Chapter 12
--Pero no te vayas todavía; no tengas cuidado, que nadie vendrá. Háblame, antes, de la tía Silda, ¿qué te ha dicho? ¿qué te dió de almorzar?
Eran tan raras las ocasiones de saber de los otros que se la presentaban... Agapo cambió de fisonomía y se puso hasta risueño.
--Eso es otra cosa--dijo, abandonando el pesado envoltorio, satisfecho de caer sobre un tema agradable;--cuando entro en esta casa, no te me ofendas ¡eh!, el corazón, porque yo también tengo corazón, aunque no lo parezca, se me _empaca_, como quien dice, las piernas me flojean... ¡si no fuera por el maldito estómago! pero allá, entro tan alegremente, seguro de no ser despedido con una coz. Y esto no debiera ser así, porque, al fin, yo soy un Esteven, mal que les pese, y ellos, los Vargas, en vez de simpatía debieran tenerme odio, y sucede todo lo contrario: el odio está aquí. ¡Ajo!...
--Bueno, ¿volvemos a lo mismo?
--Dispensa, Nanita; cuando uno es un hombre honrado, porque eso sí, a honradez nadie me gana... ¡ya la quisieran muchos para su uso personal! y uno es desgraciado... no hay razón. Todos no hemos de salir con mucha chispa en la cabeza o muchas uñas en las manos.
--¡Qué pesado estás, Agapo! A ver, ¿qué te dió de almorzar la tía Silda?
--Pues la tía Silda...
Hablando de la familia de Vargas, se animaba. Y Susana, sentada en la banqueta, con el codo sobre la tapa del piano, escuchaba atenta, sin perder uno del hilo de nimios detalles que el filósofo iba desatando, sin hacerse rogar mucho.
La casa era así, con dos patios y tantas piezas, y arriba, el cuarto de Quilito; la habitación de la tía, de este lado; después del comedor, la del tío. Señalaba los objetos que había en cada pieza, qué plantas adornaban el patio, si había canario en el zaguán... Misia Casilda siempre trabajando, con su bata de lana y sus dos bandós tan alisados; don Pablo Aquiles, al Ministerio a las doce... no se le oye nunca la voz. Quilito, mareando a todos con sus fantasías. El mastín de la casa era Pampa, la india, enseñando los dientes al que entra. Susana oía extasiada, y se hacía repetir los detalles: ¿decía que el cuarto del tío estaba de este lado? ¡ah! después del comedor. Parecíale estar en la casa maldita, en la cueva, que decía misia Gregoria, acompañando a la hacendosa tía Silda, ayudándola a preparar la cena, o a limpiar, o a zurcir; y cuando llegara el tío del Ministerio y el primito de la Bolsa, con qué gusto se sentaría a la mesa, en tan amable compañía, feliz de verlo todo en regla, el mantel planchadito, los vasos bruñidos, los cubiertos lucientes como plata de veras, ¡feliz de que la tía la mirara con complacencia, convencida ya de que ella, aunque Esteven, no era ni mala ni torpe! ¡feliz de estar cerca del primo, y poder reanudar el coloquio del baile, sin censura ni anatema! Otra vez volvía sobre los detalles pueriles. Y el tío, ¿tenía mucho sueldo en el Ministerio? Quilito debía ganar enormemente en la Bolsa, y ya con esto poco importaba que el sueldo fuera escaso.
--¿Y dices que hoy encontraste llorando a la tía Silda?
Sí, pero Agapo no sabía la razón, él no había de preguntárselo. ¡Quién sabe las penas que sufriría la pobre tía! ¡si ella, pudiera! ¡cómo no consolarla, si le era tan simpática! Entonces, la idea del cisma que la separaba de aquella familia hacía nublar su dulce mirada. Debía haber ocurrido algo muy grave, muy grave, para un rompimiento tan completo, tan definitivo, que parecía ser eterno; porque ella, desde que abrió los ojos, recordaba haber visto siempre las cosas así.
--¿Sabes, Agapo, cuál ha sido la causa?
Y Agapo decía que no, que él no sabía nada, no quería saber nada; contrariado, ya no sonreía, arrojando miradas feroces a su alrededor, como si aquel lujo insolente, al despertarse el recuerdo del pasado, insultara su miseria e irritara sus nervios.
Se oyeron pasos y voces en la escalera.
--No huyas, que será alguno de esos fastidiosos que asedian a papá todos los días.
