Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)

Part 18

Chapter 183,923 wordsPublic domain

La tenacidad de los judíos está en su conciencia, en su religion. Y contra esta tenacidad, ¡cuántos y cuán crueles combates! ¡Qué porfiada enemiga! En Roma hay contra ellos la misma repugnancia que en Mallorca contra los chuetas. En este tiempo de tolerancia religiosa, de instituciones democráticas, hemos visto expulsados de público baile mallorquin dos ciudadanos por pertenecer á la raza de los chuetas, es decir, por descender de los judíos. El catolicismo de estas gentes, llevado á la más extrema exaltacion, no les ha exentado de su culpa original. Hay pueblos en la isla que tienen á gloria no haber consentido jamas en su recinto un chueta. Y algunos de estos chuetas firmaron el año cincuenta y cuatro exposiciones contra la libertad religiosa, cuando todavía está caliente casi el quemadero donde ardieran los huesos de sus padres. ¿Tendrá algo que ver con la raza maldita de Mallorca el rito catalan observado en una de las cuatro sinagogas hoy existentes en el Gueto? No pude de esto enterarme. Yo jamas he visto amor patrio como el amor de los judíos españoles. Tantas injusticias no han sido parte á inspirarles desvío á esta madre España, convertida para ellos en madrastra. Conocí en Florencia un matrimonio judío que viajaba por Europa y venía de Damasco. La mujer era hermosísimo tipo oriental. Su pálida tez, entonada por la lumbre de ojos negros y profundas, circuidos de larguísimas y umbrosas pestañas, resaltaba entre los rizos de largos cabellos, como la seda de finos y relucientes. Era su nariz griega, como la nariz de la Vénus de Milo, y sus labios rojos como el encendido carmin de la flor del granado. Llamóme la atencion tanta belleza, como á ella le llamó la atencion el idioma patrio que hablaba yo con varios españoles y americanos. Inmediatamente dirigióse á su marido y le dijo algunas palabras en español. La lengua nacional, hablada en tierra extraña, vibrando en los oidos del emigrado, transporta, enajena, como la más armoniosa música. No pude contenerme y le dije:—Señora, ¿es usted española? Entónces me refirió que era judía, que naciera en Liorna, que se casára con un griego, que habitaba Damasco, que aprendió el español en su sinagoga patria, y que lo hablaba con sus correligionarios de Oriente, entre los cuales muchos lo han conservado como piadoso recuerdo de su orígen, como glorioso timbre de su estirpe. Los afectos más vivos siempre son los afectos más contrariados. Mi amor patrio, con ser tan intenso, parecióme tibio al compararlo con el amor á España de esa raza, que perseguida como manada de fieras, injuriada por toda clase de afrentas, desarraigada del suelo nacional, en la dispersion, en el destierro de cuatro siglos, áun vuelve los ojos con amor á las tierras donde el sol se pone, y áun habla la lengua de sus perseguidores, á la manera que los antiguos israelitas entonaban los cánticos de sus profetas, en las orillas del Eufrates bajo los llorosos sauces de Babilonia.

Al pensar esto, al sentir esto, vi como en vision magnética el movimiento político que habia de romper la cadena de las tradiciones antiguas en mi patria, y juré, si alguna vez obtenia la confianza de mis conciudadanos para el magisterio altísimo de legislador, combatir sin descanso hasta alcanzar que no fuéramos en el mundo moderno monstruosa excepcion por nuestra intolerancia, y abriéramos las puertas de la patria á todas las ideas como á todas las sectas, y consagráramos aquel derecho, sin el cual todos los demas derechos son como si no fueran, el derecho de abrir la conciencia á la luz, y adorar en público como en secreto el Dios que vive en la conciencia.

¡Y cuánto no influyó en el cumplimiento de esta promesa dada por mi corazon y mi inteligencia el recuerdo de aquella pálida y tristísima tribu judía del Gueto, consumida en la ignorancia y en la miseria! Y así como al entrar en los Estados Pontificios no pude ménos de comparar sus prohibitivas aduanas con el libre comercio de la república Suiza, al recorrer el barrio inmundo de los judíos en Roma, no pude ménos de recordar la libertad religiosa de Ginebra, el ámplio derecho de que allí gozan todos los cultos, las plegarias dirigidas por los hijos de Israel en la lengua republicana de los antiguos profetas para que Dios conserve á Suiza en sus libres instituciones, donde brillan las conciencias como las estrellas en la inmensidad de los cielos.

