Part 2
El pueblo peruano encierra en los cuatro millones de almas que lo forman, tres millones de raza india. Por esta razón tal vez es tan frecuente en las clases bajas el tipo pequeño, endeble, casi negro, que hace pensar en tipos sud-africanos. En los gendarmes de Lima se observan generalmente estas características y no hay mucho que admirar en ellos, por supuesto, en cuanto a apostura marcial.
Esta circunstancia racial debe ser también uno de los antecedentes que han obrado para producir el atraso político, la falta de preparación cívica en que aún se encuentra la nación peruana. El Perú no ha salido todavía del período de las asonadas militares y de los gobernantes que suben y bajan en virtud de afortunados golpes de mano y de motines de cuartel, período por que pasaron en diferentes décadas del último siglo todos los pueblos hispano-americanos y que un buen número de ellos ha dejado atrás afortunadamente para siempre. Al parecer no hay en este país partidos sólidamente organizados ni opinión pública con fuerza bastante para servir de freno a los desmanes de los caudillos y del militarismo. El pueblo, en el más perfecto sentido de la palabra, entendido como concepto comprensivo de todas las clases sociales, teniendo la conciencia de formar una comparsa que no puede influir en la suerte de la República, permanece impasible ante las intrigas de palacio que derriban y elevan mandatarios[1].
¡Qué personas tan finas, amables y de vivaz inteligencia son los peruanos de las clases cultas! En este viaje no he tratado uno solo que no me haya dejado tal impresión.
Aun para discurrir sobre las más espinosas y peliagudas cuestiones internacionales, sobre aquellas que aprietan entre sus mallas el amor propio nacional, he encontrado en ellos espíritus claros y serenos. Charlando a bordo sobre tópicos de esta clase, me decía un diputado:
--El desenlace de la Guerra del Pacífico fué desgraciadamente una cosa natural y lógica. Nosotros teníamos que ser vencidos por un motivo racial. Como usted sabe, las tres cuartas partes de nuestra población están formadas de indios y con la indiada no se pueden hacer buenos soldados. ¿Cómo íbamos a combatir con éxito con el pueblo de ustedes, compuestos de fuertes mestizos o de tipos de raza blanca?
Hablábamos en otra ocasión con otro distinguido peruano a propósito de la, por parte de sus compatriotas, soñada intervención de los Estados Unidos para solucionar la cuestión de Tacna y Arica. Y me decía:
--Es un recurso empleado por algunos politicastros para agitar la opinión pública y mantenerla favorable a ellos, atizar la esperanza de que en el arreglo de nuestros conflictos vamos a contar con el apoyo de los norte-americanos. Esta es una pobre ilusión. Tal cosa no ocurrirá. Nosotros debemos levantarnos en virtud de nuestras propias fuerzas, y resolver directamente nuestros problemas, con cordura y equidad, sin la intervención de nadie de fuera de la América Española.
Escuché con hondo regocijo estas palabras que me producían una sensación de alivio y venían a confirmar y a dar más nitidez a muchos juicios y sentimientos que yo ya sustentaba de antemano. Han estado en lo cierto la inmensa mayoría de los chilenos que han considerado insensato el odio a los peruanos. No revelaría hidalguía odiar a una nación hermana que es militarmente más débil que nosotros. Es claro que no es posible remontar el curso de la historia; y que Chile y el Perú no pueden encontrarse de nuevo en la situación en que se hallaban antes de 1879 o de 1873; pero, dentro de la aceptación de los hechos consumados y del respeto a los derechos adquiridos, hay que buscar una pronta solución al conflicto existente, solución que signifique el principio de una nueva era en la historia de la América Española. La grandeza futura de las naciones de este Continente descansa en la unión de la América Latina. De otra suerte, serán fácil presa de los extranjeros, primeramente en el orden económico, y quién sabe después en cuántos sentidos más, lo que puede no permitirles llegar a desarrollar una personalidad vigorosa y acentuada en el concierto de los pueblos civilizados.
