Recuerdos de Italia (parte 1 de 2)
Part 17
Pero la Edad Media no ha resucitado. Por más que se haya sostenido la supremacía política de la Santa Sede; el predominio del clero sobre las demas clases sociales; la direccion de la política europea en los papas; el carácter religioso y feudal del antiguo patrimonio de San Pedro, la inquisicion para la conciencia, la censura para el pensamiento, la mezcla de la autoridad temporal y la autoridad espiritual en una sola persona; el anatema inapelable sobre el Estado independiente, sobre la escuela láica, sobre el matrimonio civil, sobre la libertad religiosa y de imprenta; la Edad Media no ha resucitado, no ha podido resucitar en Roma ¡Oh pontífices! Los dioses que quisisteis aniquilar se han levantado, sino en el cielo de la religion, en otro cielo hermosísimo, en el cielo del arte; miéntras el espíritu de la Edad Media, que intentais de resucitar, se hunde cada dia más en lo pasado. Renace todo cuanto maldecisteis, muere todo cuanto vivificasteis. ¿No dice esto nada al Papa infalible, al Dios del Vaticano?
Mas no seré yo quien peque de exclusivo é intolerante. El siglo décimoctavo, en su obra de destruccion, pudo, mirando la vida por uno solo de sus aspectos, creer en la necesidad de destruir toda la Edad Media. El siglo décimonono, en su trabajo de reconstruccion, de reconciliacion, no puede, no, decir que diez siglos, mil años, han sido inútiles al progreso humano, y no han dejado nada en el fondo de nuestra civilizacion y cultura. Aquella tendencia espiritualista, aquella tendencia idealista de los siglos medios debe renacer en nuestro siglo, sin su carácter exclusivo, reconciliándose con la naturaleza y con la ciencia. Necesitamos, para que esta nuestra civilizacion sea perfecta, encender en su cima la clara luz y el fuego purificador de verdadero idealismo. Los milagros se repiten todos los dias en las ciencias naturales, en las ciencias exactas, en las ciencias físicas, en todo aquello que tiene por objeto lo natural y lo sensible. Sabemos observar, sabemos calcular como ningun otro siglo. ¿Pero sabemos con igual perfeccion sentir, sabemos pensar? Conocemos el sol, estamos seguros de que su volúmen es un millon cuatrocientas mil veces mayor que el volúmen de la tierra; y que andando sesenta kilómetros por hora, tardariamos doscientos setenta años en llegar á su ardiente superficie; y que puesto el grande astro en el platillo de una balanza, habria necesidad de poner para su equilibrio trescientos cincuenta mil globos terráqueos en el otro platillo; sabemos todo esto del sol, que á tan larga distancia se halla de nosotros; y apénas sabemos nada de la conciencia, de ese sol interior, que en nosotros mismos llevamos y tenemos eternamente.
Estas maravillas de las ciencias físicas no se interrumpen. Ora descubrimos en la Vía Láctea fenómenos que casi escapan al dominio de nuestra dinámica; ora sabemos los cambios que en veinte años ha tenido la nebulosa de Orion. Conocemos el curso de las edades en el planeta; la aparicion de las primeras especies; el despertamiento de los infusorios en los bancos marinos formados durante la época oceánica; las causas de la milagrosa vegetacion, reveladas por los terrenos carboníferos. Miéntras la astronomía nos relaciona con el Universo y la geología evoca recuerdos del mundo histórico, la química revela secretos de la vida. Priestley descubre el oxígeno. Lavoissier descompone el aire y halla en su seno el gas que favorece y el gas que contraría nuestra existencia. El encuentro de virtudes, ocultas ántes, en los minerales impulsa la agricultura, como el encuentro de un gran número de alcalóides, ántes desconocidos, da nuevos recursos á la medicina. La electricidad viene á colaborar en estos prodigios. Desde los misterios de Cagliostro vamos á las claras experiencias de Galvani, que presta movimiento con sus centellas eléctricas á miembros de animales muertos; desde las experiencias rudimentarias de Galvani al conocimiento de la electricidad y de sus leyes, merced á haber puesto Volta maquinalmente un pedazo de periódico humedecido en sus labios entre las planchas de zinc y las planchas de cobre, descubriendo su maravillosa pila, hasta que, perfeccionados todos estos descubrimientos, encontrada la gran fuente de electricidad por los progresos conseguidos en la pila de Volta, Morse, un hombre perteneciente á la raza de Franklin, el primero á quien la naturaleza creyera digno de recibir en sus manos el rayo, ántes reservado á los dioses; Morse inventa el telégrafo, y pone el flúido electro-magnético, alma de las pavorosas tempestades, bajo la mano del hombre.
