Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2)

Part 1

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NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar.

* Se ha respetado la ortografía del original —que difiere ligeramente de la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

* Se ha normalizado el uso de rayas y comillas.

* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.

* Se han corregido nombres propios y títulos de publicaciones previa consulta a los repertorios bibliográficos en línea.

* Las erratas declaradas al final del volumen se han incorporado al cuerpo principal del texto.

* Las notas a pie de página se han renumerado y se han colocado a continuación del párrafo que contiene la llamada.

* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente, para evitar que interrumpieran un párrafo.

* Se añade, en las ilustraciones, mención al número de lámina junto al número de figura. Estos números no están correlativamente ordenados en el original y contienen repeticiones, razón por la que, además, se ha añadido un “Índice de figuras”, que no aparece en el libro impreso.

S. RAMÓN Y CAJAL

_Recuerdos_ _de mi vida_

2.ª EDICIÓN

(OBRA ILUSTRADA CON NUMEROSOS FOTOGRABADOS)

TOMO I

MI INFANCIA Y JUVENTUD

MADRID IMPRENTA Y LIBRERÍA DE NICOLÁS MOYA _Garcilaso, 6, y Carretas, 8._ — 1917

_Es propiedad del autor._

[Ilustración]

ADVERTENCIA AL LECTOR

Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el género de la autobiografía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los gremios militar, político y literario, dieron la señal redactando interesantes y amenos _Recuerdos_, que serán de seguro consultados con fruto por los actuales y futuros historiadores.

Yo fuí entonces un caso de contagio de la general epidemia. Para complacer a algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones se desarrolló mi modesta actividad científica, resolví escribir la historia de una vida vulgar, tan pobre de peripecias atrayentes como fértil en desilusiones y contrariedades.

Además de aportar el consabido _documento humano_, me proponía ofrecer al público un caso de _psicología individual_ y cierta crítica razonada de nuestro régimen docente. En el _Prólogo advertencia_, que precedía al primer tomo, decíamos con leves variantes:

«Contendrá este libro, más que narración de actos, exposición de sentimientos e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie de las reacciones mentales, provocadas en el autor por el choque de la realidad del mundo y de los hombres.

»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la moda) y otros modernos críticos, que el hombre es función del medio físico y moral que le rodea. Referir las ideas que le guiaron y los afectos que le movieron, es tanto como mostrar los efectos casi necesarios del ambiente, las causas mecánicas de la obra realizada; pero es también, y muy señaladamente, poner en evidencia los gérmenes de error, de atraso o de progreso existentes en el medio social; es señalar los vicios de la enseñanza y de la educación; y es, en fin, por lo que toca a nuestro caso particular, marcar los obstáculos contra los cuales se estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa ambición, pretende, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la magna y redentora empresa de la cultura patria.

»Tal es la justificación de la presente obrilla. Ahí está también, según yo pienso, el único y menguado interés que mi autobiografía puede inspirar a aquellas personas sinceramente preocupadas del arduo problema de la educación nacional.

»No busque, pues, aquí el lector aventuras estupendas, narraciones pintorescas, ni arranques pasionales. Quien sienta, como el toro, atracción por lo rojo, debe leer vidas de caudillos, historias de héroes.

»Una vida de aventuras implica exceso y variación continua de la acción y de su escenario, al revés de lo que reclama la labor del espíritu, que a imitación de la naturaleza sólo puede producir en la calma, el silencio y la obscuridad.

»Pero una vida, por sencilla que sea, es un haz complejísimo de ideas, de sentimientos y de sucesos, frecuentemente contradictorios e ilógicos, solamente enlazados y armonizados por la continuidad de una conciencia personal. Imposible será, pues, sin faltar a la sinceridad o sin trazar un cuadro incompleto y excesivamente objetivo, dejar de reflejar en un escrito de este género los diversos y sucesivos estados mentales del autor acerca de sus convicciones o sus dudas en materias religiosas, filosóficas, científicas y hasta sociológicas y artísticas...

»Si algún psicólogo o educador se toma la molestia de recorrer estas páginas, podrá ver en ellas un caso típico de educación romántica; siendo de notar la curiosa circunstancia de que semejante educación fué muy principalmente obra personal y tuvo la significación de una reacción compensadora excesiva contra los gustos y cultura, harto utilitarios y positivistas, que padres y maestros quisieron imponer al autor.

