Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E

Chapter 27

Chapter 273,924 wordsPublic domain

QUE EL P. PROVINCIAL DE LA PROVINCIA

DEL

PARAGUAY

PRESENTÓ AL SEÑOR

MARQUÉS DE VALDELIRIOS

EN QUE LE SUPLICA

SUSPENDA LAS DISPOSICIONES DE GUERRA

CONTRA LOS INDIOS DE LAS MISIONES.

_Córdoba de Tucuman_

_1753._

PUBLÍCASE AHORA POR PRIMERA VEZ

1895

_Memorial que el P. Provincial de la provincia del Paraguay presentó al Señor Marqués de Valdelirios, en que le suplica suspenda las disposiciones de guerra contra los indios de las Misiones._

Señor Comisario Real, Marqués de Valdelirios:

Joseph de Barreda, de la Compañía de Jesús, Prepósito Provincial del Paraguay, parece ante V. S. para que en fuerza de su Real Comisión con que está entendiendo en los tratados de la línea divisoria de las dos Coronas de España y Portugal, se sirva de oir en justicia los clamores con que esta provincia desea manifestar la fidelísima lealtad con que hasta hora presente ha obedecido á ciegas y con pronto rendimiento las cédulas reales y todas las órdenes conducentes á la evacuación de los siete pueblos de Misiones que están entre el río Abiquy y las márgenes del río Uruguay para que, según el consabido tratado, se entreguen á los dominios de Portugal, y saliendo los indios que hoy los habitan á otros territorios pertenecientes á la Corona de España, trasladen á ellos sus bienes muebles y semovientes y fabricando nuevos pueblos é iglesias, labren tierras para mantenerse de sus frutos.

A este fin, ya le consta á V. S. que antes que llegase á Buenos Aires y á esta provincia, tenía actuadas todas las diligencias que me permitió el tiempo en cumplimiento de los eficaces preceptos que nuestro M. R. P. General, quien con igual empeño nos previno que si fuese posible tuviésemos evacuados los citados pueblos antes que llegase V. S. y por su mano recibiésemos las cédulas en que el Rey nuestro señor nos mandaba lo mismo; y con efecto, cuando las recibimos, ya se habían empezado á conquistar las voluntades de los indios con las eficaces persuasiones de los Padres Misioneros y del que yo había señalado en mi lugar mientras pasaba en persona á la ejecución de las Reales órdenes, y habiendo convenido en dejar sus pueblos, empezaron á salir de ellos algunos exploradores en busca de sitios y tierras competentes para su transmigración, lo que consta á V. S. y al P. Luis Altamirano por las cartas de las Misiones que en respuesta de las órdenes recibí en aquella ciudad, donde también me enviaron Mapa de algunas tierras algo menos proporcionadas, bien que todas son apartadas de los siete pueblos, que algunas no distaban menos que 200 leguas de ellos para la mudanza el cual Mapa mostré y entregué á V. S. en prueba de la pronta obediencia con que desde la primera noticia y orden del M. R. P. General se empezaron á actuar y se estaban actuando las diligencias más oportunas para el deseado intento.

Pero entre las graves dificultades que se ofrecían en tan arduo empeño, siempre hice presente á V. S. que la mayor y aún insuperable estaba en el limitado tiempo que se concedía para tan vasta transmigración, lo que, al juicio de los Padres más experimentados de aquellos países, era físicamente imposible en el estrecho espacio de seis meses, razón que movió y aún convenció al P. Comisario Luis Altamirano para pedir á V. S. concediese á lo menos tres años de término, lo que también representé al Rey nuestro señor, haciéndole demostración de que en menos tiempo era intentar un imposible y consiguientemente compeler á sus rendidos vasallos á que no ejecutasen según fuerzas naturales lo mismo que deseaban obedecer.

