Peñas arriba

Chapter 11

Chapter 114,005 wordsPublic domain

Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me hacía muchas preguntas sin esperar en cada una de ellas a recibir mi respuesta, por entero, a la anterior. Me preguntó, ante todo, por su pariente don Pedro Nolasco y por su hija Mari Pepa, de la misma edad que ella, amiga íntima desde la niñez, casi su hermana, porque como hermanas se querían... Pues ¿y Lita, Lituca? Era un serafín aquello, más que mujer. ¡Qué guapa, qué aguda, qué hacendosa! Si ella fuera hombre y mozo soltero, ya sabía con quién casarse, como Lita le quisiera. ¡Y no su hermano Neluco!... ¡Cuántas veces se lo había dicho! ¿Para qué quieres la enjundia, hombre? ¿Qué más puedes apetecer?... Si apareáis como de molde... ¡Ah, pan frío de satanincas!... ¡Tochu, más que tochu! Cuando Lita iba a Robacío, era la alegría de la casa: ni canario en jaula de oro podía compararse con ella.

En éstas y otras comenzó a darme en la nariz un olor muy agradable de fritangas, y con él entró en la sala un rapaz como de seis años, con la jeta muy pringosa y la ropilla estropeada; después otro de igual pelaje, pero de menos edad; enseguida otro menor que los dos; luego una muchachuela rubia, de ojos saltones, muy enjuta de canillas y larga de brazos; tras ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos negros y gruesas pantorrillas, la cual traía de la mano a un chiquitín muy risueño que se tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; y, por último, llegó el muchacho que con su descomedida diligencia había sido la causa de cuanto estaba sucediendo allí. Toda aquella prole, aparecida uno a uno, a paso lento y con mirar receloso, se fue colocando en semicírculo, muy apretado, enfrente de mí; y como no sabían qué decirme, por más que yo les preguntaba muchas tonterías, y su madre me los iba nombrando por orden de edades, a la vez que los reñía, y no con gran coraje, por un descortés atrevimiento, cada cual entretenía el tiempo y conllevaba el mal rato como mejor podía: quién pellizcándose las narices, quién rascándose la cabeza y quién alguna parte de su cuerpo más baja y más trasera. «Pero ¿no parece--me decía su madre en tanto--, que gobierna Satanás a estos arrastrados? Póngalos usté de pies a cabeza como un sol de mayo en cuanto se tiran de la cama todos los días, para verlos como usté los ve a la media hora... y si no hay escuela como hoy, por ser jueves, cosa es de no poder mirarlos ni aguantarlos. ¡Señor y Padre celeste, qué criaturas!... Pero estén ellas en buena salud, que es lo que importa, y lo demás ya se irá arreglando con el tiempo. ¿No es verdad?... Vaya, ahora venga acá y arrímese a la mesa... y perdone la miseriuca por la buena voluntad conque se la ofrezco a falta de cosa mejor.»

Esto lo dijo al ver entrar a la criada con una gran fuente entre manos, conteniendo dos pares de huevos estrellados y una enormidad de lomo y de jamón frito, con su correspondiente cerco de patatas.

Hubo las porfías que eran de esperarse sobre lo poco con que me satisfacía yo, y lo mucho que ella me ofrecía con generosa obstinación, pensando que «lo dejaba por cortedad». Al fin transigimos tomando yo algo más de lo que necesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que ella me ofrecía, entre los siete rapaces que devoraban con los ojos el suculento agasajo humeando sobre la mesa.

También vino a colación allí lo que ya empezaba yo a echar de menos en boca de la hermana de Neluco; la tesis a que tan acostumbrado me tenían las buenas gentes de aquellos valles: si me iba gustando la tierra de mis mayores; la diferencia que hallaría entre aquellas soledades y las grandezas y diversiones a que estaría avezado en Madrid... y, por último, la lástima que sería que no tomara al valle la buena ley que él se merecía; porque, muerto don Celso, que por muerto había que darle ya, Tablanca se quedaba sin padre y sin sombra de amparo. ¡Y si supiera yo bien lo que valía esa sombra en aquel pueblo, y lo que venían valiendo otras como ella desde tiempos muy remotos! Para saberlo así, era preciso ver lo que pasaba en otros lugares que no la tenían, como pasaba ya también en Robacío, desgraciadamente. Allí no había unión ni paz entre unos y otros, por culpa de cuatro mangoneadores amparados por otros tantos «cabayerus de ayá fuera», que no se acordaban del pueblo más que en las ocasiones de necesitar las espaldas de aquellos pobres melenos para encaramarse en el puesto que les convenía, y pipiar a gusto las uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablanca, donde no se sentía una mosca, ni tenían entrada aquellos personajes más que con su cuenta y razón. Daba gusto aquella hermandad de unos con otros, y aquel ayuntamiento sin deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien vestido. Pues toda esta ventura acabaría con don Celso, si yo no me animaba a recoger los frenos que él soltaría de sus manos al pasar a vida mejor.

