Paris en América

Part 9

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A las diez, Jenny nos leyó la Biblia. Habiamos quedado en el quinto capítulo de Daniel, es decir, en la historia del rey Baltazar, y de la mano vengadora que escribió sobre la muralla la sentencia de muerte: _Mané, Thecel, Pharés_. Era para Marta una bella ocasion de profetizar; no dejó de hacerlo. De buen ó mal agrado, me comparó á Nabucodonosor y me condenó á _vivir con los asnos salvajes, y á comer la yerba de los campos, como un buey_, si alguna vez olvidaba que el Altísimo tiene un poder soberano sobre los hombres, y que instala sobre el trono á quien le agrada. La leccion me parecia un poco fuerte para un futuro inspector de calles; pero no hay quizá necesidad de ser rey para tener el orgullo y la insolencia de Nabucodonosor. ¿Quién sabe si los empleados de Asiria no eran mas impertinentes todavia que su magnífico soberano?

Me burlé de la sibila; sin embargo estaba conmovido con aquella candidatura, y demasiado conmovido para conciliar el sueño. Así, apenas subí á mi cuarto, cargué una pipa con escelente tabaco de Virjinia, y sentándome cerca de la ventana, traté de adormecer mis sentidos agitados.

La calle estaba desierta, y la luna iluminando con su pálida luz las casas mudas y cerradas, aumentaba el misterio y la calma de la noche: todo dormia á lo lejos; todo callaba. El único ruido que turbaba aquel silencio universal, ó mas bien dicho que lo hacia sentir mejor, era el tic tac de un _cuco_ colocado á los costados de mi cama. Arrullado por aquel canto monótono, embotado por el humo del tabaco, dejaba correr mis ensueños, cuando de repente el reloj se anunció. El rechinar de las poleas, el jemir de las ruedas y de los correajes anunciaban que iba á dar la hora. Me levanté para admirar aquella obra maestra de la relojeria alemana. A mi llegada un gallo de madera pintado, trepado en lo mas alto del _cuco_, aleteó y lanzó tres gritos agudos. Debajo del gallo se abrió bruscamente una puerta, mostrándome á París, el Sena, y la casa municipal en 1830. La Fayette, con peluca rubia, frac azul y pantalon blanco, abrazaba á la vez á mi infante, un jendarme y una bandera tricolor sobre la que se leia en letras de oro: LIBERTAD, ORDEN PUBLICO. Once veces sonó el reloj, y once veces el bravo La Fayette sacudió la cabeza y movió su bandera; en seguida la puerta se cerró y el gallo galo ajitó sus alas, gritó mas desapaciblemente que nunca, y la vision desapareció.

Aquel recuerdo perdido, aquella divisa olvidada hace tanto tiempo, despertaron los sueños dorados de mi juventud. Cuánto palpitaban nuestros corazones en 1830! Pobres ignorantes, no sabiamos entonces que la libertad, como todas las queridas, aruina y traiciona á aquellos que la aman. _Libertad, órden público_; palabras terribles: _Mane, Thecel, Pharés_ de los tiempos modernos! Hé ahí el enigma que, cada quince años, la esfinje de las revoluciones propone á la Francia, siempre pronta á devorar al Edipo que no adivina. _Libertad, órden público_, se diria que son dos enemigos inmortales, que, vencedores y vencidos á su vez, se entregan á un combate sin fin, del cual somos nosotros el premio. Llega un dia en que la libertad vence, el cielo resplandece de alegria y de esperanza, pero bajo la máscara de aquella divina sirena, es la anarquia la que triunfa, trayendo tras de sí la guerra civil, atacando todos los derechos, amenazando todos los intereses, haciendo retroceder de horror á un pueblo aterrado. En el dia, es el órden público lo que se instala, sable en mano: dando la paz, imponiendo el silencio, rompiendo bien pronto la valla y deslizándose por su propio peso al abismo donde cae todo poder que nada aconseja y que nada contiene. ¿De dónde nace que hace setenta años que un pueblo honrado, bravo é injenioso, no edifica sino ruinas, descontento y decepciones?

