Quilito

Chapter 10

Chapter 104,058 wordsPublic domain

Naturalmente, estos rumores de renuncia vinieron acompañados de la estupenda nueva de que Esteven se había fundido, como metal puesto al fuego. Esto sí produjo impresión, y muy honda, porque don Bernardino, era, como Schlingen, de los árboles grandes cuya caída parecía más de temer. ¡Andaba enredado en tanto negocio misterioso! de tierras, de ferrocarriles, hasta de proveedurías... Se dudaba, sin embargo, de la especie. Y los que ponían más empeño en negarla, eran los parásitos del personaje, los que vivían de sus cábalas; más de uno sintió calambres en el estómago. Vamos, que si Esteven se hundía, no había ya remisión posible para nadie: las horcas caudinas en la puerta de la Bolsa, y agachar la cerviz y sufrir el yugo. Pero no; debía estar muy bien forrado, a cubierto de golpes y magulladuras; sus vinculaciones oficiales, de que él tanto alardeaba, servíanle de escudo contra la crisis. Que en tiempos de escasez padezca hambre el pueblo, el pueblo que trabaja, santo y bueno, pues para eso es pueblo...¡que se fastidie! pero los que están arriba, con sus graneros repletos, ¡ca! los lacayos del magnate nunca han dado más satisfacción a sus apetitos, ellos también. Esteven era de los lacayos del poder más en privanza: si tenía las llaves de la despensa, ¿a qué había de apretarse la barriga? ¿cómo había de dejar en seco a sus fieles colaboradores? Aunque desde ya podía asegurarse que los que pagarían el pato, si el rumor se confirmaba, serían los justos, los de conciencia, los que de buena fe se hubieran embarcado en la nave negrera del compadre de Su Excelencia.

Inútil paréceme decir que Rocchio, el molido y sin ventura, era de éstos; deslumbrado por el sello oficial que se atribuía a todas las operaciones de Esteven, se había metido con él en un negocio que prometía el oro y el moro, y más todavía: ciegamente, las manos atadas.

--Cuando se tiene la influencia de don Bernardino--decía,--y se manda en los Bancos y en los Ministerios, como él, porque allí donde don Bernardino dice negro, negro se hace, y donde blanco, blanco... pues, con la influencia de semejante hombre por delante, no hay nada que temer.

Que el negocio se malogra, porque sí, pues también puede suceder, y queda uno en descubierto y en situación poco airosa:

--A ver, una cartita de recomendación o una simple tarjeta, es más sencillo, al director A. o B.; que le den lo que necesite, de orden superior. Y cátate el dinero en la mano, sin más garantía que la sagrada orden superior; en cuanto al Banco, que espere el reintegro, y si se cansa, que se siente. Que sale bien el negocio, y casi siempre sale bien... pues al bolsillo, una vez deducidas las ganancias. Con un piloto como don Bernardino, se puede navegar confiadamente.

Ahora bien: en medio de todas las amarguras porque estaba pasando, la bola aquella de la renuncia de Eneene le dió escalofríos; sí, señor; sería muy bueno para el país la salida de aquel hombre funesto del Gabinete, pero... (aquí Rocchio se hacía egoísta) con él se venía abajo Esteven, y el negocio magno se evaporaba. ¡Qué ocurrencias tienen estos políticos! ¿No había por ahí alguna buena alma que fuera donde ese mal aconsejado doctor y le dijera que guardara su renuncia para más tarde, porque cuando la Bolsa liquida no es conveniente tocar a rebato? Tiempo no le faltaría para retirarse a la vida privada, tan tranquilo. ¿Qué había de suceder, pues, cuando llegó a oídos del desgraciado corredor, que el propio don Bernardino Esteven acababa de dar la soberbia costalada que decían? Se revolvió como una fiera, levantando la maza de sus puños, dispuesto a triturar, cual una nuez, entre sus dedos, la maligna noticia.

--¿Quién habla aquí de la quiebra de Esteven?--exclamó comiéndose con los ojos al concurso.--Calumnias, mentiras, estratagemas infames de los alcistas. El juego es tan conocido, que da risa.

Uno preguntó:

--¿Dónde está Esteven?

La verdad era que a don Bernardino no se le había visto todavía; ¿por qué desertaba el puesto en el día de la lucha? Rocchio tragó saliva y se calló; he aquí una pregunta, que a él no se le ocurriera: ¿dónde estaba Esteven?

