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Chapter 12

Chapter 124,192 wordsPublic domain

La familia de los Gómez de Pomar nunca había sido tan rica de propiedades y de dinero como pagada de su alcurnia, achaque muy común en la Montaña. La bambolla de un hidalguete de aquella casta, que volvió de México a principios del siglo pasado, labró sobre los cimientos del solar antiguo la casa que acabamos de ver, con la mayor parte del dinero que traía. Con el resto y las haciendas que le pertenecían en el valle y en las inmediaciones, se empeñó en sostener el lustre de su familia, elevándola de golpe a una altura en que jamás habían vivido sus fidalgos antecesores. Logró su intento vanidoso, pero no sin muy considerables mermas y quebrantos en su caudal. Al heredarle su sucesor, heredó también una buena carga de censos y de hipotecas; y como en su no larga vida no pudo verse aliviado del peso de esta cruz, recibióla también sobre sus espaldas el que vino detrás de él; pero como le pesaba mucho, antes que morir agobiado por ella, prefirió quitársela de encima a todo trance. Y se la quitó, a expensas de lo más jugoso de su caudal. Así salvó lo restante, que empezaba a ser enredado poco a poco en las mallas inextricables del préstamo usurario. Era cuerdo el hombre, y ajustó las necesidades de su casa a la medida de lo que poseía libremente para sostenerlas. No trabajó las tierras con sus manos, pero pagó el trabajo de otros para vivir él de sus productos; y en su casa y en las accesorias de ella, donde siempre había reinado el silencio enervante de la holganza y de los grandes fastidios de la vanidad infanzona, comenzaron a oírse y a respirarse los ruidos de la actividad campesina, el cencerro del ganado y la fragancia vivificante y regeneradora de los frutos sazonados de la tierra. Mi abuela paterna alcanzó aquellos tiempos, los más venturosos de la familia de los Gómez de Pomar. Su padre era un señor a la manera de mi tío Celso: campechano y sin retóricas, sencillo hasta la rudeza, y noble y sano de corazón. No tuvo más que dos hijos: mi abuela y el mayorazgo. Éste resultó menos enérgico y laborioso que su padre; se casó con una medio señora campurriana, y tuvieron un hijo solo, y ése de pocas creces, enfermo y sin alientos para nada. Aquí empezó a flaquear la firmeza de la hasta entonces enhiesta medianía de la casa, mucho por la natural dejadez del padre, algo por no pecar de hacendosa la madre, y el resto por falta de estímulo en los dos para enmendarse en presencia de la ingénita apatía y mortal endeblez del hijo. El cual dio en la gracia de espigar un poco, precisamente cuando debía de haberse muerto, según los cálculos de sus padres, fundados principalmente en los reiterados dictámenes de todos los médicos y curanderos de cuatro leguas a la redonda. Con esto y con morirse aquéllos mucho antes de lo que creían, el huérfano recibió el caudal hereditario cuando menos lo pensaba, y con bastantes goteras, casi tantas como las que tenía la casa solariega, en la que no gastaron un maravedí en toda su vida los últimos señores de ella. En ese particular, lo propio hizo el hijo, atento solo, en los primeros años de su orfandad, al trabajo de reconstituirse, dándose todo el regalo que era compatible con su hacienda, aunque comiendo ya de la «olla grande». Como no salía de casa y se había propuesto arreglarse un completo plan de vida dentro de ella, se casó con la criada, una lebaniega cerril, siempre vestida de sayal y con «bocio». Tuvo de ella dos hijos como dos oseznos de Andara, de cuya educación no se cuidó cosa maldita: lejos de ello, les dio continuamente el mal ejemplo de su desgobierno, y muy a menudo el de las escandalosas reyertas matrimoniales provocadas por la lebaniega incivil, que era la estampa de la suciedad y el colmo del despilfarro. Al fin se murieron los dos, ella de una pulmonía doble y él de un derrame seroso, aunque fue voz corrida en el lugar que había acabado de una borrachera de aguardiente. Todo podía ser, porque es cosa demostrada que muy a menudo hacía méritos para ello. Los hijos, que eran unos perdidos a los diez y seis años, cuando entraron por la ley en libre posesión de lo heredado, ya debían más de las tres cuartas partes de ello. Eran borrachos, corretones y pendencieros, y daban más que hacer a la justicia en seis meses que todo el partido judicial en un año. Lo último que les quedó fueron la casa solar y unos cercados contiguos a ella; y como se lo tenían hipotecado a un tabernero del valle, a cuyas expensas comían y bebían últimamente, y al vencer el plazo de la deuda no tuvieron con qué redimirla, el tabernero se quedó con lo hipotecado, echólos de casa tan pronto como pudo, y metió en ella a un inquilino cargado de familia, pero que pagaba bien y cultivaba mejor las tierras que le dio también en renta. Al hombre aquél acababa de conocerle yo en la casa misma.

