Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 22

Chapter 222,376 wordsPublic domain

Entrad, entrad en ese templo y difícilmente encontraréis otro alguno que exprese mejor el pensamiento religioso. No es en verdad su aspecto el aspecto sombrío y sublime de nuestras catedrales góticas henchidas por un catolicismo batallador é intolerante que se complace en las sombras y en el misterio. Aunque el fondo de todo el dogma es idéntico, la expresion es diversa. En estas islas, entre estas lagunas, á la luz reverberada en las aguas, al aire cariñoso que baja de los Alpes, no cabe la ceñuda intolerancia de nuestro dogma ni la sublime aspereza de nuestro culto. Venecia ha oido la sirena que el agua bendita no ha logrado expulsar todavía de las ondas adriáticas; ha visto Aténas, donde el cristianismo se ha coronado con las aureolas de las ideas platónicas; ha saludado en Constantinopla y Alejandría las ciudades que dieron á la nueva fe la antigua idea del Verbo; se ha hundido en el Oriente y allí ha tomado esa luz deslumbradora que tanto se asemeja á la luz despedida por las místicas efusiones y por los religiosos arrobamientos del alma. Y cuando veis este templo todo de oro, esta luz resplandeciente y mística al mismo tiempo, estos sacerdotes con sus casullas recargadas de adorno á guisa de obispos armenios, estos patriarcas que llevan el nombre y tienen el aire de las grandes dignidades orientales, creeis hallaros en otra zona del cristianismo, cerca de la cuna del sol y de la cuna tambien de todo ideal religioso. Nosotros confinamos con el desierto monoteista, con las tribus semíticas, con la tierra de la teología intolerante, con el África estéril que sólo ha dado aquellos profetas en armas, descendidos á renovar con la predicacion y la cimitarra un dogma de gran profundidad, pero de variedad escasa, miéntras que Venecia confina con el territorio griego, con el coro de las islas helénicas, con el mar cuyas fosforescencias llevan como disueltas innumerables y diversas estelas de purísimas ideas. Su apóstol no debiera ser San Márcos; su apóstol debiera ser San Juan, cuyo Evangelio, el más combatido por la crítica moderna, el más puesto en duda por la sabiduría de los comentadores germánicos, tambien es el más oriental, el más alejandrino, aquel en que se siente el aire de la Academia mezclado con el perfume de acre gnosticismo, y que ha hecho de la religion cristiana una síntesis platónica, y que ha convertido á Cristo en el Verbo creador y mantenedor del Universo; Evangelio helénico y oriental, digno de ser comentado por Plotino y leido por Hipatia á aquellos sectarios deseosos de armonizar su nueva fe de cristianos con el antiguo espíritu de Grecia y con la inagotable inspiracion teológica del religioso Oriente.

Lo cierto es que el color, el matiz, la difusion y la variedad de la vida, resaltan por todas partes en el interior de este templo magnífico. El pavimento, que tiene cierto lustre y cierta humedad, como la cubierta de un buque, se halla compuesto de piedras duras matizadas por colores diversos y reflejos dulcísimos; el suelo se ha rebajado en unos puntos y ha crecido y levantádose en otros como si lo combatiera y lo trasformára la tormenta, obligándole á tomar la ondulacion de las encrespadas olas; el arco triunfal de la entrada, arco enteramente romano, despide de sus largas líneas, como otras tantas visiones proféticas, las fantásticas figuras del Apocalípsis; á la derecha, enorme pila de pórfido se eleva sobre perfecto altar pagano de la antigua Grecia; á la izquierda, riquísimo retablo, cuyos mármoles tan varios y tan brillantes semejan á combinaciones y guirnaldas de pedrería; sobre este altar un paraíso de Tintoreto, cubriendo altísima pared, deslumbrador por sus colores, y en el cual creeriais ver todos los venecianos elevados á las cimas de la bienaventuranza; en el crucero, el coro, al cual abre paso una portada de jaspe sanguíneo compuesta de ocho columnas, sobre cuyos arquitraves se elevan catorce estatuas del más puro Renacimiento; en el altar mayor la pala de oro, preciosa, inmensa joya de Constantinopla, toda cuajada de diamantes, toda cubierta de riquísimos esmaltes y preservada por una tabla que han pintado artistas venecianos educados en el Oriente europeo; detras del altar mayor, las columnas salomónicas de alabastro atribuidas por la tradicion al templo de Jerusalen, y trasparentes como si fueran de cristal de roca iluminado por el rayo plateado de la luna llena; al lado derecho del altar, la puerta plateresca esculpida y cincelada por Sansovino, con una perfeccion digna de Cellini, y á la izquierda la puerta árabe conduciendo al tesoro y que diriais arrancada á Damasco ó á Granada; por todas partes, frisando con el pavimento y subiendo hasta el punto céntrico de las cinco cúpulas, como un inmenso tapizado de tisú de oro, los mosaicos de áureos cristales, allí colocados desde los primitivos á los últimos tiempos de la Basílica, maravillosa serie de la historia del arte, donde han puesto sus manos, así los primeros pintores cuyas espantadas figuras parecen oir el llamamiento del Juicio Final, como los últimos que presentan la vida veneciana en una contínua orgía, siendo de reflejos tan varios y de colores tan vivos que los creeriais un éter no soñado, la luz desprendida de uno de esos soles en cuya comparacion el nuestro es una pavesa, donde veis nadar, agitando liras, ramos, palmas, los santos, los ángeles, los querubines, los mártires, las vírgenes, todos vestidos de colores indecibles, todos vivificados por ideas religiosas, todos exhalando un _Te Deum_ inefable, cuyos ecos llegan hasta nuestros oidos de carne, pero cuyas magistrales cadencias se pierden, como las plegarias de los fieles, como las espirales del incienso, como las melodías del órgano, como el aleteo de las almas, en el espacio de los cielos y en el seno del Eterno.

Yo no conozco en el mundo cosa alguna comparable á esta basílica de cristal esmaltada por tan maravillosa manera. Cuando las sombras se espesan en el pavimento y la luz se rompe en las altas bóvedas por los rayos últimos de sol que atraviesan las ventanas de las rotondas, creeis ver desde un planeta oscuro el cielo resplandeciente de ideas increadas y poblado de ángeles que llevan sobre sus alas de rosa vírgenes y santas purísimas coronadas por místicas aureolas apénas perceptibles á la vista y semejantes al resplandor en que se abrasa un alma enamorada de lo divino y de lo eterno. ¡Qué multitud de figuras! Las hay de diversas épocas y de diferentes y áun contrarios autores. Unas son litúrgicas hasta la rigidez, y otras mundanas hasta el sensualismo; unas representan los tiempos místicos y otras los tiempos paganos; han nacido éstas cuando el hombre, apartado de la naturaleza, no se atrevia á mirar su propio cuerpo, obra maestra del pecado, y han nacido aquéllas cuando todos los velos han caido, cuando toda la antigua inocencia se ha disipado, cuando el pincel y el buril han hecho con sus castas desnudeces volver rehabilitada, como si áun estuviera en el Paraíso, la Eva corruptora de nuestra sangre: esta efigie, que sobre la gran puerta se descubre en actitud de penitencia y con expresion de dolor, proviene del siglo undécimo, que todavía no ha olvidado los terrores del año mil y que todavía no ha sacudido la sombra de la primera culpa, miéntras que la otra, no distante, iluminada por la misma luz, contenida en el mismo espacio, quizá ha sido dibujada por Ticiano, el artista de los sentidos y de la forma, el rehabilitador de la carne, el hijo predilecto de la naturaleza, el mago de los colores; y sin embargo, puestas todas en este templo, desde las que lloran hasta las que rien, desde las que rezan hasta las que cantan, desde las que sienten el desfallecimiento en su materia casi disipada hasta las que sienten la borrachera de exuberante vida; desde las tristemente ascéticas hasta las groseramente voluptuosas, como han oido tantas oraciones y han respirado tanto incienso, parecen por igual envueltas en el idealismo religioso, como si las unas estuvieran ya en el cielo de los éxtasis y las otras se levantáran desde la vida del sentido á la vida del alma. La variedad de tonos y reflejos da á esta basílica un aspecto fantástico. Sobre el luminoso cristal, sobre el fondo de oro puro, los colores y sus matices resaltan fuertemente y avivan las líneas del monumento, que parece amasado en la materia incandescente de los soles, así como los contornos de las figuras que parecen desprendidas de su centro y próximas á volar por los espacios. Más que objetos reales, semejan estos cuadros mágicos espejismos tendidos en las paredes por una imaginacion oriental; más que reverberaciones y matices de la luz natural, parecen las perlas y las esmeraldas de esas túnicas, los rayos de esas aureolas y las plumas de esas alas reflejos de un sol increado, como la idea que vaga en la mente del Eterno y que es el ideal y el arquetipo de todo el Universo. En esas gradaciones del oro, que tiene desde toques cobrizos hasta toques etéreos, veis mezclarse la púrpura al ópalo, el esmeralda al rosa, la chispa diamantina semejante á una lluvia de luceros, con el matiz violeta semejante á una nube diáfana, como en esas puestas del sol inenarrables que esmaltan el ocaso de nuestros cielos meridionales, ó como en esos bosques de la India, á las orillas del plateado Gánges, en que las fosforescencias del suelo y los relámpagos del aire, los insectos luminosos levantados de la lujuriosa vegetacion, y las estrellas y los aerolitos del cielo componen como una súbita fantástica florescencia de mundos animados por el fuego de indecible amor.

Yo, al contemplar todas estas figuras, no pude ménos de preguntarme á mí mismo y preguntarles á ellas si eran seres fantásticos, hijos de calenturientas imaginaciones, reflejos de deseos nunca satisfechos, sombras de la mente acalorada, ó símbolos ó imágenes de ideas vivas que tendrán realidad en este ó en otro mundo mejor. Yo no puedo creer, no creeré nunca, que la humanidad, eminentemente religiosa, haya orado al vacío, pedido consuelos á la nada, alargado sus brazos en este diluvio de lágrimas que inunda los planetas al abismo sin fondo de un no ser absoluto. Y no creo, no puedo creer, que los conceptos metafísicos sean ménos en el Universo que los fuegos fatuos de un cementerio ó los vapores indecisos de un lago. Yo no creo, yo no puedo creer que lo infinito, lo eterno, lo perfecto, lo absoluto, lo ideal, sean como juegos de la fantasía, como entelechias sin posibilidad alguna, como aromas exhalados de nuestra mente para perderse y disiparse en las nieblas eternas de una eterna muerte. Los filósofos que han evocado la luz del pensamiento divino allá donde rayó la luz del sol en su oriente; los sacerdotes que han concebido en el templo inmenso del desierto la idea viva de la unidad de Dios; los reveladores que á la sombra del Hibla y del Himeto, á las orillas del Pireo, bajo los plátanos de la Academia, entre los bajos relieves de Aténas han escrito los divinos diálogos sobre el ideal; las tiernas mujeres que, desnudo el seno y flotante el cabello, perfumadas con los aromas de la Siria y ceñidas con las flores de Délfos y de Colonna, han recorrido las riberas del mar de la Grecia, clamando por la muerte de Adónis y pidiendo su resurreccion; los discípulos que han llorado al pié de una cruz erigida en la cumbre del Calvario; los mártires que han muerto en las arenas del circo; los grandes pensadores que han empapado en el éter divino la conciencia; todos han sido soñadores, sicofantas, magos, hechiceros, capaces de dar los efluvios de sus nervios descompuestos, los caprichos de sus inteligencias ébrias, los sentimientos de sus corazones desgarrados por el dolor, las nubes levantadas de sus tristezas y de sus nostalgias, como el supremo bien y la verdad suprema. Esos templos que se levantan por los bosques y por los desiertos, á las orillas de los mares, en los altos promontorios, como faros del espíritu, donde quiera que el hombre ha sentido la hermosura de la naturaleza, no serian otra cosa más que huesos mondados, hogares extintos, ruinas eternas, montones de piedra cubiertos de hiedra, donde pueden sólo habitar los lagartos y donde jamas hubo el fuego de una idea. Este Universo nuestro, ¿no será más que materia y fuerza? Este Dios nuestro, ¿no será más que un inmenso abismo, vacío y oscuro como la nada? Este pensamiento nuestro, ¿no será más que la estela producida por el choque de una sensacion y en otro choque disipada? El ideal, ¿es el sueño de los sueños, el delirio de los delirios, el ataque nervioso de un iluminado ó de un loco?

No puedo creerlo, no lo creo. El hombre no es naturalmente ni judío, ni católico, ni pagano, ni musulman; pero es naturalmente religioso. Á la idea de lo infinito, que acaricia su mente, corresponde la realidad de lo infinito en el Universo. El arte no es mentira, la inspiracion no es mentira, el amor no es mentira; pues lo absoluto no puede ser mentira tampoco. Aquí está la realidad de lo infinito. La Arquitectura es como el espacio, como el planeta, como el mundo externo ántes de ser habitado por el espíritu, el continente de las inspiraciones. Este mundo necesita habitantes, y surge como una vegetacion ideal la gama misteriosa de colores que forma la aurora de las ideas. Pero no basta, y surgen, como los organismos en el planeta, las estatuas maravillosas sobre sus pedestales, los ángeles y los santos y las vírgenes en sus áureos mosaicos. Y no basta, porque el espíritu aspira á más, y entónces el órgano llena de melodías celestes todo este Universo. Y no basta, y viene la idea pura, la poesía, el alma de las almas, á completar las inspiraciones del arte y á unir lo finito con lo infinito. El error de los errores consiste en que cada secta, cada religion, cada filosofía, cada sistema se cree todo el ideal. No; el ideal completo está en la mente de toda la humanidad y se realizará en el seno de Dios.

FIN.

ÍNDICE.

Págs.

PRÓLOGO. v

Los Grisones. 1

Monte-Carlo. 17

La bella Florencia. 41

Mantua y Virgilio. 59

San Francisco y su convento en Asis. 101

Sorrento y el Tasso. 227

Los Güelfos y los Gibelinos de Roma. 269

Un Discurso. 305

La isla de Capri. 331

San Márcos de Venecia. 367

FIN DEL ÍNDICE.