--Ya vendrá--dijo dándose a sí mismo confianza,--ya vendrá a confundir a sus detractores.

Pero esta afirmación suya no le bastaba; se fué en busca de don Raimundo y le pidió su opinión sobre lo que se decía, ansioso de saber la verdad y temeroso, al mismo tiempo, de saberla. Era lo único que _daba_ el portugués, al contado y sin usura: noticias.

--No crea usted ni una jota de la renuncia de Eneene--contestó;--acabo de verle en su despacho y me ha dicho que no soltará a tres tirones la cartera, ni a cuatro; que él tiene la confianza del Presidente, y con esto le basta. Son maniobras de los bajistas, pero ya ve usted que pierden su tiempo: el oro no ha hecho mayor caso y continúa su ascensión.

--Razón tenía yo en ponerlo en duda, porque conozco al ministro como a mis manos; pero, ¿qué me dice usted de la quiebra de Esteven? ¿Es creíble? ¿Es verosímil?

Don Raimundo guardó un rato la respuesta. Sin mostrar del Cristo, sino lo que él quería dejar ver, contestó:

--¿Esteven? No le diré a usted que no esté comprometido, muy comprometido: era el principal tenedor de _vitalicias_, ¡calcule usted! Pero quebrado, no, no... al menos a mí me parece.

--Pues claro--saltó el coloso dando una palmada, que sonó como un estampido,--eso digo yo; para que quiebre don Bernardino, es preciso que la _Casa Rosada_ se derrumbe; ¡un situacionista de su importancia! tendría que ver...

--Sin embargo--concluyó el prestamista,--sería bueno que se apartara usted a un lado, ¿me entiende usted? Cuando se presiente un terremoto, hay que huir de los grandes edificios, así como en los días de tormenta no debe guarecerse uno bajo los grandes árboles; son los puntos más expuestos, señor Rocchio, ¿estamos?

Al italiano se le secó la garganta otra vez; don Raimundo movía la nariz, con una expresión tan singular en su grotesca fisonomía, que no se sabía si hablaba de burlas o de veras.

--Eso quiere decir...--dijo Rocchio resoplando como un ballenato.

--Lo que usted quiera, señor Rocchio.

Y le dió el golpe de gracia, con esta preguntita intencionada:

--¿No siente usted hoy olor a pólvora?

--A chamusquina--contestó el otro,--y juraría que soy yo el que arde, como costal de paja.

Cuando volvió a la pizarra, el oro estaba a 347 y el tumulto era tan grande, que aquello parecía una sucursal del infierno. El joven pálido, encaramado sobre una silla, gritaba como un poseído:

--¡Ladrones, ladrones, ladrones!

Se le hacía coro con carcajadas, bastonazos y gritos. Del lado del pasillo, ocupado siempre por Jacinto y sus amigos, se oían, como redobles de tambor, los mueras a Schlingen. Acercóse al orador el anciano aquel respetable y quiso calmarle.

--Por Dios, ¡mi amigo! basta de palabras gruesas; ya se ha desahogado usted bastante. ¡Un poquito de tranquilidad!

--¡Ladrones!--repitió el joven arrojando su sombrero contra la pizarra.

Le acometió, de pronto, un mareo y cayó de la silla, presa de un ataque de epilepsia; revolcábase en el suelo, echando espumarajos, dando alaridos, braceando y pataleando. Rodeáronle y quisieron llevársele, pero no fué posible, y hubo que esperar a que la terrible crisis pasara; más calmado, derramó abundantes lágrimas.

--¡Mi mujer, mis hijos!--exclamó extraviado;--¿hay alguien que pueda darme ochenta mil nacionales? ¡Una limosna, por Dios!

Le sacaron de allí, en medio de la emoción de los circunstantes.

--¡Oro 348!--dijo una voz.

El alboroto seguía, entretanto. Alrededor de la pizarra, la batalla tomaba proporciones colosales; los dos bandos, alcistas y bajistas, luchaban cuerpo a cuerpo, rabiosamente, cada cual en defensa del santo bolsillo, con uñas y dientes.

Don Bernardino Esteven se presentó, cuando la batahola llegaba al punto más alto de su intensidad. Tan tranquilo, como siempre, entró con la cabeza muy levantada y sonriendo; cuatro mozalbetes le sisearon en la puerta, y hay quien asegura que uno le gritó:

--¡Fuera!