* * * * *
Para muchos, el viaje se prosigue dentro de la monotonía de una vida siempre igual. Todos los días los mismos paseos, los mismos juegos, las mismas comidas, el mismo matar somnoliento de las horas en las cómodas sillas de cubierta, el mismo esperar lánguido de la próxima distribución.
Sin embargo, la monotonía es en muchos aspectos sólo aparente. Las bellezas naturales, el mar y el cielo que en su grandeza nos arrastran hacia las misteriosas vaguedades de lo infinito, sobrepasan el concepto de lo monótono. El mar es un objeto que invita a la contemplación serena y plácida, al arrobamiento, no al hastío, ya se presente con la tranquila magnificencia de un lago sin límites, ya se agite en olas irritadas por la acción levantisca del viento, ya tomen sus aguas tintes verdosos de algas, o azules obscuros, tenebrosos, que hacen pensar en algún líquido abetunado, pegajoso.
Navegamos casi siempre en un mar tranquilo, muy digno de su nombre de Pacífico. Sólo entre Antofagasta y Mollendo un viento sur fuerte nos azotó algo de costado, encrespó el mar de manera formidable e hizo bailar al vapor como un barquichuelo insignificante. Aquí fué el protestar de la gente mareada. Muchas señoras creían morirse y no pocos señores también, y clamaban en contra de lo pequeño, de lo inseguro y de lo inestable del buque. Este resultaba el fracaso más completo de la arquitectura naval. Pero el mal tiempo fué cuestión de dos o tres días y pasó.
La naturaleza volvió a recobrar su hermosa placidez. En Paita se nos presentó con todas las galas de una belleza tropical, brillante, nítida, transparente. Era una noche placentera, tibia, amorosa. La bóveda azulada parecía una tersa piedra preciosa en que estuvieran engastadas, centelleantes, la luna y las estrellas. Se sentía un aire grato que envolvía en laxitud. Las aguas se mecían balanceando en sus ondas los rayos de la luna: correspondían con la suavidad del movimiento a la caricia de la luz. El alma se sentía inclinada a caer en adoración y a divinizar el mar, las estrellas, la luna, como deidades palpitantes de amor, sonrientes y benévolas.
Paita es famosa por tres capítulos: por la luna, los sombreros de jipijapa y la chancaca. En esta ocasión sólo de esta última no pudimos dar fe. Ya hemos visto cuán justificada es la fama de la luna, tomada como representativa de un cielo tropical esplendoroso. Por lo que respecta a los sombreros, una nube de vendedores subió al vapor a ofrecerlos. Eran individuos de tipo indio muy acentuado, aunque no enteramente puro y con caracteres de mestizos. Traen los sombreros en bolsas de tela y algunos son tan finos que se pueden doblar como el más delicado tejido de seda o de hilo. Pero se permiten pedir por éstos de ocho a diez libras esterlinas. Con el regateo bajan a cinco, a cuatro, y cuando el vapor va ya a levar anclas es fácil obtener alguno bastante bueno por dos libras.
* * * * *
Así como el panorama de la naturaleza no resulta monótono para el que sabe mirarlo con amor e interés, de igual manera el panorama, por decirlo así, que van presentando las personas de los viajeros ofrece siempre algo de nuevo si se le observa con atención. Nunca alcanza a conocer uno a todos sus compañeros de viaje ni siquiera de vista en los primeros días. A lo mejor, extrañado de una facha que no ha visto antes, se pregunta: ¿Y este señor de dónde salió? Otros van subiendo y bajando en los puertos en que se hace escala. Hay contactos de almas que duran el fugaz minuto de una cortesía, y luego se apartan en diversas trayectorias, tal vez para siempre. Los hay también un poco más largos, lo suficiente para que se alcancen a tejer las etéreas fibras de una mutua simpatía; pero también viene luego el apartamiento, a menudo para siempre. En general el trato con los demás resulta, con raras excepciones, provechoso. Acercándose a las personas y penetrándose de lo que son, se desvanecen prejuicios, esquiveces, y se las juzga con más ecuanimidad y justicia.
¡Cuántas veces bajo un cielo azul bruñido, que es una lluvia de dicha para los que saben recibirla, y sobre un mar que se mece con suaves ondas de ensueño, soplan a bordo en los corazones vientos de tormentas pasionales horrorosas, vientos de tragedia!
A este respecto, me interesó hondamente la situación espiritual desgarradora de un joven médico en quien no había reparado en los primeros días, el doctor N. Era un hombre de aspecto sereno, pero, observándolo con cuidado, se veía que un hondo desgano, una displicencia que le venía de las entrañas, le encogían el ánimo y que él luchaba para mantener por lo menos en apariencia el equilibrio de su alma. Le faltaba la alegre espontaneidad característica de las personas que gozan de plena salud corporal y espiritual.
Notando el interés que me inspiraba, empezó a ser franco conmigo, y una tarde me abrió su pecho en una dolorosa confesión:
--Estoy desesperado, amigo mío, me dijo. La idea del suicidio me obsesiona, me ahoga el corazón, me tiene seco el cerebro, me impide pensar en cualquier cosa e interesarme por nada. Cuando me paseo solo, sobre todo en las tardes y en las noches, las aguas ya obscuras del mar y la estela que va dejando el vapor, me atraen. Siento que lo mejor, lo mejor que podría hacer, sería arrojarme a ellas y acabar de una vez. No llevo cuenta de las veces que he deseado tener un revólver y de las en que me lo he puesto imaginariamente en las sienes. Mi fantasía se ocupa en combinar las mejores maneras de terminar instantáneamente con mi vida. Pienso en lo eficaz que sería sentarme en la barandilla de popa, pegarme un tiro y caer al mismo tiempo al mar. Pero sería un escándalo, y esto no se aviene con mis sentimientos. Busco un suicidio que pudiera pasar por un accidente natural. La idea del escándalo me aterra. ¡Oh, qué golpe significaría esto para mi pobre madre, mis hermanitos, algunos de mis amigos!
--Veo que usted ha empezado por hacer lo que debe hacer toda persona que se encuentre en el malhadado caso de usted: luchar con la obsesión y dejar siempre para el día siguiente la ejecución del nefando proyecto. ¿Pero su situación tendrá algunos antecedentes?
--¡Ah! sí, muy fáciles de exponer, pero no de remediar, como es fácil que se diga porque alguien tiene tuberculosis en último grado y que, con diagnóstico y todo, no haya salvación para el enfermo.
--Creamos que su mal no sea de último grado.
--En mí han obrado la acción disolvente y morbosa de un mal estado espiritual general, y el dominio de una pasión que entró en mi corazón con alborozos y resplandores de celestial aurora; y luego me ha deshecho lo que me quedaba de voluntad y carácter; ha deshecho mi vida. Sin duda lo primero que me ocurrió fué que insensible, paulatinamente, fueron secándose en mí las fuentes vivas de un idealismo sólido y desinteresado. El mundo sensual y frívolo, la falta de una religiosidad honda, el espectáculo de una moral hipócrita y de un patriotismo y civismo declamatorios, dieron los primeros golpes a la contextura de mi alma. Luego la ciencia pura, imposible de acompañar por sí sola con alguna concepción ética salvadora, y cierta literatura hicieron tambalear más aún las amarras ideales a que yo me aferraba. Pocas obras más funestas para el mantenimiento de la voluntad y de la fuerza moral que las de Eça de Queiroz, de Anatole France y otros franceses por el estilo, y las de algunos españoles. No niego las grandes cualidades artísticas y literarias que casi siempre las adornan. Pero el escepticismo que campea en ellas, la ironía y el sarcasmo que gastan en sus pinturas de la vida humana, la insistencia con que presentan a sus héroes dominados por las pasiones sensuales, dejan en el alma una impresión de vacío, un estado abúlico, un desprecio de los hombres y un menosprecio de la vida que abisman. La conciencia herida de esta suerte mira con sonrisa de duda cualquier gesto noble, cualquier esfuerzo levantado, cualquier sacrificio, se pregunta ante ellos: «¿Para qué sirve eso?», «_A quoi bon?_» y el veneno del desánimo y de la apatía que la ha emponzoñado, sugiere la respuesta de: «Para nada, al fin todo será igual».
