Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)
Part 6
Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad, decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar muy bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza, ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder tiempo y dinero.
Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y antojadizo.
Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente voltaria y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son: tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.
Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino, contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores de historia con demasiada _historia_ y poco dinero; de literatos que se criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular a Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que, cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria.
No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí, por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a trabar conocimiento con los frailes.
En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo, en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.
El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desinteresado acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.
Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros.
Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes _mallos_ de Riglos, que semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón.
[Ilustración: Lám. VII, Fig. 11.--El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.]
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas, cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor motivo.
El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible _desbravador_ de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí _farinetas_, que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la flor de asar las _farinetas_ sobrantes del almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por aristocrático _pudding_. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros comensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de vinagre.
Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir en ellos algunos pocos latines.
Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el _menú_ se hizo más variado y suculento.
No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La _loca de la casa_ con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.
Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.
Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.
Mis textos latinos --el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.-- vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «_escapadas al ideal_», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!»
Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.
[Ilustración]
CAPÍTULO VIII
El padre Jacinto, mi dómine de latín. -- Cartagineses y romanos. -- El régimen del terror. -- Mi aversión al estudio. -- Exaltación de mi fiebre artística y romántica. -- El río Aragón, símbolo de un pueblo.
No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo _mi caso_ cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.
Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.
Como único método pedagógico, reinaba allí el _memorismo_ puro. Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno, sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.
A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria, el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.
Como se ve, el viejo adagio _la letra con sangre entra_, reinaba entre aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos, sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios.
Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban, con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba, pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.
Obedeciendo, sin duda, a la regla del _perfecto amolador_, que consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves, el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.
Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión de los bríos y acometividad característicos de los matones de las Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes, caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales.
Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del _gato de siete colas_, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.
Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de _cartagineses y romanos_, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado del aula. Tocóme en suerte ser _cartaginés_, y acredité bien pronto el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos. Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.
Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando, y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de un verbo o del que balbuceaba en la declinación del _quinam quaenam_, _quodnam_ o del no menos estrafalario _quicumque_! Los correazos caían sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su retentiva.
¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron acabar con el latín, como acabaron con los latinos!
Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas, no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la terrible correa del dómine.
El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse llamar _torpe_, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas. Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos, puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.
Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva verbal era algo infiel; faltóme siempre --y de ello hablaré más adelante-- esa viveza y limpidez de palabra característica de los temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas, sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis preceptores, diciéndoles: --Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará--. Desgraciadamente, pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...
El mal nace --según nota muy bien Herbert Spencer-- de que el maestro debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa, por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende, por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de este grave defecto hablaré más adelante.
Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.
No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su _Examen de ingenios_, hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de Locke, por ejemplo.
He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto. Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más.
Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante. Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con recurrir a la autoridad judicial.
[Ilustración: Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto habitual de las correrías de los chicos.]