Verdaderamente es de admirar que la raza judía se haya conservado en la córte de los jefes del catolicismo, cuando las naciones católicas ó han perseguido á los judíos, ó los han atormentado, ó los han proscripto. Pero si esto prueba de un lado la tolerancia de los Papas, tambien prueba de otro lado la tenacidad de los judíos. Se han conservado, es verdad; pero se han conservado en la miseria. La prohibicion de adquirir bienes inmuebles los condenaba eternamente al comercio. Y el comercio es infructuoso sin el ahorro; y el ahorro improductivo si no se trasforma en propiedad. Así que el judío romano ha logrado reunir algunas monedas, corre en busca de leyes más suaves que las leyes de su pocilga. Por esto en los abismos del Gueto sólo quedan los judíos miserables, los judíos hambrientos, que comercian con chismes viejos, y que apénas ganan para mantener su incierta vida y encender alguna que otra vez su oscuro y triste hogar.

No es posible negar que Pío IX ha mejorado mucho la condicion de los judíos. Pero los judíos sienten el peso de las preocupaciones y el látigo de las teocracias. Para comprenderlo así no hay que guiarse exclusivamente por los autores racionalistas y revolucionarios. Es necesario leer á los autores católicos. Á primera vista parece difícil deducir la verdad del juicio contradictorio que sobre Roma emiten dos escuelas irreconciliables, la escuela católica y la escuela racionalista. Pasaron los tiempos en que clérigos como el Arcipreste de Hita, católicos como Hurtado de Mendoza flagelaban á Roma. Hoy para muchos el catolicismo no es una religion, es un partido. Y por consecuencia, sus doctrinas no se hallan tanto en estado de dogma que demande apologías, como en estado de polémica, que demanda datos, argumentos. Al reves, para muchos otros, el catolicismo es una dominacion que conviene destruir á todo trance, como conviene al forzado destruir su cadena. Los primeros sólo ven allá en la ciudad del catolicismo virtud; los segundos sólo ven abominaciones. Difícil es deducir la verdad de semejantes antinomias, que imperan hasta en los asuntos más baladíes. Un periódico liberal os dirá que en la Roma pontificia existen 2.000 mujeres consagradas al peligroso oficio de modelos; y un periódico religioso os dirá que en dos ceros se ha equivocado la perfidia de sus enemigos. El _Diario de los Debates_ contará la siguiente atrocidad: «Están de tal suerte embrutecidos los romanos, y son tan sanguinarios, que suelen encerrarse en vasto salon, y allí, despues de haber extinguido todas las luces, sacian su sed de sangre hiriéndose mútuamente al azar y á puñaladas. Á esta espantosa carnicería le dan el nombre de _cicciata_.» Un católico, protonotario apostólico, doctor en cánones, pone el hecho en su punto, y lo refiere de la siguiente suerte, que al pié de la letra copio: «El padre Caravita fundó, no un salon, como dice el periódico volteriano, fundó un oratorio. Este padre Caravita era un jesuita de la antigua Compañía. Congregaba, pues, en el oratorio que lleva su nombre, gentes de buena voluntad para pedir en comun al cielo la conversion de los pecadores. Esta sociedad piadosa tomó bien pronto denominaciones diversas, y se extendió por todo el orbe cristiano. Ábrese alternativamente á los hombres durante la noche y á las mujeres de dia. Desde el comienzo de la ceremonia cinco ó seis confesores se instalan en sus confesonarios y reciben la confesion de las faltas cometidas, y perdonan en nombre de Dios. Cuéntanse por año cincuenta mil absoluciones de hijos pródigos que, venciendo los escrúpulos humanos á favor de las tinieblas, van á purificar la conciencia y á encontrar reposo. No pára aquí esto. Miéntras unos se confiesan ó se preparan á la confesion, otros, de rodillas sobre el pavimento, recitan el oficio de la Vírgen y cantan salmos en coro. Concluida la oracion, un cofrade se separa del altar mayor y distribuye á cuantos las piden cuerdas bien flexibles con cabos bien apretados. Despues, extintas todas las luces, y en medio de la mayor oscuridad, un religioso, alzando la voz, exhorta á la penitencia y á la contricion. Á su palabra conmovedora todo el mundo se prosterna y en cuanto ha concluido de hablar, hiérense las espaldas á disciplinazos redoblados durante todo el tiempo que se canta la letanía y el _Nunc dimittis_, hasta que á la frase _lumen ad revelationem_, reaparecen los cirios.»