--¿Y los otros?--pregunté a Neluco en cuanto dio fin a su relato--. ¿Qué ha sido de ellos?

--¿De quiénes?--preguntóme él a su vez.

--De los dueños de la casa--respondí--; mejor dicho de los ex-dueños, de los dos perdularios que se la vendieron al tabernero por un pellejo de vino.

--Pues de esos ilustres vástagos de los Gómez de Pomar no sé nada cierto a la hora presente. Cuando se vieron en la calle, sin hogar, oficio ni beneficio, desaparecieron de aquí, y se supo que andaban por Andalucía buscándose el modo de vivir como el diablo les daba a entender. Al cabo de los años, volvió uno solo, no a su pueblo, sino a ese otro que está encalabrinado en aquella cúspide de enfrente, y al cual pienso que llegaremos en poco más de una hora. Allí, con el prestigio que le daba su apellido y la fanfarria que desenvolvió delante de la hija de un hombre de bien que tenía algunas haciendas, consiguió que éste se la cediera en matrimonio. Estableciéronse en casa aparte, y al poco tiempo de ello apareció su hermano en el lugar, pobre y mal vestido. Acogióle el matrimonio, como era natural. Por entonces los conocí yo siendo estudiante todavía, durante las vacaciones de verano, en la romería de la Virgen de las Nieves. Me parecieron de muy mala catadura, particularmente el mayor, en cuyo semblante de torva y recelosa mirada, lo mismo que en el resto de su persona, se veían las huellas y el estrago de todas sus malandanzas. El otro, el menor, que era el casado, tenía una palidez amarillenta, y unos ojillos de raposo, y una mueca de sonrisa, y un andar de sierpe venenosa, que estaban pidiendo el banco de crujía de una galera, y el corbacho de un cómitre desalmado. Decían los que reparaban en ellos por conocerlos bien, que los vigilaba mucho la Guardia civil; sería o no verdad; pero era indudable que ellos huían de la pareja que andaba en la romería, como el diablo de la cruz. Por aquellas calendas hicieron una visita a su tío de usted, don Celso; pero tenía éste entonces más bríos y más agallas que hoy, y respondió a su taimada exposición de necesidades en tales términos y en tal actitud, que no insistieron en su petición, ni han vuelto a parecer por Tablanca. Poco después se largaron otra vez por esos mundos a buscarse la vida, con gran contentamiento de todo el lugar, y hasta de la pobre mujer de uno de ellos. A principios de este otoño oí en Tablanca que había vuelto el casado y que por aquí andaba tan sinvergüenza y haragán como siempre; pero yo no le he visto, ni a nadie he oído hablar de él.

Con estas interesantes biografías y los comentarios subsiguientes, entretuvimos el camino, sinuoso y endemoniado, dejando por nuestra derecha la cuenca del río que distaba ya muy poco de sus fuentes.