»Cumplióse en mí cierto principio de mecánica moral que podría llamarse _ley de la inversión de los efectos_. Esta ley, que padres y maestros debieran tener muy presente para no extremar ciertas tesis ni imponer con celo exagerado determinados gustos e inclinaciones (con lo que se evitarían resultados contraproducentes), explica cómo las voluntades más indisciplinadas y los revolucionarios más radicales han salido tan a menudo del seno de las corporaciones religiosas.

»Desde otro punto de vista, una biografía sincera, aun referente a persona tan vulgar e indigna de los honores de la historia como yo, encierra algún interés para el pensador. La vida es, ante todo, lucha. La inteligencia se adapta a las cosas, pero éstas se adaptan también a la inteligencia. La teoría del medio moral no lo explica todo; en el resultado final de la educación entra por mucho el carácter individual, es decir, la energía específica traída del fondo histórico de la raza. Es para nosotros indudable que el hombre nace con un cerebro casi siempre algo original en su organización, porque la naturaleza, preocupada ante todo del progreso de la especie, cuida de no repetirse demasiado; y así, a cada generación cambia sus tipos, desarrollando en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social, gran demagogo de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión deformante, a uniformarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental nativa, con la mira de transformar el carácter disonante traído del seno del protoplasma humano, en un producto uniforme, anodino, especie de diagonal o término medio entre todas las tendencias divergentes.

»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores, pueden crear, a pesar de las más exquisitas precauciones, un medio moral rigurosamente idéntico para todos; de donde resulta que las discrepancias y los estridores surgen por todas partes. Constreñida entre las mallas de la educación burguesa, la naturaleza reclama de vez en cuando sus fueros, y asistida por esas desigualdades irremediables del ambiente social, por el azar de las impresiones personales o el choque de lecturas imprudentes, hace surgir diariamente, para preocupación de maestros y tormento de padres, espíritus rebeldes, celosos de su individualidad y resueltos a defenderse de los efectos aplanadores del rodillo igualitario.

»Esto sentado, resulta interesante averiguar en virtud de qué influencias quedó desvirtuada y sin efecto, para ciertos díscolos temperamentos, la obra de la presión colectiva, y pudieron mantenerse, con leves e insuficientes adaptaciones, las agudas aristas traídas de la cantera orgánica, a despecho del perenne batir del oleaje social, que tiende a transformar todas las cabezas en cantos rodados, igualmente lisos, redondos y movedizos.

* * * * *

»Faltaría a la sinceridad que debo a mis lectores si no confesara que, además de las razones expuestas, me han impulsado también a componer este librito móviles egoístas. Cuando el hombre ha entrado en el último cuarto de la vida y siente ese molesto rechinar de piezas desgastadas por el uso y aun por el abuso; cuando los sentidos pierden aquella admirable precisión y congruencia que tuvieron en la edad juvenil, convirtiéndose en averiados instrumentos de física... gusta saborear el recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de aquella dichosa edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida de la fábrica, podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y energías, al parecer inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se nos ofrecía cual brillante espectáculo cuajado de bellezas; en que la ciencia se nos aparecía como espléndida antorcha capaz de disipar todos los enigmas del Cosmos, y la filosofía como el verbo infalible de la tradición y de la experiencia, destinada a mostrarnos, para consuelo y tranquilidad de la existencia, los gloriosos títulos de nuestro origen y la grandeza de nuestro destino!

»¡Sí, repetimos, cuando se llega a cierta edad nadie puede sustraerse a esa nostalgia de fuerza y de vida que nos arrastra, como burlando la ley inexorable del tiempo, a vivir otra vez nuestra juventud, contemplada desde el áureo castillo de nuestros recuerdos, donde buscamos ese calor de humanidad y de afecto que el viejo no encuentra ya en el medio social, cruelmente frío y positivista para los inválidos del tiempo y los prometidos de la muerte! Los jóvenes sobre todo miran al anciano con antipatía; considéranle como obstáculo perenne a su legítima ambición, acaparador egoísta de puestos y honores oficiales...

