Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)

Part 13

Chapter 133,446 wordsPublic domain

El cristianismo se habia convertido en una doctrina de autoridad, indispensablemente para cumplir estos dos ministerios capitales en la transicion dolorosa del antiguo mundo al mundo moderno; para sustituir con algun principio de unidad moral la soberanía política perdida por Roma y para educar y domar con una verdadera disciplina religiosa la inteligencia inculta y la voluntad indómita de los bárbaros. Esta doctrina, que desde el siglo primero al siglo cuarto fuera una doctrina del pueblo, desde el siglo cuarto al siglo décimotercio se convierte en una doctrina del Imperio. Por tal razon, á no dudarlo, cuantos tratan de fundar la autoridad, ó sobre las ruinas de la antigua Roma ó sobre la cerviz de las nuevas tribus en la larga descomposicion de las sociedades paganas y en la no ménos larga recomposicion de las sociedades modernas, se acogen al catolicismo. Constantino lo saca de las sombras de las catacumbas al aire de la libertad; Teodosio lo declara religion oficial violentando la conciencia pagana del senado romano; Carlo-Magno funda sobre sus dogmas un pacto político, y cree que sería imposible sujetar la barbarie de su tiempo sin pedirle inspiracion y fuerza, para lo cual se arroja á los piés del Pontífice y besa, de rodillas sobre el suelo durísimo, cada una de las gradas que se extienden al pié del templo vaticano. Los Papas mismos contribuyen á este fin, porque desde Gregorio Magno á Gregorio VII y desde Gregorio VII á Inocencio III no hacen más que fulminar sus rayos contra todas las rebeldías del individualismo religioso ó político y rehacer, por medio de su autoridad dogmática, la autoridad social en sus tempestuosos tiempos.

El primero en reanudar la tradicion puramente evangélica, es San Francisco de Asis. Diríase al verlo que ha salido de las catacumbas, que ha orado en sus tinieblas eternas, que ha visto flamear como una amenaza sobre su cabeza los cetros y las espadas de los poderosos y arder á sus piés como un infierno las hogueras de los mártires. Para sus penitencias, busca, como los primitivos apóstoles, el desierto; para sus cánticos y oraciones, el acompañamiento de las aves del cielo y el incienso de las flores del campo; para el apostolado de su doctrina, el pobre y el mendigo, porque su objeto es llorar con los que lloran, padecer con los que padecen, morir por los desvalidos y por los opresos. El espíritu democrático del Evangelio renace en él con toda su pristina pureza. Y se oye en coro sublime, sobre un mundo de autoridad, de fuerza, de guerra, donde la espada es el primer derecho y la victoria es la primer razon, sonar el eterno tema de la oracion en la montaña: bienaventurados los humildes, los débiles, los pobres, los desgraciados, los ignorantes, los atribulados, porque de ellos será el reino de los cielos. Y San Francisco resucitaba la verdadera doctrina cristiana, puesto que toda la enseñanza evangélica es una enseñanza democrática. La han preparado los profetas, y los profetas no son más que los tribunos religiosos consagrados á combatir la idolatría de los reyes. Jamas ha dicho Milton contra Cárlos I, ni Mirabeau contra Luis XVI, ni Tácito contra Tiberio lo que ha dicho Samuel contra Saul en sus esfuerzos para impedir la trasformacion monárquica de Judá. El Bautista vive preparando las vías del Salvador, y muere al capricho de una córte, al antojo de una cortesana, al mandato de un poderoso de la tierra, enemigo natural de las revelaciones del cielo. El dia que la Vírgen siente palpitar el divino Hijo en sus entrañas se exalta de alegría, y alaba á Dios en términos que parecen arrancados á una arenga tribunicia: _potentes deposuit de sede et exaltavit humiles; exurientes implevit bonis, et divites missit inanes_. El pueblo de Cristo es un pueblo de esclavos; su familia, una familia destronada; su padre, un carpintero; su cuna, un establo; sus primeros devotos, los pastores; sus primeros enemigos, los escribas y los fariseos que componian la aristocracia de Jerusalen; sus primeros apóstoles, los pobres pescadores; su primer perseguidor, un Heródes; su mayor enemigo, un Caifás; su juez, un Pilátos; su templo, el desierto lleno de ideas y no la sinagoga teocrática llena de tinieblas; sus bienaventuranzas, la promesa de consuelo á los afligidos y de libertad á los opresos; su doctrina religiosa venida de un solo Dios y consagrada á todos los hombres, doctrina de igualdad; su vida, un combate con la supersticion y el privilegio; su muerte, un divino holocausto por la salud de todos los desheredados, y una eterna acusacion á la soberbia de todos los tiranos.