Lo singular de esta tesis, tan manoseada por unos y otros, era para mí la solemnidad y la hondura del sentimiento con que me la exponían en todas partes. La misma hermana de Neluco, tan jocosa y tan chancera en sus descosidos discursos, se formalizó hasta conmoverse al exponérmela. Y éste era el lado por donde más me llamaba la atención aquel tema, que iba, por lo demás, degenerando en manía.

Con el asentimiento y las diplomáticas promesas que la costumbre me había obligado a adoptar en casos tales, di por rematado el punto; y con el pretexto de la prisa que tenía, terminados el almuerzo y la visita, no sin saber antes, por la inagotable bondad de aquella incomparable mujer, que su hermano mayor, abogado de bastante nota, estaba casado en Valladolid, y que por eso y por ser Neluco demasiado mozo y andar todavía de la Ceca a la Meca, se había quedado ella en las particiones con la casa paterna; pero como si fuera de todos los hermanos, porque el abogado bajaba a Robacío casi todos los veranos, y Neluco cada día que le era posible.

Gozaba ella que era una bendición de Dios cuando estaban todos reunidos, chicos y grandes; y cuanto más apretados, mejor. Y apretados lo estaban en aquellas ocasiones a menudo, porque aunque la casa era grande, como tenían mucho laberinto de labranzas y ganados... ¡Virgen Madre, cómo le gustaban esos trajines a su marido! Pues con gustarle tanto, de seguro no le gustaban más que a ella...

Y bien se revelaban estos gustos en toda la casa, particularmente de escalera abajo. En el portal, desde donde se veían las puertas abiertas de los establos, un horno con su tejadillo protector, un pozo con el correspondiente lavadero, grandes pilas de leña y un carro de bueyes bajo un cobertizo, olía a heno, se oían los golpes y los cencerrillos y esquilas del ganado preso en las pesebreras, y brujuleaba de soslayo y como a la descuidada, un copioso averío alrededor de un «garrote», en cuyo fondo roía mi caballo, desembridado y amarrado al poste con una soga por el pescuezo, los últimos granos del pienso de maíz con que le había agasajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su madre me agasajaba a mí en la sala de arriba con huevos y con jamón. Esto se supo por declaración del chicuelo mismo, al preguntarle yo, muy complacido, por el autor de la ocurrencia. Alentado por el buen éxito de ella, salióse del montón de sus hermanos, que en tropel habían bajado con su madre detrás de mí, y en un dos por tres embridó el rocín después de arrojar al averío las mezquinas sobras del pienso; sacó la mansa bestia al corral, y la plantó allí, en debida forma, para que montara yo. Abrevié la despedida cuanto pude, condensando mis expresiones de cordial agradecimiento hasta la avaricia, por temor a los lujos verbosos de la hermana de Neluco, que en lo más nimio hallaban causa para desbordarse; cabalgué de prisa deslizando en la mano del chicuelo que me tenía el estribo una moneda de plata sin que lo viera su madre, dádiva que le llenó de asombro y de zozobra hasta enrojecerle la cara y dejarle tambaleándose, por lo que le costó mucho trabajo abrirme la portalada; y en cuanto la vi de par en par, pagué con una sonrisa y una sombrerada los últimos ofrecimientos de la inagotable matrona; salí a la brañuca de afuera oyendo las despedidas de adentro «hasta la tarde»; piqué sin compasión al jamelgo, y tomé el camino río abajo como si me persiguieran lobos de rabia.

Creo, sin estar muy seguro de ello por no haber fijado la atención con gran empeño en el cuadro, que por allí comienza el verdadero ensanche de la cuenca, y el río a descansar un poco de las fatigas de su rápido descenso, tendiéndose a la larga en buenos trechos casi llanos y bien iluminados por el sol. Lo que sí recuerdo bien es que con la libertad que les dan estas relativas anchuras, el río y el camino (a la izquierda ya éste de aquél) se separan uno de otro con alguna frecuencia, aunque sin llegar a perderse de vista por completo. Al fin y al cabo, ninguna obligación tienen de andar juntos por todas partes; y sin duda por eso, el camino, sin trabas ni impedimentos, como el río, que le obliguen a descender continuamente y por determinado canal, a lo mejor se echaba por un atajo cuesta arriba, gozándose después en saludar desde la loma del cerro pedregoso a su arrastrado compañero, que sudaba la gota gorda para abrirse paso en los profundos de un vallecito angosto, entre alisales, guijarros y mimbreras.

