Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E
Chapter 21
Ponía empeño en el estudio de las letras, con la mira siempre á lo que el mundo promete y después no cumple; pero como más por disposición ajena que por voluntad propia, había puesto sus esperanzas en las cosas caducas y perecederas, tuvo poco que hacer en él el desengaño; pues considerando los innumerables que llenos como él de esperanzas se habían alistado en las banderas del mundo y no habían alcanzado más premio, después de sus trabajos y fatigas, que quedar desvanecidos y burlados sus intentos, se persuadió á que lo mismo le sucedería á él, si mal aconsejado tomase su partido; pero que si ofreciese sus sudores y trabajos á Dios en el camino de la virtud, lograría, por premio, la gloria.
Estas y otras reflexiones le alumbraron no poco el entendimiento, y encendieron la voluntad en el amor á las cosas del alma, de Dios y de la eternidad, hasta que labrando interiormente el Espíritu Santo con su gracia en su corazón este desengaño, le trocó totalmente en otro hombre; y así, resuelto á ser religioso, se sintió llamar eficazmente á la Compañía; y como ya estaba descarnado de las cosas del siglo, fácilmente obedeció á las inspiraciones del cielo, y recibido en la Compañía en el mismo Colegio de Salamanca, á los 3 de Julio de 1669, pasó luego á tener su noviciado en Villagarcía.
Apenas nuestro novicio puso el pie en aquella santa casa, cuando, como árbol escogido, trasplantado junto á las corrientes de las aguas de la gracia, comenzó á dar frutos de todas las virtudes.
Estaba entonces en los dieciocho años de su edad, y era de natural ardiente y vivo; mas sujetó y rindió tanto esta viveza desde los primeros meses de noviciado, que no dejó pasión que no domase, regla que no observase, virtud que no practicase, ajustándose muy desde luego perfectamente al modelo y nivel de nuestras constituciones.
Cumplido tan santamente su noviciado, pasó á los estudios mayores, donde juntando el fervor y devoción con las ciencias, concibió ardientes deseos de consagrarse á Dios más estrechamente en las Misiones de las Indias y seguir más de cerca las pisadas del glorioso apóstol San Francisco Xavier.
Para el cumplimiento de sus deseos le ofreció ocasión muy oportuna la venida á Europa del P. Cristóbal de Altamirano, Procurador general de la provincia del Paraguay, á cuyo cargo estaba llevar sujetos de la Compañía que conservasen y dilatasen la fe en aquellas dilatadas provincias.
Consultó primero este negocio en la oración con Dios y con su grande abogado San Francisco Xavier, y luego manifestó sus deseos á los Superiores, pidiéndoles con mucha instancia le diesen licencia para pasar al Paraguay.
Nuestro Padre general Juan Pablo de Oliva, sabiendo la santa y loable costumbre de las provincias de España, en no retener en Europa los sujetos que Dios escoge para predicadores de su santo nombre en el Nuevo Mundo, remitió la licencia á arbitrio del P. Provincial de la provincia de Castilla, que á la sazón lo era el P. Pedro Jerónimo de Córdoba, á quien pareciéndole ser el hermano Arce joven de quien se podía esperar mucho fruto en la conversión de los indios, por su modo de vida ajustada y conforme al espíritu de la Compañía, sin haber jamás descaecido un punto en la carrera de la perfección, aun en el tiempo más peligroso de los estudios, le destinó luego prontamente para esta provincia.
Llegó á Buenos Aires el año de 1674, habiéndose portado en toda la navegación con grande ejemplo y edificación; y fué tal el que dió de su porte religioso en aquel puerto, que he oído á un sujeto, que ahora es de la Compañía y entonces era seglar, que no se cansaba de mirarle cuando salía fuera del colegio y se iba tras él sin acabar de admirar su silencio, recogimiento y compostura exterior y una modesta alegría que manifestaba en su rostro el espíritu del Señor, de que estaba lleno su corazón.
