Chapter 20
--No te mates, tonto, que la vida es muy buena y muy agradable; una vez hecho a ella, ya verás... Si no tienes más que veinte años, y por eso, inexperto, exageras tus faltas y crees que no podrás sobrellevarlas; pero piensa en tanta cosa de que vas a privarte, de que todos se hartan a dos carrillos, y que tú, por flojo y tío melindres, te irás sin catar siquiera... Mira Jacinto, ¿no ha hecho lo que tú? es cierto que no ha falsificado firmas... esto de la falsificación es fácil remediarlo con la venta oportuna de la finquita... pero Jacinto ha jugado y ha perdido, y sin embargo, no piensa en matarse; ahí le tienes en una oficina, mano sobre mano, viviendo del erario. ¿Crees que el mundo va a despreciarte, porque no pagues? si el no pagar está a la moda, y es muy _high-life_; y mira, hijito, al mundo con el pie, si no quieres que te monte encima. Además, piensa que es muy doloroso morir a tu edad, y estarse pudriendo tierra tontamente, mientras los otros ríen y bailan sobre tu sepultura... ¿Sabes lo que sucederá después que te dés el tiro? te llamarán _malogrado_ por los diarios, y _requiescat in pace_; a los dos días nadie se acuerda del santo de tu nombre: no olvides el refrancito: el muerto al hoyo, y el vivo al bollo; sólo papá y tiíta Silda te llorarán hasta la consumación de los siglos y esto será el único resultado de tu suicidio; bien triste, ¿no es cierto? ¿Y no te parece, hijito, que aquí hace mucho frío, que el suelo está muy húmedo, y que, ahí, encima de la maleza, se debe estar muy incómodo? ¿y no temes que la mano te tiemble, en el momento de disparar, y vayas a herirte malamente, y en lugar de volver muerto a casita, te lleven herido, para sufrir dolores y apósitos y visitas de médico? créeme y fíjate bien en lo que voy a decirte: tu falta, a los ojos de la moral, siempre pudibunda, es grave, naturalmente, no tiene vuelta de hoja, pero, tal como andan hoy las cosas en nuestro país, es una chiquillada, una gracia, que más que la censura, despertará la risa, con esta frase por todo comentario: ¡Qué diablo de muchacho! este Varguitas es muy vivo... No tiene más que hacer, pues, que ponerte bajo la égida de un fantasmón de la política, un Eneene cualquiera, y verás cómo esa falta, que a ti te parece tan deshonrosa, sirve maravillosamente para tu carrera, y recorres de un salto la escala, mientras los que se emperran en hacer el desairado papel de honrados, vegetan en los últimos tramos... ¿Qué no? ¿no te convenzo? ¿eres honrado, tú también? ¿tienes delicadeza? ¿tienes vergüenza? pues, hijo, pégate el tiro, porque, francamente, no sirves para nada... pero, ¡cuidado no tiembles!... ¿Y Susana? ¿qué me dices de Susana? ¿has visto _porteña_, más deliciosa? y la dejas, para que se la lleve otro: tú comprendes que, siendo como es, no quedará para vestir imágenes, y aunque constante y santa, por añadidura, no va a guardarte duelo toda la vida; fíate y no corras: las santas son de carne y hueso, por más que digan, y cuando la carne habla, no valen disciplinas, hijo... Ahí tienes: Susana hubiera sido tuya, a la larga; no lo dudes. Esos tiquis miquis de los viejos tenían que acabarse, y si no se acababan, porque, en tu familia, las mujeres son muy tercas, cargabas con la santita a cuestas, y a vivir; las santas se dejan robar también, cuando llega la ocasión: no habrás visto a ninguna defenderse, si entran ladrones en la iglesia... ¿Tampoco te convence esto? entonces, a matarse, y de prisa.
Quilito se descubrió la cabeza; tenía fiebre. La marea le mojaba ya los pies, y se retiró al otro extremo del tronco: miraba el agua avanzar y decía:
--Cuando llegue hasta aquí y los faroles del muelle se enciendan, entonces, entonces... Es inútil, será cierto y muy razonable todo eso, pero yo no quiero la vida, lo repetiré cien veces; ni ante mi padre, ni ante Susana me atrevería a presentarme ahora, aunque estuviera seguro del perdón del uno y del amor de la otra. No y no. Aun en el supuesto de que pudiera echarse tierra sobre la falsificación... ¿qué porvenir me espera? ¡trabajar, trabajar siempre! porque de esto sí estoy convencido, el juego no saca de pobre a nadie: los jugadores son ricos de relumbrón, y aun así, en las raras ocasiones que la suerte les permite brillar, pues, a lo mejor, se quedan a obscuras por larga temporada... y con franqueza, yo no podría trabajar, no podría; ¿acaso me voy a poner detrás de un mostrador? ¿a entrar de cagatinta en una oficina? ¿a ir de guardador de ovejas a una _estancia_? ¡sería vergonzoso! y como carezco de capital, me sería imposible emprender un negocio cualquiera... Creo que, si lo tuviera, el capital, lo jugaba de un golpe, a ver... No sirvo, pues, para trabajar, y no pudiendo avenirme, naturalmente, con mis gustos y mi educación, a hacer las del tío Agapo, me doy yo mismo el pasaporte... Ya llega, ya llega el agua y el farol de la punta del muelle está encendido... pero, todavía no...
La noche cerraba, y bajo los sauces el frío y la obscuridad aumentaban; sobre la superficie del río, brillaban, desparramadas, lucecitas amarillas, a lo lejos, que se movían, como fuegos fatuos. En el cielo, ni una estrella; los ecos del paseo se habían acallado... Quilito sacó el revólver.
--A ver quién es más valiente--dijo acariciando el arma;--por mí te prometo que no he de temblar; pero no vayas a echar el tiro por la culata: recto al corazón y me lo partes, para no sufrir más...
Suspiró, guardó otra vez la alhajita y abandonó el tronco, internándose en el sauzal. Un hombre iba delante de él, andrajoso, con un saco a la espalda, recogiendo los residuos de toda especie que encontraba: huesos, ramas, papeles, trapos, canturriando para amenizar su faena; llegó así a un sitio, cerca del terraplén del ferrocarril, en que había dos enormes caños de estos que debieran servir, y no sirven, para las obras de salubridad, abandonados, y se sentó sobre una piedra, dejó el saco repleto en el suelo, sacó la colilla de tras de la oreja y la encendió... A la luz del fósforo, Quilito reconoció al gran Menipo, o sea Agapo, en prosa llana. Ya el otro le había sentido, y se vino derecho al bulto, con la cerilla en la mano.
--¡Sobrinito!--exclamó el filósofo,--¿qué haces aquí, en mis dominios? Vienes a visitarme, ¡qué amable! pues, haremos los honores, como corresponde... Esta es mí casa: ¿ves ese caño maestro? ahí tengo el dormitorio; bien tapado por un extremo, echo el poncho y duermo dentro muy abrigado y a gusto; el otro, más pequeño, me sirve de despensa... mi lavabo está enfrente: el río, con agua limpita y fresca... y nada más, no necesito más... hasta chimenea tengo: el sol, de día, y de noche no me faltan ramas secas para hacer una hoguera. Pero, ¿qué demonios te ha dado por venir aquí? es ocurrencia, ¡ajo! ¿has comido? no te invito, pues tú vendrás de esos _cafeses_ de lujo, harto y reharto... pero no creas que mi cocinero es malo; voy a encender mi hoguera: hoy es día de San Juan.
En un periquete, preparó una pila de rastrojos y la prendió fuego. Y sentado en la piedra, sonreía al sobrinito, quien, a caballo sobre el caño pequeño, miraba, ensimismado, la alegre llamarada...
--¿Qué tal mi chimenea? no hace humo, como las de los ricos... Pero, explícame, ¿cómo te encuentras por estos andurriales? ahora, cuando te vi, se me figuró que serías alguno de esos pilluelos, que vienen a robar en mi despensa: por eso me eché encima de ti, sin prevenirte... Ni soñaba, hijo, que pudieras ser tú, ¡ajo! ¡miren al Varguitas, el rey de los _cajetillas_, en casa del tío Agapo! Me pareces triste, Quilito; estás paliducho, con muchas ojeras... vamos a ver, ¿de qué lado te duele? El tío Agapo es médico, y de los buenos, precisamente porque no ha estudiado: el estudio seca la mollera y hace evaporar el talento; mira si no: los que se comen los libros son, generalmente, los más brutos... Conque, dime lo que te pasa, ¿es un dolor de _bolsa_ lo que sientes o, simplemente, una _nanita_ pasajera?
El joven quiso sonreir, y contestó, con esfuerzo, que ni la Bolsa ni la prima venían a cuento ahora; él andaba por allí... por capricho, porque le daba la gana.