--¡Cuánta razón tiene usted! ¡Qué descripción y qué diagnóstico tan bien hechos! Pero lo que importa es salir de ese estado.
--¿Dónde encontrar una filosofía sólida de la vida, una filosofía que nos conforte y nos haga avanzar con esperanzas por los senderos del tiempo? ¡Ah, las religiones! Felices los que creen. Mientras nuestros cuerpos marchan en la tierra con planta segura, nuestros espíritus andan a tontas y a locas. La tierra, sólida para los pies, es frágil para el alma, y ésta se debate desolada entre la insuficiencia de nuestro planeta y los misterios del cielo. Me imagino a los hombres y a sus obras como insignificantes monigotillos que se agitan y tejen débiles telarañas en tinieblas y entre dos abismos.
--Todo esto puede ser muy cierto desde un punto de vista cósmico y eterno, haciendo tabla rasa de toda palpitación de un corazón humano. Pero el valor de la vida no depende de su comparación con las dimensiones del cosmos y de la eternidad, sino de nuestros sentimientos. Se puede defenderla indudablemente con argumentaciones y razonamientos sólidos; pero cualquiera alegación, por bien fundada que sea, no es lo esencial de ella. El valor íntimo de la existencia resulta simplemente y siempre de la afirmación categórica del ser que vive, como se ve en la graciosa ingenuidad de un niño que hace de todo motivo de juego, en las abnegaciones inagotables de una madre, en la virtud de una joven que trabaja alegremente día a día sin preguntarse jamás para qué sirve la vida.
--Es cuestión de sentimiento, quizás de amor.
--Sí, sí; pero distingamos, no se trata del amor sexual.
--Sin embargo, ¡cuántas veces es el amor de una mujer lo que presta su encanto supremo a la vida!
--En ciertas edades, por supuesto.
--Y si él no es correspondido o no es posible, caemos en un limbo de tedio y desesperación. Es lo que me ha ocurrido a mí. Hace algunos años conocí una mujer, una señora, cuya hermosura, gracia, talento y trato, me atrajeron. Empezó por ser un pasatiempo delicioso. Luego estar con ella, verla, oirla, eran las mejores horas de mis días. A ella le gustaba también mi compañía. Con el tiempo mi simpatía se convirtió en una pasión arrebatadora que me elevó en un sueño de amor y vino a dar nueva luz a mi existencia. ¿Y cómo no amarla? Había tan grande armonía en su persona: la viveza de sus palabras, la frescura de su talento y de su ingenio, lo sano y delicado de sus sentimientos, su capacidad de amar: todo formaba un conjunto feliz que, cuando hablaba, su voz me deleitaba el alma como las notas de una cajita de música espiritual. Así solía decirle: «cajita de música». A menudo la llamaba también «vidita» y cuando hacía esto, se me iba el alma por los labios. Perdone que entre en estos detalles, tal vez pueriles, pero ¡qué quiere! me complazco tanto en recordarlos. No ir a verla, a veces me causaba un dolor como si me desgarraran las entrañas. Yo estaba loco de pasión, pero ella tenía un concepto demasiado claro de sus deberes para que nuestro cariño pudiera conducir a algo ilícito. Jamás pasé más allá de besarle la mano. Tomando del sentimental libro «La Sombra Inquieta», pensamientos de Fogazzaro, nos decíamos que seríamos «esposos sin bodas, que nos querríamos como se quieren los astros y los planetas, no con el cuerpo, sino con la luz, como las palmeras, no con las raíces, sino con las ramas más altas de sus copas».
