Pedro Sánchez

Part 11

Chapter 113,997 wordsPublic domain

--¡Pues hemos de ir!--insistió Matica;--porque ha de saber usted que la principal golosina de esos salones es la presencia en ellos de una parte muy considerable del estado mayor de nuestros literatos y políticos. Tendrá usted, pues, ocasión allí de verlos, de palparlos y de oirlos, y hasta de convencerse de que los más de ellos, mientras no _ejercen_, son tan inofensivos y sencillotes ciudadanos como usted y como yo.

Estaría escrito ó no lo estaría; pero es lo cierto que tentándome Matica por un lado, y por otro mis flaquezas y debilidades, desmoronóse aquélla mi fortaleza de cuerdas reflexiones, é hízose todo como mi amigo quería; y una noche me desconocía á mí propio, reflejándome en el espejo de la salita de la posada, embutido en la intachable librea que se exige á los hombres de «buena sociedad» en una tertulia que no es «de etiqueta». Mi cabeza estaba hecha una escarola de rizos (especialmente por el lado derecho, prescripción de la moda reinante á la sazón), y obra eran del mismo peluquero que tal me había emperejilado la cabellera después de raparme la barba hasta sacar lustre al pellejo, las descomunales guías en que terminaban, á diestro y á siniestro, mis negros y lustrosos bigotes.

Matica, envuelto en ancho gabán, las manos en los bolsillos y el sombrero puesto, se hallaba á mi lado, viendo cómo yo me calzaba los guantes de color de lila, sin dejar de mirarme al espejo y dando á menudo pataditas en la estera para acomodar los pies en las flamantes botas de charol que los oprimían. Haciendo estaba los últimos contoneos, puestos ya los guantes y estirados los pliegues de la levita, cuando me dijo mi amigo:

--En verdad te repito, Pedro Sánchez, que eres el más gallardo mozo que ha pisado madrileños salones, y te añado que provoca la ira de Dios quien, manejándose con la libertad y la gracia que tú debajo de las prensas de la moda, se queja todavía de timidez y apocamiento.

Hablaría el amigo con el corazón en la lengua, aunque no en justicia; pero yo sudaba de miedo y de zozobra. Púseme el sombrero, me cubrí con la capa y salimos. Las diez menos cuarto marcaba el reló del Buen Suceso cuando atravesábamos la Puerta del Sol. Qué calle tomamos ni en qué portal nos detuvimos, no he de declararlo, porque no es de necesidad, amén de que, si este relato ha de ser fiel reflejo de la pura realidad, no debo ser aquí muy minucioso en detalles de que apenas me daba cuenta en aquella ocasión. Creí observar, en la penumbra de mi razón calenturienta, desorientada, como cuando se está entre la vigilia y el sueño, que subíamos por una ancha y bien alumbrada escalera; que la puerta del primer piso se nos abría sola y sin necesidad de que llamáramos á ella; que alguien nos despojó de la capa á mí y del gabán á mi guía; que éste me condujo, casi á remolque, hacia unos cortinones, por entre los cuales se veían mucha luz y los dibujos de una alfombra y gente que se movía; que una vez dentro de _aquello_ que me deslumbró por los colores y los reflejos y el rumor y el movimiento, vi señoras y caballeros en caprichoso revoltijo, unas sentadas, otros de pie; éstos hablando, aquéllas riendo; que Matica hizo unas reverencias medio maquinales, y que yo le imité con otras tantas; que pasamos á otra estancia, donde cerca de una chimenea había otros grupos y una dama entre ellos, gentil y apuesta matrona, la cual nos salió al encuentro; que mi conductor la dijo de mí yo no sé qué, y que ella, tendiéndome una mano cual no la cincelara en alabastro el mismo Miguel Ángel, me dijo, descubriendo al decirlo, con una sonrisa de pecado mortal, una dentadura de tentaciones, algo que sonaba muy bien y parecía muy al caso, á lo cual respondí yo, ciego y balbuciente, una sarta de majaderías; que la dama habló algo más, y muy familiarmente, con Matica, y que éste, después que la dama nos dejó, saludó á muchas personas que parecían muy complacidas de verle allí; que en estas exploraciones del terreno, me iba yo rezagando poco á poco, y que, al fin, volvió á cogerme el amigo por su cuenta, y me llevó á paraje donde el aire parecía más respirable, la luz menos deslumbradora y el peso de la fascinación más llevadero.

