Chapter 16
Antes de salir, la señora recorrió las dos piezas, buscando con los ojos si había puñal o revólver o instrumento alguno capaz de producir la muerte, y no bajó sin dejar al querido sobrino más tranquilo, en apariencia al menos, después de nuevas y patéticas exhortaciones. Bajaba los escalones, uno a uno, deteniéndose, apoyándose en el pasamano, y las lágrimas le caían gota a gota, sobre la falda negra; ese movimiento rencoroso de todo el que sufre, contra la indiferencia del mundo exterior, experimentólo la señora al ver el cielo tan puro y el sol tan brillante, cual si no tuvieran noticia de la desgracia ocurrida y de la más tremenda que se preparaba.
--¡Qué sol más antipático!--murmuró,--todo debiera estar de duelo, como lo estoy yo! ¡Qué hacer, qué hacer, Dios mío! ¡Virgen de Luján, ayúdame! Te ofrezco una novena y misa cantada, si nos sacas a todos de este mal paso... Lo peor, lo peor es que no me viene una idea, una sola... no queda ya nada por empeñar, y aunque hubiera: la casa entera no vale treinta mil nacionales... Inútil ha sido llevar al prendero esos recuerdos de familia...
Se había parado en el penúltimo escalón, y mirando los billetes envueltos en el periódico, que guardaba en la mano, repuso maquinalmente:
--La base aquí está, sin embargo, esto ya es algo, esto es mucho... falta el resto, ¿a quién acudir? ¡Dios mío! no se me ocurre nada...
De pronto, al poner el pie en el último escalón, la idea vino, clara y precisa...
--¡Qué disparate!--exclamó.
Y trató de ahuyentarla; pero, la idea, como mosca impertinente, la siguió hasta su cuarto, revoloteando sobre su cabeza, picoteándola en la frente, persiguiéndola incansable, más pegajosa cuanto más desechada.
--¡Qué disparate!--repetía misia Casilda.--¿De dónde ha venido a ocurrírseme semejante cosa? Solamente loca... ¡Dios me libre!
Repasó la lista de sus escasas relaciones, discutiendo consigo misma cuál conceptuaba ella capaz de hacer un servicio al prójimo, pero como se trataba de un servicio tan extraordinario, veíase obligada a eliminar nombres, unos por ser de personas tan pobres como ella, otros por poca simpatía, o ninguna confianza. Y se acordó de misia Petronila Barrientos, una viuda sin hijos, riquísima, que la visitaba con frecuencia, y en cada visita la repetía sus ofrecimientos de buena vecina y antigua amiga.
--Casildita, ya sabe que estoy a sus órdenes; mándeme en cuanto pueda serle útil. Ocúpeme con toda confianza, Casildita.
A la vuelta vivía, en una casa muy hermosa, de su propiedad...
--Iré a ver a misia Petronila--pensó la señora,--y le ofreceré la finca en garantía; mi carácter no es para estos casos: nunca he pedido dinero a nadie y creo, estoy segura, que la vergüenza no me dejará hablar... Pero, ¿a quién acudir, si no? ¡Esto, antes que lo otro! Ya me tiemblan las piernas y me pongo colorada...
A la calle otra vez. Pero, ¡fíese usted de los amigos y de sus ofrecimientos! Misia Petronila Barrientos la recibió con afecto, la escuchó con atención... y la despidió con política, diciéndola muy fresca, que no podía ser... porque no podía ser. Y vuelta a la casa, abatida y llorosa, por el sacrificio estéril que de su amor propio había hecho, alimentando pensamientos tan negros como éstos: El amigo es para ir de fiesta y no para acompañar en la desgracia. El corazón de un extraño es más tierno que el de un amigo. En el pedir y en el dar, se aquilata la amistad, etc.
Vino don Pablo Aquiles, por la tarde, y se enteró de que el niño seguía en su cuarto, bajo llave.
--¡Qué demonio de muchacho!--dijo,--¿qué tendrá? Igualito es a su madre, ¿te acuerdas, Casilda, que Pilar era así?... Pero, aquí yo no veo motivo; el disgusto de esta mañana no pasó de una tontería; voy a subir.
--No, Pablo, ¿para qué? Déjalo solo; es mejor.