Al fin, llegamos al pueblo, encaramado allá arriba como un nido de águilas, y me guió Neluco a la única hospedería que había en él: un casucho de mala muerte con un cuarto en el soportal, y en el cuarto un tosco mostrador y su correspondiente estantería con media docena de botellones y frascos de varios colores, algunos paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, y media docena de vasos de otros tantos calibres; arrimado a la pared y sostenido por tres estacas sin labrar un tablón en bruto, de castaño abarquillado; delante y como a la mitad de este banco, una mesa de igual materia y del mismo estilo que él; sobre la mesa, un jarro y dos vasos medio desocupados de vino tinto, y, por último, sentados en el banco y con la mesa delante, dos hombres en los cuales ni el médico ni yo nos fijamos gran cosa por de pronto. Después, y mientras hablábamos con el tabernero, Neluco, que los tenía enfrente, me dio con el codo y me advirtió con la mirada que reparara en ellos. Hícelo con atención y vi que los dos tenían muy distinto pelaje del acostumbrado y corriente entre los aldeanos de aquellas comarcas: ofrecían todo el aspecto de los vagabundos famélicos de las ciudades; ambos llevaban la barba gris a medio crecer, y el ropaje obscuro y mugriento, con muy pocas señales de camisa. En el uno creí ver, o más bien recordar, rasgos de la pintura que me había hecho Neluco del Gómez de Pomar casado en aquel mismo pueblo. Las señas del otro no coincidían en nada con las que yo conocía del hermano soltero. Era todavía más innoble su cara que la de éste y más repulsivo el conjunto de su persona: tenía un chirlo en la nariz, que se la dividía casi por mitad, y un ojo medio borrado.

Se les conoció muy pronto que no les agradaba la insistencia con que los mirábamos Neluco y yo; y fuera por esto o porque ya nada tenían que hacer allí, apuraron el contenido de los correspondientes vasos, y se largaron haciéndonos un ligero ademán de saludo, pero sin decir palabra.

Entonces dejó bruscamente Neluco la materia que trataba con el ventero, reducida a saber qué podría servirnos para tomar un tente en pie, y comenzó a preguntarle por la casta de los dos parroquianos que acababan de salir. Resultó, en cuanto al uno, lo que yo me presumía y Neluco daba por indiscutible: que era el Gómez de Pomar casado allí; el otro había venido con él en los principios de octubre, y juntos vivían y de la misma olla comían desde entonces, como grandes y antiguos amigos que eran, a expensas y a despecho de la pobre mujer que a duras penas tenía lo más indispensable para que no se murieran de hambre los frutos de su desventurado matrimonio. Su marido faltaba pocas veces del lugar, y no pasaba ninguna noche fuera de él; las ausencias del amigo, sin ser muchas, eran más largas: solían durar dos o tres días. Preguntado el primero por su mujer..., y también por el alcalde, acerca de la procedencia, oficio, ocupaciones y planes del segundo, respondía que era un caballero perteneciente a una de las principales familias de Madrid, arruinado con los negocios de la Bolsa; había estudiado de joven para ingeniero de minas, y pasaba por muy entendido en ellas. Sabía, por informes adquiridos allá con otros inteligentes, que había una riquísima, de oro puro, en cierto sitio entre Tablanca y Promisiones; y en busca de ella andaba cada vez que salía del lugar, mejor dicho, la había encontrado al primer tanteo, porque eran infalibles las señas que traía: los otros viajes que iba haciendo eran para estudiar bien los filones y la manera de explotarlos. En cuanto acabara ese estudio que le robaba hasta el sueño, se volvería a Madrid para dar cuenta de todo a los capitalistas que habían de emprender las labores bajo su dirección, asignándosele a él, para remunerar su trabajo, la mitad de las ganancias.

A pesar de estos rumbosos informes, la Guardia civil le había pedido los papeles, igual que al último perdulario; pero como los llevaba en regla y no se metía con nadie, ni nadie se quejaba de él y le fiaba el vecino del lugar con quien vivía, no pasaban las cosas a más que a vigilarle de lejos, lo mismo que a su fiador, mientras en el pueblo se cerraban las casas al anochecer y no se dejaban, de puertas afuera, ni las gallinas en sus «albergaderos» provisionales. En cuanto al Pomar ausente, sólo se sabía de él, por referencias de su hermano, que andaba bien de salud y que no tardaría en llegar, porque habría en la mina de oro empleos de mucho lucro para los dos.