Esa tendencia democrática de la doctrina cristiana resucitaba el Santo, en una sociedad tan fundada en la guerra y en la fuerza de la autoridad como la misma sociedad romana. Á la cabeza del mundo habia un papa con tres coronas y con extenso patrimonio temporal, donacion de Pipino, agrandada por la piadosa condesa Matilde y que era el signo de la autoridad moral del pontificado. Á la cabeza del mundo habia un emperador cuyo poder estaba siempre en litigio y cuyo litigio era una guerra perpétua. La soberanía estaba en la propiedad y la propiedad se extendia, á pesar de tres siglos de cristianismo, sobre las personas. Los valerosos, que habian sometido una compañía á sus mandatos y luchado con ella contra otros enemigos en armas, tomaban sus conquistas por una propiedad, y sobre la propiedad constituian todas las jurisdicciones, desde la jurisdiccion del rey hasta la jurisdiccion del juez y desde la jurisdiccion del juez hasta la jurisdiccion del verdugo. Los reyes no eran más que los jefes, los primeros, los más fuertes de aquella sociedad de conquistadores y terratenientes, siempre armados para defender su propiedad ó conquistar la propiedad ajena. Los obispos, los abades, los monjes eran señores feudales y ejercian todas las jurisdicciones anexas al privilegio señorial. Las ciudades mismas donde comenzaba á brotar la raíz de la democracia se constituian como una personalidad jurídica con ejercicio de derechos señoriales y luchaban rudamente con las otras ciudades en aquella guerra universal por la propiedad. Y en mundo constituido de tal suerte, la voz de un religioso se levanta por los campos, por las calles, por las encrucijadas, predicando que está la perfeccion cristiana en la humildad, en la pobreza, en la miseria; entre los siervos, entre los desheredados, entre los mendigos. Naturalmente, las castas se rompian, la igualdad avanzaba, los maldecidos por los malos usos, los esclavizados por las bárbaras leyes, entraban en el claustro y se colocaban á la cabeza de todas las clases ungidos por la religion, y de esta suerte se fundaba con las mismas órdenes monásticas más desavenidas del mundo, más ajenas á la vida real, más consagradas á sus ayunos y á sus oraciones, por vías misteriosas y providenciales, una sólida, una profunda, una invariable democracia que debia fundar una nueva sociedad.

Así es que la órden franciscana engendra inmediatamente una secta, la cual rompe toda la doctrina ortodoxa y despierta la tendencia vivísima á creer en segura renovacion dogmática despues de la renovacion moral para el establecimiento de progresiva Iglesia donde sean perpétuas las relaciones del cielo con la conciencia del hombre. Evangelio eterno se llama el sistema teológico erigido en creencia complementaria del cristianismo por estos hermanos de San Francisco. Dos revelaciones religiosas han esclarecido el alma humana. Primero, en el comienzo de las edades, cuando la tierra todavía está cercana á su creacion, aparece en los desiertos, y ante la tienda de los patriarcas, en la zarza del Horeb y en las tempestades del Sinaí, aquella revelacion que los franciscanos llaman del Padre, por ser de Dios puro, de la primer persona de la Trinidad, revelacion apropiada á un pueblo primitivo que se ha educado en la servidumbre de Egipto al pié de las Pirámides; que se ha redimido por una peregrinacion nómada desde el África al Asia hasta llegar á su tierra de Palestina; que ha necesitado, junto á los preceptos morales, preceptos higiénicos y políticos para iniciar la lenta y trabajosa educacion de humanidad en el crecimiento de su vida sobre la tierra y de su conciencia en lo infinito. Pero á la revelacion del Padre sucede la revelacion del Hijo. Aquélla se verifica en el comienzo de los tiempos y ésta en su madurez; aquélla cuando las sociedades civiles nacen bajo la tienda de los patriarcas, y éstas cuando las sociedades civiles se completan y robustecen por las instituciones del derecho romano; aquélla en el relampagueo de las cumbres del Sinaí, y ésta en la sublime desnudez del Calvario; aquélla por la tonante voz de un Dios airado, y ésta por la humilde sangre de un mártir sin mancha, siendo la primera la revelacion del Sér, y la segunda la revelacion del amor; la primera, la revelacion de Jehová, y la segunda, la revelacion del Verbo; la primera, la revelacion del Padre, y la segunda, la revelacion del Hijo, necesarias ambas para el desarrollo de nuestro espíritu en la tierra y para su comunicacion estrecha con el cielo. Y así como la sociedad patriarcal se iluminó en la revelacion del Padre ó del Sér, y la sociedad romana con la revelacion del Hijo ó del Amor, nuestra sociedad se iluminará con la revelacion del Espíritu ó de la Ciencia. Y de esta suerte, la órden franciscana rompe, por la apoteósis del mendigo, la sociedad feudal, y por la esperanza en el advenimiento del Espíritu Santo para revelar una verdad más clara en una conciencia más humana, la autoridad teocrática.

