Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E

Chapter 8

Chapter 84,014 wordsPublic domain

A poco tiempo fueron algunos neófitos (como adelante diremos) á buscar infieles para reducirlos al conocimiento de Dios, y encontrándose de improviso con una Ranchería, los paisanos dieron sobre ellos con sus macanas y flechas; pero los cristianos, aunque muy animosos y bien pertrechados de armas con que fácilmente se hubieran podido defender, no obstante, por no hacerles mal alguno, se dejaron quitar las vidas.

Otros, habiendo salido á otra empresa semejante, ni aun quisieron llevar armas consigo, y entrando en una tierra enarbolaron en ella la imagen de Nuestra Señora, exhortando á la gente la hiciese reverencia; pero la respuesta que tuvieron fué ver caer sobre sí una tempestad de saetas, de que muchos quedaron allí muertos. Supieron esto los Misioneros y lloraron de consuelo pareciéndoles un prodigio de la gracia en una nación tan soberbia y vengativa.

Y á la verdad, afecto tan tierno á las cosas de Dios, horror tan grande al pecado y á todo lo que huele á vicio, se debe atribuir á la santa vida que observan y á los contínuos ejercicios de piedad que todos, indiferentemente, sin distinción de sexo ni condición, practican.

Tres veces al día, al romper del alba, á medio día y á la noche, juntos los niños y las niñas cantan á coros distintos gran número de oraciones y decoran de memoria lo que el Misionero les ha explicado del Catecismo.

Todos los días de fiesta se junta el pueblo á oir algún punto de la doctrina cristiana ó sermón, después de haber cantado solemnemente la misa. Al levantarse y acostarse se encomiendan á Dios, á la Reina de los Ángeles y al Santo Ángel de la Guarda, con devotas oraciones que en bautizándose aprenden; de otras usan al entrar en la Iglesia y cuando el Sacerdote eleva la Sagrada Hostia ó el Cáliz. Antes de sentarse á comer echan en pie la bendición, y fuera de eso no comen ninguna vianda fuera de la mesa sin que primero la bendigan con la santa cruz. Cuando son admitidos á la participación de los divinos misterios, no es fácil de explicar con cuánta devoción y tiernos coloquios se llegan á comulgar y cuánto después procuran mantener su corazón puro y limpio de toda mancha de pecado.

Pudiera traer muchos ejemplos en confirmación de esto, pero por no causar fastidio á los lectores, me contentaré con referir uno sólo. Deseaban ciertos mozos recibir el Pan de los Ángeles; mas el Padre les dió á entender que no se lo concedería jamás si primero no corregían y enmendaban cierta libertad que tenía algún resabio de gentilismo; ellos, sin otra diligencia, obedecieron luego; y aunque les costaba no poco, se enmendaron totalmente de la dicha costumbre. Preguntóles después si habían vuelto á recaer y admirándose mucho, respondieron que cómo era posible ofender á su Señor después de haberle dado acogida en su corazón.

Pero cuando estas Reducciones parecen un paraíso (dice un sujeto que las ha visto), es por la noche, cuando todos cantan las cosas de nuestra Santa fe, puestas en cierto modo de música muy llano, lo cual hacen los niños y niñas en las calles públicas al pie de las cruces, y los hombres en sus casas y en lugar separado de las mujeres; después rezan el rosario y concluyen esta devota función con cánticos en alabanza de Cristo Señor Nuestro, y de su Santísima Madre Nuestra Señora la Virgen María, á quien profesan afecto tiernísimo, no llamándola con otro título que de Madre; todos los sábados y las vísperas de las festividades consagradas á su nombre, cantan la misa á son de instrumentos músicos, cuales se usan entre ellos, y jamás van á trabajar al campo ó vuelven de su labor sin que primero entren en la iglesia á hacer oración delante de su imagen.