Mas no habiéndose determinado por V. S. tiempo fijo, sino sólo prevenido que fuese con toda brevedad y sí que con título de piedad se disimulase alguna culpable omisión, hubo de pasar el P. Comisario Luis de Altamirano en persona á dichas Misiones, y puesto en ellas comenzó con imponderable empeño, celo y eficacia á actuar su comisión, con tan vivas ansias de que se ejecutase luego todo lo prevenido, que no perdonó diligencia alguna ni omitió instante en la actuación de sus prudentes órdenes y arbitrios á que estuvieron tan prontos los PP. Misioneros para obedecer sus mandatos, que en fuerzas de ellos aun los PP. más ancianos y enfermos se esforzaron para alentar á los indios, unas veces con ruegos y otras con amenazas, haciéndoles presente la obligación que tenían de obedecer á su soberano y cuán bien les estaría exponerse á las fatigas y aún perder sus bienes para acreditar su antigua lealtad.

Mas como al natural lento y espacioso de los indios cualquiera movimiento acelerado era violencia, y en su tarda y escasa inteligencia era novedad tan extraña é inteligible la que se les proponía por concebirla muy contraria á la pacífica posesión de sus casas, sementeras y bienes que tienen muy pegado su corazón, á pocos días de lo que habían prometido á los PP., empezaron á llamarse engaño y excusarse, ya con el poco tiempo que se les concedía, ya con los muchos trabajos que se les prevenían en los caminos en el transporte de sus ganados, bienes y familias, y el más arduo de volver á fabricar nuevas iglesias y casas, y declarándose resistentes, apelaron: unos, á que sería menos malo quedarse bajo el dominio de los portugueses; pero otros, que eran los más, decían claramente no podían creer que el Rey nuestro señor, que por tantas cédulas les había prometido ampararlos en sus tierras y defenderlos de sus enemigos, podía faltar á lo prometido y pasar á quitarles lo que con derecho natural habían adquirido y poseído por más de 130 años, pues para tan riguroso castigo no hallaban haber cometido ninguna culpa contra el Rey, antes, sí, estaban muy satisfechos de los repetidos servicios con que habían procurado acreditar su obediencia, exponiendo su sangre y sus vidas por defender los dominios de su soberano.

Estas y otras razones, que ellos tienen fijas en sus memorias, procuraron los PP. desvanecerlas con todas cuantas expresiones les dictaba su deseo, y de que los indios podían ser capaces; pero no teniendo qué responder á las vivas y eficaces exhortaciones de los Padres, hubieran de cerrar del todo los oídos á sus voces; y rompiendo el freno de la obediencia, que por tantos años los había sugetado, empezaron á quebrantar su respeto, diciendo en voz alta no querían mudarse porque esto no podía ser voluntad de su Rey y señor, sino invención de los PP. que, secretamente, habían convenido con los portugueses por medio del P. Comisario, á quien tienen por tal, y aún aseguraban algunos lo habían conocido seglar en el Río Janeiro; pero no desistiendo los Padres de su empeño, antes sí, conviniéndose para no sólo persuadirlos con razones privadas, sino convertirlos con pública y fervorosa predicación, los convocaron á las iglesias, y con un crucifijo en las manos, y algunos puestos de rodillas y derramando muchas lágrimas, les intimaron los castigos que debían esperar de la mano de Dios y de su soberano Rey si no obedecían prontamente su mandato; en fuerza de este eficaz asalto se compungieron los indios y, pidiendo perdón de su desobediencia, prometieron de nuevo enmendarse, empezando los PP. luego, y antes que se enfriase el fervor, á disponer cabalgaduras, carros y demás aparatos para emprender el camino, al que en la realidad salieron algunos guiados de los PP., que van como caudillos para esforzar su lentitud é interior desconsuelo; pero á pocas jornadas, con el hastío del camino y amor que les arrastraba á sus casas, se fueron volviendo á sus pueblos, dejando á los PP. solos y burlados en las campiñas; mas ni por esto desistieron los PP. desta empresa, antes, sí, disimulando prudentes su desacato é inconstancia, volvieron á buscarlos, reconviniéndolos con lo prometido; pero ellos, ya del todo arrepentidos y aun despechados, tomaron por medio, para librarse de las instancias de los PP., el amenazarlos con la muerte, la que verdaderamente intentaron dar al Padre Cura de San Miguel, y ahora Padre compañero suyo que estaba en las estancias, los que sin duda hubieran perdido la vida si por orden del P. Comisario, que se informó de su peligro, no se hubiesen retirado fugitivos; pues su depravado ánimo lo manifestaron en un mozo que acompañó al P. Cura, y volviendo poco después al pueblo á sacar unos caballos, lo hicieron pedazos á lanzadas.

