Sí sé por qué: Novela

Part 2

Chapter 24,026 wordsPublic domain

Paréceme que sus mismos compatriotas, picados de _snobismo_ al regresar del viejo mundo, le miran con la condescendencia que á un niño candoroso. Mientras él retóricamente trata de ensalzarles á las damas las figuras de _Cuasimodo_ ó _Juan Valjuán_, ellas se distraen hablando del tango, de Wagner, de los _apaches_ de París..., y, sobre todo, de lo que constituye la última atracción de escándalo europeo: del crimen de la Montsalvato. Traen diarios é ilustraciones, y se desquitan leyendo y discutiendo á bordo cuanto no tuvieron tiempo de saborear en tierra á su placer. Los grabados de la «tristemente célebre condesa» circulan. Se admira su beldad. Una de las más bonitas mujeres de Italia y la más perversa del mundo. Creen que ya la habrán cogido, y que se la ahorcará con el amante. Aguardan impacientes, para tener noticias, la escala de Canarias. Sin embargo, se asedia al capitán, por si radiográficamente pillase algo del suceso.

Me aburro, oyendo en todas partes hablar del crimen; y lejos de esta cubierta de joyas y elegancias, como la vasta galería de un balneario, me hundo en las encrucijadas del barco buscándome á mí mismo.

Más que por la impulsión invencible de pensar y sentir tristezas, según antes me pasaba, diríase que voluntariamente busco ahora el pensarlas y el sentirlas por el hábito de que no quiero prescindir. Ellas han constituído durante dos años mi existencia, y sin ellas parézcome vacío... sin rumbo en la vida, sin objeto.

Porque la verdad, la misma impulsión bestial que, desde que duermo y como, siento á veces ante las provocaciones de Placer, me abochorna hasta el extremo de preferir, incluso con su cohorte de penas desoladas, la orgánica aversión sensual de mi maldita neurastenia. Triste es tener que prescindir de la integridad del amor de las mujeres; pero más triste es tener que aceptarlas en su cercenada realidad de lascivos mecanismos. Los hombres no hemos sabido formarlas el alma todavía.

O mejor dicho, dejar de deformársela. Ejemplo de ello lo llevamos en esta miniatura del mundo que viene á ser el buque. Por eso me place, con amarga complacencia, bajar á la cámara de tercera y ver cuán cerca van unas de otras las pobres torturadas que forman como los símbolos de extrema oposición en el martirio de las vidas femeninas. Son, por una parte, cinco religiosas italianas que irán á hospitales ó colegios argentinos; por otra, y en patrullas diferentes, un sucio rebaño de prostitutas francesas y austriacas que irán á Buenos Aires.

Símbolos, sí, del social absurdo. Representan lo que se tiende á hacer con todas las mujeres de un modo indefectible. Se las parte, y no hay término medio para ellas. O lo espiritual, en un calvario de renunciaciones, ó lo animal, en plena desvergüenza.

Estoy contemplando en el entrepuente el grupo de asustada y blanca sumisión que á un lado componen las monjas; el grupo de descaro arlequinesco que al otro lado componen las rameras.

¡Horrible! Apartados en polarización inconciliable el beso del espíritu y el beso de los labios; rotos el amor del cielo y de la tierra para el amor del hombre y la mujer..., como si la angélica inocencia de los niños no se besase con los labios..., como si las madres no dieran á sus hijos con los labios los besos de la gloria.

Lloro por todas las desgraciadas prostitutas y monjas de la tierra, y me ahoga, me sofoca la piedad.

Pero... otra escena se me ofrece en estos fondos del fastuoso trasatlántico donde llevamos confinados los horrores. Baja de la cubierta de emigrantes una pobrísima familia; la madre, la hija mayor y un niño de quince años, transportan, como preciosas cargas que pudieran dejar caer en la verticalidad de la escalilla, á otros niños más pequeños; la joven es bonita, y mira tímida en su torno. Pasan como en fuga junto al escándalo de burdel de las rameras, y tras el amparo de las monjas buscan el escondite de unos fardos. Al poco llega un mozo de limpieza, besa á los chiquillos y repárteles fiambres; se va inmediatamente, y la familia come, apretada en el amoroso miedo de ella misma. Los circunda una aureola de honradez. Viéndolos comer la escudilla de las sobras, y pensando en los festines de mi mesa y en lo que la bruta de Placer traga á todas horas, siento que las lágrimas del alma se me vierten por los ojos.

