Quilito

Chapter 11

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--¡Qué ocurrencia! ¿De modo que estarías más satisfecho si la niña tuviera en vez de esa cabeza llena de talento, una calabaza vacía? A ver, preciosa, cuéntame la historia de Pulgarito, o dime cuántos ríos tiene la República Argentina.

A pesar de los temores del padre, la meningitis no vino; Susana creció, como un lirio, y a los diez y ocho años era una mujercita en la que todas las promesas de la niña habían madurado, a pesar del ambiente poco favorable en que la planta se desarrollara. Porque hay que decir, que ni el padre, ni la madre, ni los hermanos, ofrecían un ejemplo digno de imitarse: misia Gregoria, en primer lugar, que recordaba, como horrible pesadilla, los años pasados bajo el cerrojo de su padre, don Aquiles, no quería oír de poner cortapisas al capricho de sus hijos; dejarles, que hagan lo que quieran, que gocen sin trabas de la edad dichosa... ¡Contrariar a los niños, hacerles llorar! ya vendrán, ya vendrán las penalidades de la vida, demasiado pronto, y entonces sabrán lo que es sufrir: ahora, dejarles en libertad. Con esto, soltaba tanto la cuerda, que Jacinto, que era un potro, y Angelita, una _machona_ muy de temer, campaban por sus respetos y hacían de su capa un sayo. Si Esteven intervenía, pronto a castigar una travesura o una inconveniencia, acudía la señora en defensa del reo:

--Déjalo, Bernardino, no me toques a los niños, no quiero que les digas nada; ¿vas a pretender, acaso, que se porten como personas mayores?

En segundo lugar, misia Gregoria era muy celosa, espantosamente celosa, lo cual daba ocasión a escenas lamentables, representadas sin disfraz delante de los hijos. Para misia Gregoria, don Bernardino, aquel hombre que, salido de la nada, se había encumbrado a la brillante posición en que ahora estaba, era un ser superior; admiraba su inteligencia, su carácter, su figura, su andar majestuoso, su hablar solemne, todo lo que él hacía y todo lo que él pensaba. La verdad es que se casó con él enamorada, locamente enamorada, hasta el punto de hacer lo que hizo, abandonar su casa y su familia por seguirle, sin importarse de su honra ni de su nombre. Pero, este amor, con la edad, se convirtió en una manía, en una obsesión de todos los momentos; apenas dormía, pensando que otras mujeres pudieran robarle el tesoro de su Bernardino. Registraba sus bolsillos, en busca de cartas comprometedoras, regulaba sus salidas y sus entradas, reloj en mano; estudiaba la cara que traía, si la barba estaba desaliñada o el párpado abotargado.

--¿De dónde vienes, Bernardino? No me dirás que de casa de Eneene, ¡mentira! tú tienes alguna... de ésas, que te divierte. Mira, este pelo que traes en la manga, largo y rubio, pelo de mujer, ¡ay, qué asco! Con que de Susana, ¿eh? quite usted, so camandulero. ¿Y esta carta? No dice nada de particular, pero estos garabatos son de mujer. ¡Ay, qué desgraciada soy! Si yo hubiera sabido esto, no me habría casado contigo.

Don Bernardino callaba y sufría. Pues estas cosas, tan estúpidas de puro vulgares, las hacía y decía todos los días, y eran vistas y oídas de todos; a veces, Esteven perdía la paciencia, y entonces se armaban tremolinas escandalosas: que tú, que yo, que si esto, que si lo otro, tú eres así, tú eres asá; escarbaban en el pasado de ambos, para sacar toda la porquería y embadurnarse sin piedad la cara mutuamente. Milagro fué que, con estos ejemplos y esta educación, no salieran peores de lo que eran Jacinto y Angelita; en cuanto a Susana, la santita de la casa, nada podía enturbiar la limpidez de su alma angelical, ni alterar la esencia de su carácter: entre espinos y guijarros nacen así, flores delicadas.

Y no eran los celos, la sola piedra de escándalo entre marido y mujer. Cuando se hablaba de los Vargas, el vocabulario de injurias se agotaba; entonces el escándalo se producía, no porque ambos disputaran, sino porque se ponían de acuerdo, para arrojar sobre los tristes desposeídos toda la inmundicia que quedaba en sus espuertas. Tengo para mí que si Susana fijó sus hermosos ojos en su primo, fué de tanto oír echar pestes contra ese perdido, ese pillo, ese indecente de Quilito. ¿Qué había hecho el infeliz? Susana no lo sabía; nunca consiguió saberlo. Su bondadoso corazón sufría de verle tratar así, y de escuchar todas las picardías que la madre y el padre, rencorosos, decían de la tía Casilda y del tío Pablo Aquiles. Ella no les conocía sino de vista, y hubiera deseado conocerles de cerca, tratarles, para juzgar si eran verdaderamente tan perversos. Quilito se le había figurado muy feo y muy tipo, porque misia Gregoria no hablaba de él sino para motejarle de _renacuajo_, y cuando le vió en Palermo, al lado de Jacinto, después de muchísimo tiempo que no le veía, con su carita de querubín, blanco y rubio, muy derecho, muy bien vestido, parecióle un hijo de lord, y contestó afectuosamente a su saludo. Al segundo encuentro, siempre en la avenida de las Palmeras, halló al renacuajo más simpático y distinguido; le miró con interés y se dijo que el primo debía valer un poquito más de lo que en su casa decían. Y Jacinto, aturdidamente, la dió detalles que ella no conocía:

--Te digo que es un excelente muchacho, el sostén de su padre y de la tía, y trabajador; estudia Derecho. Toda su ambición es hacerse rico; ya le verás figurar, porque muchacho más despejado no he visto. Lo que hay es que los _viejos_ no le quieren, pero no se debe ser injusto.

--¡Pobre Quilito!--decía la niña compadecida.

Cuando le trató, más tarde, este sentimiento instintivo de compasión, se convirtió fácilmente en simpatía; fué en un baile, en casa del ministro Eneene. Susana, contrariadísima, porque no gustaba de fiestas, había consentido en acompañar a su madre, de real orden, como ella decía riendo.

--No, hija mía--había dicho misia Gregoria,--es preciso que empieces a ir a sociedad, que te vean, que te admiren; esto de encerrarse en casa se queda para las feas. Además, yo no quiero que te me vayas a hacer monja o beata, y con la encerrona y ese carácter de ángel que Dios te ha dado, vendrías a parar en eso. Felizmente, hasta ahora, no te ha dado por ahí, pero puede darte, y entonces, ¿qué sería de tu madrecita? ¡Conque, al baile y a pescar novio!

Otras exhortaciones, de buen fondo, pero disparatada forma le hacía, comiéndosela a besos. Susana, sonriendo, dijo que iría al baile y pescaría novio, si podía.

Entró en el salón y lo primero que vió fué a su primo, mariposeando ufano.

--Me alegro--pensó Susana,--así vendrá a _sacarme_ y no _plancharé_; no hay cosa peor que venir por primera vez a un baile y no tener conocidos.

Quilito, tan pronto como pudo acercarse, vino a saludarla, y sin mediar presentación siquiera, charlaron como antiguos amigos. ¿No sabían, acaso, que eran primos y que él se llamaba Quilito y ella Susana? Charlaron de muchas cosas: él, de sus estudios, de sus esperanzas; ella, de sus distracciones, pero ni uno ni otro se atrevió a rozar, aun incidentalmente, el tema escabroso de la familia. Los ojos de Quilito decían:

--¡Qué bonita es! ¿Por qué hemos de estar a mal con ellos?

Y Susana parecía querer decir:

--Dile a la tía Casilda y al tío Pablo Aquiles de mi parte que les quiero mucho, mucho, mucho; ¿por qué ha de haber diferencias entre nosotros, si hemos simpatizado tanto?

Y sin hablar nada de esto, se comprendían en la mirada expresiva, en el acento cariñoso, en el gesto amable. No sé si existe, en otra parte que en las comedias, aquello de las corazonadas o del flechazo amoroso, repentino e irremediable, pero lo cierto es que este diálogo, en medio de las luces y de las flores del salón, bastó para que los dos primos se entendieran, y en el apretón de manos con que pusieron punto final a la entrevista, se dijeran muchas cosas, que los labios no habían osado proferir. Verdad es que el chico era insinuante, y tenía una labia y una gracia, que hubiera sido para él empresa fácil la conquista de su linda prima, aunque viniera armada de prevenciones. Y mientras en Quilito nacía una idea egoísta de este encuentro, la del amor compartido, en el generoso corazón de Susana se despertaba un propósito digno de ella:

--O he de poder yo muy poco--se dijo,--o conseguiré la reconciliación de las dos familias; resistencias y obstáculos no han de faltar, pero Quilito y yo, aliados, las venceremos.