Cuál fuese después en las Indias, no me parece lo podré declarar mejor ni con prueba más cierta y convincente, que con el universal sentir de toda esta provincia, que le acomodó aquellas palabras _copiossisime Sanctus_, con que San Agustín epilogó las virtudes de su grande amigo San Paulino, fundado este concepto tan alto en el grande celo, humildad profundísima, ardientísima caridad, trabajos apostólicos, desprecio de sí mismo y de su vida y otras heroicas virtudes, que conservó invariablemente en el largo espacio de cuarenta y uno ó cuarenta y dos años que aquí gastó en servicio de Dios y provecho de las almas.
No repetiré aquí sus fatigas en las provincias de Chiriguanás, de Chiquitos y de los Guaranís y en el descubrimiento del río Paraguay, las conversiones que allí hizo, las iglesias que fundó, las repetidas veces que estuvo en peligro de perder la vida, el trabajo en aprender con excelencia tantos bárbaros y diferentes idiomas, Chiquito, Quichuo, Guaraní, Chiriguaná y Payaguá; sus continuas tareas en provecho de las almas y aun de los cuerpos de los infieles y neófitos, las grandes y molestísimas persecuciones que por esta causa padeció, hasta llegar á ser mortificado y reprendido públicamente como hombre sin prudencia y sin juicio.
Sólo diré algo de otras virtudes suyas; y en primer lugar se ofrece luego á la vista aquella admirable concordia que tuvieron en el Padre Joseph de Arce los empleos de Marta y María; esto es, la vida activa y la contemplativa, las ocupaciones exteriores en servicio y ayuda de los prójimos, y la interior y estrecha unión con Dios.
Lloran continuamente los Misioneros y se desconsuelan mucho viendo que después de haberse empleado todo el día en provecho de los neófitos, sin tener el menor descanso, después, entrada la noche, apenas pueden recogerse á solas con Dios un rato.
Mas el P. Arce, después de sus ordinarias ocupaciones en ayuda de los prójimos, luego que se ponía en presencia de Dios en la oración, estaba tan dentro de sí, que todo lo que no era Dios lo dejaba lejos de sí; y sé de persona fidedigna, testigo de vista, que le veía orar delante del Santísimo Sacramento, que observaba en el Padre tan devota compostura, y tal inmovilidad de cuerpo y de sentidos, que le compungía no poco y ayudaba para atender con mayor devoción á este santo ejercicio; bien que su orar y estar en la presencia de Dios, no se reducía á horas determinadas, sino que jamás perdía de vista aquel infinito bien, de suerte que estaba todo en lo que hacía, y todo en aquél por quien lo hacía, no solamente obrando por amor sino amando en el mismo obrar; y cualquiera que fijaba en él los ojos lo conocía manifiestamente.
Por tanto, no conociendo él en todo el mundo, belleza digna de amar, ni bondad á qué aficionar aún el más mínimo de sus deseos, sino mirando en sólo Dios, que era siempre para él todo lo amable por su belleza y todo lo apetecible por su bondad, se olvidó y perdió de vista todas las cosas de la tierra y aun á sí mismo; cátedras, púlpitos y cualquier otro oficio honorífico de los que tal vez suelen estimar los menos desengañados en el pequeño mundo de la religión, eran para el P. Arce cargas insufribles, y por eso, como vimos, no acabó de llorar y de hacer instancias á los Superiores, hasta que le descargaron de la ocupación de leer las Facultades mayores en la Real Universidad de Córdoba de Tucumán.
Y para que más pleno concepto se haga de lo que se despreciaba á sí mismo, referiré sólo un caso, digno singularmente de tenerse en eterna memoria, y lo he sabido de sujetos de la Compañía, que fueron testigos de vista.