Donde se juntan otra vez los dos camaradas es hacia el final de su viaje, por estrecharse la cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa los taludes; y ya no vuelve el río a gozar de otra llanada que la de su sepultura, festoneada a lo largo en su margen terrestre por un camino real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos hallamos yo encima de él, y el río estrellándose contra los estribos del puente que une las dos orillas.

Allí le di mi afectuosa despedida, mientras ahogaban con un abrazo sus murmullos (que durante nuestra jornada de seis horas no habían cesado un momento) las traidoras aguas salobres que le esperaban inmóviles y cristalinas, como un espejo en que se miran las nubes del firmamento, tendidas al sol en una vasta llanura salpicada de islotes tapizados de verdes y olorosas junqueras. Esta pintoresca ría está separada del mar por una barrera muy alta: un monte negro y pedregoso, rajado de alto abajo, quedando así un boquete muy angosto donde se cuelan las aguas y los barcos, y se ve el Cantábrico, mirando desde adentro, como un pedazo de cielo a través de las rejas de una cárcel.

Todo aquel panorama me pareció muy bello por sus líneas, por su luz y por su color, mas a pesar de ello, ocupó mi atención breves instantes, porque se habían largado mis ideas por muy distintos derroteros. Fue el caso que no bien me vi sobre el camino real, se despertaron súbitamente mis mal dormidas inclinaciones mundanas; y escapándoseme la mirada y los pensamientos a lo largo del blanquísimo arrecife que corría paralelo a la costa y desaparecía en la curva de un altozano, empecé a considerar.

--Por ahí se va a la vida y a la libertad de las planicies soleadas, al bullicio de las ciudades, a las damas elegantes y a los hombres bien vestidos, a la conversación culta y amena, a los salones alfombrados, al libro, al teatro, al periódico, al Casino, al Ateneo... ¡mientras que por aquí!...

Y volví los ojos al sendero de la montaña, y le vi trepar entre los pedruscos y los escajos bravíos de una sierra calva; y distinguí detrás de ella, la loma de otra sierra más alta, y por encima de ésta, otra y sobre su cumbre la de un monte que las asombraba a todas; y así sucesivamente, hasta perderse las últimas desvanecidas en un ambiente brumoso y tétrico que no me dejaba percibir con claridad los dos peldaños de aquella escalera disforme, entre los cuales se escondía la sepultura en que, por un mal entendido sentimiento filantrópico, había resuelto yo enterrarme vivo.

Sentí de pronto alzarse dentro de mí una protesta de mi libérrimo albedrío, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan nueva y tan irresistible, que, sin saber, cómo, me vi encarado otra vez al camino real y poseído de un vehementísimo deseo, de la tentación pueril y desatentada... de «escaparme por allí».

Pasó todo esto, como vértigo que era de mi exaltada imaginación, en pocos momentos; pero no sin dejarme huellas mortificantes en el espíritu.

Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre aspecto: parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui. Parador era, en efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar un pienso a mi cabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más que por satisfacer una necesidad que no sentía, por comprar el derecho de descansar un poco a la sombra y en un banco, bajo techado, ya que no era posible hacerlo al aire libre recreando los ojos en la contemplación del mar, que con estar tan cerca de allí, no se veía más que por el negro boquerón de la ría.

Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar. Repasé el puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba a mi izquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había andado por la mañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que me esperaba en la brañuca contigua a la portalada de marras, toda la familia de la casona aquélla, con el padre en primer término. Bien sabe Dios que hice voto solemne en mis adentros de no echar allí pie a tierra, como no me desmontaran a tiros. Era el cuñado de Neluco un hombre bastante gordo y no muy alto, moreno y atezado de rostro, con anchas patillas grises, pelo recio y poca frente. No hablaba tanto como su mujer, pero no era menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la disculpa (y era la pura verdad) de que llevaba las horas muy medidas, hablé poco y me ingenié mucho para que no hubiera modo de enredar la conversación que me amenazaba a cada instante por el lado de la mujer de aquel buen hombre. Estrechéle, al fin, por segunda vez la velluda mano, con los ofrecimientos y las cortesías de costumbre, y con un «adiós» a todos los presentes, corté los cumplidos con que me despedían, y me largué.

