Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E
Chapter 9
Entonces uno de los Padres Misioneros echó de ver que aquel no era mal que se había de curar sino con el remedio de algún extraordinario auxilio de la Divina Misericordia. Por esto empezó á llorar amargamente por aquel ciego miserable, y tantas súplicas hizo á la beatísima Trinidad, y á la Reina del cielo y á las santas almas del purgatorio, que se le cumplió su deseo con modo bien singular, porque mientras él festejaba sus brutales deshonestidades, estando el cielo serenísimo, sin la menor señal de tempestad, estalló un terrible trueno en medio del aire, y tras él se despidió un rayo que vino á dar á sus piés; y el indio, ó por furia del rayo ó por el miedo que tenía, cayó en tierra como muerto. De aquí vuelto en sí, después de gran rato y abriendo los oídos á aquel llamamiento de Dios, lleno de susto y pavor de que no le sucediese cosa peor, se dió á llorar amargamente su pecado; tomó en las manos el rosario que traía al cuello, empezó á pedir piedad y misericordia á Dios prometiendo ser totalmente otro en adelante, constante y leal en su servicio, y al punto puso en ejecución su propósito, retirándose al pueblo de San Francisco Xavier, porque no tuvo ánimo de volver á San Joseph y porque la vista de su amiga no le despertase el apetito. Dios se la quitó de delante con una enfermedad, en que arrepentida de sus culpas y deshaciéndose en lágrimas de contricción y arrepentimiento, sin permitir que jamás entrase su galán en su Rancho, pasó con grande esperanza de su salvación á la otra vida; con que ella difunta, volvió él á su Reducción, donde comenzó nuevas obras y entabló nueva vida, que prosiguió con tanto contento y gozo de su espíritu, que jamás en adelante volvió á los torpes y brutales gustos de la carne.
Pasemos ahora á referir otros, á quien Dios Nuestro Señor, con doblado é irremisible castigo, puso por ejemplo y terror de los demás, quitándoles la vida temporal y la comodidad de conseguir la eterna.
Tocó en primer lugar esta infeliz suerte á un mancebo, de nación Peta, que estaba de mala gana en el pueblo de San Juan Bautista, en quien, por más que la caridad de los nuestros y sus saludables amonestaciones y consejos procuraron ablandar la dureza de su corazón, no aprovecharon nada para que se quedase allí; antes, por no ser detenido, se huyó secretamente cuando el pueblo asistía en la iglesia á los divinos oficios. Mas no tardó mucho en venir sobre él la divina justicia que le esperaba en un desierto solo, sin que hubiese á quien volver los ojos; allí, pues, se le hinchó disformemente una rodilla y se le empezó á podrir, criando materia y gusanos y echando una hediondez intolerable, con que rabiando de dolor murió sin tener quien le diese aun la sepultura de las bestias, ya que había ido como una de ellas; y claramente conocieron todos que esto le había sucedido en pena á su obstinación, porque por más á prisa que fueron algunos neófitos á socorrerle, no llegaron á tiempo y sirvió su desgraciada muerte para que ninguno en adelante sacase el pie de la Reducción sin haber ajustado antes con Dios las partidas de su conciencia y pedido la bendición á la Santísima Virgen.
Aún peor le sucedió á un hechicero, gran ministro del demonio, en el pueblo de San Francisco Xavier, pues los mismos cristianos le mataron á palos porque con sus mentiras y patrañas no dejaba de molestar al sencillo pueblo, y desacreditar y vituperar la santa é inocente vida de los Misioneros; ni le valió la autoridad de los Padres, que le sufrían con paciencia y le habían librado dos veces de la furia del pueblo, porque mientras un día, montado en cólera, vendía por misterios las fantasías y por verdades los sueños de su mala cabeza á ciertos nuevos cristianos, y desfogaba su cólera contra los Padres con palabras injuriosas y de escarnio, decía cosas tan indignas, que á un cacique principal, cristiano de muchos años, no le pareció que se podían ya sufrir; por lo cual, poniéndose delante de él, le quitó la gana de predicar más y de vivir, quebrándole los dientes en la boca y los sesos en la cabeza con un palo.
