Recuerdos de Italia (parte 2 de 2)
Part 12
Así, poco á poco la leyenda se fué formando y se fué sustituyendo á la historia. Un siglo más maduro que el siglo décimotercio necesitaba reunir las tradiciones franciscanas en su conjunto y darles la apariencia de relatos históricos. El siglo décimocuarto es el siglo en que la prosa italiana se fija definitivamente. Y el siglo décimocuarto es el siglo en que se escribe _I Fioretti di San Francesco_ en prosa. No intenteis averiguar el autor de esa leyenda. Las obras que representan el ideal de un siglo tan admirablemente como esa obra mística, no tienen autores personales; nacen como las catedrales que se levantan por todo un pueblo entusiasmado, el cual eleva las piedras á los cielos, obedeciendo el llamamiento y la órden de un arquitecto invisible. No las leais tampoco en ninguna traduccion moderna. Nuestras lenguas son demasiado sábias para verter todo el candor de la primitiva fe. La misma traduccion de Ozanam, con ser obra de este literato puramente católico, de ideas ortodoxas, de creencias purísimas, cuya fe no se desmintió un momento, está muy léjos de verter en su correcto frances académico toda la inocencia de ese libro. Para comprenderlo mejor, sería necesario admirarlo en el pergamino de los primitivos códices, donde áun se conservará el calor de la ardiente mano que trazára aquellas páginas y el borron de alguna lágrima ferviente. No pudiendo procurarse esto, convendria leer las _Florecillas franciscanas_ en esos libros de feria impresos en tosco papel y con primitivas láminas, donde sobre la rudeza de la forma resplandece el alma de un pueblo. Seguramente hay que devorarlo en el italiano de la Edad Media. Su carácter iguala al candor de una pintura de Cimabue, al dibujo de una viñeta de breviario, al eco de una salmodia gregoriana, al _Stabat Mater_ en su no aprendida sencillez que llega á lo sublime.
Las leyendas no han quitado su grandeza á ninguno de los seres sobre los cuales han tendido sus redes de oro y perlas. Guillermo Tell vive todavía. Cuando atravesais el lago de los Cuatro Cantones, cuando veis resplandecer en la cima de los Alpes la nieve eterna y en el fondo de los valles el lago celeste, la sombra que corre por todos aquellos encantados espacios es la sombra del gran cazador que dió muerte á un tirano y vida á un pueblo. La historia ha querido, por una de sus extrañas coincidencias, que la personalidad histórica de Zuinglio, el creador de la conciencia religiosa de Suiza, tenga el lugar de su muerte cerca de la capilla de Guillermo Tell, el creador legendario de la conciencia política de Suiza. Desde lo alto del Righi, podeis ver la iglesia de Zuinglio desierta de peregrinos. Y en el lago de los Cuatro Cantones veréis todos los dias barcas que se dirigen á llevar peregrinos al sitio donde la tradicion ha convenido en poner la leyenda del arquero inmortal, fundador de la secular República de Helvecia. Y en aquel espléndido paisaje los versos de Schiller, las notas de Rossini, las narraciones de la leyenda no hacen más que aumentar la realidad del héroe, tan duradero como la misma naturaleza. Pero la crítica os dirá que una parte considerable de la poblacion suiza proviene de las costas del Báltico, de los pueblos boreales, y que en esas costas, entre esos pueblos se ha encontrado tradicion semejante á la tradicion de Guillermo Tell, el cazador obligado á traspasar con aguda flecha la manzana puesta sobre la cabeza de su hijo por la alevosía de un tirano, para el cual guarda su víctima la otra flecha.