--Le dejaremos, pues; pero, hazme el favor de cambiarte de cara, Casilda.
--¡Jesús! ¿por qué me lo dices?
--Me pareces muy preocupada, hija.
--Aprensión tuya, Pablo.
Cuando se sentaron a la mesa y se sirvió la comida, Quilito mandó a decir que él no bajaba, porque no tenía gana.
--¡Ya me va cargando el chico éste!--exclamó el padre.
Misia Casilda preparó en una bandeja dos platos, y bien tapada, con el pan y el vino, mandó a Pampa que la subiera al niño.
--Mira--observó,--si no abre, dejas todo en la escalera, delante de la puerta.
--Se enfriará, mujer--dijo don Pablo, a quien tanto mimo ponía de mal humor.
Fué lúgubre la comida. La señora no comió, empeñada en la batalla con la mosca de su idea primera, que había vuelto a acometerla, y don Pablo dió satisfacción al estómago con dos cucharadas de sopa, preocupado también y triste. Recogióse temprano misia Casilda, y sin desvertirse, pasó la noche en la sillita baja, delante del nicho vacío de la Virgen. Quilito no había salido, y esto la tranquilizaba, pero desesperábase de que la hora fatal estuviera tan próxima, y ella no hubiera encontrado más recurso que aquel descabellado, que le había venido a la imaginación, y que desechaba como impracticable y humillante.
--La Virgen ha de iluminarme--decía;--ya lo sabes, madre de mi alma: novena y misa cantada; ¡se trata de él, de nuestro orgullo, del que ha de ser nuestro sostén mañana! A Pablo no le diré nada, hasta no ver, ¿a qué darle un disgusto? y él, me parece, que huele algo... ¡ay, Dios mío! ¿qué es eso? ¡qué ruido tan extraño! el corazón me ha dado un salto... Debe ser el gato, que ha tirado alguna maceta, en el patio... ¡Tanto hablar de tiros y desatinos esa criatura! no estoy tranquila; quisiera llorar y no puedo. ¡Otra vez eso! ¡qué pesadez! y es un disparate, un solemne disparate... ¿A dónde, a dónde ir? No sé, me parece que todos van a recibirme como misia Petronila... Claro, apenas comprenden de lo que se trata, se encapotan y sacan el cuerpo con mucha urbanidad... Esto de hacer la pedigüeña no es para mí, ¡no es! y es preciso, sin embargo: cuando la necesidad habla, el amor propio se echa a la espalda. Si Pablo... ¡pero, qué! con las cuentas de sastres y zapateros de ese niño aturdido, ha molestado tanto al Habilitado, que no quiere éste adelantarle ya nada; todavía, si fuera una suma pequeña... ¡Señor! ¡Señor! ¿estaré condenada yo a pasar por tanta vergüenza?
Amaneció, y la nueva luz encontróla en la sillita baja, pensativa.
--Hoy es día de San Juan--dijo abriendo los postigos,--¿qué presente nos reservará?
Durante las primeras horas de la mañana, ocupóse en las tareas de la casa; a golpes de plumero perseguía el polvo, y cada golpe parecía descargarlo sobre la idea, que no la abandonaba.
--Es estúpido esto que se me ha metido aquí: si antes de las doce no se me ocurre otra cosa, no sé... yo tengo confianza en la Virgen; ella ha de hacer un milagro.
A la hora del almuerzo, Quilito tampoco pareció. Pampa dijo que le había visto salir, y misia Casilda imaginó que habría ido a buscar recursos por su lado, a pedir otra prórroga quizá... Entonces, antojósele que lo mejor, lo más hacedero, era irse directamente a ese señor de Portas, y arrancarle la concesión de un nuevo plazo prudencial para efectuar el saldo del maldito pagaré: ¡veinticuatro horas de prórroga importaba quizá la salvación! Esto es; prontito, a casa del señor Portas, que lo que es elocuencia para convencerle y lágrimas para ablandarle, no le habían de faltar. ¡Caramba! no haberlo pensado antes... Día de fiesta era, y don Pablo Aquiles, que estaba de morro y no quiso almorzar, se fué a dar su paseo; la campanada de las diez y media sonó en el reloj del comedor, y la señora se cubría ya con el velo y el mantón, cuando el llamador de la puerta de calle se hizo oír con grave redoble.
--¿Quién?--preguntó Pampa acercándose a la reja;--señor no estando; niño, tampoco.
Misia Casilda, en el umbral del gabinete, se asomaba, por la curiosidad de saber quién era...
--Que pase ese caballero, Pampa; déjale pasar.
La india abrió y don Raimundo de Melo Portas e Azevedo entró en el patio, saludando, la chistera tornasol en la mano; en vez del levitón legendario, llevaba ahora un sobretodo de pelo rizado, de estos color de ceniza, que no muestran la porquería...
--No le conozco--se dijo la señora;--pero, a esta hora y con esa facha, viene por Quilito: debe ser un acreedor. ¡Que la Virgen nos asista!
Pasó a la sala, donde el insigne portugués estaba ya instalado, en un sillón de seda amarilla, gastadísima, con los flecos deshilachados.
--Muy señora mía...
--Servidora de usted...
Al nombre de Portas, misia Casilda se animó.
--¡Ah, es usted el señor de Portas! Pues precisamente iba yo a su casa ahora.
--¿De veras?--exclamó don Raimundo, sacando los dientes en una sonrisa,--el señor Vargas la había encargado entonces... a eso venía yo también; aquí está el pagaré, vencido el 22 y que hoy debe ser saldado.
De una cartera de cuero, sacó el papelucho y lo presentó, haciendo el amable.
--Así la evito a usted una molestia--repuso;--dígnese fijarse usted señora, si es ese el documento, porque tengo unos ojos...
Misia Casilda decía:
--¿Molestia? no, señor, al contrario.
Tomó el papel, sin saber qué hacer.
--Sí--dijo,--éste es; treinta mil nacionales, y aquí está la firma, Aquiles Vargas...
--Debajo, debe estar la de don Bernardino Esteven.
--¿Qué dice usted?
--Sí, señora, del fiador; el señor Esteven ha garantizado la firma de su sobrino.
La señora sintió un desvanecimiento tan grande, que creyó iba a perder el sentido. ¡Esteven fiador de Quilito! Una de dos, o el joven mantenía relacione con sus tíos, de tapadillo, o aquella firma era falsificada; si lo primero, ella conocía a don Bernardino y no creía que su generosidad llegara a tanto, aunque estuvieran en los mejores términos con el joven, luego... No veía bien, no respiraba bien; un sabor muy amargo la envenenaba la boca.
--En efecto--balbuceó haciendo un esfuerzo,--aquí está también la firma de... ese caballero.
Se calló, mirando atontada el papel, que conservaba en su mano temblorosa; don Raimundo, apoyado en el bastón, la chistera sobre las rodillas, esperaba. Y viendo que misia Casilda no daba muestras de aflojar los monises, el portugués se alarmó. ¿El señor Vargas no había dejado nada para él? porque estaban a 24 de junio, término de la prórroga; si el pagaré no lo saldaba el señor Vargas, en cumplimiento de su compromiso, se vería él en la dura necesidad de presentárselo al fiador, a Esteven.
--No, no--exclamó la señora, agitadísima,--se pagará, sí, señor; mi sobrino sabrá hacer honor a su firma y no tendrá usted que recurrir al fiador, no, no.
--Lo decía, porque, como yo tengo otras cuentecitas que arreglar con el señor Esteven, no había más que incluir ésta con las otras...
--Si le digo que se pagará, ¿por qué ha de ponerlo usted en duda? Me ofende usted, caballero, me ofende usted.
--Bien, señora, a sus órdenes...
--Solamente que--agregó misia Casilda sudando, a pesar del frío que sentía, no podrá ser ahora mismo, en el acto... a eso iba yo a su casa, precisamente... a pedirle una nueva prórroga, corta, muy corta: en dos o tres días se habrá reunido la cantidad suficiente... Vea usted, señor Portas, cómo andan ahora los negocios; esto usted lo sabe mejor que yo; además, hoy es fiesta, no lo olvide usted. Estamos tan atrasados, que para el puchero apenas nos llega... pero, en dos o tres días, se lo prometo a usted; tenemos un depósito en el Banco y vamos a recibir ciertas cantidades que nos adeudan...