Este mismo desacato intentaron hacer con el P. Comisario, previniendo 600 hombres para irlo á buscar en el pueblo donde residía, y habiendo sido avisado por cinco voces del eminentísimo peligro de su vida, hubo de retirarse prudentemente, entendiendo que su presencia irritaba su furor y que con su retiro podría serenarse aquella ciega pasión.

Después que salió el P. Comisario han continuado los PP. Misioneros obedeciendo al que quedó en su lugar, sin desmayar un punto en su empeño; pero sin más fruto que el de enfurecerse los indios cada día más, continuando sus amenazas y desahogando su enojo en los corregidores, como ministros de los Padres, de quienes se han valido para que, persuadiéndolos á su modo, los alienten con su ejemplo; mas también á éstos han intentado matar, y á uno de ellos sólo con la aflicción de su peligro, murió á pocos días después que lo acometieron, y otros cuatro estaban al presente mal heridos, ya sin valor ni esperanza de resistir á los indios que fielmente están persuadidos á que es ficción de los PP. y no voluntad de su Rey el quitarles las tierras que han poseído por espacio de 130 años, cuyo derecho lo tienen confirmado sus soberanos por repetidas cédulas y que en esta buena fe han fabricado unos pueblos que no son como se dice aldeas, sino que exceden en sus fábricas á las más de las ciudades, etc.

Estas provincias, en sus casas cubiertas de teja y resguardadas de corredores de piedra para poder andar por ellos en tiempo de lluvias sin mojarse y que sus iglesias son tan magníficas, que la que menos tiene de costo con sus alhajas, llegarán á 100.000 pesos fuertes, fuera de la de San Miguel en que trabajaron por diez años diariamente ya los 80, ya los 100 hombres, cuya fábrica toda es de piedra, cuando menos la valuaron en 200.000 pesos; á esto añaden el tierno recuerdo de sus hierbales hortenses, que han criado y gastado en su prolijo trabajo y cultivo más de treinta años por ser su fruto la continuada bebida de mañana y tarde, y cuyo valor en los 7 pueblos será de 100.000 pesos; también vuelven los ojos á sus sementeras de algodón, fruto de que hacen sus hilados y de ellos sus tejidos para la ropa interior y exterior de que se visten grandes y pequeños, viudas y huérfanas, y cuyo valor en los 7 pueblos no es inferior al de los hierbales, y últimamente hacen presente que saliendo de sus pueblos dejan en sus estancias más de 100.000 cabezas de ganados de ovejas, vacas, caballos y mulas de que se sirven y con que mantienen sus vidas y las de sus familias y de casi todos los pueblos de Uruguay, y Paraná que de aquí surtían y reemplazaban el ganado de sus estancias para que no se les acabasen del todo por no ser éstas por su pequeñez y calidad capaces de multiplico, de que necesitan para su sustento y servicio, y ven que haber de trasladar este ganado á otras tierras es para ellos empresa imposible, así por no encontrarlas propias para ellos, como porque aunque las hubiese como se imagina en distancia de más de cien leguas, su conducción es para su imaginación otro más arduo imposible, y caso que cerrando los ojos á su dificultad la quisiesen vencer, esta es función que pide, no tiempo de pocos meses, sino de años, con muy dobladas fatigas.

