Quilito

Chapter 5

Chapter 54,105 wordsPublic domain

Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachársele de delito alguno, porque no era ladrón, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba su apellido y pocos eran los que sabían que pertenecía a la opulenta familia de Esteven. No quería él que se supiera el cercano parentesco de Agapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergüenza de su propia situación; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quien acusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse de él, y no le socorría como debiera, ahora que era dueño de cuantiosa fortuna. Sabedor de los enredos de la testamentaría de Vargas, y del profundo cisma de ambas familias, solía él decir con maligna intención, en el seno de la confianza, que quién sabe cuál de los dos, si el millonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantenía más honrado el apellido.

A casa de los Esteven iba contadas veces. Le imponía tanta magnificencia: la escalera toda de mármol, con dos leonazos melenudos al pie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisieran tragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exóticas; arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abría, veíase lujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conocía Agapo lo demás, porque nunca le habían dejado pasar de allí, pues podía manchar las alfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles con sus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, después de tocar el timbre. El criado salía, le miraba de pies a cabeza y desaparecía, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oía el manoteo del piano en la sala; Agapo pensaba que serían sus sobrinas, Susana y Angela. La puerta volvía a abrirse y el criado entregaba un billete al atorrante, con este recado:

--Dice el señor que no venga usted con tanta frecuencia.

--Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al señor que no le incomodaré más.

Y se iba, colérico, jurando no volver... y volvía, reflexionando que era fuerte cosa que mientras su familia estaba _podrida en plata_, no tuviera él ni para cigarros. En estas visitas solía ver, por la puerta entreabierta del recibimiento, a su cuñada Gregoria, con su aire orgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad; un día tropezó en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones de dos en dos, silbando, de habano y bastón, y no le miró, porque le chocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba el dinero, que no sabía ganar. Mostrábase, sí, muy satisfecho cuando lograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dos pimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas de miedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la boca encantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vió y si llegaba a columbrarle en la calle, escabullíase avergonzado.

Pero donde él iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, si no todos los días, porque era él muy comedido, por lo menos tres veces en la semana. Pampa le recibía poco menos que a escobazos, diciéndole que la señora no estaba, que se marchara, pues no había nada para él.

--Esperaré, muchacha; no tengo prisa.

Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer el patio a la india, admirando la limpieza y el orden que allí reinaban, mucho más agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeño jardín daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado.

--¡Hola! ya estás aquí--decía en esto la voz simpática de misia Casilda.

Y aparecía la señora con un plumero en la mano, muy sofocada por el trajín de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubría, como ante una imagen, y entraba en el comedor y se sentaba, sí, señor, se sentaba en una silla de rejilla, porque allí no temían que lo manchara todo con su contacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fría guardado para él, o el platito de arroz con leche o el resto de _carbonada_, que la señora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, era una de charlar de todo, al compás de la escoba de Pampa...

Al día siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don Pablo Aquiles vió cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto de interrumpir su paseo de digestión, Agapo se presentó en la casa, pasadas las doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo.

--Señora no estando--dijo Pampa cerrándole el paso y esgrimiendo el doméstico cetro.

--¿Y el _patrón_?

--En el Ministerio.

--¿Y el niño?

--En la Bolsa.

--¡Esperaré!

--Déjale pasar--dijo misia Casilda desde adentro.

El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de costumbre, porque para esta visita hacíase esmerada _toilette_, en lo que cabe.

--¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?--exclamó Agapo, sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta mirada a la alacena.

La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.

--Tengo un dolor de cabeza...--dijo ella, llevando una mano a la frente.

Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldres desdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo, quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.

--¿No estás borracho?--preguntó la señora, mirándole a la cara.

--¡Oh! no--protestó el atorrante.

--Pablo Aquiles te encontró ayer en un estado deplorable.

--Era día de la patria... y había que festejarlo.

--¡Jesús! ¡qué vicio más feo! mira, si se te ocurre presentarte aquí de esa manera, te haré dar cuatro escobazos por Pampa y llamaré al vigilante.

Agapo seguía comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza. Cuando quedó el plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pasó la mano por la boca, restregó los dedos sobre el pantalón, y mirando con ojos tiernos a la señora, sentada al otro extremo de la mesa, exclamó:

--¡Ay, señora! ¡yo merezco más lástima que castigo! A buen corazón no me gana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano...

