Quilito

Chapter 21

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Le estrechó la diestra, nerviosamente, y Agapo notó que la mano del sobrino estaba helada, y al resplandor de la hoguera, que moría, su semblante demudado y la misma mirada de demente de ahora poco.

Se había puesto el joven de pie y se despedía, pero el filósofo, intranquilo, le retuvo, diciendo que iba a acompañarle...

--Iré detrás, si no quieres que vaya al lado...

--Estás muy pesado, Agapo...

--No, solo no te dejo; repito que me das miedo.

--Vas a hacerme perder la paciencia.

--¡Solo no; no te dejo!

Quilito, colérico, dio un empujón al tío, que volvió a cogerle de la cintura, echando más ajos que nunca, furioso también; el joven entonces, las manos libres, sacó el revólver y puso la boca del cañón en la frente del atorrante.

--Suéltame, suéltame o te mato.

La sorpresa de Agapo fué tan grande que, maquinalmente, le soltó. Y Quilito, en salvo, a la distancia, le apuntaba con el arma.

--No me sigas, te prohíbo que me sigas; si te siento detrás, te mando un tiro.

La hoguera se había apagado; la noche era obscura, y debajo de los sauces no se veía... Agapo corrió en pos del sobrino, desaparecido entre las tinieblas.

Y Quilito, loco, sin sombrero, iba delante. ¡Imbécil! ¿quién le daba al otro velas en su entierro? se había de matar, aunque vinieran a impedírselo todos los filósofos de la tierra. La maleza crujía bajo sus pasos y detrás se oían las zancadas de Agapo, que venía persiguiéndole; Quilito se acurrucó al pie de un sauce, se quitó el sobretodo claro, que podía denunciarle, y esperó, el revólver amartillado en la mano... Agapo llegó, pasó y se alejó, rastreando la caza, gritando desesperado:

--¡Quilito! ¡Quilito!

Y cuando no se oyeron ni los pasos ni la voz del tío, y el joven se vió solo, frente al río que arrastraba sus aguas negras, en medio de la obscuridad, con rumor siniestro, desprendió el chaleco, abrió la camisa, y sobre la piel que despedía el dulce calor de la vida, colocó la boca del arma, en el sitio en que sus dedos vacilantes, sintieron agitarse más el corazón... Salió el tiro, la sangre tibia brotó mansamente y Quilito experimentó un escozor vivísimo... pero la vida no quería soltar su presa, porque él veía, pensaba, sentía aún.

--¡Ah! vida infame--murmuró con un quejido de dolor,--¡cuánto me cuestas! ¡déjame, no quiero nada de ti, te desprecio! la mano me ha temblado, ¡qué cobarde soy!

A tientas y a gatas, perdiendo sangre, buscó el revólver, caído en la maleza, lo cogió de nuevo, y se disparó otro tiro, en la sien esta vez... Cayó de espaldas, los brazos en cruz y quedó inmóvil; del horrible agujero de la frente, el hilo de sangre corría, manchando sus cabellos rubios, y en el pecho, el líquido rojo se coagulaba sobre la blanca camisa. Y la vida huyó de aquel cuerpo, arrojada por el espíritu obcecado, que decía no querer nada de ella, porque él no la había llamado...

Ya las zancadas y los gritos de Agapo se oían de nuevo.

--¡Quilito! ¡Quilito!

Dos hombres venían con él. Y todos tres buscaban, olfateando como lebreles, más cerca, más lejos, se iban y volvían, hasta que el pie del filósofo dió con el cuerpo del suicida.

--¡Ajo! ¡una luz aquí! ¡pronto, pronto!

Encendida la cerilla, Agapo la acercó y retrocedió, dando un alarido de espanto: ahí estaba el desgraciado niño, los ojos azules aun abiertos...

--¡Dios mío! la culpa es mía, por haberle dejado solo... ¡no me lo perdonaré! ¿quién lleva ahora esta noticia a la familia? iré yo. Quedarse aquí vosotros, hasta que la policía venga; avisaré. ¡Qué desgracia, ajo, qué desgracia!

Desapareció y el cuerpo de Quilito quedó allí, frente al río, que murmuraba su letanía indiferente, y entre los dos desconocidos, que fumaban, en silencio...

* * *

En esta misma fatal noche de San Juan, míster Robert, a la espera de su tranvía, después de cerrar el escritorio por última vez, paseaba por la acera de la Catedral. Vencido en la lucha con el agio, había salido destrozado del combate, sin fe y sin esperanza, sin fuerzas ya para mantener el peso de su honradez sobre los hombros. ¡Ah! si era una carga inútil, ¿por qué no arrojarla a la calle? La luz roja no venía, y míster Robert siguió su camino y fué a pararse delante de la Bolsa. ¡Cosa rara! míster Robert no bebía vino, y es probado, pero padecía de alucinaciones sin duda; y tal como aquella vez creyó ver las extravagancias, de que se ha hecho mención, ahora, al mirar el edificio con encono, observó, creyó observar, mejor dicho, se le figuró, se le antojó que veía, en la cornisa del frente, sobre la puerta principal, un gran caballo, de piedra o de lo que fuera, con un hombrazo encima, de casco y espada desenvainada, y la adarga caída entre las patas del animal... Y debajo había dos letreros, que era lástima no pudiera leer, como míster Robert, el desgraciado joven rubio, de ojos azules, que en aquel momento, tendido sobre sucias angarillas, atravesaba sin vida los umbrales de una casa de la calle Moreno.

Decía el uno: Que tu caballo de combate sea el trabajo y tu espada la perseverancia; mas, si quieres vencer en la contienda, no dejes caer a tierra el escudo de la prudencia.

Y el otro: La mejor lotería es el ahorro, no el que amontona por vicio, sino el que guarda por previsión.

FIN