Tenía aventajado talento de púlpito el Padre Joseph, y por esto se le había encargado predicase sobre las virtudes de su grande apóstol San Francisco Xavier á un lucido y numeroso auditorio en la ciudad de Córdoba, en el día de la fiesta del santo, que aquí se guarda de precepto; mas el Padre, á quien resultaba no poca honra de aquella función, la quiso convertir toda en provecho propio; por tanto, subiendo al púlpito; se volvió al Ilmo. Sr. Obispo de Tucumán, D. Fr. Nicolás de Ulloa, de la esclarecida orden de San Agustín, y excusándose con protesta de que no tenía habilidad para componer ni decir cosa buena, explicó, con períodos mal formados y peor dichos, algunos puntos de la doctrina cristiana; y no paró aquí su propio abatimiento y desprecio, pues lo que el Padre empezó de su voluntad, otro lo acabó, sin que él lo pensase, con burla; porque cierto mozo, discípulo suyo en la filosofía, saliendo pocos días después al teatro público en traje de bufón, representó al vivo aquella misma acción del púlpito, glosándola de manera que movió á, risa á los circunstantes, con no pequeño desdoro y desprecio del P. Arce.
Estuvo éste tan lejos de sentirse de aquel desmán de su discípulo, que antes, alegrándose sumamente, le dió muchos abrazos y agradecimientos á su injuriador, de lo cual él no poco se compungió, y fué en adelante perpetuo panegirista de sus virtudes.
El vestido que usaba era tan vil y despreciable, y la sotana tan pobre y remendada, que el mendigo más miserable no pudiera vestir más pobremente. Su comida, tan parca y mal guisada, que ni aun los bárbaros, que viven como brutos en las selvas, la hubieran podido aguantar tan largo tiempo; y pasó por las manos de muchos una calabaza, que le servía de olla, escudilla y vaso; de ordinario pasaba con maíz, sin otro aderezo que el que de suyo tiene este desabrido manjar, cocido en agua, y cuando sus enfermedades le obligaban, añadía un pedacillo de carne mal asada.
Concluiré el elogio de este varón Apostólico con un acto que por ventura es el más digno de saberse y que él sólo bastaba para contarle entre los heroes de esta provincia; para cuya inteligencia me es preciso tomar la relación de más lejos.
Habíase roto, no sé por qué causa, la antigua paz y amistad entre los indios Guaraníes y la nación de los Guanoás; los ánimos de éstos estaban tan exasperados, que habían jurado de no dejar con vida á cualquier Guaraní que cayese en sus manos; ni paraba aquí el daño de estas enemistades, sino que amenazaban también la total ruina y destrucción de la floridísima cristiandad del Uruguay y Paraná; porque los Guanoás no permitían que los cristianos, para la manutención de sus pueblos, que no usan otra comida que carne, pasasen el Uruguay á hacer provisión de vacas, de que solían juntar veinte ó treinta mil cada año en las vastísimas campañas que están á orillas del mar Atlántico; por lo cual la hambre y carestía afligía muchísimo á la gente de las Reducciones.
Nuestros Misioneros habían usado de muchos y eficacísimos medios para apagar toda malevolencia y odio entre las dos naciones y reducirlos á su antigua amistad, pero todo había sido en vano.
Quisieron, lo primero, probar si podían convertir á la santa fe á los Guanoás; pero ellos lo rehusaron obstinadamente, dándoles por respuesta la misma razón porque los Jarós eran perdidísimos idólatras; conviene á saber, que el Dios de los cristianos sabía tanto, que no le era nada oculto, y por ser inmenso estaba en todos lugares mirando lo que en ellos se hace; que no querían tener un Dios que tuviese tanta ciencia y los ojos tan abiertos; que en sus bosques y cavernas vivían ellos con más paz y libertad sin tener un síndico ni juez continuo de sus acciones.
No aprovechando este medio, se tomó otro expediente que sólo parecía más concerniente al intento y fué comprar la amistad y benevolencia de la nobleza Guanoá con algunos presentes de cosas ordinarias entre nosotros, mas entre ellos muy apreciadas. Pero ni aún de esta manera se pudo reducir su obstinación á tratado de paz y concordia.
Entre tanto crecía la carestía, lloraban los pueblos y se podía temer con fundamento que la peste ó la desesperación destruyese aquella ilustrísima iglesia. Viendo esto el P. Arce, se ofreció á ir en persona á hablar á los principales caciques de los Guanoás y arriesgar su vida para rescatar de aquellas miserias las ánimas y los cuerpos de tantos millares de cristianos y arrojarse á la furia de la tempestad, para que con sola su muerte se serenase del todo.