Acabaré esta funesta narración con un espantoso suceso que por mucho tiempo quedó en la memoria para terror y ejemplo de toda aquella nueva cristiandad.
Felipe Motoré, Tabica de nación, vencido en las contínuas sugestiones del demonio y de la carne, volvió públicamente en casa de una amiga dejando á su mujer, sin reparar ni hacer escrúpulo de tenerla públicamente como si fuese su propia mujer.
Desagradó esto indeciblemente á todos, singularmente á los Padres, que veían con tal ejemplo abierta la puerta para que otros hiciesen lo mismo, y que por más que hubiesen trabajado y sudado en desarraigar tal abuso y establecer el nudo indisoluble del matrimonio, se destruiría en breve; y como sucede entre bárbaros que el pueblo indómito se va en pos de quien tiene entre ellos alguna soberanía y preeminencia, le seguirían todos.
Pero Dios Nuestro Señor tomó por su cuenta el remediar este escándalo, y no tardó mucho en darle su merecido, quitándole de allí á poco la vida y arrojándole al abismo, reparando juntamente los daños que pudiera haber causado y causaría en adelante.
Mientras que alegre y contento saltaba de placer y hacía fiesta por este su perniciosísimo escándalo, le empezó á correr por las venas un humor pestilente y se le encendió una fiebre ardientísima, que en pocos días le condujo á las puertas de la muerte.
Acudieron los nuestros á visitarle, persuadidos á que también á éste como á otros la tribulación le habría abierto los ojos para arrepentirse de su pecado; pero sorprendido de un accidente y sintiendo que se le acababa la vida, llamó á sus parientes y amigos y les dijo:
«Verdaderamente, hermanos míos, que soy desgraciado é infeliz, pues por mis delitos pasados estoy condenado á arder para siempre en las penas eternas del infierno. Mirad á los demonios que vienen á llevarme arrastrando, para que sea su compañero en las penas, como lo fuí en los pecados. El no haber dado crédito á los sabios consejos de los Misioneros y el admitir de nuevo públicamente la amiga, son la causa de esta mi sempiterna desventura, oid vosotros de buena gana la santa doctrina y poned en ejecución cuanto en bien de vuestras almas se os enseña, para que no vengais conmigo á llorar inconsolablemente en el infierno aquellas culpas y yerros que para borrarlos no me será bastante una eternidad de suplicios.»
Afligidísimos quedaron los circunstantes; y aquellos á quienes la deshonestidad y la disolución les decían en el corazón que eran dignos de semejante fin, se helaron de pavor y susto. Otros creyeron que con la enfermedad maligna que tenía había delirado de aquella suerte, y por esto le llevaron á la iglesia, en donde, celebradas las exequias, le enterraron. Pero Dios Nuestro Señor dió bien presto á conocer que aquellas palabras no habían sido delirios de una cabeza desvanecida, sino una sincera confesión de la justa venganza del cielo. Porque á pocos días vieron salir de la iglesia en grandes nublados un humo negro y denso, que parecía se abrasaba toda ella. Acudió luego toda la gente á apagar aquel que creían incendio; y registrando de dónde salía aquel humo, vieron que le arrojaba la tierra que estaba sobre el cuerpo de aquel desdichado; por lo cual echaron sobre él agua en grande abundancia, pero ¿qué sucedería? Comenzó á bullir la tierra y á levantarse, arrojando fuera una espesa y espantosa niebla que parecía se abrasaba todo el lugar y que allí estaba escondido y oculto un gran volcán de llamas.
Por tanto, abierta la sepultura, se halló el cuerpo sin la menor corrupción, como si aquella tierra bendita rehusase mezclarse con aquellos miembros, cuya alma era un tizón del infierno; pero exhalaba el cuerpo un espantoso y hediondo humo, con que se veía bien claro que era cosa más que natural. Por lo cual, sacado fuera el cadáver le arrojaron en una laguna, la cual también comenzó luego á moverse y bullir, como si allí se abrasase algún hierro ardiendo.
