Relacion Historial De Las Misiones De Indios Chiquitos Que En E

Chapter 20

Chapter 203,983 wordsPublic domain

Y así, navegando á todas partes por el río en afán continuo, sin tomar reposo ni descanso, gastaron cerca de siete meses hasta mediado Agosto; pero no sufriéndole el corazón al celosísimo P. Arce que se frustrase aquel viaje y tantas fatigas como habían sucedido los años pasados, tomó una resolución que sólo la pudo excusar de temeraria su ardientísimo celo de las almas, su confianza en Dios y el amor que tenía á estas Misiones, como primer Apóstol de ellas; y fué que dejada la barca y escogidos doce indios, los más valientes y fervorosos en la fe, emprendió el viaje por tierra con ánimo firme de buscar las Reducciones de los Chiquitos, aunque fuese con peligro de caer en manos de los bárbaros que le quitasen la vida, ó de morir de hambre y sed por aquellos desiertos y tierras incógnitas.

Lo que padeció en aquel camino por espacio de dos meses, cuántas fatigas, cuántos trabajos y penalidades, para no decirlo con mis palabras, pondré aquí parte de la relación que hicieron cinco indios de sus compañeros en aquel viaje. Dicen, pues, así en su relación:

Cogiendo el Padre su cruz se partió del Mamoré por tierra, acompañado de cuatro indios, dando orden á los demás que no se partiesen de allí. A pocos días recibimos un billete suyo, en que nos decía le siguiésemos los otros ocho, y después de algunos días de camino, por una humareda que vimos á los lejos, conocimos dónde estaba: y llegados, nos recibió con los brazos abiertos, pero en todo aquel día no tuvimos qué llegar á la boca.

Viendo las angustias y trabajos del Padre, volvimos cuatro al barco, y tomando algunos víveres, volvimos á buscar al Padre con toda presteza; hallámosle sólo, porque los demás, no teniendo qué comer, habían ido á cercar con fuego un conejito.

Con tantos trabajos y falta de comida y bebida, se había puesto tal, que sólo tenía la piel sobre los huesos. Fué increíble el júbilo que tuvo cuando nos vió, abrazándonos, bañados sus ojos en lágrimas.

Proseguimos el viaje, caminando un día entero por un bosque espesísimo, y era tal la espesura, que no sabíamos por dónde íbamos.

Estando el Padre en estas angustias, sin saber qué hacerse ni á dónde volverse, nos dijo:

--Hijos, el que estuviere cansado de los trabajos, vuélvase al barco.

A que respondimos todos unánimes, que estábamos aparejados á seguirle á donde quiera que fuese; no tuvimos aquel día otra agua que beber sino de un pantano de malísimo olor.

Caminamos hacia la costa del río Paraguay, donde habiendo cazado un ciervo, estábamos, afligidos por la falta de agua, mas cavando uno de nuestros compañeros un pozo, por gran providencia de Dios, á dos brazas descubrió una vena de agua.

Pasamos aquí la noche, y entrando el día siguiente en un bosque muy espeso, nos fué preciso abrir camino con gran fatiga y sudor hasta salir fuera de él á campaña abierta.

Juzgó entonces el P. Joseph que ya nosotros estábamos consumidos y cansados de tantas molestias y penas, por lo cual nos volvió á decir:

--El que quisiere volverse, vuélvase en buen hora, que yo estoy determinado á pasar adelante y á cumplir la voluntad de Dios y de mis superiores. Uno y más años caminaré por estos bosques si Dios me quiere conservar la vida hasta llegar al término deseado. Si encontráremos infieles, nos pararemos entre ellos y les enseñaremos la ley de Dios.

Tal brío y tal aliento tenía el P. Joseph, afligido de la hambre, sed, cansancio, y también de la desnudez (porque estando durmiendo junto al fuego se le quemó su pobre sotana) causándonos no poca maravilla que estando tan falto de fuerzas, que apenas se tenía en pie, no dudase llevar adelante, á tanta costa suya, un negocio tan difícil y casi desesperado.