Estábamos, como quien dice, fuera de escena, aunque sin perderla de vista. Convencíme de que nadie me miraba; y como en esto se revolvió todo el concurso, porque se puso á cantar, acompañándose al piano, un galancete muy acaramelado, que se las echaba de tenor, llevóse éste los ojos y hasta las maldiciones de la tertulia en masa, y acabé yo de tranquilizarme. Limpiéme el sudor que copiosamente corría por mi faz; me arreglé el vestido á mi gusto, y por entonces me creí orientado en el terreno. Lo observó Matica y me dijo, tan pronto como el seudo-tenor acabó su romanza y el público de aplaudírsela:

--Ya ve usted que aquí no se come á nadie, mientras no se hagan majaderías, como ese desdichado que acaba de cantar. ¡Qué cosas dirán ahora los mismos que le aplauden, de su voz, de su estampa y hasta de su desfachatez!; y él, en tanto, ¡véale usted cómo se pavonea! Se juzga más tenor que Mario y Tamberlick. Pues no faltará alguna Alboni de _doublé_, que dentro de un rato nos dé un nuevo disgusto por el estilo... y tan satisfecha y ufana; y usted, que en nada se mete, porque tiene sentido común, temblando de miedo á una mirada y á una crítica que han de cebarse en otros, por ser harto merecedores de ellas.

Juzgábame yo en aquel instante completamente sereno, y así se lo dije á Matica; el cual me preguntó dándome una palmadita en el hombro:

--¿Puedo fiarme de esa serenidad?

--Respondo de ella--contesté,--mientras me halle en este sitio.

--Pues aprovechémosla antes que se pierda, para examinar el cuadro. Por de pronto, ya usted ve que aquí hay de todo, como en botica: algunas mujeres hermosas, otras que quieren aparentarlo y no lo consiguen, aunque se lo figuran; hombres de varias cataduras, más ó menos simpáticas... lo mismo que le había pronosticado á usted. No quiero hacerle una revista minuciosa de las mujeres, porque no me diga usted, al hablarle de algunas, que me complazco en arrancarle las cándidas ilusiones que acaricia sobre el sexo en general; ni tampoco de sus cómplices del otro sexo por la misma razón caritativa. Voy á lo que nos importa y por lo cual hemos venido aquí esta noche. ¿Ve usted, junto á la puerta de aquel gabinete, un hombre no muy alto, bastante grueso, de pecho prominente, imperiosa mirada, y con un bigotazo negro que le cubre media barbilla? González Bravo, el famoso orador que tan fiera tormenta desencadenó esta tarde en el Congreso con su candente palabra.

De los dos que hablan con él, el pequeñito y enjuto, bien hecho y elegante, de frente espaciosa, acentuada nariz, ojos algo saltones, negra patilla casi unida al bigote, es Ventura de la Vega.

--¡El autor de _El hombre de mundo_!--exclamé devorándole con la vista.

--El mismo. Pues fíjese usted ahora en aquel grupo de damas en íntima y, al parecer, agradable conversación con dos caballeros. El anciano de blanca, rizosa y muy poblada cabeza, altísima frente, alongada faz, á la cual sirven de adorno unas patillas tan blancas y espesas como el cabello; pulcro y atildado en el vestido, y que aún mira á las señoras como los lechuguinos de sus buenos tiempos, con lentes de oro, cuyas cinceladas cachas no suelta de su diestra, es Martínez de la Rosa. No quiero ofender la ilustración de usted ponderándole sus muchos, grandes y ya gloriosos talentos.

El que con él comparte la tarea de entretener el corrillo, hombre afable, malicioso y risueño si los hay, que parece hablar tanto con los fruncidos ojuelos como con la boca que más bien se adivina que se ve bajo sus rubios y desmayados bigotes, Patricio Escosura, el hombre que brilla lo mismo cultivando la política, que el teatro, que la historia, que la novela. Tiene indudablemente mucho talento; pero, salvo mejor parecer, picando en tantas cosas á la vez, no le hallo verdaderamente completo en ninguna de ellas.