Al pensamiento humano, á pesar de su infinita intensidad, le faltan fuerzas para seguir todos los adelantos seguidos por el vapor, y el magnetismo, y la electricidad, y el descubrimiento de nuevos gases, y la composicion de sustancias químicas, y las exploraciones de los telescopios en el cielo, y las exploraciones de los viajeros en la tierra, y la ascension á la atmósfera, y el descenso, así á los abismos de las minas como á los abismos de los mares, y las clasificaciones de las especies muertas como de las especies vivientes, y el progreso de la fisiología que estudia nuestro cuerpo, y el progreso de la cosmología que estudia el Universo.
Pero ¿puede gloriarse de igual grandeza moral, de igual grandeza espiritual? ¿No peca, sin duda alguna, por exceso de materialismo como el antiguo mundo clásico? ¿No peca por olvidarse del alma que lleva dentro de sí mismo y del Dios que anima el Universo? Es necesario, indispensable, elevar á los ojos de esta civilizacion materialista un grande ideal. Yo conozco cuánto se oponen á ello las vocaciones exclusivas. Así como hay oidos que no perciben las armonías de la música, ojos que no ven las bellezas de los cuadros, hay almas que no sienten necesidad de la religion. Pero las sociedades humanas ¡ah! no pueden ser exclusivas, las sociedades humanas contendrán siempre como el derecho, como el arte, como la ciencia, como el trabajo, ese otro término de la misteriosa serie de su vida, la religion. Pero á medida que los progresos materiales son mayores, el espíritu religioso, como la inspiracion artística, deben tender más vivamente al idealismo. Y el Dios del Vaticano, especie de ídolo material, vestido de brocados, coronado de diamantes, envuelto en nubes de incienso, embriagado por palabras que saben á las antiguas apoteósis cesaristas, no responde á las necesidades de nuestra época, ni apaga con sus ideas teocráticas la sed inextinguible de nuestro espíritu. En Roma, á la sombra de tantos templos, entre aquel laberinto de altares, á la vista de las innumerables cúpulas por donde han subido como por su escala misteriosa innumerables oraciones al cielo; sobre las ruinas amontonadas en aquellos campos sacratísimos por los devastadores siglos; el pensamiento deja rodar en desórden al viento de todas las ideas los dioses muertos, y se eleva á considerar el Dios vivo, uno, absoluto, eterno; sér, esencia, verdad, bien, hermosura; el Dios de la naturaleza y del espíritu, que se alza sobre todos los cambios, sobre todas las trasformaciones de la historia, y comunica á nuestra alma la esperanza inefable en la inmortalidad.
Esta grande idea crece con el crecimiento de las conciencias, y se purifica con su purificacion. Las revelaciones no han concluido, no, por más que algunos crean agotada su fuente. Los tiempos de la razon ahora comienzan, y no sabemos cuánta luz y cuánto calor la razon tendrá en su seno. El Zeus indio, nacido al pié de aquellas altas montañas, perfumado por el aroma de aquellas espesas selvas, no se detuvo en su cuna de palmas, sino que yendo de gente en gente, trasfigurándose de nacion en nacion, llegó á la cima del olimpo griego. Y un dia, en los pueblos educados por su sagrado númen, brotó la revelacion de la unidad de la conciencia humana, complemento necesario á la unidad de la naturaleza divina, que se revelára entre los relámpagos del Sinaí. Y estas dos ideas altísimas fueron creciendo, espiritualizándose en los diálogos de la Academia, al influjo mágico de la elocuencia platónica, como una infusion de la divinidad por las venas del hombre. Y cuando el pensamiento, extendiéndose, dilatándose, bajó de la metafísica á la moral, y de la moral pasó al derecho, fué necesario universalizarlo en la mente de las muchedumbres, dárselo en comunion á los pueblos para que tanto trabajo no se perdiera, para que tantas revelaciones no quedáran como ideas sin realidad y sin forma en las vagas abstracciones de las escuelas ¡Ah! La idea en su generalidad, en su pura abstraccion, parece espíritu sin cuerpo: no agita los ánimos, no alarma los intereses. Pero la idea, predicada al