Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 7

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Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los castigos corporales.

* * * * *

Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón, olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.

Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura, asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental, regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent; y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de las gloriosas empresas.

La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista. Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio derruido y fácil de escalar.

* * * * *

Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense, nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas, roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente al riguroso clima montañés.

[Ilustración: Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de empequeñecer notablemente los últimos planos.]

Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio. Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.

A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida de heroicas gestas y de doradas leyendas...

--Éste es --exclamaba-- el río sagrado del solar aragonés; el que fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de la voluntad obstinada de la raza...

Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus fuentes e _ibones_ y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué habrá allí --me preguntaba a menudo-- tras esos picos gigantes, blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién sabe si desde la ingente cumbre del _Coll de Ladrones_ o de la cresta divisoria del _Sumport_ no aparecerán lagos cristalinos y serenos bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para emprender tan largas excursiones.

Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y cariacontecido.

Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance extraordinario.

De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.

[Ilustración]

CAPÍTULO IX

Continúan mis distracciones. -- Los encierros y ayunos. -- Expedientes usados para escaparme. -- Mis exámenes. -- Retorno a Ayerbe y vuelta a las andadas.

Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre; época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva, y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto, gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy tardíamente, como veremos más adelante.

Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina, atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos, ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al dedillo.

Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía, empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas y las torturas de mi estómago.

Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche. Poco a poco me transformé en comensal _veinticuatreno_, con harto contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.

¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable --el temible _suspenso_-- teníalo ya descontado, acabé por echarme la vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin, todo género de burlas y desafueros.

Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo, y evitando así la _dilatación_ estomacal, obligada consecuencia de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa merecía ensayarse y se ensayó.

En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros, motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón, cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.

Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome pasar, además, por la afrenta de vestirme de _rey de gallos_.

Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza mejor podía tomar contra mis verdugos?

En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.

Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula, acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer, excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y la insensibilidad de mis guardianes.

Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.

Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio, escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin, reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con aire tranquilo y resignado.

Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo. Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas, a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro, averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos, la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la pared, y cogidos _in fraganti_, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.

La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable como todo caso de fuerza mayor.

No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.

Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual molleja de buitre.

Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los exámenes. El _suspenso_ era irremisible. Pero a fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura, gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.

Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto de la clase.

[Ilustración]

CAPÍTULO X

Mi regreso a Ayerbe. -- Nuevas hazañas bélicas. -- El cañón de madera. -- Tres días de cárcel. -- El mosquete simbólico.

Cuando regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de los dómines y el régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con verdad cuanto Quevedo dice en su _Gran Tacaño_ de los pupilos del dómine Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos, largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida de aire libre y a suculenta alimentación gradualmente intensificada, recobré luego las fuerzas. Y, viéndome otra vez lustroso y macizo, volví a tomar parte en las peleas y zalagardas de los chicuelos de Ayerbe.

En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.

La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo aspiraba al cañón y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese el tiro por encima, guarnecí aquél mediante ajustado canuto de hoja de lata procedente de alcuza vieja.

Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que alabaron extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo. Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis camaradas no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían por cargarlo y admirar sus formidables efectos.

Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas tapias y apenas frecuentado.

Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído, relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca.

Los momentos eran solemnes y la expectación ansiosa. A favor de un fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente distancia, la terrible explosión.

El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien, desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido aquel día. Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente, abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que la puerta, descompuesta y entorpecida por la lluvia de astillas, no acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le tomamos gran ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.

Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables. El bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la hazaña.

El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, asió gustosamente la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y así, viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis huesos en la cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vió en mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.

Yo protesté durante el camino contra rumores calumniosos que corrían sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin, alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente yo faltas cometidas entre varios camaradas.

Pero no me valieron excusas, e _incontinenti_ dióse cumplimiento a la sentencia municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez más lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí al fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso cumplir. De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se acercaba a la cárcel; pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó al pie de las rejas para contemplar y escarnecer al preso. Esto no lo pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja.

Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece las molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto, «toda incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural habitación».