Repare usted en estos dos personajes que vienen hacia nosotros en íntima conversación. El menos joven de ellos y de más modesta apariencia, pero atractivo y simpático, aunque para hermoso le falta mucho, es Rubí.

--¡El autor de _La trenza de sus cabellos_!--exclamé.

--Sí, y de _Borrascas del corazón_--añadió Matica con picaresca sorna;--pero, sobre todo, de _El arte de hacer fortuna_, una de las más lindas y mejor _cortadas_ comedias del teatro moderno. No confundamos en esas otras dos el talento de la actriz que las ha popularizado, con el escaso valer de ellas. El que viene con Rubí...

Cortó aquí bruscamente su discurso Matica, porque se le llevó consigo, asiéndole por la cintura al pasar, el que venía con Rubí, mozo que ya me había llamado la atención por lo gentil de su cabeza, que estaba pidiendo los hombros, la ropilla y los gregüescos de un poeta contemporáneo de Quevedo y Villamediana.

Quedéme, pues, solo, y volví á tener miedo, ¡mucho miedo! porque no bastaba á tranquilizarme el ver algunas estatuas de carne y hueso, como yo, en otros apartados términos del cuadro. Al fin tendría que salir á la luz; y en saliendo, era hombre perdido. Claro que allí no se comía á nadie, como decía Matica; pero eso no obstaba para que á mí me devorara una gusanera de pensamientos que me habían acometido de pronto. «Todas esas gentes»--reflexionaba yo,--«sin contar los hombres ilustres que acabo de conocer de vista, valen, tienen y servirán para algo; y estando aquí, están en su natural elemento, siquiera por su educación y trato frecuente de unos con otros; pero yo, ¡ánimas benditas!... ¡Si supiérais, elegantísimas damas y distinguidos caballeros, y, sobre todo, vosotros ilustres personajes, príncipes del talento, que este mozo tan emperejilado que os contempla desde aquí es un mísero hidalguete montañés que anda en Madrid á caza de un destinillo que le ofrecieron en su lugar; que gasta en lujos ridículos el puñado de pesetas que le echó su padre en el bolsillo para que no se muriera de hambre en la corte mientras perseguía la limosna del destino; que ésta es la segunda vez en su vida que huellan sus pies, hechos á trepar ásperos breñales, la velluda alfombra de los salones _de tono_; que este sudorcillo que baña su rostro y este azoramiento de su mirada, son de miedo á que le pongáis en la necesidad de _hacer algo_ para justificar su presencia entre vosotros, porque no sabe nada, absolutamente nada de lo que hay que hacer aquí, ni nunca las vió más gordas!...».

Felizmente nadie me conocía en aquel concurso, y si no me delataban mis propias imaginaciones... En esto, oí á mi derecha un rumorcillo, un charrasqueo, el sonar de una cosa que, sin saber por qué, cuajó la sangre en mis venas. Volví los ojos hacia allá... ¡Virgen de las Angustias! ¡cuáles no serían las mías al ver que aquello era un abanico _que entraba_; y detrás de él, Pilita; y con Pilita, Clara; y con las dos, Manolo!; y los tres me vieron, y los tres se asombraron, cada cuál á su modo; y yo no me morí entonces de repente, porque la señora de la casa, que salió á su encuentro, los distrajo; y con esta tregua me repuse un tantico. Pero no podía tener ya sosiego completo con aquellas nuevas gentes en escena; las únicas que, por saber quién yo era, tenían derecho para reirse de mí, y para hacer que me dieran una corrida en pelo los demás.

Resolví largarme cuanto antes; y discurriendo estaba el modo de hacerlo sin dar con ello un nuevo testimonio de mi agreste encogimiento, cuando volvió Matica.

--Perdone usted--me dijo,--que le haya abandonado unos instantes (¡yo los reputaba siglos!). Este doncel que me llevó consigo, es mi paisano y amigo de la infancia, Adelardo Ayala, el autor de _Un hombre de Estado_ y de _Los dos Guzmanes_; todo un ingenio de la Corte del Buen Retiro, conservado de milagro desde el siglo diez y siete para honra y gloria del muy prosaico en que usted y yo vivimos.