La tenacidad de estas resistencias, que preveía, pudo apreciarla al siguiente día, cuando misia Gregoria, contra su costumbre, la habló acremente de aquella larga conversación, que olía a _temporada_, con el renacuajo. ¿A qué tanto palique? ¿qué le había dicho? Si él se hizo el pegajoso, como mal educado que era, haberle plantado. En cambio, pasó la mayor parte de la noche perdiendo el tiempo con el insignificante de su primo, y no atendió a jóvenes de mérito que la solicitaban. ¡Vamos! ¿y para eso fué al baile? Irritadísima, viendo cosas que ella sola se forjaba, lanzó esta frase cruel:

--El convento, ¿me oyes? ¡el convento antes!

Susana lloró, y costóle mucho trabajo convencer a la madre, que la conversación había sido de lo más soso e inocente del mundo.

--Lo creo, porque tú me lo dices--dijo la señora,--tú no mientes nunca... pero, yo me entiendo. No hablemos más de esto; ven a darme un beso.

Desconfiada, sin embargo, porque la idea de que su prodigio, su ídolo, fuera a caer en la cueva hedionda de los Vargas la horrorizaba, no quiso llevarla más a bailes, pero esta determinación, fácil de realizar dada la docilidad de la niña, parecióle muy poco, y día a día, ella y don Bernardino, renovaban sus catilinarias contra la odiada familia. Todo, según ellos, no había sido sino una trama urdida por la Casilda, que era una intriganta desvergonzada, para ver de meter al muchacho en la casa y luego colarse ellos; pero la habían descubierto el juego y ya estaba aviada, la muy tal, etc., etc.

--Como yo la encuentre--decía misia Gregoria,--le zampo una buena fresca, y si me apura mucho, le pongo las manos en la cara.

Esteven dijo que iría al Ministerio y haría que Eneene destituyera a don Pablo Aquiles.

--¡Eso, eso--exclamó la señora,--que les corten los víveres y que vayan a pedir limosna!

Pasado el chubasco, Susana consiguió aplacar los ánimos y obtuvo la promesa de que nada se intentaría contra la desgraciada familia.

--Si yo les juro que Quilito... digo, ese joven, no me ha dicho nada de particular; además, no volveré a hablarle.

--Bueno, ya se acabó--dijo don Bernardino;--venga acá mi Nanita querida a abrazar a su papaíto.

Susana no renunció, sin embargo, a su idea de reconciliación; ya les catequizaría poco a poco. ¿De qué había de servirle, entonces, la grande influencia que ejercía sobre sus padres? Lo malo era que, si en todo lo demás se hacía lo que la santita de la casa quería que se hiciese, en lo tocante al asunto de los Vargas no había acuerdo posible; al solo nombre pronunciado, los odios dormidos se alzaban, como víboras a las que se pisa la cola.

Entretanto, pasaron los días. Susana y Quilito se veían en Palermo, cambiaban una mirada y una sonrisa al cruzar rápido de ambos carruajes, recatadamente, a causa del Argos de la madre o de Angelita, que las cazaba al vuelo, y como era tan chismosilla y enredista, había que cuidarse de ella; luego, en el teatro, algunas veces, muy pocas, porque misia Gregoria, contrariamente a lo que antes predicaba en punto a encerronas, decía ahora que las niñas bien educadas no deben andar de ceca en meca, mostrándose con descaro en todos los sitios, como mercancía puesta a la venta. Se veían, pues, pero no podían hablarse.

