Poetas de color

Part 3

Chapter 34,013 wordsPublic domain

«Esta época por lo remota no está bien fija en mi memoria: solo me acuerdo de que mi madre y la señora Doña Joaquina[23] el padre y yo estuvimos en fila en su cuarto mortuorio, que ella me tenia puesta la mano en mi hombro, que mi madre y la señora Doña Joaquina lloraban, de lo que hablaban no sé, que salimos de allí y yo me fuí á jugar: que á la mañana siguiente la ví tendida en una gran cama; que grité y me llevaron al fondo de la casa, donde estaban los demás criados enlutados, que por la noche toda la negrada sollozando rezó el rosario, que yo lloraba á mares, y que me separaron entregándome á mi padre.»

Y continua despues de algunos renglones que omitimos:

«Transcurrido algun tiempo pasamos á la Habana, donde de nuevo fuí á casa de mi madrina; corrieron algunos años sin ver á mis padres; creo no equivocarme si digo que fueron seis........ hacia el oficio de paje........»

«Habia compuesto ya á los doce años muchas décimas de memoria, causa porque mis padrinos no querian que aprendiese á escribir; pero yo los dictaba á escondidas á una jóven morena llamada Serafina»......

«Pero la verdadera historia de mi vida empieza desde los catorce años de edad en que la fortuna se desplegó contra mí hasta el grado de mayor encarnizamiento, como veremos. Por la más leve maldad propia de un muchacho me encerraban por más de veinte y cuatro horas en una carbonera; era yo en estremo miedoso y me gustaba comer: mi cárcel, como puede verse todavía, era tan oscuro que en lo más claro del medio dia se necesitaba vela para distinguir en ella los objetos. Allí, despues de llevar récios azotes, me ponian con órden, so pena de gran castigo, al que me diese una gota de agua; lo que sufria aquejado del hambre y de la sed, atormentado del miedo en lugar tan soturno como apartado de la casa, en el traspatio, junto á la caballeriza, á un espantoso y evaporante basurero, y á un lugar comun infecto, húmedo y siempre pestífero, que solo estaba separado por sus paredes, todas agujereadas, guarida de diformes ratas que sin cesar me pasaban por encima...... tenia la cabeza llena de los cuentos de cosa-mala de otros tiempos, de las almas aparecidas en este mundo y de los encantamientos, y por eso cuando aparecia un tropel de ratas haciendo ruido, me parecia ver aquel sótano cundido de fantasmas, y daba tantos gritos pidiendo misericordia, que entónces me sacaban de allí y me crucificaban á zaetazos...... luego me encerraban otra vez, guardando la llave en el cuarto mismo de la señora.»

Dos ó tres veces se distinguió la piedad del señor D. Nicolás[24] y sus hermanos introduciéndome, por la noche, algun poco de pan bizcochado por una rendija de la puerta y dándome agua con una cafetera de pico largo. Esta penitencia era tan frecuente que no pasaba semana sin que la sufriera dos ó tres veces, y en el campo tenia igual martirio siempre. Yo he atribuido la pequeñez de mi estatura y la debilidad de mi naturaleza á la amargosa vida que desde trece ó catorce años he traido: siempre flaco y estenuado, llevaba en mi semblante la palidez de un convaleciente con tamañas ojeras...... no es de estrañar que de contínuo hambriento me comiese cuanto hallaba por lo que se me miraba como el más gloton; no teniendo hora marcada comia á dos carrillos, tragándome las cosas medio enteras, de donde me provenian frecuentes indigestiones, y yendo á menudos á ciertas necesidades, me hacia acreedor á otros castigos; mis delitos comunes eran no oir á la primera vez que me llamaban, si al tiempo de dárseme un recado dejaba alguna palabra por escuchar. Como llevaba una vida tan angustiada, sufriendo casi diariamente rompeduras tras rompeduras de narices, lo mismo era llamárseme que me entraba un temblor tan grande que apénas podia tenerme sobre mis piernas; pero suponiéndose esto fingimiento no pocas ocasiones recibí por manos de un negro rigurosos azotes...... Desde la edad de trece ó catorce años la alegría y viveza de mi genio, lo parlero de mis labios, llamados pico de oro, todo se trocó en cierta melancolía que se me hizo con el tiempo característica; la música me embelesaba; sin saber por qué lloraba y gustaba de ese consuelo, en hallando ocasion de llorar, que siempre buscaba la soledad para dar rienda suelta á mis pesares, adquiriendo mi corazon cierto estado de abatimiento incurable hasta el dia.....»