Y el rubor me aleja de las gentes; porque el llanto debe ser una cosa vergonzosa en un mundo donde la impudencia de una mujer se paga con brillantes y la virtud de otra con miseria y con limosnas.

Voy enjugándome las lágrimas, y alguien me tropieza: el mozo de antes, que al salir de un camarote con dos cubos, me vierte un poco de agua. Pensando que soy francés porque no contesto, discúlpase en francés; no respondo, y háblame en inglés, al tiempo que se apresura á limpiarme con un paño. Al incorporarse y oir mi neto madrileño, cree reconocerme. Resulta un antiguo acomodador de la Princesa. Charlamos. Se expresa discretamente. Es perito comercial; pero sin influencias para colocarse, y abrumado por los hijos, atendió á la urgencia de ganarse una peseta como pudo. La familia que he visto es la suya. Emigran, y él ha logrado del sobrecargo este puesto eventual en el servicio, que le permite sacar algunas propinillas y restos de las mesas para librar del rancho á su mujer y á los pequeños.

Está flaco; está enfermo. Punto menos que á la fuerza le hago aceptar un billete de diez duros, y llora y quiere besarme las manos... Nos interrumpe una austriaca que viene medio desnuda, de bañarse. Es una de las rameras, grande, de senos lacios, casi vieja y casi horrible. Entra en el camarote y le reclama al mozo los cubos de agua con despótico ademán.

Yo parto, ocultando mi dolor; el infeliz sirviente me ha cruzado una mirada que indica sus resignaciones.

Subo adonde pueda ver el cielo. Desierto á esta hora el _verandah_ de la cubierta alta, porque el pasaje se recluye á la música y al te del comedor, pido una cerveza.

Mas no logro olvidar al mísero padre de familia que sabe francés, que sabe inglés, que es un inteligente trabajador, cuyo acoso de la vida le impidió desenvolver sus aptitudes..., que es un español honrado, cuando menos, que quiso darle á su patria cinco hijos..., y que, lanzado por su patria, emigra y acógese á la compasión del barco sirviéndole de rapa á inmundas extranjeras.

La injusticia me acongoja. No sé qué parte de ella puede caberme á mí, y las lágrimas vuelven á inundar mis mejillas. ¡Oh, la neurastenia! ¡Qué excelsa maldición! ¿Por qué cuando estamos buenos y bien hallados en la vida no vemos todo esto?... Al revés, el ajeno sufrimiento nos impresiona como un contraste pintoresco que realza y le presta el claro oscuro á nuestra dicha: un _golfo_ que, muerto de frío, cierra el coche donde nos ha unido la lujuria con una hembra de alquiler, nos hace sonreír y decirle una alegre chirigota; una anciana mendiga nos hace arrojarla de mal modo una moneda y un insulto, sin pensar que tenga las mismas entrañas hechas por Dios y las mismas canas quizá que nuestra madre; un camarero que nos habla el francés y el alemán nos parece sencillamente un majadero.

Y... seco precipitadamente mis lágrimas..., aunque los que llegan podrían demás, á saber su causa, comprenderlas: la joven rubia con su madre y los señores sacerdotes. Siéntanse á pocas mesas de mí, y ellos se ponen á fumar y ellas á leer libros de oraciones.

Es un ángel esta niña. Viste siempre sencillísimos trajes blancos, con la falda hasta los pies, y luce el ceniza dorado tesoro de su pelo en trenzas á la espalda. Por la gentileza del cuerpo diríase una mujer de veinte años; por la lozanía, y el candor del rostro, una chiquilla de trece.