Y en la realidad se tenía por cierto había de perder la vida, por las manifiestas señales del odio que nos tenían los Guanoás; por lo cual los nuestros, al darle los últimos abrazos á la despedida, le lloraban como si de cierto fuese á morir.
El, con una serenidad de rostro imperturbable, se puso en camino, pidiendo á Dios aceptase su vida en sacrificio de placación y paz, ó de la manera que más le agradase á su Majestad, y le fué necesario padecer semejantes trabajos, á los que toleró en su viaje á las Misiones de los Chiquitos.
Los bárbaros, admirando la generosidad y grandeza de su ánimo, ó ya fuese por su virtud, de que ellos también hacían grande aprecio, ó por la destreza y eficacia de sus agencias, ajustó por fin tan difícil negocio, se estableció la antigua y mutua paz entre ellos y se remedió la necesidad y hambre de tantos pueblos. Falleció este incomparable varón por el mes de Diciembre de 1715 en edad casi de setenta y cinco años, cuarenta y seis de religión y veintinueve de profesión de cuatro votos que había hecho á los 15 de Agosto de 1686. Fué un trienio Rector del colegio de Tarija, en que promovió mucho la observancia y religiosa nuestros ministerios.
Dejemos ya á este admirable varón y pasemos á dar alguna noticia de su apostólico compañero.
Nació, pues, el P. Bartolomé Blende á 24 de Agosto de 1675 en la ciudad de Bruxas, una de las principales del condado de Flandes, de padres nobles.
Era dotado de excelente ingenio, y para lograrle, empezó á estudiar en su patria las letras humanas y alguna cosa de filosofía; mas llamado de Dios á aprender en la Compañía de Jesús la sabiduría del Evangelio, no tuvo mucho trabajo en obedecer, pues aun en medio de los peligros del mundo, vivía con mucha religión y piedad.
Habiendo vivido en su provincia de Flandes cerca de quince años, alcanzó de nuestro Padre general Miguel Ángel Tamburini licencia para pasar á las Indias, cosa que por largo tiempo había deseado.
Pasó de Flandes á Madrid, donde en su Colegio imperial esparció en breve el olor de su santidad y virtud, y formaron todos universalmente un concepto extraordinario de que era varón apostólico y dotado de aquellos talentos que son necesarios para las Misiones de las Indias; por lo cual, mucho tiempo después de su partida, duró allí fresca la memoria de sus virtudes. De Madrid fué á Cádiz, donde se embarcó á 2 de Marzo de 1710 en los navíos que salían para el puerto de Buenos Aires en compañía de otros ochenta y nueve jesuitas de varias naciones, pero todos de un mismo espíritu, que los conducía de Europa á la América á las fatigas y penalidades de las trabajosas Misiones del Paraguay y Chile.
Mientras el día siguiente navegaban viento en popa, se levantó una espesa niebla, y cubiertos de ella se acercaron tres navíos holandeses, los cuales con grande estrépito y ruido de batalla los arrestaron, disparándoles un tiro de artillería y estuvo á pique de haber un combate sangriento de ambas partes, defendiendo los unos sus haberes y las grandes esperanzas con que se habían embarcado, y los otros, esperando hacerse ricos con un cuantioso despojo; mas como los españoles al cargar sus navíos de registro, no observen la común medida del peso que á proporción del buque se debe cargar, sino que meten más géneros de los que caben, añadiéndose á esto la gruesa cantidad de provisiones para seis ó siete meses, de ahí nace ir tan hundidos en el agua, que sólo llevan fuera lo que es preciso para que se mantengan en ella, quedando inútil la más de la artillería para pelear, por ir las andanas dentro del agua.
Por esta causa, juzgando cuerdamente los capitanes que era menos mal rendirse que pelear, pues rindiéndose tenían esperanza, que por la protección de la reina de Inglaterra, de quien tenían pasaporte, se les volvería la mayor parte de sus haciendas, echaron banderas; y aunque lo contradijeron los marineros y los pasajeros gritasen protestando que se ponían á manifiesto peligro sus personas y caudales, se rindieron totalmente.