--Bueno, hombre, no te enojes; el geniecito de la familia...
De la _despensa_ retiró una botella y un trozo de pan, y del saco un envoltorio que, una vez abierto, dejó ver apetitosos relieves de pavo asado y pasteles y rosquillas de maíz.
--Anímate, hombre, y prueba un bocadito; si te digo que mi cocinero es de primera, ¿qué tal? ¿me doy yo la gran vida o no? ¡ya ves cómo me regalo el estómago, y esto es de todos los días, que, para mí son siempre de fiesta, ¡pavo y pasteles! cuántos, de casa propia, no lo catarán hace siglos; ayer tuve pollo, y anteayer también, y un habano, de postre, enterito, ¿eh?...
Quilito le miraba comer, y su estómago, en ayunas, excitado por los ojos y el olfato, rezongaba, impaciente. Con mucho gusto hubiera trincado con el tío, pero le daba vergüenza mostrar que tenía hambre; un traguito, sí, bebería, para no desfallecer en el trance fatal, pero le repugnó ver a Agapo chupar la boca de la botella con sus labios grasientos.
--Tampoco querrás beber--dijo el atorrante,--no hay vaso y somos muy delicados; pues así es la mejor manera de apreciar el vino, ¿me creerás? he pasado tres días sin probar gota, porque a Nanita le había prometido no emborracharme, y siempre caía en falta: con el vicio no se puede luchar, hijo; cuando no tomaba, me dolía la cabeza, no dormía bien... en fin, para mí el vino, es como el riego para una planta: me secaría y quedaría en los huesos, si no bebiera. Pues, el otro día, me presenté algo mareado, lo confieso, y mi santita me excomulgó y arrojó de casa, condenándome a ocho días de destierro, en penitencia... Para volver a su gracia, me juré a mí mismo aborrecer el vino... por una semana: he pasado los peores días de mi vida, ¡ajo! pero, yo no le aflojaba al cuerpo, y le decía: ¡Aguante usted so vicioso! ¡y no le di ni esto! en tres días... Cuando ayer supe la culada del hermano Bernardino, y que al otro pájaro del Ministerio le habían también _colgado la galleta_, te digo que mona más a gusto, no la he tomado nunca: pasé cantando el _¡Oíd mortales!_ por su casa, con tales gritos, que la gente salía a las puertas, y de miedo que los vigilantes me aguaran la fiesta, me vine a mi palacio y aquí la continué, en la alegre compañía de algunas de mis aristocráticas relaciones... Se bebió y se cantó, hasta la madrugada, ¡ajo! ¿te parece a ti, que no iba a estar yo alegre? ¡pillo, ladrón!
La llama de la hoguera dábale un aspecto siniestro, así, con el chambergo ladeado, los ojos fulgurantes de odio, la navaja abierta en la mano, que blandía, como si quisiera despachurrar a alguien. Quilito no le hacía caso, abstraído.
--¡Pillo, ladrón!--repitió el filósofo,--ya las pagarás todas juntas: esto no es nada; si él es el culpable de que yo me haya descarriado; nunca me tuvo cariño, porque mi madre no era su madre, y decía que yo había ido a comerle su parte de pan, y en vez de darme educación y oficio, me echó a la calle, a que me lo buscara donde Dios quisiera... El, entretanto, estaba manoteando en casa de tu abuelo: ya lo sabes. Toma, pícaro, toma, ¡ajo! ahora conocerás lo que es tener hambre... no, siento que no lo sepas todavía, porque te queda la _estancia_, pero, ya te llegará tu San Martín, como a los _chanchos_... Lo principal, que es el primer paso, está ya hecho: el Bernardino, patas arriba y el ministril aquel de las uñas largas, boca abajo; la tierra tiembla: mira, Quilito, ponte como los gauchos o los indios, la oreja contra el suelo, y sentirás un rumor así como de muchos caballos que galopan: es la vanguardia de la revolución, que se anuncia, que se armará pronto... ¡ay! ¡qué gusto! ese día, cuando el _bochinche_ esté en lo mejor, atrapo al doctorcito Eneene... no, lo que es a ese nadie me lo toca, es mío... y con unas buenas tijeras le podo las uñas, cortándole hasta raíz de las yemas; le pongo un bonete con un murciélago pintado y un letrero que diga: ¡por ladrón! y a patadas, amarrado codo con codo, le llevo a la plaza Victoria y allí, delante del respetable público, le ensarto en la lanza del muñeco de la Pirámide; ¿qué tal? qué bueno sería, ¡ajo!