Resuelto a que no me cogiera la noche cerrada en el camino, saqué al pobre animal que me conducía, los ijares y hasta las asaduras a espolazos. Por un milagro de Dios llegó vivo a casa. Pero llegó al fin, y no tan tarde como iba yo temiéndome a medida que le veía perdiendo fuerzas y tambaleándose por el áspero camino.

Por lo que a mí toca, llegué en la misma situación de ánimo que un estudiantillo novel a la cárcel de su colegio, después de haber pasado largas vacaciones con su familia: jurándome a mí propio no volver a salir de Tablanca solo y por aquel camino, para no caer nuevamente en la mala tentación de escaparme.

XIII

Hablando unos días después con Neluco de esta excursión, me dijo cuando vino al caso:

--Pues ahora necesita usted hacer otra, aguas arriba.

Respondíle que ya la había hecho con el Cura en una ocasión bastante reciente y de muy placentero recuerdo para mí. Replicóme que con don Sabas sólo había visto yo lo que le convenía a él que viera para los fines que llevaba, y yo necesitaba ver algo más, y aun estaba obligado a ello: por ejemplo, Promisiones.

--Atravesé todo el valle--respondí--, y conservo perfectamente su aspecto general en la memoria.

--No es bastante--me replicó el médico--. En ese valle hay un pueblo, que es el principal...

--Le vi también...

--De lejos.

--De lejos y de cerca tiene muy poco que ver.

--Exacto--dijo Neluco--; pero en ese lugarejo hay una casa solariega... la de los Gómez de Pomar, sangre de rancio abolengo que corre también por las venas de usted.

--Hombre--interrumpió aquí mi tío que estaba presente, mientras Neluco se sonreía como si se burlara de las mismas ponderaciones que iba haciéndome, que veas a Promisiones, bien está; que conozcas de vista la casona de los Gómez de Pomar, pase también; pero que lo que queda allí de esa sangre vieja valga la pena de meter su jocico en aquel estragal un cabayeru como tú... ¡pispaju! eso sí que lo niego a pies juntos.

--¡Pero si allí no queda gota de esa sangre, don Celso!--replicó Neluco.

--¡Mira a quién se lo cuenta!--respondió mi tío--. Pero de allí es la que queda... Dios sabe si en presidio.

--Yo me refería a la casa solamente...

--Que ni siquiera es de «ellos» ya... porque los sinvergüenzas desaforaos, la dieron por un pellejo de vino en cuanto faltó el baldragazas que los engendró en una osa montuna. ¡Cascajo! mala centella los parta en dos por los riñones.

--Y al fin y al postre, ¿qué viene a importarle ya esa caída a don Marcelo? ¡Le toca tan poco del parentesco!...

--Di que nada, ¡cuartajo! si te paez. ¡Los hijos de un sobrino carnal de mi madre!...

--¡Pues digo!... ni un galgo le alcanza ya... De todas maneras, si usted no quiere...

--¿Yo?... ¡A buena parte vas con el reparo!... ¡Vaya que me gusta!... No, no, lo que es por mí...

--Además, no se trata de eso sólo, que debe verse de pasada...

--¿Jacia ónde?

--Hacia otra parte... a otro sitio a que yo quiero llevarle... porque esa expedición ha de hacerla don Marcelo conmigo. Necesitaremos dos días.

--¡Larga va a ser, trastajo!

--No mucho; pero como debemos hacer noche allá...

--Pues si pensabas guardar el secreto del parador, no me des más señas de él, porque ya le he conocido...

--Es posible... Y como ahora hay en Tablanca peste de salud para muchos días, si don Marcelo está conforme y usted nos da su permiso...

--¿Yo?... ¡pispajo! Lo que yo quiero es que mi sobrino se explaye y entretenga a su gusto, para que no coja duda a la tierra de su padre... Eso bien lo sabe él... y también lo sabes tú... Conque, si en ello vos va diversión, bien hecho será, y antes con antes, por si el tiempo se cansa de ser bueno. ¡Ojalá pudiera yo ir con vosotros, aunque no fuera más que por dar un abrazo a ese buen amigo! Pero ¡ni salir a misa, cuartajo!...

--Ya saldrá usted, don Celso...

--Sí, con los pies pa-lante el mejor día...

