Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 21
Naturalmente, para ver el fenómeno se necesita que el dia esté límpido, el agua serena, el sol ántes del meridiano, pues la clara luz, recogida á la puerta por las aguas, penetra con una dulzura celeste en esta mansion de encantos indecibles. Mas el silencio que allí reina; el alejamiento del mundo; la nitidez de las aguas; el hechizo de la luz; las gotas destiladas por los remos que brillan; la superficie tersa como un metal precioso en extraña infusion; los abismos trasparentes cual un cielo clarísimo; la reverberacion azul en las bóvedas blancas; el color oscuro de las barcas mezclado con el color alabastrino de los nadadores; las centellas y las estelas parecidas al chispear de los astros; las perlas y los diamantes líquidos que cada movimiento derrama sobre las ligeras ondulaciones; aquel dia tibio como un crepúsculo jamas visto; aquella noche que se condensa y se espesa por várias aperturas; aquella magia alejada completamente de la realidad; cuanto os rodea, presta al sitio el aspecto de una especie de planeta que se está formando y surgiendo como isla de nácar iluminada en otras esferas desemejantes de las nuestras por mágico sol, cuyos rayos tibios y dulces como los rayos de la luna, tuvieran sobre éstos un más celeste y más hermoso resplandor.
Al salir, mi mente inquieta se trasportaba á bien lejanos tiempos. ¿Será éste el sitio donde se mojó el Amor cantado en su oda tercera por Anacreonte? El rapaz quiso ver si la humedad habia aflojado su arco, y probó, y pudo cerciorarse, hiriendo al mismo huésped que le albergára, cuán léjos despedia la aguda flecha, y cuán certero daba el mortal golpe. Lo cierto es que en el rumor de la salada onda, en el choque de los ligeros remos con las aguas, en el aleteo de las frescas brisas, en el arrullo de la paloma mezclado con la vibracion de las henchidas lonas, en el chirrido de la cigarra acompañado del grito de la gaviota, en todo cuanto se oia, resonaba, como si hasta los escollos y los promontorios fuesen misteriosas arpas, el cántico inmortal de la antigua Grecia. Podia repetirse aquí el coro consagrado á Edipo, ciego en los valles de Colonna. Esta es la más deliciosa region del mundo; los ruiseñores invisibles cantan en coro desde árboles cuyos frutos nada tienen que temer ni del sol ni del frio; los dioses de la naturaleza pasan por sus campiñas cargados unas veces de espigas y otras de racimos, y pasan por sus ondas, siempre cargadas de perlas, seguidos los unos de ninfas, cuyas frentes coronan la verbena y la hiedra, los otros de neréidas, cuyas frentes coronan las algas y los corales; el rocío hace florecer los narcisos de pintadas guirnaldas y el azafran de áureas y purpurísimas hebras; el laurel crece junto al olivo y los hombres aprenden lo mismo el arte de fecundar la tierra, que el arte de someter los mares. Eurípides puede repetir aquí el canto de sus cíclopes; Teócrito sus idilios impregnados de rosada miel. La muchacha que pasa descalza por los altos riscos seguida de su cabra, y lanzándonos con gracioso ademan algunas palabras de griega melodía, es acaso la amorosa Amarílis que se inclinaba á la entrada de las cavernas para oir el cántico de los pastores, y que huia diligente á su amor y á sus caricias. El pescador de la playa es el mismo pescador antiguo; en su cabaña de juncos y hojas secas; sobre su lecho de algas; rodeado de espuertas, y filetes, y cebos varios, y anzuelos; con una barca llena de redes á su frente y un monton de maromas y corchos á su espalda; el traje azul como la ola amorosa, y el gorro colorado como el sol poniente; sin llave que le guarde ni perro que le defienda; soñando hasta en las breves noches del estío con su copo cargado de lucientes peces. Y cuando habiamos apartado los ojos de la playa y los habiamos puesto en los umbrosos valles, y veiamos á los muchachuelos trepar por los árboles, ó gatear por los riscos en busca de un nido, involuntariamente nos acordábamos de aquel pajarero cantado por Bion y Mosco, el cual untó de liga las ramas de los árboles para cazar el Amor, y un anciano le dijo: «Chiquillo, no aceches á tal edad ese bicho, que cuando seas mayor verás cómo viene por sí mismo á posarse largo tiempo sobre tu atormentado corazon.» Y tanta poesía sólo tiene una sombra, sólo tiene una mancha; la sombra del despotismo, la mancha del recuerdo de Tiberio. ¡Bendita libertad! ¡Maldito cesarismo!