Despues de esto, ya podeis explicaros los dos siglos que han de suceder al siglo de San Francisco: el poder de los gremios; la extension de los municipios, las libertades tempestuosas, las asambleas populares, los síndicos elevándose á la altura de los reyes, los nobles perdiendo su imperio sobre los siervos, las artes emancipándose de la tutela litúrgica y yendo á renovar el calor de su sangre en la savia de los campos, el cisma en vigor, la Iglesia en crísis, la conciencia en rebeldía los Concilios llenos de aspiraciones democráticas, las lenguas vulgares elevadas á expensas de la ciencia, el escolasticismo hundido, la razon preparada para entrar triunfante en la filosofía, y la conciencia pidiendo la sustitucion de todos los sacerdocios quebrantados, y el derecho á interpretar la naturaleza, y el espíritu con su libre exámen que forjará otra nueva Europa.

Uno de los misterios mayores que hay en la vida, es el enlace de las causas con los efectos. ¿Á qué cometa habrá pertenecido la materia de que estamos formados? ¡Cuántas revoluciones habrán sido necesarias, cuántas catástrofes, qué de terremotos, qué de levantamientos del suelo y de erupciones del fuego central para producir la arcilla del frágil vaso de vidrio donde apagamos nuestra sed! ¿De qué sustancia se habrá alimentado ó en qué bosque ó selva habrá crecido, cuántas flores habrá llevado, cuántos nidos, cuántos frutos el árbol señalado ya por el destino para ser mi mortaja? ¿Á dónde habrá ido á parar la primera lágrima evaporada de mi mejilla, ó irá á parar el último suspiro de mi pecho en esa fragua contínua de la vida que se llama atmósfera? Pues más difícil todavía es saber cómo penetra la idea en la palabra y la palabra en la conciencia para pasar luégo de los individuos á las colectividades y producir nuevos organismos sociales en estas cristalizaciones incesantes de las ideas que forman como las bases de la sociedad, la cual parece tan sólida á primera vista y está sujeta á una renovacion permanente. En el convento de San Francisco de Asis, á la luz cernida por los rosetones ojivales, al cántico exhalado de los coros semibizantinos, al rumor que producen los rezos de los creyentes bajo las bóvedas sembradas de estrellas y los pasos de los peregrinos sobre las losas del pavimento de mármol; entre aquellos ángeles y aquellos santos que se destacan de los muros como ideas vivientes; entre aquellas estatuas tendidas sobre los sarcófagos, que os hablan de la eternidad con sus labios de piedra; creeis estar delante de una de esas rocas donde acaban los terrenos primitivos y empiezan los terrenos secundarios ó terciarios del planeta, como que estais en presencia del monumento sublime donde se trasformó la Edad Media y empezó el espíritu moderno por virtud de la palabra de un penitente, que con su amor impulsó á la tierra en su carrera por el espacio, y acercó á nuestras manos los apartados cielos donde se trasfigura la conciencia. Así ha podido el sentido comun llamar al pobre penitente de Asis, el Cristo de la Edad Media.

SORRENTO Y EL TASSO.

I.

