Por las dos Américas

Part 1

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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las cursivas se muestran entre (_subrayados_), las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.

El Índice ha sido colocado al principio de la obra.

Las notas se han renumerado y colocado al final de cada capítulo.

Las páginas en blanco han sido eliminadas.

Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.

Se han corregido errores evidentes de puntuación y otros errores tipográficos y de ortografía.

En las expresiones numéricas, el punto separa los miles y la coma los decimales.

Los días de la semana y los meses del año se han cambiado a minúsculas, siguiendo las normas de la Real Academia Española (RAE).

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas.

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POR LAS DOS AMÉRICAS

ENRIQUE MOLINA

POR LAS DOS AMÉRICAS

NOTAS Y REFLEXIONES

ENRIQUE MOLINA

Casa Editorial "Minerva" M. Guzmán Maturana SANTIAGO.--CHILE 1920

ES PROPIEDAD

IMP. UNIVERSITARIA.--ESTADO 63.--SANTIAGO DE CHILE.

ÍNDICE

PÁGINA

CAPÍTULO PRIMERO. — _De Valparaíso a Colón_. — Por las costas de Chile. — Mollendo. — El Callao. — Lima. — Espíritu español. — Atraso político de los peruanos. — Gentileza de la gente culta. — Problemas internacionales. — Panorama de la naturaleza y de los pasajeros. — Un atormentado. —Panamá. — El Canal. 5

CAPÍTULO SEGUNDO. — _De Colón a San Francisco_. — El infierno de Colón. — Los primeros funcionarios norte-americanos. — Submarinos y _camouflage_. — A obscuras. — ¿Dónde principian los Estados Unidos? — Nueva Orleans. — Hoteles americanos. — Tres días en tren. 39

CAPÍTULO TERCERO. — _En California_. — En San Francisco. — Una tragedia amorosa. — ¿Libertad o sumisión? — La influenza. — Los Christian Science. — La bahía y la ciudad. — Golden Gate. — Berkeley, ciudad universitaria. — Pruebas de honradez. — La mujer americana. — La firma del armisticio. — Thanksgiving day. — Año nuevo. — En dos escuelas de Oakland. — La democracia americana.— Un gran filósofo. — Sencillez y bonhomía. 59

CAPÍTULO CUARTO. — _Al azar del carnet_. — En viaje. — Chicago. — «La Soledad del alma».— Niágara Falls. — Hospitalidad neoyorquina. — El reino de los débiles. — En Washington. — El Capitolio. — La Biblioteca del Congreso. — El Palacio de la Unión Panamericana. — Falta O'Higgins. — El monumento del héroe.— El renombre de Boston. — Su museo de Bellas Artes. — Invocando al Gran Espíritu. 95

CAPÍTULO QUINTO. — _Notas docentes_. — La Academia de Milton. — El Colegio de Wellesley. — ¿Cómo nos juzgan a nosotros? — Psicología de los latino-americanos según el profesor W. R. Shepherd. — El pan-americanismo. — La doctrina de Monroe. 123

CAPÍTULO SEXTO. — _Caracteres esenciales de los norte-americanos_. — Juicios severos de algunos profesores. — Los caracteres esenciales: Eficiencia económica, Espíritu democrático y patriótico. — Sin ceremonias y rudos de maneras. — Actividad y alegría. — Moralidad (la familia y el divorcio). — Religiosidad. — Idealismo social. 153

CAPÍTULO SÉPTIMO. — _Cartas del Dr. N. — Conclusión. — Primera carta_. — Los norte-americanos en la gran guerra. — Wilson. — La sociedad de las naciones. — La humanidad futura. — _Segunda carta_. — Del amor y de la libertad. — _Tercera carta_. — Algunas diferencias de la psicología y de las instituciones de los norte y sud-americanos. — _Conclusión_. — Apreciaciones sobre Europa y Estados Unidos. — Desigualdades sociales en Norte y Sud-América. —Los millonarios de allá y de acá. 195

[Ilustración]

CAPÍTULO PRIMERO

DE VALPARAÍSO A COLÓN

Por las costas de Chile. — Mollendo. — El Callao. — Lima. — Espíritu español. — Atraso político de los peruanos. — Gentileza de la gente culta. — Problemas internacionales. — Panorama de la naturaleza y de los pasajeros. — Un atormentado. — Panamá. — El Canal.

El camino más corto para ir desde Chile a los Estados Unidos es a través del canal de Panamá. Los buenos vapores se demoran ya de Valparaíso a Nueva York sólo diez y ocho días, y es probable que antes de un año no necesiten más de quince y aún menos.

La rapidez y la economía que así resultan compensan la falta de otros atractivos que pudieran deleitar a los viajeros a lo largo de la costa del Pacífico meridional. Esta costa es monótona, y fuera de Valparaíso y tal vez de Antofagasta, no ofrece grandes puertos que puedan despertar la admiración o la curiosidad en algún sentido. Hablar de grandes puertos, refiriéndose a los lugares chilenos nombrados, debe entenderse dicho con relación a las ciudades, porque en cuanto puertos, bien sabido es que son detestables y que difícilmente habrá otros peores en el mundo. Si en cualquier peñón desierto en medio del océano se levantara un poste con un letrero que dijera «Puerto», seguramente resultaría más abrigado que cualquiera de los dos.

La costa occidental no presenta a la vista el regalo de algo semejante a los panoramas encantados de Río de Janeiro, Santos y otros puntos tropicales de la costa oriental.

Tampoco centellean de noche en ella los innumerables faros que animan sin cesar las pobladas orillas del Mar del Norte europeo; ni aguzan la vista de los pasajeros, como ocurría en este mar antes de la gran guerra, el pasar continuo de transatlánticos ni el deslizarse en medio de centenares de barquichuelos pescadores de pintorescas velas.

A bordo no se baila, y apenas se toca. Por lo demás, no es mucho lo que perdemos con no oir más seguido el piano de nuestro vapor, el _Aysen_, porque, por lo viejo, desafinado y chillón, resultan sus sonidos capaces de hacer temblar de irritación a los nervios más bien puestos. Un maestro se arrojaría al mar antes de poner las manos sobre ese teclado. Entre los pasajeros hay sólo tres niñas, que son las que hacen los gastos de nuestros escasos entretenimientos sociales con algún encanto femenino.

No se divisan más de dos parejas que «flirtean». En la rada de Coquimbo, primera escala del vapor, contemplaban un joven y su compañera a las vendedoras que habían subido a vender frutas, dulce de papaya, confitados, quesos, canarios, objetos adornados de conchas, etc.

--Estas cosas son traídas de La Serena y de los valles vecinos, le dijo él. Por haber llegado tan tarde el vapor, me ha fallado uno de los primeros números de mi programa de viaje. Tenía vivo interés en alcanzar a visitar La Serena, que es mi pueblo natal, ver sus calles coloniales adormecidas en su estagnación semi-secular; pero ya es de noche. Tengo que contentarme con divisar sus luces que parpadean cerca de la costa. Es un suplicio tantálico: anhelaba ir allá; tengo a la vista el lugar de mi anhelo y sé que será imposible conseguirlo. Es una imagen en pequeño de lo débiles que suelen ser nuestras fuerzas ante el destino. En estas circunstancias las lucecitas de la ciudad querida me parecen las miradas de una mujer que se desea y no se alcanza, aunque ella misma quisiera ser alcanzada.

--Quién sabe si tanto en el caso de la mujer como en el de la ciudad es lo mejor que pudiera ocurrir para no perder la ilusión, dijo suspirando un señor maduro, que estaba cerca.

La niña sonreía sin entender tal vez la pena del joven ni el dolor que palpitaba en la triste reflexión del señor maduro.

Uno de los «flirts» produjo resultados francamente saludables. Para aliviarlo de una honda neurastenia, llevaba un padre a su hijo a viajar; y el juego del amor, las dulces coqueterías de una simpática niña, pudieron más para mejorarlo, sin duda junto con la acción del descanso y del aire del mar, que todos los médicos que lo habían atendido y drogas que había engullido antes. He considerado el caso muy digno de ser mencionado, sin que piense que el remedio haya de ser recomendado siempre.

* * * * *

Los pasajeros leen, se pasean, juegan a las cartas, al dominó, a los dados para beber los indispensables aperitivos antes de almuerzo y comida, o cualquier cosa a toda hora. Los norte-americanos dan pruebas de mayores aficiones gimnásticas que los demás. Juegan al lanzamiento de pequeños discos de madera en el puente, y lo hacen con grandes gritos y alboroto y en mangas de camisa. También gastan más empeño que otros en recorrer el vapor diariamente de popa a proa con trancos elásticos.

Hay un japonés que no se mete con nadie. Retraído, huraño, fuma, toma notas, y tiene una marcada fisonomía de bicho mal intencionado.

Viene un joven argentino, que es un pequeño «super-hombre». No muy alto, delgadito, anguloso, muy metido en sí mismo, de pantalón blanco irreprochablemente planchado y doblado abajo, de inmaculadas zapatillas blancas con suave suela de goma; se pasea abstraído en sus hondos pensamientos, muy derechito, lanzando las piernas como si obedecieran a resortes muy bien montados. Protesta de que no le preparan el baño a tiempo, llama a los mozos a grandes voces y habla de una comisión de su gobierno que lo lleva a los Estados Unidos. Parece que tuviera en sus manos los destinos de toda la América Española.

La costa de Chile va acompañada de cerros que en las latitudes del norte acentúan su carácter árido, estéril, monótono. Aquí limitan al desierto o a la pampa y son de un color café claro. Se presentan formados de una substancia al parecer blanda, sin una planta, repulsivos, contrarios a la vida, y como dispuestos a tragarse al hombre que se atreva a aventurarse en medio de ellos. Y detrás de esta barrera se encuentra el salitre, la inmensa riqueza que fecunda la tierra y es fuente de vida.

Antofagasta, la principal ciudad chilena del norte, se levanta en las faldas de estos cerros desolados. Contemplada desde a bordo, se presenta como un pequeño pueblo ahogado en los brazos de la montaña triste y aplastante. Mirada de cerca, ya es otra cosa. Pero no siempre es fácil desembarcar y llegar a ella. Hay días,--y en el que nosotros fondeamos fué uno de ellos,--en que el mar forma tantas olas aquí como en el lugar más abrupto de la larga costa chilena. Los vapores fondean lejos y danzan sin cesar, acompañados de los botes y vaporcitos que se acercan a ellos, y suben y bajan diez o doce metros en un movimiento continuo.

Los angustiados pasajeros, que desean o tienen que desembarcar, deben esperar el momento preciso en que el bote se acerca a la base de la escalera para saltar sin peligro, pero no sin que sea menester dar pruebas de gran agilidad y acrobacia. Aun así no escapa el pasajero libre de una buena mojada.

Las calles de Antofagasta son anchas, y en ellas reina la animación de una ciudad activa y llena de vida. Se hallan pavimentadas de asfalto de roca, hecho en mejores condiciones que en cualquiera otra ciudad de Chile, y las recorren automóviles y victorias limpios, nuevos, brillantes. La población tiene cincuenta años de existencia y cuenta sesenta mil habitantes más o menos. Hay buen alumbrado eléctrico, buen agua potable, y hasta jardines, quintas y parques preciosos. Los chilenos han creado un oasis al borde del desierto.

Iquique, más que una ciudad, es un campamento. Le falta de la verdadera ciudad el carácter de mansión definitiva, de lugar elegido por el hombre para establecer su hogar. Es una plaza de tránsito en que los hombres se congregan para enriquecerse y divertirse. Y en cuanto pueden se marchan. Es un campamento que no tiene nada de desagradable y donde se lleva una vida ligera y fácil. Cuenta con algunas calles amplias y hermosas y con un bello paseo a la orilla del mar. Desgraciadamente, según informaciones que recibí al pasar, en lo que más importa a la vida no es un campamento nacional, sino extranjero. Las principales industrias y el gran comercio se hallan en manos de extranjeros, y hasta el agua que usan y beben los habitantes la suministra una compañía foránea que cobra por ella los precios más exorbitantes que es dable encontrar en el mundo.

Después de recorrer la costa desnuda de toda vegetación de Antofagasta y Tarapacá, Arica se presenta a la vista como un pequeño vergel. Arica es la puerta de algunos ricos valles de la provincia de Tacna que producen, entre otras cosas, exquisita fruta. Las naranjas y las chirimoyas del valle de Azapa son de una dulzura deliciosa e insuperable.

Arica es un pueblo de calles estrechas, tristes, amodorradas, pavimentadas con piedra de río, y con aceras angostas que se extienden casi al mismo nivel de la calzada.

¡Qué laxitud se siente en la vida de este pueblo! La gente anda despacio, no gasta prisa para nada. La gente del pueblo anda sucia, desarrapada; y los ejemplares de la raza peruana que se encuentran evocan la mísera imagen de los tipos sud-africanos. Parece que todos vivieran en una _comadrería_ condescendiente y resignada.

Al alejarnos del último puerto chileno, contemplamos al Morro de Arica, pelado, macizo, abrupto, teatro de las inmortales hazañas de nuestros guerreros; lo juntamos en nuestra mente con otro escenario de valor épico, la rada de Iquique, y sentimos que en estas tierras yérmicas y escuetas, ha dejado el heroísmo chileno palpitaciones inmortales y vigorizantes, que sumen el alma en un estado depurador de unción patriótica, casi religiosa.

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Mollendo, el primer lugar peruano en que tocamos, es un puertecito enclavado en las faldas de los estériles cerros de la costa, que continúa siempre desolada. El pueblo no tiene hacia donde extenderse, abrigado entre el mar y la montaña. Sus casitas parecen palomares colgados de las paredes de un barranco. Tampoco existe una bahía propiamente dicha, y el mar se presenta de ordinario más agitado y terrible que en Antofagasta, con lo que se dice todo. Los pasajeros, para embarcarse o desembarcarse en el vapor o en el muelle, tienen que ser izados o bajados amarrados en sillas.

El principal puerto del Perú, El Callao, nos ofrece en una mañana de septiembre, ligeramente envuelta en leves brumas, su bahía amplia, hermosa y tranquila. El puerto, con su desembarcadero propiamente dicho, es muy bueno y seguro. Pero el pueblo es pequeño, bastante sucio y sin importancia. Callao sufre con la proximidad de Lima, a la cual está unido por buenos tranvías eléctricos que hacen el viaje entre la capital y el puerto, en menos de una hora. Hay además carreteras muy bien tenidas para automóviles y otros carruajes. Toda la gente de cierta posición social prefiere no vivir en el puerto sino en Lima o en algunos de los bellos y graciosos balnearios de los alrededores, como Miraflores, Chorrillos, Barrancos. Entre Lima y El Callao se encuentran además San Miguel y Magdalena, lugares de residencia también, compuestos de pintorescos _chalets_, que aquí con cierta modestia y dejo de casticismo se llaman «ranchos».

La vieja Lima es un encanto. Uno se cree en medio de esas seductoras antiguas ciudades italianas que sugieren misterios, hacen convivir con siglos pasados y hechizan la imaginación. Las calles son estrechas y no bien pavimentadas; pero gustan mucho. Los balcones con vidrieras corridas, o con espesas celosías, las rejas moriscas, los patios andaluces producen una impresión artística propia, impresión de ensueño y de tranquilidad sonriente.

De las ciudades importantes de la América Latina, Lima es,--cediéndole el paso en esto tal vez a Méjico,--la que tiene más carácter genuinamente español y colonial; y es, por lo mismo, más interesante a los ojos del artista y del arqueólogo que otras ciudades como Buenos Aires y Santiago, de muchísimo más valor desde otros puntos de vista.

Los principales monumentos de la época colonial que se señalan en Lima son la catedral, el convento de San Francisco, el Palacio de Torre-Tagle, la casa de la Perricholi, y el Palacio del Senado, donde funcionaba la Inquisición.

La casa de la Perricholi fué hecha por el virrey Amat, en la segunda mitad del siglo XVIII, en obsequio de su querida, la célebre artista Villegas, a quien él, en los momentos de discordias semi-conyugales, llamaba en su mal pronunciado castellano «Perricholi», por decir «perra chola». Es una casa que se encuentra bastante en ruinas; no fué hecha de material noble y durable; y aun en su tiempo debe haber sido más pretensiosa que hermosa y recargada de colores y decoraciones. Hoy hace la impresión de una mujer que, a pesar de sus muchos años, ha seguido vistiéndose con telas claras un tanto raídas y conserva sin cesar en sus arrugas restos de afeites.

La catedral es una fábrica perfectamente bien tenida, pero de estilo poco definido, y tal vez algo pintarrajeada y sobrecargada de dorados. La sillería del coro tiene tallados admirables que la hacen una valiosa obra de arte. Entre las reliquias de la catedral se encuentran los restos del conquistador Pizarro, conservados en una urna de vidrio. En el mismo departamento hay un riquísimo altar de plata maciza y una madona muy bella, que, según dicen, fué un obsequio de Carlos V. Es una obra en que se ha combinado la pintura con el relieve. La virgen está pintada al óleo, y lleva una diadema de verdadero oro realzado; el conjunto da una impresión de armonía completa.

El palacio de los marqueses de Torre-Tagle data de 1735, y es la mansión más importante y típica que conserva Lima de la época colonial. Es una casa de dos pisos, de color obscuro, situada en el centro de la ciudad. Su patio español, sus maderos ricamente labrados en cuanto se ve de ellos, sus frisos de azulejos, sus azoteas, su fachada, hacen de este palacio un monumento único. Ocupa el segundo piso de la fachada un balcón corrido, sobresaliente a la calle, cerrado con espesas celosías; y al contemplar éstas desde afuera o mirar a través de ellas desde adentro, vuela la fantasía hacia el siglo XVIII y se complace en forjar romances de amor. Como todos los obstáculos que se oponen a los enamorados aumentan el incentivo de la pasión, las discretas celosías deben haber prestado cierto misterio a los encantos de las limeñas y enardecido los sentimientos de sus adoradores. Uno ve a un galán pasando por la calle y renegando de la cortina de madera que le impide disfrutar de los ojos de su amada; y ella, quizás una marquesita, que no se atreve a abrir la celosía, sufre también. Y la imaginación se representa este vulgar episodio de la eterna historia del corazón, hermoseado con toques artísticos por la mágica pátina del tiempo.

El convento de San Francisco, fundado en el siglo de la conquista, goza entre los peruanos de la fama de ser una maravilla en todo sentido. Sin embargo, debo confesar que no me pareció así. No es una obra de arte arquitectónico ni contiene grandes obras pictóricas o esculturales. La sillería del coro se halla magníficamente tallada, aunque, según mis recuerdos, los tallados no son de tanto mérito como los de la catedral.

El convento tiene, sí, la venerabilidad que prestan los siglos a todo lo inanimado que se mantiene a través del tiempo sin cambiar. Según las palabras del amable monje que me acompañaba, el convento se halla tal cual fué en la centuria decimosexta. Y no cuesta creerlo. El siglo de la conquista fué, sin duda, de fabulosas riquezas en la tierra de los incas, pero ni el carácter de la época ni los medios disponibles permitían emplear esa riqueza en hacer la vida confortable. Austeridad, frialdad, desmantelamiento, son las impresiones que produce esta casa de religiosos. La iglesia solitaria, el amplio coro, la alta sacristía, envuelven el ánimo en una sensación de encogimiento triste. El espíritu no se siente invitado a recogerse en sí mismo a meditar, porque quiere huir de ahí. Los corredores están adornados de altos frisos de hermosos azulejos; pero se hallan rodeados de rejas hacia el patio y la idea de encontrarse en una cárcel oprime el corazón. En el patio, sobre el suelo húmedo, languidece marchitándose, desplomándose, un pobre jardín.

Sin embargo, mi guía, que pasaba su vida entre esas paredes desoladas y frías, no denotaba nada de tristeza. No era en verdad el tipo del monje rechoncho, de carnes opulentas, que se nos suele pintar. Era pequeñito, delgado, de faz anémica; pero de todo su ser emanaba una conformidad risueña y se mostraba muy ufano del renombre y antigüedades de su convento.

Me mostró el buen monje, por último, una capilla muy mona, en que había una virgencita extremadamente milagrosa. Era el lugar predilecto de las devotas limeñas de la buena sociedad. ¡Ah! en los días de grandes fiestas, la capillita parecía un canastillo de flores y un rincón del cielo lleno de soles y de estrellas. Una vez estalló un incendio que amenazaba devorar la hermosa nave. La virgencita bajó entonces por sí sola del alto sitial en que se encontraba, se puso a orar delante del altar y las llamas detuvieron como por encanto su avance destructor. Los que estaban empeñados en apagar el incendio, y vieron el prodigio, corrieron a dar cuenta de lo ocurrido a otros monjes y al superior; pero cuando volvieron, ya la virgen había subido de nuevo a su lugar, también por sí sola, y estaba ahí tan serena como si nada hubiera hecho.

Al monje no le asaltaba la menor duda sobre la veracidad de su relato. Por mi parte, complacido en la contemplación de ese cerebro adulto que se hallaba en tal estado de fe ingenua, me encontraba muy lejos de querer, con observaciones inconvenientes, arrojar sombras sobre la limpiedad de su creencia.

Y para corroborar que tal milagro cuadraba como si dijéramos en el orden natural de las cosas que podían ocurrir en la capital peruana, el monje agregó:

«Lima es un lugar de bendición, predilecto del Señor. No ve que ha sido tierra de santos, como Santa Rosa de Lima, Santo Toribio de Molgrovejo (y nombró algunos más que no recuerdo). Aquí no hay pestes ni calamidades de ninguna especie. Esta ciudad es un paraíso».

El viajero que pasa a la ligera por Lima no se resiste a aceptar que el monje estuviera en lo cierto. Para ello se juntan a los encantos de que ya he hablado la suavidad y dulzura del clima. Pero los que viven largo tiempo aquí, saben muy bien que esa blandura es enervante, debilitante y perjudicial para la salud, y que los habitantes del paraíso limeño se hallan muy expuestos a ser víctimas del _paludismo_, fiebre maligna causada por la picadura de un mosquito que se desarrolla en los pantanos de los alrededores.

Dicho sea de paso que cultivando mejor los terrenos circunvecinos, se obtendría la doble ventaja de aumentar la riqueza agrícola y de sanear más esta parte del país. Uno no puede dejar de hacer tal apuntación al observar cierto abandono en los campos que se extienden entre El Callao y Lima.

El espíritu español subsiste en el Perú incorporado no sólo en las cosas, sino en algunas costumbres. Y si no, díganlo las corridas de toros. No me tocó la suerte de asistir a ninguna, pero es sabido que las de Lima no le ceden en brillo, en importancia y en rendimiento pecuniario a las más pintadas de España. Los jóvenes limeños de ambos sexos adoran a los toreros famosos, y guardan sus retratos como los de héroes y grandes artistas. Toreros ha habido que han levantado fortunas de millones de soles, toreando en Lima. Un peruano cultísimo y profesional distinguido me decía al respecto:

«Yo prefiero una tarde en la Plaza de Toros a cinco noches de ópera en el Metropolitano de Nueva York; y usted haría lo mismo, agregaba, si hubiera asistido siquiera una vez en su vida a una buena corrida».