Aterróse no poco el pueblo con tan funestos accidentes, y por mucho tiempo no se habló sino del infeliz Felipe Motoré, ni les fué necesario á los Padres cansarse mucho en predicar la honestidad y perseverancia en los matrimonios.
Curiosos después los indios de saber á dónde había ido á parar el cuerpo, le buscaron dentro del agua; pero por más que registraron toda la laguna, nunca jamás le pudieron encontrar, dando con esto motivo para conjeturar prudentemente que fué sepultado en los abismos para hacer compañía en las penas al alma, ya que la había incitado y hecho participante de las brutales torpezas de la carne.
Pasemos ya de materia tan funesta y describamos por último una visión que tuvo un neófito, por la cual mejoraron increíblemente las cosas de esta cristiandad y fué más gustosa que todo cuanto he dicho hasta ahora. Para lo cual me será preciso interrumpir á ratos brevemente la narración para inteligencia de las cosas que en ella se insinúan, y la referiré por extenso, como puntualmente la escribieron á su Provincial los PP. Lucas Caballero y Felipe Suárez.
Un cristiano llamado Lucas Xarupá, asaltado de una fiebre maligna, le redujo en pocos días á los últimos períodos de la vida; á este tiempo le sobrevino un fortísimo parasismo que le privó totalmente del uso de los sentidos, sino es ya que (como él afirmó) murió verdaderamente.
Salida el alma del cuerpo, le salieron al encuentro dos, con semblantes de hombre, que le convidaban á que fuese con ellos á otro país.
Paróse un poco temiendo no fuesen demonios; pero observando las facciones de sus rostros, la belleza de los vestidos y de las cruces que traían en las manos, y la afabilidad de sus palabras, creyó que era cosa del cielo; por lo cual, perdido el miedo, se fué tras ellos por una cuesta empinada, por la cual se montaba á unas altas cumbres; la senda era estrecha, difícil y sembrada toda de abrojos y espinas tejidas entre sí á manera de cruces; por lo cual era menester caminar con tiento paso á paso para no maltratarse; y hubiera desfallecido por la pena y dolor que sentía en pisar las espinas si sus guías no le hubiesen alentado y confortado con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de sí; llegó entre tanto á donde por la mano izquierda había un camino real, ancho y llano y bellísimo á la vista por su verdor, hermosamente esmaltado de todo género de flores. Quiso seguir este camino, mas sus conductores le advirtieron que mirase dónde iba á parar aquella hermosura, y vió que iba á rematar en ciertas profundidades y altísimos precipicios, de donde salían disonantísimos gritos y vocinglería, de suerte que se persuadió estaban celebrando allí sus paisanos algún solemne banquete; pero bien presto le sacó del engaño una cuadrilla de demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos del cuerpo; unos con cara de tigres, otros de dragones y cocodrilos y algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas, que no sufría el ánimo mirarlos; echaban todos por la boca y por las otras partes del cuerpo llamas de color negro y espantoso, y gritando y discurriendo de una parte á otra remedaban las danzas y bailes de los indios, hasta que agarrándose del pobre neófito, que estaba todo temblando creyendo que aquella fiesta era por él, hicieron gran fiesta gritando:
«El, él es, Xarupá nuestro amigo, que antiguamente era nuestro devoto y usaba de los hechizos maléficos que enseñamos á sus abuelos.»
