Quilito

Chapter 15

Chapter 154,145 wordsPublic domain

--¡Pillos!--exclamaba misia Casilda, mientras don Pablo, nervioso, llevaba el compás con su batuta improvisada,--¡Mira cómo hacen y deshacen a su antojo! Naturalmente, el que tiene padrino se bautiza. ¡Qué pillos! ¡con trescientos pesos, y de jefe tuyo, un mocosuelo! Quilito, hazme el favor de no defender estas iniquidades, porque creeré que estás corrompido, tú también, que te has contagiado con el mal de la época.

--Si yo no las defiendo, tía...

--Las excusas, que es igual.

Ella no quiso tragar, y así lo decía, eso de que Esteven se hubiera arruinado, aunque se lo aseguró don Pablo y lo confirmó el mismo Quilito. No, no le conocían bien: don Bernardino era un truchimán de _primo cartello_, y ya tendría a buen recaudo todos sus valores, para tomar las de Villadiego el mejor día; después, échenle ustedes un galgo. Que la familia se iba al Frigal, y salían las propiedades a remate... ¡farsa! ¡ojalá pudiera ella registrarles los baúles!

--¿Y la liquidación de la casa de Jacinto?--observaba Quilito,--¿y su entrada en el Ministerio?

--¡Farsa!--repetía la tía,--maniobras, juegos de manos... el tiempo ha de descubrirlo todo. A esa gente, no creo yo ni el _bendito_. ¡No les deseo ningún mal, pero si resultara verdad la ruina de Esteven, alabaría la justicia de Dios! Sólo que Dios tiene mucho que hacer, para perder el tiempo en castigar a los pícaros...

Lo cierto es que estas cosas les preocupaban. Y más que todo, la conducta incalificable del niño de la casa, de Quilito, en aquellos días de junio. Su asiento en la mesa, tanto a la hora de la comida como del almuerzo, quedaba desocupado con una frecuencia alarmante, a pesar de las protestas de la tía de no hacer pasteles fritos, ni carbonada, ni ninguno de los platos criollos, que no le gustaban: se levantaba a las doce, salía, y no volvía hasta las tres o cuatro de la madrugada. El padre y la tía casi no le veían la cara y cuando lograban vérsela, al atravesar el patio o al sorprenderle en su cuarto vistiéndose, se les figuraba muy pálido, muy flaco, la estampa marcada de un calaverilla precoz y sin freno.

--Acabará por enfermarse--decía misia Casilda,--¡se acuesta tan tarde! ¿por qué no le hablas tú?

Y don Pablo, que no tenía calzones para hacerse respetar, contestaba que eso era muy natural: la juventud necesita expansión, soltura; si se le cierra la puerta, se escapa por la ventana, o por el tejado, el cañón de la chimenea o el ojo de la llave; la cuerda que se ha mantenido tirante al joven, el viejo se encarga de aflojarla más tarde, y es peor, muchísimo peor. Además, ¿por qué se había de interpretar torcidamente las entradas y salidas del niño? El tenía sus negocios en la Bolsa, sus estudios en la Facultad...

--Que coma fuera, si eso le agrada--añadía don Pablo,--a mí me gusta verle mezclado a esa juventud dorada, rozarse con la alta sociedad: en esto estás de acuerdo conmigo, Casilda. Porque, la verdad, ¿qué va a encontrar el muchacho aquí? La modestia, la pobreza, el aburrimiento; una mesa frugal, una chimenea sin fuego. Y si él goza de mejores cosas en la calle, ¡dichoso él! No decirle nada, pues, y que haga lo que le dé su real gana. Verás cómo se abre camino, porque es muy inteligente y tiene grandes aspiraciones.

--En eso no estoy conforme contigo--replicaba la hermana;--para estos tiempos no vale la inteligencia, y mucho me temo que en los enredos de la Bolsa no esté Quilito más comprometido de lo que fuera menester.

--Casilda, eres una pesimista de mal agüero.

--¡Ay, Pablo, ojalá me equivocara!

A los síntomas apuntados, se agregaron bien pronto el ensimismamiento, el mal humor, la irritabilidad. Se encerraba en su cuarto y no abría a nadie. Don Pablo decía que para estudiar, pero la tía, informada por Pampa que, en razón de su ministerio, llegaba hasta el recluso voluntario, en ocasiones, sabía que el niño trazaba números y más números, o se estaba espatarrado sobre la cama, la mirada perdida en las cortinas, los brazos inertes. Cuando salía, contestaba distraído, impaciente:

--No sé, no tengo nada, ¡déjenme en paz!