Nosotros no podemos extrañarnos de nada, porque hay en la historia nacional un personaje parecido, símbolo de la independencia naciente, orígen de la literatura patria, personificacion del genio hispano; nuestro Cid Campeador. La crítica histórica del pasado siglo llegó á negar su existencia. Eruditísimo sabio consagró un libro entero á demostrar que el héroe aparecia en nuestros anales como una especie de fantástica figura formada por los rayos de la exaltada fantasía popular y semejante á las mentidas islas que la refraccion de la luz dibuja en los purpurinos cielos del África. La especie pasó de los libros nacionales á los libros extranjeros, y uno de nuestros más grandes oradores tradujo la historia del célebre autor inglés que negaba rotundamente la historia del Cid. Dábase tal viso de verdad á la ligera crítica, que Rodrigo de Vivar se desvanecia como héroe engañoso de falso cronicon. Inútilmente los devotos de las glorias nacionales se hundian en los archivos, registraban los pergaminos y veian el nombre del Cid en los últimos versos latinos que precedieron á los primeros balbuceos de la lengua castellana. «Ya lo veis, decian los críticos, héroe de versos, de poemas, de romances, un Amadis de Gaula. No teneis más remedio que renunciar á él como habeis renunciado á Bernardo del Carpio.» Los eruditos continuaban su trabajo titánico y descubrian huellas del nombre de Rodrigo en los documentos del siglo undécimo. Y los críticos decian que del nombre no dudaban; pero dudaban de la verdad de los hechos atribuidos á ese nombre. Y el Cid se enlaza á toda nuestra historia: al orígen de las Córtes, por la Jura en Santa Gadea; al engrandecimiento de Castilla, por sus estrechas relaciones con D. Fernando I; al combate de los nobles con los reyes, por sus altivas relaciones con D. Alfonso VI; á las clases populares, por sus venganzas en los Condes de Carrion y sus protestas contra las innovaciones religiosas; á la toma de Toledo, en cuyos muros se dibuja aún la sombra del héroe; á la conquista de Valencia, que lleva su glorioso nombre; al rescate de todo nuestro suelo, pues en sus correrías por la España árabe quebrantó los brillantísimos reinos nacidos entre las ruinas del Califato de Córdoba; al comienzo de la lengua, porque sus leyendas, sus poemas, los cantares consagrados á sus hazañas, son los primeros vagidos del habla nacional; y, por último, á nuestra literatura entera, donde el Cid anima al Romancero y el Romancero anima al teatro para producir aquellos milagros de genio, cuyo imperio se dilatará todavía más que el imperio inmenso de nuestras conquistas y de nuestros descubrimientos por toda la redondez de la tierra. Inmensa pérdida la de un héroe así en nuestros anales, pérdida irreparable que arrancaba á un tiempo la raíz de nuestra literatura, de nuestra nacionalidad y de nuestra historia. Pero la crítica no tiene entrañas. Y se restauró la erudicion árabe y se comenzó el estudio de la Historia de España en las relaciones de nuestros enemigos, y se vió que el Cid existia con sus principales hazañas, y dejaba en el suelo mahometano y en los mahometanos anales, un reguero de luto y de terror tan grande como el reguero de luz y de gloria que dejára en nuestros anales y en nuestro patrio suelo. Y la verdad histórica no fué obstáculo para que cada clase creára un Cid á su imágen y semejanza; los nobles, el Cid altivo con los reyes y pendenciero en el palacio; los reyes, el Cid leal y monárquico que resplandece en las obras de Alfonso X; los pueblos, el Cid que no transige con el regicidio consumado al pié de Zamora, y que castiga á los Condes feudales orgullosos de su prosapia, y que amenaza á la Roma pontificia por las maniobras contra la liturgia mozárabe y contra la Iglesia nacional; hasta los monjes, el Cid, sentado ante el altar mayor de San Pedro de Cardeña, despues de muerto, y que resucita y saca la espada cuando un judío quiere mesarle las barbas; de suerte que cada clase, cada aspiracion pone sus ideas, sus intereses, sus recuerdos en el grandioso ideal de todo nuestro pueblo, y el Cid de la leyenda resulta tan verdadero y tan vivo como el Cid de la Historia, y pasa del cronicon al poema latino, del poema latino á la leyenda de sus mocedades, de la leyenda de sus mocedades al poema de su nombre, del poema de su nombre al Romancero, del Romancero al teatro, siempre creciendo á medida que crece y se agranda el genio nacional.