A tales cortesías, se le recrecía el susto de que no le asiesen y echasen mano de él, para llevárselo al infierno. Pero los ángeles le aseguraron, de que no osarían moverse ni menearse contra él. Entonces saltó fuera de enmedio de aquella canalla un cruelísimo verdugo, arrastrando un condenado como á un vilísimo jumento, atadas las manos y los piés con cadenas de acero ardiendo; traía á la garganta un collar ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, á tener derecha la cabeza para su mayor confusión y vergüenza: daba en tierra á cada paso por la violencia con que el inhumano verdugo le tiraba; pero los demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían sobre su cuerpo y con otras cruelísimas befas, le obligaban á caminar. Daba entratanto el miserable horrendos gemidos y suspiros maldiciendo su desventura y lamentándose desesperadamente. Ardía todo en vivas llamas como también el demonio que le tiraba, el cual traía á la cintura, en señal del oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen; y vuelto á Lucas, con fiereza propia del infierno, le dijo:
«También tú alguna vez te entendías conmigo y eras de mi servicio, siento mucho que me hayas dejado, vinieras ahora á cortejarme si estos Padres no hubieran venido á tu Ranchería á predicar la ley de Cristo: no lo puedo sufrir; no hacen otra cosa, más que hablar mal de mí y de mis cosas. Pero no, no todos los paisanos han de ir al cielo; muchos aún duran en mal estado, y obstinados en sus costumbres gentílicas. Me atraviesa el corazón verme forzado á venir aquí, para que tú veas nuestras miserias, y de qué suerte es el galardón que damos á los que siguen nuestro partido, y tú vayas después á contarlo, porque en adelante perderemos el crédito, y los tuyos dejando los vicios y supersticiones abrazarán la nueva fe; y si tú á esta hora no hubieras tomado esta resolución, fueras ahora compañero de este que tengo aquí en mi poder. Mírale, mírale, ¿le conoces?»
Tenía tan demudado el semblante, feo y hecho un tizón de fuego, que mal le podía conocer; pero, finalmente, después de fijar muchas veces en él la vista, reconoció quién era. Este es (le dijeron los ángeles) Antonio Tapochí, que ni aun en la hora de su muerte se quiso arrepentir, y por más que los suyos le exhortaron á que mirase por su alma y se dispusiese á bien morir, nunca quiso darles oídos y echaba de sí con enojo y despecho á quien le animaba á que pidiese perdón á Dios y llorase y confesase sus culpas. Entonces el desgraciado Antonio, dando un profundo suspiro y volviéndose á Lucas, le habló de esta manera.
«¡Ay, desdichado de mí, que no quise creer á los Padres! ¡Qué penas, qué dolores, qué grandes é insufribles tormentos padezco por haber ofendido á Dios, sin hacer caso de su doctrina y de sus ministros que la predicaban! ¿Estos suplicios no han de tener jamás fin? ¡He de padecer y llorar eternamente, sin esperanza de alivio! ¡Felices mil veces vosotros que podéis esperar la eterna bienaventuranza, y libraros de este infinito piélago de amarguras y de las manos de los verdugos, peores que las mismas penas!»
Esto que ves del desventurado fin de este desdichado (le dijeron los ángeles) refiérelo á tus paisanos, y diles que también está en el infierno el cacique Miguel Matoquí (era éste de nación Piñoca y de los primeros que sujetaron la cerviz al yugo de Cristo; pero enfadado de vivir con las reglas y leyes del cristiano, se huyó entre los gentiles, llevando consigo sus hijos y su mujer; la cual, no pudiendo hacer por entonces otra cosa, le siguió, volvióle de nuevo á San Francisco Xavier el P. Caballero, pero siempre perseveró él en sus primeros pensamientos, y en el corazón era gentil, aunque en la apariencia se mostraba hombre cristiano.) En la última enfermedad recibió los Santos Sacramentos por no dar qué decir; pero en la agonía mostró que, así como había vivido como bestia, también como tal quería morir; también se condenó el malvado hechicero Poó, el cual está en lo más profundo del infierno, atormentado horriblemente por dos demonios, que fueron sus inseparables compañeros mientras vivió, y por instigación suya pretendió desacreditar la buena fama de los Padres y vituperar la santa ley de Dios, incitando á los más neófitos que podía á apostatar y volver á sus antiguos vicios.