--Eso sí--saltó misia Casilda,--siempre he dicho yo que eres lo mejorcito de esa familia; sólo que te dió por no querer trabajar... ¡y ahí tienes!

Agapo se encogió de hombros. No, señor, no era por eso; él quería trabajar, pero no encontraba en qué: buscó un empleo mucho tiempo y no quisieron dársele y ahora andaba tras de una concesioncita de ferrocarril, sin resultado; había visitado a senadores y diputados y hasta a cierto ministro, que tenía fama de dejarse untar la mano...

--Pero, ¿qué van a darte con esa facha?--dijo riendo la señora.

Ahí está; si él fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero o siquiera en provinciano, lo conseguiría al momento, sin más capital que mucha labia y poca vergüenza. Negocio más lucrativo no se ha visto: le dan a usted la concesión, usted la vende al momento y se hace rico, o poco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no se construye... ¡Cuántas cosas podría hacer valiéndose de la influencia de su hermano! Hoy, para medrar, no hay más que meterse con el Gobierno... o en la Bolsa: un compañero suyo, que dormía en los bancos de las plazas y en los caños abandonados, se había metido no se sabe cómo en un negoción de tierras, y se ganó lo que quiso, convirtiéndose en un personaje que arrastra coche...

--Aquí tenemos lo de Quilito--observó misia Casilda,--esas fortunas improvisadas me hacen a mí el efecto de casa sin cimientos; deja que sople el aire y verás dónde van a parar. Mejor sería que tuvieran más cabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta mañana el casero nos mandó aviso que para el mes que viene subirá el alquiler, y siempre con el mismo pretextito: el oro; ¿qué culpa tenemos nosotros de que se vaya a las nubes?

--¡Y lo que vendrá!--dijo Agapo en tono profético, acariciando sus barbazas.

--Tengo un dolor de cabeza...--volvió a decir misia Casilda.

--Algún disgusto, ¿no es verdad?

--Sí, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes había llegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontró al niño en la puerta de Colón, detrás de las de Esteven, lo que vino a corroborar sus sospechas de que _festejaba_ a una de ellas; ya se lo habían dicho no sé en qué parte, y la idea de que fuese cierto y que los otros pudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les tenía disgustadísimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando bajó a almorzar, le espetaron la preguntita.

¿Crees tú que negó? ¡qué esperanzas! es muy deslavado y tiene una manera de contestar al padre... Que sí, que Susana le gusta mucho, y que si puede que ya lo creo que se casará con ella, pero que _todavía_, no hay nada serio... ¡Todavía! ¡vaya un consuelo! Entonces, yo tomé la cosa por mi cuenta y le dije las del barquero.

Eso es, muy bien; ¿le parecía decente poner los ojos en una niña, cuya familia era enemiga mortal de la suya propia? ¿no había en Buenos Aires ninguna otra más que ella, tan buena o mejor? ¿no temía que la gente esa dijera que iba por su dinero y que su padre y su tía estaban mezclados en el negocio? Y luego, ¿qué significaba eso de casarse un mocoso, que no sabe dónde tiene las narices? ¿con qué contaba para el casorio? ¿tenía siquiera su carrera concluída? Estos muchachos de ahora son de una impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen a pies juntillos en la engañifa aquella de «querer es poder»; así, no son pocos los desengaños.

En fin, que me despaché a mi gusto, y como golpe final, le hice esta pregunta: Pero, ¿has hablado con la niña.--No.--¿Y entonces?--Ella me mira, y con esto basta.--¡Inocente! ¡te fías de los ojos, cuando las promesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas miran y remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver el efecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces él, retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:--Hay modos de mirar, tía... y yo me entiendo.--¿Habráse visto botarate? ¡Un chico que no levanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largué: Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el señor don Bernardino Esteven nunca consentirá en ese casamiento. Lo aplasté. Pero él se irguió, y en tono de amargo reproche, replicó:--Seré muy desgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia serán ustedes, con su terquedad ridícula y su odio injustificado.--¿Qué te parece? mira que Pablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al oír aquello no se pudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parece mentira. Total, que Quilito subió a su cuarto muy enfadado, Pablo se fué a la oficina de mal humor, y yo quedé con jaqueca. ¡Qué muchacho, Señor!

--Eso me lo sabía yo de corrido--dijo Agapo,--¡las veces que le he visto en la calle Florida detrás de ella! y una tarde, al salir de casa de mi señor hermano, tropecé en la acera con Quilito, y cuando doblaba la esquina vi a Susana en el balcón... Que ellos se entienden, no hay duda.