SAN MARCOS DE VENECIA.
No conozco en el mundo salones comparables á la plaza y á la placeta de San Márcos. Cuando os colocais al pié de la torre que sirve como de campanario á la Basílica, y que de la Basílica se encuentra aislada á guisa de monolito asiático, el marmóreo blanco palacio de Sansovino se ostenta á la derecha con sus bajos relieves y sus estatuas del Renacimiento; la casa de las Procuratías á la izquierda, con sus arcos y sus bóvedas que exhalan de todos sus contornos ideas de la Edad Media; el Alcázar ducal á vuestra frente levantado sobre una crestería gótica, tan ligera como las diademas que coronan nuestras catedrales; junto al gótico alcázar el oriental templo; y entre las dos inmensas columnas graníticas rematadas por el leon de San Márcos y por la efigie de San Jorge, el Gran Canal se dilata como un brazo de mar azul, á cuyo término opuesto brilla, irguiéndose en admirable isla, una maravillosa iglesia de Paladio, toda blanca y rosa, toda recortada con una gracia inimitable, y concluida por torres y estatuas, cuyas puras líneas resaltan en el éter de los cielos y se dibujan claramente en el cristal de las aguas.
Bajo aquellos horizontes purísimos, al borde de aquellos mares celestes, entre tantas maravillas artísticas, sobre el pavimento de mármol, á la sombra del agudo campanario, apoyada la frente en la tribuna cincelada como una joya griega, ante los edificios de más colores y de más armonías y de más contrastes que hay en Europa, dejais correr el tiempo y vagar el pensamiento sin poder desasiros de un éxtasis contínuo. Los mercaderes de frutas confitadas gritan; los barítonos y tenores y músicos ambulantes alzan sus voces y suenan sus instrumentos varios; las palomas que anidan por todos aquellos relieves descienden á comer en las mesas de los cafés ó en vuestras propias manos los granos de trigo y las migajas de bizcocho y de pan que les apercibe la benevolencia del público. La paloma aparece á los piés de esta ciudad de nácar, nacida entre las ondas, como á los piés de la diosa mitológica del amor, entre las ondas tambien nacida, cual su compañera y su símbolo. De apartados siglos proviene este amor que el veneciano tiene al más inocente de los animales, al que comparte con el cordero y la tórtola y la golondrina toda nuestra ternura, bien escasa en verdad para los seres inferiores perseguidos siempre por nuestra devastadora hambre y nuestro asolador egoismo en las competencias y en los combates de la vida. Cierto dia, Venecia, la protectora unas veces, la enemiga otras del Oriente, sitiaba esa isla de Creta, que para la Geología une submarinamente Grecia con Egipto, y para la Historia une en el tiempo las ideas orientales con las ideas occidentales; isla cuya posesion ha costado y ha de costar todavía mucha sangre, cuando los cautivos mandaron desde sus oscuras mazmorras á los campamentos venecianos esos mensajeros alados que dijeron el sitio por donde encontrarian los sitiadores más fácil brecha, y de consiguiente más segura victoria. Desde entónces la gran ciudad no ha olvidado á los pobres animalillos, y los anida en sus más bellos edificios, y los regala con sus caricias, y los alimenta de su público tesoro. Son de ver, cuando bajan de aquellos nidos de jaspe, de mármol, de mosaico, cual si en tantos colores hubieran matizado sus alas de tornasolados cambiantes, corriendo á vuestra mano sin ninguna inquietud y arrullando vuestro oido con su unísono cántico; los ojos serenos, las plumas erizadas, movidas las alas, en demanda del grano de trigo que la ciudad guarda para estos extraños hospicianos, acogidos