A estos tenaces pensamientos se han opuesto los PP. previniéndoles que los ganados que no pudiesen sacar, se los pagaría el Rey nuestro señor como lo tenía prevenido; á que responden que ellos no se han de mantener ni con las promesas ni con los dineros, sino con las cabezas de sus ganados, y que así, aunque se los paguen en doblones de oro, no tendrán dónde comprar con ello lo necesario para su sustento y entre tanto perecerán de hambre en los desiertos donde los Padres los quieren sacar desterrados, y que últimamente claman unas veces con tristes gemidos y otras con rabioso furor preguntan á los Padres qué delito han cometido contra su Rey y señor para un castigo digno de los más traidores vasallos. A este fin hacen muy tierna memoria de la cédula de 28 de Diciembre de 1743 en que se dignó el señor Felipe V, de gloriosa memoria, darse por grato de sus servicios (como de otras que mandó el señor gobernador de Buenos Aires D. Bruno Zavala se las hiciese saber por público pregón) y de las que tienen presente las palabras del último párrafo, que son las siguientes:

«Y finalmente, reconociéndose de lo que queda referido en los puntos expresados y de los demás papeles antiguos y modernos, vistos en mi consejo con la reflexión que pide negocio de circunstancias tan graves, que con hechos verídicos se justifica no haber en parte alguna de las Indias mayor rendimiento á mi dominio y vasallaje y el de estos pueblos, ni al Real Patronato y jurisdicción eclesiástica y Real, tan rendidos como se verifica por las continuas visitas de Prelados eclesiásticos y gobernadores y la ciega obediencia con que están á sus órdenes, en especial cuando son llamados para la defensa de las tierras ú otra cualquiera empresa; aprontándose 4.000 ó 6.000 hombres armados para acudir donde se les manda, etc.»

Ahora, pues, dicen los indios á los Padres, si así hemos obedecido á nuestro soberano, como él mismo lo declara, y ha sugetado el rebelión del Paraguay con 12.000 hombres armados ya despojando por dos veces á los portugueses de la colonia del Sacramento; ya estando la tercera vez en el cerco de ella con 6.000 hombres por espacio de cuatro meses, la que también hubiéramos ganado si no lo embarazaran los españoles y ya últimamente renunciando al Rey nuestro señor más de un millón de pesos fuertes que se habían de gastar en estas expediciones en que nos hemos mantenido á nuestra costa y la de nuestro sudor y trabajo; volvemos á preguntar, Padres, ¿estos son delitos para que nos castigue nuestro Rey con perpetuo destierro de nuestros pueblos y casas y universal despojo de todos nuestros bienes raíces y muebles? Esto no puede ser sino ardid engañoso de los portugueses, y colisión de vosotros con ellos y traición que nos estais armando desde el principio de nuestra conversión, como no sin fundamento se lo recelaron nuestros antepasados, y en fin, la traición que no excusasteis con ellos, porque no pudisteis la queréis ejecutar ahora con nosotros ó nuestros pobres hijos.

Si todas estas quejas son verdaderas, ¿por qué no presentais al Rey nuestro señor, como sois nuestros Padres y tutores la amargura y trabajo á que nos estrechan sus Reales ministros, siendo sobre todas la más sensible el que despreciando nuestras representaciones no vengan en ninguno de los partidos á que hemos salido? pues hemos propuesto que ya que por servir al rey nuestro señor hemos de salir de los pueblos á vivir como bárbaros en los desiertos exponiéndonos á perecer de hambre y que en la transmigración se mueran nuestras mujeres y pequeños hijos con la mudanza de climas y con las fatigas é incomodidades de los caminos de cien leguas. Pero que para este sacrificio son menester tres ó cuatro años lo que no nos han concedido. También hemos propuesto quedarnos, aunque con dolor, bajo el dominio de Portugal, y á esto se nos responde que si nos quedamos ha de ser sólo para ser jornaleros y esclavos de los portugueses, sin que tengamos dominio en nuestras casas que hemos fabricado con nuestro sudor y trabajo y sin que seamos dueños de un palmo de tierra para sembrar los granos necesarios para nuestro sustento, ni licencia para coger una hoja de los hierbales que hemos plantado con nuestras manos y regado con nuestro sudor, y todo esto se nos niega al mismo tiempo que á los portugueses que han de dejar la colonia se les concede libremente que si quieren se queden bajo del dominio de España sin perder la posesión de sus casas y bienes, y si quieren salir tienen libertad para venderlas ó donarlas como legítimos dueños de ellas.