La primera carta que trajo Agapo del audaz chiquillo, no quiso Susana recibirla; encendida de rubor, dijo que no era decoroso que una señorita se carteara con ningún hombre, aunque éste fuera su primo. Pero Agapo insistió. ¿Qué mal había en ello? ¿acaso iba a mancharse los dedos y a condenarse a infierno perpetuo por recibir la cartita del primo y dejarse querer? ¡Porque Quilito la quería, la adoraba! ¿y no era lógico esto, que se adorase a una santita como ella? Ahí están las santas de los altares: pues, bien, ¿se incomodan o ruborizan porque los hombres, de rodillas, las prestan el homenaje de su adoración? Y las oraciones, ¿qué otra cosa son que cartas pedigüeñas, solicitudes de recomendación, entre el pecador contrito y el intermediario de Dios? ¿Se ha visto, hasta ahora, a una santa que se estime, rechazar una oración que se le presenta con toda política y humildad? Preguntárselo a Santa Rita, que era tan seriota, sin embargo, y a Santa Clara, tan punto y coma en todos sus deberes, y a la misma Magdalena, que de tanto andar en el mundo, estaba, ya curada de espantos. Pues lo que hacían estas venerandas señoras, probando así que su corazón de piedra o de simple pino latía aún por las miserias del prójimo, ¿por qué no había de hacerlo ella, que tenía un corazoncito de mantequilla, tan blando era y tan compasivo?

--¡Jesús, Agapo! mira que hablas desatinos--decía riendo Susana, sin darse por vencida.

El otro volvía a la carga. No, lo que es él no había de irse como vino, ¿qué iba a decir el pobre Quilito? Nunca lo creyera que Susana, tan buena, alimentara la misma inquina de sus padres contra los Vargas.

--¡Oh! no--exclamó la niña,--¡yo no, al contrario!

Entonces, ¿por qué se resistía? ¡quién sabe si aquella carta no era el primer paso dado en el camino de la reconciliación! Susana quedó suspensa. Bien podía ser, ¿por qué no? así, de lejos, sin estar al habla, nunca se haría nada de provecho; y si ella se había aliado a su primo, en el pensamiento, para llevar a cabo aquella empresa que, a sus ojos, aparecía tan noble y grande, estaba obligada a entenderse con él, de un modo o de otro, a fin de discutir y acordar los medios de realizarla. Es cierto que se hacía culpable del pecado de desobediencia, pero Dios sabía por qué lo hacía y había de perdonarla, en razón de sus buenas intenciones. Susana tomó la carta.

Lo que Quilito decía, ya se adivina. Fogoso e irreflexivo, pintaba a su prima un amor que ardía por los cuatro costados, en medio de un bosque enmarañado de metáforas, deprecaciones llorosas, exclamaciones desesperadas y llamados sentimentales a la _Parca implacable_ cada dos párrafos, los cuales concluían todos con un punto de admiración, que daba el quién vive. Susana contestó en pedestre prosa, pasando como sobre ascuas, y había de qué, por lo que el primo declamaba, y hablando sólo de sus propósitos, nada de sí misma. Y así empezó una dulce correspondencia entre ambos, sostenida con juvenil ardor por parte de Quilito, y con tranquilo recato por parte de Susana, siempre sobre el mismo tema y en diapasón igual: Quilito, suspirando, llorando a veces, renegando otras, desesperado de su suerte y de su porvenir; Susana, predicando la concordia, la paz, la calma, en el sagrado nombre de Dios. Y si la empresa magna, la reconciliación deseada, no hizo muchos progresos, a causa de los obstáculos insuperables casi que la contrariaban, en esta comunión de su dos almas, el retoño de los Esteven quedó unido al de los Vargas por el lazo del amor, en nudo tan apretado, que no había ya quien pudiera desatarlo sobre la tierra.

Repasaba, pues, al piano Susana la sonata de Beethoven, en el saloncito de música, y pensaba en su empresa y en su primo. ¿Eran las tres, las cuatro, las cinco? No lo sabía; debía ser tarde, porque después del almuerzo, se puso a copiar unos documentos de don Bernardino con su letra clara y redonda, y esto le tomó mucho tiempo. Su madre, muy emperifollada, de capota rosa y abrigo de terciopelo, acababa de salir con Angelita, después de decir aquello sobre la música, que hizo sonreir a Susana... Sonaron dos golpecitos en la puerta del vestíbulo... La niña, ocupada, en el estudio de una cadencia, no oyó... La puerta se abrió y entró Agapo.

--¡Chist!--hizo,--no te asustes, Nanita, que soy yo.

--¡Qué susto me has dado!--exclamó Susana abandonando la banqueta,--¿por qué entras así, como un ladrón?

--¿Puedo yo entrar de otra manera en casa de mi señor hermano?--contestó el atorrante con amargura;--sé que no hay nadie, porque he estado espiando a la puerta y he visto salir a todos, menos a ti; hasta el _mucamo_ ha salido: si me encuentra en la escalera, me echa; es la consigna que tiene del señor Esteven.