* * * * *

«Quince ó diez y seis años tenia cuando fuí llevado á Matanzas otra vez; abracé á mis padres y á mis hermanos y conocí á los que nacieron despues de mí...... Cinco años pasamos en Matanzas donde era mi oficio barrer y limpiar cuando podia...... desde el amanecer, ántes que nadie se levantase»......

Desde este punto toda la autobiografía es un continuado lamento, un quejido de angustia: jamás hemos visto la desventura ensañarse con mayor terquedad en la persona del humilde y del indefenso. Sin duda aquel venerable sacerdote á quien se atribuye la idea de traer africanos[25] para aliviar á los indios sus protejidos, no se representó el cuadro horrible del talento encadenado y al arbitrio de un amo desapiadado é insensible: él sin duda solo consideró al africano devorado en su tierra por las guerras, desnudo y hambriento, sin pan para sus hijos, sin religion, sin familia; no pensó en la sórdida avaricia, en el látigo acerado, en las hijas separadas de sus madres, en las madres castigadas en presencia de los hijos; no adivinó que andando el tiempo de esa raza negra habia de nacer un Plácido cuya vida y muerte seria padron de deshonra para su siglo, y un Manzano cuyos ahogados lamentos habian de sonar como el grito de la conciencia humana, revelándose á un tiempo en el corazon de todos los hombres rectos.

Continuemos copiando: por estos dias su señora se mudó á su hacienda de _El Molino_, y venia todas las noches á Matanzas, donde jugaba al tresillo hasta las doce, obligado el page («como un falderillo») á estar de pié detrás de su sillon para servirla en lo que se ofreciera.

«Si durante la tertulia me dormia, si al ir detrás de la volanta se me apagaba el farol, aunque fuése por casualidad, como sucedia en los carrilones de las carretas, que llenándose de agua, al caer la rueda, saltaba aquella y se entraba por las labores del farol de hoja de lata, luego que llegábamos se despertaba al mayoral ó administrador, y yo iba á dormir al cepo y al amanecer _ejercia aquel en mí una de sus funciones_[26] pero no como en un muchacho...... nadie me valia...... A mi pobre madre y á mi hermano más de dos veces les amaneció esperándome, interin encerrado aguardaba yo un doloroso amanecer.

«Aquella vivia tan recelosa ya que cuando yo no llegaba á la hora poco más ó menos, bajaba de su bohío y acercándose á la puerta de la enfermería, donde estaba el cepo, hácia la izquierda por ver si me hallaba allí, me llamaba...... ¡Juan!...... y yo le contestaba gimiendo, y ella decia desde afuera...... ¡ay, hijo!...... Entónces era el llamar de la sepultura á su marido porque cuando esto ya mi padre se habia muerto: tres ocasiones recuerdo haber visto repetirse esta escena, pero otras veces me encontraba mi madre en el camino cuando me llevaban de la casa de vivienda al cepo.

«Una vez más que todas para mí memorable me sucedió lo siguiente: nos retirábamos del pueblo[27] y como era ya demasiado tarde y la volanta andaba despacio, y yo venia sentado como siempre, asido con una mano á un barrote, y en la otra el farol, me dormí de tal modo que solté aquel, pero tan bien que cayó parado á unos veinte pasos: abrí de pronto los ojos, me hallo sin él, veo la luz en donde estaba, tírome abajo, corro á cojerle, doy ántes de llegar dos caidas con los terrones, tropezando al fin lo alcanzo, quiero volar en pos de la volante que ya me sacaba una ventaja considerable; pero cuál fué mi sorpresa al ver que el carruaje apretó marcha, y por más que procuré alcanzarlo se me desapareció. Sabia lo que me iba á suceder, llorando seguí á pié, pero cuando llegué cerca de la casa de vivienda, me hallé cojido por D. Silvestre, que era el nombre del mayoral, quien ya venia en mi busca. Al conducirme para el cepo nos encontramos con mi madre, que siguiendo los impulsos de su corazon, vino á acabar de colmar mis infortunios. En habiéndome visto quiso preguntarme qué habia hecho, mas el mayoral imponiéndole silencio, se lo trató de estorbar, sin atender á ruegos ni lágrimas. Irritado porque lo habian hecho levantar á aquella hora, alzó la mano y le dió á mi madre con el manatí: este golpe lo sentí en el corazon. Dar un grito y convertirme de un manso cordero en un leon, todo fué uno: me le zafé con un fuerte tiron del brazo por donde me llevaba y me le tiré encima con dientes y manos; es de considerarse cuantos manatiazos, puntapiés y otros golpes llevaria; mi madre y yo fuimos conducidos y puestos en un mismo lugar. Los dos gemíamos á una allí, miéntras mis hermanos Filomeno y Fernando lloraban en el bohío. El primero tendria seis años, y el segundo, que hoy sirve al médico señor D. Tomás Pintado, cinco. Apénas amaneció dos contramayorales y el mayoral nos sacaron llevando cada uno de los negros su presa al lugar del sacrificio. Yo sufrí más de lo mandado _por guapito_; pero las sagradas leyes de la naturaleza obran en las madres efectos maravillosos. La culpa de la mia fué que viendo que me tiraban á matar, se tiró encima del mayoral para hacerse atender, mas llegando los negros del tendal nos echaron mano. Al contemplar á mi madre por primera vez en su vida en el lugar del sacrificio, suspenso, sin poder ni llorar, ni discurrir, ni huir, temblando, interin sin pudor los cuatro negros se apoderaron de ella y la arrojaron por tierra para azotarla...... no hacia más que pedir por Dios, todo lo resistia por ella; pero al oir estallar el primer foetazo, enfurecido como un tigre ó como la fiera más animosa, estuve á pique de perder la vida á manos del citado D. Silvestre...... pasemos, pasemos en silencio el resto de esta escena dolorosa......

.........«No, que no puedo enumerar los increibles trabajos de mi vida, toda ella está regada de lágrimas...... Mi pobre corazon se enfermó á fuerza de tanto sufrir, por lo que todo me asustaba»........

* * * * *

Endulzóse un momento la suerte del infeliz esclavo cuando pasando segunda vez á la Habana, fué entregado para el servicio de D. Nicolás de Cárdenas y Manzano, su _amito_; pero ¡ay! estos cortos dias de ventura no son más que un oasis en el dilatado desierto de su existencia. Veamos con qué palabras describe el carácter de aquel señor.

«Solo me privaba de la calle, de la cocina y del roce con personas de malas costumbres, porque este señor como que desde bien jóven las tuvo irreprensibles, queria que todo el que tuviera á su lado fuera lo mismo.»

El lector sin duda sabe quien fué Cárdenas y Manzano, á quien todos convienen en reconocer un hombre probo, un digno ciudadano que prestó valiosos servicios en la causa de la instruccion pública; pero el elogio sincero del humilde poeta esclavo, ese certificado irrecusable de la bondad de Cárdenas, le realza más en nuestro concepto que los que le otorgaron las aulas y corporaciones de que fue ilustre miembro. ¿Por qué la suerte que hizo esclavo á Manzano al ménos no lo hizo siempre esclavo de Cárdenas? No hubiera sufrido el horrible tratamiento de que se lamentaba con tanta humildad como razon, quizás no leeríamos hoy esta autobiografía escrita con hiel, quizás hubiéramos tenido un poeta de más alcance; porque quien lea sus versos pronto descubre que á aquella fantasía solo faltó el elemento de la instruccion para elevarse á la region de Heredia y la Avellaneda.

Continuemos estractando:

«Me fuí de tal modo identificando con sus costumbres, que empecé tambien á darme á ellos (_á los libros_). Tomaba sus libros de Retórica, me ponia mi leccion de memoria, la aprendia como un papagayo, y ya creia yo saber algo; pero el poco fruto que de ello sacaba, lo conocia en que nunca habia ocasion de aplicar mis conocimientos. Entónces determiné darme á otro estudio más fácil que fué el de aprender á escribir.»

Pinta aquí con tanta sencillez como galanura los apuros que pasó porque «_no hallaba cómo empezar_.» No sabia, dice, cómo cortar las plumas y me guardaria de tocar ninguna de las de mi señor. Sin embargo, ¿qué hice? compré un tajaplumas, plumas y papel muy fino y metia entre llanas algun pedazo de los que mi señor botaba escritos, con el fin de acostumbrar el pulso á formar letras, ó iba siguiendo la forma de los que tenia debajo, con cuya invencion ántes de un mes, ya hacia renglones, logrando la forma de letra de mi amo; por lo que hay tanta identidad entre la suya y la mia»......

«Prohibióseme la escritura, pero en vano, porque todos se habian de acostar, y entónces yo encendia mi cabito de vela, y me desquitaba á mi gusto, copiando las más bonitas letrillas de Arriaza, á quien imitaba siempre, figurándome que con parecerme á él ya era poeta. Pilláronme una vez algunos papelillos de décimas, y el señor Dr. Coronado fué el primero que pronosticó que yo seria poeta, aunque se opusiera todo el mundo.»

Hé aquí una noticia desconsoladora: la melancolía que enjendra la lectura de ese escrito se convierte ahora en indignacion. ¡Con que ya se habia revelado el genio! ¡Con que ya hubo quien leyera al poeta á traves de la tosca envoltura del esclavo! ¡Con que ya no era el caso un poco ménos acerbo del africano embrutecido, de cerebro imperfecto, en quien tal vez no hay más sufrimiento que el físico, porque no tiene idea de la dignidad, que carece de amor propio, que creyó ser nacido para ello! Es preciso siempre trasladarse á la época para no hacer inculpaciones injustas: nadie duda que Cárdenas Manzano fué recto, benévolo, magnánimo; como tal aparece en nuestro Diccionario ¿por qué volvió el sinventura poeta á la hacienda del Molino despues de la revelacion de Coronado?[28]

«Entretanto (habla Manzano) estaba mi señor en vísperas de casarse con la señorita Doña Teresa Herrera; y yo era el Mercurio que llevaba y traia; distinguido lugar que me daba mucho, pues tenia doblones sin pedirlos. No sabia qué hacer del dinero y despues de comprar gran provision de papel, plumas y buena tinta, y haber comprado un tintero, lo demás se lo enviaba á mi madre en efectivo.»

«Cosa fué de tres años ó poco más esta felicidad cuando viniendo mi señora de Matanzas, oyó la fama de mi servicio en todo, y sin saber yo por qué determinó llevarme otra vez consigo.»

La azarosa vida del poeta vuelve aquí á nublarse y ahora por un espacio más dilatado: con su vuelta á Matanzas se renovaron las angustiosas visitas al Molino. Habla aquí de los _padrinos_ que á menudo tenia que buscar para sustraerse á un vejaminoso castigo; D. Tomás Gener, el Conde de Jibacoa &.ª y esclama en un arranque de justísima indignacion «¡Vergüenza me daban estos padrinazgos.» Y hé aquí toda la imprecacion que pronuncian los labios del manso cordero en los momentos en que el infortunio fulminaba sobre él sus rayos más tremendos! Por eso, lo repetimos, quien quiera aborrecer y execrar esa institucion ó mejor dicho ese crímen social en cuanto se merece, lea esa epopeya de lágrimas en que no se ha escrito la palabra maldicion. Es justamente su estilo cuasibíblico, bien semejante al de Silvio Pellico, es esa misma simplicidad, es la verdad tristísima que se traspira en ella, lo que hace que esa dolorosa relacion, bella en su desórden, sublime en su desaliño, sin adorno de estilo como no escrita para lucir erudicion, acongoje el alma hasta arrancarle lágrimas de enternecimiento y de indignacion.