¿Contará diez y siete ó diez y ocho?... No. Así como hay damitas que gustan de prolongar su aspecto adolescente valiéndose del infantil engaño de las ropas, hay niñas de precoces desarrollos que, á pesar de la puerilidad de su semblante, tienen antes de tiempo que alargarse los vestidos; y ésta es una de ellas. No he visto jamás una expresión más cándida y sincera. Tras la diafanidad de sus ojos verdes, claros, su alma de sencillez fulge al modo de un resplandor ancho y sereno á través de dos faros de esmeralda. Mira como sin ver, á las gentes..., á los cien tontos que á bordo se la comen con los ojos, y mira, en cambio, con éxtasis de atención inmensa las lejanías del mar y los crepúsculos.

Una atracción de suavidades me inclina á venir observándola hace días; á buscar los sitios de apacible soledad que ella prefiere; y he podido advertir que apenas si se asoma con su madre á los bailes del salón, que se acuestan á las once, y que se levantan, igual que yo, para contemplar las albas esplendentes, cuando aún no se ha hundido Venus en la línea de las aguas.

Miedo me da la idea de que, advirtiendo al fin la asiduidad de mi presencia, hubieran de juzgarme uno de esos imbéciles que por ahí las importunan.

Deja el libro. De un paquete de periódicos, saca uno y pónese á leer.

Los grabados tornan á advertirme que lo que tanto la absorbe en los diarios es, ¡ah, también!, el crimen de la italiana.

Como á los demás, como á todas las damas del pasaje. Pero á esta niña, de carne y alma de inocencia, plácela, sin duda, lectura tal, no por saborear manjares de perversión, sino por una trágica atracción folletinesca que afirma su infantilismo. Igual que ayer y anteayer, la veo ensimismarse en los relatos del crimen más que en el libro de oraciones, y á veces sigo en su faz de ángel los horrores que la crispan.

¡Oh, sí, sí, diáfana su faz..., diáfana como un fanal su vida entera! También cuando todas las mañanas la contemplo de hinojos en la misa, veo el fervor con que su pureza pídele á la Virgen no se sabe qué perdones.

¿Será una francesita?... Franceses son los periódicos que lee y en francés habla con los curas, uno de los cuales debe de ser hermano de la madre. Sin embargo, no tiene ese tipo que hace á Francia parecer un monótono bazar de muñecas blondas de pómulos salientes y labios gordos y encarnados.

--¡Adamar? ¡Adamar?... ¡Hombre, Adamar!

Giro, y me estremezco. Medio corriendo y en grandísima algazara llegan á buscarme el dramaturgo, el húsar, el cónsul, Placer y la actriz de la Cigale. Recogida alta la falda, enseña Placer la aparatosa seda de sus medias.

Me causan la impresión de que profanan un templo. Los curas, la madre, la niña-arcángel han vuelto los ojos hacia el tumulto de estas mujeres de hermosura descompuesta. Porque no se sienten aquí, me levanto y salgo al encuentro de _mis amigos_ para ir en su compaña á cualquier parte.

* * * * *

Estamos en tierra.

Hemos venido durante la mañana viendo definirse las altas montañas de esta isla, mirando por la vasta extensión del agua la lejanía de las demás del archipiélago, y acabamos de desembarcar en Tenerife. Nos guía muelles adelante un grupo de periodistas canarios que ha acudido á recibir al dramaturgo. Placer tutea desahogadamente al cónsul y no se le descuelga del brazo. Derechos conyugales que se abroga. Él no parece agradecerlo.., ya. Bien con otra triunfal alegría me contó hace unas noches la historia: luna en su camarote, y una ilusión de _cien kilos de sirena de cocota_ á su litera llegada desde la espuma del mar. Lo peor es que ni á luna ni á sol se le aparta desde entonces. Lo que temía para mí, de no haber puesto enérgico el remedio.

Entramos en Santa Cruz. Llena la plaza, de señoras que pasean y de tiendas de tabaco. Es éste el país de la eterna primavera, como la isla de Calipso. Las casas pequeñas, pero lindas, tal que casas de juguete, están pintadas de verde, de rosa, de cielo... Macetas en las ventanas, macetas en los balcones. Tropical Andalucía paradisíaca, y más frecuentada por ingleses. El verdor de las montañas le forma un valladar de frescura á la ciudad. Las mujeres todas me parecen bellas, altas, con la gracia gentil de la española pigmentada en africano.