Animados con su aliento y brío, nos entramos por un espeso bosque, donde el santo varón, pasando por las matas y troncos, armados de durísimas espinas por todas partes, dejaba aquellos andrajos de su sotana que habían escapado del fuego, cayendo á cada paso sin poderse levantar, con que era preciso darle la mano.

De esta manera, con gran fatiga, llegamos á un río, donde recobrados con algunos peces que pescamos, hicimos alto en donde poco antes había estado una tropa de infieles.

Estaba ya tan acabado de fuerzas el P. Joseph, que era muy poco lo que podía caminar, y entre tanto se pasaron muchos días sin llegar á la boca sino alguna poca de fruta silvestre.

Era admirable su paciencia y serenidad de ánimo en estos lances, sin mostrar el menor sentimiento cuando no tenía qué comer, gastando el tiempo absorto en Dios; y todas las mañanas, antes de ponerse en camino, estaba de rodillas largo espacio.

Hallamos cierta fruta silvestre que sólo nos hacía comer la extrema necesidad. Algunos exploradores que iban delante descubrieron á lo lejos una humareda, de que tuvimos todos grande alegría.

A primero de Octubre hicimos alto á la orilla de un río, donde nos pudimos reparar con pescado y tortugas que hallamos en una laguna. Pasamos adelante y nos faltó totalmente la comida y bebida, y no teníamos qué dar al Padre sino unos palmitos, que primero nos sirvieron de alimento, mas después experimentamos malignos efectos, causando al Padre gran dolor de estómago, y una fiera inflamación de las entrañas, con ardientísima sed.

En esta enfermedad se le acabaron tanto las fuerzas y se consumió de manera que creyendo ser ya llegado el fin de su vida, nos suplicó que le condujésemos á orillas de algún río, y que dejándole allí nos volviésemos al Paraguay.

Hallámonos en grandes angustias, no sólo por esto que nos decía, cuanto porque tenía el semblante más de cadáver que de cuerpo vivo: y queriendo consolarnos, no pudo proferir palabra por habérsele inflamado la lengua.

Nosotros, á quienes más dolía la pérdida de la vida del Padre que la nuestra, dijimos resueltamente que le queríamos seguir en todos trabajos, y aun perder la vida si fuese necesario.

Recobróse algún tanto, y dando aliento á la naturaleza el vigor del espíritu, se puso en camino cayendo y levantando á cada paso; y al cuarto día, hallando un poco de miel silvestre, se la presentamos al Padre para apagar la sed.

Estando uno de nosotros en un árbol, vió una humareda hacia el Poniente, que habían hecho los indios cristianos del P. Zea al volver de las costas del río Paraguay, como se supo después; y caminando hacia allá, quisimos llevar al Padre en una hamaca, porque temíamos mucho que á pocos pasos se cayese muerto si iba por su pie; mas él lo rehusó diciendo que quería padecer con nosotros hasta el último instante de su vida.

El día siguiente, que era viernes, no hallamos qué comer, y el sábado, por providencia de Dios, cogimos alguna caza y una tortuga para el Padre.

Al fin quiso Dios consolarnos, descubriéndose el camino tan deseado de los Chiquitos. Increíble fué el júbilo que tuvo el santo varón, no cesando de dar gracias, y exhortándonos con las lágrimas en los ojos á que hiciésemos lo mismo, entonó las letanías de Nuestra Señora; y llegando poco después al lugar donde el día antecedente había dicho misa el P. Juan Bautista de Zea, nos juntó á todos, y más con lágrimas que con palabras, nos agradeció tantos trabajos como habíamos pasado por él, y que toda su vida se acordaría de nosotros.

Este consuelo se convirtió en pena al reconocer que perdido su santo Cristo y buscado por todas partes no se pudo hallar, y en toda aquella noche no pegó los ojos por la pérdida de su Señor, que le había dado tanto aliento y vigor en aquellas angustias, hasta llegar al término deseado.

A otro día tuvimos provisión de agua y pescado, y encontrándonos con dos cristianos que llevaban el altar portátil del P. Zea, nos encaminaron allá. Cuáles fuesen las salutaciones y alegrías de estos dos apostólicos Misioneros al verse juntos, después de tantos trabajos, no lo podemos explicar; porque más hablaban con los ojos y con los suspiros que con la lengua.