¡Morrocotudos consanguíneos me había encontrado yo en aquellas alturas de Cantabria! Tenía razón Neluco: merecían ser conocidos de cerca por mí el solar y los solariegos. Por este lado, no me iba dando el viaje motivos para renegar de él.

Tomando el tente en pie que nos sirvió el tabernero con excelente voluntad y poquísima limpieza, y reanimados los bríos de las cabalgaduras con no sé qué brozas nutritivas que se hallaron en el pajar de la taberna y en el granero de un vecino, volvimos a montar Neluco y yo para seguir nuestro camino, del que nos faltaba todavía lo más largo y lo peor, según el médico me dijo al cabalgar.

Dejado el pueblo atrás y comenzando ya a descender la cambera por la otra vertiente del monte, nos hallamos tope a tope con los dos comensales de marras, que estaban tomando el sol arrimados de espaldas a un vallado y apurando unas colillas. Entonces se trocaron los papeles en lo tocante a miradas: con ser mucha la curiosidad con que los miramos nosotros, fueron mucho mayores la fijeza y la intensidad de las miradas de ellos, sobre todo las dirigidas a mí, y especialmente la de mi consanguíneo. Ni siquiera nos honraron con el ademán cortés con el cual se despidieron en la taberna. Verdad es también que la cara que les pusimos nosotros no era para engendrar respuestas de cortesía. Al cruzarme con ellos llevé instintivamente la diestra a la cintura, donde tenía, debajo de la espesa cazadora, un revólver de seis tiros, y bien sabe Dios que no por recelo de los hombres. Neluco, que también le llevaba, pero en una de las pistoleras de su silla, se sonrió al observar el movimiento y conocer mis intenciones, y me dijo:

--No irán tan allá las cosas, esté usted seguro de ello. Necesitan vivir bien con la justicia hasta llegar a sus fines, si es que tienen alguno malo entre cejas; y si le tienen, no es de asaltar en despoblado al primer transeúnte que se les ponga a tiro. Sin embargo, no están de más las precauciones como las nuestras, aunque hayan sido tomadas contra las alimañas del monte, sin acordarnos de las vilezas de cierta casta de hombres desconocida en estos honrados valles. De todas maneras, prometo resarcirle a usted esta tarde y esta noche, pero muy cumplidamente, con impresiones más gratas, de los amargores que le va causando a usted en su paladar de hombre honrado nuestra jornada hasta aquí.

Pedíle a Dios que así fuera, y continuamos bajando y departiendo al acompasado gatear de nuestras firmes cabalgaduras.

XIV

Por dónde me iba conduciendo el empecatado mediquillo de Tablanca, me sería imposible decirlo ni aun con el plano del terreno a la vista. Alguna vez creí hallarme en un pedazo de senda recorrida días atrás en compañía de don Sabas; pero sin darme tiempo para salir de dudas, dejaba mi conductor aquel camino trillado y echaba por donde menos era de esperarse. Su caballo era una cabra, y él una ventolera que le arrastraba por lo más inverosímil de lo penoso y atrevido. Para aquel diabólico centauro, todo atajo era andadero, lo mismo por los jarales de las faldas que por los riscos de las cumbres. El caso era rodear poco y llegar cuanto antes, según él decía, mientras dejaba yo en cuarentena la sinceridad de su afirmación, que bien pudiera ser encubridora de antojos irresistibles de un montañés tan castizo como Neluco. Porque es lo cierto que no subíamos a una altura ni bajábamos a una hondonada sin que el médico hiciera ardorosos panegíricos de lo que se veía desde arriba o desde abajo. Para mí, quebrantado e insensible de alma y cuerpo, todo era ya igual y de un mismo color; y hasta del vértigo de los grandes asomos estaba curado con la frecuencia de verlos aquel día; y cuidado que los hubo tan tremendos y de senda tan angosta, retorcida y ladeada, que el mismo Neluco se apeó para pasarlos... tapándose la cara con el sombrero por el lado del abismo. De bajadas «pendias», no se diga: aquello fue despeñarse más que bajar.