aire libre, dicha en los oidos de los pueblos, rompe con el sentido general de su tiempo y provoca las iras de la supersticion y de la ignorancia. Por eso el Redentor es necesario, el Redentor que ha nacido para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazon, que la modula como plegaria incesante en sus elocuentísimos labios, que la reparte entre los pueblos, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles castas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles, por los humildes, por los oprimidos, por los desheredados del mundo. Y la religion del Redentor se encarna en una Iglesia, que al pronto cree ser órgano de un solo pueblo, de una sola casta; pero luégo se abre á la invasion de todas las razas, al influjo de todas las ideas, por medio de un genio, que tiene la virtud de los innovadores, la elevacion de los filósofos, la elocuencia de los apóstoles, el heroísmo de los mártires. Y la revelacion no se interrumpe. Unos le llevan el espíritu judío y semita; otros el espíritu heleno-latino; otros el espíritu alejandrino. Las cuatro misteriosas ciudades, que tenian en sus manos la trama de la civilizacion europea, Jerusalen, Roma, Aténas, Alejandría, hablaron, y sus palabras fueron recogidas, y elevadas al cielo por el divino Verbo. Y no se interrumpió la serie infinita de las revelaciones; porque vino la revelacion del arte en el Renacimiento, la revelacion de la ciencia en la filosofía, la revelacion del derecho en las grandes revoluciones, cuya electricidad ha creado de nuevo al hombre y traido en lenguas de fuego un espíritu divino sobre su conciencia. ¡Ay de las sectas, de las magistraturas, de las iglesias que creen su ideal exclusivo, su doctrina estrecha, su sentido egoista, el espíritu y la doctrina y el sentido de la humanidad, de ese sér inmortal, cuya conciencia es como el espacio donde todos los grandes principios se contienen; cuya idea es como la luz que todos los mundos esclarece; cuyo espíritu es como el aire que todo lo vivifica! Las ruinas son esqueletos amontonados por los siglos. La idea se levanta de unos altares, y corre á otros altares sin detenerse, renaciendo á cada instante de sus cenizas, trasformándose en una serie de trasformaciones infinitas, como contínua renovacion de la tierra y contínuo holocausto que envia eterna nube de incienso hácia los cielos.
EL GUETO.
Despues de las altas cimas gusta ver los profundos abismos; despues del Vaticano el Gueto. Denomínase Gueto al barrio que habitan los judíos en Roma. Una poblacion dentro de otra poblacion es cosa para maravillar á otros, no á los españoles. Cerca de cuatrocientos años hace que expulsamos nuestros judíos, reservándonos el derecho de quemar á todos cuantos los imitáran ó siguieran, á los judaizantes; y áun quedan por nuestras ciudades, señalados y distinguidos, los barrios donde no entraba tocino, la judería. Recordad Toledo. Por San Juan de los Reyes, en las colinas que avecina la puerta del Cambron y el puente de San Martin; así la mudejar iglesia del Tránsito con sus ajimeces, sus alicatados, sus bóvedas de cedro incrustadas en oro y en marfil, sus salmos escritos por las paredes en caractéres hebráicos, sin ningun género de signos masoréticos; como la iglesia de Santa María la Blanca con sus columnas ochavadas, sus chapiteles sirios, sus arcos de herradura, una y otra seculares sinagogas, enseñan que allí habitaron los hijos de Israel, los tenaces adoradores del puro Dios semita, los perseguidos de los godos que en Guadalete vengáran sus afrentas, los comerciantes riquísimos, los trabajadores incansables, los que esparcieron las ideas de las escuelas árabes de Córdoba, de Sevilla, de Toledo, por el Mediodía de Francia y por todas las regiones de Italia; los que demostraron á Don Alfonso VI no haber tenido parte alguna en la muerte del Salvador; los que colaboraron en las obras de Don Alonso el Sabio; los acuchillados por la espada de Enrique de Trastamara; los escupidos y abofeteados por la elocuencia de San Vicente Ferrer; los expulsados por la piedad de Doña Isabel la Católica; los judíos toledanos.
Raza verdaderamente extraña esta raza. Nosotros hemos devorado jerarquías innumerables de dioses. Las divinidades de los fenicios, de los griegos, de los romanos, unidas á las divinidades aborígenes, han caido en los abismos de nuestra conciencia, y de nuestra conciencia se han evaporado. Hoy mismo la gran teología católica, que fuera como la esencia de nuestro espíritu, se desvanece y se disipa. Nuestra alma es cambiante por lo mismo que es progresiva. En los pueblos occidentales, aquellos que piensan, ni creen ni rezan; aquellos que creen y rezan, no piensan. Pasamos la segunda mitad de la vida destruyendo con el raciocinio las creencias inspiradas por la educacion y por la fe de la primera mitad. No somos, no, raza religiosa. Y esos judíos hablan como hablaba Abraham, cantan los mismos salmos que cantaba David, guardan la idea de Dios recogida como el maná de las almas en el desierto, obedecen la ley descendida del Sinaí, resisten al cautiverio de Babilonia, á los halagos inmortales de Alejandro, al cetro incontrastable de Roma, á la dispersion impuesta por Tito, á las maldiciones de los papas, á los rescriptos de los reyes, á la cólera de los pueblos, al fuego de la Inquisicion, á la intolerancia de todas las sectas; y entre las corrientes de las ideas que sin punto de reposo se mueven y trasforman, ellos, cual si estuviesen fuera del tiempo, reedifican en su pensamiento el templo derruido, donde conservan inalterables la antigua fe y sus consoladoras esperanzas.
Guiado de un doble sentimiento de compasion y de curiosidad, fuí á visitar el barrio de los judíos en Roma. La limpieza no es grande en la Ciudad Eterna. Montones de inmundicia os cierran á cada encrucijada el paso. Los claros rios, que en gigantescos acueductos vienen, y por fuentes monumentales se derraman, así en las cimas de las colinas como en las profundidades de los valles, no limpian, no lavan, como si bajo tierra se perdieran. El Tíber es verdaderamente el rio de las cloacas. Sus amarillentas aguas le dan aspecto de gigantesco vómito de hiel. La Ciudad Eterna es una ciudad sucia. Se necesita, á decir verdad, taparse mucho las narices para aspirar aquellos aromas espirituales que embriagaban el alma piadosísima de Luis Veuillot. Y en esta ciudad pasma, por su inmundicia, el barrio de los judíos. Húndense los piés en aquella mullida alfombra de excrementos, que parecen lechos de cerdos ó de hipopótamos. Niños medio desnudos, devorados por costras de porquería, que semejan costras de cancerosa lepra, juguetean en todas direcciones. Algunas viejas, de tez rugosa y amarilla, pelo cano, ojos vidriosos, aspecto macilento, sonrisa siniestra, guardan las puertas de las viviendas, que parecen sucias ratoneras. Cada uno de aquellos antros exhala insufrible hedor. Con la raza judía se confunden allí familias gitanas caidas de la misma grandeza y encorvadas bajo la misma maldicion. Algunas de sus pobres mujeres, que la Inquisicion hubiera quemado por untarse y volar, sobre todo en sábado, os detienen para convidaros, en dialecto ininteligible, gutural, á ver lo por venir en sus combinaciones de cartas. Sobre sucias piedras juegan muchos grupos á juegos que tienen algun parecido con nuestro mus, con nuestra peregila, con todas las combinaciones de cartas usadas en el Mediodía de España. Cuando hallan alguna dificultad, trampas ó trabacuentas, arman algazara que se difunde por todo el barrio. Éste rechina los dientes, aquél crispa los puños, el de más allá profiere palabras amenazadoras, todos manotean como si estuvieran á punto de romper en campal batalla. Los niños se mezclan al ruido y gritan en torno del corro. Las mujeres se asoman por los tragaluces, y participan del ardor general y se mezclan en la general disputa, guiándose, no por la razon y la verdad, sino por el sentimiento, que les dice ser mejor derecho el de sus más próximos parientes. Oidles y guardaos bien de mezclaros en sus contiendas, porque correis peligro de veros asaltados, heridos, magullados por la ira de todos aquellos furiosos. En el Gueto debeis limitaros á observar las sucias piedras, las inmundas calles, las feas madrigueras, los amarillentos y miserables habitadores, los harapos que penden de las ventanas, y la espesa atmósfera de pestilentes vapores que envuelve aquel infierno, donde se purga por los representantes de tenacísima raza la virtud más querida de los papas, la creencia en principios increibles.