A vista de esta notable desigualdad, volvemos á preguntar:

--Padres Curas ¿qué delito hemos cometido contra nuestro rey y señor para tan desmedido castigo?

Y últimamente, si nuestras razones no son oídas porque no tenemos entendimiento para penetrar los justos motivos que para esto tienen los soberanos, ya no tenemos ni tendremos otro consuelo que clamar al cielo y entregarnos desde luego á la muerte; que en estas circunstancias será el único alivio en nuestras penas; pero aún esta puerta que la abrió liberal nuestro Redentor que derramó su preciosa sangre por redimir nuestras almas se nos vaya cerrando con la cierta amenaza de que si no dejamos los pueblos se han de ir nuestros Padres Curas para que ni tengamos el consuelo de adorar á nuestro Redentor en el Sacramento del Altar, ni el de oir una misa ni el de tener con quien confesarnos para morir como cristianos, sino que perezcamos como si fuésemos bárbaros ó infieles.

Es muy bueno que por el interés del cielo nos sugetamos á la ley santa de Dios, nos recogimos á los pueblos, profesando rendida obediencia á nuestros Padres Curas, y después de cristianos nos hicimos voluntariamente vasallos del católico Rey de España para que, amparándonos, fomentase nuestra devota cristiandad, como lo ha hecho piadosamente con tan glorioso fruto (que según vosotros nos habéis dicho) nuestro presente Pontífice Benedicto XIV en la Bula del año de 1741 en que encarga á los obispos del Brasil y en especial al del Río de la Plata que con todas las armas de la Iglesia defienda y no permita que se saquen de sus tierras y pueblos los indios, aunque sean infieles, y mucho menos á los que son cristianos, y con efecto, excomulga Su Santidad á los que tal quieren ó para ello diesen consejo, favor ó ayuda, sea por el motivo ó pretexto que se fuese; y en otra del año 1743 nos propone, y á toda nuestra nación por ejemplar de buenos cristianos y los más conformes á los de la primitiva Iglesia; nos pone en dicha Bula, y ahora, como si no tuviésemos ese carácter, se nos ha de poner un entredicho y extracción de todo pasto espiritual, privándonos de los Sacramentos con el destierro de nuestros Pastores y Curas, para que por necesidad quedemos desmembrados del gremio de la Iglesia, como si fuésemos descomulgados, y para que como ovejas errantes salgamos perdidos á los montes y huídos con los infieles, apostatemos de la fe y de una vez nos sujetemos al tiránico imperio del demonio sin esperanza ya de lograr el cielo?

¿Es creíble que dos Monarcas, uno católico como es nuestro Rey de España, y otro fidelísimo como lo es el de Portugal, han de querer que de un golpe se pierdan cerca de treinta mil almas bautizadas, que hay en estos 7 pueblos, y poco después se pierdan también 63.339 que hay en los pueblos del Paraná y en el del Uruguay (á todos los cuales menos uno les quitan con esta división sus hierbales, y á 5 ó 6 de ellos sus estancias y á todos el socorro que tenían de las nuestras y de nuestros algodonares para sus vestuarios) para lo que se hace preciso que como algunos nos lo tienen ofrecido, todos nos acompañen á la defensa consiguientemente, experimentarán el mismo desamparo de los Padres y la total ruina de sus almas.