Atrevíme todavía á buscar con los ojos al insigne poeta que tanto ruido hizo después en el teatro español, y más tarde en el de la política; y sin dejar de contemplarle, cuando hube dado con él, dije á Matica con entera resolución:

--No me siento bien aquí, y voy á marcharme á casa.

--¡Qué oportunidad!--respondió el amigo.--Precisamente cuando venía á darle á usted una gran noticia... Pero, en fin, si usted no quiere oirle, váyase bendito de Dios.

--¿Oir á quién?--pregunté, con un poco de curiosidad.

--No hace un cuarto de hora que ha llegado: mírele usted.

Y me señalaba un hombre ya maduro, macizo, vulgar, tipo de mayordomo bien acomodado, y, por apéndice, tuerto.

--¿Y quién es ese señor?--torné á preguntar.

--Pues ese señor es el mismísimo Bretón de los Herreros.

--¡Ave María Purísima!--exclamé, haciéndome cruces.--Jamás me lo hubiera imaginado así.--¿Y dice usted que le vamos á oir?...

--Justamente: los que nos quedemos.

--¡Es que yo no me iré sin oirle!

--Demasiado lo sabía yo,--dijo entonces, riéndose, mi amigo.

En esto comenzó á rebullir la gente de la tertulia, por acomodarse más á su gusto cada cual; y cuantos había en gabinetes y escondrijos salieron al salón, arrastrados de la misma curiosidad. Nosotros dos salimos también, y, por lo que á mí respecta, curado en aquel instante de todo linaje de aprensiones y sobresaltos. ¡Tal ansia tenía de ver y oir de cerca al celebrado autor de _Marcela_!

Hallábase ya éste arrimado á uno de los candelabros que sostenía una elegante y rica consola, y cuyas luces, multiplicadas en el limpio cristal del espejo, envolvían la cabeza del poeta en una aureola que por lo resplandeciente deslumbraba. ¡Poder de la imaginación exaltada! Desde que yo sabía que aquel personaje era Bretón de los Herreros, y le vi, radiante de luz, excitando la curiosidad de tan distinguido concurso, no comprendía que se pudiera ser hombre de altísimo ingenio sin aquella faz ramplona y aquel ojo tuerto.

Nos leyó dos cantos de _La desvergüenza_, poema en el cual derramó á oleadas el ilustre dramaturgo los donaires de su musa retozona y los primores de la lengua castellana. Jamás me he explicado la razón de que apenas sea conocida en España esta regocijadísima obra del perínclito poeta riojano. ¡Con qué ganas le aplaudí, y qué fervorosamente le admiré! Y aun dije para mí:

--Esto, entre otras ventajas, tiene la de justificar mi presencia en estos encopetados salones: me parece, remilgadas damiselas y caballeretes indigestos, que bien vale el placer de oir tales estrofas, recitadas por su mismo autor, el _sacrificio_ que me cuesta.

Con lo cual y el movimiento y los rumores que volvieron á notarse entre los tertuliantes apenas acabada la lectura, me sentí muy confortado y animoso; tanto, que habiéndome colocado la casualidad casi en contacto con Clara, me atreví á saludarla; y ¡fíese nadie de atolondramientos! merecí la más afectuosa de las acogidas de la hija de la insufrible Pilita, que, felizmente, esgrimía su diabólico abanico en el extremo opuesto del salón, entre dos cotorronas muy emperifolladas... Y hasta hablamos un poquito de los versos leídos, y aun de las obras de Bretón; y hablando hablando tan de cerca, y yo en pleno dominio de mi serenidad, pude notar, con gusto, que la encanijada madrileña de mi lugar se iba reformando poco á poco; que sus vacíos se llenaban y que se redondeaban sus ángulos; que las curvas imperaban ya entre las líneas de su talle esbelto, y que el color de la salud iba insinuándose en su fino y transparente cutis; con todo lo cual y aquellos ojos negros, dominantes y casi feroces, se apuntaba en Clara el peligroso tipo de una singular belleza. «¡Qué ocasión!»--pensaba yo, viéndola relativamente tan afable,--«para recomendarme á la benevolencia de su papá, si no fuera ridículo y estúpido pedir una limosna, vestido de media etiqueta en unos salones como éstos!...». Y dicho está que no la hablé de tal cosa; ni ella á mí tampoco, acaso por idénticas razones. Pero, en cambio, se trató de bailar después; y continuando yo á su lado todavía, me permití invitarla; y aceptó, y bailé con ella, eso sí, con un miedo de mil demonios á que se me conociera el estilo de la escuela de Capellanes y Paul, únicas en que yo había cursado la danza, sin contar la de los salones de don Magín de los Trucos, y otras tales, que allá se iban con aquéllas; pero creo que lo hice bastante bien, porque Clara se dejó conducir sin protesta; antes me dijo por despedida al ir á sentarse:

--Veo con gusto que se aclimata usted muy bien á los aires de la corte.

¿Por qué me lo diría? Sin duda porque me veía allí tan apuesto y campante, apenas salido de la obscuridad de mi aldea. Pero ¿se burlaba de mis vanidades aunque aparentaba cosa muy distinta? ¿Y á qué devanarme los sesos para descifrarlo en la impasible faz y en el extraño acento de aquella esfinge en miniatura? Lo importante era que con aquel feliz tanteo de fuerzas con lo más temible que había para mí en la tertulia, acabé de envalentonarme. Tanto, que después me complacía en exhibirme y en mirar á todo el mundo á la cara: hasta creo que hubiera cantado allí á tener siquiera la voz y el arte del tenor de marras, ó de Lola Quiñones, señorita anémica que cantó después unas malagueñas en falsete.

Pero Matica, que no me perdía de vista, vino á mí y se colgó de mi brazo, y leyéndome en la cara todos los pensamientos, me dijo, acompañándose con una sonrisa de todos los demonios:

--Mira, Pedro Sánchez: tan malo es pasarse como no llegar; pero en la duda y en sitios como éste, preferible es lo último. Te veo ahora como en mesa de bodas los niños cortos, luego que, merced al barullo, pierden la vergüenza: al principio no catan bocado; después, hasta meten los dedos en las natillas.

Lo cierto es que así andaba yo á la sazón, y que me vino de perlas la compañía de mi amigo, que me volvió á mi centro, y ya no se apartó de mi lado hasta que, muy á deshora y después de habérsenos servido un te, con todos los requilorios del caso, en el cual trance me porté heroicamente, despedímonos de la gran señora y nos fuimos á la calle.

Ancha era y bien solitaria estaba á aquellas horas; pero así y todo, no bastaba á contener mi vanidad. ¡Tan inflada me la puso el triunfo que yo me imaginaba haber alcanzado aquella noche!

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XVII

La curiosidad, llevada á la pasión, tiene una fuerza irresistible; y no solamente arrastra á los hombres, sino que los ciega ó los enloquece. El afán de registrar los misterios que encierra el fondo de un abismo, hace que el temerario estudie solamente los medios de bajar, y baja; pero ya en el fondo y satisfecha la curiosidad, y quizá desvanecido el encanto, hay que pensar en subir... ¿Cómo?... ¿por dónde? Y allí es el temblar de la voz y el crujir de los dientes...

Yo fuí uno de estos insensatos, dejándome arrastrar de mis vanidades, que son punto más fuertes que la curiosidad de los sabios indiscretos. Embriagóme el aura de aquellas regiones, que para mí tenían el doble encanto del esplendor y de la novedad, y sólo pensé en el modo de penetrar en ellas. Después, muy poco después, la embriaguez fué disipándose, llegó el momento de despertar... ¡y qué despertar tan amargo! La extenuación de mi bolsillo, comenzada en teatros, librerías, bailes y cafés, y continuada en tertulias de poco más ó menos, estaba á punto de consumarse con la última pluma que adquirí para las alas que me subieron adonde no debí haber subido, puesto que maldita la falta hacía allá. Mis reservas para los trances _de apuro_ estaban expirando, consumidas en vanas superfluidades; y yo en Madrid, tan desvalido y desamparado como el día en que llegué; mi padre descansando tranquilo en mi cordura, y muy cercana la hora en que... ¡Dios eterno, qué tempestad se desencadenó de pronto en mi corazón y en mi cabeza, y con qué claridad tan desesperante vi en un momento lo que mucho antes no quise examinar al columbrarlo entre la bruma de mis intemperancias! Era, pues, mi situación de las que no dan respiro ni tregua. Y la culpa de todo, bien examinados los términos del conflicto, la tenía el aparatoso personaje que con reiteradas promesas me había sacado de mi lugar, dejándome luego solo y olvidado en aquel infierno de asechanzas y malas tentaciones. Pues á ese personaje debía yo pedir inmediatamente cuentas de su incomprensible conducta conmigo, aunque para llegar á él tuviera que atropellar al cancerbero que le guardaba la puerta, y todas las puertas y todos los obstáculos del camino de su oficina.