Lo mejor de sus pobres haberes emplean en servicio de esta Señora, y quieren antes ser pobres que faltar un punto en su culto; y una vez que un Padre quería que vendiesen la cera de las abejas llamadas _Opemús_, que es blanquísima, y la mejor, le respondieron resueltamente: «No quiera Dios que se expenda en provecho nuestro lo que hemos ofrecido á su Madre Santísima, pues si nosotros nos privamos de esta cera por amor suyo, á ella le tocará socorrer nuestra pobreza.»

Finalmente, para última prueba de la devoción de estos nuevos cristianos, daré noticia de ciertas precesiones públicas suyas, las cuales, si á algunos parecieren menudencias de que no se debe hacer caso, digo que en otros pudiera parecer así pero no en gente para quien fué necesario un oráculo del Vaticano para creer que eran capaces de la ley de Dios: «Pues los primeros descubridores de las Indias juzgaron falsa y temerariamente que no eran racionales sino brutos, incapaces de razón; y fundados en este error los españoles de la isla de Santo Domingo y las demás, teniéndolos por animales, los cargaban tres y cuatro arrobas acuestas, los sacaban y llevaban muchas leguas y esta opinión se entendió después con harto daño de los naturales, de suerte que en Nueva España, juzgándoles imprudentemente por bestias con forma humana, los trataban como si lo fueran, negando, por el consiguiente, ser capaces de la Bienaventuranza y de los Santos Sacramentos, y llegó á tanto esto, que obligó á D. Fr. Juan Garcés, primer Obispo de Haxcala, Dominico, año 1636[V.] á escribir una carta llena de piedad y erudición, informando la verdad al Sumo Pontífice Paulo III, quien con Breve y Bula especial, definió y declaró á los indios por hombres racionales y capaces de la fe católica, como todas las demás naciones de la Europa y de todo el mundo: _Indos ipsos utpoté veros homines, non solúm christianæ, fidei capaces existere decernimus et declaramus, etcétera_.[VI.] Siendo, pues, tales los indios, que ha habido quien los haga irracionales, aun á los menos bárbaros, y siendo estos Chiquitos unos de los de la clase de los más bárbaros (_P. Acosta in Prooem. ad lib. de Procur. Indor, salute_, según lo que enseña el P. Joseph Acosta, D. Juan Solorzano, _Lib. de Politic. Indian._ capítulo 9, pág. 41, y el ilustrísimo señor Obispo de Quito D. Alonso de la Peña Montenegro, libro 2 del _Itinerario in Prologo_, página 141 y otros muchos autores) nadie tendrá por cosa de menos monta estas señales exteriores de devoción que ya refiero.»

La noche, pues, del Jueves Santo, después de haber oído un fervorosísimo sermón de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, se visten un hábito acomodado á la tristeza de aquel santo tiempo; y para imitar al Redentor penando, llevan algunos á cuestas cruces muy pesadas; otros se ciñen de agudas espinas la cabeza; quién atadas atrás la manos, va arrastrado por tierra; quién derecho con los brazos extendidos en forma de cruz, los más se azotan ásperamente con terribles disciplinas; cierra la procesión una tropa de niños que de dos en dos llevan los instrumentos de la Pasión del Señor.

Después, al pie de un devoto Crucifijo puesto delante del santo sepulcro, todos por su orden, con lágrimas de tiernísimos sentimientos en los ojos, le ofrecen los frutos de sus sementeras, «llenándose entre tanto (dice un Misionero) de consuelo nuestros corazones al ver postradas estas almas delante del Divino Cordero que las rescató con su sangre; las cuales poco antes andaban como fieras descarriadas y perdidas por las selvas.»

La otra procesión hacen el día del _Corpus_, á la cual convidan las naciones confinantes de los gentiles; componen, pues, las calles lo más ricamente que á su pobreza es posible, y en lugar de tapices recamados de oro ó de colgaduras de damasco, adornan con ingenioso artificio las fachadas de las casas de ramos de palma, hermosamente enlazados unos con otros; á las cabeceras de las calles levantan arcos triunfales que visten de cuanto hermoso y florido hay en sus huertas y bosques; lo mejor de los aderezos y bordaduras labradas hermosa y delicadísimamente de plumas, lo pone cada uno delante de su casa; y á fin de que todas las criaturas, aun irracionales, rindan homenaje y tributo de reverencia al común Señor de todas, salen días antes á caza de pájaros y de fieras, aunque sean tigres y leones, y bien atados los ponen en el camino por donde ha de pasar el Santísimo Sacramento, y juntamente arrojan por el suelo el maíz y las demás semillas de que han de hacer sus sementeras para que sea bendito de Dios y las haga multiplicar á la medida de su necesidad; pero lo mejor de esta devotísima fiesta es la tiernísima devoción y fervor con que acompañan aquel trabajo á gloria de su Criador.