Hasta aquí la relación de los indios.

Apenas llegó el P. Arce á San Rafael, cuando sin tomar algún descanso para recobrarse, por consejo del P. Superior, se puso en camino hacia la laguna Mamoré, cuyo camino, aunque más corto, era semejante al pasado.

Llegado allá hizo las diligencias posibles para encontrar al P. Blende y el barco; pero fué en vano; porque éste, después de haber esperado mucho tiempo, se había partido, obligado de la violencia de sus compañeros.

A este tiempo recibió una carta del P. Vice-Provincial en que le avisaba que le esperase, porque quería embarcarse.

Respondióle el P. Arce que se detuviese su Reverencia en San Rafael, que él en una canoa iría á los Payaguás, de quien por haberse ya ganado su ánimo y afecto, se prometía que le conducirían á la Asunción, de donde por Abril del año siguiente, volvería para llevarle.

No esperó la respuesta el P. Provincial, sino que se puso luego en camino hacia el Mamoré, acompañado del P. Zea, que después de cinco meses de trabajosas Misiones en aquellos desiertos, se ofreció á servirle de guía; y lo que causa más admiración es que estaba resuelto, si no estuviese pronto el barco del P. Arce, á hacer algunas canoas y conducir en ellas al P. Vice-Provincial hasta la Asunción, por medio de tantos peligros y enemigos.

Mas Dios Nuestro Señor aceptó los deseos del P. Vice-Provincial para premiarlos, pero no la ejecución, porque hubiera caído en manos de aquellos bárbaros, que á su antojo le hubieran hecho pedazos.

Apenas habían caminado treinta y tres ó treinta y cuatro leguas, cuando cargaron tantas lluvias y hallaron tan profundos pantanos, que no pudieron pasar adelante, sino con evidente peligro de quedar allí anegados, como dijeron algunos Guaranís que traían al P. Vice-Provincial.

CAPÍTULO XVII

_Son muertos de los Payaguás los Padres Joseph de Arce y Bartolomé Blende y se da una sucinta relación de sus virtudes._

Después que el P. Arce se apartó del Padre Blende para encontrar por tierra las Misiones de los Chiquitos, esperó éste dos meses en aquel paraje resuelto á no partir de allí hasta tener primero noticia de su compañero; pero dos españoles que estaban con el P. Blende, el uno, piloto, y el otro capitán de la gente, disgustados mucho antes con el P. Arce porque les había prohibido la compra de esclavos, comenzaron á enfadarse de tan larga detención, y con verdaderas ó aparentes razones, hicieron instancia al P. Blende para que se volviesen.

Al principio se negó resueltamente, exhortándoles á sufrir aquellas incomodidades y trabajos por amor de Dios; mas no cesando las palabras, los lamentos, las quejas y aun también las amenazas de dejarle sólo á la discreción de tantos bárbaros que habitaban á lo largo de la costa, le fué necesario condescender con ellos.

Entendida esta resolución por Quatí, cacique de los Payaguás, se fueron tras ellos, así él como sus vasallos, con intención de vivir en las Reducciones de los Guaranís, y hacerse cristianos; mas reconociendo que entre los suyos había aún algunos, cuyo caudillo era un cristiano apóstata llamado Ambrosio, que estaban obstinados en vivir á su libertad, y eran los familiares del demonio y hechiceros, determinó apartarse de ellos é irse adelante con su chusma en sus canoas, que son ligerísimas.

Persuadió también á otros de su nación, confinantes con la ciudad de la Asunción que siguiesen su resolución, y todos juntos, alegres y contentos prosiguieron el viaje.

En este estado se hallaba la conversión de estas almas tan perdidas y todos esperaban feliz suceso, si el enemigo común no hubiera malogrado los intentos por medio de aquellos pérfidos apóstatas.

Alegre, pues, el santo varón, y contento con la ganancia que le parecía haber logrado, dió fondo al ponerse el sol, junto á una barranca, llamada Tare, á donde aquellos traidores le vinieron á visitar, dando fingidas muestras de amor y arrepentimiento.