La tía no había querido decir nada al padre, de lo ocurrido en los primeros días del mes, hallándose ella sufriendo del segundo ataque de reumatismo de la temporada, que la postró una semana entera: sucedió, pues, que entre dos y tres de la madrugada, ella en su lecho y con la lamparilla encendida, sin dormir, a causa de sus dolores, sintió que abrían la puerta de calle, cruzaban el patio y llamaban a los cristales de su cuarto.

--Abra usted, tiíta Silda, soy yo.

Como pudo, bajó de la cama; en camisa y descalza, con el maldito reuma prendido a la cintura, y tiró del pasado. Quilito entró, arrebujado en la bufanda.

--Tiíta, vengo a que me dé usted veinte nacionales, pero ahora mismo, inmediatamente.

--Pero, muchacho, ¿qué pasa? déjame acostar... Dime, ¿para qué quieres veinte nacionales? ¡y a estas horas!

--¿Me los da usted o no me los da? Cuando le digo que los necesito...

--Ve ahí en la cartera... sobre la cómoda; no sé si llega.

El joven buscó el bolsillo de tafilete. Abriólo y cogió dos billetes de a diez nacionales; los guardó, y sin decir más palabra, salió del cuarto y de la casa. El golpe de la puerta de calle retumbó, como un cañonazo. Misia Casilda quedó espantada, temblando más de susto que de frío.

--¡Ah! ¡Dios mío! ¡se va a jugar! Quilito juega, Quilito juega... ¡Dios mío, Dios mío!

Pasó el resto de la madrugada en vela, y el alba la encontró acurrucada en la cama, los ojos arrasados de lágrimas amargas; se oían rodar los carros en la calle, cuando entró el niño.

--No, no le diré nada a Pablo todavía--pensaba la señora.--¡El dice que hay que dejar a los jóvenes probar de todo, para enseñarles a vivir!

Don Pablo Aquiles sorprendióla con los ojos hinchados, pero ella alegó que era a causa del insomnio, y cuando vino Agapo, como solía, la encontró abatidísima y sin ánimos para cambiar una palabra siquiera; don Pablo se amilanó con esto, porque, a la verdad, en la casa se notaba algo, que no se sabía explicar, se sentía venir algo, muy malo, muy malo, ¿qué cosa? se ignoraba.

Los días siguieron así, sin variación notable, y llegó el 23 de junio. Aquel día, Quilito almorzó en casa, o mejor dicho, no almorzó, porque todo el tiempo se lo pasó renegando de los bodrios de Catalina, de Pampa, que era una sucia, que así limpiaba los cubiertos como se lavaba mal la cara; del pan, sin cocer, del vino, agrio... Y don Pablo, siempre paciente, trataba de calmarle.

--Hay que dispensarlo, hijito; si ya sabes que esto no es el Café de París; no podemos dártelo mejor.

La tía callaba. Pampa, aturdidamente, al presentarle un plato, pisó un pie del niño, y éste, que reventaba de mal humor, levantóse entonces hecho una fiera y se arrojó sobre la india, dándole de moquetes brutales.

--¡Ay, niño! ¡ay, niño!--clamaba la infeliz.

Misia Casilda y don Pablo acudieron en su defensa...

--Toma, toma, para que aprendas y veas dónde pones las patas otra vez.

--¡Quilito!--dijo severamente la tía.

Don Pablo consiguió quitársela de entre las manos, y el joven vociferó que se iba a su cuarto, a encerrarse, y que no quería ver a nadie, pues odiaba al mundo entero. Lanzóse fuera del comedor y trepó la escalerilla de sus habitaciones, pero misia Casilda le siguió, dispuesta a zarandearle como se merecía: sabido es que la tía Silda tenía sus momentos de energía formidables. Pero, por más que ella se apresuró, Quilito llegó el primero arriba y se encerró a piedra y lodo.

--¡Abreme--decía la señora, aporreando la puerta,--ábreme: no hagas escándalo, Quilito, no me faltes al respeto! Abreme.