--No digas eso; siempre que hablas de papá, exageras de un modo...

--Bueno, lo que tú quieras; lo cierto es que nunca he pasado del vestíbulo, y hoy me dije: Aprovecharemos la ocasión y entraré a ver esos lujos tan mentados; de seguro que Nanita no me echará, de miedo que la ensucie sus bruselas.

Estaba tan rotoso, que daba lástima; por los agujeros del pantalón asomaba la carne de las piernas; no tenía chaleco, y la camisa, si camisa puede llamarse el retazo de lienzo color de chocolate que le cubría a medias el pecho, carecía de puños y de cuello o por lo menos, no se mostraban; la chaqueta estaba acribillada de manchas, y de los zapatos y el sombrero vale más no hablar. Con este avío, pues, y una cara y unas barbas que no probaban agua ni tenían noticias del peine hacía un siglo, se presentó Agapo en el saloncito de música. Tan facha estaba, que, en medio de las sedas y los dorados, parecía una mala copia del _Menipo_ de Velásquez, sin la capa, dentro de un marco de precio.

Mientras Susana le miraba compasiva, el filósofo recorría la pieza, metiendo las narices, estirando el hocico, con movimientos de cabeza más de desdén que de asombro. A veces, tendía la mano para palpar un objeto, pero se contenía.

--No temas, Nanita--decía,--ya sé que esto se llama mírame y no me toques. Pero, ¿qué hacen ustedes con tanta chuchería, tanto muñeco, tanta silla dorada, que ni para sentarse sirve? Porque, ésta, por ejemplo, de raso o lo que sea, no aguanta el peso de una persona. ¡Qué farsantes son los ricos! Ya que les sobra el dinero, ¿por qué en vez de emplearlo en cosas inútiles y de puro aparato, no lo regalan a los pobres? ¿acaso para vivir, lo que se llama vivir, se necesita de estas faramallas? ¡Si aquí no se puede andar con libertad, entre tanta baratija! ¿sabes? Si me dieran esta pieza por cárcel, reventaba al tercer día, si es que pasaba el primero; aire, luz y espacio suficiente donde asentar estas patazas y donde recostarse con comodidad; y libertad para moverse, sin el temor de echar una mancha en el cortinaje, o de romper una silla, o de tirar una mesa, y con ella, perniquebrar a alguno de esos personajes de porcelana... ¡Uf! ¡aquí se ahoga el _sursum corda_! Eso sí, no vayas a creer, Nanita, que esto es lo primero que veo; muchos salones he visto, y mejores...

--Ya lo sé--dijo Susana risueña,--que te tratas con muchos _high-lifes_, y que comes en casas ricas; vamos a ver, ¿dónde has comido anoche?

--En casa del Presidente--contestó Agapo muy serio.

--¿Dónde?--volvió a preguntar la niña, muerta de risa.

--¡En casa del Presidente!

Y la noche antes en casa del ministro Eneene, muy mal, por cierto, porque el doctor tenía gustos criollos bastante rancios y estaba a diario con puchero de cadera y asado de costilla, y alguna vez, de extraordinario, ponían _ropa vieja_, y gracias. ¿De qué se asombraba? ¡Cuántos, que no le llegarían a él a la sucia del zapato, trincaban con esos personajes! Por supuesto, él no se dignaba sentarse a la mesa: abajo, en la portería, recibía su buena ración y se iba tan contento.

--Y hoy, ¿dónde has almorzado?--preguntó Susana con timidez.

--¡Ah! ¡Nanita, qué picarona! ¿De modo que las santas se permiten también ser maliciosas? Pues hoy almorcé... allá.

--¿Dónde... allá?

--Pues, en casa de la tía Silda.

--¡Ah!--hizo Susana.

¡Qué enferma había estado la tía Silda! Tres días de cama, con dolores en el costado, y fiebre, y médico yendo y viniendo.

--¡Dios mío! ¿Sigue enferma la tía?--preguntó con sobresalto la joven.

--Ya está levantada, pero... casi no cuenta el cuento. Juraría, Nanita, que allí hay algo.

--¡Algo! a ver, Agapo, cuéntame.

Se acercó al atorrante, ansiosa, sin disimular el deseo de tener noticias de la otra casa: estaban solos, y bien podía pronunciarse el nombre maldito de los Vargas, sin temor alguno.