De esta suerte, poniendo en parangon unos y otros relatos, puede fácilmente deducirse la verdad perfecta. Yo leí en autor digno del Índice, que los papas imponian á los judíos la obligacion de ir todas las semanas, una vez por lo ménos, á un sermon católico expresamente pronunciado contra ellos y contra sus doctrinas, á fin de tocarles en el corazon y atraerles á la verdadera fe. No creí tal enormidad. ¿Puede darse mayor desacato á la inviolabilidad de la conciencia humana? ¡Cómo! Yo creo que tal templo es sombra en vez de luz; que tal ceremonia es supersticion en vez de sagrado rito; que tal doctrina es error en vez de verdad; ¿y me arrastraréis por fuerza á entrar en esos templos, á presenciar esas ceremonias, á oir esas doctrinas, atormentando con tormentos miserables mi alma y sus creencias? Y no sólo haréis esto, que es ya una tiranía insufrible como todas las tiranías impuestas al pensamiento, sino que ofenderéis, sin permitirme ni observaciones ni réplica, con argumentos más ó ménos rebuscados, con injurias más ó ménos ofensivas, aquello que constituye el alma de mi alma, la sangre de mi corazon, la esencia de mis ideas, esa fe íntima bajo cuyo amparo vivo y pienso morir, la fe religiosa, que es mi ley nacional, el lazo que me ata á la vida, mi esperanza para la eternidad. Yo ni siquiera puedo por esfuerzos del pensamiento imaginar lo que hubieran padecido personas piadosísimas, de mí conocidas y estimadas, si las forzaran á ir todas las semanas á un templo donde se maldijera de Cristo y su madre, donde se denigrára esa escritura que renueva sus fuerzas, porque alimenta sus almas. Paréceme tal proceder desconocimiento completo de aquella máxima evangélica que nos obliga á desear para los demas lo mismo que para nosotros deseamos: la paz del hogar como la paz del alma, la inviolabilidad de la conciencia como la honra de la vida.

Imposible comprender que se tiranizase así á los judíos, imposible. Hasta la polémica entre ellos y el cristianismo es difícil. Nosotros creemos todos los principales dogmas judíos. Su Dios es nuestro Dios, su ley es nuestra ley, su libro nuestro libro. Hémosle añadido á la Biblia el Evangelio, al Dios monotheista del desierto semítico, el Verbo y el Espíritu de la metafísica griega. Esta diferencia proviene de que nosotros creemos el Mesías ya venido, y ellos creen el Mesías áun esperado. Para nosotros la redencion se ha consumado; para ellos todavía no ha venido. Ellos no pueden comprender que se hayan cumplido las profecías cuando las profecías tenian un sentido nacional, é Israel todavía está disperso, y el templo de Dios todavía en ruinas. Id á persuadirles, si no les persuade su propia inspiracion, de que el pobre nazareno, en humilde establo nacido, sin más ejército que sus apóstoles, reclutados en el lago Tiberiades, sin más armas que la palabra confiada á los aires, sin más trono que la cruz, sin más título que su patíbulo y su muerte, es el Mesías poderosísimo venido á rescatar de la servidumbre á su pueblo. Les ofenderéis, pero no les persuadiréis; y saldrán del templo ántes heridos que edificados de vuestra palabra. Y recrudecida su fe, la blasfemia contra nuestra fe será casi una necesidad de su alma.

Y sin embargo, imposible dudar de esta costumbre antigua, cuando el protonotario apostólico Mr. Gaissiat, en su libro de _Roma vengada_, no solamente la refiere, sino que la enaltece. Recréase en narrar como el predicador glosaba y comentaba los salmos leidos ó cantados por el rabino durante la semana. Asevera que jamas se oyeron en aquellas pláticas palabras malsonantes en labios de los judíos, lo cual, si no prueba temor, prueba prudencia no compartida por sus señores. Y añade que, al concluir la oracion, iban los judíos á dar la enhorabuena al predicador, sin duda maravillados del acerbo ataque á sus más arraigadas creencias. Dicho sea en honor de Pío IX, bajo su pontificado abolióse esta costumbre, que no daria seguramente las conversiones encarecidas por creyentes más realistas que el rey, más papistas que el papa. Y si esta costumbre, tan opuesta al espíritu religioso del Evangelio, ha existido, no podemos dudar de la existencia de otras costumbres, como la de entregar una Biblia al Papa recien exaltado, junto al arco de Tito, que recuerda la destruccion de Jerusalen, como la abolida desde 1848 de entregar el tributo de sangre, el tributo de extranjería, todos los años en vísperas de Carnaval á los senadores romanos, recibiendo en cambio alguna fórmula depresiva é injuriosa.

Digámoslo guiados por verdadera imparcialidad. La prueba de que la legislacion de los papas todavía tiene incomprensibles crueldades, se encuentra en el ejemplo del célebre niño judío bautizado á hurtadillas por la oficiosidad de fanática criada, arrancado á la autoridad divina, á la tutela natural é irreemplazable de su padre, de su madre; y recluido en convento que no puede jamas sustituir al hogar para recibir educacion que, por contraria á las prescripciones del derecho natural, no puede ser bendecida de Dios. Cuando ese niño llegue á la mayor edad, si tiene madre, si la encuentra, si en su corazon siente hácia ella los afectos naturales de hijo, y la oye referir cuánto ha padecido viéndose apartada del santo objeto de sus amores, del pedazo inseparable de sus entrañas, del ángel de sus consuelos, ¿no temeis oirle maldecir y renegar de una religion que tanto ha hecho llorar á su madre?

Yo, despues de este ejemplo, no tengo escrúpulo en creer otros hechos referidos por los escritores revolucionarios, y que prueban cómo, convirtiéndose al catolicismo los judíos de Roma, á manera de los antiguos moriscos de España, pueden romper á su arbitrio con las autoridades más naturales, como la autoridad del padre, y con los deberes más estrechos, como los deberes de familia, no sólo en la esfera civil, sino en la esfera moral, en aquella esfera donde debia ser escrupulosísimo el ministerio del Pontificado.