Lloraba casi, en su súplica desesperada, y don Raimundo movía la nariz, contrariado, tocando el tambor sobre la chistera, de impaciencia.
--Pero, señora, comprenda usted que del 22 a aquí van ya dos días de prórroga y la ley no exige...
--Caballero, sea usted bondadoso.
--No puede ser...
--En dos días más...
Siguió la porfía, hasta que el prestamista declaró, levantándose, que si al día siguiente, a la misma hora, no le entregaban los treinta mil nacionales, iría con la letra protestada a ver a don Bernardino Esteven. Y se marchó, bruscamente, después de guardar el papelucho en su cartera de cuero.
Parecióle a misia Casilda que, vestidita como estaba, la habían zambullido de cabeza en agua fría, porque daba diente con diente, como quien tiene tercianas, a la vez que llamaradas de fuego le quemaban la cara. ¡Esteven fiador de Quilito! ¿De qué manera había el joven obtenido esta firma? ¿directamente? Luego se veía con los tíos, entraba en la casa, trincaba con ellos, los enemigos jurados de su padre; ¿por intermedio de Jacinto? Era dudoso, y en uno y otro caso, pensaba ella que Esteven, más calculista que caritativo, no sería tan necio como para prestar su garantía a un joven que, le constaba, no tenía con qué responder a compromiso tan importante. Lo que misia Casilda deducía de todo esto, era tan espantoso, que se puso a llorar... El desgraciado niño lo había dicho: que era más culpable de lo que ella creía. Entonces, si la sospecha horrible resultaba evidente, urgía recuperar el pagaré de manos de don Raimundo, no darle ocasión de que fuera a poner bajo los ojos de ese hombre la firma falsificada...
--¡Sí, recuperarlo, pero cómo, cómo, Dios mío!--exclamó.
La mosca impertinente volvió, agitando sus alitas impalpables, y ella no la rechazó, como antes, la acarició, al contrario... ¡Sí, se humillaría hasta hundir la frente en el polvo! se trataba de salvar a Quilito, y si no había más medio que ése, el último, a él, apelaría, con los ojos cerrados.
De pronto, se acordó que el joven no había vuelto todavía; si no era a ver a don Raimundo, ¿a dónde habría ido? El temor de que fuera a realizar su amenaza de suicidio, la asaltó, arrancándola del sillón. Desatentada, salió al patio, gritando a Pampa si el niño estaba en su cuarto, a tiempo que la reja se abría y entraba Quilito.
--¡Ah! ya vuelves--dijo la tía con sofocada voz.
Hízole entrar en la sala, y estrechando sus manos con fuerza, descompuesta, loca, prorrumpió en esta pregunta:
--¿Qué has hecho, hijo mío, qué has hecho?
Quilito, pálido, no comprendía. Y la tía, sin soltarle, repitió su pregunta desolada:
--¿Qué has hecho? ¿qué has hecho? ¡Alguien te ha aconsejado mal, te ha arrastrado al crimen, porque tú has sido siempre bueno, has sido honrado, honrado como tu padre y como tu abuelo!
--Tía, ¡por Dios!
Misia Casilda le soltó, y sentándose en el sillón, porque sus piernas, flojas, no podían sostenerla, repetía, llorando:
--Sí, alguien te ha aconsejado, porque tú no eres malo, no eres capaz...
Dijo que don Raimundo acababa de salir, que había exhibido el pagaré de treinta mil nacionales, y que ella, con sus propios ojos, que comería la tierra, había visto al pie de su firma, la firma de Esteven... Miró a Quilito, y en su turbación y en su semblante demudado leyó la verdad, la comprobación de su sospecha.
--¿Qué has hecho? ¿qué has hecho?--volvió a decir con angustia.
Pero, el joven se había echado ya a sus pies e imploraba su compasión; sí, era cierto, era cierto que él falsificara la firma de Esteven, para obtener del prestamista el dinero que necesitaba, pero lo hizo ciego, sin saber lo que hacía, ni a lo que se exponía, pensando, en su fiebre de fortuna improvisada, que, llegado el vencimiento, podría retirar fácilmente el pagaré, las manos llenas de oro, como había de tenerlas; nadie se lo aconsejó, sino su mala cabeza.