--Pero, ¿qué he de contarte?--exclamó Agapo,--no sé nada, cosas que yo me imagino. Verás: hoy entro, y me encuentro a misia Casilda con los ojos como tomates, ¿qué quiere decir, Cristo? En el patio me tropecé a don Pablo Aquiles; siendo él tan político siempre, no me saludó ni dijo palabra, ¿entiendes? Arriba, Quilito, encerrado, sin querer abrir la puerta; cuando oyó mi voz, me mandó con Pampa esta carta, que ahora te daré, y para eso, la echó por la ventana. Bueno, pues todo esto, pienso yo que tiene busilis, y el busilis es la Bolsa.

--¿La Bolsa?

--Como todo el mundo ha perdido en la Bolsa este mes, nada habría de extraño que Quilito diera su tropezón también... Te digo que algo ha ocurrido allí.

--¡Jesús! No se oye sino hablar de la Bolsa, en todas partes... Hoy, en casa, no sé qué he oído de esto, pero ha habido su disgusto, porque mamá ha llorado... y el otro día, cuando esos tumultos de la Bolsa, papá vino enfermo, derechito a meterse en cama.

--Si te digo que va a ser preciso un escarmiento; hasta que el pueblo no eche al ajo a este Gobierno y no prenda fuego a la Bolsa, no vamos a quedar tranquilos.

--Ya empiezas, Agapo, con tu dinamita y tus cataclismos... no me gusta oírte así.

--¿Y si no hay más remedio?

--Para todo lo hay, con la ayuda de Dios; ya se arreglarán las cosas, poco a poco. Ahora, dame esa carta.

El atorrante metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó la carta.

--Y para el tío Agapo, para el pobrecito tío, ¿no hay nada hoy?--dijo presentándola, con el aire de un niño que pide un juguete.

Susana guardó la carta, pues no quiso abrirla delante del curioso filósofo, y contestó jovialmente que sí, que había muchas cosas para el tío: un buen sobretodo largo, un par de pantalones, tres camisas, zapatos, calcetines... Era una vergüenza que fuera con esa facha a comer a casa del Presidente; la misma tía Silda, ¿qué diría?... ¿Dinero? No, señor, para que saliera a bebérselo en la primera esquina.

--Nanita, me ofendes con eso--replicó Agapo;--hace mucho tiempo que no _tomo_... desde aquella promesa que te hice. En cuanto a mi traje, no encontrarás un uniforme más apropiado para estos tiempos de crisis; ya se verán obligados a vestirlo muchos de los ricachos _a la minuta_, que se zarandean por ahí. Además, no estoy tan mal como dices.

Se miraba al espejo, adoptando posturas de academia. Y mientras él hacía cucamonas a su propia figura, Susana fué adentro y trajo un gran paquete.

--Aquí tienes el sobretodo, los pantalones, las camisas... todo en muy buen uso. Esto es de papá, esto de Jacinto.

--Se me ocurre una cosa, Nanita.

--¿Qué?

--Que mañana, quizá, tu padre y tu hermano necesiten de estas prendas, que ahora tiran... porque yo he oído que sus negocios andan así, así... te juro que no lo sentiría sino por ti, que eres un pedacito de gloria; en cuanto a ellos, bien merecido lo tendrán; ese día me visto de colorado y canto el himno nacional en la calle Florida.

--¡Qué malo eres, Agapo!--dijo Susana disgustada;--¡siempre con tanto rencor contra papá! Si la culpa es tuya, que nunca has querido trabajar y has sido toda tu vida un vicioso, un haragán. De la misma manera que papá ha colocado a tanto tipo que no conoce, ¿por qué no había de darte un empleíto?

--¿Un empleo? ¡a mí! Mira, hija, mejor es no tocar este asunto, porque me sublevo, y me alboroto y sería capaz de hacer una barbaridad o decir un desatino; todo lo que puedo decirte es que mi señor hermano es una buena pieza, un _peine_ muy fino, que no merece tener por hija esta santa Susana, que yo conozco, quiero y admiro.

Muy nervioso, empaquetaba la ropa, dispuesto a marcharse ya.

--Espera, hombre, que vas a romper el papel; trae acá, yo te prepararé el paquete.

Lo envolvió todo muy bien, aseguró el lío con un cordón, y se lo entregó.