Y la condicion de esta tribu ha mejorado mucho en el presente pontificado. Las férreas cadenas que los separaban del resto de la poblacion y los tenian como prisioneros, han caido, merced á la generosidad de Pío IX. Ya no tienen necesidad de sepultarse desde el anochecer en sus pocilgas, y pueden andar á su arbitrio toda la ciudad. Aquel tributo de sangre, que repartido entre todos tocaba á cincuenta céntimos anuales por cabeza, no se paga desde 1848. El privilegio mismo de vivir en toda la ciudad es un privilegio que no aprovechan, á causa de serles difícil hallar alojamientos tan baratos como los alojamientos de su barrio, cuyos alquileres han sido tasados misericordiosamente por antiguos rescriptos pontificios.
Pero ¡cuánto han padecido los judíos! Hacíalos ya Tácito objeto de sus aceradas invectivas, y Luciano de sus graciosas burlas. Castigábanlos muchas veces los emperadores echándolos como pasto á las fieras del circo. Confundíanlos en las persecuciones cristianas, á ellos, que abominaban de las novedades traidas por el cristianismo á sus creencias. Cebábanse en sus personas los bárbaros recien convertidos á la fe cristiana. Aislábanlos del mundo los papas..... Y sin embargo, hay naciones donde la persecucion ha sido más implacable aún contra tal raza que en la misma Roma; naciones donde sólo han quedado de ella recuerdos en la historia. Admiremos su fe. Por uno que de esa fe reniega, innumerables la sostienen. Hasta los más profundos de sus pensadores creen que el género humano se ha extraviado por haber admitido con el cristianismo las ideas de la metafísica griega en el dogma teológico de la unidad de Dios y en el severo y sublime decálogo de Moisés. Ellos creen que el pueblo judío renunciará á su primacía de pueblo sacerdote, de pueblo levita, el dia que sus hermanos, los sectarios del cristianismo, renuncien á las ideas antropomórficas de Grecia. Y la humanidad, unida en el mismo espíritu, del cual se derivará un solo derecho, podrá purificar su conciencia en el humano principio de la unidad divina, y su voluntad en los severos preceptos del Decálogo. Estas ideas no circularán por la mente de aquellos pobres judíos del Gueto, á quienes recelosa autoridad ha sumido en espesísima ignorancia, pero el cimiento de sólida fe queda en sus almas.
No puedo comprender cómo algunos escritores religiosos se extrañan de la inmovilidad judía. Pues qué, ¿en Roma no participa toda la vida de esa misma inmovilidad? ¿Hay region alguna en la tierra donde esté la historia tan viva? Todavía se oye la ninfa Egeria en la caverna de Numa; todavía las sombras de los Tribunos andan errantes por las cimas del Aventino. Cuando descendeis á las catacumbas, os imaginais asistir á las perseguidas agapas cristianas; y cuando volveis de la Vía Apia, despues de haber visitado aquellos sepulcros, creeis volver de un romano entierro. La desolacion que los errores patricios sembráran en las majestuosas campiñas exhala hoy mismo vapores de muerte. Los Césares-Pontífices áun habitan los jardines de Neron. La antigua arquitectura romana áun se impone al espíritu católico. Tiene su aristocracia aquella debilidad contraida en los tiempos del Imperio, cuando los dictadores perpétuos que sucedieron á César le quitaron las armas para quitarle con ellas toda dignidad. Su clero cierra los ojos á la voz de la razon, se resiste al progreso, se opone á las reformas, de la misma suerte que los sacerdotes paganos, cuando agitaban su tirso de oro y se ceñian su corona de verbena sobre las legiones invasoras de los godos, y á pesar de la proclamacion del cristianismo como religion del Imperio por el Senado de Teodosio. Y si examinais con detenimiento el bajo pueblo, veréis las señales de lo antiguo, no solamente en su perfil griego y en su musculatura verdaderamente romana, sino en su mezcla de indolencia y de soberbia, como pueblo habituado á que le mantenga el patrono y lo diviertan todos los demas pueblos de la tierra.