por su caridad y conservados en su pública beneficencia. Entre cresterías, botareles, pirámides, frisos, volutas, ojivas, arcos, todos inertes, esos alados seres juguetean como la imágen del movimiento y de la vida, mezclando la sombra de sus alas oscuras en los cielos con las sombras de las claras velas y de los gallardetes y banderolas que ondean sobre las naves del mar. Yo confieso que desde el sitio de París, se ha acrecentado mi antiguo cariño por esos inocentes animales. En aquella catástrofe sin igual, cuando rigoroso sitio habia aislado un millon de seres humanos del resto de la humanidad; bajo los horrores del bombardeo; entre las calamidades llovidas por el ódio universal y por la guerra; sobre los montones de cadáveres en cuyas cimas aleteaban los cuervos dándose á sus siniestros festines y á sus más siniestros graznidos de hartazgo; entre tantas sombras de muerte, entre tantas ruinas humeantes, entre tantas cóleras y venganzas, atravesaba el único sér que se movia á compasion y que amaba con ternura, la pobre paloma, hija del aire y de la luz, viajera incansable, verdadera hermana de la caridad en la naturaleza, sencilla portadora de noticias, de esperanzas, de avisos, que unian á los mártires con el resto de su raza y les daban nuevas, más ó ménos tristes, pero nuevas al cabo, necesarias para el alma, de los contínuos naufragios de la patria.
La primera vez que fuimos á Venecia, llevábamos la idea de visitar ántes el palacio ducal que la basílica católica. Pero las inocentes avecillas nos distrajeron tanto de este propósito, que nos llevaron al atrio, y desde el atrio era imposible resistir á la tentacion del ingreso. ¡Qué maravilloso monumento! No se parece en nada á ningun otro de la tierra: es original como esta ciudad, es autóctono como esta civilizacion; no entra en las clasificaciones del arte, como la historia veneciana no participa de las fases generales de la historia europea. Aquí no hay teocracia, aquí no hay feudalismo, aquí no hay monarquías con el encargo de fundar y unificar la patria; esto es un buque anclado entre las lagunas y el Adriático, lleno de banderolas, gallardetes, preseas, cintas y flores, donde unos marinos riquísimos, si quereis unos piratas sin rival, se dan á todas las exaltaciones de su mente, y despues de haber viajado ó combatido, tras una borrasca ó un encuentro, tras una guerra ó una tormenta, acarician con voluptuosidad el placer de vivir que se dilata en el choque de las copas y de los labios, en el sonido de los acordes y de los besos, en los goces del arte y del amor, entre aquellas mujeres bajo cuyas cabelleras rubias, dignas de las eslavas, centellean los ojos negros de las griegas, y bajo cuya piel de jazmin y rosa, digna de las flamencas, circula sangre de fuego y laten corazones africanos. Este edificio no es un edificio oriental, aunque por muchos aspectos lo parezca. Este edificio no es un edificio bizantino. Si lo creeriais al ver sus cúpulas, no lo creeriais al ver su disposicion interior. Este edificio no es un edificio romano; le falta la forma de aquellas audiencias convertidas por los primeros cristianos en templos. Este edificio no es un edificio gótico. La ojiva no aparece por ninguna parte, y los arcos triangulares no dan al interior el misterio y el recogimiento propios de nuestras catedrales de la Edad Media. Este edificio no es un edificio del Renacimiento, pues carece de aquella serenidad de líneas, y de aquella grandeza de conjunto, y de aquella armonía de proporciones que resplandecerán siempre en la iglesia de San Pedro y en el Escorial de nuestra