No es fácil de decir con qué algazara y furor entraron los vencedores en los navíos, que despojando á los oficiales y pasajeros los trataron con un modo muy extraño y cruel, registrando los pechos aun á los mismos capitanes con instrumentos sútiles de hierro para ver si por ventura habían escondido en el seno algunos pedazos de oro ú otra cosa preciosa. Lo que pareció tan mal, aun á los senadores y magistrados de Holanda, que llamando á los capitanes holandeses á Amsterdam á dar razón de sí, les privaron y depusieron de sus oficios.
Los nuestros, pues, á quienes la sotana de la Compañía hacía dignos de peor tratamiento en el juicio de los herejes, fueron de ellos muy maltratados, quitándoles á todos su ropa y lo demás, y echándolos en el lugar peor y más desacomodado de las naves, con sólo el mantenimiento preciso para no morir.
Entre tanto los vencedores banqueteaban y se regalaban muy festivos con la provisión que habían hallado en los navíos, mas á costa de los vencidos todo; porque tomados del vino y brevajes que hacían, salían tan fuera de sí, que á manadas andaban discurriendo por todas partes, de popa á proa, tomando por entretenimiento y placer escarnecerlos á todos con mofas injuriosas, con visajes ridículos, y tratándolos tan infamemente, como si fuesen una vil canalla de turcos.
También los nuestros mantenían á su costa gran parte ó la mayor de esta fiesta; porque como echando mano de ellos les registrasen aun los más secretos senos, y hallasen en el lugar de joyas cilicios, cadenillas y disciplinas, montando en cólera por verse burlados, les sacudían reciamente con ellas; otras veces, como queriendo usar con ellos de misericordia por verlos pálidos y consumidos de tantos trabajos, les ofrecían unos grandes vasos llenos de licores suyos propios; y si por modestia ó por otra causa rehusaban llegarlos á los labios, les obligaban á ello con la pistola en la mano.
En tantas y tan duras aflicciones, que les duraron desde 26 de Marzo hasta 6 de Abril era el P. Blende el consuelo y alivio de todos, y con su afabilidad y cortesía se ganó la voluntad del capitán holandés, con que pudo alcanzar algún alivio para sus hermanos, hasta que dieron fondo en Lisboa el domingo de Lázaro en la tarde.
En aquella ciudad, á donde había llegado la fama de lo sucedido habían ya prevenido el insigne colegio de San Antonio y el Noviciado algunas lanchas en que salieron á recibir á los nuestros, y con el mayor cariño y amor que es imaginable, les procuraron reparar de los trabajos pasados, y por todo el tiempo que allí se detuvieron usaron con ellos de todas aquellas finezas de caridad que son tan propias y antiguas en aquella observantísima provincia de Portugal.
No pudo el P. Bartolomé de Blende gozar de estas caritativas demostraciones, porque á las repetidas instancias del ilustrísimo señor D. Pedro Levanto, arzobispo de Lima, á quien en Lisboa no quisieron dejar los holandeses por ser persona de tanta distinción, fué preciso le ordenasen los Superiores fuese acompañando á su ilustrísima hasta Holanda; para lo cual, disfrazado en traje de secular porque vestido de Jesuita no le permitieron ir los holandeses, pasó á Amsterdam, no sin conocido provecho de muchos de los mismos holandeses, ocultos católicos á quienes en secreto confesó y exhortó á mantenerse constantes y firmes en la fé.
Puesto, finamente, en libertad aquel prelado volvió con él á Sevilla, donde á 15 de Agosto de 1711 hizo la profesión de cuatro votos.
De aquí se partió otra vez á Cádiz sin querer recibir ninguno de los riquísimos presentes que el ilustrísimo señor Levanto le ofrecía, en agradecimiento de lo mucho que había cooperado con los ministros de la república de Holanda para que su ilustrísima fuese restituído á su libertad.
Sólo admitió unos libritos de devoción, útiles para introducir, aun en gentes de poca ó ninguna conciencia, sentimientos de piedad cristiana, y para aumentar la estima y reverencia de la reina de los Ángeles, de quien era devotísimo.
