Part 12
--No le extrañen á usted, _amigo_ Sánchez, ciertos desabrimientos que parecen inconveniencias de carácter, en hombres como yo y en determinados momentos de la vida. Todo lo que usted alega es cierto; tan cierto como leal y sincero fué cuanto yo le dije y le prometí poco tiempo hace en la Montaña; pero los acontecimientos son más fuertes que la voluntad y los propósitos de los hombres; lo que es ahora una nubecilla tenue, dos horas más tarde llega á ser tempestad formidable sobre el horizonte; los grandes conflictos absorben la atención y las fuerzas, y borran en uno hasta el recuerdo de las cosas pequeñas, como el destino para usted; los altos intereses de la patria, amenazados por la ambición insensata de un enemigo criminal y alevoso... ¡hasta el instinto de propia conservación!... en fin, deje usted que pasen estos días de prueba, y yo le prometo que habrá para todos. Entre tanto, y para que usted no se moleste yendo y viniendo, déjeme su nombre y las señas de su casa: yo cuidaré de avisarle tan pronto como tenga algo bueno que decirle.
Que el reluciente manchego se refería en las altisonancias de su discurso á la borrasca que á la sazón reinaba en el mar de la política española, borrasca cuyos bramidos transcendían al público, harto evidente era; que al pedirme mi nombre por escrito y las señas de mi casa se proponía quitarme todo pretexto de volver á molestarle con mis visitas, también me pareció notorio... Pero, en este caso, ¿para qué me sacó de mi lugar el grandísimo?... ¡Oh, qué heroicamente rechacé el tropel de pensamientos que por este lado me asaltaban! Temí que el exceso de razones me arrastrara á cometer allí una imprudencia que echara á perder lo poco que había ganado, y me despedí del personaje con la mayor cortesía que pude, dejándole una tarjeta, en la cual constaban todos los pormenores que él decía necesitar; y con esta tarjeta, la última esperanza de que las puertas de mis apuros se abrieran por donde me lo había hecho creer en mi lugar el repolludo y pomposo don Augusto Valenzuela.
Al llegar á mi posada, después de esta memorable entrevista, hallé sobre la mesa de mi cuarto una carta de mi padre.
El cual, entre otras cosas, me decía:
«Hijo del alma: cada día me persuado más de la buena ley del afecto que has logrado arraigar en el corazón del señor don Augusto. La misma lentitud con que camina en el asunto de tu colocación, muestra bien á las claras el deseo que tiene de ofrecerte cosa que te honre á la vez que te aproveche, pues nada le sería más fácil, si sólo de cubrir el expediente se tratara, que despacharte, en un quítame esas pajas, con un destinillo de tres al cuarto, que fuera, como el otro que dice, pan para hoy y hambre para mañana. Persevera, pues, hijo mío, en esos tus buenos propósitos, que á menudo me manifiestas, de no mostrarte impaciente ni desconfiado con ese buen señor y su dignísima familia, á quienes tantas, tan frecuentes y tan señaladas finezas debes desde que estás ahí, según me refieres en casi todas tus cartas; finezas y atenciones que no me sorprenden, pues éste mi ojo, tan ducho en el conocimiento de los hombres, no podía engañarme cuando, no bien hubimos saludado aquí á tu excelso protector, le reputé por una gran persona, modelo de caballeros y de corazones sin hiel ni dobleces ni falsías, campechano y noblote; alma privilegiada á quien no desvanece el vértigo de las alturas...
«Procura, en fin, hijo de mi corazón, á fuerza de economía (sin que se entienda que quiero que te prives de lo necesario), ajustar tus recursos pecuniarios al rigor de las inevitables dilaciones, que nunca serán tan largas que lleguen más allá que el amparo de aquéllos; porque la Providencia divina no te sacó de esta apacible soledad para abandonarte luego en medio de esas extrañas muchedumbres, que son la más horrible de las soledades...».
¡Ojo ducho en conocer á los hombres!... ¡Santo varón! ¡Modelo de caballeros, campechano y noblote el señor de Valenzuela!...