--¡Soy un miserable, tía de mi alma, no merezco que usted me mire siquiera, porque, aunque honrado en el fondo, no he sabido resistir y evitar una acción vergonzosa, que la ley castiga, tía!
Y bien, como la deuda no podía saldarla, y el pagaré, protestado, iría a parar a manos de don Bernardino, si no estaba ya en su poder, quedábanle a él dos caminos: o dejarse meter en la Penitenciaría o saltarse los sesos... Misia Casilda dió un grito y le abrazó, aterrada. Quilito se debatía, diciendo que, puesto que había deshonrado las canas de su padre, debía sufrir el condigno castigo; que él no se atrevería ya a afrontar su mirada, y que la idea que Susana, su adorada Susana, conociera su delito, le enloquecía...
--No, yo no podré resistir esto, no podré, no podré.
--¡Escúchame, desgraciado, tengo un medio de salvarte, un medio supremo; ya lo verás: el prestamista me ha concedido un plazo de veinticuatro horas, ¿sabes? y en estas veinticuatro horas se puede volver el mundo patas arriba, figúrate. Yo por un lado, tú por el otro: cavaremos, cavaremos hasta encontrar esa suma. Nunca me había imaginado esto, pero, ha sucedido y debemos remediarlo con algo más positivo que con lamentaciones y amenazas: déjate de tiros y de Penitenciaría. ¡Qué horror! ¡Había de permitir la Virgen de Luján que tú fueras tratado como un criminal empedernido! No, ¡imposible! has cometido una falta grave, pero sin medir todo su alcance, ofuscado en esa jugarreta de la Bolsa, que yo tanto te incriminaba... Pierde cuidado, tu padre no sabrá nada, y ese hombre tampoco, porque, mañana, a estas horas, habremos reconquistado el pagaré. Si te digo que tengo un medio, infalible no, infalible no, pero... es muy probable... veremos; quiero que te tranquilices, hijo mío.
--Es usted muy buena, tiíta Silda, pero, verá usted como todos los medios serán inútiles...
--¿Qué sabes? déjame a mí, que yo sé lo que me digo.
Hasta sonreía la infeliz señora, ansiosa de calmarle, de inspirarle valor y confianza.
--Pero, tú me has de ayudar, ¿eh? En primer lugar, no haciendo tonterías y abandonando esas ideas de desesperación, que Dios condena; luego, viendo por ahí... tú tienes amigos ricos, relaciones influyentes: no desanimes, hijo mío...
El joven dijo que había visto a muchos amigos, pero sin resultado; ¿quién presta, sin garantía, treinta mil nacionales? Y misia Casilda, recordando a la de Barrientos, contestaba que, efectivamente, muchas veces los mejores amigos son los primeros en dar el esquinazo, y que vale más dirigirse a los extraños; pues, por dejar de pedir no quedaría, y si el medio supremo, el suyo, no resultaba, se hipotecaría la finquita o se vendería: con el producto bien podía pagarse al señor Portas y a alguno de los demás acreedores, pues si la casa, vieja, no valía gran cosa, el terreno, por el sitio, valía mucho.
--¡Ahora!--arguyó Quilito desalentado,--¡imposible!
--¿Y por qué no? todo está en buscar comprador... conque, hijo mío, manos a la obra; tu vieja tía ha de salvarte.
Se oyó el golpe del bastón de don Pablo en las losas del patio y sus pasos mesurados; Quilito se arrancó de los brazos de la tía y huyó por las habitaciones interiores, trepando la escalerilla de su cuarto, donde se encerró con doble vuelta.
--¿Quién estaba en la sala, Casilda?--preguntó don Pablo Aquiles deteniéndose junto al aljibe.
--Nadie--contestó la señora,--yo sola.
--¿Así, de velo y mantón?
--Es que voy a salir.
--¿A dónde?
--Entra y te lo diré.
Penetró don Pablo en el comedor, y sin quitarse el sombrero ni el abrigo, muy risueño, sentóse en el sillón de costumbre, y mirando a su hermana, dijo:
--Adivina la gran noticia que traigo...
--No sé...
--He encontrado al oficial mayor en la calle; ¡qué casualidad! y me ha sorprendido, hija, porque no imaginaba yo que esto sucedería: asómbrate, ¡el ministro Ensene ha renunciado!