Pero el atorrante, que creyó percibir dejo de mujer, apresuróse a cargar el lío y a escapar, temiendo tropezar con su cuñada y que le sorprendiera en flagrante delito de profanación y sacrilegio.
--Adiós, Nanita; ¡Dios te lo pague, hija!
Fué a abrir la puerta, a tiempo que misia Gregoria entraba, con Angelita.
--¿Aquí?--chilló la señora;--se te ha dicho que no pases de la puerta, ¡y tú lo consientes, Susana! El no tiene la culpa, naturalmente. ¡Si Bernardino estuviera en casa, él te ajustaría las cuentas, vagabundo!
Agapo, sin decir palabra, embistió al hueco que dejaba libre la corpulencia de misia Gregoria en la puerta, y salió al vestíbulo, empujando a la cuñada sin miramientos.
--¡Ordinario, vulgarote!--vociferó ella.
Y mientras el atorrante bajaba las escaleras, saltando los peldaños de cuatro en cuatro, Angelita, echada sobre la barandilla, le hacía pitos, diciendo de burlas:
--¡Adiós, tío Agapo!
Arrojóle un salivazo, tan certero, que le cayó en la mano.
--¡Puerca! ¡víbora!--refunfuñó el filósofo.
--Pero, mamá--decía Susana,--¿por qué le tratas de ese modo? Hay que tenerle lástima.
--¡Lástima, cuando es un sinvergüenza, un perdido, que deshonra a la familia!
--Un desgraciado, más bien, mamá--replicó dulcemente la niña.
Misia Gregoria se sentó. Se había puesto excesivamente, monstruosamente gruesa; el pecho desbordaba del corsé; la cintura, salida de madre, invadía las caderas; los brazos, del codo al hombro, tenían más de muslos que de brazos; el cuello, corto, con un collar de grasa, que caía en blanda papada sobre el cuerpo del vestido, manchado por la transpiración y los polvos de arroz; la cara, mofletuda, colorada, reluciente; los ojos, enterrados en tanta gordura, lacrimosos, a la sombra de un flequillo postizo, que se encrespaba sobre las cejas peladas... Y encima del peinado pretencioso, una capota rosa, una capotita monísima... ¡Qué bajón tan grande había dado la señora de Esteven! Ni rastros quedaban en ella de la hija mayor de don Aquiles, de aquella muchacha esbelta, más graciosa que bonita, soberbia heroína de un drama de amor. Con voz flaca y lánguida, pidió que la desembarazaran del abrigo, pues se moría de calor; Susana dió satisfacción seguidamente a su deseo, desató los lazos de la capota, que la ahorcaban, y aflojó el corsé, requisito indispensable cada vez que la señora volvía de la calle. Ella daba suspiritos de alivio, la cabeza desmayada sobre el respaldo del sillón, los ojos cerrados voluptuosamente.
--¡Qué placer tan grande es éste! ¡Ay, Nanita, no puedes imaginarte lo que sufre tu madre con el condenado corsé; para mí es como si me cincharan, hija!
Se abanicaba con pereza, saboreando el descanso de que disfrutaba.
Angelita, delante del espejo, despojábase del sombrero y el velo; hubiera sido bonita, sin el arremango exagerado de su nariz, que le daba una expresión de picardía y malicia, y si la boca fuera menos grande y los dientes más iguales. Desenfadada, tenía movimientos bruscos, salidas de tono violentas; era bromista de mal gusto, y necia, por consiguiente, y si se creía molestada, lanzaba la saeta de su sátira, sin cuidarse dónde hería, ni a quién hería. La menor contrariedad producía en ella un ataque de nervios, y convulsiones, gritos y pataleta: a esto llamaba su madre los _prontos_ de Angelita, asegurando que, a pesar de ello, su corazón era de oro, y ante la palabra de misia Gregoria, no me atreveré a ponerlo en duda, aunque no pueda afirmar si el oro era o no de ley. Lo cierto es que a estos _prontos_, seguía un estado de irritabilidad tan grande, que andaba por la casa dando mordiscos a sus hermanos, a los criados, hasta a sus padres: a don Bernardino le sobajaba de lo lindo y a la madre la ponía motes irrespetuosos.
--Ya está atufada Angelita--decía misia Gregoria,--no hacerle caso y dejarla.
Con esto, amiga de chismes, de meterse en líos y enredar a la gente; caminaba con desgaire atroz, a la manera del papagallo, los pies atravesados y a pasos menudos; su voz era chillona y de timbre antipático, tan estridente, que se metía en el oído y allí se estaba vibrando sobre el tímpano, como insufrible chicharra, hasta total aturdimiento... ¿He dicho que se comía las uñas? ¿sí? pues, ya está hecho el retrato de la señorita Angela Esteven.
Cogió el sombrero, arrancó el velo, y tiró todo sobre el sofá, malhumurada. Ella no se quejaba del calor, sino del tufo a tabaco, a vino, a demonios, que había dejado el tío Agapo. ¡Y luego el plantón de la tienda! Dos horas de revolver, de hablar, de levantarse, de volverse a sentar, para salir con las manos vacías. El dependiente tenía un grano en el pescuezo, que no le dejaba mover la cabeza, y usaba onda pegada sobre la frente con goma de membrillo. ¡Qué asco dan estas ondas engomadas! Pero lo gracioso fué que, estando ella en la puerta, aburrida del debate estéril de la madre con el dependiente, vió pasar a la tía Silda con un mantón color de diablo afligido, hecha una pordiosera; si estaba tan mal, ¿por qué no se ponía a servir? El orgullo no da para el mercado. ¡Ah! ¿y la de Eneene? la mayor, aquella paja larga, que anda como si la llevara el viento, pasó también, con la madre: ¡y miren lo que vale ser hija de ministro! llevaba dos _festejantes_ de escolta, marcando el paso. Por supuesto que el coche, pagado por el Ministerio, estaría en la esquina, esperando. Hablaba, y repercutía el sonido de su voz, como si dieran con un martillo sobre un caldero, ¡dam, dam, dam! y la vibración ensordecía.
--No grites tanto, Angelita--suplicó misia Gregoria, sin abrir los ojos.
Ella, no hizo caso y saltó de repente:
--Dime, mamá, ¿es cierto eso que le has dicho a la de Eneene, que nos vamos al Frigal? ¡En junio! sería ridículo.
Mordiendo la uña del dedo meñique con encarnizamiento, protestaba de esta ida a la _estancia_ en pleno invierno; que no contaran con ella, porque ni a soga habían de llevarla: la temporada de ópera en lo mejor, tres bailes anunciados... ¡la muerte antes que la _estancia_! Bien mondado el meñique, pasó al anular, insistiendo en su pregunta. Misia Gregoria, con un suspiro mucho más hondo que los otros, contestó que sí, que se irían a la _estancia_ a fin de mes, si _esto_ no se arreglaba.
--¡Perfectamente!--exclamó Angela atacando, en su coraje, todas las uñas a la vez,--¿y qué tenemos nosotros que ver con _esto_? Que se arregle o deje de arreglar, no es motivo suficiente para que demos la campanada de irnos a la _estancia_ ahora, a pasar fríos, y aburrirnos. Lo primero que dirán todos es que papá se ha fundido, y que nos vamos al campo a economizar, y no hay cosa peor que dar pie a habladurías.
La señora suspiró más hondo todavía, como si quisiera arrancarse de allí dentro algo que la incomodaba enormemente; este mudo comentario á su pensamiento, que parecía confirmarlo en su elocuente silencio, sacó de quicio a Angelita. A ver, decir la verdad y no andarse con tapujos: decir que habían descendido al nivel de la tía Silda, más bajo, al nivel de Agapo, y acabemos; ¿por qué no habían avisado a tiempo para salvar siquiera la camisa? Eso tiene meterse en la Bolsa y hacer gracias; claro, las mujeres pagan después el pato: destierro a la _estancia_ y punto final. Pero lo que más la irritaba era el qué dirán de las gentes, la murmuración de las amigas envidiosas, darles el gusto de verla abollada.
--¡Ay, Dios mío! tengo tanta vergüenza, que quisiera morirme.
La madre intervino:
--¿Quieres callarte, Angelita? Estás ahí hablando _zonceras_ sin fundamento; si nos vamos al Frigal, lo que no se ha decidido aún, será por mi salud, ni más ni menos.
--Que no voy a la _estancia_, digo--gritó Angela, con todos los síntomas de sus _prontos_ más temidos,--que no voy, no y no, ¿han oído?