Pero él no se dió por aludido; la exasperación general era contra Schlingen y la primera víctima de éste, él, don Bernardino. Se mezcló a los grupos bulliciosos, dejando oír su palabra de hombre grave e influyente.

--Pero, señores, ¿qué locura es ésta? ¡El oro a 348! ¿Por qué? ¿Tenemos o no tenemos confianza? El comercio de Buenos Aires es fuerte, es poderoso; el país rico, lleno de recursos; el Gobierno bien intencionado; no hay razón, pues, para esta victoria de los alcistas, tan vergonzosa, tan injustificada.

A la quiebra de Schlingen, la generatriz del desastroso _krac_, no le daba importancia: un accidente de la vida bursátil, que nos ha cogido desprevenidos. Schlingen era el favorito, entre los caballos de la carrera, y había dado el fiasco más completo y ridículo; he aquí todo. Se hablaba de revolución, de estallido de iras populares, de represalias terribles... ¿por qué? ¿porque Schlingen había quebrado? ¡La revolución que se la clavaran a él en la frente! Todos le miraban; cuando se presentaba en la boca del lobo, y hablaba con tanto desparpajo, era que los rumores propalados carecían de fundamento: Esteven aparecía de nuevo rodeado de la aureola de que se le había querido despojar, depositario siempre de los rayos de Júpiter. Los amilanados de una hora antes, recobraron fuerzas y le hicieron una ovación, digna de estómagos agradecidos. Don Bernardino sonreía.

--No tengan ustedes cuidado, señores, ya bajará el oro, porque el nuevo empréstito se hará, y muy pronto, más pronto de lo que todos imaginan.

Decía esto, y se separaba de un grupo para ir a otro, seguido de su corte de admiradores; y si alguien le hubiera observado, habría visto que el personaje evitaba cuidadoso un encuentro, que debía serle particularmente desagradable: el del levitón del señor Portas, que hasta hace poco ejercía sobre él la atracción del imán. ¡Misteriosa singularidad, cuya clave poseía quizá míster Robert!

La noticia de que era portador cayó en el vacío; la escopeta de don Bernardino marró el tiro lastimosamente. ¡A buen puerto iba con sus historias de empréstitos, sabidas de memoria y olvidadas de puro sabidas! Que se hacía el empréstito; perfectamente, ¿y qué? ¿quién beneficiaba de él? ¿el país? ¿el comercio? ¡Quite usted allá, señor don Bernardino! Muchos se encogían de hombros. Y el oro, desconfiado como ninguno, asentado con firmeza sobre el 348, no se movía, imperturbable; apostrofábanle los bajistas, le hostigaban los alcistas, y él, quieto, cansado, sin duda, de su ascensión violenta, esperando nuevas fuerzas para seguir su vuelo de águila. Esteven, entretanto, se irritaba. El creía que la salvación de todos estaba en el empréstito; es una deuda que se contrae para pagar otras deudas, es pedir al vecino de enfrente, lo que se debe al vecino del lado; pero lo principal, lo esencialísimo es tener dinero, venga de donde viniere. Se alborotaba con esto. Le parecía verse ya, en compañía del ilustre Eneene, hundiendo las pecadores manos en las arcas recién llegadas, acariciar las flamantes monedas y atiborrarse de ellas los bolsillos, glotonamente. Su cara reflejaba la concupiscencia en que ardía; sus ojos se cerraban, para mantener por más tiempo la deslumbradora visión: un río de oro deslizándose con suave murmullo, y él, en la orilla, llenando sus cántaros, tan numerosos que no podían contarse.

Rocchio le vió venir y se le echó encima.

--¡Lucidos estamos, señor Esteven!--dijo sacudiendo su cabeza de león.--¿Qué le parece a usted?

Llevóle hasta la pizarra y le señaló la prodigiosa cifra, 348, como se muestra un cometa en el cielo.

--¿No lo ve usted bien?--repuso el italiano,--pues empínese sobre la punta de los pies, porque está muy alta, o eche usted mano de un telescopio; un simple anteojo no basta.