Tomamos vermouth en la terraza de un bar, y nos surtimos de tabaco. Precios inverosímiles: paquetillos Henry Clay á veinte céntimos, y habanos á real.

Tres coches nos suben una larga calle en cuesta. Siempre las lindas casas y hotelitos de juguete. Visitamos tiendas de orientales. Los bajos precios incitan á comprar. Obsequia Placer al cónsul con un elefantito de marfil y él tiene que pagarla doscientas y pico de pesetas por un bazar de cosas que ha ido escogiendo: gemelos de teatro, chales y kimonos de seda china, maques, polveras, estuchillos...

--Perfectamente--me dice aparte el cónsul--. He hecho el _primo_; pero con ésto habrá de darse por contenta y no hallará ocasión de nuevos cobros.

La gratitud hácela aferrarse á su brazo más _gachona_.

Entramos en dos redacciones. Nos retratan. Placer, clavada á su rubio amigo «para que cuando el periódico llegue á España los vean muy juntos», suelta cada barbaridad que canta el credo. «No la gusta París porque allí llueve y ventosea mucho». Al fotógrafo, que al componer el grupo la tocó la barba, le dijo «mari... quita»; y á un chico que corriendo la tropezó en la calle, «hijo de un rato».

Y andaluces, sí, andaluces los canarios, no saben prescindir de llevarnos á un arrabal de Santa Cruz para probar el vino isleño. Luego, montaña arriba, van al Quisisana los coches.

Es uno de los grandes hoteles del turismo. Inglaterra. Misses, ladys y milores. En la ascensión hemos contemplado panoramas sorprendentes. Ahora el Quisisana nos brinda todo el _confort_ apetecible. Su extranjera y silenciosa población le da aires de un convento de elegancia. Para mis ansias de paz tomo nota de este hotel y de este país encantador. Acaso alguna vez venga á habitarlos.

Victoria háceme advertir la injusticia con que los españoles buscamos fuera de España los parajes de belleza; vamos á Niza, á Italia, á Suiza, y no sabemos siquiera que tenemos hechizos superiores en Asturias y Galicia y Baleares, en la propia Extremadura, en Canarias, en Granada. Sin duda somos gentes de un individualismo altivo y feroz que nos deja ser colectivamente calumniados.

Consultando los relojes, deploran nuestros acompañantes que no nos quede tiempo de visitar la verdadera maravilla de la isla: el valle de Orotaba, lleno también de magníficos hoteles; y, andaluces, individualistas, al fin, á la española, encerrados en sus gustos, nos hacen partir del Quisisana para llevarnos á comer á una _típica taberna_... ¡como si las tabernas y nada más que las tabernas fuesen lo _típico_ de España!

Me resigno á la taberna.

Escabeche y guisos de figón. Algo de guitarreo, con un torero que aparece, al cual Eyllin le acaricia la coleta, y baile de Placer con taconeo y patas por el aire. La actriz parisién y nuestro autor se entienden, á pesar de sus géneros distintos. No hay como ser hombre festejado para la adhesión de una francesa. Eso sí, al final iguales, francesas y españolas... y ya verá también Carlos á la hora de cobrar.

III

Me levanto al amanecer, siempre. Es el momento de las purezas perla de la aurora. Terminados los baldeos y limpio y en orden todo sobre el sueño del pasaje, el buque parece... de ella y mío--parece de los dos. A fuerza de encontrarnos cada día en tan bello despertar, ella y su madre corresponden á la digna inclinación de mi saludo con una bondadosa simpatía mezclada de recelos.

Los recelos de empezar á creerme un galanteador inoportuno. La joven, singularmente, me mira como con la súplica medrosa de que no la turbe la única hora de dulce libertad que goza por el barco. Terror de niña seria que no osa á jugar con las demás niñas delante de la gente, y que no se atrevería á separarse de la madre en mi presencia. ¡Qué clara sorprendo en su faz esa emoción!