El espectáculo contínuo del sufrimiento de otros, la tolerancia general respecto de un error intolerable, sin endurecer acaso las almas ha llegado á rodearnos de una atmósfera deletérea, á crear un pernicioso hábito, una ceguedad de que nadie podria darse cuenta. Es que todo se degrada y se envilece allí donde hay hasta sacerdotes poseedores de esclavos y verdaderos amos feudales de séres que conviene sostener en el embrutecimiento y en la ignominia. ¿Cuál era el instrumento, cuál era la fiera elegida por el acaso para atormentar á aquella víctima desventurada? ¡Era una mujer!

Pero doblemos unas cuantas hojas, y copiemos algun otro de sus dolientes episodios: no será estraño que nos estendamos demasiado en estos estractos, porque esta autobiografía no ha sido publicada y pocos cubanos[29] la conocen.

«Ya he dicho que era el falderillo de mi señora, y así puede decirse, porque tenia por obligacion seguirla siempre, á ménos que fuese á sus cuartos, que entónces me quedaba á las puertas, impidiendo la entrada á todos, ó llamando á quien ella llamase, ó haciendo silencio si consideraba que dormia. Pues una tarde salimos al jardin; largo tiempo hacia que ayudaba á mi señora á cojer flores y á trasplantar algunas maticas como en género de diversion, miéntras el jardinero andaba por todo lo ancho del jardin cumpliendo su deber; cuando al retirarnos, sin saber materialmente lo que hacia, cojí una hojita no más de geranio donato. Esta malva sumamente olorosa, iba en mis manos, mas yo no sabia lo que llevaba, distraido con mis versos: seguia á mi señora á distancia de dos ó tres pasos, tan ageno de mí que iba haciendo añicos la hoja, de la que resultaba mayor fragancia. Al entrar en una antesala, no sé con qué motivo retrocedió, hícela paso, pero al enfrentar conmigo llamóle la atencion el olor: colérica de pronto, con una voz vivísima y alterada me preguntó ¿Qué traes en las manos? Yo me quedé muerto; el cuerpo se me heló de improviso, y sin poder tenerme del temblor que me dió en ambas piernas, dejé caer en el suelo una porcion de pedacitos que fueron un monton, una mata, un atrevimiento de marca. Me rompieron las narices y en seguida vino D. Luis Rodriguez, emigrado de Santo Domingo, empleado en la finca, á quien se me entregó. Serian las seis de la tarde en el rigor del invierno; la volante estaba puesta para partir al pueblo y yo debia ir detrás, pero ¡Cuán frágil es la suerte del que está sugeto á contínuas vicisitudes, como yo que nunca tenia hora segura! Lleváronme al cepo: en este lugar ántes enfermería de hombres, cabrán, si existe, cincuenta camas en cada lado,[30] pues en ella se recibian los enfermos de la Hacienda y á más los del ingenio San Miguel; pero entónces estaba vacío y no se le daba ningun empleo; tenian allí el cepo y solo se depositaba algun cadáver hasta la hora de llevarlo al pueblo á darle sepultura. Metiéronme en aquel los dos piés con un frio que helaba, sin ninguna cubierta, y despues me encerraron. ¡Qué noche no pasaria allí, solo en el alma! Parecíame que los muertos se levantaban y bajaban por todo lo largo del salon, y que se colgaban por una ventana medio derrumbada que caia al rio[31] cerca de un despeñadero de agua cuyo perenne golpeo se me figuraba una legion de duendes. No bien habia empezado á aclarar cuando sentí correr el cerrojo: entra un contramayoral seguido del administrador envuelto en su capote; me sacan á una tabla parada contra un horcon que sostenia el colgadizo y veo al pié de aquella un mazo de cincuenta cujes. El administrador por debajo del pañuelo que le tapaba la boca gritó con una voz ronca: «amarren». Me atan las manos como las de Jesucristo; me cargan y me meten los piés en las dos aberturas que tenia la tabla........ ¡Oh, Dios! ¡corramos un velo sobre esta escena tan triste!...... ¡ay! mi sangre se derramó y yo perdí el sentido. Cuando volví en mí me hallé á las puertas del oratorio, en los brazos de mi madre anegada en lágrimas, que á instancias del padre don Jaime Florid, se retiró de allí desistiendo del intento que tenia de ponérsele delante á mi señora, qué sé yo con qué pretension. A las nueve poco más ó ménos se levantó aquella; su primer diligencia fue imponerse de _si me habian tratado bien_: el administrador que la esperaba me llamó y me la presentó: ella entónces me preguntó: «Si queria otra vez tomar hojas de su geranio:» como no quisiese responder por poco me sucede otro tanto, y tuve á bien decir que no. Como á las nueve me entró crecimiento, y mé pusieron en un cuarto; tres dias sin intermision estuve en este estado, dándome baños y unturas. Mi madre no venia allí sino por la noche, cuando consideraba que mi señora estuviese en el pueblo. Al sesto dia andaba ya solo y se contaba con mi vida: á eso de las doce me encontré con ella que atravesaba por el tendal, y me dijo: «Juan, aquí llevo el dinero de tu libertad, ya tú ves que tu padre se ha muerto, y tú vas á ser el padre de tus hermanos; ya no te volverán á castigar más, Juan, cuidadito, ¡eh!...... Un torrente de lágrimas fué mi única respuesta. Ella siguió y yo fuí á mi mandado, mas el resultado de esto fué que mi madre salió sin dinero, y yo quedé de esperar qué sé yo cuanto tiempo que nunca llegó»[32].