Quilito abrió. Entró la tía, su cara de muñeca más lustrosa que de costumbre, sin las chapas de color en ambas mejillas, porque el disgusto las había borrado, y siguió al sobrino hasta la alcoba. Quilito se echó en la cama, de espaldas, y misia Casilda se sentó en un sillón, frente a frente. Bueno, ya estaban solos y podían explicarse: ella exigía, sí, señor, exigía explicaciones categóricas, para tomar una resolución seria: aquello no había de continuar así. ¡Qué! ¿el padre, la tía, los criados, todos, iban a estar sujetos al humor de un chicuelo irrespetuoso y sufrir en silencio sus rabietas inconsideradas? ¿qué se figuraba? ¡Si el padre no tenía bien puestos los calzones, ella sabría imponerse una vez por todas! La filípica continuó en este tono largo rato, y el muchacho ni se movía, ni hablaba: misia Casilda usó de todas sus armas, y trató de herirle en su amor propio, en su dignidad, en medio del corazón, que ella conocía tan tierno, a pesar de todo.

--A mí no has de engañarme, como a tu padre--dijo por último,--tú andas en algo malo, Quilito, y si te escondes, es que el remordimiento te persigue... de alguna acción vituperable... ¡no sé cuál! Seré muy torpe, pero me parece que tú juegas... y si juegas, que has perdido... ¿he dado en el clavo? ¿sí o no?

Tan había dado, que el chico se agitó, como si acabara de recibir un alfilerazo.

--¡Por Dios! tía, déjeme usted, márchese, quiero estar solo; no tengo gana de oír sermones.

Y se puso cara a la pared, rezongando. Pero, quieras que no, tuvo que oírlo, de cabo a rabo, tan contundente, porque la señora no se mordía la lengua, y soltaba cada varapalo que escocía de veras, que Quilito dió un salto, al fin, y con el aire de un demente, prendido al enrejado de la cama, que sacudía como si deseara arrancarlo, gritó:

--Sí, ¡he perdido, he perdido! ¿Y qué tenemos con eso?

Jadeante, se volvió a la tía, desafiándola con la mirada iracunda, pero la consternación de la señora debía ser tan grande, pues enmudeció de estupor, que Quilito sintióse conmovido y su cólera se apagó, como si hubieran derramado agua encima.

--Perdóneme usted, tiíta Silda, soy un miserable, no sé lo que me digo.

Se echó a sus pies, besándola las manos y ocultando su cabeza rubia en el regazo de la señora. Y sin darla tiempo a poder hablar, de temor, sin duda, a que renovara la letanía de las recriminaciones, contó sus percances de Bolsa...

--He perdido, tía, y no tengo con qué pagar: mañana, día de San Juan, vence el plazo, a medio día... Usted dirá que por qué he jugado: ¡todo lo que usted pueda decirme, me lo repite mi conciencia a voces, a todas horas! He jugado porque quería salir de pobre, cambiar de posición, tener lo que otros más afortunados tienen... Para ser rico, tía, y hacerles felices a ustedes, y hacerme a mí mismo feliz, yendo a depositar a los pies de Susana... no tuerza el gesto, tía... mi fortuna y decirla: ¡Ahora, nada ni nadie podrá separarnos! Porque usted no conoce a Susana, tía; es un ángel, y allí donde ella pone la planta, hay que poner los labios... Y todo lo he perdido, ¿ve usted? ¡Ay, tiíta Silda, me considero tan desgraciado, que si no fuera una blasfemia, diría que odio a mi padre, por haberme traído al mundo, sin que yo se lo pidiera!... Si aquí no había de hallar más que penas y miserias, ¿a qué me han dado la vida? Tómenla, ¡yo no la quiero, no la quiero!...

Misia Casilda, acariciando la cabeza rubia, murmuraba:

--¿Ves? si yo te lo decía, yo te lo decía...

Luego, ensayó arrancarle aquellas ideas disparatadas.

--No hables así, Quilito, mira que Dios te está oyendo; no te aflijas tanto, hijo mío, quizá todo pueda arreglarse. ¡Has perdido! es una desgracia, pero trataremos, unidos, de remediarla. Vamos a ver, ¿cuánto debes?

--Mucho, tía, muchísimo, ¡qué sé yo!

--Pero, dime... aproximadamente.

--Mucho, ¡muchísimo!--repitió el joven.

¿Qué iba a hacer al día siguiente? Porque todos los recursos de que podía disponer, los había probado, y todos fracasaron. ¿Cómo no estar, pues, de mal humor? ¿cómo no desesperar de su suerte y de la vida?