El Padre, que no deseaba otra cosa, los recibió con aquel afecto con que amaba el bien de sus almas, y procuró, con todas las industrias de un celo Apostólico, confirmarlos en aquellos buenos propósitos.

Los Payaguás, para disimular mejor su traición, le suplicaron que llevase su chusma en el barco, que ellos le seguirían en sus canoas.

Levantóse un viento fresco, y el barco se adelantó tanto á las canoas, de suyo velocísimas, que apenas en tres días le pudieron dar alcance, estando continuamente los bárbaros recelosos de que se les desvaneciesen sus intentos; y por no exponerse á riesgo de perder el lance, se metieron todos en el barco, con pretexto de que el Padre les diese alguna comida.

El primero que entró fué un mancebo llamado _Cotaga_, hijo de un grande hechicero, al cual tenía el Padre grande afecto, y por ganarle la voluntad le sentaba siempre á su lado.

Este, pues, entró y se puso junto al Padre, como solía; otro se puso al lado de un español que gobernaba el timón, y echando la vista á una hacha ó destral, que estaba allí cerca, se sentó sobre ella disimulado, y haciéndose señas el uno al otro, el que escondía la hacha echó mano de ella con gran destreza, y tirándole al piloto, de un golpe le cortó la cabeza.

Al mismo tiempo _Cotaga_ se echó sobre el Padre para que no tuviese lugar de defenderse; y el otro con un recio golpe le partió por medio la cabeza, y viéndole aún palpitar, le descargó con más furia el segundo; luego los otros traidores acometieron á los neófitos, y en poco tiempo les dieron cruel muerte; y á un indio llamado Francisco Guarayo, que ayudaba á misa al Padre, le mataron á lanzadas.

Después, saltando de alegría por esta feísima traición, les cortaron á todos las cabezas y pusieron tendidos los cadáveres en la orilla de una isla que allí hacia el río poniendo en medio de todos al del dichoso P. Blende; pegaron fuego al barco para quitarle la clavazón de hierro; y de los ornamentos y demás alhajas sagradas destinadas para la nueva iglesia de los Chiquitos, después de escarnecerlos y ultrajarlos, las hicieron pedazos, tomando cada uno la parte que le cupo de tan impío botín y sacrílego despojo.

No quedaron satisfechos estos enemigos de Dios y de su ley con tan horrenda traición; antes tomando de ellas más ánimo, instigados del demonio y de los hechiceros, se previnieron al último acto de la tragedia con la muerte del P. Arce para apartar de sí á quien les reprendía sus bestiales costumbres, é impedir juntamente que los de su nación no abrazasen la santa fé, por lo cual se pusieron á espiar por dónde había de pasar el Padre.

Este, pues, no habiendo podido encontrar el barco, habiendo compuesto lo mejor que pudo una pequeña embarcación, se embarcó en ella con trece neófitos, sus fidelísimos compañeros en tantos riesgos y peligros, al principio de Diciembre.

Caminó prósperamente por muchos días, hasta que llegó á aquella isla en cuya playa yacían tendidos los cadáveres, y observando que eran cuerpos recién muertos, saltaron en tierra los indios y reconocieron que eran sus compañeros.

Qué sentimiento y lágrimas de consuelo causó en el santo varón el ver martirizado á su compañero, y por otra parte qué dolor tendría de haberle perdido, esto más fácil es discurrirlo que explicarlo; abrazóle, bañóle en lágrimas de santa envidia, y le hubiera de buena gana llevado consigo, á haber sido capaz de ello la embarcación.

No sabía aún que Dios le quería dar en breve, con semejante corona, el galardón de tantos trabajos y fatigas sufridas por acrecentar su gloria y el bien de las almas.

Viendo esta carnicería los neófitos, le dijeron:

--Padre, demos la vuelta, porque los Payaguás están enconados con nosotros y nos matarán, como lo han hecho con los demás.

--Eso no--respondió el Padre--porque estamos ya muy distantes: Dios será con nosotros, pues que por su amor nos hemos puesto en camino.

Querían, á lo menos los indios prevenir las armas, y nuestros Guaranís sus mosquetes. Ni aun esto les permitió, diciendo que quería morir por Cristo, y les exhortó con palabras ardientes á sacrificar á Dios sus vidas, diciéndoles:

--Si nuestros trabajos y sudores no han sido suficientes para conducir al fin deseado esta empresa, lo supliremos á lo menos con la sangre; que no podían hacer obra más agradable á Dios ni á sí mismos más provechosa, que perder la vida en testimonio de aquella fe que profesaban; que no perdiesen aquella corona que se les ofrecía y que tantos andaban buscando sin tener la suerte de encontrarla; y que se verían en breve eternamente felices en el cielo, con sólo ofrecer de buena voluntad sus cabezas á las macanas de los Payaguás.

Con este razonamiento se animaron aquellos buenos cristianos á no hacer caso de su vida temporal é imitar el ejemplo y valor del santo Misionero.

Pasaron un poco adelante, cuando de repente cayeron en las celadas de aquellos malvados, los cuales saliendo con presteza al encuentro, al primer lance aferraron la embarcación y la llevaron á tierra; el primero que entró en ella fué aquel maldito indio Cotaga, que llegándose al P. Arce, le sacó á la playa echándole con ímpetu en el suelo y fué menester muy poco, porque estaba ya consumido de fuerzas y sólo se tenía en pie en cuanto el aliento y fervor de su espíritu le daban ánimo y vigor; sacó luego su macana aquel sacrílego infiel, y le dió tan fiero golpe en la cabeza que le quitó al punto la vida, sin poder decir otra cosa, sino:

--Hijos míos, muy amados, ¿por qué hacéis esto?

A este tiempo en la ciudad de la Asunción el R. P. M. Fr. Joseph de Zerza, comendador del convento de Nuestra Señora de la Merced, amigo muy íntimo del siervo de Dios, por haber sido su discípulo en la filosofía, le vió entrar en su celda y le dijo con tierno afecto:

--Hijo, encomiéndame á Dios, porque me hallo en grandes angustias.

Esto sucedió poco antes que le matasen, según el cómputo que después se hizo; por lo cual el día siguiente ordenó á sus súbditos que dijesen la misa por su intención; y se vió obligado á descubrirles la causa por el semblante pálido y descolorido que tenía.

Después de haber aquellos malvados cometido esta bárbara traición, dieron sobre los compañeros del P. Joseph, los cuales, movidos ya, de sus palabras, y mucho más de su ejemplo, se dejaron matar sin la menor resistencia, haciendo este acto de generosidad y mansedumbre, cuando tan fácilmente, aunque tan pocos, se podían defender á sí mismos y al Padre con los mosquetes que traían.

Mas no quiso Dios que muriesen todos, para que tuviésemos noticia de la felicísima suerte de estos dos operarios Apostólicos; á algunos, pues, dejaron con la vida, bien que condenados á esclavitud perpetua.

Los matadores transportaron el cuerpo del P. Arce á la otra banda del río, y le entregaron á los Guaycurús, que también habían echado leña al fuego, y tenido parte en este cruel delito.

Tomaron éstos el cadáver del santo mártir y se enfurecieron contra él con grande inhumanidad, hiriéndole con sus lanzas, y sólo desearon ensangrentarse más cuando ya no había qué maltratar y herir.

Aquel apóstata Ambrosio, que había sido la causa principal de esta impiedad, despachó luego algunos de sus cómplices á avisar de lo sucedido á la gente que iba á Nuestras Misiones de los Guaranís á alistarse en el número de los fieles.

Apenas lo supo Quatí, el cacique principal de todos, y el más fervoroso en el deseo de recibir el santo bautismo, cuando saliendo de sí de dolor, dió la vuelta con todos sus vasallos para vengar las muertes de los Padres.

Los delincuentes, viendo que no se podían escapar de la furia de aquel valeroso cacique, llamaron en su favor á los Guaycurús; pero con todo eso los acometió Quatí con grande valor, y á la primera embestida mató á no pocos de los cómplices; los otros, no pudiendo resistirle, se entraron huyendo por las selvas, y por mucho tiempo no osaron salir de ellas; por lo cual todos los días este cacique daba en rostro á los menos malos con tan enorme delito, diciéndoles que ¿á qué fin habían quitado la vida á los Padres que tanto bien les hacían y los querían tanto? que se fuesen á los Mamalucos y viesen si ellos los trataban mejor.