Compadezco á todo aquel que no haya ido jamas, en tibia mañana de Mayo, desde Castellamare hasta Sorrento, entre aquellos bosques de limoneros y de granados, todos floridos, resaltando por los sombríos olivares; bajo la grata sombra de las montañas erizadas de riscos, por cuyas grietas tienden su lujuriosa vegetacion las selvas de hayas, castaños y encinas; sobre el tortuoso camino abierto en la roca viva que enlaza las poblaciones medio ocultas en el follaje; al borde del mar, cuya celeste superficie siembran de estrellas fugaces y contínuas los rayos del sol deslumbrador; la isla de Capri enfrente, cortada como gracioso templo de lapis-lázuli que se alzára sobre las aguas; á la espalda el Vesubio con su penacho de humo, destacándose en el cielo, y su cintura de jardines, y su crestería de lavas brillantísimas, y sus alfombras de ciudades multicolores; todo envuelto en la luz meridional y perfumado por el embriagador azahar, formando un conjunto de bellezas naturales que nos abruman con su magnificencia, ántes al contrario, os convidan á tomar parte en su regocijo y á unir vuestra idea á sus creaciones como una nota más de la universal armonía.

¡Cuán hermosa es Sorrento! Parece caerse al mar desde la altísima roca donde se ha agarrado como una ciudad náufraga. En la falda de pendiente montaña está como suspensa, y desde sus balcones á la playa todavía media pavoroso abismo. Diríase alzada por sus fundadores como un mirador para contemplar el Vesubio, que semeja á espejismo de la imaginacion en la bahía de Parthénope, que, á su vez, semeja á encantado lago. Desde el jardin de la Sirena, cuyos intensos aromas casi trastornan el sentido, veiamos abajo, en la breve ensenada, sobre la estrecha faja de menuda arena, los peces plateados saltando entre las oscuras mallas del copo y las barcas recogiendo sus velas latinas y atracando á fuerza de brazos entre grupos pintorescos de activos marineros. Como la hermosura está en la variedad de los contrastes, hé aquí la region más hermosa del mundo: ágrias montañas y tranquilos verjeles; cúspides de nieve en las lejanas cordilleras de los Abruzzos y cúspides de fuego en los próximos conos del Vesubio; las guirnaldas de parras arriba, y abajo las guirnaldas de algas; el campesino aquí recogiendo en cestos de mimbre los limones y el pescador allá recogiendo en cenachos de esparto los pescados; la oscura encina en el monte y la blanca vela en el mar; las rosas y los jazmines y las violetas en las florestas y las conchas y los caracolillos en los arenales; las ruinas desoladas y desiertas entre los jaramagos, frias como huesos de esqueletos, y las fuerzas de la naturaleza creando y produciendo contínuamente en la gigantesca fragua de volcanes y solfataras; la alegría de la vida, que brota en las serenatas, en las canciones, en los coros al aire libre, en el regocijo de estos pueblos donde ha nacido la música moderna, y el horror de la destruccion y de la muerte en las erupciones que subvierten toda la comarca, que destruyen y levantan montañas, que abren sepulcros donde caben ciudades enteras; la esperanza de lo porvenir y el recuerdo de lo pasado; la caverna silenciosa y la onda sonora; los matices más bellos de la luz y los juegos más caprichosos de las sombras; los términos más opuestos de la historia y los contrastes más bruscos de la vida.