¿Cómo es que en los Estados-Unidos, donde la libertad enloquece todas las cabezas, donde nadie habla de órden público la paz interior no es perturbada jamás? En aquella democracia turbulenta, en aquella multitud entregada á si misma, sin policia y sin jendarmes, ¿porqué no hay ni tumultos ni revoluciones? La América no tiene como nosotros, cien mil funcionarios alineados en batalla, una administracion admirable que dispone todo; no tiene frente á esa organizacion compacta, un pueblo docil, ordenado, ocupado, dirijido, reglamentado, y, sin embargo, es tranquila y próspera. La libertad, garantida en su pleno ejercicio por la ley, castigada en sus escesos por la justicia, hé ahí el órden público para los Americanos. Su espíritu limitado no se ha elevado jamás hasta esa centralizacion tutelar que hace nuestra unidad y nuestra gloria. En aquel pueblo primitivo, no se ha separado la libertad del órden público, no se la ha personificado, no la han rodeado de formidables reductos y de cañones siempre cargados. Nada de administracion jerárquica, nada de policía preventiva, nada de ordenanzas, nada de funcionarios inviolables, nada de tribunales privilejiados. Nada de esa sabia mecánica, que en las naciones civilizadas rompe toda resistencia, y traba á todo individuo. La ley todo poderosa, el ciudadano dueño y responsable de sus acciones, el funcionario reducido al derecho comun, la administracion justiciable ante los tribunales, solo el juez intérprete de la ley: hé ahí todo el sistema. Es de una sencillez ridícula. No hay en aquel embrion de gobierno sino leyes y jueces, y sin embargo, la paz y la riqueza reinan por do quier. Es una estraña burla de la fortuna que nuestros grandes políticos no han conseguido esplicar todavia. ¿Cómo no se les ha probado ya á los americanos que son felices contra todas las reglas, y que deben envidiarnos nuestras revoluciones?

Me dormí con estas bellas reflexiones.

No sé cuanto tiempo hacia que descansaba, cuando me sentí bruscamente sacudido por una mano vigorosa. A mi lado, sobre mi cama, estaba un sarjento de jendarmeria. Su vista me alegró. Un jendarme! Yo estaba en Francia, volvia á encontrar á mi patria.

--Arriba, arriba, señor Lefebvre, me gritó el sarjento, con un acento gascon que apestaba á ajos desde lejos.

Miré de cerca á aquel amable mensajero; su figura no me era desconocida. Esa mirada, esa voz, esa risa sardónica,--era el terrible espiritista, Jonatas Dream, mi enemigo. Al aspecto de aquel traidor, mi gozo se cambió en terror.

--¿Quién sois? ¿Qué quereis? pregunté yo. ¿Con qué derecho entrais de noche en casa de un pacífico ciudadano?--Mi casa es mi fortaleza.

--Silencio, paisano, respondió el jendarme. No tengamos la sinrazon de razonar con la autoridad, que no razona, puesto que siempre tiene razon. Con lo que abrió su canana y sacó un rollo de papel sellado.

--Número uno, dijo: Al señor Lefebvre; á él en persona ó á quien se diga serlo. Por haber tenido la imprudencia de criticar en un papel público á la autoridad municipal, á propósito del empedrado de la calle: se le amonesta por primera vez, esperando se corrija.

--Vaya una cosa fuerte, esclamé. En lugar de advertirme, la autoridad, haria mejor en dirijirme sus escusas y cambiar el empedrado.

--Silencio, paisano, repuso el soldado. Como particular, no niego que el empedrado sea inferior: acabo de levantar dos bestias que se cayeron frente á esta puerta; pero como jendarme, declaro que vuestra queja es tan indiscreta como importuna. Si mi coronel me dijera: _Sarjento, mañana será de noche á medio dia_, yo responderia: _Está bien, coronel_, y meteria en la sala de policia al primer pilluelo que se atreviera á negarlo. La consigna dice que el empedrado es bueno; luego debe ser bueno; solo los malévolos por malicia culpable, pueden hacerse romper la nuca intencionalmente.

--Cómo, dije indignado, ¿no tengo el derecho de criticar la autoridad que no hace su deber?