--Si le digo a usted, tía, que los pobres no debieran tener hijos; que a uno nadie tiene el derecho de traerle, así, a la fuerza, a compartir las miserias de la vida. ¿Acaso, a la edad de ser padres, no han echado de ver todavía que esto no vale un centavo? y si no hay nada que ofrecer al que ha de venir, ¿por qué obligarle a salir de dónde está sin sentir pena ni gloria?

¡El egoísmo, tía, el egoísmo! Yo no he nacido, no, para pobre y todo mi afán fué siempre enmendar de un golpe lo que mi destino había hecho... ¡Qué desgraciado soy, tiíta Silda, qué desgraciado soy!

Desvariaba de tal modo, que la tía, alarmada, pensó con terror en lo que había dicho aquella noche, de pegarse un tiro si la suerte no lo favorecía; se le imaginó verle ya con el cráneo hecho pedazos, cubierto de sangre, después de haberse arrancado violentamente aquella vida que él decía no querer, ni haberla pedido. Besándole con frenesí, le conjuró por todos los santos del cielo, que se calmara: ella iba a registrar los cuatro rincones de la tierra y le traería la suma suficiente para pagar su deuda. ¿A cuánto alcanzaba? para saber, porque era necesario saber... ¿eran mil, dos mil, tres mil nacionales?

--No, tía, no--dijo Quilito arrojándose en la cama de nuevo,--no se empeñe usted... ¡es inútil, es imposible! ¡Cuánto le agradezco todo, tiíta de mi alma!

--No seas bobo; desesperarse así no es cosa de hombres; ya verás, poco importa que no me digas la suma redonda... yo te he de traer lo suficiente.

Y poniendo una mano sobre el hombro del joven, añadió:

--Pero con la promesa de ser más cauto en adelante, y de no buscar más en el juego lo que sólo el trabajo puede dar.

Le dejó y bajó la escalera; en el comedor, don Pablo Aquiles se preparaba a salir.

--¿Y qué tal--preguntó,--se le ha pasado ya el berrinchín a ese polvorilla?

--Sí, ahí le dejo tan tranquilo; a Quilito no se le debe tomar a lo serio: es un loco.

--Bueno, hija, hasta luego.

--Hasta luego, Pablo.

Misia Casilda esperó a que saliera: después, fué derechamente a su cuarto y abrió el venerable armario de caoba; en el fondo del estante mediano había una caja de sándalo... Sentada en una silla baja, empezó a escarbar en la cajita misteriosa: dos onzas de oro de Carlos IV; un par de _caravanas_ de brillantes y perlas, recuerdo de su madre; un anillo con amatista; el reloj de don Aquiles; botones de puño; prendedor de caireles con azabache...

--¿Me darán por todo esto quinientos nacionales?--decíase pensativa,--más quizá, porque las caravanas son muy buenas... a Quilito le harán falta... a ver... unos... tres mil nacionales; ¡es una enormidad! me parece que no puede ser más; ¡imposible! Reflexionemos: pongamos ochocientos por todo esto, mil por la imagen de plata maciza de la Virgen de Luján... la Santísima Virgen ha de perdonármelo... bueno, mil, hemos dicho, y ochocientos, son mil ochocientos; el relicario con esmeralda, que tengo en el cajón de la cómoda... ¿cuánto me darán por el relicario? ¿doscientos? pues, ya hay dos mil nacionales... ¡Ah! y cien que me quedan del mes, son dos mil cien. ¿De dónde sacaré el resto? ¿Pablo? me consta que no tiene nada, porque su mensualidad me la entrega íntegra... ¡Que la Virgen de Luján me ayude! y si es más de tres mil nacionales, veremos; hasta mañana a las doce, hay tiempo...

Se puso el mantón, y antes de salir, fué al patio interior a recomendar a las muchachas mucho silencio, no molestaran al niño y cuidaran la casa; ella iba y volvía.

--El niño ya encerróse--dijo la genovesa con una sonrisa imbécil.

--Bueno, mujer; usted a su cocina y Pampa que quite la mesa.

Salió con paso ligero, disimulando bajo el pañuelo de merino la caja y la imagen de plata.

Dos horas estuvo fuera. Volvió sofocada, quejándose del sol tan fuerte, que no parecía de invierno.

--¿Ha llamado el niño?--preguntó a Pampa.

--No, señora.