Yo tenía que ir a Europa a estudiar los últimos adelantos de la cirugía y debimos separarnos. Lo hicimos en una despedida dolorosa que ha significado tal vez un adiós para siempre.
He quedado, como le decía al empezar esta confesión, herido de muerte, con una congoja que me atenacea sin cesar el corazón, me aprieta la garganta y hace que mi vida sea como un prolongado sollozo interior. ¡Qué de lágrimas he vertido hacia adentro que me ahogan el pecho! Y ve usted la ironía del destino: en tal estado voy a buscar la mejor manera de curar las heridas corporales de los hombres.
--Y así paulatinamente curará también la de su alma. Si no un cirujano, el tiempo es sin duda por lo menos un gran médico. Pero hay que ayudarlo con la voluntad y la reflexión, y con la suspensión de todo acto que pueda significar una sugestión de mera impulsividad.
En este momento, pasaron corriendo por delante de nosotros un joven sud-africano y una niñita americana, muy dije, encantadora, de ocho a diez años de edad, a quien él llamaba en broma _sweetheart_[2]. Él era un tipo sanote; gordo, macizo como un toro, rebosaba salud y alegría. De maneras un tanto bruscas, con todos charlaba, a todos embromaba: no conocía las penas. Pasaron ambos con gran algazara, ella casi llevada en el aire por él y con su preciosa cabellerita rubia suelta al viento, a sentarse en el extremo de proa, a gozar de la tarde que estaba espléndida.
El médico había extendido los brazos y hecho amago de coger a la niñita al pasar.
--Criaturas como éstas se me hace que fueran hijas de la mujer amada y me las comiera a cariños. Con qué fruición sumerjo mis manos en las onditas de su pelo rubio, cuando la tengo a mi alcance. Sin duda que de las cabelleras de los niños se desprenden flúidos que confortan y hace bien bañar las manos en ellas.
La travesía del trópico no había tenido esta vez los inconvenientes del gran calor que durante ocho días suele agobiar a los pasajeros en estas latitudes. Navegábamos ya en el golfo de Panamá. Invité al médico a que fuéramos también a proa, pensando que, al alivio que pudiera haberle traído su confesión, se agregara el del espectáculo de una naturaleza espléndidamente majestuosa y serena. La tarde se presentaba en verdad con una serenidad imponente, el cielo ligeramente gris y las aguas tranquilas, obscuras, con cierta pesadez de alquitrán. El vapor avanzaba lentamente. Sentado a proa, a la puesta del sol, creí encontrarme en un sitio ideal para gozar de la paz suprema que puede acordarse a un ser humano. La brisa templada no hacía más que acariciar el rostro. Las nubes en el poniente formaban castillos de hadas iluminados fantásticamente.
--¿No siente usted, pregunté a mi compañero, que esta hora derrama un bálsamo sobre el espíritu y lo substrae a sus inquietudes?
Me dió una mirada en que había un destello de luz, que envolvía casi aquiescencia a mi afirmación y se sonrió débilmente sin decir palabra.
* * * * *
El día siguiente llegamos a Panamá; pero no fondeamos ni en este lugar ni en Balboa, que es el puerto de la Zona del Canal por el lado del Pacífico.
Era una mañana radiante. Bajo un cielo claro y envuelta en una atmósfera cristalina, deleitosa, se ofrecía la tierra a uno y otro lado. El mar hacía resaltar en el azul de las ondas el verde vivísimo de los numerosos y pintorescos islotes e islas de que se halla sembrado y la costa regalaba la vista con su vegetación paradisíaca.
La entrada del Canal se halla cerrada por cordones de minas que se abren para dar paso a las embarcaciones que tienen la autorización respectiva.
Sin exageración, cabe decir que el Canal de Panamá es una de las obras más maravillosas de todos los tiempos y que significa una gloria para la ciencia y el arte contemporáneos, y para el gran pueblo norte-americano, que con su capacidad técnica y su colosal potencia económica, ha podido llevarla a cabo.
El vapor avanza primeramente por un corto canal natural, para entrar a la primera de las exclusas, la de Miraflores. La obra en todo su trayecto presenta sólo en las exclusas el aspecto de grandes canales artificiales. En las demás partes, por colosales que hayan sido los trabajos realizados, como no hay grandes murallas de piedra ni de concreto, se conservan las apariencias de cauces naturales.
El Canal, como tal vez se sabe, no es una corriente de aguas de un mismo nivel, de uno a otro océano. Las aguas en la parte central, en una extensión que viene a ser más de la mitad de la longitud total del canal, se encuentran a un nivel superior en más de ochenta pies al del Océano Pacífico, y un poco más todavía al del mar antillano. Las exclusas tienen precisamente por objeto levantar los buques al nivel más alto de las aguas del medio.
Las exclusas son grandes canales de concreto de ciento diez pies de ancho más o menos, con gigantescas compuertas de fierro que se abren y cierran herméticamente por medio de la electricidad. Al buque que se acerca lo detiene, antes de que se abra la compuerta, una gran cadena de hierro que tiene por objeto resguardar la entrada por si la embarcación pudiera no venir bien manejada. Paradas las máquinas del buque, se le ata con gruesos cables de hierro a cuatro pesadas locomotoras, dos en cada orilla, que deben remolcarlo lentamente; y una vez en el interior y detenido de nuevo, se cierra la compuerta que ha quedado atrás, y, por medio de magníficos mecanismos interiores, se hace subir rápidamente el agua al nivel requerido. Otra vez se ponen en movimiento las locomotoras de las orillas y remolcan el vapor fuera de la exclusa.
No falta en las exclusas la sencilla elegancia, compatible con la severidad propia de la obra. En las orillas alternan armónicamente los colores blancos del concreto con el verde de los prados artísticamente dibujados a lo largo de la construcción, y toda ella va acompañada a ambos lados por altas columnas, también de concreto, que sostienen dobles focos de luz eléctrica, lo que presta al conjunto cierto aspecto de esplanada de paseo.
Después de un corto trayecto fuera de las exclusas de Miraflores, se entra a las de Pedro Miguel, donde se repite más o menos la misma operación que ya he descrito.
El Corte de la Culebra, que viene en seguida, es un largo canal cuyos bordes los forman los terrenos mismos, sin revestimientos especiales. A uno y otro lado no se extienden bosques tropicales, sino que la vista se dilata en verdes colinas cubiertas en gran parte de palmeras y de otros árboles y arbustos de no muy crecida talla.
Soportando el calor en gracia de lo mucho que había que ver, los pasajeros permanecían afuera afirmados en las barandillas, contemplando ya el paisaje, ya las grandiosas construcciones. De máquinas fotográficas no hablemos. Estábamos en tiempo de guerra y por orden superior habían sido todas quitadas a sus dueños y guardadas durante la travesía a fin de que no se tomaran vistas del Canal.
A popa se había formado un pequeño grupo íntimo en que se encontraba el doctor N. Alguien le dijo a éste:
--¿No le levanta el espíritu, doctor, la contemplación de estas obras del esfuerzo, de la ciencia y del ingenio humanos, la contemplación de esta maravilla de nuestra época?
--¡Oh, sí, cómo nó!, contestó maquinalmente el aludido.
--Hombre, usted está terrible, nada le entusiasma, repuso el interlocutor, que era un joven de aspecto muy sano y vivaz. Le recomiendo que en cuanto llegue a Nueva York no deje de ir a los «cabarets».
--Los conozco ya.
--Pueda ser que ahí encuentre remedio para sus males.
El joven tenía razón. Parecía que el doctor había perdido la facultad de admirar y que todo lo percibía como si estuviera en un estado de sonambulismo. Recibía las impresiones de las cosas que pasaban por delante de él y formaba los juicios correspondientes más o menos acertados, pero la serpiente de la pena que lo ahogaba no le permitía experimentar grandes emociones fuera de su dolor y ante todo permanecía tan frío como deben dejar a la cinta cinematográfica las imágenes que registra.