Quilito, abstraído, pensaba:
--¿Y he de llegar yo a estar como este hombre, sucio, harapiento, comiendo las sobras de los otros, durmiendo en el suelo, dominado por el vicio y la pereza? Cuanto más le miro, más asco me da: la mugre le brota encima, como el verdín en las casas viejas... me parece imposible que pueda vivirse de esta manera, y tan contento; ¡ah! pero él está contento, porque es honrado, porque, en medio del vicio, ha sabido mantener limpia la conciencia... ¡qué bueno debe ser mirar para adentro y no ver ninguna mancha! ¡qué bien se debe dormir, aun envuelto en el poncho de Agapo, dentro del caño! pero, con esta comezón del remordimiento, no es posible conciliar el sueño... Cada vez estoy más decidido a matarme: me estoy mirando en el espejo de Agapo, y me horrorizo, de verme con su chambergo roñoso, sus guiñapos prestados, y la cara abotargada por las malas noches... En él es el vino; en mí sería el juego... y todavía, él sale ganando en la comparación, pues si ha tenido que ver con las comisarías, no ha estado nunca en la cárcel: Agapo es honrado y yo un falsificador... ahí viene el tren, ¿me echaré en los rieles? ¡sería horrible! mejor es el revólver, que el tren y que el río...
El filósofo vaciaba la botella.
--Acércate, muchacho--dijo con el último trago,--y caliéntate un poco: tienes frío; estás temblando... mi salón no es muy abrigado, pero, ya ves que la salud no se afecta: ni un resfriado me viene, quizá por aquello de: mala hierba... Vivo tan a gusto aquí y soy tan feliz, que no te envidio tus lujos; si aquí me he criado, ¡ajo! a mí nadie me molesta y hago mi santa voluntad, vagabundeando como un rentista, y sin importárseme de que el oro baje o suba: para mí, siempre está a la par. Mira, si hicieras lo que yo, no tendrías esa cara; tú te has metido en la Bolsa, y me parece que te han pegado una soba... no lo niegues; ¡si yo sé que tenías a Jacintito de compañero, y Jacintito ha salido disparado... bueno, ya te enojas otra vez! no te diré nada. Lo que sí te prometo es que, ese día, el día que yo le cobre las cuentas a Eneene de la manera que te he indicado, hago saltar la Bolsa en seguida, y si no ese día, la víspera, cuando no haya empezado el alboroto todavía: he de elegir la hora en que todos los especuladores estén reunidos tramando sus picardías: ¡ya subirán todos más alto que el mismo oro! te lo advierto, para que te cures en salud y no vayas por allí. Después... he de realizar mi programa, sin suprimir un solo número.
Se oyó el silbato de la locomotora, y el tren pasó, haciendo retemblar el suelo; algunas brasas encendidas cayeron a los pies del filósofo.
--¡Ajo!--exclamó dando un puntapié a los tizones,--¡que vais a quemar mi palacio! ¡siempre ocurre lo mismo con estos condenados maquinistas!
Quilito se había estremecido, porque parecióle que las ruedas le pasaban por encima, triturándole los huesos... De pronto, Agapo, que se calentaba a la lumbre, volviéndose de lado y de frente, para repartir el calorcito equitativamente, preguntó:
--¡Ah! dime... bien decía yo que tenía algo que preguntarte y no caía qué cosa era... hoy debe haber ocurrido algo muy grave, muy extraordinario, en tu casa.
--¿Por qué?--dijo asustado el joven.
--Porque he visto, he visto, ¿entiendes? a la señora Casilda entrar... repito que lo he visto... en casa de Esteven.
--¡Tiíta Silda en casa de Esteven!--exclamó Quilito, tan sorprendido que dió un salto y casi fué a dar de bruces en la hoguera.