Así, no podeis extrañar ya el nacimiento y el desarrollo de las leyendas religiosas, la parte que tiene en ellas el hecho histórico y la parte que tiene la poesía. Evocad las crísis entre mundos que nacen y mundos que espiran; trasladaos á tiempos de paz universal propicia á la actividad del pensamiento despues de universales guerras, ó á tiempos de guerras, que exigen fuerzas sobrehumanas y son gérmenes de trasformaciones profundas; recorred aquellos desiertos poblados de ideas y poblados de penitentes, aquellas ciudades donde se espera siempre una revelacion que apague la sed del espíritu y un salvador que rompa las cadenas con que estamos atados al límite; evocad todo el prestigio de sitios como las Pirámides, como la Meca, como Jerusalen, como Alejandría, en que se han condensado los misterios y han relampagueado las ideas; ved la aptitud de esas razas orientales educadas en lugares tan brillantes que las arenas resplandecen como si fueran luminosas y los profetas surgen como seres naturales de tan privilegiadas regiones; añadid la índole de esos pueblos para la creencia, la sed del martirio que en ellos se despierta, su vocacion al doble apostolado de la palabra y de la espada; reconoced la tendencia de las ideas científicas á penetrar de un lado en los abismos más insondables de los principios metafísicos, y por otro lado á encarnarse en las verdades más prácticas de la moral; notad luégo cómo los ideales que ciertas gentes ven por superior inteligencia en sí, no pueden verse de todos si no se encarnan en seres aparte de virtudes ó méritos sobresalientes, y explicaréis con sencillez el orígen de tantas y tantas leyendas como consuelan á los pueblos y á los hombres en las tristes asperezas de la realidad, y los congregan en torno de un templo ó de un sepulcro y les dan la idea de lo infinito para expresar lo supremamente bello en el arte y penetrar por su esperanza desde las tristes condiciones de nuestra vida, en la inmortalidad.
VIII.
Extraordinarias y maravillosas circunstancias concurrian, por rara coincidencia, en el sitio, en el tiempo, en la nacion donde brotó la órden franciscana. Escoged el autor que os parezca ménos hiperbólico y más sencillo; el que dé ménos parte en la historia á lo sobrenatural y mayor á los hechos; un positivista, un realista en el sentido artístico de la palabra, un analizador, el cual, en vez de resucitar esta época la diseque, Maquiavelo, por ejemplo, y veréis lo crítico del tiempo realzado por la divina mision de San Francisco. El Pontificado se levanta espléndido despues de haber conseguido la inmolacion de la prematura ciencia de Abelardo y de la prematura rebeldía de Arnaldo, reduciendo el Imperio á ser lo que deseaba Gregorio VII enfrente de la Iglesia como la luna enfrente del sol. El Imperio griego, que se ha preservado de los bárbaros y que ha desarrollado la metafísica antigua aplicándola al dogma, acepta la invasion latina como si resucitára la unidad descompuesta por Diocleciano; anegada en diluvios de sangre. Las cruzadas se detienen á pesar del rápido triunfo de Federico de Suabia, sin poder pasar el límite del desierto, cuando en los tiempos anteriores parecian impulsadas por el espíritu de Dios, y comienza á ceder el feudalismo á la creciente marea de la democracia, que llegará desde el fondo de los municipios á las cúspides de los castillos.
Y luégo, cuando el Santo ha muerto y la leyenda del Santo nace, los tiempos cambian profundamente, como si la segunda mitad del siglo décimotercio fuera contraria á la primera mitad. Apénas ha subido el Pontificado á su cénit con Inocencio III, cuando, muerto éste, declina hácia su ocaso. Los güelfos y los gibelinos combaten como nunca, exarcebándose en crueldad y encarnizamiento. El gran combatiente Erzelino, hombre feroz é implacable, que representaba con justos títulos en las guerras contínuas y sangrientas á los gibelinos, degüella doce mil ciudadanos de Pádua. El Papa Urbano VI llama contra sus enemigos al feroz Cárlos de Anjou, que desembarca en Ostia con gran golpe de gentes llevadas en treinta galeras é inaugura una piratería contínua por las costas del Mediterráneo italiano. La sangre real de Conradino, descendiente de los Emperadores de Alemania é inmolado en afrentoso cadalso por Cárlos de Anjou, salpica la corona del Rey de Nápoles y la tiara del Pontífice de Roma, como su guante de desafío lanzado bajo el hacha del verdugo es recogido por la mano de los aragoneses, que llevaron nuevos elementos de dominacion pero tambien de combate, á la desgarrada Italia. Los franceses que sostenian á los angevinos, son degollados todos á la señal de un astrólogo en Fiorli y al toque de vísperas en Palermo.
El Pontificado recibe por este tiempo cada dia una herida que le produce irremediable decadencia política. El penúltimo papa del siglo décimotercio, Celestino V, revelaria esta decadencia si no la revelasen otros muchos hechos y personajes históricos. Dos años y tres meses yació por tierra el trono pontificio sin Pontífice que lo ocupase, á causa de las turbulentas rivalidades del Sacro Colegio dividido en tres bandos irreconciliables. Por fin, uno de los cardenales propone elegir pobre anacoreta, ajeno á las mundanas ambiciones, desconocido del mundo y menospreciador de sus vanidades, dado desde los más tiernos años al ayuno y á la penitencia en las selvas y en las montañas de la tierra de Apulia, nacido al pié de los castillos feudales en los campos parthenópeos de una sierva familia de jornaleros, educado como los lobeznos y como los aguiluchos en las cavernas; reducido á la soledad desde los primeros años, y por lo mismo apto para sobreponerse al torbellino de las humanas pasiones y regir la Iglesia por amor á Cristo que no dejaria de prosperar su sublime pontificado, en cuyos dias habrian de renovarse los tiempos heroicos del cristianismo y reinar las máximas sagradas del Evangelio. Á estas consideraciones, el Sacro Colegio le elige por voto unánime. Cuando la diputacion de cardenales, atravesando montañas que parecian inaccesibles, selvas que parecian inexplorables, llanuras que parecian desiertas, lo encuentra al borde de los torrentes, en la desnudez más completa, confundido casi con los seres irracionales y materiales, semejante al San Jerónimo que ha consagrado la tradicion religiosa en los cuadros de los pintores ascéticos, el anacoreta espantado no alcanza á entender de qué le hablan y rehusa el irse con los embajadores, prefiriendo á todas las pompas y á todas las dominaciones del mundo, su austera soledad. Dos reyes, uno de Nápoles y otro de Hungría, van á los desfiladeros, donde se mantiene de hierbas y se viste de hiedra, como un sacerdote contemplativo de la India, para echarse de rodillas á sus plantas y rogarle que salve á la Iglesia, bañándole los piés con torrentes de lágrimas y perturbándole la cabeza con suspiros y súplicas hasta obligarle á ceder y conducirlo á Aquila en la patriarcal montura en que Cristo llegó triunfante á Jerusalen, llevada por manos reales del ramal y seguida de obispos, arzobispos, caballeros, todos vestidos de púrpura y brocado, como para realzar la humildad del pobre penitente hecho jefe espiritual del catolicismo y representante de Dios sobre la tierra por súbita intervencion de la Providencia. En Agosto de 1294 fué coronado y en Diciembre del mismo año tenía hecha ya pública dejacion de su tiara. No habia remedio: en las ciudades se ahogaba su pecho acostumbrado al aire libre de las selvas; en las intrigas de los palacios se perdia su inteligencia consagrada á la contemplacion pura de la verdad religiosa y al éxtasis más completo: la mesa del festin repugnaba á quien comia el duro pan de los siervos y bebia en el hueco de las manos el agua pura de los torrentes; la corona de oro y pedrería abrumaba aquella cabeza, acostumbrada como los lirios del valle á una corona de rocío; en las alturas del poder sufria vértigos su mirada, propia sólo para contemplar como las águilas frente á frente el sol en las sublimes alturas de las montañas, y la presencia de los hombres aterraba al que se creia por sus oraciones y por sus ayunos, sólo con sus pensamientos místicos y sus prácticas piadosas, en presencia siempre de Dios. Á mayor abundamiento, refieren los historiadores que el ambicioso cardenal Gaetani, aspirando á ser su sucesor, le ponia emboscadas á cada paso, le llenaba de escrúpulos la conciencia, le fingia voces de condenados y trompetas de los ángeles del Apocalípsis en las largas noches de invierno, para reducirlo á deponer su corona y á tornar á su desierto. Y en efecto, abdica la tiara y corre á la Apulia en demanda del anhelado reposo. Pero Gaetani, que alcanza su codiciada sucesion bajo el nombre de Bonifacio VIII, manda emisarios que le liberten de un competidor peligroso. Avisado con tiempo el pobre Celestino V, corre á las playas, toma una barca de pescador y rema para ganar las costas de Dalmacia y perderse en más apartados desiertos. Pero los vientos y las olas le arrojan nuevamente á las costas de Italia, donde su perseguidor le apresa y le encierra dentro de una torre, tumba anticipada que presencia una agonía de diez meses y recoge el cadáver de aquel penitente exaltado desde las cavernas al trono y caido desde el trono en los calabozos, imágen fiel de las deshechas borrascas de sus rudos tiempos.
La órden de San Francisco debia, por su orígen y por su carácter democrático, oponerse á estos desórdenes del pontificado y contribuir por tanto á la decadencia de la institucion que podriamos llamar fundamento único de la moral religiosa en la Edad Media. El más ilustre de los franciscanos, despues del fundador, fué Jacopone de Todi. Educado en Bolonia, perito en el derecho, rico y poderoso, casado con idolatrada y hermosísima mujer, nada le faltaba de todo cuanto llama felicidad el mundo. Un dia del siglo décimotercio, á los cuarenta años de la muerte de San Francisco, celebrándose alegres fiestas y espectáculos en Todi, se hunde un tablado y mueren tristemente en la catástrofe numerosas personas. Entre los muertos se encuentra la idolatrada esposa de Jacopone, el cual sólo tiene tiempo para recoger entre sus brazos el cuerpo desgarrado y aspirar en los labios el suspiro último de su idolatrada compañera. Desde aquel dia arroja su toga y toma el sayal; abandona el mundo y abraza la penitencia; cierra los libros de Ciceron y abre los libros de piedad; renuncia á los discursos elocuentes y entona los versos místicos; deja la compañía de los jurisconsultos y sigue la compañía de los franciscanos; huye los aplausos y busca los sarcasmos de las gentes; reparte sus bienes y se resigna á la pobreza; renuncia á las locuras insensatas del mundo y sigue la divina locura de la Cruz. Para conocer hasta donde llega su inspiracion, basta decir que es autor del _Stabat Mater_, esa sublime elegía cuyos acentos no podemos oir el Viérnes Santo entre los altares desnudos, el santuario solitario, el templo oscuro y la Cruz recien descubierta, sin que nuestro corazon se inunde de tristeza y participe de todos los dolores de la Vírgen Madre durante la pasion. Jacopone es contemporáneo de Celestino V. Naturalmente, el asceta debia desde el claustro exaltar al asceta que se eleva al trono. Á mayor abundamiento, en los cinco meses que duró el reinado de Celestino, el principal empeño de éste debia ser reformar, en sentido cada dia más austero, las órdenes monásticas, y en este empeño debia sostenerle el austerísimo poeta. Luégo, Celestino abdica y Bonifacio VIII le sucede. Jacopone debia seguir al penitente en su desgracia y condenar la ambicion coronada con la humilde corona de Cristo. Así, firma la protesta de aquellos que niegan la validez de la eleccion de Bonifacio. Y á la protesta añade sátiras en las cuales dice que el nuevo Papa vive en los delirios y ambiciones de este mundo como la salamandra en el fuego. Bonifacio VIII no podia sufrir estas injurias y con gran ejército se dirige á Palestrina, donde estaban los cardenales protestantes y su exaltado poeta. Largo sitio sufre la ciudad, pero al cabo se entrega, y el Papa busca al cantor y lo encierra en húmedo calabozo. Los escritores Wisseman, Döllinger, defienden al Papa y no pueden negar, sin embargo, la autenticidad de todos estos hechos. Jacopone es arrojado entre tinieblas eternas. Enormes cadenas le abruman; el agua podrida de una letrina apaga su sed, y contra tantos dolores sólo encuentra alivio en su desprecio de las dichas del mundo y en su exaltacion por el dolor. Estando en la cárcel se convocó el gran jubileo de 1300 que vino á torturar su alma áun más que su cuerpo, pues oia al traves de las paredes de su cárcel los cánticos sagrados y el paso de los peregrinos encaminándose á Roma, sin poder participar de sus místicas alegrías. En vano demandaba misericordia al representante de un Dios todo misericordioso. Una vez que Bonifacio pasaba por la calle de su calabozo, segun cuentan autores de todo crédito, se asomó á los barrotes de su reja y le dijo: «¿Cuándo saldrás, Jacopone?—Cuando tú entres, Bonifacio», le respondió el franciscano. Y en efecto, á los pocos dias, los Colonnas se dirigen á Agnani y entran en el palacio del Papa. Éste, no teniendo ninguna defensa material, se fia por completo á su autoridad religiosa, se ciñe sus vestiduras sacerdotales, se cubre con su áurea tiara, empuña su báculo y se sienta en el trono, sobre cuya cima agita las blancas alas el Espíritu-Santo. Los invasores entran, lo desacatan, lo abofetean y lo arrojan en una prision. Por fin, los habitantes de la ciudad le libertan y se va á Roma. Pero sale de manos de los Colonnas para caer en manos de los Orsinis. Y allí muere á los treinta y siete dias de haber recibido el bofeton que sella la decadencia del Pontificado y muere en un acceso de febril locura engendrada por el sentimiento de sus humillaciones, por haber querido ser un Papa más grande, más fuerte y más imperioso de lo que consentia el espíritu de su tiempo. Jacopone, libertado de su prision por el sucesor de Bonifacio VIII, tiene hoy un nombre glorioso entre los poetas y un nombre bienaventurado entre los santos. Su espíritu democrático contribuyó, como todo el espíritu de su órden, al quebrantamiento y á la decadencia de la autoridad teocrática en la Edad Media.
Lo cierto es que la órden de San Francisco, á sabiendas ó no, contribuye á descomponer los dos elementos capitales de aquellos tiempos: el feudalismo y la teocracia. No medimos al pronto la trascendencia de una idea, porque no conocemos toda su naturaleza, y una idea contiene siempre otra larga serie de ideas. Tal afirmacion, que parece puramente artística, puramente filosófica, resulta luégo una afirmacion política y social. Por ejemplo, el romanticismo literario era una revolucion, tanto en España como en Francia, porque se levantaba contra las reglas de una poética tradicional y cortesana. Tened por cierto que los franciscanos ignoraban el destino social de su aparicion necesaria en el mundo; pero lo cumplian ignorándolo. Por eso el alma de la nueva sociedad, que estalla en el siglo décimosexto, contará siempre entre sus Bautistas al Padre Seráfico y entre los precedentes de su aparicion á la seráfica órden, puesto que representa un término dialéctico en el desarrollo de su idea progresiva y un necesario predecesor en la genealogía larguísima de sus progenitores.