--¿De veras?
--De veras, parece mentira, ¿eh? pues, sí, señor, el hombro ha caído, y vergonzosamente, como tenía que suceder; si le dejan un día más en el Ministerio, se lleva hasta los clavos de las paredes. Ahora sí que van a empezar a descubrirse las picardías, hija.
--Por mí, que se descubran; como no han de hacerle nada... ¡todavía si fuera, para atarle codo con codo y mandarle a presidio! pero ya verás como echan tierra al asunto.
--De esta vez, ciertos son los toros: caído Eneene, la ruina de Esteven es segura; ¿no ves que era el compadre que le sostenía? Ahí decían que en la liquidación última de la Bolsa, de la que Esteven salió tan comprometido, el ministro le había echado un cable para salvarle, pero, lo que es ahora, el cable se ha roto y mi hombre se hundirá y _¡laus Deo_! que bien ganado se lo tiene.
--Pues yo no lo creo, Pablo, mientras no lo vea, no he de creerlo...
Y cambiando de tono, temblándole la voz, añadió:
--Hablemos de otra cosa, Pablo, de algo muy grave.
Don Pablo la miró, y echó de ver entonces que había llorado, que estaba pálida y tenía los labios blancos.
--Habla, Casilda, me asustas, ¿qué pasa aquí? ¿dónde está Quilito? ¿a dónde ibas?
--Tranquilízate; Quilito está en su cuarto... Yo no quería darte este disgusto, me hubiera callado, pero se trata de algo tan grave, tan grave que... mira, Pablo, no hay otro remedio, no lo hay, aunque te rompas la cabeza buscándolo... Es una humillación para nosotros, lo comprendo, pero, ¿qué hacer, cuando la honra y la vida de Quilito están de por medio? Si me ves así, Pablo, es que voy... es que voy... a casa de Esteven.
El rayo había caído, y sin embargo, don Pablo Aquiles vivía, sentado en su sillón, paseando sus ojos atónitos de misia Casilda, inmóvil, a las cigüeñas de la pantalla, mudas confidentes de sus cavilaciones, y en esta mirada parecía preguntarles qué era aquello, qué significaba, aquello, porque él, francamente, no lo comprendía...
IX
--Explícate, Casilda, explícate--dijo ansiosamente.--¿Estás tú loca o estoy yo idiota?
Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes emociones.
--No, Pablo, es que aquí, en casa, sucede una cosa horrible, una desgracia inaudita... ¿ves? ya estoy llorando; no puedo contenerme... tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos y alguien se me hubiera paseado por encima luego... anoche no he pegado mis ojos, cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo, que Quilito, de él se trata, desgraciadamente, en ese juego maldito de la Bolsa, ha perdido... no sé cuánto, mucho, y debe, y no puede pagar y ese don Raimundo irá mañana a casa de Esteven, y esto no lo podemos consentir...
--¿Qué dices, Casilda, qué dices? no te entiendo; hablas de un modo...
--Verás: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil nacionales: ¡figúrate! treinta mil nacionales, a un prestamista, que ya estuvo hoy a cobrarlos el muy sinvergüenza, porque hoy vencía el plazo... ahí tienes, ¿cómo deja el Gobierno andar sueltos a estos pícaros, que así engañan y estafan a niños sin responsabilidad? Porque estoy segura que de esa suma Quilito apenas habrá tomado diez mil, y el resto será los intereses del usurero... sobre esto había yo de escribir un remetido... ese pagaré no debiera ser válido, ¿verdad? naturalmente. Pues, Quilito, sin darse cuenta de lo que hacía, con tal de que el prestamista le diera lo que necesitaba, ofreció la garantía, ¿de quién te parece? ¡de Esteven! ¿comprendes ahora? ¿no? está bien claro, Pablo; dijo Esteven como hubiera dicho cualquier otro nombre conocido en el comercio...
--No está claro--exclamó don Pablo Aquiles, que iba perdiendo el color y la calma,--ningún prestamista da sin una firma de garantía, si la persona no le inspira la suficiente confianza, y no podía inspirársela un niño de teta como esa desgraciada criatura; ¿has visto tú la firma de Esteven en el pagaré?