Los dos, pasmados, se callaron. De los ojos de don Bernardino huyó la dorada visión, y sintió los escalofríos de la realidad. Rocchio, que le tenía bajo su mano, no pensó en soltarle; deseaba averiguar muchas cosas, descifrar la charada de don Raimundo. Lo primero que hizo fué preguntarle por el negocio magno concertado entre ambos. Y entonces Esteven habló muy bajo, con misterio, como si tratara de un crimen y temiera verse descubierto.

--Mal, mi amigo; ¡buenos están los tiempos! Todo lo que he conseguido, es que la propuesta sea incluída en las sesiones de prórroga.

--Pero entonces el diputado aquel...

--Se ha dado vuelta en el último momento.

--Haber doblado la propina, haberla triplicado--exclamó Rocchio con impaciencia.

--Inútil habría sido; usted cree que todo es soplar y hacer botellas. No hay que apresurarse. ¿Quiere usted que, por precipitarnos, venga un diario de la oposición, nos descubra el gazapo y salgamos todos a danzar? No hay necesidad de exponerse tan a lo tonto; mi amigo el doctor Eneene está de por medio, ya lo sabe usted, y él ha de hacer fuerza de vela para sacar el negocio adelante.

--Lo que hay es que yo contaba con mi parte de la garantía, para hacer frente a mis compromisos de fin de mes...

--¿Qué hacerle, amigo Rocchio? Aguantar la mecha, como todos.

Esto de aguantar la mecha, no le sabía a mieles, sin duda, al alicaído corredor; pensaba que si don Bernardino había venido a la Bolsa, era porque ni estaba quebrado, ni temía hacer frente a los díceres malévolos del vulgo, y si esto era así, como parecía, felizmente, no sería él tan simple de no largarle lo que tenía en la punta de la lengua. Y así lo hizo, sin ceremonia. Cuando don Bernardino escuchó aquello de Jacintito y de los cincuenta mil nacionales entrampados, se enfadó, muy lastimado de que fueran a cobrarle cuentas de su hijo, joven mayor de edad, socio de una respetable casa de comercio, que marchaba sin andadores, porque no le hacían falta.

--Que se le quite a usted eso de la cabeza, señor Rocchio; los negocios de mi hijo no son de mi incumbencia; Jacinto no necesita de la bolsa de su padre para sostener su crédito. El le pagará a usted... cuando le sea posible. Con estos terremotos, ¿quién no tambalea?

Decididamente, Rocchio no estaba de vena; al escuchar a don Bernardino, intenciones tuvo de hacer con él lo que con aquel político de marras, a quien sirvió tan singular desayuno en la misma mañana.

--Si le pego--pensó,--nuestro gran negocio se quedará en nada y yo saldré perdiendo. ¡Paciencia!

Los dedos le bailaban, sin embargo, tal era su coraje; con tanta embestida como había sufrido, su escuálido bolsillo debía estar hecho jirones.

--¡Ah, camastrón! ¿esas tenemos? ¡pues en guardia! No he de perderte de vista; el amigo Portas, que es un lince, sabe lo que se dice. No hay que fiarse de estos fantasmones. Sigamos el consejo: apartémonos, pero, ¡alerta!

Tan decidido que estaba, hacía poco, a defenderle, y ahora de buena gana le hubiera mordido. _¡Sacramento!_ Una oleada les separó y Esteven desapareció en el torbellino, siempre sonriendo, como hombre satisfecho de sí mismo y de los demás. O era un gran farsante o, efectivamente, la quiebra de Schlingen no le había tocado sino de refilón.

Rocchio miró a la pizarra y el bailoteo de sus dedos aumentó: ahí estaban las _vitalicias_ sin dar señales de vida, a pesar de su nombre; tan rudo era el golpe sufrido, pues habían caído de una altura de treinta puntos. El oro, aguijoneado por los alcistas, subió medio punto más, a 348 1/2, forzosamente, a disgusto, demostrando intenciones de bajar al 47, mareado quizá de verse tan alto. Todos, al pie de la pizarra, miraban como Rocchio, angustiados, con el terror pintado en las caras pálidas, más que pálidas, lívidas.

Y de pronto, como cuerpo muerto que un obstáculo fortuito ha detenido en su caída y rueda al abismo así que la valla cede y se rompe, las _vitalicias_ se vinieron abajo estrepitosamente, dando rebotes sobre los puntos; y el oro alzó el vuelo y se plantó en el 350, sacudiendo sus alas orgullosas. Un clamor terrible se oyó, prolongado, ensordecedor.