España. Es un edificio original, extraño; en una palabra, veneciano. Las columnas, traidas de regiones diversas, se aglomeran y se sobreponen de tal suerte que os creeriais en nuestra mezquita de Córdoba; si no por los alicatados y las estalactitas, por los espejismos que brillan en las paredes os imaginariais en nuestra Alhambra de Granada; las tintas policromas extienden por doquier sus matices, á la manera que en los templos egipcios; sobre los arcos piafan los caballos cincelados en Grecia, como sobre los antiguos arcos romanos; entre los frisos se agarran las hojas rizadas del cardo y del acanto, cual en los adornos de Búrgos ó Leon; los santos rezan y leen sobre las repisas góticas y bajo los doseletes cincelados, repitiendo en parte las fachadas de Reims, de Estrasburgo y de Colonia; los animales fantásticos abren sus fauces y baten sus alas por igual manera que en las grecas del plateresco toledano y en los repujados de los joyeros florentinos; y á todas estas maravillas tan várias y tan diversas se une el cristal, la plata, el oro, los reflejos metálicos, los toques luminosos, los arreboles indecibles de los mosaicos, propios de esta privilegiada region, de los espléndidos mosaicos de Venecia.
Este extraño exterior es un poema por sí solo; un poema originalísimo y único en el mundo. Cinco arcos, en los cuales se abren cinco puertas, dan paso al interior. Por la parte exterior de estos semicírculos se extienden grecas de gran riqueza escultural, y por la parte interna mosaicos de deslumbrador aspecto. Á cada uno de los puntos donde los arcos comienzan, lucen airosos doseles góticos ocupados por estatuas de pesadez bizantina. Entre las figuras casi vivientes, segun lo animadas por la luz y el color que de los cuadros se destacan, resaltan bajos relieves antiguos asociando las imágenes de Hércules y de Céres á la apoteósis del Cristianismo. Otros arcos de forma extraña, tirando al gótico, se sobreponen á los arcos de entrada, todos pintados de azul, en cuyos reflejos nadan estrellas de oro y concluidos por originales ornamentos como extraños animales y erguidas estatuas. La cuadriga que Neron erigió en su propio loor, compuesta de aquellos caballos destinados á inmortalizar los que arrastraron su carroza por los juegos olímpicos y le dieron coronas superiores á su diadema de César, guardan la entrada del templo. Y en el cielo azul, extrañamente adornadas, remedando las rotondas bizantinas y hasta los cimborrios moscovitas, dibújanse aquellas cúpulas algo monstruosas é hinchadas que parecen elevarse por las costas del Adriático á la manera que una anticipada vision fantástica del genio extraño de Asia. No es posible decir el efecto pintoresco que producen todos aquellos dispares objetos; los santos bizantinos y los caballos helénicos; los ángeles que abren sus alas en el éter y los dioses que reposan en la armonía de sus líneas y la majestad de sus relieves; el pálido color de las cúpulas, semejantes á lunas cenicientas, y los resplandores mágicos de los mosaicos multicolores; las toscas figuras de pórfido traidas de Bizancio é incrustadas en uno de los extremos, y las airosas figuras de mármol cinceladas por el Renacimiento y lanzándose á lo infinito por otros extremos; el arco romano junto el doselete gótico; la pirámide egipcia confundida con la cinceladura plateresca; las volutas jonias y las hojas corintias mezcladas con los adornos moscovitas; toda aquella confusion que severo análisis apénas puede comprender, distinguir, separar, y que, sin embargo, se pierde en una síntesis de maravillosas é indescriptibles armonías.
Los maestros y los historiadores de la Arquitectura os previenen de consuno contra la admiracion que pudiera causaros el monumento. «Mirad, os dicen unos, las reglas de proporcion destruidas, las leyes de la simetría olvidadas, la misma estática caida en bárbaro menosprecio, columnas gruesas sobrepuestas á frágiles columnas, frisos empotrados en la pared y chapiteles desceñidos de su fusta, como si en vez de una iglesia expresiva del pensamiento religioso, fuera este edificio una galería fantástica de objetos abandonados sin plan prévio y sin fin alguno.» «Mirad, os dicen otros; San Márcos no admite clasificacion, no tiene sistema. Colocarla entre los edificios bizantinos equivale á desconocer los caractéres capitales distintivos de los diversos géneros de arquitectura. El rito latino y sus exigencias se compaginaban mal con las exigencias del rito griego. Como era opuesta la liturgia, era tambien opuesta la arquitectura. Si las columnas de San Márcos se interrumpen por moles cuadradas de ladrillo, no significa esta interrupcion la necesidad de parajes sagrados que al culto se consagren, sino la necesidad de fuertes apoyos que mantegan la inmensa pesadumbre de las cúpulas. Si éstas tienen carácter bizantino y remedan la antigua iglesia matriz de Constantinopla, hay que notar cómo su cubierta externa excede á su interna composicion, á su íntima estructura. Puede, á la verdad, esta construccion compararse á la peluca que oculta una cabeza, al cabello postizo que aumenta el grandor ó la abundancia de un peinado. Semejante arquitectura se llama bizantina sin que provenga de Bizancio, como otra arquitectura posterior se llama gótica sin que provenga de los godos. Así como la ojiva es oriental y no gótica, San Márcos es románico y no bizantino. La misma cúpula, si en lo externo se parece á Santa Sofía de Constantinopla, en lo interno se parece á las cúpulas romanas copiadas por Gala Placidia en Rávena, como un lejano reflejo del Panteon nunca perdido en la admiracion de los italianos hasta el dia creador en que Miguel Ángel lo coge en las potentes alas de su genio y lo eleva á las inaccesibles alturas para coronar y rematar la Basílica de San Pedro.» Así es que, al cabo de algunas reflexiones, querrán moveros por este minucioso análisis de los defectos, por estas sorpresas de los contrastes, no á un movimiento de admiracion, sino á un movimiento de burla y hasta á un estallido de risa.
Yo seré profano á las artes, pero no me canso de admirar esta iglesia. Su riqueza excesiva nada tiene que ver con la excesiva hinchazon de las decadencias. Circula por todos sus poros esa savia que dan á los monumentos las ideas vivas y las inspiraciones encendidas en la verdadera luz del espíritu. Lo dispar de los objetos allí amontonados no daña á la unidad del todo, que se alza sobre tantas contradicciones. Tiene algo del poema de la Edad Media; el exceso es natural como los excesos de la juventud, no afectado y contrahecho como los excesos de la vejez y de la decadencia. Si prescindís de ciertos contrastes demasiado bruscos, de cierto claro-oscuro demasiado fuerte, de cierta extravagancia demasiado singular, os acaricia la fantasía todo su conjunto, como os acaricia la vista aquella serie de colores armonizados en matices de una dulzura indecible. No se ve aquí el desprecio á toda ley de gradacion con que el semita coloca arbitrariamente las fustas traidas de diversos parajes en aquella selva de columnas llamada la Catedral de Córdoba. Están las proporciones más medidas, las simetrías más guardadas, la gradacion más conocida; como que jamas abandona al carácter y al genio italiano la clave de su grandeza; la dulcísima armonía. Y luégo, diréis cuanto queráis de esa arquitectura; pero es el fondo más bello que puede imaginarse y más apropiado á la sociedad veneciana. Este es el teatro verdadero de Venecia y de sus gentes. Cuando sus mosaicos brillan á los ardientes rayos del sol; cuando sus columnas de pórfido