Dejaron los traidores en su fuga los ornamentos del altar y otras alhajas sagradas, que, aunque profanadas y hechas pedazos, las recogió Quatí para restituirlas, porque todavía mantenía su buen deseo de ser cristiano; mas éste al fin se desvaneció por haber algunos caciques de su nación, confinantes con la Asunción, roto las paces con los españoles.

Ha sido bien particular la providencia que Dios ha tenido para darnos noticia de todos estos sucesos.

Había ya poco menos de dos años que no se sabía el fin de estos dos Apostólicos operarios, por lo cual estábamos sobre manera afligidos y desconsolados.

Creían algunos que, viéndose imposibilitados á volver á la Asunción, se habían internado por el país á predicar en él la santa ley de Dios; y era fundamento para este juicio el celo insaciable de entrambos, pues á donde quiera que se les ofreciese ocasión de predicar, iban aun á costa de grandes sudores y trabajos; otros discurrían mejor que habían sido muertos por los Payaguás, ó á lo menos hechos esclavos.

Y en carta que he visto escrita de la Asunción de 30 de Abril de 1717, escrita después del castigo de muerte que se dió á los Payaguás dichos, se decía corría por cierto en aquella ciudad que había muerto sólo el P. Arce, y al P. Blende le tenían los mismos Payaguás cautivo con algunos de sus indios, y que al piloto español le habían vendido á los Guaycurús.

Quiso Dios al fin consolarnos con noticia cierta del felicísimo arribo de estos dos Misioneros al puesto de la bienaventuranza, con una muerte tan gloriosa.

Fueron, pues, testigos de vista de todo lo sucedido, cuatro cristianos, compañeros del P. Arce, cuyos nombres eran: Joseph Mazzabis, Jacinto Poquibiqui, Pablo Tubarí y Pedro Melchor Guarayo, que habiendo estado esclavos de los Payaguás, fueron rescatados por los Padres en el primer viaje, y en este los había llevado consigo el Padre para intérpretes de aquella lengua.

Estos ahora también quedaron esclavos segunda vez de los Payaguás.

Los cuatro, pues, con una india, de nación Asionés, también esclava, por el mes de Enero de 718, se salieron de entre los Payaguás, con pretexto de ir á buscar algunas frutas silvestres, llamadas motaquís, y dejándolos descuidar, cogieron dos canoas y se dieron á la vela, vogando con la fuerza que les daba el deseo de la libertad y el temor de ser alcanzados de sus cruelísimos dueños.

Navegaron cosa de doscientas leguas hacia la laguna Mamoré, donde, dejadas las canoas, se metieron por la espesura de los bosques para no caer en manos de los Guaycurús; y tomando el camino hacia el pueblo de San Rafael de los Chiquitos, consumidos de los trabajos y de la hambre, llegaron, con mucha dificultad al dicho pueblo, y dieron las noticias que yo aquí he referido.

Ya es tiempo de dar alguna noticia de estos dos celosísimos Misioneros para ilustrar esta historia con la relación de su vida y virtudes, bien que será con toda concisión.

Nació el P. Joseph de Arce á nueve de Noviembre del año de 1651, en la isla de la Palma, una de las Canarias.

Sus padres, no menos ilustres en la sangre que en la piedad, le criaron en el santo temor de Dios y devoción á la reina de los Ángeles; y descubriendo en él una índole que prometía grandes esperanzas para los adelantamientos de su familia, le enviaron en edad tierna á la Universidad de Salamanca, donde con la cultura de las ciencias se hiciese apto para conseguir alguna dignidad eclesiástica ó secular, según el estado que eligiese.

Mas Dios Nuestro Señor que muchísimas veces se vale de los intereses humanos, para lograr mejor el fin de su eterna providencia, se sirvió de la ida de nuestro Joseph á aquella Universidad para llamarle á la Compañía y después al Apostolado en las Indias.