»Una advertencia antes de terminar. Ha dicho Renan “que no es posible hacer la propia biografía como se hace la de los demás. Lo que de uno mismo se dice es siempre poesía”. El gran Goethe encabeza también su autobiografía con el significativo subtítulo de _Poesía y Realidad_. En igual pensamiento se han inspirado artistas como Wagner, filósofos como Stuart Mill, naturalistas como C. Vogt, etc., y entre nosotros, dramaturgos como Echegaray, y pensadores como Unamuno. Todos han formado el ramillete de sus recuerdos con las flores más bellas escogidas en las márgenes, no siempre verdes y floridas, del accidentado camino de la vida. Y con mayor razón deberemos inspirarnos en él las medianías, los grises y monótonos obreros de la ciencia y de la enseñanza.»

* * * * *

Hasta aquí el prólogo de 1901, de que entresacamos solamente los párrafos más significativos.

Como se ve, nuestro propósito era escribir una autobiografía con tendencias filosóficas y pedagógicas.

Hoy, transcurridos dieciocho años, me sorprendo un poco de mis arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en estudios de índole analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto que desear. Había leído poco o nada de los admirables educadores ingleses y franceses. Mi documentación era, pues, demasiado deficiente para dar cima a la empresa acometida. Si hoy debiera repensar y redactar este libro, adoptaría de seguro plan, tendencia y estilo diferentes.

Pero carezco del vagar necesario para refundir por completo el viejo texto. En la edición actual me he limitado, por consiguiente, a sanearlo un poco, abreviando digresiones, condensando o descartando desahogos líricos y filosóficos asaz inoportunos, y limando el estilo sin tocar esencialmente a lo fundamental del relato.

En algunos capítulos aparecen adiciones introducidas con la doble intención de hacer menos ingrata la lectura y de mitigar en lo posible las monótonas descripciones de travesuras estudiantiles, en el fondo bastante vulgares y corrientes. Se han multiplicado también los grabados.

A pesar de las referidas correcciones y adiciones, el contenido del primer volumen de los RECUERDOS dista mucho de ser comparable, a los fines educativos, con la materia del segundo. Poco me falta hoy para pensar que su valor pedagógico es francamente negativo.

Mas considerando que el indulgente lector ha agotado una primera edición, sin contar las aparecidas en dos Revistas literarias[1], me animo a sacar a luz esta segunda, confiando en que el público la acogerá con igual bondadoso interés que la anterior.

[1] Apareció allá por los años de 1900 a 1903 en _Nuestro Tiempo_ y en la _Revista de Aragón_.

_Madrid, Junio de 1917._

[Ilustración]

CAPÍTULO PRIMERO

Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera infancia.

Nací el 1.º de Mayo de 1852 en Petilla de Aragón, humilde lugar de Navarra, enclavado por singular capricho geográfico en medio de la provincia de Zaragoza, no lejos de Sos. Los azares de la profesión médica llevaron a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de pura cepa, y modesto cirujano por entonces, a la insignificante aldea donde vi la primera luz, y en la cual transcurrieron los dos primeros años de mi vida.

Fué mi padre un carácter enérgico, extraordinariamente laborioso, lleno de noble ambición. Apesadumbrado en los primeros años de su vida profesional, por no haber logrado, por escasez de recursos, acabar el ciclo de sus estudios médicos, resolvió, ya establecido y con familia, economizar, aun a costa de grandes privaciones, lo necesario para coronar su carrera académica, sustituyendo el humilde título de _Cirujano de segunda clase_ con el flamante diploma de _Médico-cirujano_.

Sólo más adelante, cuando yo frisaba en los seis años de edad, dió cima a tan loable empeño. Por entonces (corrían los años de 1849 y 1850), todo su anhelo se cifraba en llegar a ser cirujano de acción y operador de renombre; y alcanzó su propósito, pues la fama de sus curas extendióse luego por gran parte de la Navarra y del alto Aragón, granjeando con ello, además de la satisfacción de la negra honrilla, crecientes y saneadas utilidades.