--Si esto es una fatalidad--exclamó misia Casilda, va a ser un semillero de disgustos para nosotros.

Lo que Agapo no se atrevía a decir, es que él era el protector de aquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dos tórtolos; su buen corazón no había podido resistir al ruego de Quilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante la desgracia que separaba a sus sobrinos más simpáticos y que más quería. Esto le obligaba a ir con alguna más frecuencia a casa de don Bernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha; pero todo lo hacía con gusto... y con provecho. Seguramente que si misia Casilda sabe que en la ocasión en que ella tanto se lamentaba de la ocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que había de encender más la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de su sobrino, trataba de echar el agua fría de la reflexión, no hubiera sido flojo el escándalo. Pero él se guardaba bien de descubrirse... si no, ¡adiós platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante...

El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a su grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientre de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas.

--¿Está Quilito?--preguntó Agapo tímidamente.

--Debe estar en su cuarto--contestó la señora.

¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacer y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le podía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigido la palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero él no entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.

--¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres y treinta y cinco!

Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metida entre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y pasos apagados en el patio: era el niño que entraba. ¡A las tres y treinta y cinco de la mañana!

--Si todos hacen lo mismo, señora--se atrevió a decir Agapo.

--Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo mismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visita en casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que se pongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra del cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le reprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo con vejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como don Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es un remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil ni descarriado.

--Más se consigue con el cariño, que con los azotes--dijo Agapo acordándose de los sopapos y tundas de su niñez.

--Pues éste no echará de menos los mimos...

Se oyó sonar la escalera del patinillo.

--Aquí le tenemos--murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.

Quilito entró, con un cigarro en la boca.

--¡Hola! ¡tanto bueno por acá!

Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de níquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:

--¿Hay algo?

El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez que se apresuraba a desocupar la cigarrera.

--¿Vienes, Agapo?--dijo el joven.--Me voy a la Bolsa y tengo prisa.

Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces, llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello de su gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo bajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿qué dirían los que le vieran?

--¿No es mi tío?--dijo él con afectada seriedad.

Eso, felizmente, nadie lo sabía; bueno era protegerle en su desgracia, pero no mostrarse con él.

--Si no voy a ir por la calle Florida, tiíta Silda, es para darle algo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... En la esquina le despacho.

--Eso es otra cosa.

Y levantando la voz, añadió:

--¡Que les vaya bien!

Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven, ansiosamente, pidió la carta, que le entregó Agapo con precaución, contando las fatigas que le había costado conseguirla. El criado de Esteven era muy bruto, y se permitía ofrecerle puntapiés cada vez que le veía; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza que da al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo _pispara_. Generalmente, la muchacha abría la puerta de la sala y por la rendija echaba la carta; pero aquel día hasta este recurso faltó, porque estando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, del recibimiento se veía todo lo que pasaba en la escalera; hubo que esperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogió en el zaguán la carta de manos de la santita, en las mismas narices de la oronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. ¿Qué tal? Quilito no le escuchaba: había rasgado el sobre y leía; con el afán de un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseología de su prima, temblándole las manos de emoción.

--¡Ca... ramba!--exclamó echando un terno,--¡maldita suerte la mía! ¿he de estar condenado a vivir siempre separado de ella?

Con gesto de mal humor, dió los dos pesos de la tía a Agapo, recomendándole que no fuera a emborracharse, y allí mismo le dejó plantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es que tenía por qué quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dos familias era tan hondo, que no había medio de salvarle: en la escena del almuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre, ni la bondadosa tiíta Silda se prestarían jamás a una reconciliación, y por el lado de los otros, ya se lo había dicho Jacintito con mucha frescura: la tía Goya decía que si se atrevía a poner los pies en su casa, le echaría de escaleras abajo. Pero, ¿qué culpa tenían Susana y él si hubo o dejó de haber en la malhadada testamentaría del abuelo? ¡Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empeñaran el cielo y la tierra juntos. Se amaban hacía tiempo, de lejos, porque las chicas no iban a bailes y no había medio de hablarse, y se decían muchas cosas con los ojos cuando se veían, que las cartitas traducían luego en períodos almibarados. La fatalidad había levantado infranqueable barrera entre ellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravante de _encamotado_, tenía hecho el juramento de vencer todos los obstáculos, y conseguir la mano de la muchacha: ítem más, la reconciliación de las dos familias. ¡Qué final de melodrama más hermoso; una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre los que han andado durante toda la obra tirándose los trastos a la cabeza! Por eso quería hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a la novia y con qué amansar a los padres: la lotería, la Bolsa y la timba de clubs y cafés, todo lo ponía a contribución; hasta entonces su estrella seguía nublada, pero el gran día llegaría... porque forzosamente tenía que llegar.