--Al contrario, paisano, repuso el sarjento, quejaos; la autoridad francesa ama bastante que se la censure; pero es necesario ser político con ella. Vos no le habeis pedido permiso para criticarla. Habeis estado grosero, querido amigo.

--Amigazo, os respeto, pero raciocinais como una canana. La autoridad ha sido hecha para nosotros, supongo, y no nosotros para la autoridad.

--Error colosal, amiguito, repuso el jendarme con un aire de desprecio que me sublevó. Los que obedecen han sido hechos para los que mandan; los que mandan no han sido hechos para los que obedecen.

--Pero nosotros somos la Francia, somos el pais.

--El pais, amiguito, dijo el impasible sarjento, se compone de mariscales, jenerales, coroneles, capitanes, tenientes, prefectos, intendentes y otras casacas bordadas que yo respeto; el resto es un ato de conscriptos y de contribuyentes que debe obedecer y callarse....

--¿_Sin murmurar_, no es esto? conozco esa cancion. Ah! si tuviésemos justicia!

--No tendríais administracion, paisano; seríais un Iroques, como los ingleses y otros caníbales que hacen lo que quieren. No tendríais el honor de ser un civilizado y un francés.

--Número dos, continuó. Al señor Lefebvre, por haber tenido la audacia de pasear de puerta en puerta su triste persona: significacion del señor Prefecto, que lo destituye de sus funciones gratuitas de miembro de la oficina de beneficencia, esperando mejor conducta.

--Toda candidatura es libre, esclamé.

--Sin duda, respondió el jendarme, es libre; pero con la autorizacion de la autoridad.

--Número tres. Al susodicho Lefebvre, por haber distribuido ó hecho distribuir boletines electorales que llevaban su nombre, ó el de ciertos _quidams_, igualmente desconocidos y escandalosos: obligacion de comparecer de hoy en ocho dias hábiles, ante los señores presidente y jueces que componen el tribunal de policia correccional, para responder por el susodicho Lefebvre, al delito de distribucion de impresos no autorizados.

Cómo, ¿no puedo distribuir á mis electores el boletín que lleva mi nombre?

--Lo podeis todo, amiguito, respondió el jendarme,--con autorizacion de la autoridad. Pero, como si no convenis en ello ¿os imajinais que la autoridad protectora y tutelar ha de dejar hacer á los papanatas una tontera que dejeneraria en oposicion? ojalá fuese yo el gobierno, os encerraria debidamente, esperando mejor oportunidad!

--Número cuatro. Al susodicho Lefebvre por haberse juntado públicamente á una pandilla de _quidams_, reunidos en una titulada asamblea electoral; lo que constituye un club, sino es una sociedad secreta, obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, para verse condenar á prision en virtud del artículo 291, del Código penal, esperando otra resolucion.

--Número cinco. Al susodicho Lefebvre, por haber incitado á su hijo menor á pronunciar en el susodicho club un discurso incendiario contra la honorable y discreta persona de M. Petit, candidato de la autoridad: obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal, como fautor, complice y ademas como civilmente responsable del susodicho delito; esperando se corrija.

--Qué ¿no tengo derecho para reunir mis electores, y no tienen ellos el derecho de saber lo que piensa su representante?

--Tienen todos los derechos, amiguito, respondió el sarjento, pero siempre con la autorizacion de la autoridad. ¡Linda cosa, seria que en una caserna dejáran á los soldados reunirse y gritar sin permiso.

--Pero nosotros no estamos en una caserna.

--A palabras necias oidos sordos, repuso el jendarme. Sin embargo, paisano, quiero condescender hasta ilustrar vuestra ignorancia profunda. Todo francés ha nacido soldado y ha sido hecho para esperar la palabra de órden. Cuanto mas mandado está, tanto mas contento se halla. Que no se altere la obediencia que hace su alegría. Si yo fuera gobierno, colgaria á todos los hablantines, esperando mejor oportunidad.