La tranquilizo, me alejo, y desde un escondite cualquiera, donde no pueda sospecharme, la contemplo, la contemplo á mi placer.... atraigo nítida su imagen con mis _zeiss_, con mis potentísimos prismáticos.

Dúrala el temor buen trecho; vigila en torno su contrariedad de volver á verme aparecer, y, entregado el susto del alma verde de sus ojos al mimo de carmín del horizonte, permanece anhelosa y pensativa... Recobrada al fin la confianza de estar sola, se levanta, y, sin apartarse mucho de la madre, juega á dar paseos, á vagar de un lado á otro, á observar á los grumetes en los palos y á acodarse en un rincón de la borda viendo huír las bandadas de delfines.

Viste de blanco; yo, de blanco también, desde los zapatos á la gorra; es blanca la silueta de algún oficial de servicio que cruza; son blancos la cubierta, las bandas, los botes que penden de sus amarras encima de los salvavidas; son de un vaporoso azul-blanco de ópalo el cielo y el mar... y creyérase que somos almas y que vamos navegando infinitamente perdidos á través de un alma inmensa de celaje, de pureza.

Los gemelos me la agrandan y acercan hasta poder contar en el azul esmalte los diamantillos de la medalla de la Virgen que lleva al cuello. Única modesta alhaja que la adorna. No usa pendientes ni sortijas. Sus manos y su cara tienen la pálida mate lozanía de las gardenias, y sus labios, labios puros, que alientan muchas veces entreabiertos, son rojos, de un rojo sano de sangre de granada.

Unas veces, juzgándose absolutamente sin testigos, se instala en cualquier amplio sillón, saca de la escarcelilla un _polissoir_ y llévase gran rato puliéndose las uñas; otras se tiende en un canapé y mira extasiada el horizonte. Perdió la otra noche un pañuelo y yo lo recogí y lo guardé; huele á delicadísimos perfumes. Es toda, elástica y armónica, el augurio de una aristocrática mujer; pero es también la niña de ternura y de pudor que ni en la soledad le consiente el más leve desorden al vuelo de su falda.

Ayer otras niñas más niñas subieron muy temprano. Corrían tirando al alto una moneda, y la moneda rodó metiéndose entre dos tablas del piso; se agruparon de bruces á sacarla; no podían, y una pequeñita lloraba. Las acorrió ella; se postró al suelo también, y con una tijerilla y acopio de paciencia las hubo de ayudar. El grupo, visto con mis _zeiss_, resultaba encantador; juntas las angélicas cabezas, tocábanse las sedas de los rizos y las manos. No la aventajaba ninguna en suavidad. Últimamente las contentó repartiéndolas monedas suyas... y besos, muchos besos.

¿Por qué no pude yo ir á unir á las inocencias de sus besos la inocencia de mis besos?... ¡Ah, qué pena es que siendo de tanto amor el beso de los niños, y creciendo con la edad el amor del beso, el afán de besar se convierta en crimen!

Mi admiración ideal placeríale á la pureza de este ángel. Pero, no...; cuidadosamente evitaré que la confirme. Entre sus quince años y mis veintinueve años, entre su candor y mi groserísima miseria, entre su calma virginal y mi atormentada situación de hombre casado y endiabladamente enfermo, no puede haber nada común.

Puede haber lo que no necesita ser manifestado por mí ni conocido por quien de modo tan gentil me lo produce: el consuelo de una hermana dulce, más pequeña que mi hermana, que no está aquí..., y la vergüenza y el asco de las pasadas brutalidades de mi vida.

No, no tiene por qué saber jamás la tribulación de repugnancias con que mi corazón llora ante ella; ni podría entenderla, ni el infesto de mi ser permitiríame reposar en la limpia nobleza de su hombro mi frente consternada.

¡Elena, hermana mía, cuánta transparencia de divina humanidad lloraba en el descanso de tu hombro!

Te recuerdo; recuerdo á nuestra madre en esta niña, y tengo que beber los breves minutos de ansias inefables en la copa del bochorno.