Da también noticia á los tuyos (prosiguieron los ángeles) de aquéllos que se han salvado y gozan ahora de la eterna bienaventuranza en el Paraíso. Salvóse Andrés Zurubi, que después de tres días de Purgatorio voló al cielo (vivió este neófito una vida ejemplarísima; en las privadas disciplinas de los viernes y en las públicas, que en ciertos días del año en las principales solemnidades se hacen por las calles, era el primero en la frecuencia de los Sacramentos, en las oraciones, en la iglesia y al pie de las cruces contínuo; lloraba tan amargamente sus pecados, que no pocas veces sacaba lágrimas á los ojos de los misioneros; llevó la última enfermedad con grandísima paciencia, mostrando en ella grandes y encendidos deseos de morir para ver á Cristo Nuestro Señor, sabiendo el buen trueque que muriendo hacía cambiando esta breve y miserable vida por la eterna y bienaventurada. Estando á los últimos, le envió un Padre la imagen de San Francisco Xavier para que le pidiese la salud; pero él, en lugar de pedirle la vida, le suplicó que si aún no se le había llegado su hora, le alcanzase luego de Dios se le llegase; y en efecto, fué al punto oído, porque mientras explicaba al glorioso apóstol sus deseos, plácidamente espiró; y preguntando al niño que le había llevado la santa imagen cómo estaba el enfermo, respondió llorando que ya había muerto; y con un modillo, á manera de quien estaba enojado, añadió: «¿Y cómo no había de morir, si pidió él ir á ver á Jesucristo y Su Madre Santísima?»
Vive también (le añadieron sus guías) en la celestial Jerusalén con nosotros Agustín Zurubi y su buena mujer, por medio de los grandes y ardientes deseos que tuvo siempre de ver á Dios (era el Agustín cristiano de buen corazón, devoto, humilde, obediente y de conciencia delicada; asaltado de la última enfermedad, gastaba el tiempo solemnemente en rezar el rosario, y en tiernos coloquios con Dios y con la Reina del cielo; y en la hora de su muerte vió algunos espíritus bienaventurados que le convidaban al Paraíso, de lo cual dió aviso él á un compañero suyo, y con los nombres de Jesús y María en la boca entregó el alma á su criador. La mujer, desde que recibió el santo bautismo, vivió como un ángel, y el confesor no hallaba en ella materia de qué absolverla).
Exhorta á sus paisanos (prosiguieron los ángeles) que tengan gran respeto y reverencia á los Misioneros, ministros de Dios, y á que, depuestas y olvidadas las discordias y rencores, se amen como buenos cristianos.
Explica al pueblo la terribilidad de los suplicios eternos, porque no pocos perseveran todavía, obstinados en sus vicios, y se hacen sordos á los avisos de los Padres y al llamamiento de Dios.
Dí que se mude cuanto antes la Reducción á paraje más vecino y cercano á los infieles, porque Jesucristo, por la desobediencia de los tuyos ha enviado aquí la peste y nunca cesará hasta que os rindais de buena gana á su voluntad, pues es cosa fuera de razón que los obreros Evangélicos pierdan el tiempo en cultivar pocas almas, mientras se pierden tantos millares por falta de quien les enseñe el camino de salvación.
Dí á los cristianos que fueron á anunciar el Nombre de Dios á los infieles, que su misión agradó mucho á Jesucristo, y que por los trabajos é incomodidades que en ella sufrieron, les tiene prevenido en el cielo un premio incomparable; que no teman nada las saetas, las macanas y la muerte á manos de los gentiles, porque recibirán de Dios gloria y galardón correspondiente; y para que se te dé crédito y fe, verás ahora alguna cosa de la eterna bienaventuranza.
Entonces, en un momento, desapareció el condenado y aquella terribilísima representación del infierno, y luego le pusieron los ángeles á las puertas de la Celestial Jerusalén, de tal riqueza y hermosura, cual las pinta el apóstol San Juan en su Apocalypsi.