Esta carta, testimonio vivo de la honrada sencillez del pobre viejo autor de mis días, acabó de indignarme contra el farsante manchego que así jugaba, no ya con mi credulidad, sino con la de mi padre, en quien un desengaño como el que estaba á pique de sufrir, tras de las ilusiones que se había forjado, podía costarle hasta la vida.
Sentí que la comezón febril antes crecía que se me aplacaba, y volvíme á la calle, sin saber por qué ni para qué. En la Carrera de San Jerónimo me fijé en un caballo largo, largo y anguloso que venía de hacia el Prado, dando zancadas con las cuatro estacas que le servían de extremidades, gacho y muy estirado el cuello, empinadas las orejas y tieso, casi horizontal, el medio rabo en que terminaba por atrás aquella desgarbada máquina viviente. Desde que llegué á Madrid me llamaron mucho la atención esos cuadrúpedos desmazalados y exóticos con que el extravagante capricho de la moda sustituyó, en calles y paseos, al gallardo potro cordobés. Sobre el penco mencionado se desparrancaba un jinete no más repolludo ni lozano que él, con las zancas encogidas, el estribo engargantado, el cuerpo muy echado hacia adelante, y el cuello y la cabeza en la misma dirección que los del caballo; no cesaba de dar culadas encima de éste, á modo de conatos de brinco, y parecióme, en su dejadez y desencuadernamiento, quebrantado y fatigoso del rudo ejercicio que traía el infeliz; el cual resultó ser, cuando le vi más de cerca, el mismísimo Manolo Valenzuela.
Estando próximos á cruzarnos en las Cuatro Calles, una joven que salió de la del Príncipe para atravesar la Carrera, se vió de pronto casi entre las aspas delanteras del bucéfalo. Aunque hubo los chillidos y sobresaltos de costumbre, y la joven cayó hecha un ovillo á media vara del animal, éste siguió inalterable la recta que llevaba, porque su jinete pareció no reparar siquiera en el percance. Entre tanto, avancé yo de un brinco hasta la joven, y la levanté del suelo. Júzguese de mi sorpresa al reconocer en ella á Carmen, por fortuna ilesa aunque muy asustada. Que se sobrecogió algo al conocerme á mí, no necesito decirlo, ni tampoco que me extrañó grandemente ver á la hija de don Serafín sola, en aquel sitio y á tales horas (empezaba á anochecer).
--¿Y Quica?--le pregunté cuando los curiosos se dispersaron y volvimos á ser Carmen y yo dos simples transeuntes.
--En la cama dos días hace, aunque no de cuidado--me respondió al punto; y aun añadió anticipándose á mis deseos de saber algo más:--y mi padre en su tarea, que no puede dejar hoy hasta las nueve de la noche. Urgía entregar la labor que llevo en este pañuelo, y me arriesgué á hacerlo yo misma. ¡De buena me he librado... gracias á usted!
--Cierto que en peores manos pudo usted haber caído--dije, creo que con doble intención;--pero á nadie más que á su ligereza debe agradecer el haber salido ilesa de tan grave peligro.
--¡Si parece castigo de Dios!... es decir, no, ¡porque si yo le dijera á usted lo urgente que me era entregar esta misma tarde la obra que llevo aquí!...
--¿Va usted muy lejos?--preguntéle, sin querer saber más.
--Ahí enfrente--me respondió.--Á ese piso donde dice, en letras doradas, _Utrilla_.
--Pues suba usted--repliqué,--que aquí la aguardo para acompañarla de vuelta á su casa.
Fuése, y volvió muy pronto. Yo la esperaba en el portal del famoso sastre.
Mientras caminábamos por la calle del Príncipe, me dijo Carmen, con los mismos escalofríos de gusto con que le manifiesta el que se arrima al calor de la lumbre después de atravesar un páramo cubierto de nieve:
--¡Qué bien se va así!...
--¿Qué entiende usted por «así?»--la pregunté, acentuando lo mismo que ella el adverbio.
--Acompañada como voy ahora--respondió volviendo á estremecerse un poquitín.--¡Si viera usted qué miedo da andar sola por estas calles, cuando no hay costumbre de eso!... Pensaba yo que tanto daba llegar hasta aquí como hasta los Ultramarinos de enfrente de mi casa, ó al pasamanero de la esquina... ¡Cada vez que pienso lo que pudo haberme sucedido si doy dos pasos más!
--¿Sabe usted, Carmencita, lo que reflexionaba yo mientras la esperaba en el portal de Utrilla?--díjele de pronto.
--¿Á ver?--exclamó la joven, picada de la más viva curiosidad.
--Pues reflexionaba yo que pudo usted muy bien, cuando menos, haberse descalabrado entre las patas de aquel animalazo; y que si tal hubiera acontecido...
--¡Qué horror!
--Pues no, señora; y acaso, acaso me hubiera alegrado de ello.
--Muchas gracias.
--Déjeme usted concluir. Si usted se hubiera hecho tanto así de daño--y señalé la punta de la uña del dedo meñique,--hubiera tenido yo derecho para lanzarme sobre el cuadrúpedo; apear al jinete de un bastonazo, y solfearle después la cara á bofetones...
--¡Justo!--exclamó Carmen estremecida de espanto,--y en seguida el corro de gentes desocupadas, y los guardias municipales, y yo á la botica entre brazos, y usted á la prevención; y mi padre notando mi falta en casa, corriendo en mi busca por esas calles de Dios... y los periódicos dando al otro día cuenta del suceso; y mi nombre... y el de usted, sabe Dios en dónde... y de qué modo. ¡Virgen María!... Pero ¿está usted loco?...
--Creo que tiene usted razón--respondí con la mayor formalidad.--Pero como no todos los días se parecen entre sí, y el condenado temperamento suele también contagiarse de los trastornos meteorológicos, en ocasiones se siente uno más batallador, pongo por caso, que lo de costumbre.
--Vamos--dijo Carmen sonriéndose,--á usted le ha pasado hoy algo grave.
--¿Por qué lo cree usted?
--Porque, ó yo me engaño mucho, ó se halla usted sobrexcitado y caviloso... digo, si desde que yo no le veo no le han hecho cambiar de temperamento los aires de Madrid.
--Ni lo uno ni lo otro, Carmencita, sino que somos así los hombres, créame usted... y hágame el favor de no correr tanto, por el amor de Dios... ¿ó es que ni conmigo se cree usted segura ya?
--Lo que hay es que tengo muchas ganas de llegar á mi casa.
--Justo, porque le molesta á usted la compañía... Muchas gracias, Carmen.
--Lo dicho, hoy no está usted en sus cabales.
--Ni usted tampoco, si á juzgar vamos por las apariencias.
--¿Qué apariencias?
--Ese sobresalto y esa...
--Me parece que después de lo que me ha sucedido, y, sobre todo, de lo que pudo sucederme...
--Pero ahora va usted conmigo, y no hay razón para que tema usted cosa alguna: ¡pues le caía el premio gordo al que se permitiera!... ¿Ve usted?... ya corremos otra vez... Es que parece mentira que con esos piececines se pueda andar tan de prisa... ¡Caramba si son menudos y primorosos!... ¡No, pues las manos!...
--¿Lo ve usted, señor Sánchez?
--Pues porque lo veo lo digo.
--No es eso lo que yo quiero que usted vea, sino que con razón le decía yo que, ó no está usted hoy bueno, ó ha variado mucho en pocos días. Antes no era usted así tan reparón y tan... ¿me deja usted que se lo llame?
--¡Pues no he de dejarla!
--Tan atrevido.
--¡Atrevido... porque pondero su pie... y su mano?
--Por eso mismo... Antes no se fijaba usted en esas pequeñeces ó, por lo menos, no lo decía.
--¿Y usted prefiere lo de antes?
--Le sentaba á usted mucho mejor. Eso que usted me dice ahora se le ocurre á cualquier estudiantillo desatento.
--Dura es la lección por ser de usted, Carmen; pero sepa usted que la acepto, aun cuando puedo jurar que no la merezco si me la dió por descortés y atrevido á sabiendas; y á lo mío me vuelvo con muchísimo gusto; sobre todo, si así la inspiro á usted más confianza.
--Con ello y sin ello me la inspira usted siempre; sólo que como en materia de gustos es permitido escoger, yo le prefiero á usted tal y como le conocí viniendo de la Montaña... y algunos días después.
--Pues ese soy, y pelillos á la mar; ese mismo con su insipidez...
--No hay nada insípido ni sabroso: todo depende del paladar.
--Con tal que al de usted le supiera yo á mieles...
--¿Otra vez, señor Sánchez?
--¿También por aquí peco, hija mía? Pues esto no es hablar de los pies ni de las manos de usted.
--Pero al fin son chicoleos de mal gusto, tan impropios de usted como de la ocasión.
Y en esto apretaba más el paso, y yo no sabía ya si dejarla sola ó si acompañarla; si hablarla ó callarme la boca; en fin, cómo la servía mejor. Pero ¿por qué se mostraba Carmen tan escrupulosa en materia de temas de conversación, y tan rigorosa conmigo? La verdad es que meterse uno á protector de una desvalida y comenzar por galantearla, no concordaba gran cosa que digamos. De todas éstas y otras incongruencias tenía la culpa el fachendoso Valenzuela, cuyo recuerdo me crispaba los nervios; pero de este asunto no debía yo hablar con Carmen; y cabalmente era el único de que á la sazón me era posible hablar con oportunidad, abundancia y hasta brillantez. Tan repleto de él estaba.
Sin nuevas discrepancias, llegamos al fin de nuestra breve jornada. En el portal de la casa se detuvo Carmen; volvióse hacia mí, que no había pasado de los umbrales de la puerta, y me dijo:
--Muchas gracias; mil perdones por las reprimendas que le he echado á usted en el camino, y que no le sirvan éstas de excusa para dejar de visitarnos á menudo: ¡cuidado si se vende usted caro de un tiempo acá! ¡Ah! no cuente usted el suceso á mi padre.
Respondí lo que podrá verse en cualquier _tratado de urbanidad y buenas costumbres_, y, en señal de despedida, me tendió Carmen la mano. Tal se la apreté con la mía, que si la hija de don Serafín Balduque no vió en aquel momento las estrellas, no debió de faltarle el canto de una peseta.
Mientras caminaba hacia mi casa, se me agarraron al pensamiento el encuentro con Carmen, su soledad, su azoramiento mientras yo la acompañaba, sus remilgos en los temas de mi conversación con ella, su encargo de que no supiera su padre que había salido sola...
--Y si todo esto fuera una comedia--díjeme de pronto,--¿qué papel ha sido el mío?
Pero como el asunto no me llegaba muy adentro, volví á llenar la memoria con el señor de Valenzuela; y así llegué á casa.
Después de comer poco y de hacer la oposición más tenaz en cuantas conversaciones se apuntaron en la mesa, volvíme á la calle solo y resuelto á pasar la noche á mi gusto. No había que pensar en las dulces y ordenadas emociones del arte escénico: me faltaba hasta la paciencia necesaria para estar sentado media hora seguida entre gentes de buena educación. Aun el salón de Capellanes que, en su género, era de lo más ordenado y bien regido, me pareció insoportable; por lo cual me fuí á Paul, donde me pasé cuatro horas largas bailando como una bestia, y dando codazos y pisotones á diestro y siniestro.
Acostéme rendido á la una, y me dormí soñando que desde la peña más saliente de la costa vecina á mi lugar, arrojaba de un puntapié á los abismos del mar al señor de Valenzuela y á toda su distinguida familia.
[Ilustración]
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XVIII
Me abrumaba la carga de tristes presentimientos, y era harto crítica mi situación en aquellos días para no sentir, con la necesidad de un consejo desapasionado, la más apremiante de un desahogo de pesadumbres.
La casualidad me presentó una coyuntura favorable, y la aproveché. Hallándome á solas con Matica, le pregunté en crudo:
--¿Qué juicio le merece á usted el señor don Augusto Valenzuela?
--Téngole--me respondió al punto,--por un grandísimo bribón.
--¿Así como suena?--repuse.
--Así como suena,--insistió.
--Por supuesto--añadí sin maldito el propósito de disculpar al personaje manchego,--usted se refiere al estadista, al político, no al...
--¡Qué estadista ni qué niño muerto!--atajóme Matica con su natural desenfado;--me refiero al hombre: yo no admito esos distingos que han inventado los retóricos al uso para legitimar el socorrido oficio de vivir sobre el país. El que hace una pillada política, es un pillo como todos los pillos; quien no es honrado en su vida pública, tampoco puede serlo en su vida privada. ¡Ni que fuera la honra prenda de dos caras, ó mueble de varios usos! Mas aunque admitiéramos como excusa de buena ley para todos los crímenes _oficiales_ esa peregrina distinción, insisto en el calificativo por lo que respecta al encopetado manchego de que tratamos. El señor de Valenzuela es un caballero que si el Código Civil rigiera en España por igual para todos los españoles, estaría años hace arrastrando treinta libras de cadena en un presidio, con otros muchos personajes que también gastan coche á expensas del Estado.
--¿Quitamos de esa pintura siquiera los toques _de estilo_ del pintor?
--Hombre, puede usted borrar el cuadro entero, si tal como ha salido le disgusta por conexiones que pueda haber entre usted y el original...
--Ninguna que valga dos cominos.
--Pues lo dicho, dicho, señor Sánchez... Pero ¿dónde mil demonios ha estado usted metido para que le suenen á nuevas estas cosas que yo le digo ahora de ese famoso personaje?
--No le extrañe á usted esta ignorancia mía--respondí con entera ingenuidad:--la política me interesa muy poco; y es tan frecuente el hablar mal de los gobernantes, que todas las maldiciones me suenan ya lo mismo, y por un oído me entran y por otro me salen. Pero ahora es distinto el caso... Conque siga usted, amigo Mata, y dígame por qué debía estar en presidio el señor de Valenzuela.
--Por muchas razones. En primer lugar, por ladrón.
--¡Ave María Purísima!
--Y lo pruebo. Los gastos visibles de ese personaje, sus trenes, sus fiestas, sus lujosos aposentos, sus palcos en los principales teatros, sus viajes de recreo, su ostentación escandalosa, los vicios de su hijo, los caprichos de su mujer y cuanto de estos dispendios se sigue y se completa, no me comprometería á pagarlos yo con diez mil duros al año... Pues no pasa de sesenta mil reales lo que vale su destino. ¿De dónde sale lo demás?
--Del caudal que habrá ido acumulando,--dije por decir algo.
--¡Acumulando!--exclamó Matica imperturbable.--¿Sobre qué? Desde que es personaje gasta lo mismo, aun ganando menos que hoy: luego no ha habido ahorros; luego hay manos sucias, agios, escamoteos... porque no hemos de creer que á ese señor, por raro y singular privilegio, todos le sirven y todo se le da de balde.
--Estaría bien por su casa, y vivirá de sus rentas,--añadí todavía.
--Conozco al dedillo la historia de Valenzuela desde que salió de la Mancha--replicó Matica.--Su padre era secretario de ayuntamiento en un pueblecillo cercano á Ciudad Real. Á su lado aprendió á leer y á escribir, y probablemente los rudimentos del oficio en que después se ha ejercitado con singular disposición y notorio aprovechamiento. Imberbe aún, por manejos de su padre consiguió una plaza de escribiente, dotada con cuatro mil reales, en el gobierno de aquella provincia. Años andando, fué nombrado auxiliar de no sé qué, en una aduana de Andalucía. Allí se casó con Pilita, que, por entonces, según reza la fama, era un manojito de gracias, aun entre las de su tierra. Supuesta esta verdad, hay que convenir en que ha variado mucho la hija del desbravador Pedro Jigos (que ésta es la alcurnia de la indigesta consorte de nuestro personaje). Otro que lo era ya entonces y ha continuado siéndolo hasta hoy en la política española, aunque con la varia suerte de todos los de su calaña, hombre famoso por sus despilfarros, y más aún por su insaciable afición á las hijas y mujeres del vecino, conoció á Valenzuela recién casado, y se le trajo á Madrid con un morrocotudo empleo. De aquella fecha datan las grandezas y pomposidades del insigne manchego; las lujosas exhibiciones de su mujer en teatros y paseos; sus lejanas excursiones de verano...
--Pues ahí tiene usted explicado el misterio--dije interrumpiendo á Matica.--Tales pueden ser las larguezas de ese protector, que ellas solas basten á satisfacer las necesidades de la casa de Valenzuela.