--Número seis. Al susodicho Lefebvre, por haber cubierto ó dejado cubrir las murallas con carteles insignificantes y criminales; _item_ por haber organizado ó dejado organizar una procesion revolucionaria, y preparado una asonada inconveniente, que habria estallado á no ser las precauciones y la vijilancia de la policía, que siempre tiene abierto el ojo; obligacion de comparecer ante el susodicho tribunal; para verse y oirse condenar á las penas dictadas por la ley, esperando se corrija.

--Por favor, sarjento, esclamé, por favor, señor jendarme! soy víctima de un error. En Francia, sin duda, seré un gran culpable; pero estamos en América, soy inocente. Lo que es un crímen en Francia es un derecho en los Estados Unidos.

--Hacedme merced de vuestros favores, respondió el inflexible jendarme sacando de su bolsillo algo que parecian esposas. Como particular, no tengo el corazon insensible, me lisonjeo de ello, pero, en este momento, soy el órgano de la ley.

--Entonces la ley es una fanfarronada.

--Silencio, rebelde, basta de conversacion.

Si se les escuchára, serian todos inocentes como un recien nacido. Inocente ó no, _pekin_[29], sospecho que eres sospechoso, y por precaucion te apaño.

Diciendo esto, me apretó el brazo con tal fuerza que lanzé un grito de dolor. Ese grito me recordó. Gracias á Dios, era un sueño.

Encendí el gas para sacudir aquella pesadilla abominable. Horror! en el fondo de la cama descubrí la sombra de un brazo amenazante, y ese tricornio y ese pompon que hacen palidecer á los mas atrevidos.

Helado, temblándome el corazon, quedé inmóbil como un criminal que espera la sentencia de muerte. En aquel momento cantó el gallo del cuco, el gallo que hace huir á los malos espíritus de la noche; me dí vuelta hácia la pared.... y lanzé una carcajada. El brazo de que me espantaba, era el mio, ese tricornio era la sombra de mis cabellos alborotados; ese terrible pompon, en fin, era la punta de mi.... No concluiré por respeto al pudor de mis lectoras.

Apagué la luz, y volviéndome á mi cama:

--Oh jendarme, esclamé, bravo y leal soldado, corazon sencillo y jeneroso, nadie mejor que tú representa el órden público en un pueblo que no concibe la autoridad sino en uniforme, y la paz sin una espada en la mano! Espanto del mendigante y del vagabundo, remordimiento del cazador furtivo, conciencia del hostelero y del vendedor de vino, relijion y moral del paisano, brazo derecho del señor Intendente, órgano del señor Prefecto, oh jendarme! yo te respeto y te amo; pero perdona las temeridades de mi fantasia; yo quisiera que algun dia la miseria no fuera ya un crímen; quisiera que la policía no impidiera el bien que superabunda por evitar el mal, que no es mas que la escepcion; quisiera que la libertad, devuelta á todos los ciudadanos, arrojase de nuestras leyes delitos que no lo son; quisiera en fin, (¡ho ministro de la autoridad no os encojais de hombros!) quisiera que solo la justicia te impartiese órdenes, y que tu mision vengadora se redujera á perseguir á los pícaros y á encarcelar á los bandidos denunciados legalmente!

Yo sé, oh sarjento! cuanto te hará reir esta utopia americana, pero yo la lego al siglo vijésimo primero, como el pensamiento que, algun dia, inmortalizará mi nombre. Entonces pido que en mi ciudad natal, en medio de la plaza que reemplazará mi calle y mi casa, se me eleve un busto imajinario encima de una fuente sin agua, y que se grabe en ella la inscripcion siguiente:

AL SOÑADOR QUE EN 1862 PEDIA QUE LA JUSTICIA SOLO TUVIERA EL DERECHO DE ARRESTAR Á LOS CIUDADANOS Y SOLAMENTE POR DENUNCIA LEGAL, LA JENDARMERIA RECONOCIDA 14 DE JULIO 2089.

Y lego mi última pieza de cinco francos á la Academia de inscripciones y bellas letras, con los intereses capitalizados durante dos siglos, para que se redacte en _hebreo_ en copto, sanscrito y siriaco, una idea, que el frances mal inclinado de nacimiento, no ha comprendido nunca, y que su idioma es impotente para espresarla: _Sub lege libertas_.

