alorco el celtíbero. Le complacía la fiera altivez del bárbaro, su nobleza de sentimientos y el respeto casi religioso que mostraba ante la cultura griega. Su padre, viejo y enfermo, era reyezuelo de unas tribus que en las montañas de la Celtiberia apacentaban grandes rebaños de caballos y toros. Él era su único heredero y había de reinar algún día sobre aquella gente tosca, de costumbres feroces, que en perpetua cuatrería, se hacía la guerra por robarse los caballos, y en los años de hambre bajaba de las montañas para despojar á los labradores de las llanuras. Su padre le había llevado de niño á Sagunto, y tal efecto causaron en él las costumbres de los griegos que, una vez mozo, fué su más vehemente deseo volver á la ciudad de la costa, y en ella vivía con algunos servidores de su tribu y magníficos caballos, haciéndose el sordo á los cariñosos llamamientos del viejo jefe próximo á la muerte, y siendo considerado por los saguntinos casi como un conciudadano.

Su deseo era figurar en las fiestas de las Panatheas; que le admirasen los griegos de la ciudad galopando en las carreras para conquistar la corona de olivo. Se mostraba muy agradecido á Acteón, porque éste, valiéndose de la influencia de Sónnica, había conseguido de los magistrados que el celtíbero figurase entre los jinetes de la gran procesión que subiría á la Acrópolis para llevar las primeras espigas al templo de Minerva.

En los días que el ateniense languidecía entre cánticos y perfumes, abrumado por las caricias de la griega, que parecía arder en el fuego de la última pasión de su vida, saltaba del lecho al amanecer, se echaba el arco á la espalda, y seguido por dos hermosos perros corría el agro de Sagunto, dando caza á los gatos monteses que bajaban de las cercanas montañas.

En una de estas correrías tuvo un encuentro. Era mediodía; caía verticalmente la luz del sol, y los perros, jadeantes, se detuvieron ladrando ante un bosque de higueras seculares, cuyas ramas llegaban al suelo, formando sombríos pabellones de follaje. Acteón, haciendo callar á sus bestias, avanzó cautelosamente con el arco preparado, y al separar la cortina de hojas vió en el centro de una plazoleta formada por los árboles á sus dos amigos Ranto y Eroción.

El muchacho estaba sentado en el suelo ante un montón de arcilla roja que iba modelando con lentitud, frunciendo el entrecejo y silbando penosamente. La pastorcilla, completamente desnuda, con el impudor de una belleza sana é inocente, satisfecha de ser admirada, sonreía á Eroción, coloreándose sus mejillas ligeramente cada vez que el artista levantaba sus ojos de la arcilla para fijarlos en la modelo.

Acteón bebía con la mirada las formas de aquel cuerpo primaveral. Sentía el entusiasmo de los griegos ante la belleza, replegada aún en sí por el ardor de la pubertad. Admiraba sus senos tiernos y pequeños como capullos, surgiendo apenas del cuerpo; las caderas de ligera curva; la línea que caía de la nuca á los pies con suavísimas ondulaciones, que servían para dar más encanto á su pureza; aquella gracia de efebo hermoso y fuerte, unida al encanto del sexo. Su gusto de griego refinado admiraba la frescura de las formas, comparándolas mentalmente con las opulencias soberbias, pero un tanto maduras, de Sónnica.

Ranto, al ver asomar entre las hojas la cabeza del griego, dió un grito penetrante y corrió á ocultarse tras una higuera en busca de sus ropas. Entre el follaje sonaron los esquilones de las cabras, asustadas por el grito de la pastorcilla, y las reses asomaron sus hocicos brillantes, con los ojos húmedos y los retorcidos cuernos.

--¿Eres tú, ateniense? --dijo Eroción levantándose con gesto de malhumor--. Has asustado á Ranto con tu inesperada presencia.

Después añadió con malicia.

--Ranto es tu esclava, ya lo sé. Y también sé que eres el dueño de la alfarería donde trabajo. Has subido mucho desde la mañana en que te encontramos en el camino de la Sierpe. Dispones de Sónnica la rica: el amor la ha hecho tu esclava.

--No soy amo de nadie --dijo el griego con sencillez--. Soy vuestro amigo y recuerdo que el primer pan que comí en la ciudad lo recibí de vuestras manos.

Eroción pareció adquirir confianza con estas palabras.

--¿Qué miras, ateniense? ¿Ese barro? ¡Cómo debes burlarte de mí! Estoy convencido; no sirvo para artista. Hay momentos en que me creo capaz de hacer una obra grande: la concibo, la veo como si la tuviera en pie dentro de mi cabeza; pero cuando pongo las manos en el barro reconozco mi torpeza y siento ganas de llorar. ¡Ah! ¡Si yo hubiese ido á Grecia!

Y decía estas palabras como un lamento, mirando con rabia el montón de barro, en el cual comenzaban á marcarse con cierta rudeza las formas de Ranto.

--¡Si supieras cuánto tuve que hablar para decidirla á que me mostrase la divina desnudez de su cuerpo!... No lo extrañes; es de raza de bárbaros: teme el garrote de su abuelo el pastor, que caería sobre sus carnes si la viese como tú acabas de verla. La hablé de nuestros escultores, ante los cuales se disputan las más hermosas hetarias el honor de desnudarse; y la seguridad de que Sónnica su señora había hecho lo mismo en Atenas, fué lo único que la decidió... ¿Pero cómo copiar su cuerpo divino? ¿Cómo infundir á la tierra amasada la vida que circula bajo su piel?

En su desaliento amenazaba á la figurilla de barro como si quisiera aplastarla con los pies. Después se animó y dijo con resolución:

--Yo soy más fuerte que mi torpeza. Trabajaré años y más años si es preciso, hasta ver reproducido con toda su hermosura el cuerpo divino de mi Ranto. No volveré á la alfarería aunque el viejo arquero me mate á golpes... Había comenzado mi obra queriendo que figurase en la procesión de las Panatheas. Ranto la llevaría sobre su cabeza, y la multitud se aglomeraría para verla. Sólo espero un momento de inspiración, una racha feliz: ¿quién sabe si mañana soplarán las musas sobre mí, y me levantaré con facilidad en las manos para ejecutar lo que sueño?...

Y lanzándose francamente por el despeñadero de la imaginación, el pequeño artista contó al ateniense sus ensueños.

--Si logro terminar esta estatua, el porvenir es mío, y algún día grabarán mi nombre en el Foro para que lo lean con admiración las gentes de la ciudad. Me libraré para siempre de la alfarería; regalaré mi estatua á Sónnica después de haberla admirado todo Sagunto en las Panatheas, y tu amante, que es tan generosa, me embarcará en uno de sus navíos. Veré Atenas, admiraré lo que tú has visto, y entonces... ¡entonces!... Mira, Acteón, por entre esas hojas. ¿Qué ves sobre la montaña de la Acrópolis? Nada; muros de grandes piedras; columnatas; techumbres de templos, pero ni una sola estatua que pregone de lejos la gloria de la ciudad. Dicen que sobre la Acrópolis de Atenas se alza gigantesca la figura de Palas, toda de bronce y oro, con una lanza que parece arder á la luz del sol, y guía como una llama á los marineros desde muchos estadios, mar adentro. ¿Es eso verdad? Pues yo hace noches y noches que sueño con algo parecido, y veo á Eroción, gran artista, de regreso de Atenas, levantando sobre nuestra Acrópolis una obra colosal. Los toros de Gerión, enormes, gigantescos, con cuernos dorados que brillen como antorchas, y tras ellos, Hércules, cubierto con la piel del león de Nemea, como Therón su sacerdote en las grandes fiestas de Sagunto; y tremolando en lo alto su clava, que servirá de señal á todos los navegantes del golfo Sucronense... ¡Ay! ¡Si yo llegase algún día á realizar esta obra!...

Ranto, cubierta con la túnica, había salido de su escondrijo y se aproximaba temerosa á Acteón, mirándolo con respeto y ruborizándose al mismo tiempo por el recuerdo de su sorprendida desnudez. Eroción, entusiasmado por el relato de sus ilusiones, mostraba en sus ojos el deseo de volver á comenzar. Miraba su obra y parecía desnudar con los ojos á la pastorcilla para repetir en seguida el trabajo.

El ateniense comprendió que su presencia estorbaba á los jóvenes.

--Trabaja, Eroción --dijo--. Sé un gran artista si puedes. Tu modelo lo envidiarían los escultores de Atenas. Ahora que sé que os ocultáis aquí, procuraré no molestaros con mi presencia.

Y así lo hizo. No volvió al bosque de higueras, dejando que los dos adolescentes trabajasen en su misterioso retiro; él, espoleado por la ambición; ella, sumisa por el amor.

Llegó el día de las Panatheas. La fama de la solemnidad se había esparcido hasta más allá de los límites de Sagunto, y se presentaban en caravanas los rudos celtíberos para contemplar las diversiones de los griegos.

Las gentes del agro habían abandonado sus trabajos de recolección, y vestidas con sus ropas mejores, llegaban á la ciudad desde el amanecer, para presenciar la fiesta á la diosa de los campos. Llevaban grandes gavillas de trigo matizadas de flores, para ofrecerlas á la diosa y corderillos de blancas lanas adornados con cintas, para sacrificarlos en su altar.