Cuando menos lo esperaba, me encontré en el Puerto, que me pareció menos interesante que la primera vez, porque le veía a la inversa de entonces, con la línea insulsa de la sierra baja por gran parte de su fondo, en lugar de las grandiosas montañas que en esta segunda visita iban quedando a mi espalda. También flotaban sobre él las nieblas, como en el monte por donde habíamos subido, y también lo deploró Neluco, porque me impedían gozar del espectáculo admirable, que tanto me había ponderado Chisco a su modo. Pero ¿qué podía faltarme de ver en punto a panoramas, después de los que había visto con el Cura desde muy cerca de allí? Referíle, mientras nos internábamos en aquel escabroso desierto, lo del oso «hecho un reguñu» encontrado allí la otra vez, según afirmación de mi espolique. No le sorprendió el caso, porque tenía noticia de otros semejantes. Sin embargo de lo cual, me añadió, en aquel mismo puerto pastaban en los primeros meses del verano, y sin riesgo alguno por lo común, muchas cabañas de ganado, hasta de los valles de la marina, y aun me enseñó algunas chozas de vaqueros, recientemente abandonadas y que muy pronto desaparecerían bajo la nieve. Tampoco me pareció tan larga como la primera vez la travesía, ni tan fatigosa la contemplación continua de su aridez, lo cual pudo consistir en que hice la entrada por distinta «puerta» que la salida de entonces, o en el hábito adquirido ya por mí de andar entre montañas, y muy principalmente en lo agradable de la compañía de Neluco.

Al fin traspusimos la cumbre de la sierra que limita el Puerto hacia el Sur, y volví a contemplar la verde y extensa planicie del valle de los tres Campóes. Con aquel espectáculo revivió mi espíritu adormilado, y comencé a respirar con avidez el aire de la hermosa vega, como si me hubiera faltado hasta entonces el necesario para la vida; caso que no admiró a Neluco por lo raro cuando se le declaré, porque, por una ley fisiológica, del peso «ideal» de las grandes moles que agobia a los espíritus avezados a las llanuras abiertas y despejadas, participa el organismo físico también. Bajando sin cesar nuestras cabalgaduras, que ya no podían con el rabo, por los senderos que yo había conocido al subir, a media bajada se salió de ellos Neluco y tomó por otro hacia la derecha. A poco rato de andar en él, descubrimos en el extremo del valle más arrimado a aquella estribación de la sierra y debajo de nosotros, una gran torre señorial con un grupo de edificios agregados a ella, a corta distancia de un pueblecillo agrupado en una frondosa rinconada del monte.

Señalando al pueblo y luego a la torre y sus accesorias, y deteniendo al mismo tiempo su caballo, me dijo Neluco:

--Aquel lugarejo es Provedaño, y aquí está el fin de nuestra jornada de hoy.

Después tendió la vista por el esplendente panorama del valle, y fue dándome sobre él todas las noticias que me había dado Chisco, y otras muchas más. Convino conmigo en que sin dejar de ser montañés todo el conjunto del paisaje, tenía impreso ya en sus líneas y en sus tonos el influjo de sus vecindades castellanas, y continuamos bajando.

Cuando acabamos de bajar al valle, yo no me satisfacía con esparcir la vista sobre él, ni con aspirar la fragancia de sus praderas aterciopeladas: me hubiera revolcado en ellas de buena gana como una bestia; y como una bestia envidiaba a las que andaban libres y paciendo por allí. Consulté con Neluco esta bestial ocurrencia, y la celebramos los dos con grandes risotadas; pero así y todo, no faltaron un par de razones, fisiológicas también, apuntadas por el médico y discutidas por ambos, para explicar el antojo muy «racionalmente».