Entretanto, ¿a dónde iba? Por la tarde debía encontrarse en Palermo: _ella_ estaría. Y aquí cumple confesar otro de los inconvenientes en que el pobre muchacho tropezaba, un síntoma más de la vida artificial, que su mala educación y las pretendidas exigencias sociales le obligaban a llevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer la corte a una muchacha _high-life_ concurrir a teatros y a bailes; Quilito era pobre, pero él iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas las noches. ¿Cómo hacía semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de sus amigos ricos; era un gorrón y nada más, dicho sea sin ofenderle. Pegajoso con aquellos de quienes podía sacar algo, sabía llegar a la casa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de los guisotes de Catalina y los platos criollos de la tía Silda; cuando iban al teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones. En todas partes estaba, y siempre de _arriba_. Así podía darse ese barniz de rico, que engañaba a los más y hacía sonreir desdeñosamente a los _paganos_ y sabedores del secreto, pero que bastaba para la satisfacción de sus gustos y de sus propósitos, desde que la suerte le había colocado en posición inferior a la que él tenía derecho a ocupar, y la sociedad, no su presunción, le exigía cubrir las apariencias.

Ahora pensaba de qué amigo valerse para ir a Palermo. X*** le había convidado la víspera a comer en el Café de París; Y***[**] le pagó el coche y las entradas de las carreras del domingo último; Z*** le llevó a su palco de la Opera, el lunes. De dos o tres más, había recibido en la semana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. Con Jacintito tenía más confianza: cierto es que la butaca de Colón se la regaló él la noche anterior, pero era su primo y no tenía nada de particular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetón. En definitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representación de Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene en su presupuesto partida tan importante y necesaria. Quilito pasaba por el rodrigón de su primo Jacinto, y a él acudía siempre aunque, por delicadeza, no dejaba de hacerlo también con X***, Y*** Z*** y los demás de su círculo. Vaya por Jacintito, pues.

Tenía éste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casa vieja que parecía iba a derrumbarse de vergüenza al ver, a sus lados y a su frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachada desconchada y sus ventanas del año 10 en barrio tan concurrido. Era el escritorio una pieza reducidísima, tan obscura, que había sido necesario abrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados, que la humedad había deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin más muebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes, un sofá y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubría la puerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se veían dos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero: _Esteven y C.ª--Comisionistas_. Adentro, la atmósfera apestaba a cigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cual el dedo de algún desocupado se había entretenido en hacer dibujos estrafalarios, pues allí parecía no haber más plumero que los faldones de los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera, estaba esmaltado de puchos, salivazos, fósforos servidos y papeles rotos.

Cuando Quilito entró, Jacinto en el sofá leía un periódico, y encaramado sobre un banco, escribía un joven muy rubio, casi albino, el socio, o la compañía de que hablaba el letrero. Hijo de inglés y nacido, en el país, seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en el trato diario, sobre él gravitaba todo el peso de la razón social; porque Jacintito no era sino un socio de lujo, que había aportado gran parte del capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que tenía entre manos, pues él sólo entendía de juego y de caballos. Míster Robert llevaba los libros, trataba con los clientes, discutía transacciones; era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio. El otro tenía sólo los honores de pantalla: llegaba después de las doce, siempre soñoliento; oía bostezando la relación que, por mera fórmula, hacía el _inglés_, plantado en su alto sitial; recorría los periódicos, mientras venían los amigos...

--¿A cuánto el oro?--preguntaba.

Quedábase absorto, como un gran financista abismado en sus cálculos.

--Qué le parece, míster Robert, las cédulas siguen bajando; esta es la ocasión de dar el golpe.

El inglés protestaba de estas especulaciones bursátiles; a pesar de la angustia que invadía poco a poco la plaza, la casa parecía marchar con desembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto.

--La mejor jugada es no jugar--contestaba.

No insistía porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de su cuenta y riesgo, y tenían además las espaldas bien guardadas, pues detrás de la razón social estaba la robusta fortuna de don Bernardino.