Salta

Part 2

Chapter 24,167 wordsPublic domain

En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico, de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.

La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.

Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo equilibran.

Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.

El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder la golilla y no la cabeza.

Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la superchería de creer que por este medio el contendiente dispara, avisado por el instinto.

Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se respeten los compromisos.

Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.

Suena una campanilla.

Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen, esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su campanilla. La riña va a empezar.

Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.

El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras. Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón, y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un digno silencio, prueba de sendos temores.

La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña.

Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran, arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo, cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa, de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.

Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la heroicidad es la misma.

A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario. De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le encaja con fragor las chuzas en el cráneo.

El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto. El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó!

Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron que había muerto de rabia.

El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si está acobardado, vencido al empezar la pelea.

Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores, resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo. Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria, según una prudente cábula profesional.

LA TABEADA

En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte.

Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores que esperan turno.

Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.

Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.

En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas, apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.

De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un mulatón compadre y hablador.

El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote. Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa.

Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano.

Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.

--¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo!

La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".

El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha! Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre tiene quince mil cabezas en el Chaco.

La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras, guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones.

Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.

Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma, pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.

Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de la impudicia.

LOS PERROS

En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo, cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir malandrines.

En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida; y hasta los hay de abolengo.

Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos sentimental o decorativo, o francamente utilitario.

Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida, hay que venir a verlos en Salta.

Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.

No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese substituído los habitantes por perros.

Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.

La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio. Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota, cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.

Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de una escopeta.

Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera, cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.

Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos: se cambian los saludos de regla.

Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la pared corroída...

Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los corridos huyen haciéndose los rengos.

En los días patrios y festividades populares los perros no saben dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas. Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo, por entre las piernas del pueblo.

Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el basurero municipal.

No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.

Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos, pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.

Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman la interesante población perruna de mi pueblo.

DEFENSA DE UN PERRO

Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo.

El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M. Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su perro, y contra los automovilistas.

Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las siguientes líneas:

Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados; matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la naturaleza.

¡Pero pidamos al público que respete a los perros!

A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria.

El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado; el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso, del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle, cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún perro está de más en el mundo!

Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro "oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de automóvil.

¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha dejado extrachato, en media calle!

Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del señor Asterplat y en el mío propio.

LA CONDENADA

Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba por avenidas y caminos urbanos.

Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio como por los arrabales próximos al río.

La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.

Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada. Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos y horripilaban a los inocentes.

Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse, perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".

Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz catinga, sospechosa de brujería.

Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden, se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de varias horas.

El número de perseguidos y preocupados era muy grande.

El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los almohadones del carruaje.

Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.

Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba; el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era dependiente.

¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en mi pueblo metió tanto susto?

Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que llevó a Salta la primera bicicleta.

Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato, encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la manera más divertida del mundo.

LA CRECIENTE

Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta.

Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.

Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado en la margen izquierda del río de ese nombre.

Y digo río, porque se llaman así en mi tierra, mal que pese al estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en formidables avalanchas de barro y piedras.

Una mañana venía el Vaqueros _por demás_ crecido, como dice la gente de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban gruesos troncos y pesados pedrones.

A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.

Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí, con las árganas repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver por dónde se lanzaría.

Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.

--No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,--decía uno.

--De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una clueca,--gritaba otro.

--Asojitesé bien, no sea que pierda los _yolis_,--vociferaba un tercero.

--¡Vaya, vaya hombre!--contestaba Perdigones.--Paréceme a mí que no hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me gana,--decía del asno, y le molía de firme.

Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado, porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los _yolis_, y hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué uno. La rápida corriente los arrastraba.

Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios.

Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.

Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:

--Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios, porque esto ha sido un milagro.

Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:

--Hombre, dí tú gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron ahogarme.

LA DECADENCIA DE LOS OPAS

Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula: el progreso ha matado al opa.

Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor social.

Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.

El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de acarreo, que les era propio.

Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...

Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa de entonces...

El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera, o masitero como Panchito.

Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso, excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.

El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma, bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.

No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una misa o un sermón edificante, interrumpido por una _trocatinta_ de azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.

Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día del lavapiés.