--Sí, señor, ¿te sorprende? pues lo mismito quedé yo; estaba entretenido, en la acera de enfrente, en ver sacar los muebles de mi señor hermano, y a cada uno que echaban al carro, lo saludaba, diciendo: ¡toma, pillo! ¡toma, ladrón! cuando ¡cataplum! la señora Casilda que llega y se para a la puerta, con el aire de quien vacila, diciendo: ¿Entro o no entro? Y entró... ¡si te digo que lo he visto! ¡Ave María Purísima! decía yo; ¡una Vargas en casa de Esteven! y misia Casilda, nada menos, ella, que truena contra los Esteven, exceptuando tan sólo, ¡Dios se lo pague! a un servidor. ¿No te habrás equivocado, Agapo? mira que cuando estás borracho, y ahora tienes una mona medianita, ves las cosas al revés, y todo lo cambias, las caras, los nombres, hasta las palabras, porque, con la memoria, se te pone torpe la lengua. A pesar de esto, estaba convencido que era la mismísima tía Silda, la que acababa de entrar: y no volvía en mí, te lo juro; ver lo que yo había visto, era para dejar patitieso a cualquiera, ¡figúrate! Y me devanaba los sesos, pensando: ¿qué habrá pasado en la calle Moreno? una desgracia, sin duda. O será la Gregoria que mandó por la hermana; entonces aquí se ha hundido la casa, solamente así... y la casa no se ha hundido. Entretanto, Agapo no se mueve de este sitio, hasta que la señora de mantón, que a él se le ha antojado ser doña Casilda Vargas, salga de enfrente y pueda confirmarlo o no... Pues, hijo, salió y era, sin sombra de duda... Te diré a qué hora ocurrió el extraordinario suceso: a las cinco, sí, de cuatro y media a cinco... ¡ah! un detalle: la señora salió muy agitada, y se estuvo un segundo en la orilla de la acera pensativa, y cuando se decidió a marcharse, hizo ademán de secar los ojos o de pasar la mano por la frente, con disgusto o despecho, digo yo... ¿a que se han tirado de los pelos? claro, era de presumir. Pero, me pareció tan acongojada, que si no atravesé la calle para ofrecerle mis servicios, fué porque no me tenía firme sobre mis piernas y me daba vergüenza... Explícame, pues, qué significa esta visita de tu tía a una casa donde no ha puesto los pies, desde que tú abriste los ojos.
Quilito, a horcajadas otra vez en el caño, la barba sobre sus manos, lívido, mirando la llama con fijeza magnética, balbuceó que no sabía nada, que él desde mediodía faltaba de casa...
--Es un disparate tuyo--agregó,--cuando se está mal de la cabeza, se ven visiones.
Agapo atizaba el fuego.
--¡Por estas!--dijo besando los dos índices en cruz,--estaba mareado, pero no ciego. Créeme, hijo, créeme...
La cabeza de Quilito echaba chispas, como la hoguera que removía el filósofo.
--¡Ah, desventurado!--decía la voz interior,--¿y todavía alientas, después de lo que has oído? ¿por qué no empuñas el revólver y te arrancas de una vez la miserable vida, que a pesar de todo pareces empeñado en conservar? ¿no comprendes que ya para ti no hay remisión? Mira, observa, reflexiona, hasta dónde han llevado tus calaveradas a tu familia infeliz: ¡a humillarse a los Esteven! ¡a solicitar, de rodillas, su favor para salvarte! porque, no lo dudes: el medio supremo, a que se refería tiíta Silda, y que ella misma no consideraba infalible la desgraciada, era ése: recurrir al odiado pariente... ¡ah! ¡qué corazón tan grande el de tiíta! y por lo que dice Agapo, el recurso ha fracasado, y a los Vargas han dado los Esteven una vez más con la punta de la bota... ¿ves? te imaginas... no es posible, pues no eres dueño de tu razón... pero, si pudieras imaginar cómo están en tu casa esos viejos que has deshonrado, y que llamas _queridos_, falsamente, mentirosamente, porque si verdad fuera, no habrías hecho lo que has hecho; y tú dudando todavía, vacilando cobardemente; no te hagas ilusiones; en tu casa no puedes presentarte ya, y ahora menos que antes, ahora que sabes toda la extensión de tu falta; los umbrales aquellos no puedes pasarlos sino muerto, en expiación... ¡Estás creyendo que bastaría con echarte a los pies de tu padre! ¿y tendrías valor? ¿no comprendes que si no te rechazaba, sería por compasión y por lástima? ¡convéncete! no eres un segundo Agapo en la familia; eres un Quilito, y este nombre está por debajo del otro... ¡vete, huye, y cumple con tu deber!
Se levantó, vacilante, los ojos extraviados, y a Agapo, que, asustado, le cortó el paso, con un ademán le rechazó, diciendo, entre dientes, que se iba, que se iba...