«Después de este pasage me aconteció el siguiente. Una tarde trajeron del ingenio unos cuantos pollos y capones, y á mi me tocó como siempre estaba de centinela para el que llegaba, recibirlos por desgracia. Entré la papeleta dejando las aves en el pasadizo, debajo de la glorieta que se hallaba á la entrada; leyóse el papel y me mandaron llevarlos al otro lado para entregarlos á D. Juan Malo que era mayordomo ó celador de aquella otra parte; tomélo todo despidiendo al arriero, é iba contento, pues en este intérvalo respiraba; entregué lo que recibí y me acuerde que eran _tres capones_ y dos pollos. Pasadas unas dos semanas me llamaron para que diese cuenta de un capon que faltaba; al momento dije que los que vinieron fueron tres y dos pollos, y que esos mismos habia entregado. Quedóse esto así, mas á la mañana siguiente ví venir al mayoral del ingenio, que habló largo rato con mi señora y se fué. Servimos el almuerzo, y cuando iba á meterme el primer bocado, aprovechando el momento porque pasado este...... (_no puede leerse en el manuscrito el_ RESTO _de esta frase_)....... me llamó mi ama, y me mandó que fuese en casa del mayoral y le dijese qué sé yo qué cosa: aquello me dió mal ajo, oprimiéndoseme el corazon, y fuí temblando, como que estaba acostumbrado á irme á entregar yo mismo. Llego á la puerta y veo dentro á los dos, el del Molino y el del Ingenio; dóile al primero el recado y haciéndose sordo me dice «Entra, hombre,» y como me hallaba en el caso de estar bien con estas gentes, porque cada rato caia entre sus manos, le obedecí. Iba á repetir el recado; pero el señor Dominguez, que así era el apellido del mayoral del ingenio, me cojió por un brazo diciendo «A mí es á quien busca.» Sacó una cuerda de cáñamo delgada, me amarró como á un facineroso, montó á caballo, y echándome por delante, me mandó á correr, y nos alejamos prontamente por aquellos contornos: el fin era que mi madre, ni mi segundo hermano, ni los niños y niñas me viesen, porque todos al momento se echarian á llorar, y la casa seria un lugar de duelo y me apadrinarian.»

«Nos habiamos alejado como un cuarto de legua cuando fatigado de correr delante del caballo, dí un traspié y caí; apénas dí en tierra dos perros ó dos fieras que nos seguian se me echaron encima».........

No quisiéramos continuar copiando este pasage: es demasiado repugnante, y la misma sencillez del narrador lo hace más monstruoso: el esclavo fué llevado al ingenio, donde ya varias veces habia ido á _estacion semejante_, y despues de varios dias consecutivos de bárbaro castigo,[33] tras el cual se le preguntaba _por el capon_, cuando ya su enfermo cuerpo estaba á punto de sucumbir al rigor del desalmado Dominguez, se descubrió...... ¡que era inocente! ¡el capon no habia sido enviado! ¡Oh, cuántas veces monstruosidad idéntica habrá tenido lugar en nuestros campos de Cuba!