El partido médico de Petilla era de los que los médicos llaman _de espuela_; tenía anejos, y la ocasión de recorrer a diario los montes de su término, poblados de abundante y variada caza, despertó en mi padre las aficiones cinegéticas, dándose al cobro de liebres, conejos y perdices, con la conciencia y obstinación que ponía en todas sus empresas. No tardó, pues, en monopolizar por todos aquellos contornos el bisturí y la escopeta.

Con los ingresos proporcionados por el uno y la otra, o digamos las perdices y los clientes, pudo ya, cumplidos los dos años de estada en Petilla, comprar modesto ajuar y contraer matrimonio con cierta doncella paisana suya, de quien hacía muchos años andaba enamorado.

Era mi madre, al decir de las gentes que la conocieron de joven, hermosa y robusta montañesa, nacida y criada en la aldea de Larrés, situada en las inmediaciones de Jaca, casi camino de Panticosa. Habíanse conocido de niños (pues mi padre era también de Larrés), simpatizaron e intimaron de mozos y resolvieron formar hogar común, en cuanto el modesto peculio de entrambos, que había de crecer con el trabajo y la economía, lo consintiese.

No poseo, por desgracia, retratos de la época juvenil, ni siquiera de la madurez de mis progenitores. Las fotografías adjuntas fueron hechas en plena senectud, pasados ya los setenta años.

[Ilustración: Lám. I: Retrato de mis padres. Estas fotografías están hechas cuando mis progenitores pasaban de los setenta años.]

La ley de herencia fisiológica da, de vez en cuando, bromas pesadas. Parecía natural que los hijos hubiésemos representado, así en lo físico como en lo mental, una diagonal o término medio entre los progenitores; no ocurrió así desgraciadamente. Y de la belleza de mi madre, belleza que yo todavía alcancé a ver, y de sus excelentes prendas de carácter, ni un solo rasgo se transmitió a los cuatro hermanos, que representamos, así en lo físico como en lo moral, reproducción casi exacta de nuestro padre; circunstancia que nos ha condenado en nuestra vida de familia a un régimen sentimental e ideológico, monótono y fastidioso.

Porque, según es harto sabido, cada cual busca instintivamente aquello de que carece, y se aburre y molesta al ver reflejados en los otros iguales defectos de carácter, sin las virtudes y talentos que la Naturaleza le negó. A la manera del concierto musical, la armonía moral resulta, no del unísono vibrar de muchos diapasones, sino de la combinación de notas diferentes. Por mi parte, siempre he sentido antipatía hacia esas familias homogéneas, cuyos miembros parecen cronómetros fabricados por la misma mano, en las cuales, una palabra lanzada por un extraño provoca reacciones mentales uniformes, comentarios concordantes. Diríase que las lenguas todas de la familia están unidas a un hilo eléctrico y regidas por un solo cerebro. Afortunadamente, y en lo referente a nosotros, la heterogeneidad del medio moral, es decir, las condiciones algo diversas en que cada uno de mis hermanos ha vivido, han atenuado mucho los enfadosos efectos de la uniformidad psicológica y temperamental.

Pero no debo quejarme de la herencia paterna. Mi progenitor era mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades. Con su sangre me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que soy: la religión de la voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción de que el esfuerzo perseverante y deliberado es capaz de modelar y organizar desde el músculo hasta el cerebro, supliendo deficiencias de la Naturaleza y domeñando hasta la fatalidad del carácter, el fenómeno más tenaz y recalcitrante de la vida. De él adquirí también la hermosa ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos segundos y causas menudas. De sus excelencias mentales, faltóme, empero, la más valiosa quizá: su extraordinaria memoria. Tan grande era, que cuando estudiante recitaba de coro libros de patología en varios tomos, y podía retener, después de rápida lectura, listas con cientos de nombres tomados al azar. Con ser grande su retentiva natural u orgánica, aumentábala todavía a favor de ingeniosas combinaciones mnemotécnicas que recordaban las tan celebradas y artificiosas del abate Moigno.

Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre, recordaré en breves términos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés (Huesca), con hermanos mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba heredar y cultivar los campos del no muy crecido patrimonio, tuvo que abandonar desde muy niño la casa paterna, entrando a servir en concepto de mancebo, a cierto cirujano de Javierre de Latre, aldea ribereña del río Gállego, no muy lejana de Anzánigo. Aprendió allí el oficio de barbero y sangrador, pasando en compañía de su amo, un benemérito cirujano romancista, ocho o diez años consecutivos.