--¡Qué cabeza!--decíase misia Casilda,--no me he acordado de llevar los cubiertos de plata; estos prenderos son todos unos judíos... ¡Cuánto corretear y qué discutir, para no traer más que mil ochocientos nacionales! Verdad es que yo he tasado todo con mi fantasía de dueña legítima... ¡Ay mi Virgen! mi compañera de toda la vida; cuando la dejé sobre el mostrador, me pareció que me lo reprochaba con sus dulces ojos... ¡Valiente día estoy pasando! A ver esos cubiertos...

Sin quitarse el mantón, entró en el comedor y abrió, con la llave más gruesa de su llavero, el cajón bajo del aparador: había hasta tres pares de cubiertos de plata, envueltos en papeles de seda y en retazos de franela muy limpia: eran los últimos restos del antiguo esplendor de los Vargas, cuchillos y tenedores que, más de un bien cebado prior había manejado, en las comidas suculentas y frailunas del místico don Aquiles. A la casa de empeños con ellos, y andando.

--Ya vuelvo--dijo la señora a Pampa,--no te muevas del patio.

Media hora después volvía, sofocadísima.

--Si me sale ahora con que es más de los dos mil doscientos que le traigo--pensaba subiendo la escalera,--¡me parte!

Ya arriba, repiqueteó sobre la puerta, y entró, cuando Quilito hubo corrido el cerrojo.

--Aquí me tienes--dijo alegremente, echando el mantón sobre los hombros,--espero no haber perdido mi viaje, o mis viajes, porque han sido dos, hijo mío.

El joven la vió sacar de un pedazo de periódico, enrollados, los billetes, que puso sobre la mesa de pino que, en aquella primera habitación, llenaba, mal que mal, las funciones de escritorio: quinientos, seiscientos, mil, mil quinientos, ochocientos, dos mil, dos mil doscientos... Silencio. La tía, radiante, contemplaba el depósito; Quilito, turbado, miraba a la tía. Esta, miró a su vez al sobrino, y el semblante se le anubló, de pronto...

--Vamos, pues, ¿qué dices?

--¡Que la quiero a usted mucho tiíta de mi alma, y que sufro de veras por la pena que la estoy causando!

La abrazó repetidas veces, con efusión.

--Déjame, no me aprietes tanto... ¿De modo que... eso no te alcanza? ¡Habla, habla!

Quilito hizo un gesto, que quería decir: Eso, tía, es un grano de arena, una gota de agua, para lo que yo debo. Y misia Casilda, dando palmadas sobre la mesa con su mano enguantada, se impacientaba, seria, de nuevo, y severa, como antes, exigiendo se le confesara el monto total de la deuda, inmediatamente: el joven, entonces, hizo declaraciones completas... Treinta mil nacionales a don Raimundo de Melos Portas e Azevedo, el más temible de sus acreedores, porque tenía un pagaré bajo su firma, que le era forzoso, absolutamente imprescindible, recobrar al día siguiente, y si no lo recobraba, perdería la vida con la honra: lo había jurado; cincuenta mil a Rocchio, el corredor; veinte mil a un fulano del Club del Progreso, y cincuenta mil más, repartidos entre varios corredores de la Bolsa por operaciones malogradas en los días que iban de mes... total, ¡ciento cincuenta mil nacionales! De todo esto, lo más urgente a pagar era el saldo de don Raimundo Portas, quien no estaba dispuesto a conceder más prórroga que los dos días de gracia; el pagaré había vencido el 22... Los demás acreedores esperarían hasta que Dios quisiera. Necesitaba, pues, treinta mil nacionales para el 24 de junio, a las doce, ni un centavo más, ni un centavo menos.

No cayó de espaldas misia Casilda, porque sus nervios, a prueba de emociones, la sostenían admirablemente, pero parecióle que el mismo Lucifer le soplaba ciento cincuenta mil trompetazos en los oídos, y que la casa se le caía encima. A la mente y a la lengua se le vinieron ideas y palabras, a borbotones, y las arrojó a la cara del sobrino, cual si le azotara con un látigo... ¡Cómo! ¡él, un chicuelo pobre, un perdulario, endeudado por suma tan crecida! pero, ¿cómo había podido creer que sus fondillos iban a valer tanto jamás? ¿no pensó, por un instante siquiera, ya que su cabeza parecía tan hueca, que si perdía, no podría pagar, y si no podía pagar, que deshonraba a su familia para siempre? ¿en qué escuela se había educado, que así le habían sugerido la peregrina teoría de que las deudas son cosa baladí y es lujo de caballero tenerlas? ¿y esta era la manera con que él pensaba hacer la felicidad de su padre y de su tía, y la suya propia? Mordíase el joven el dorado bigotito, y no replicaba, la cabeza y los ojos bajos.