Harto breves--los minutos, la hora de comunión con lo ideal. Va saliendo el sol, y van apareciendo pasajeros que despiertan. Primero los niños, que se ponen á jugar y á reír con la alegría de la mañana...; después los curas, que secuestran á la niña hechicerísima con sus calmas evangélicas...; luego, poco á poco, los demás.

Dijérase que al día y al haz del buque llega el mundo en un inverso orden de moral imperfección.

Los últimos, allá á las once, son Eyllin, Placer y mis amigos.

Sino que yo los esquivo cuanto puedo.

O escalas arriba trepo á la cubierta de botes, poniéndome á departir con las olas y las nubes, ó ansiando emociones menos plácidas bajo á los entrepuentes de emigrantes.

Me conocen ya, en el de la proa, en el de la popa.

Cuando los contemplo desde la cubierta de cámara, como desde los miradores de un alcázar que diese á patios de leprosos, el cuadro ofréceseme cruel. Amontonados. Campamentos de locura y suciedad. De día, los que en su inmovilidad apretada caen fuera de los toldos, ampáranse del sol colgando mantas; de noche, algunos las transforman en hamacas, y la mayoría duerme en el suelo de madera, donde se han pisoteado los vómitos y el rancho. Monstruos, más que humanos seres. Cerdos, en su salaz aglomeración forzosa, más que varia humanidad. Babel en marcha, maldita por no se sabría qué Dios de los rencores; hablan todos los idiomas, abrúmanse de todas las ruindades y mezclan con una igual y gris promiscuidad sus vidas y sus almas.

Dan idea del aplastamiento, de la trituración por lo fatal. En vano mujeres jóvenes y bellas, familias honestísimas, que en la pobreza de su país habrán hecho de lo delicado religión de sacrificio (como la del ex acomodador de la Princesa), en un poco de limpieza y de paz querrían aislarse de la soez canallería: con el agua vertida alrededor, corren hasta ellos los detritus; con la copla ó la frase del rufián, la desvergüenza...; y el albo pañizuelo de la pulcra conviértese en guiñapo, y el pudor de la madre y de la virgen en rosa ajada por una lluvia de inmundicia en el estiércol. No lejos de la novia que mira triste en la estela que se pierde la endecha de su amor, van el ladrón y el asesino, que esquivan á la vez que añoran sus presidios torvamente, y el Sileno que grita sobre un tonel.

Todas las concupiscencias, todas las confusiones, todos los apetitos..., toda la condensación del caldo hediondo y negro de la amasada y destripada Humanidad. En la caldera de horror, las inocencias se han fundido; y así por las sombras y el sueño del montón oye la casta el sordo rugir de una lujuria entre un sátiro y una bestia, y así, anteanoche, fueron llevados á la barra dos hombres cuyos cuerpos yacentes se buscaban con viscosas reptaciones de lombrices...

El dolor se me clava en el corazón como una espada.

No había podido nunca imaginarme semejante violación de la humana dignidad. Pensar que con este cosmopolitismo de la crápula, que con esta espuma que Europa le da á la emigración, van muchos inocentes desdichados, muchos engañados..., me acongoja. Pensar aún que á tres metros por encima, que á una baranda por en medio vamos nosotros en festín de lujos, de mágicos salones, de músicas, de flores, de pereza..., me atosiga y me destroza.

¿Por qué esta injusticia tremenda entre los hombres, esta inútil necesidad de la crueldad?

No sé por qué.

No lo comprendo.

Con el espacio y los divanes y los manjares que nos sobran, esos infelices ahorraríanse la humillación de verse tratados de un modo tal por sus hermanos. Un pájaro, un lobo y hasta una hiena no están jamás así en su bandada, en su manada.

¡No lo comprendo! ¡No lo comprendo!... Y yo debería correr gritando por ahí: «¡Socorro! ¡Que se ahogan, que se asfixian aquí los decoros de la vida!»...

Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para sufrir siquiera un poco su tormento.

Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he advertido algunas veces...

Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez repartiéndoles limosnas.