¡Y decir que un poeta como Tasso no ha cantado ni este pueblo donde viniera al mundo, ni el palacio construido sobre la roca que da al mar, donde encontráran sus miserias alivio y consuelo en el cariño de piadosa hermana, en el calor de tranquilo hogar, en el comercio con la sana y robusta naturaleza! Algunas palabras acerca de la amenidad del campo y de la salud de sus moradores: hé ahí todo. Los poetas del Renacimiento italiano se parecen á Miguel Ángel, tan menospreciador de cuanto no fuera el hombre y la mujer, que en el _Juicio Final_ desaparece nuestra tierra, como si el desenlace de la tragedia humana se representase en los espacios desiertos. ¡Cuán preferible es el bellísimo paisaje viviente de esta bahía incomparable al contrahecho paisaje de los falsos bosques de Armida! Entre todos los poetas meridionales de aquellos tiempos, para mí, los dos que mejor cantaron la naturaleza fueron Camoens y Garcilaso. Nunca he podido asomarme al Tajo, ya entre los verjeles de Aranjuez, ya entre las ruinas de Toledo, sin murmurar las Églogas; ni al Mondego sin ver las ninfas que todavía lloran, bajo los pinos y los sauces y los cedros, en el lugar llamado de las lágrimas, la muerte de doña Ines de Castro, aquella hermosa dama que reinó despues de muerta. Nuestro inmortal cantor peninsular, el Homero de la Iliada del trabajo y de la Odisea de las navegaciones gigantescas y de los descubrimientos maravillosos, inspirado por la luz de África y por la vida de Oriente, hubiera descrito de singular manera esta Sorrento, muy parecida á la isla de Vénus, pintada en su noveno canto de _Las Lusiadas_, muy parecida, iba diciendo, á la espaciosa bahía donde las ondas mueren sobre blanca arena sembrada de pintadas conchas y caprichosos caracoles; á las tres colinas de líneas graciosas y de aspecto imponente que ostentan sus prados llenos de flores, por los cuales corren cristalinos arroyos y sonantes cascadas, despeñándose desde las ágrias rocas en deliciosos valles; al lago sereno en que se miran los perfumados bosques; á los árboles cargados de flores y de frutos, desde el laurel de Dafne hasta el gracioso limonero, mezcla del oro y la esmeralda, desde el granado que envidiáran los rubíes hasta los perales picados por los pájaros, y los olmos de Alcídes, y los laureles de Apolo, y los mirtos de Vénus, y los pinos de Cibéles, mudos testigos de la inconstancia de Atys, y los sombríos cipreses que elevan al cielo sus fúnebres pirámides entre las cerezas, cuyo color compite con el coral, y las brillantes moreras; todo realzado por esta luz que os tendria eternamente suspensos y extáticos, cual una sonrisa de correspondido amor.

Sorrento ha elevado una estatua de blanco mármol al Tasso. Nunca me cansaré de admirar el respeto que Italia guarda á la memoria de sus más ilustres hijos; nunca, de ofrecerlo como ejemplo vivo á nuestra ingrata España. Puede decirse, sin exageracion, que en Italia caminais entre dos coros de estatuas. Si entrais por Génova, lo primero que herirá vuestra atencion es la efigie del descubridor de América. ¿Dónde tiene entre nosotros, españoles, otra igual? En ninguna parte. Ni á la puerta del monasterio de la Rábida, que le vió pedir limosna humildemente; ni á la puerta del refectorio de Salamanca, que vió á su razon triunfar de todas las argucias teológicas; ni en la vega de Granada, donde se avistó con sus protectores; ni en el puerto de Pálos, testigo de su salida; ni en el puerto de Barcelona, testigo de su vuelta; ni en las calles de Valladolid, testigos de su muerte.

No es maravilla, en verdad, que genio tan ilustre tenga monumento tan excelso. Los hay por todas las regiones de Italia. En Turin lo tienen, desde los primeros hombres de Estado, como Azeglio y Cavour, hasta los organizadores del ejército y los ministros de Agricultura y Comercio que han servido modestamente á su patria. En Milan se eleva el gran fundador de la unidad italiana y ese coloso del Renacimiento, ese Leonardo de Vinci, á quien rodean sus primeros discípulos. Los templos y los palacios de Venecia pueden llamarse necrópolis de los héroes y de los artistas. Por todas las encrucijadas de Mantua se os aparece la imágen de Virgilio. Á los dos lados de la galería de los Oficios en Florencia, sobre el fondo de oscuro granito, se destaca el blanco mármol de las estatuas, y estas estatuas representan los hijos preclaros de Toscana, feraz en brillantísimos genios. Las cimas del Pincio, despues de la libertad de Roma, han sido decoradas por series de bustos donde se enlazan todas las estrellas del cielo espiritual de Italia. Arnaldo de Brescia y Giordano de Bruno reciben justo desagravio en el mismo suelo donde ardieron sus cuerpos y se calcinaron sus huesos. Pergoleso, moribundo, se ve por los pórticos del teatro de Salerno; Virgilio en su templo de gloria y Vico en su meditacion de historiador brillan allí donde vienen á morir las ondas del Tirreno, á las plantas del Vesubio, entre los mirtos y los laureles de la inmortalidad.