y de jaspe mezclan los tonos dulces al metal entre verdoso y áureo de los caballos; cuando los cristales reverberan la luz, y los santos toman á una en los cambiantes y arreboles de los celajes deslumbradores aureolas; en esta orgía de colores, las figuras que os han dejado el Ticiano y el Verones y el Tintoreto; los personajes de aquellas épocas, vivos todavía en los cuadros y en los mosaicos, aparecen con toda verdad, realmente, como de relieve; el Dux vestido de tisú, con su manto de púrpura y armiño á la espalda y el gorro frigio en la cabeza; los senadores con sus túnicas negras y rojas formando mágicos contrastes; las damas henchidas de placer, escotadas para mostrar sus turgentes senos y espaldas, con los cabellos sembrados de chispas de brillantes y los ojos encendidos de chispas de amor, arrastrando aquellos trajes de brocados varios que crujen rozagantes sobre el suelo de mármol; los caballeros con sus ropillas de terciopelo y de damasco; sus collares de oro, su plumaje de varios matices cayendo desde las gorras donde están prendidos con broches de pedrería sobre los hombros adornados con lujosas bandas; los ancianos envueltos en aquellas largas túnicas que les dan el aspecto de sacerdotes orientales; los alabarderos con sus uniformes abigarrados; los pajes con sus dalmáticas dignas del Asia; los esclavos y los bufones llevando en las manos los papagayos de la India y á los piés los monos del África; los coros de cantores y las compañías de músicos uniformados fantásticamente y á capricho como las comparsas de un carnaval perpétuo; los gondoleros de pié, con su remo en la mano, ostentando trajes de rayas diversas semejantes á los matices del íris y resaltando sobre el negro betun de las góndolas; las muchedumbres de marineros con sus nervudas formas y sus pintorescas camisas y pantalones celestes; la multitud de gentes, todas ricas, todas alegres, todas satisfechas, como si en vez de ser aquello una sociedad fuese un contínuo teatro. Miradlos, son los mismos que huyeron á las irrupciones bárbaras y que guardaron pura su noble sangre latina; los mismos que, apartándose de las maceraciones y penitencias, se entregaron á la febril actividad de la navegacion y del trabajo; los mismos que supieron fundar una república rica y feliz en medio de una sociedad férrea y feudal; los adivinadores del Asia cuatro ó cinco siglos ántes que sus rivales los portugueses; los protectores del Imperio bizantino, cuando ya se cuarteaba sobre sus cimientos, suspendido á maravilla de la autoridad y de la gloria venecianas; los que llevaron en su cortejo como un coro de dioses las islas del Archipiélago Helénico; los que esclarecieron con la luz del Oriente la noche de la Edad Media; los que salvaron de su total ruina la inspiracion y la forma de la clásica antigüedad; los iniciadores del Renacimiento; los compañeros de los grandes artistas; los héroes de los mares; los soldados de Creta y de Lepanto.
Con sólo entrar en el peristilo ó atrio del templo, descubrís el espíritu emprendedor y hazañoso de los venecianos. Á los pocos pasos de allí, la piedra célebre traida de Grecia, obra del siglo sexto, sobre la cual se proclamaban las leyes de la República; en las paredes, los mosaicos debidos á los maestros mosaistas de Constantinopla ó á los maestros mosaistas de Rávena, todos llevados allí con grandes dispendios por el próvido Senado; en el circo central de entrada, los chapiteles de columnas que recuerdan el templo de Salomon; en el arco derecho, á las puertas de bronce incrustadas en plata que en otro tiempo sirvieron á Santa Sofía de Constantinopla; por todas partes fragmentos de escultura ó arquitectura arrancados á Grecia, á Siria, al Egipto, es decir, los despojos de largas correrías, los trofeos de épicas batallas, los testimonios de aquella dominacion sobre el Mediterráneo, que dió á la diosa Venecia, en el concepto de sus hijos, el anillo con que se desposó y el tridente con que dominó á los mares.