Resistiéndose todavía Neluco a ampliar los escasos informes que me había dado por el camino sobre la persona a quien íbamos a visitar, anduvimos por lo llano un corto trecho, y llegamos, no a la torre, sino a la trasera de un cuerpo del edificio que se unía a ella por el muro de una portalada. Entre esta fachada del edificio y nosotros se interponía otro muro más bajo que la amparaba en toda su longitud, y por encima de este muro se veía un carro de bueyes arrimado al edificio y paralelo a él; en el carro había una carga de heno «verde», según mi modo de ver, y según el más autorizado de Neluco, de retoño «seco»; y sobre la carga, un hombre de alta estatura que lanzaba con impetuoso brío grandes «horconadas» de ella a un boquerón de la pared, donde las recogía otra persona y las conducía más adentro. Nada de particular tenía todo esto; pero sí lo tuvo, y mucho para mí, lo que sucedió enseguida; y fue que, vuelto de repente hacia nosotros el hombre que descargaba el carro, y mientras nos miraba frunciendo mucho los ojos, apoyándose gallardamente en el horcón clavado por sus puntas en el heno, observé que Neluco se descubría delante de él y le saludaba con el nombre del caballero a quien íbamos a visitar. Descubríme entonces yo también, lleno de extrañeza, y nos apeamos los dos, casi al mismo tiempo que el descargador del heno saltaba del carro abajo, muy diligente y airoso, por la rabera.

Representaba cincuenta años, bien corridos; tenía buen color, la cabeza muy poblada de pelo alborotado y recio, la cara pequeña y enjuta, y aún parecía más chica de lo que era, por lo espeso de la barba que le ocupaba la mitad; la barba y el pelo, empezando a encanecer; la frente ancha, y destacado el entrecejo; la nariz curva, y la mirada de sus ojuelos verdes, firme y escrutadora; cara, en fin, cervantesca y un tanto «aquijotada». Daba grandes pasos con sus largas piernas al dirigirse a nosotros que le salimos al encuentro, y balanceaba el cuerpo, nervudo y cenceño y algo inclinado hacia adelante, al compás de las zancadas; vestía un traje modesto de paño obscuro, fuerte y barato, y calzaba abarcas de tarugos.

Conoció al mediquillo de Tablanca y le abrazó muy regocijado y cariñoso; a mí me saludó con la cortesía y los ademanes de un gran señor, de los exquisitamente educados; porque los hay de ellos sin pizca de educación. Cuando supo quién era yo, por boca de Neluco, estrechó con efusión mi mano entre las suyas, que me parecieron, por lo fuertes y aun por la aspereza de sus palmas, mejor que de carne y hueso, del roble secular de aquellos erguidos montes.

Con voz de escaso timbre y algo desafinada, como la de todos los sordos, pues lo era él y más que en grado de «teniente», me dijo:

--No le pido a usted perdón por los hábitos y ocupaciones en que me encuentra, porque si tuviera a mengua emplearme tan a menudo como me empleo en estas rudas labores, no me empleara. No me dan ellas todo el pan que me nutre el cuerpo, pero me ayudan a conservarle; y como a la par que convenientes, me son muy agradables y las tengo por honrosas, ¿a qué acusarme de ellas como de un pecado contra los timbres de mi linaje?

Al saber después que íbamos con propósito de pasar allí la noche, volvióse rápidamente hacia Neluco y le dijo con afable sonrisa:

--Pues de ese modo, y ya que conoces bien la casa, encárgate tú de hacer los honores de ella a este caballero, mientras yo doy aquí abajo algunas disposiciones que son necesarias para quedar enteramente a la de ustedes. Entren, pues; suban, pidan y tomen cuanto apetezcan de lo que haya.

Con esto me empujó suavemente hacia la torre; cogió enseguida los dos jamelgos por los bridones, y los arrastró materialmente hacia la portilla por donde había salido del cercado, mientras llamaba con toda su voz al sirviente que debía encargarse de ellos.