Es necesario que acabe toda persecucion contra las ideas. Yo condeno el gobierno de Roma cuando oprime á los judíos, y al gobierno de Prusia cuando proscribe á los jesuitas. Yo proclamo que perseguir ideas es como perseguir luz, aire, electricidad, flúidos magnéticos, porque las ideas se escapan á toda persecucion, se sobreponen á todo poder. Si no puedo concebir que se persigan las ideas, ménos puedo concebir aún que se persigan las asociaciones, cuando tienen por objeto definir, divulgar un principio, un sistema de religion ó de gobierno. Las ideas se organizan por su propia virtud en asociaciones. La idea y su organismo están de tal suerte en perfecta union como alma y cuerpo, como luz y calor. Pero si no concibo que se persigan ideas, ni asociaciones que tengan por objeto definirlas y divulgarlas, concibo mucho ménos que se persiga á razas enteras, á familias humanas, con el pretexto de que un hecho histórico de esas razas las ha condenado, en toda la sucesion de los tiempos, á ser razas malditas. Sé todos los defectos de la raza judía, sé todo su desenfrenado amor al lucro y todo su egoismo. Pero mayores que sus defectos son sus desgracias. Y sobre todo es inmerecida la pena que ha pesado tantos siglos sobre su conciencia y su vida por haber castigado de muerte á un reformador religioso. El Redentor no es uno solo. En la historia humana los redentores son muchos. Éste ha redimido la conciencia, aquél ha redimido la razon, el otro ha redimido el trabajo. Y casi todos los redentores han muerto al pié de su obra, inmolados legal ó ilegalmente por las castas tiránicas, por las iglesias intolerantes, por las instituciones bárbaras, contra las cuales se han levantado su idea y su palabra. ¿Qué raza no lleva sobre sí algun crímen semejante al crímen de los judíos? ¿Qué grande hombre no ha sido víctima de las leyes ó víctima de las ingratitudes humanas? Los griegos sacrificaron al revelador de la conciencia humana; los romanos al tribuno de la reforma social; los florentinos al precursor de las revoluciones modernas; los britanos al profeta de la tolerancia religiosa; los franceses al gigante de las ideas democráticas; los españoles al descubridor, al creador casi de un Nuevo Mundo en la inmensidad del Océano. Pues bien; los judíos sacrificaron á Cristo. Pero decidme, ¿á cuántos profetas, á cuántos innovadores no han sacrificado los cristianos cuando han predicado contra la Iglesia, como Cristo predicó contra la Sinagoga, cuando han tratado de reformar ó completar la ley de Cristo, como Cristo trató de reformar y completar la ley de Moisés? Por eso el Huerto de las Olivas, donde el Salvador sudó sangre, el falso beso de Júdas, la infame prision, el interrogatorio en los tribunales, las angustias en el pretorio, los bofetones impresos en sus mejillas y las injurias escupidas á su nombre, la larga calle de Amargura donde cayó tres veces, los clavos que hirieron sus manos, las espinas que taladraron sus sienes, la hiel y vinagre que empaparon sus labios, la aguda lanza que traspasó su costado, la agonía en la cruz, las palabras, ora amargas, ora tristes de esta penosa agonía, el clamor de muerte á cuyo eco se partieron de pena hasta las piedras, deben ser la eterna epopeya de la libertad religiosa.

Que no haya más razas malditas en la tierra. Que todas puedan mostrar su conciencia y comunicarse libremente con su Dios. Que el pensamiento no se corrija sino con la contradiccion del pensamiento. Que el error sea una enfermedad y no un crímen. Que convengamos en reconocer cómo las ideas se imponen, con independencia completa de nuestra voluntad, á la mente. Que seamos justos para ver hasta qué punto cada raza ha contribuido á la universal educacion del género humano. Esos judíos, de quienes las legislaciones cristianas han maldecido, son los que nos han dado la idea de la unidad de Dios, los que nos han traido el Decálogo impreso en el corazon de nuestras familias y en el santuario de nuestros hogares; los hijos de los antiguos profetas, los descendientes de David, cuyos salmos cantamos todavía bajo las bóvedas de nuestras iglesias, los súbditos de Salomon, cuyos proverbios constituyen la base de nuestras creencias vulgares, los redimidos de la esclavitud de Egipto por Moisés, á quien nosotros contamos entre nuestros héroes; los educados por Isaías, por Jeremías, que nosotros ponemos entre nuestros profetas; los que más han contribuido á formar la esencia de nuestras ideas y la levadura de nuestra vida. ¡Cuánto no ganaria el catolicismo en esta crísis suprema, decia yo al pisar las inmundicias del Gueto y al ver en el rostro de sus habitantes las señales de su enfermedad religiosa y moral, si la conciencia humana pesase los servicios prestados á la educacion de la humanidad por todas las instituciones y todas las razas!

LA GRAN CIUDAD.

Sin duda es Nápoles hoy la primera entre las ciudades de Italia por su numerosa poblacion, por sus grandes dimensiones, y una de las primeras entre las ciudades de Europa. Cuando se la mira desde alguna altura, cuando apénas se advierte el espacio que la separa de los pueblos circunvecinos, la creeis por su extension una ciudad como Lóndres. Los ojos se engañan tanto, que comparado el recuerdo de París mirado desde el Panteon y la vista de Nápoles mirada desde el Pausilipo, Nápoles parecíame mayor, mucho mayor, que París, por una de esas ilusiones ópticas á que tanto contribuyen la luz y el cielo del Mediodía.

Siempre recordaré mi llegada á la hermosísima capital de las antiguas Dos Sicilias. En la emigracion el menor contratiempo os apesadumbra y os irrita. El disgusto se convierte en pena, la pena se acrecienta con la nostalgia. Os parece que todo el género humano debe aborreceros, puesto que os aborrece vuestra patria; que toda sociedad debe rechazaros, puesto que os rechaza la sociedad donde habeis nacido. Cuando veis un ciudadano que habla de los asuntos de su nacion en medio de los suyos; un padre ó un hijo que entran en el hogar y departen con su familia, os creeis el más desgraciado de los mortales y os imaginais que vuestros huesos van á quedar solitarios y olvidados en extraña tierra. Sobre todo, si el gobierno, si la policía de la nacion, donde esperais asilo, os molestan, lo sentís doblemente y os preguntais á vosotros mismos reconviniéndoos con acritud: «si de todas maneras habia de ser perseguido, ¿por qué, por qué abandoné la patria?»

Yo me encontraba en Roma completamente consagrado á la meditacion y al estudio. Para mí en aquella ciudad sólo eran las ruinas interesantes y las obras de arte que entre las ruinas se levantan. Evité toda sociedad casi por completo, y consumí el tiempo en los museos, en las iglesias, en las catacumbas, en el mundo de lo pasado. Cada dia encontraba algo nuevo de puro viejo, y enlazaba estos descubrimientos con mis leyes históricas, á la manera que el naturalista corrobora sus clasificaciones y sus series con el descubrimiento, ya de nuevos, ya de repetidos ejemplares. Hallábame tranquilo en la ciudad donde todo gran dolor puede tener refugio por lo mismo que puede tener consuelo. La desolacion de su campiña se armonizaba con la desolacion de mi alma. El olvido que el espectáculo de tantas ruinas procuraba al corazon lacerado, no podia encontrarse, no se encontraba realmente en ninguna otra ciudad del mundo.

Cuántas veces pensé desasirme de los lazos que pudieran atar mi vida á París, el centro de mi destierro, y quedarme allí en muda contemplacion de los monumentos, en comercio con las artes, en estudio incesante de la historia. Es verdad que mis ideas filosóficas y mis ideas políticas no podian ser aceptas al gobierno á la sazon imperante; mas ¿qué podia contra este gobierno un desgraciado, sin patria, sin hogar, sin familia, sin relaciones en aquella sociedad, decidido á oponer á los propios dolores el olvido, y consagrado á estudiar las instituciones muertas, enterradas en la tumba de aquella necrópolis tan triste como mi propio corazon?

Asaltado me hallaba por estos pensamientos una mañana de primavera, cuando entra en mi modesta habitacion, despavorido, un camarero de la fonda de Minerva, y á boca de jarro y sin darme los buenos dias me dirige esta pregunta:

—¿Por qué me ha ocultado usted su valer?

—¿Mi valer? Nada tenía que ocultar, porque nada valgo en el mundo.

—¿Su importancia?

—No importo nada.

—Usted es un hombre célebre.

—¡Yo célebre! ¡Bah! ¿Tiene usted ganas de mofarse de mí? le pregunté.

—He impedido que la policía llegára hasta su cuarto.

—¡La policía!

—Sí, la policía se hubiera ya encarado con usted si yo no le digo que le comunicaria á usted sus órdenes.

—¿Qué órdenes?

—La órden de dejar inmediatamente Roma.

—¿Por qué causa?

—Han dado muchas.

—Pero ¿no puedo saber cuáles?

—Dicen que los libros escritos y publicados por usted se hallan en el Índice.

—Es verdad; pero si todos los autores cuyos libros se hallan en el Índice no pueden habitar esta literaria Roma, en verdad os digo que seréis visitados por pocos literatos contemporáneos.

—Dicen que usted es amigo de Garibaldi, de Mazzini.

—Es verdad.

—Tiene usted mucho valor.

—¿Por qué?

—Por venir á Roma con tales antecedentes.

—Pero debo aseguraros que ninguna idea política me ha traido á Roma. Usted pudo observar que ni he recibido ni he hecho ninguna visita.