CAPITULO XVI.

La eleccion--El sábado.

Llegó al fin la famosa jornada del sábado 5 de Abril, que debia hacer de un parisiense de la Chausée d’Antin, un miembro de la administracion municipal de Paris en Massachusetts. A las siete de la mañana, con un tiempo espléndido, se abrieron ciento veinte escrutinios en medio de una calma solemne. A la puerta de cada oficina se veian dos largas filas de electores, que con una paciencia y una decision enteramente sajonas, esperaban el momento de ejercer su derecho soberano. Habian cesado las querellas, los enemigos de la víspera cambiaban bromas y apretones de manos. Ante la resolucion de la mayoria todos se inclinaban de antemano, reservándose tomar la revancha al año siguiente.

A medio dia se hizo el resúmen del escrutinio, la eleccion fué proclamada. Green reunió 116,735 sufrajios contra 78,622 dados á Little. Humbug obtuvo 146,327 votos, mientras que el desgraciado Fox no tuvo mas que 18,124; en fin, á pesar de algunos boletines disputados por escrutadores envidiosos, fuí nombrado por 199,999 sufrajios. Jamás inspector alguno de calles habia sido proclamado por una mayoria tan imponente. El efecto que produjo en Massachusetts fue grande, y mayor todavia en Inglaterra. Como el precio de los algodones acababa de subir, el _Times_ declaró que los Yankees eran salvajes que no hacian elecciones sino á balazos, y sacó en conclusion que la democracia era ingobernable. El viejo Pam repitió el mismo tema en el parlamento: probó á los ingleses que eran el primer pueblo del mundo, y que, por falta de una aristocracia hereditaria, Jonatás no iba á la pretina de John Bull, verdad un poco dura, que el honrado John Bull dirijió con su modestia ordinaria, mientras votaba su mayor presupuesto.

El amable Truth fué quien me anunció mi nombramiento; sentia mucho, me dijo, no anunciar al público esta buena noticia, pero, desde la víspera habia vendido su diario á M. Eugenio Rose y se retiraba de la política.

--Haceis bien, le dije. Descansad, y largo tiempo, teneis necesidad de ello.

--Descansar no es palabra americana, me respondió con una dulce sonrisa. Jóven ó viejo, enfermo ó sano, un Yankee trabaja hasta la muerte: es el deber del hombre y del cristiano. He seguido el consejo de Humbug, he vuelto á los estudios y á los gustos de mi juventud. La iglesia congregacionalista de la calle de las Acacias me invita á ser su pastor: he aceptado. Mañana entro en las funciones.

Periodista ayer, pastor mañana, sois un hombre universal; cambias de profesion como de traje. ¿Qué sereis dentro de seis meses?

--Lo que quiera Dios, respondió el nuevo ministro. Si Humbug estuviese aqui, él que ha sido á su vez plantador en el Oeste, soldado en Méjico, abogado en Filadelfia, periodista en París, y que mañana será majistrado, os diria con una de sus citas favoritas:

Homo sum, humani nihil á me alienum puto.

Vos mismo, doctor, erais sabio el otro dia, bombero antes de ayer, candidato ayer, sois hoy dia inspector de calles; el lunes sereis médico. Me parece que cambiais de papel con bastante facilidad. Hé ahí una de las grandes virtudes de nuestro bello pais. En la vieja Europa se nace y se muere en la piel de un personaje de comedia. Toda la vida es un soldado, juez, abogado, mercader, fabricante, nunca hombre. No se tienen sino las ideas estrechas y las preocupaciones de su oficio. Aquí, la profesion poco importa, es el sobre todo que uno se pone y saca segun las ocasiones: uno es hombre ante todo y en todas partes. Ahí es donde está la raiz de esa igualdad que hace nuestra gloria y nuestra fuerza. Clay era un molinero de Kentucky, Douglas y Lincoln plantadores de Yllinois, el jeneral Banks, el _muchacho de las canillas_, era un enfardelador de algodon; todos han llegado á ser hombres, por que han trabajado y sufrido. El que no ha hecho ensayos con la vida no sabe lo que ella vale. La lucha contra las cosas hace la educacion de la voluntad y la sabiduria del corazon. La aristocracia producirá almas delicadas, refinadas, enfermizas; el imperio del mundo pertenece á los advenedizos. ¡El porvenir es nuestro!