Y no piense nadie que Dios Nuestro Señor se deja (á modo de decir) vencer de la piedad de estos sus nuevos fieles, antes bien parece, por decirlo así, que ha andado con ellos á competencia, de suerte que, cuanto ellos más se emplean en su servicio, tanto más les retorna y recompensa con beneficios, porque como por experiencia sabemos, suele ser sobremanera amoroso y benéfico en la primera formación de aquellos, que escoge para cimientos de alguna nueva Iglesia entre infieles y usa más largamente en provecho suyo de sus bendiciones, no sólo en las necesidades espirituales, sino también en las corporales.

Perdíanse una vez los sembrados por falta de agua, y apenas la pidieron los neófitos, cuando rompió en abundantísimas lluvias.

Hacía gran estrago en la gente del pueblo de San Rafael una pestilencia; corrió luego el pueblo á la iglesia á pedir á Dios misericordia, y al punto cesó el contagio, de suerte que ninguno de los tocados de él murió en adelante, ni de los sanos enfermó alguno.

Había también aquí gran carestía de víveres, por cuya causa algunas buenas mujeres representaron á Dios su necesidad, diciéndole la una: «Señor y Dios Nuestro Jesucristo, dadnos qué comer, porque si no nos morimos.» Y otra: «Señor ¿queréis que me muera? Mirad que me estoy cayendo de hambre», y aquel año fueron abundantísimas las cosechas.

Habían de ir al monte los cristianos del pueblo de San Juan Bautista á hacer provisión de carne, pero por no haberse concluído la fábrica de la iglesia se quedaron trabajando por acabarla de fabricar con toda perfección, fiándose de Dios que los proveería como de hecho sucedió, porque de allí á poco salieron del bosque muchos jabalíes en tropas; y para que claramente se conociese que era cosa de Dios, se pararon junto á la Reducción, para que la gente pudiese á su salvo matar los que eran suficientes para socorrer á su necesidad.

Pero sería nunca acabar si quisiésemos referir una por una las finezas que Dios Nuestro Señor ha usado con ellos. Sea solamente última prueba de ellas que estiman más estos neófitos un rosario que cualquiera otra cosa, por hermosa y preciosa que sea, y con razón, porque le sirve de un seguro reparo y escudo en las desgracias y peligros que encuentran en sus caminos; y los nombres santísimos de Jesús y de María, los han librado muchas veces de evidentes riesgos de ser hechos pedazos de las fieras. Referiré un solo caso, digno entre los otros de particular memoria.

Andaba á caza por un bosque cierto cristiano llamado Diego, digno de ser nombrado por la santa vida que observaba, cuando de improviso vió venir hacia sí una tigre que andaba también por allí á caza, y no se podía escapar el indio sin que ella le despedazase; antes le acometió con tan gran furia para despedazarlo, que no le dió lugar más que á invocar los poderosos nombres de Jesús y de María, á cuya invocación la fiera, que ya le tenía entre sus garras, le soltó y se volvió hacia atrás sin hacerle otro daño que unos rasguños bien ligeros en la cara y en los brazos para memoria del milagro y del beneficio de haber recibido segunda vez la vida de mano de la Santísima Virgen; porque habiendo enfermado poco antes y no podido sanar por más medicinas que, según la posibilidad, se le habían aplicado, sólo se afligía por no poder ayudar á la fábrica de la Iglesia; volvióse, por tanto, á la Madre de misericordia, pidiéndola con instancia la salud, y al día siguiente, libre de toda enfermedad, se fué á trabajar á la obra, predicando con las palabras y mucho más con el ejemplo, la devoción con la reina del cielo.