Rocchio, inmóvil, sentía que aquel número siniestro, 350, le apretaba la garganta, le ahogaba; toda la cólera de que en el día había hecho provisión, y que hacía hervir su sangre, iba a descargarla sobre aquella cifra, nuncio fatal de su ruina. A su lado, míster Robert, inmóvil como él, contemplaba la pizarra con ira mal reprimida... Un corredor, ciego de furor, dió un palo sobre el encerado, y como si esto hubiera sido la chispa del incendio, míster Robert se abalanzó a la pizarra, de un salto prodigioso, y quiso arrancarla; quiso y no pudo, y entonces, con enérgico ademán, borró las cifras malditas. Y se volvió, los brazos cruzados, satisfecho y tranquilo, cual si acabara de pisotear bajo su planta al demonio del agio.

Echáronse sobre él, le increparon, le insultaron, acorralado contra la pizarra, muda ahora; y Rocchio, como fiera a quien abren la jaula, acudió a apoyarle... La lucha estalló entonces: los sombreros rodaban por el suelo, los bastonazos llovían; todos gritaban, enzarzados unos con otros, en torno de míster Robert, impasible. Y Rocchio, desgarrada la pechera, babeando de rabia, repetía:

--¡Ah, _brigantes!_ ¡ah, estafadores! _¡Sacramento! ¡Sacramento!_

Del torbellino fué arrancado el vengador, que sonreía con desprecio, por un grupo de amigos; a tiempo que salía, del pasillo, a paso de carga, el escuadrón de Quilito y se lanzaba a la pelea, al grito de ¡muera Schingen! Don Raimundo pasaba, buscando asustado la salida. Aquella legión de diablos le rodeó, dando alaridos; un bastonazo le derribó la chistera tornasol, y empujón va, empujón viene, le dieron el gran manteo, entre risas y burlas. Como pelota, iba de un lado al otro, sudando, gesticulando, descompuesto. Quilito le arrancó uno de los faldones y lo izó en la punta de su bastón.

--¡Basta, dejémosle!--gritó Jacinto.

Y le largaron, huyendo el portugués despavorido, rabo entre piernas.

Esteven, entretanto, al que un grupo de fieles protegía, invocaba a todos para restablecer el orden. ¿Qué pasaba allí? ¿por qué barullo tan grande? Se adelantó, cuando un furioso se le vino encima con el puño cerrado y le escupió a la cara este insulto:

--¡Canalla!

Dos o tres voces gritaron al mismo tiempo:

--¡Abajo Eneene!

Las invectivas caían sobre él, como lluvia de piedras; una mano, más audaz que las otras, se prendió de la solapa de su abrigo. Y abandonado de su estado mayor, que se desbandó, escapó también, como don Raimundo, en completa derrota.

Las iras comprimidas por tan largo tiempo, se habían desbordado; se gritaba, se forcejeaba, se luchaba. ¡Y qué! ¿el oro tenía que burlarse siempre del comercio honrado, del que no juega, del que no busca en la especulación sino en el trabajo el bienestar y el sustento? La mano de míster Robert, al arrojarle de un revés, de su insolente altura, había hecho justicia.

La sarracina continuaba; muchos timoratos escapaban a la calle Piedad, espantados; otros se guarecían detrás de las puertas, de las columnas, de las mesas. Y en medio de la confusión, de las voces, de las carreras, de los golpes, la enseña de la autoridad se mostró...

Rocchio, indomable, protestaba, siempre al pie de la pizarra y los compañeros de Jacinto. Quilito llevaba, a guisa de bandera, el faldón de don Raimundo, y gritaba:

--¡Muera Schlingen!

VI

Susana Esteven repasaba al piano una sonata de Beethoven. Antes de salir a compras, en compañía de Angelita, su madre le había dicho:

--¡Me atacas la cabeza, Susana, con esa sonata! Parece que tocas a ánimas o que llamas a misa. Esta música alemana no puedo sufrirla. ¿Por qué no estudias un valsecito francés, alegre, o un aire de opereta? Mira, ¡Madame Angot! eso es música.