Dió la nota más alta de su voz de tiple, con tal fuerza, que los cristales temblaron, y hubo que llevar la mano a las orejas; pateando, llorando, aporreando los muebles con el puño iracundo, salió del saloncito, como una exhalación. Del golpe, la puerta casi se desencaja.
Susana, consternada, no había dicho palabra. Hojeaba, delante del piano, su cuaderno de música, tan abstraída en la lectura de fusas y semi-corcheas, que parecía no haber oído nada, no haber visto nada.
--¿Ya se fué esa loca?--preguntó misia Gregoria, abriendo los ojos y apartando las manos del torturado órgano auditivo,--¡qué carácter de muchacha! al momento se atufa, y no hay más que dejarla desahogar. Lo mismo era yo, a su edad. Nanita, ven acá, acércate.
Susana obedeció. La atrajo a sí la señora y obligóla a arrodillarse delante del sillón, para tenerla más cerca todavía y poder besarla a sus anchas, en la boca, en los ojos, en la frente, en el pelo rubio y ondeado. La joven, sorprendida, repetía:
--Mamá, mi buena mamá...
Pero, la señora, estrechando la hermosa cabecita de virgen contra su seno opulento, protestaba: no, la buena era ella, su hija, su Nanita adorada; a ver, que vinieran todos los ángeles del cielo y todos los santos del almanaque a competir con ella; ¿a que se volvían avergonzados de la derrota? La dió un beso más apretado en la frente y se puso a llorar, con sollozos convulsivos que sacudían todo su cuerpo. Entonces, Susana se asustó.
--¿Qué tienes, mamá? ¿qué ha pasado?
Misia Gregoria no contestaba; su llanto era tan copioso, tan sentido, que no podía hablar. Y Susana, afligida, repetía:
--Mamá, ¿por qué lloras? dime, ¿por qué?
Entre el hipo de los sollozos, la señora articuló:
--¿Sabes? lo que ha dicho Angela... es la verdad... ¡la terrible verdad!
La joven, sin comprender, exclamó:
--¿Que nos vamos a la _estancia_? ¡Mejor! ¿Y eso te aflige tanto?
La madre volvió a besarla largamente. ¡Qué inocente era! Se afligía, sí, pero no por salir de la ciudad, sino... por lo otro, ¡un golpe tan duro y terrible! se afligía, porque este golpe alcanzaba a sus hijos, a su buena y querida Nanita. Esta, abría tamaños ojos. La madre, bruscamente, repuso:
--En medio de todo, debiera alegrarme de nuestra desgracia, porque esa gente, esa chusma, te había ya tendido el lazo y en él ibas a caer, tarde o temprano; tengo la experiencia de estas cosas, y sé en lo que viene a parar la oposición de los padres en lucha con el capricho de los hijos; porque no me lo niegues, no me digas que no: estás encaprichada con ese renacuajo de Quilito.
--¡Mamá!--suplicó Susana.
Que sí y que sí; ¡ella tenía un ojo y un olfato! Estalló en invectivas contra _esa chusma_, gozosa de poder descargar en alguien la amargura de su pena inmensa; como lobos habían rondado su casa, para entrar a saco en ella y viéndola bien guardada, engatusaron al cordero de su hija; ya sabían ellos lo que se hacían: atacaban por el lado más débil, más vulnerable; una vez ganada la hija, la conquista de los padres no era sino cuestión de tiempo. Pero, ahí estaba ella, la madre, para velar por todos; no conseguirían su objeto, no: ella lo había jurado. Sus ojos, secos ya, brillaban, animados por el odio inextinguible. Susana lloraba. Viéndola así, la cabecita de penitente inclinada, misia Gregoria, afligidísima, la volvió a besar, a estrechar contra su pecho. ¡Por Dios! ¿qué había hecho ella tan malo, qué crimen había cometido, para ser así castigada en sus afecciones? Su hija, su adorada santita, renegaba de ella, acusándola quizá de verdugo, de madre sin entrañas. Pero, si era por su propio bien, que lo hacía...
--¡Mamá!--suplicó de nuevo Susana.
La apenaba tanto oír hablar a su madre así... Misia Gregoria se calló, embargada, otra vez, su mente, por la idea terrible, por _lo otro_, que no había acabado de explicar.
--No llores, hija mía--dijo,--mira que tu valor y tus consuelos me hacen falta, mucha falta.