Esta merced fué en provecho de uno solo; pero otra fué hecha á un pueblo entero en señal de agradecimiento. Retirábanse una noche, acabado de rezar el rosario, á sus casas, cuando de repente descendió del cielo un globo de luz que esparció por el contorno sus rayos y llenó á un mismo tiempo sus corazones de júbilo y reverencia; y que esto fuese cosa más que natural lo demostraron los efectos causados en aquella santa cristiandad.

Verdad es que, como siempre sucede, entre tantos buenos no faltaban algunos malos y perversos que hacían más aprecio del cuerpo que del alma; pero Dios Nuestro Señor usó con ellos del poder de su brazo omnipotente, ya ablandando durísimos pecadores con modos extraordinarios y singulares, ya castigando tal vez con los azotes de su justicia á los obstinados que á buenas no se rendían, haciendo con eso que otros que lo veían abrazasen la ley de Dios.

Referiré aquí algunos pocos sucesos de estos más dignos de memoria. Y sea el primero un cierto indio llamado Santiago Quiara, el cual, llevando mal el apartamiento de una concubina suya que había dejado en el bautismo, volvió á admitirla en su casa. Pero luego le fué Dios á la mano con una enfermedad que, privándole de la luz del cuerpo, desterró de su alma las tinieblas del pecado. Hiciéronsele, pues, dos nubes en los ojos que creciendo poco á poco le privaron totalmente del uso de ellos; y por más que la caridad de los Padres se fatigó en aplicarle remedio, no pudo aprovecharle de nada. Con esto entró dentro de sí el doliente, y adivinando que la causa de esta desventura no era otra cosa que sus pecados, se volvió con mejor consejo al médico divino, suplicándole vivamente le diese remedio, no tanto á él, que no lo merecía, cuanto á su familia, que alrededor de él lloraba sin tener un bocado de pan que llevar á la boca. Estando una noche en su casa examinando sus pecados y pensando en las miserias de su vida, prorrumpió en esta fervorosísima súplica á Cristo, Señor Nuestro, y á su beatísima Madre.

«Oh, Jesús mío, tened misericordia de mí (así puntualmente lo refirió él á todo el pueblo, á quien por orden de los Padres manifestó su milagrosa curación). Oh, Jesús mío: aunque no lo merezco, perdonadme mis pecados, y restituidme el uso de mis ojos; reconozco, Señor, y confieso que este trabajo es justísimo castigo de mis culpas; pésame en el alma de haberlas cometido, y propongo de nunca jamás volver á caer en ellas. Virgen María Madre de Dios y mía, aplacad la indignación de vuestro Santísimo Hijo y alcanzad á mi alma el perdón de mis pecados y á mi cuerpo la vista perdida. ¡Oh, Dios y Padre mío! movéos á misericordia y pues podéis tan fácilmente, concededme la gracia que os pido, que yo prometo de jamás ofenderos en adelante, y de observar perfectamente, con la diligencia que me fuere posible, vuestra ley santa.»

Mientras así estaba llorando delante de Dios, oyó una voz, como de quien estaba enojado, que hablaba con él y le decía:

«Por tu amancebamiento y por las confesiones mal hechas, te ha sobrevenido esta desgracia.»

Al oir estas palabras, que le penetraron hasta el alma, salió como fuera de sí, y en aquel punto se vió cercado de una luz tan bella, que la del sol, en su comparación, era muy tenue y despedía una fragancia tan suave é incomparable con ninguna cosa odorífera de la tierra, que manifiestamente se conocía que era don del cielo; sus carnes se le pusieron tan delicadas como de un niño recién nacido, y se movía con tanta agilidad como si estuviera despojado de la pesada carga del cuerpo.

Respondió entonces el hombre, deshaciéndose en lágrimas de consuelo y juntamente de dolor:

«Confieso, Padre y Señor mío, mis pecados, que dejé mi legítima mujer y me volví á mi antigua amistad, de que fuertemente me pesa. Así es (oyó que le replicaban) confiésate y haz penitencia de tus culpas.»

Desapareció la visión; y vuelto en sus sentidos, se halló perfectamente sano.

Pero mirando la fealdad de su cuerpo y la vileza de este mundo comparada con lo que había visto y gozado, deseaba haberse verdaderamente muerto, y no sólo en apariencia, sino en realidad para continuar en el gozo de tanto bien, y se ponía las manos sobre los ojos, que bellos y claros había recobrado, para que no fijasen la vista en las miserias de acá abajo; y hasta hoy día, cuando se pone á pensar en este su éxtasis ú otro alguno se le trae á la memoria, no puede contener las lágrimas y sollozos.

Fué notable el fruto que causó este milagroso suceso; apenas quedó hombre de conciencia que no ajustase de nuevo todas las partidas con Dios con una confesión general; pero quien experimentó mayores los efectos fueron los dos pueblos de San Joseph y de San Francisco Xavier, que muchas veces le habían consolado y servido en aquella enfermedad.

La mudanza de vida que hizo este afortunadísimo neófito, fué la que se podía esperar de la gracia del Espíritu Santo, que le había tan abundantemente entrado en su corazón.

No fué menor el efecto (aunque sí diverso el modo) de convertir á un hechicero y gran familiar del demonio. Este, pues, sacado del monte donde vivía como bruto por el infatigable celo del P. Lucas Caballero, apenas había puesto el pie en la reducción de San Joseph, cuando cayó enfermo; é imaginando que aquellos dolores eran otros lamentos y súplicas de su alma, hambrienta de los placeres y deleites pasados, se condenó á sí mismo de demasiado ligero, y poco á poco se volvió á sus pensamientos antiguos, y en sus deseos se volvió infiel en su corazón, ó por mejor decir, bestia.

Una noche, pues, ardiendo más en tales deseos, que con la fiebre que interiormente le abrasaba, sintió que se acercaba una como multitud de gente que hacía gran estruendo y ruido, y era una cuadrilla de demonios que huía de la iglesia maldiciendo aquel santo lugar y á los neófitos que en él se estaban disciplinando, y llegándose á su choza le dijeron:

«Mira, mira cómo se azotan los indios; ¿no ves con cuánta razón te predicamos que no te dejes engañar de las patrañas de estos malvados? (decíanlo por los Padres); líbrate tú de esto volviéndote á tu bosque, porque sino descargaremos sobre tus espaldas los mismos azotes.»

El indio enfermo no vió á los demonios, sino sólo una sombra espantosa de donde salía tan perversa admonición. Pero erraron esta vez, como otras muchas veces, sus tiros los demonios porque en lugar de salir con sus intentos, perdieron la presa; llenóse el miserable todo de pavor, y miedo, porque el corazón le decía que esta era cosa del infierno, y no sabía cómo echarlos de sí; había oído decir que los dulcísimos nombres de Jesús y de María tenían poder contra esta canalla, pero no se ofrecían á la memoria, hasta que después de mucho trabajo se le ofrecieron y los pronunció: entonces los demonios, como si se viniese abajo toda la casa, huyeron con gran furia, y él, curado en el alma de sus liviandades, entró por el camino de la salvación, con más firmes propósitos y más seso que antes; y con tal mudanza y arrepentimiento de sus yerros, que estando aún con la fiebre se levantó de la cama y fué corriendo á echarse á los piés del P. Caballero, y con más lágrimas que palabras le pidió el santo bautismo.

Estos dos casos que he referido no fueron más que visiones, una de consuelo y otra de terror, para mejorar el alma á los dos á quienes se mostraron. Más caro les costó á los dos siguientes el obstinarse contra las saludables admoniciones de los Misioneros:

El primero, cristiano recién bautizado, enfadado de vivir como hombre y en la ley de Cristo, en el pueblo de San Rafael, se huyó entre los infieles, y como es tan violento el vivir sin ningún gusto, no gustando él ya más de Dios, le fué fácil al demonio inducirle á tomar otro deleite, y le ofreció al punto ocasión cómoda y oportuna en una mujer de mala vida, con quien había estado mal amistado en su gentilidad.

El Misionero de aquella Reducción, que con sus sudores había ganado aquella alma para Dios, envió al punto tras él á algunos fervorosos cristianos, que habiéndole alcanzado en una Ranchería de infieles, le reconvinieron con la promesa que había hecho á Dios en el bautismo y con la palabra que había dado á los Padres de quedarse en el pueblo de San Rafael. Él, disimulado, los recibió con una falsa alegría en el semblante y con palabras fingidas, que ya tenía premeditadas; y, ó porque esperase apartarlos de la fe y hacerles renegar ó porque pensó por entonces contemporizar con ellos, les quiso prevenir un expléndido banquete; para eso se fué á caza, y habiendo muerto un animal, mientras alegre y contento pensaba cómo llevar al cabo su designio, oyó hacer gran ruido detrás de sí, como de quien quería embestir á otro; helósele la sangre con el susto al miserable, y tenía razón, porque era una víbora de desmedida grandeza que venía á dar sobre él y matarle; vuelto en sí y cobrando aliento, levantó la macana y la detuvo con un golpe. Irritada de esto la víbora, procuró con más furia agarrarle por el pescuezo; retiróse él hacia atrás queriendo evadir el salto con otro golpe; mas por su desgracia se le cayó de la mano la macana y con ella aquel poco de ánimo que en tan peligroso lance le alentaba; pero como el amor de la vida es muy ingenioso en hallar trazas y valerse de todo para mantenerla, echando mano al arco y al carcax de las flechas que traía atados á la cintura, se reparaba lo mejor que podía de la furia de la bestia; sudaba mucho entretanto, daba altísimos gritos y pedía socorro, pero en vano, porque no había nadie que pudiese ayudarle; por lo cual desesperado de poder escapar con la vida de tan obstinada contienda, no teniendo más fuerzas para resistir, quería ya rendirse á discreción del enemigo, á no haber sucedido con gran ventura del miserable, que tirando la víbora á cogerle por la garganta, dió con la suya sobre la punta de una saeta y se hirió malamente, con que acobardada y cansada se paró algún tanto y dió tiempo al apóstata para salvarse huyendo; el cual, casi fuera de sí, llegó á la Ranchería, y referido el suceso, los infieles le interpretaron como les hacía más al caso; pero los cristianos, más advertidos, adivinaron sabiamente que esto le había sucedido, no tanto para peligro del cuerpo, cuanto para aviso del alma, según su necesidad; porque llamado y admitido de Dios á ser su hijo por el santo bautismo le había después feamente dejado, volviéndose á vivir entre gentiles.

Cuadró á todos la interpretación, pero singularmente al apóstata, á quien el remordimiento de la conciencia le decía lo mismo á su corazón con más eficacia; por lo cual, sin detenerse, fué con todos los infieles que allí había derechamente á San Rafael; éstos para alistarse en el número de los Cathecúmenos y aquél para enmendar y satisfacer con la penitencia su pecado, como lo hizo, viviendo de allí en adelante en temor de Dios y con honestidad ejemplar.

Más terrible aún fué el modo con que otro entró en juicio y cobró aprecio de las cosas de su alma: Habíase reducido á nuestra Santa fe en el pueblo de San Joseph un gentil, y en el bautismo había dejado una amiga, con quien antes había vivido en el cieno de muchas deshonestidades; pero duróle poco tiempo este buen propósito y este retiro y resistencia á los placeres y gustos de la carne, porque habiéndose encontrado con la amiga antigua, su vista le abrasó otra vez el corazón y le encendió los deseos primeros; después, para que ninguno le fuese á la mano en sus deshonestidades, tramó secretamente la fuga con otras tres mujeres de sus mismos intentos y se escondió en un bosque; de suerte que por mucho que otros indios de mejor conciencia los buscaron, por orden de los Padres, jamás le pudieron encontrar.