--¡Ajo!--exclamó el otro persistiendo en detenerle,--no, así no te vas, me das miedo, Quilito, ¿qué tienes? bien me pareció desde un principio que había algo de extraño en ti.
--Déjame, déjame...
--No, así no, así no; si quieres que te acompañe a tu casa... pero, solo no, aunque te enojes y me pegues.
--¡A mi casa!--exclamó el joven delirante,--no puedo ir, no puedo, porque no, porque soy un miserable, ¿entiendes? porque he deshonrado a mi familia, ¿entiendes? porque debía estar ahora en la Penitenciaría, ¿entiendes? escúpeme, Agapo, escúpeme, pero, ¡déjame marchar!
Embistió al filósofo denodadamente, pero el otro le cogió por la cintura y le cargó como a un niño, obligándole a sentarse en sus rodillas, a pesar de sus esfuerzos rabiosos por soltarse... Sí, le dejaría ir cuando se calmara, pero no solo: él no se fiaba de su buen juicio, ahora que le había visto hecho un loco, como si quisiera tirarse al río; ya lo creo que le llevaría a su casa, y de la mano, como se hace con los chicos que se ha encontrado _raboneando_ en el _Bajo_. ¿Qué desatinos eran esos que acababa de decir? ¡qué Penitenciaría, ni qué as de copas, ajo! alguna tunda de papaíto, por haber entrado tarde o hecho una diablura de jovencito desbocado. Que le tirara de las barbas cuanto quisiera, pero él no le soltaba hasta que no le viera tranquilo... bueno, ¿se lo prometía? de esta manera, sí; pero, mucho cuidado, porque Agapo tiene muy malas pulgas y fuerzas suficientes para hacerse respetar, ¡ajo!
Quilito, libre, se calmó. Repitió con energía, que lo dicho, dicho estaba: que él no podía volver a su casa, por razones que al tío no le importaban un bledo, pero que si le dejaba marchar en paz, le prometía ser todo lo juicioso posible...
--Si no vas a tu casa, muchacho, ¿a dónde vas?
--A tomar el fresco...
Agapo le vigilaba, y vió que se sonreía, que parecía tranquilo...
--¡Qué bruto eres, Agapo!--dijo Quilito sentándose de nuevo en el caño, para acabar de desorientar al tío;--¿qué te has figurado entonces? ¿qué iba a darme un baño a estas horas? tienes razón: un regaño del viejo me ha puesto así... chocheces y niñadas, por una y otra parte. Y punto final. Cuando se me pase el coraje, volveré a casa... Ahora, se me ocurre darte un encargo, ya que he tropezado contigo: ¿irás esta noche a casa de Esteven?
--No sé...
--¿Irás? la familia no saldrá hasta mañana, quizá, para el Frigal... Vete, pues, y entregas esta carta, en mano propia, a Susana.
--¿Esta carta?
La tomó el filósofo, apenas repuesto, sin quitar ojo del sobrinito, que sonreía siempre.
--En mano propia--recomendó otra vez el joven,--tú vas a verla, Agapo, ¡feliz, cien veces feliz! dile de mi parte... no, no le digas nada; entregas la carta, y te marchas, para evitar preguntas: ahí dentro está todo.
La emoción le dominaba, y sus ojos azules se empañaron. Registró en sus bolsillos y sacó un reloj de níquel, que ofreció al atorrante.
--Quisiera darte el estipendio de costumbre, Agapo, pero no tengo un mezquino centavo; toma esto, y guárdalo, en recuerdo mío, ¡ojalá fuera de oro!
--¿Y por qué has de dármelo, ajo? ¿para pagarme el porte de la carta? no me da la gana: yo te he servido siempre, pues es mi deber de tío, y de tío que te quiere, Quilito; tú y los tuyos habéis compadecido y tratado bien a Agapo: no os habéis burlado de su desgracia, ni avergonzado de su parentesco, como los otros. Por eso os quiero, ¡ajo! y si he recibido de ti los dos nacionales de las cartas a la primita, es porque soy pobre, y comprendía que aquella era una manera delicada tuya de auxiliarme.
--Precisamente; por eso deseo que aceptes este reloj, que quizá no valga dos nacionales...
--Bueno, si es así... pero, conste que yo no te pido nada.
El filósofo guardó la modesta alhaja.
--Y ahora--repuso Quilito con la voz un poco alterada,--dame la mano, Agapo, que quiero decirte adiós.