Al subsiguiente de esta conversación emprendí la caminata con Neluco, los dos solos y a caballo: yo en el de siempre, bien repuesto ya de sus últimas fatigas, y él en otro rocinejo por el estilo, que era de su propiedad y tenía la costumbre, como caballo de médico, de pararse delante de todas las viviendas que hallaba al paso.

También madrugamos aquel día, y no poco, y también nos amaneció cerca del santuario próximo a la vadera, y también saludé a la Virgen, siguiendo el ejemplo que me dio Neluco, rezándola una _Salve_ en latín. Es mucha la devoción que la tienen los tablanqueses y todos los habitantes de los pueblos comarcanos; y su fiesta, en el mes de agosto, de las más concurridas y celebradas de todas las de aquella región. La imagen tiene una leyenda que no me habían referido ni Chisco ni don Sabas, y conocí por Neluco mientras volvíamos a ponernos en marcha, descendiendo hacia la vadera. En tiempos muy remotos quisieron los tablanqueses sustituir con otra nueva y «de mejor ver» aquella misma Virgen que les parecía muy antigua, tanto que no se conocía su origen «en memoria de hombre». Acordada la sustitución, adquirieron la imagen que deseaban y la colocaron en el altarcillo después de retirar de él la antigua, a la cual enterraron con gran solemnidad, no sabiendo qué hacer de ella ni cómo honrarla mejor. Pero cuál no sería la admiración de aquellos piadosos montañeses al ver al día siguiente en el altar la imagen enterrada la víspera, y vacía su sepultura, sin hallar rastro ni huella por ninguna parte del mundo de la imagen nueva. Con este milagro patente se hizo más extensa y fervorosa la devoción a la Virgen resucitada, y en este grado, o muy poco menos, se ha conservado hasta la fecha.

Repitiendo el camino andado por mí en compañía de don Sabas, me pareció haber tardado menos que con él en llegar a Promisiones; ventaja que fue debida indudablemente a lo que me entretenía Neluco con noticias muy curiosas sobre cada palmo de terreno que pisábamos y le eran tan conocidos como los rincones de su casa. No los conocía menos el Cura, seguramente; pero aunque allá se andaban los dos en el modo de sentir y de saborear la tierra madre, eran más numerosos los «registros» del médico, y más varia, por consiguiente, la música de su conversación.

Ya en el valle, tomamos derechamente hacia el pueblo que había dado origen a la porfía entre mi tío y Neluco. El tal pueblo, de disperso y pobre caserío, ostentaba sobre el montículo más elevado de los varios que forman su escabroso término, un edificio cercano a la iglesia, que no abultaba más que él, como si hubiera querido lucir sin estorbos y para que fueran bien vistas de todos, propios y extraños, las únicas grandezas que posee. El edificio era del buen estilo «rico» montañés; de sillería de grano la fachada del Sur y una parte de la del Este, lo preciso para encuadrar en ella un balcón de púlpito con balaustrada de hierro; el resto, mampostería sólida con muy pocos claros de ventana. En la fachada principal, gran solana corrida de esquinal a esquinal, y encima de ella y del balcón del Este, sendos y ostentosos escudos de piedra de mucho relieve y rica talla; sobre todo ello, la pátina musgosa, la herrumbre y la polilla de los años y de la incuria, y grandes aleros de artesonado podrido con los canecillos derrengados. Aquella casa era la solariega de los Gómez de Pomar; y bien sabe Dios la tristeza conque la vi en estado tan deplorable, más que por simpatía de parentesco, por impulso natural de hombre honrado y de buen gusto. Habitábala un labrador, y de ello eran evidentes señales los montones de estiércol, la carreta y los aperos que se veían en la corralada y en el soportal, y el heno que asomaba por los agujeros de una de las desvencijadas puertas de la solana, entre los elegantes cercos de sillería. Salió de ella un buen hombre que nos vio mirarla por todas partes; y como resultó que conocía a Neluco, nos brindó muy cortés a que pasáramos a descansar, «si teníamos gusto en ello». El médico me pidió mi parecer con la mirada, y con un ademán le di yo la negativa. Me acordaba de algunos dichos de mi tío, particularmente el de haber sido vendida «por un pellejo de vino», y la lástima de antes se fue trocando en ira.

Continuando nuestro viaje, me dio Neluco algunos informes que yo le pedí, vivamente interesado en conocerlos después de lo que había visto en el pueblo, en el cual no nos detuvimos más de media hora.