Apenas había metido dentro el pie, cuando le salieron al encuentro dos bellísimos jóvenes, trayendo en las manos cruces resplandecientes, los cuales le introdujeron en un ameno jardín, donde por la fragancia de las flores, que no se puede comparar con ninguna de acá, y con la belleza de lo que veía, estaba como en extásis admirado; y siendóle presentada una fruta semejante á la granada, con sólo llegarla á sus labios, se le inundó el corazón de tanto gozo y consuelo, que creía que en él estaba lo mejor y aun el todo del don de los ciudadanos del cielo; pero le fué dicho al oído, que estaba muy lejos el piélago de la bienaventuranza, en que engolfándose los Bienaventurados, se hallan plenamente hartos, satisfechos y contentos; y que lo que tenía delante, no era otra cosa más que un asomo, una muestra de lo que quedaba que gozar, bueno y sólo para hacer bienaventurados los sentidos, y la inferior porción del hombre, incapaz de los deleites que trae consigo al entendimiento el conocimiento y la vista clara de la divina esencia.
No acababa el buen Lucas de echar los ojos por todas partes, donde veía nuevas delicias y bellezas; y hubiera querido detenerse algún tanto aquí ó pasar adelante, pero le atajó sus designios y embarazó su gusto un escuadrón de espirítus bienaventurados; y el más autorizado entre ellos que en el aire del semblante, en la majestad de sus pasos y en la cruz resplandeciente que traía, creyó era príncipe de la milicia celestial; el cual, volviéndose á mirar á Lucas, le dijo con palabras algo severas:
¿Y tú? ¿Cómo estás aquí? ¿Te has confesado? Respondió que sí, á que añadió: ¿Y estos tres pecados? y nombróselos.
Enmudeció el pobre, porque decía era verdad, que no había hecho caso de ellos en la confesión, por ignorancia suya.
Entonces le dijo el ángel: Estos afean mucho tu alma, y la impiden el venir á gozar cara á cara de la vista de Dios. Dí á la gente, que no hay otro modo de venir al cielo, sino manifestando sinceramente las culpas en la confesión, como os lo dicen los Padres; las cuales palabras pronunció con tanta fuerza y eficacia, que como un gran trueno le hicieron temblar todo.
Con esto dió la vuelta con sus compañeros y hubiera querido el neófito detenerlos para ver más de cerca las cosas tan grandes que había oído decir de Dios y de su gloria, y ver aquel inefable prodigio de cómo las almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven á Dios en sí mismo; pero aquel príncipe le hizo entender que ninguno que está feo con la culpa podía mirarse como en un espejo en Dios, ni hacer de sí mismo espejo en que se mire Dios; antes que saliese de allí y volviese acá para borrar con la penitencia y confesión aquellas culpas.
Despidióse, pues, el pobre hombre de aquel dichosísimo lugar, mas cuando empezaba á entrar por el primer camino, vió que le salía al encuentro la Reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y atónito de la majestad de su semblante; y saludándole su Majestad á él en su lengua, con aire de enojada le preguntó qué llevaba colgado al cuello. Este rosario no es tuyo, sino de mi hijo (y nombró al mancebo á quien Lucas se lo había quitado por fuerza), el cual, en premio de haber acertado con la saeta al blanco, quiso más mi rosario que otras cosas que se le ofrecían; vuelvéselo cuanto antes, porque con esta tu violencia le causaste gran pesar; y al decir esto desapareció, y sus conductores ó guías le volvieron al mundo, y encontrando á cada paso tropas de espíritus infernales que andaban discurriendo y ahullando á manera de lebreles que andan en busca de las fieras, se llenó todo de espanto y horror.
Llegado junto á su cuerpo, que poco antes había dejado, no le pareció más que una disforme masa de barro y se maravillaba consigo mismo y no acababa de creer que aquél era en quien poco antes ejercitaba todas las operaciones y facultades naturales, y no cesaba de lamentarse y quejarse con sus compañeros, sino que éstos, sonriéndose, le dijeron:
Aquí conocerás qué cosa eres tú, cargado de esta vil y hendionda materia.