Resuelto á ponerlo por obra, salí de casa apresurado y con fiebre. Llegué; y cual si el adusto guardián me hubiera leído los propósitos en la cara, me dejó libre el paso; libre hallé también, por fortuna, la puerta del encantado aposento que buscaba. Entré. El hombre ostentoso estaba solo y leyendo unos papelotes, como la otra vez. Hícele un saludo, doblando el espinazo, y no reparó en mí, ó no me hizo caso maldito. Aguantéme á pie firme y resuelto á todo.

Tosí dos veces, y el hombre leyendo. Al fin me dijo, sin soltar los papeles:

--La impaciencia, señor Sánchez, es el peor enemigo de los necesitados.

¡La impaciencia! ¿No era esta palabra el colmo de la burla que estaba haciendo de mí aquel hombre? Á responder comenzaba, no sé qué cosas, pero de oportunidad, aunque estudiando mucho las palabras antes de emplearlas para elegir las más inofensivas, cuando me atajó con estas otras:

--Todos los pretendientes dicen ustedes lo mismo, como si aquí tuviéramos los bolsillos repletos de credenciales, sin hacerse cargo jamás de los gravísimos que pesan sobre uno, especialmente en días tan azarosos como los que corren.

Verdaderamente había sobrado motivo para descalabrar de un tinterazo á aquel farsante que tales cosas me decía, después de haberme sacado de mi casa brindándome con una protección que jamás había solicitado yo.

--Ruego á Vuecencia--repliqué, tragando á borbotones la saliva,--y se lo ruego por el amor de Dios, que no olvide que Vuecencia mismo fué quien se empeñó en que yo viniera á Madrid para recordarle de palabra la oferta que tuvo á bien hacerme espontánea y generosamente en mi pueblo. Tres meses llevo aquí, llamando casi todos los días á esa puerta, hasta por reciente encargo de Vuecencia, y ésta es la segunda vez que tengo la honra de ser recibido.

--Y eso ¿es un cargo que me hace el señor Sánchez?--me preguntó el señor Valenzuela, mirándome á la cara con una sonrisilla burlona.

--Es una razón que me permito exponer á Vuecencia--respondí, insistiendo en el tratamiento, por lo mismo que el hinchado personaje no pensaba en apeármele,--para demostrarle que todo cabe en mí, pobre montañés sin experiencia, menos el propósito de ser molesto á nadie.

--Por cierto--añadió Valenzuela entre severo y sarcástico,--que nadie le creería á usted con esa comezón de empleo, al verle matar los ocios en Madrid tan alegre y descuidado.

Lo decía, sin duda, por las noticias que le habría dado Clara de mis exhibiciones mundanas. Alentóme esta sospecha, por la cola de recuerdos que traía consigo, y respondí con entereza:

--Razón de más, señor don Augusto, para que me aguijonee el deseo de hallar lo que vine buscando. Madrid está lleno de atractivos que yo desconocía; soy joven, tengo libertad completa, me sobra todo el tiempo y no soy un santo... Póngase Vuecencia en mi lugar.

Parecióme que éstas mis palabras, dichas, de propio intento, con cierta acentuación quejumbrosa, suavizaban algo las asperezas del rollizo manchego; y no me equivoqué, pues que me dijo, trocando el aire desdeñoso de su fisonomía en otro que tiraba un poco á dolorido y amargo: