Part 1
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SALTA
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Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires"
I--FERNÁNDEZ MORENO.--_Ciudad._
II--HORACIO QUIROGA.--_Cuentos de Amor de Locura y de Muerte._
III--CARLOS IBARGUREN.--_De nuestra tierra._
IV--MANUEL GÁLVEZ.--_La sombra del convento_ (novela).
V--ERNESTO MARIO BARREDA.--_Las rosas del mantón_ (Andanzas y emociones por tierras de España).
VI--CARLOS MUZZIO SÁENZ-PEÑA.--Versión castellana de _La cosecha de la fruta_ de Rabindranath Tagore.
VII--ARTURO CAPDEVILA.--_El libro de la noche._
VIII--RICARDO JAIMES FREYRE.--_Los sueños son vida._
IX--LUISA ISRAEL DE PORTELA.--_Vidas tristes._
X--PEDRO MIGUEL OBLIGADO.--_Gris._
XI--MARIO BRAVO.--_Canciones y Poemas._
XII--JUAN CARLOS DÁVALOS.--_Salta._
PRÓXIMAMENTE:
XIII--ALFONSINA STORNI.--_El dulce daño._
XIV--ALVARO MELIÁN LAFINUR.--_Literatura contemporánea._
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JUAN CARLOS DÁVALOS
SALTA
Prólogo de MANUEL GÁLVEZ
[Decoración]
"BUENOS AIRES" SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA AVENIDA DE MAYO 791 1918
A MANUEL GÁLVEZ.
_El defecto capital de este libro es su personalismo._
_Su mejor cualidad es la espontaneidad._
_Esto proviene de que los artículos que lo componen fueron escritos en diferentes épocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propósito de hacer un libro._
_Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es Salta; y de lo que puede ocurrírsele en Salta a un hombre que observa, aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un esfuerzo intelectual, no sé si estimable o necio._
_Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a prologar este libro, y hacérselo comprender al público del país._
_Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz._
_Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su afmo. y S. S._
JUAN CARLOS DÁVALOS.
PRÓLOGO
Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida argentina de hace un siglo.
Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases sociales que atestaban el rancho.
Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más completa y bella imagen del pasado argentino.
En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y original.
Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo.
Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje, original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas, sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones; retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del arrabal, de la montaña y de la selva.
Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo y aptitud para describir.
El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar corregir el mundo.
Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas. Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz, en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.
La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".
Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La decadencia de los opas_, título del más fino humorismo y que constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en _El baile de villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos muchachos...".
Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento; y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor.
Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas".
Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos, macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que desciende de la montaña haciendo sonar el erque.
Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra argentina.
He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo, para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte, sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud espiritual.
Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad. Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido, sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se leía.
Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los gauchos, de los indios y de los perros.
Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto, muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido, brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente".
Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole. Dávalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la literatura francesa contemporánea.
Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcaísmo. La prosa de Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.
Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista. Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.
MANUEL GALVEZ
FOOTNOTE:
[1] Algunos de los personajes de los cuentos a que me vengo refiriendo, son amigos de Dávalos. El autor los hace morir en forma trágica y horrorizante.
I
LA CIUDAD
LOS BURRITOS LEÑATEROS
Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos, la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos bajo el infinito azul, en las praderas apacibles.
Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril, pasan lentamente por la calle los burritos leñateros.
Son las nueve de la mañana.
En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña.
Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que les gusta es andar, curiosear, ver novedades.
El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a la vecina que espera la leña.
Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean.
Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.
Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía.
Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda, donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos, se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera, saturado de oliente y sabrosa grasa.
_Durmiendo los ojos_ beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de agua inmunda que mana de un albañal.
En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un congénere la sarnícula del apolillado pescuezo.
Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan cómodo!
El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.
El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más simpática de la calle salteña.
¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro rebuzno.
El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.
UNA PROCLAMACION
Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.
Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos del candidato.
Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato. Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto gringo que habló en el teatro, y que se fué.
Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.
¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del elector.
* * * * *
Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.
Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia la tanda de los discursos.
La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales doscientos por lo menos están beodos.
El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción, caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.
Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que su instinto presiente como signos de excelencia.
Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y exclama en alta voz:--¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...
Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado, vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe de grasa y de sudor.
En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.
El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.
Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente, vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.
Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido, y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar de hallarse afiliados.
Y exclama con gran énfasis oratorio:
"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el _cuarto oscuro_? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin vergüenza?"
Una voz aguardentosa replica a gritos:
--¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza! ¿Sabe?...
Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos dicen siempre la verdad.
Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.
Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.
Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.
Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.
EL REÑIDERO
En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo común ricos doctores y acomodados artesanos.
Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la camisa.
El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite el acceso a cualquiera de ellas.
La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de ladrillos.