Cuando salió el sol, la ciudad estaba repleta de una muchedumbre multicolor que se agolpaba en el Foro, ó corría á las márgenes del río para presenciar las carreras de caballos.

Habíase formado un gran estadio junto al Bætis-Perkes, en el cual los principales ciudadanos de Sagunto iban á disputarse el triunfo. Los senadores, en largos bancos custodiados por un grupo de mercenarios, presidían la fiesta. En un extremo de la pista, los hijos de los comerciantes y de los ricos agricultores, toda la juventud saguntina, aguardaba la señal, casi desnuda, apoyada en sus ligeras lanzas y teniendo agarrados de la brida sus caballos en pelo, que se husmeaban y mordían presintiendo el próximo combate.

Dieron la señal de partir, y todos, poniendo su pie izquierdo en el asidero de la lanza, saltaron de golpe sobre sus corceles, saliendo escapados en compacto escuadrón á lo largo de la pista. La inmensa masa popular prorrumpió en aclamaciones ante el bizarro grupo de jinetes, casi tendidos sobre el cuello de sus caballos, como si formasen con estos una sola pieza, moviendo en alto sus lanzas, excitando el galope con alaridos, y envueltos en polvo, al través del cual se veían las estiradas patas de las bestias y sus vientres casi tocando el suelo. La desenfrenada carrera duró mucho tiempo. Iban quedando rezagados los jinetes menos hábiles ó de peor montura: el escuadrón disminuía visiblemente. El último que quedase en la pista habiendo marchado siempre á la cabeza de los demás, conseguiría la corona, y la multitud hacía apuestas por el celtíbero Alorco ó el ateniense Acteón, que figuraban desde el primer instante al frente de los jinetes.

Los ciudadanos, que no querían esperar bajo los ardores del sol el final de la carrera, seguían la ribera del río hasta llegar á las murallas, á cuya sombra los adolescentes luchaban cuerpo á cuerpo ó se ejercitaban en el pugilato para alcanzar el premio de la destreza. Otros más pacíficos se dirigían al Foro, bajo cuyos pórticos los jóvenes elegantes se disputaban la corona de laurel destinada al más hábil en la música y el canto. Sentados en sillas de marfil y teniendo cerca de ellos á los lindos esclavos que les abanicaban con ramas de mirto, Lacaro y sus amigos tañían la flauta ó pulsaban la lira, cantando versos griegos con entonación dulzona y afeminada. En el público reían algunos, remedando la suavidad de sus voces; pero otros imponían silencio con indignación, dominados por el encanto que ejercía sobre su rudeza el arte, aun con este aderezo femenil.

Á más de media mañana un estrépito de muchedumbre entusiasta llenó como un trueno el ancho espacio del Foro. Era el pueblo que volvía de las carreras y aclamaba al vencedor. El arrogante Alorco, arrancado de los lomos de su corcel, era llevado en hombros por los más entusiastas. La corona de olivo ceñía su cabellera revuelta é impregnada de polvo. Acteón marchaba junto á él, celebrando su triunfo fraternalmente, sin revelar envidia.

Los cantores, arrollados por esta ola de entusiasmo, recogieron sus sillas é instrumentos. La corona de laurel se la ciñó Lacaro en medio de la indiferencia general, sin recibir otros plácemes que los de sus esclavos. Todo el entusiasmo de la ciudad era para el vencedor de las carreras: el pueblo enardecíase admirando la fuerza y la destreza.

Había llegado el momento solemne: la procesión iba á comenzar. En el barrio de los comerciantes, los esclavos tendían de tejado á tejado velos rojos y verdes, que daban sombra á las calles. Las ventanas y terrazas cubríanse con tapices multicolores de complicados dibujos, y las esclavas colocaban en las puertas braserillos para quemar perfumes.

Las griegas ricas, seguidas de sus servidoras, que llevaban sillas de tijera, iban en busca de sitio en las escalinatas de los templos ó en las tiendas del Foro; y la gente agrupábase á lo largo de las casas, esperando impaciente la llegada de la comitiva que se formaba fuera de las murallas. Bandas de niños completamente desnudos corrían por las calles, agitando ramas de mirto y lanzando aclamaciones en honor de la diosa.

De pronto se arremolinó la gente, prorrumpiendo en gritos de entusiasmo. La pompa en honor de Minerva entraba por la puerta del camino de la Sierpe y avanzaba lentamente hacia el Foro, al través del barrio de los comerciantes, que eran los organizadores de la fiesta.