Lo que había dicho Angela, era cierto: se iban a la _estancia_, en junio, en el rigor del invierno, porque su padre... su padre estaba arruinado, y su hermano arruinado, y todos, todos, absolutamente arruinados. La ahogaron los sollozos. Pasó mucho tiempo sin que pudiera hablar, sorda a las palabras de su hija, que se esforzaba en animarla, mostrando cristiana resignación. ¡Estaban arruinados! Y bien, se irían al campo y trabajarían y ahorrarían; al padre no le tomaría de sorpresa esto, porque se había formado en el trabajo, y luchado desde joven por el bienestar de la familia; era duro empezar de nuevo, pero ahora no estaba solo, sus hijos le ayudarían: estaba Jacinto, joven y robusto, estaba ella... ¿no sabía planchar, lavar, coser, bordar, guisar? Ella lo haría todo, ¡y con qué placer! se la presentaba la ocasión de pagar esa deuda, imposible de saldar jamás, del hijo con el padre, de pagarla en la moneda del cariño, de la abnegación, del sacrificio, única moneda válida para tales deudas. ¿Qué la importaban el lujo, las fiestas, la vanidad de la posición perdida? Arriba o abajo, el corazón late lo mismo... Allá, en el fondo de su alma, en el rinconcito más oculto, brillaba la esperanza consoladora de que, caída de su pedestal de mujer rica, se acercaba más a los otros, se ponía a su nivel, facilitando así la realización de su magna empresa. Era Dios quien lo había hecho; ¡alabado sea Dios!
Pero misia Gregoria no participaba de esta conformidad; cuando se repuso, apretando el pañuelo sobre los ojos hinchados, contó la historia de la desgracia. El ciclón desencadenado sobre la Bolsa había arrastrado todo, casas, tierras, depósitos bancarios... así, en un santiamén... ¡todo, todo! Lo único puesto en salvo era la _estancia_, que les serviría de asilo. Y ella había sentido venir la catástrofe; el corazón se lo decía.
--No te metas, Bernardino, en la Bolsa, mira por aquí, mira por allí. Bernardino, vigila a ese niño, que no tiene experiencia, que no sabe por dónde anda; el socio es bueno, pero el mal ejemplo de los demás, el tuyo sobre todo, va a perderle. Bernardino esto, Bernardino aquéllo.
Y nada, erre que erre. Estaban ciegos, locos. Hoy mismo, agobiado por la espantosa desgracia, en la calle, sin fortuna y sin crédito, sostenía que no, que la culpa no era de él, que la cosa había sucedido sin saber cómo, inopinadamente, por sorpresa o mala suerte, pero que estaba en lo cierto al asegurar que, lo que la Bolsa quita, la Bolsa vuelve a darlo. ¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío!
Gimió sin consuelo, largo rato. Y de pronto exclamó, enderezándose en el sillón:
--Lo que a mí me subleva, me ahoga, me mata, me quita el sueño, el apetito, la vida, es que _ellos_ van a reírse, van a burlarse, van a gozar de nuestra desgracia. Si me parece ver a esa harpía de Casilda, a ese hambriento de Pablo Aquiles... ¡Ay! ¡no, yo no podré soportarlo, no, no!
Se ahogaba. La joven desabrochó su corpiño, la hizo aire con el abanico. Y misia Gregoria desmayó su cabeza sobre el seno de su hija, bajo el cual se abrigaba la traidora carta del odiado vástago de los Vargas.
VII
Lo ocurrido aquella mañana en la casa, a que se había referido Susana en su conversación con el filósofo, fué lo siguiente:
Que misia Gregoria, escamadísima con el teje maneje que se traía su marido, provocó una explicación, que degeneró en tormenta, a causa de lo que se dirá después. Hay que repetirlo: misia Gregoria estaba enamorada de don Bernardino, y esto, a los veintitantos años de casada, en que se ha tenido tiempo suficiente para ver el revés y el derecho del carácter, y conocer la urdimbre de la persona como las propias manos, es muy digno de respeto y alabanza. Misia Gregoria creía que cuando Esteven andaba por la calle, las miradas femeninas le seguían y le salían al encuentro y le provocaban; no veía, ¡qué había de ver! que el horno no estaba para rosquillas, es decir, que don Bernardino, rechoncho, pelado y teñido, con patas de gallo en los ojos y los carrillos caídos, no era digno de ser mirado por su linda cara, sino es por sus muchos monises. Y si esto no lo veía, tan a la vista estaba, menos había de ver que ella, deformada por la obesidad, vieja y fea, no podía representar airosamente escenitas de celos, con mucho _puchero_ y mucho remilgo. Porque la verdad es que los dos habían llegado a la edad reglamentaria, en que es forzoso abandonar el servicio activo y entrar en la reserva; y de esto parecía convencido don Bernardino, en quien la ambición era la pasión dominante.