--Truth, predicais á las mil maravillas. Cuando hablais siento que teneis razon; pero, cuando os habeis marchado y reuno mis recuerdos, vuestras teorias me dan miedo. Si yo tuviera la debilidad de escucharos, me hariais olvidar todo lo que mis maestros me han enseñado. No importa, mañana iremos á escucharos. Debe ser orijinal, un simple cristiano hablando á sus hermanos y esponiéndoles el Evanjelio en el lenguaje de todos los dias. No me imajino el cristianismo republicano.

Al instante que Truth se separó de mi, vinieron á buscarme para instalarme en mis nuevas funciones. Jenny, Susana, Alfredo y yo saliamos en una hermosa calesa junto con Marta, que tenia sin duda interés en vijilar mi orgullo; Enrique se puso al lado del cochero, Zambo trepó tras del coche; dos vigorosos trotones, como no se ven sino en América, nos llevaron á Montmorency, punto estremo de mi jurisdiccion. Tuvimos que detenernos mas de una vez; cada caminero estaba en su puesto, esperando al nuevo jefe; aseguré á aquellas buenas jentes mi benevolencia para con ellos, mientras mi mujer y mi hija prodigaban sus mas graciosas sonrisas. Habíamos nacido para ser príncipes. La sola cosa que me contrarió fué encontrar barreras de distancia en distancia. Reconocí en esto esa mezquindad democrática que hace pagar el servicio á los que aprovechan de él, para librar de la contríbucion á los que no hacen uso de la cosa; me prometí corregir aquel abuso, no conocido de la vieja Europa, y establecer en todas partes una igualdad triunfante. Por lo demas, este fastidio no llegaba hasta los magníficos ramos que los receptores de barreras, y los camineros ofrecian á Jenny y á Susana. El carruaje era una canasta; desaparecíamos en medio de las flores. Se nos arengaba como á reyes. Aquellas buenas jentes, que, seguramente, no sabian el hebreo, no dejaron de comparar á mi Susana con el lirio de los campos. Jenny se sonrojaba de placer, parecia una rosa esponjada. En cuanto á Marta, era una peonia; se hubiera dicho que la sangre iba á saltar de sus mejillas carmeses. Bufaba como un buey al fin del surco. ¡Oh mujeres, vuestro verdadero nombre, es vanidad! En cuanto á mi, muellemente estendido en un rincon de mi carruaje, no me dejaba embriagar por aquellos humos de la popularidad naciente; pero en mi alma, en mi conciencia, encontraba admirables los caminos; maldecia al miserable _mancarron_ que la ante-víspera, habia tropezado en un empedrado mal conservado por camineros tan galantes.

Llegando á Montmorency, el cochero, sin haber recibido órdenes, nos llevó derecho al hotel de la Rosa, en casa de Seth, hostelero el cuácaro. Alfredo y Susana no hallaron compasion cerca de aquel amigo de la bella juventud. En lugar de tratarnos como á enamorados, nos hizo pagar doble un almuerzo demasiado malo. Reclamé; pero á su avidez natural, el hermano Seth reunia el mas insoportable de los vicios que dá la civilizacion: el pícaro era economista. Me hizo un sermon en tres partes, para demostrarme que vivir bien y barato, es la miseria de los pueblos sin comercio y sin industria, mientras que la carestia es la muestra de la civilizacion mas avanzada, la poblacion reduciendo la oferta, y la riqueza elevando la demanda. Llegará un dia en que el último de los Rothschild será el único que se encuentre en estado de pagar un huevo; ese dia marcará el apojeo de la prosperidad universal. Pagué para economizar, por lo menos tiempo y palabras. Guárdeme el cielo de discutir con esos fanáticos que no tienen mas que una idea. Conozco á los tales peregrinos. La Francia, sus arsenales, su marina, sus ejércitos, su gloria, sus derechos, todo lo entregarian al Gran Turco si él les prometiera la libertad........ de la carniceria.