Hízose á la vela á 27 de Diciembre del año mismo de 711. Y aun en esta segunda navegación fué con sus compañeros apresado de los ingleses, que disparando una bala de artillería para pedir bandera, dió el golpe muy cerca del lugar donde venía el P. Blende, que con los demás se prevenía para la muerte, caso que se llegase á rompimiento, para que á toda priesa se prevenían las armas; y aun en este caso, en que turbados todos con el peligro de muerte, andaban en continuo susto y sobresalto, él, con una serenidad de rostro angelical, después de haber echado á todos los Jesuitas y otras personas de su posición, hombres y mujeres, que se habían refugiado á la Cámara de Santa Bárbara, la absolución general, se puso muy despacio á oir las confesiones de algunos que se pudieron confesar.
A este tiempo se reconoció ya que los agresores eran ingleses, con que viniendo ellos á nuestra capitana, se les hizo demostración del pasaporte de la reina Ana que traía, y dejaron pasar libres las naves.
Caminóse después con varia fortuna, y al P. Bartolomé le encargó el P. Procurador general, Francisco Burgués, el cuidado de los novicios, como lo había hecho el tiempo que estuvieron detenidos en Cádiz, y mostró siempre con ellos entrañas y ternura de verdadera madre, no sólo en su aprovechamiento espiritual, sino aun en el alivio corporal; de suerte que para estar más pronto á socorrerlos en sus necesidades, renunció la comodidad de venir en la cámara de popa, y quiso vivir con ellos en la de Santa Bárbara, lugar incomodísimo y de que rarísimas veces salió para repararse con el viento fresco en la plaza de Armas, contento sólo con las delicias y conortes del cielo, que jamás le faltaban, gastando lo más del tiempo en contínua y estrecha unión con Dios.
Llegado á Buenos Aires á 8 de Abril del año siguiente de 712 y esperando allí algunos pocos meses las embarcaciones de las doctrinas, pasó en ellas, con otros cuatro de sus conmisioneros, por orden del P. Visitador, Antonio Garriga, á las Misiones de los Guaranís, no sin dolor y sentimiento de sus novicios, que deseaban gozarle por más largo tiempo y tener á la vista un ejemplar perfecto de Jesuita indiano, para copiar en sí aquellas tan grandes y tan excelentes virtudes que son necesarias á quien en país tan extraño y entre gente tan bárbara, por naturaleza y por los vicios, debe ejercitar el oficio de la predicación Apostólica.
Lo que obró después en servicio de Dios y de las almas en aquellas Reducciones no se puede decir fácilmente; pero se puede conjeturar bastantemente, de que entre tantos, por otra parte dignísimos, fué escogido por compañero del Apostólico P. Arce para ir al descubrimiento del puerto de los Itatines, por donde se hiciese escala para la comunicación con las Misiones de los Chiquitos, y para observar la voluntad de las naciones cincunvecinas á la ley de Cristo, en cuya empresa felizmente murió.
Hombre verdaderamente de virtudes y talentos, de que se esperaba mucho para la exaltación de la fe, si Dios, que desde el cielo ordena las cosas de la tierra, muy al revés de lo que alcanzan nuestros cortos juicios, no hubiera privado de él al Paraguay, poco después que se le dió y llamádole á recibir el descanso eterno cuando estaba con fuerzas y vigor para trabajar por muchos años.
Murió el año de 715; no se sabe el día, pero se cree fué su muerte á los últimos de Noviembre, en edad de 40 años y 21 de religión, en que había entrado á 1.º de Octubre de 1694.
CAPÍTULO XVIII
_Fúndase una Reducción nueva y el P. Juan Bautista de Zea emprende la Misión de los Zamucos._
Ya es tiempo de que volvamos á atar el hilo de la historia, interrumpida con esta larga, bien que útil digresión, y en primer lugar á dar una vista á la Reducción de San Juan Bautista, para pasar después á hablar por extenso de las trabajosísimas Misiones que en estos años emprendió á gloria de Dios y bien de las almas, el Apostólico P. Juan Bautista de Zea.