--Déjame en paz, Gregoria--decía cuando la mujer le atosigaba demasiado;--mira, hija, que es preciso convencerse que ni uno ni otro estamos para estas cosas; el amor es gaje de la juventud, y cuando se tienen hijos con barbas, y canas y reumatismo y chocheces y goteras por todos lados, empeñarse en hacer los Faustos y las Margaritas es exponerse a desafinar y dar fiasco.
--Pues, sin embargo, hay cada viejo...
--No te fíes, que es como la leña verde: no arde; mucho chisporroteo y mucho humo, pero poca llama.
No quería misia Gregoria, a pesar de estas declaraciones, dar su brazo a torcer. ¿Y cómo, si en su larga vida de casada, nunca había visto a Esteven salir más a menudo, entrar más tarde, andar más preocupado, más sin sosiego, más sin sueño, que esta vez? Ella no se chupaba el dedo; nada de política ni de negocios, un diablo con faldas estaba de por medio. Hasta se le figuraba conocer a aquella picaronaza: el pelo color de zanahoria, última novedad; los ojos pintados con pábilo de vela; colorete y muchos polvos en la cara, y un olor a pacholí, tan fuerte, que hacía estornudar. El día aquel de la sarracina en la Bolsa, que llegó don Bernardino derechito a meterse en cama, misia Gregoria, por las dudas, le echó una buena rociada: ¿con que venía así, tan descompuesto y pálido, a causa de la liquidación? ¡ah, farsante! alguna _agarrada_ con la rubia esa.
Pasó dos días don Bernardino en cama, quejándose de dolores en los riñones, en la nuca y sobre todo en la cabeza; decía que por allí dentro le andaba una docena de demonios, dándole patadas en los sesos y martillazos en las sienes. Misia Gregoria, instalada en la cabecera, le vigilaba, no fuera a lo mejor a escribir unos rengloncitos a su espalda o recibir algún billete sospechoso; porque eso de que estuviera enfermo, era una mentira como una casa. Si estaba desasosegado y nervioso y de mal humor, era porque la otra lo habría plantado; ¡muy bien hecho! que si todas las damiselas hicieran lo mismo con los vejestorios enamorados, mandarlos a su casa después de pegarles cuatro palmadas, las esposas honestas no estarían en esta agitación y no pasarían la pena negra. Pero, enfermo o no, la verdad es que no llegó a visitarle médico, don Bernardino no quiso recibir a nadie y así se dió la consigna terminante: era una casa aquella en que a cada minuto estaba alguno colgado de la campanilla, y los visitantes no faltaron en estos dos días, pero nadie logró ver al conspicuo personaje de la situación. A las diez de la mañana del tercer día, siempre en la cama Esteven, más dolorido que nunca, pues ahora no era ya una docena, sino ciento de demonios que le martirizaban el cerebro, le entregaron dos tarjetas, que fué lo mismo que darle dos palos, pues lanzó un quejido como si los hubiera recibido en los lomos.
--¡Que no, que no recibo! dijo revolviendo los ojos.
Y echado sobre las almohadas, miraba pálido las dos tarjetas, que le sacaban la lengua sobre la mesa de noche, diciendo una: Rocchio, y la otra: Portas, y las letras negras de estos dos nombres bailaban sobre la cartulina, dándole mareos. Media hora después, vino la tarjeta número 3, y de la mano temblona de don Bernardino pasó al lugar de las otras.
--¡Que no, que no recibo!--repitió, con un juramento.
--Señor--insistió el criado,--dice que tiene que ver forzosamente al señor; que se trata de un asunto de interés.
Don Bernardino cogió de nuevo la tarjeta y leyó: Robert.
--Bueno, que pase; acabemos.
Pidió a misia Gregoria que arreglase las mantas del lecho, que abriera las cortinas y le diera el espejo de mano.
--Mucho quieres componerte--dijo la gruesa señora, mirando desconfiada a la tarjeta que el marido retenía en la mano,--¿quién es ese afortunado que así logra violar la consigna?
--Déjame solo, Gregoria, y no vengas sino cuando yo llame.