Susana era muy bonita y muy simpática; un terroncito de azúcar, una paloma, un dije: todas las hipérboles de la comparación, no alcanzarían nunca a dar una idea exacta de lo que era esta niña hechicera, sin hiel y sin malicia. Tenía más de los Vargas que de los Esteven, aunque nada de su madre, Gregoria, la excepción de la familia; aquella dulzura de carácter le venía de su tía Casilda, y era más blanda que ella todavía, más sumisa, más dócil, quizá porque las contrariedades de la vida no habían llegado a agriarla, y del tío Pablo Aquiles esa debilidad que parece ser patrimonio de la bondad, generalmente, y por eso dicen que los buenos son los tontos. No lo era Susana, sin embargo, aunque buena y débil; en la casa era ella el ama de llaves, la que lidiaba con sirvientes, la que organizaba y dirigía todo. Venía Jacinto:

--Nanita, vas a pegarme este botón, ¿verdad? y luego me das una puntada en este ojal y otra en el forro del chaqué. Eso es; así me gusta.

--Nanita--decía Angela, la menor, una niña que entre otros defectos que ya irán saliendo, tenía el horrible e imperdonable de comerse las uñas,--Nanita, vas a desenredarme el pelo y hacerme la trenza. Así; perfectamente.

Misia Gregoria llegaba:

--Anda, hija mía, ve cómo esa condenada de cocinera prepara el escabeche; tú entiendes de guisos.

Y raro era el día en que el padre no la dijera:

--Hijita, vas a ponerme en limpio ese manuscrito que está sobre la mesa del escritorio; tu letra es más clara que la de Jacinto, y no echas borrones, ni haces raspaduras.

A todos atendía Susana, y todo lo ejecutaba a maravilla. Y en el salón, en el escritorio, en el tocador y en la cocina, siempre era la misma, dispuesta y viva, amable y afectuosa. Se levantaba la primera, y ya lavada y peinada, iba a ver preparar el desayuno de la familia; que el chocolate de don Bernardino, y el mate de la madre, y el te con leche de los hermanos, estuvieran en el punto en que el capricho de cada cual lo exigía; daba prisa a los criados, y les amonestaba, suavemente.

--Bernardo, ¿quiere usted hacerme el favor de darme el jarro de la leche? Muchas gracias. ¿Ha llevado ya al niño los diarios? ya sabe usted que él gusta de leerlos en la cama. Manuela, ¡ha dejado usted _cortar_ el chocolate! un poquito de más cuidado, se lo ruego a usted.

Si no había criado, ella lo hacía, y arreglaba los cuartos y tendía la mesa; una vez, se despidió a la cocinera, y como el servicio anda así, como Dios quiere, Susana tuvo que ir a la cocina y preparó un almuerzo que daba gloria.

--¡Esta Susanita--decía el padre,--es tan buena! si ella faltara, no sé qué sería de la casa.

Misia Gregoria la daba a arreglar los vestidos que la modista no había conseguido sacar a su gusto. Y todavía tenía tiempo para repasar sus lecciones de idiomas, y acompañar a su hermana al paseo, o a tiendas, o a visitas, y también a su madre. Ella se complacía en ser útil, en servir; no tenía más ambición que agradar a todos. Por lo cual, todos la adoraban. Esteven la llamaba su _Nanita_ querida; la madre hablaba de mandar construir un nicho muy dorado con dosel y todo, para meterla dentro, como santita que era; Jacinto la traía regalos siempre que podía, y en cuanto a Angela, caso extraño, su antítesis, el polo opuesto de Susana, la respetaba y miraba como algo superior y sobrenatural.

Desde muy niña fué así Susana, de una pasta que ni amasada por manos de ángeles. En los rincones pasaba las horas muertas jugando a las muñecas, sin chistar; ella misma confeccionaba las prendas liliputienses con que vestía a su pequeña familia, tan hábilmente, que todos se maravillaban de la práctica de aquellas manecitas en manejar la aguja y las tijeras; misia Gregoria guardaba todavía, como oro en paño, las camisitas y vestidos hechos por su adorado prodigio a los cuatro años. Cuando se aburría de las muñecas, tomaba su libro de cuentos, y llegaba el caso de referir lo que leía sin olvidar un detalle, condimentando su relación con observaciones propias, siempre atinadas. Don Bernardino, asustado de esta precocidad, hablaba con terror de la meningitis.

--Preferiría--decía a su mujer,--que fuera menos despierta, porque estas inteligencias desarrolladas así de golpe o no dan ya nada de sí y se estacionan o hacen estallar el frágil vaso del cerebro.