Esto no lo podemos decir aunque nos lo prediquen nuestros Padres, porque si los dos Reyes que dicen nos lo mandan estuvieran presentes para oir nuestros ruegos, ó á lo menos fueran informados con verdad del estrecho lance en que nos han puesto sus ministros, ciertamente que como protectores de la cristiandad y piadosos Padres de nuestra pequeñez, no permitieran el riesgo en que estamos, pues ya sabemos por boca de nuestros Padres Curas que los Sumos Pontífices que dieron permiso á los Reyes de España y Portugal para conquistar las Indias Meridionales, no tuvieron otro motivo para que nos pudiesen buscar en nuestras tierras sino el fin de que lográsemos los bienes eternos de nuestras ánimas, aunque nos privásemos de la libertad en que vivíamos para sujetarnos á ser vasallos de dos Monarcas que no conocíamos y siendo esto cierto se podrá creer que estos mismos soberanos que en nuestra conquista no tuvieron otro glorioso fin que el de propagar la fe de Jesucristo y extender los dominios de la Santa Iglesia, estos mismos nos han de poner en la necesidad de malograr el carácter de cristianos y en peligro de que nos arrepintamos de haberlo recibido, por conservarlo nos sujetamos á su obediencia y por ésta estamos al presente en el riesgo de perderlo todo? Esto, Padres de nuestras almas, no lo hemos de creer por más que nos lo esteis predicando, esto sin duda no es la voluntad de nuestro Rey y señor, sino engaño de los que sin atender á nuestras almas sólo aspiran al interés de los bienes temporales.

Señor Marqués, todas estas razones son las que, no con tanto concierto, pero sí con mayor tenacidad, tienen los indios impresas en el corazón y así con más viveza la manifiestan en su idioma, porque han sido los primeros principios con que se han establecido en la fe promovida en la cristiandad, y las que, sin apartarme un punto de la más rendida obediencia al Rey nuestro señor y sus mandatos, las hago presente á V. S., no para disculpar la resistencia de los indios, la que desde luego repruebo una y muchas veces como lo están vituperando sus Padres Curas con repetidas amenazas, y la que si cayera en otras capacidades, desde luego juzgara dignísima de un pronto y gravísimo castigo, á no considerar por una parte el corto alcance de sus entendimientos para penetrar las superiores razones y dictámenes políticos de los soberanos, y por otra estar faltos de aquella luz que era necesaria aún en los hombres más instruídos para sujetarse á un sacrificio tan doloroso como inesperado, para que V. S. en fuerza de ellas se haga cargo de los motivos eficazmente impulsivos que contra sí tiene la poca advertencia de que los pobres, con ciega obstinación los tiene precipitados y resueltos á morir antes con el rigor de las armas que dejar voluntariamente sus pueblos; resolución bárbara que teniendo atravesados nuestros corazones, la están reprendiendo sus curas con la amenaza prevenida de que los han de abandonar y salir de los pueblos por ser indignos de su protección, siendo inobedientes á su Rey y Soberano; y á este fin, ya sabe V. S. que tengo hecha renuncia de los pueblos resistentes y de todos los que en adelante se manifestaren inobedientes para que el señor gobernador de esta plaza, como Vice-patrón, y el señor Obispo como pastor, los provea de párrocos para que del todo no se pierdan sus almas.

Pero á esta amenaza resulta otro nuevo peligro, porque á ella responden los indios que si les envían otros Curas que no los conocen ni acaso saben su idioma, los recibirán con flechas como inútiles para su pasto espiritual, y que llegando el caso de querer salir los Padres, sólo lo conseguirán después de dejarlos enterrados, porque antes no lo permitirán, aunque quisieran, y primero les quitarán la vida que darles libertad para la fuga.

Y si en esta demanda se sacrifican los Padres á la muerte, como ya recelan con mucho fundamento, no hay duda que con su sangre firmarán un claro testimonio de su lealtad que tienen y siempre tendrán impresa en sus corazones hasta la muerte.