[Ilustración: Lám. II, Fig. 1.--Larrés tomado a vista de pájaro. En la fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte cierra el horizonte.]

[Ilustración: Lám. II, Fig. 2.--La casa alta, destartalada y situada en el centro de la calle, fué donde nací. (Petilla).]

Otro que no hubiese sido el autor de mis días, habría acaso considerado su carrera como definitivamente terminada, o hubiera tratado de obtener como coronamiento de sus ambiciones académicas, el humilde título de ministrante; pero sus aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes curas hechas por su amo, la lectura asidua de cuantos libros de cirugía encontraba (de que había copiosa colección en la estantería del huésped), el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos de cirugía y medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del mancebo, le confiaba, despertaron en él vocación decidida por la carrera médica.

Resuelto, pues, a emanciparse de la bajeza y estrechez de su situación, cierto día (frisaba ya en los veintidós años), sorprendió a su amo con la demanda de su modesta soldada. Y despidiéndose de él, y en posesión de algunas pesetas prestadas por sus parientes, emprendió a pie el viaje a Barcelona, en donde halló por fin, tras muchos días de privación y abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo maestro le consintió asistir a las clases y emprender la carrera de cirujano.

A costa, pues, de la más absoluta carencia de vicios, y sometiéndose a un régimen de austeridad inverosímil, y sin más emolumentos que el salario y los gajes de su mancebía de barbero, logró mi padre el codiciado diploma de cirujano, con nota de _Sobresaliente_ en todas las asignaturas, y habiendo sido modelo insuperable de aplicación y de formalidad. Allí, en esa lucha sorda y obscura por la conquista del pan del cuerpo y del alma, bordeando no pocas veces el abismo de la miseria y de la desesperación, respirando esa atmósfera de indiferencia y despego que envuelve al talento pobre y desvalido, aprendió mi padre _el terror de la pobreza_ y el culto un poco exclusivo de la _ciencia práctica_, que más tarde, por reacción mental de los hijos, tantos disgustos había de proporcionarle y proporcionarnos.

Años después, casado ya, padre de cuatro hijos, y regentando el partido médico de Valpalmas (provincia de Zaragoza), dió cima a su ideal, graduándose de Doctor en Medicina.

Cuento estos sucesos de la biografía de mi padre, porque sobre ser honrosísimos para él, constituyen también antecedentes necesarios de mi historia. Es indudable que, prescindiendo de la influencia hereditaria, las ideas y ejemplos del padre, representan factores primordiales de la educación de los hijos, y causas, por tanto, principalísimas de los gustos e inclinaciones de los mismos.

* * * * *

De mi pueblo natal, así como de los años pasados en Larrés y Luna (partidos médicos regentados por mi padre desde los años 1850 a 1856), no conservo apenas memoria. Mis primeros recuerdos, harto vagos e imprecisos, refiérense al lugar de Larrés, al cual se trasladó mi padre dos años después de mi nacimiento, halagado con la idea de ejercer la profesión en su pueblo natal, rodeado de amigos y parientes. En Larrés nació mi hermano Pedro, actual catedrático de la Facultad de Medicina de Zaragoza.

Cierta travesura cometida cuando yo tenía tres o cuatro años escasos, pudo atajar trágicamente mi vida. Era en la villa de Luna (provincia de Zaragoza).

Hallábame jugando en una era del ejido del pueblo, cuando tuve la endiablada ocurrencia de apalear a un caballo; el solípedo, algo loco y resabiado, sacudióme formidable coz, que recibí en la frente; caí sin sentido, bañado en sangre, y quedé tan mal parado que me dieron por muerto. La herida fué gravísima; pude, sin embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fué ésta mi primera travesura; luego veremos que no debía ser la última.

[Ilustración]

CAPÍTULO II

Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de mis paisanos. -- Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.

Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han sido parte a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido solamente a solicitar, recibir y pagar serie inacabable de _fées_ de bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en virtud de la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos patrióticos, que han podido correr más libremente por el ancho y generoso cauce de la España plena.