Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 2

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Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger, y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis primeros juegos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi retina virgen y desentumeció mi cerebro.

Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace pocos años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el enrevesado itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa ribereña del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y última, Petilla.

Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura, flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo, en muchos parajes, por ramblas y barrancos.

Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púseme en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto dejamos atrás las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica, la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático de los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal. Sabido es que en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar la esperanza al agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes fecundos aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y nueva denudación de valles y laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas y pedregales. Para apagar la sed y calmar el calor hice escala en dos o tres humildes aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos de la pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado monte donde se asienta el pueblo.

A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás lo hubiera impresionado.

No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental. Al regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean anticipadamente el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia; en su espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras; todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un recuerdo de alegría o de pena. «Yo sólo --me decía-- tendré el triste privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad, acaso algo hostil, y el silencio de los corazones. Nadie me espera, porque nadie me conoce.»

Y sin embargo, me engañaba. El cura y el ayuntamiento habían barruntado mi visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se alza la aldea, cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y que se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en hito, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que ser el hijo de D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!... ¡No me lo niegue usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su madre, le dí a usted de mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena y qué hermosa era!...»

Felicité a la pobre octogenaria por su admirable memoria y excelentes sentimientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión a Petilla.

Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes, inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español, excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.

Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.

[Ilustración: Lám. III, Figs. 3 y 4.--Dos vistas de Petilla: la primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.]

El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña, áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses, aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas, siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al _confort_. Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.

Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya brevedad compensan.

Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue decoroso al humilde pastor de almas.

En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos. Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos llamar _el copo de la felicidad_, es decir, alcanzar los dones de la fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.

Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento; por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía vital necesidad, ¿qué sería --decíame para mis adentros-- de estas existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos, sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos esperan los muertos queridos y llorados?

Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.

¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!... Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes de los _países de yerba_, desprecian o desdeñan a los amojamados, cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo inclemente...

Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura todavía.

Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos, oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.

Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente, tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria. Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.

Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.

[Ilustración]

CAPÍTULO III

Mi primera infancia. -- Vocación docente de mi padre. -- Mi carácter y tendencias. -- Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.

Los primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del precedente. En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a 1860; en él nacieron mis dos hermanas Pabla y Jorja.

Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y a escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física, aritmética y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más que obligación inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible de su espíritu, inclinado, por natural vocación, a la enseñanza. Despertar la curiosidad, acelerar la evolución intelectual, tan perezosa a veces en ciertos niños, le resultaba deleite incomparable. De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócrates blasonaba de sí, que era excelente comadrón de inteligencias.

Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva del domador de potros; pero entra también la grata curiosidad del jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.

Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento embrionario, gozándose en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y repetidos, una especie original, un temperamento _sui generis_, capaz de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros nuevos: he aquí el gran triunfo del pedagogo.

Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos, sino con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de los deberes.

Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo (Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco surge en mi memoria la imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora, transcurridos cerca de cincuenta y ocho años, como si los tuviera presentes.

En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan rápidamente, que a los seis años escribía corrientemente y con alguna ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones de geografía, francés y aritmética.

A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en Medicina y Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar y de enterarle de los sucesos del partido médico, regentado a la sazón por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que mis padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su hijo, un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.

En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la mayoría de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta de la vida de aire libre, incansable cultivador de los juegos atléticos y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales. Entre mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía incomprensible por el trato social.

Tales eran la vergüenza y cortedad que experimentaba al verme entre personas extrañas, que cuando debía comer fuera de casa o había en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi progenitor juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia el trato de gentes, no podía menos de retardar mi evolución mental, originando además rudeza de modales y esquivez y extravagancia de carácter. De que mi padre fué profeta, da testimonio toda mi historia. Tengo por indudable que ese deseo de vivir a mis anchas, entregado a mis caprichos, sustraído constantemente a la coacción moral de las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me privó de amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi carrera.

Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí criatura díscola, excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática. Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.

Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes. Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos hacemos la ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos pone en plena posesión de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese la iniciativa mental; las asociaciones de ideas sucédense en el orden marcado por el interlocutor, que viene a ser en cierto modo dueño de nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de esclavitud perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración parásita del cerebro es que turba las polarizaciones ideales útiles y nos distrae del trabajo.

¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la cuotidiana labor!

Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y entregado a sus pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un humor sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.

La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las horas de asueto que mis estudios me dejaban, haciendo correrías por los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún accidente. Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y cuidados.