--No hay tal protección, pues ésta concluyó mucho antes que empezaran á marchitarse las gracias de la andaluza, y se notaba la falta del filón en las cesantías de Valenzuela, no obstante los grandes ascensos que había tenido en su carrera; lo cual prueba que el verdadero platal de ese hombre está en la entraña del destino que desempeña. Luego de los diez ó doce mil duros en que yo presupongo el gasto anual de esa familia cuando está en candelero, siete ó nueve mil son mal adquiridos; es decir, estafados á la Hacienda pública, ó á los particulares que se dejan robar por ignorancia... ó por malicia.
--Suponiendo--repuse,--que esas conclusiones de usted sean el puro Evangelio, sabemos de dónde sale el dinero que gasta y malgasta nuestro hombre; pero ¿y su importancia?... porque ésta no se roba ni se presta.
--Cierto--dijo Matica;--pero este caso le probará á usted que se puede ser hombre importante sin chispa de entendimiento. Basta con ser mal inclinado y tener poca vergüenza; añada usted, si quiere, cierta travesura, buena fachada, mucho énfasis, algo de abnegación, criminal, por supuesto, y hete á Valenzuela. El único talento que posee este hombre es el de saber para qué sirve, sin querer pasar de allí. Sabe que nació para raposo, y prefiere serlo de verdad á representar falsos papeles de lobo. Trabajando á la sombra en segunda ó tercera fila, la misma obscuridad ampara sus asechanzas y estimula su escaso valor. Si le miraran los ojos de las gentes, era hombre perdido. Como no repara en medios, _las arma_ pronto y muy gordas; y una vez armadas y con el jugo ya entre los dientes, le importa un bledo que el mundo se le venga encima. «Échenme á mí la culpa», dice al ministro. Y he aquí por qué, apenas se descubre un gatuperio gordo en las regiones gubernamentales, Valenzuela es el yunque sobre el cual descargan los golpes de sus iras las oposiciones del Congreso, la prensa de todos los matices y los maldicientes de todos los corrillos. El ministro del ramo no le defiende, aunque remeda intentarlo, y los periódicos ministeriales le abandonan, como si dijéramos, en medio de la vía pública... Y Valenzuela impávido y calladito, porque contaba con ello; y, además, sabe que en España no hay escándalo que interese más de ocho días, ni criminal de copete que no se imponga «al país» que se lo llama, con una salida á tiempo, humos de gran señor y cara sin rastro de vergüenza. Hombres de tal temple y de tal abnegación, no tienen precio para los gobernantes en estos gloriosos días en que el poder es un campo de batalla donde no hay hora de reposo ni instante seguro para la vida... Pero (y usted perdone la pregunta si la juzga impertinente), ¿de dónde nace su repentino deseo de conocer la casta de ese pajarraco?
Aquí, venciendo el último de mis pueriles escrúpulos, se lo conté todo á Matica. Me miró con cara de lástima, y me dijo, después de oirme:
--Pero, hombre, ¡es posible que, con su buen entendimiento, no haya conocido usted hasta ahora que fiar su porvenir de un hombre como ese, es punto peor que tirarse al estanque del Retiro con un canto al pescuezo? ¿En dónde está la proverbial malicia montañesa?
Por aquí siguió Matica despachándose á su gusto; y entre ponerme á mí de inocente y majadero, y al otro de pillo y de ladrón, se pasó un buen rato, hasta que le dije:
--¿Y qué hago yo en este conflicto?
--Una de dos cosas--respondió Matica inmediatamente:--buscárselas por otra parte, ó volverse á su lugar.
Aquí me fué necesaria otra declaración aún más penosa que la anterior. No tenía en el mundo otro valedor que Valenzuela; y para adquirirlos por mi propia virtud, necesitaba continuar viviendo en Madrid; para vivir en Madrid era indispensable el dinero, y mis reservas estaban á punto de acabarse, porque las había malgastado en la confianza de que el farsante manchego me libraría de apuros dándome lo prometido.
Matica se atusaba la barba mientras iba yo desembuchando con grandes repugnancias estas cosas, y me dijo, tomando el discurso donde yo le dejé: