Quilito

Chapter 6

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Antes de la una, salía Jacintito para la Bolsa, después de charlar en el escritorio con los amigos y discutir con míster Robert. Aquella sesión de barbilampiños, en que se exponían las más peregrinas teorías económicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban los millones de pesos como simples naipes, ofrecía especial interés; había empleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operación de muchos miles, y niño apenas destetado, que decía con arrogancia que el Banco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano de alguien que estaba en el candelero, pellizcándose el bozo incipiente, brindaba su poderosa influencia, y un _rabonero_ recalcitrante, sin más haber que las dádivas de su papá, se lamentaba de sus pérdidas en la última liquidación. Pero el que allí predominaba, por su desfachatez y su audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio, y debía conocer al dedillo los secretos políticos, hacíase él sabedor de noticias gravísimas, que iban a influir de manera formidable sobre la plaza; ¡ya verían a dónde llegaba el oro! Se lo acababan de decir al salir del Café de París, con el palillo todavía entre los dientes. ¿Quién? Un personaje que entra y sale en la _Rosada_, como Pedro por su casa: tal ministro se _apretaba el gorro_, porque el que todo lo puede, se lo había sumido hasta las orejas. O si no era algo muy feo, descubierto en cierta repartición, o algo peor atribuído a algún fantoche de las esferas oficiales. Los otros abrían tamaña boca. Debía ser cierto, cuando Quilito lo decía. ¿Y si soltaba el trapo a disertar sobre finanzas? tenía tales trazas de catedrático, que nadie chistaba.

--¿Qué noticias traes?--le preguntó Jacinto.

--¡Psh!--hizo Quilito,--lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.

Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a míster Robert.

--A quien se va a llevar el diablo es a mí--dijo Jacintito estrujando con rabia el periódico,--¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo!

--¿Te ha echado otra vez la garra?

--¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al _viejo_ los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si uno pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...

Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja se pronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchos incautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro de las veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperando resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero. Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por don Raimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Le puso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la _mosca_, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquella sería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, iba a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.

--¡Chocheces de viejo!--dijo Quilito con suficiencia:--si te cierra la bolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.

--No habrá más remedio...

Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio, inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veía con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la centésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en el despacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando que había observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el primito que le olían a _festejo_ descarado, lo que hizo enfurecer al padre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había tal delito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y a mucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, de que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar su brazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todos se la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y el juicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:

--¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado que a un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha ofendido!

--¡Nunca, nunca!--apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.

Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia, declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, e inicua, porque era la sanción de odios que los años debían haber apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito de perseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni le haría perder casamiento, como aseguraba su madre.

--Tenía los cinco mil en el bolsillo--concluyó Jacinto,--y bien podía desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.

Quilito, muy contrariado, replicó:

--Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en casa. ¿Quién será el inventor de esa _zoncera_? Ni yo miro a tu hermana, ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que ellos anden como el perro y el gato.

Cambiando de conversación, preguntó:

--¿Vas a Palermo?

--Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.

--Bueno; ya que te empeñas...

Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo: muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos pequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chistera tornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesión usurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entró haciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera silla que encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirar y convencerse que no había sitio más apropiado.

--Ya está usted aquí, señor don Raimundo--dijo Jacintito.

--Hoy estamos a 26 de mayo--contestó el viejo secamente.

--Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su almanaque!

Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia; calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió las narices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse el olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídos rellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor moroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, más de gozo íntimo, que por parecer amable.

--Me alegro y me felicito--dijo ensayando nuevo saludo;--esto me prueba que marchamos viento en popa.

--¡Y tanto!--contestó Jacinto con petulancia.

Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, y para ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delante de su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; de vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo y repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se abocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movía entonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y los colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que podían servirle de fiador.

--Sí, Vargas, Vargas--decía mascullando las palabras,--empleado con ochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigo de representación?...

Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, don Bernardino Esteven.

--Eso es otra cosa--exclamó el usurero;--conozco mucho al señor Esteven; cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.

--Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.

--Sólo a plazo vencido y letra protestada--contestó don Raimundo levantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo de amenaza.

Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte le trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Le habría conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se levantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda; ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.

--Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quien se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre, como a Diógenes, míster Robert.

--Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que se tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.

--Diríase que es usted _situacionista_.

--No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.

--Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entre dos platos. Luego, el ministro de Hacienda...

--¡Si todos fueran como usted!--decía don Raimundo guardando enternecido los billetes en el bolsillo interior de su levitón;--se está poniendo la plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.

--Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza--insinuó Jacinto,--y qué gastar muchas botas y cansar mucho las piernas.

--¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me han ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***, ¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso y jugador de muñeca, que vino de su provincia _cantando_ y ahora hace bailar los títeres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil pesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escaso interés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre que tiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido en negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a otro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder con esos _chingolos_, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichones caídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locos o poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma tan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer que no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los botones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha preguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mi hijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor de Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del colegio.--Siquiera tuviera quince años--dijo la madre.--Por mí le habilito la edad--contesté;--para ser corredor más que inteligencia, necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: el sebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán del lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar de dientes.

--Así tuviéramos buen gobierno--decía Quilito.

--Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos de gobernar al país?--replicaba el inglés descargando golpes con la regla sobre el pupitre;--lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justos por pecadores.

En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; los muchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.

--¿Y su papá de usted?--preguntó don Raimundo bajando la voz,--¿qué tal le va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas de consideración el último mes y que dos _quebrados_ le dejaron clavado.

--_¡Macanas!_--respondió Jacintito con desprecio;--el viejo sabe lo que se hace.

--Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.

Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar en el secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puede ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguían inconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando se acordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizá en aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y su visita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estos cabos.

Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. ¡Aquel era el gran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si la baja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciable ganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...

--Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me escurren como anguilas.

Levantóse el señor de Melo Portas e Azevedo, cubrió su calva con la chistera tornasol y se dirigió a la puerta, después de saludar a derecha e izquierda.

--¿No vienes?--preguntó a su primo, Jacintito.

--Te espero--respondió Quilito sin volverse.

Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba la ciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos y transeuntes obstruía la calle y las aceras, con zumbido colosal de colmena entregada al pillaje. El tranvía, inmóvil, pedía con estridente toque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeaba al caballo de un vehículo, caído en mitad de la vía, bajo el peso de su carga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y el mayoral, había ruda porfía a quién gastaba más ajos y cebollas, para dejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo de pera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malos modos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, de chambergo ladeado y pañuelo al cuello, y el mayoral, un _compadrito_ de melena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a compás. Y mientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, en medio de las risotadas del auditorio, yacía el triste animal sin movimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando en cada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes, camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no había espacio para todos: al lado de elegante _victoria_, marchaba enorme carromato, cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los baches del empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban los caballos, juraban los cocheros, y había linda cabeza que se asomaba a la portezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentes andaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la hora poco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios, contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de océano encrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque de corneta del tranvía, que parecía la llamada pavorosa del juicio final.

--¡Que vengan después a decirnos que estamos en crisis!--exclamó don Raimundo;--mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de esta ciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevan cara de satisfacción. Allí va la mujer de S***, el fantasmón de quien le hablaba hace poco: fíjese en su tren de princesa; entretanto, el marido no paga a nadie. Y así muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpa el país, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentáneo, para volver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aquí tenemos, amigo Esteven, es de sentido común.

Siguió filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada su imaginación por la pesca de los cinco mil. Pasó en revista las causas de la crisis y discutió sus efectos, con cifras y con datos, mientras daba a las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tanto chocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala, pensaba que aquel hombre se ponía muy fastidioso, cuando tomaba la palabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones del portugués, reservando su opinión para no caer en la polémica. Pero el otro no callaba; volvió a la carga sobre aquello de los pájaros gordos, que parecían repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste, bajo secreto de confesión... Jacinto no chistó.

--O no hay nada, o no sabe nada--se dijo don Raimundo.

Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburría. Agotada la discusión política, míster Robert reanudó sus anotaciones en el libro mayor, y el joven fué a sentarse en el sofá, donde encendió un cigarro y se puso a leer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritas dulces, no le hacían ningún efecto; sin concluirla la guardó, y quedóse cavilando sobre la relación de Jacinto, desalentado ante la gravedad de la lucha; él iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, al asalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrépido de la época. ¿Por qué no había de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces, seguramente que don Bernardino no haría ascos a su candidatura, y las diferencias de familia quedarían olvidadas. Miraba a míster Robert y se encogía de hombros con lástima. No, no se vería él en ese espejo. Allí estaba de la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y así todos los días, todos los días... hasta que la enfermedad le clavase en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte. Entretanto, habría pasado los mejores años de su vida sin gozarlos, dejando para otros el fruto de lo que él sembrara...

Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentan candidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin más títulos que su título y sin más bagaje científico que los atracones, a fin de curso, de textos sin digerir, y así hacen de jueces y diputados, como juegan los niños haciendo de generales y de obispos, entró con mucho sonar de botas nuevas, preguntando dónde estaba Jacintito.

--Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que las acciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas.

Decía mi corredor, como diría mi zapatero.

Quilito contestó:

--En la Bolsa le encontrarás.

Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, le asestó esta cuchufleta:

--¿Y qué tal la diputación? ¿te _nombran_; quiero decir, te eligen, por fin?

Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todavía no había alcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él tenía también _su_ corredor.

Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en su tarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en el sofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo durmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de sus libros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió a abrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara de muñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, y botas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro del sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilito saltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte más elegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el caballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo sus piernas finas y nerviosas.

--¿No has visto al niño?--preguntó Quilito al lacayo.

El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirle algo grande.

--Mira que concluirá por cubrirte del todo--dijo el joven riendo.

Por fin llegó Jacinto, cariacontecido y de mal humor.

--No he podido hacer la operación--exclamó con un juramento.

--Lo dejas para mañana, hombre, ¿qué apuro tienes?

Jacinto entró en el escritorio, vió a míster Robert trabajando siempre, y no queriendo interrumpirle, salió y dijo a Quilito:

--¡Vamos a Palermo!

Subieron ambos en el faetón, colocóse detrás el lacayito, empuñó Jacinto las riendas y al ligero latigazo, arrancó el alazán gallardamente.

Y entonces, vínole a la memoria a Quilito la frase de su tía aquella mañana:

--¡Por este camino, hijo mío, no llegarás a ser sino un segundo Agapo en la familia!

IV

A las cinco y media, cuando ya no se veía en el escritorio, míster Robert cerró su libro; la claraboya dejaba caer una luz mortecina, que embrollaba los números sobre el papel, simulando extraña danza de esqueletos, y no era posible continuar el trabajo. A veces, cuando la urgencia del asunto lo requería, encendía el gas y seguía en su tarea, sin preocuparse de la hora, ni de la que marcara su estómago, mientras su aristocrático socio faroleaba en Palermo, descuidado. No salía, sin dejarlo todo en orden, cada cosa en su sitio de costumbre: la pluma, muy limpia, envuelta en el mismo pedacito de tela negra, que trajo el primer día; la chaqueta de casa, en el segundo clavo de la percha del fondo; el lápiz, la regla y el lacre en el cajón del centro de su mesa, objetos todos que cuidaba con cariñoso esmero, como dóciles compañeros de la labor diaria. Así resplandecía el sitio que él ocupaba de sorprendente limpieza, en medio del desorden y la dejadez del resto de la habitación; al principio, quiso imponer sus hábitos morigerados, asignando su puesto a cada objeto y haciendo que la escoba y el plumero desempeñaran el papel que aconseja y manda la higiene; pero aquello fué lo mismo que pretender aplicar la regla de San Benito a una tropa de reclutas. Jacintito tenía convertido el escritorio en club familiar, y allí se charlaba y fumaba, como se jugaba al box y al palo, y en momentos de amistosa expansión volaban los libros, cual si tuvieran alas; todo lo cual contribuía a darle el aspecto de sala de escuela, manchado de tinta el suelo y garabateadas las paredes por los muchachos revoltosos. Míster Robert creyó poner un dique a la invasión, ordenando su mesa y los avíos de escribir con la minuciosidad femenina que le caracterizaba, mas no logró escapar a sus efectos: su querida pluma, cuyo rum-rum le era tan grato, abandonaba a lo mejor el lecho de cartón y el cobertor de lana, que tan bien sabía prepararle, y salía a recorrer las otras mesas, volviendo de estas calaveradas maltrecha y sin barbas; parecidas excursiones hacían el lápiz, que llegaba despuntado; el secante, que traía perfiles grotescos, y la regla, con más porrazos que cabeza de turco. Puso entonces todo bajo llave, pero asimismo no le dejaban tranquilo: ya era Jacintito, que le pedía papel y lo borroneaba o pluma y la echaba a perder; ya el escribientillo que tenían, cagatinta con aires de ministro, de onda sobre la frente, que escribía a fuerza de raspador y de sandáraca, quien no sabía resistir ante la roja barra de lacre o el paquete de sobres, liado en su elegante cinturón de colores. A pesar de su carácter blando, el _inglés_ tenía sus cuartos de hora de mal humor, y nada le incomodaba más que encontrar una cosa fuera de su sitio, o no encontrarla en ninguna parte: entrecerrando sus ojos de albino, como un murciélago a quien daña la luz, se revolvía en su banco de patas largas, buscando en los cajones, palpando sobre la mesa; convencido de la inutilidad de sus pesquisas, miraba al escribiente, como si quisiera devorarle, pero no decía nada, porque guardaba sus sentimientos y sus pasiones bajo la llave de la reflexión, tan bien, como los objetos de su escritorio.