--¿Qué vas a hacer, entretanto?--preguntó la señora, recogiendo, con un movimiento de hombros, el mantón, que se caía. Y Quilito, fríamente, contestó:

--¡No se incomode usted, que yo sé lo que debo hacer!

Cogió un billete de veinte nacionales y pidió permiso para guardarlo.

--Esto es todo lo que acepto de usted, tiíta; dígame, ahora, cuanto se le ocurra: todo lo merezco, hasta que me arrojen a puntapiés a la calle, porque soy muy culpable, más de lo que usted cree, quizá... No sé, yo quería ser rico, pronto, pronto, y no pasar la vida trabajando, para comer pan negro de viejo, como sucede casi siempre... ¡Luego, mi amor por Susana! yo me decía: Si me hago millonario, ni los Esteven se opondrán, ni en casa me harán la guerra: el rico es libre y el dinero todo lo allana. Y vea usted cómo han fallado mis cálculos: en la Bolsa, la suerte siempre de espaldas, y en el club; hasta la lotería... mi número sin querer salir...

Del cajón de la mesa sacó un puñado de billetes de lotería, arrugados, que arrojó al suelo.

--¡Sin querer salir!--repitió con tristeza;--en balde practicaba los medios supersticiosos de que se valen algunos jugadores: escoger el billete en día trece, entrar en la agencia con el pie derecho, tomarlo con los ojos cerrados... ¡Nada! ¿y el club? ¡Si usted supiera, tía Silda! Algunas noches mucha suerte, y otras barranca abajo... ¿Se acuerda usted de aquellos veinte nacionales que vine a pedirle esa madrugada... que salí después? Había perdido en el club cuatro mil nacionales, y se me puso que con un billete de veinte, que fuera suyo y hubiera usted tocado, haría saltar la banca... y la hice saltar, tía, asómbrese... para saltar yo, después, porque ofuscado, puse cuanto había ganado a una carta, y lo perdí... ¡Ah! tiíta, el juego es así... Aquí tiene usted mi proceso hecho; la sentencia usted la ha pronunciado: si no pago mañana los treinta mil nacionales a don Raimundo, caerá la deshonra sobre mi nombre... y deshonrado, arruinado, alejado de Susana para siempre, sin ilusiones, sin esperanzas, sin porvenir... ¿qué voy a hacer? me pregunta usted; ¡hacerme justicia, tía, y acabar!

Dijo esto con tal sentimiento, y de modo tan lúgubre, que los reproches expiraron en los labios de la tía, y se abalanzó a él, como loca, estrechándole en sus brazos, suplicándole que no volviera a proferir la terrible amenaza, si no quería verla caer muerta a sus pies. ¡Qué muchachos estos! hacen una barrabasada, y no se les ocurre mejor medio de remediarla que el suicidio; ¡bonita manera de arreglar las cosas! la suerte que son pura boca, y que del dicho al hecho... ¡Vamos! reflexionar un poquito y estudiar el medio más decoroso y fácil de salir del atolladero: treinta mil nacionales no se encuentran así como así, bajo el primer adoquín de la calle... ¡Oh, la inexperiencia y la ambición son dos caballos desbocados que llevan al precipicio a cualquiera! Ya se lo pronosticó ella, y después dicen que las viejas no entienden... Basta; dejar ese gestito de contrariedad, que no recomenzaría con sus sermones; verdaderamente, en estas circunstancias las amonestaciones huelgan: es como dar de palmadas al niño que acaba de romperse la cabeza; lo urgente era encontrar el dinero... Ella, que le había criado y educado y mimado, que era su segunda madre, le salvaría.

Quilito se lo agradecía todo, besándola las manos, como un perrillo que ha sido castigado y quiere hacerse perdonar del amo la falta cometida.

--No me preguntes nada, hijo mío--agregó misia Casilda,--de aquí a mañana tenemos tiempo para pensar y para obrar... pero, prométeme que te dejarás de locuras: tu tía vieja te lo pide: ¡en estos casos de la vida, es cuando se debe mostrar que se tiene sentido común, sentimientos y religión! prométemelo, Quilito.

--Prometido queda--contestó el joven maquinalmente.